Las invisibles: ¿Por qué dar a luz en la adolescencia aumenta los maltratos en hospitales?
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Las invisibles: ¿Por qué dar a luz en la adolescencia aumenta los maltratos en hospitales?

Las adolescentes son las más vulnerables a la violencia obstétrica en los hospitales y clínicas de México. A ellas se les niega información y se les impide decidir sobre su parto aun cuando están en condiciones de salud normales. El problema persiste pese a los cambios en la legislación del país.
Por Celia Guerrero Acosta con fotos de Pepe Jiménez
1 de marzo, 2020
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Parte I: A mí me ignoraron

Angélica dio a luz en una clínica privada; Ana Luz lo hizo en un hospital del Instituto Mexicano del Seguro Social (Imss). Ambas fueron víctimas de lo mismo: las trataron con condescendencia y desdén por su condición de gestantes adolescentes.

Sus casos ocurrieron hace más de una década pero engloban una serie de prácticas que históricamente han sido normalizadas en los sistemas de salud mexicanos. Actualmente, sin embargo, estas agresiones constituyen violaciones a los derechos humanos.

Un tercio de las mujeres de entre 15 y 49 años que han dado a luz en México han sufrido algún tipo de maltrato durante su atención. Muchas veces, las víctimas no son conscientes de que lo que están pasando es una violación a su derecho a un parto digno. O caen en la cuenta de ello varios años después.

El 1 de noviembre de 1997, Angélica llegó a una clínica privada de Atizapán, Estado de México, con la alerta de que su parto se avecinaba. Estaba nerviosa de tener a su primer hijo, pero esperaba que la atención fuera más profesional si pagaba el servicio privado en lugar de atenderse en un hospital público. Sin embargo, apenas llegó se sintió recriminada por el hecho de ser una madre adolescente.

—¿Qué edad tiene? —le preguntó una enfermera. Enseguida, revisó el expediente de la mujer, que estaba por dar a luz. Y le volvió a preguntar:

—¿Tiene diecisiete?

—Sí, tengo diecisiete —le contestó Angélica.

—¡Pues está muy joven! —dijo la enfermera, en tono de reprimenda.

Había roto fuente, aunque no tenía dolor. Avisó al personal y esperó. Pasaron alrededor de cinco horas y nadie siquiera la revisó, hasta que ella volvió a insistir.

Cuando el doctor realizó el tacto notó que el líquido amniótico era color café. Angélica lo notó alarmado, porque inmediatamente pidió a las enfermeras y llamó al anestesiólogo, quien sin embargo tardó en llegar una hora más.

Para Angélica no hubo explicaciones. Así como la habían ignorado durante horas para atenderla, el personal médico no parecía preocupado en informarle sobre los procedimientos que le iban a realizar, que le iban a practicar una cesárea, o que le pondrían la anestesia epidural e iniciarían la cirugía antes de que hiciera efecto. Mientras ella gritaba del dolor, ellos la ignoraban y continuaban con la operación.

Cuando Angélica notó que su bebé ya había nacido y no lloraba, preguntó qué pasaba, pero no obtuvo respuesta. Le habían practicado una cesárea e inmediatamente después le hicieron un legrado. Se sentía mareada, con mucho dolor, pero no dejaba de preguntar qué ocurría con su hijo. Una enfermera le comentó que no podían informarle sobre el estado del recién nacido porque era menor de edad. La información se la darían a su esposo.

—No me tomaron en cuenta —recuerda Angélica—. Me ignoraron, la verdad.

Así pasó toda la madrugada. La cesárea y el legrado habían sido una tortura, la anestesia hizo efecto retardado. Estaba adolorida y no podía moverse; no tenía un cuarto y la habían colocado en una camilla sobre un pasillo. Se vomitó encima y pasó horas sucia, hasta que una enfermera fue a limpiarla.

Siete días después de haber nacido, el hijo de Angélica falleció en la clínica particular. Veintidós años han pasado de aquel episodio, y ella cree que la negligencia y la violencia con la que fue tratada por el personal médico por su condición de madre adolescente estuvieron detrás de las complicaciones que derivaron en la muerte de su hijo.

—Las otras señoras ya eran más grandes. Yo veía que sí iban a visitarlas y a mí no me tomaron en cuenta, en cuestión de revisarme cómo iba, cómo me sentía, a lo mejor hasta una palabra de aliento. No, me ignoraron.

+ + +

En 2004, Ana Luz, una mujer delgada y pequeña de 19 años de edad, ingresó para ser atendida de emergencia en la sala de partos del Hospital General 27 del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), en Tlatelolco, Ciudad de México. Mientras la atendían, alcanzó a escuchar un rumor:

—Una niña va a tener un bebé —decía la jefa de enfermeras al personal.

Siguió escuchando y así se enteró que otras enfermeras pasaban la voz y avisaban a sus compañeras:

—¿Una niña va a tener un bebé?

—Una niña va a tener un bebé —repetían.

Tantas veces lo mencionaron —y con la suficiente intriga— que la curiosidad de Ana Luz se despertó. Empezó a preguntarse: «¿Dónde está esa niña?», «¿Cómo que una niña va a tener un bebé?».

Volteaba a un lado y al otro, buscando a lo ancho y largo de la sala fría y mal iluminada a alguien que cuadrara con la descripción: una niña que iba a tener un bebé. Pero en ese momento en la sala de parto, hasta donde ella alcanzaba a ver, estaban solo ella y otras tres mujeres.

Ana Luz descubrió que ella era «la niña» de la que estaban hablando, cuando una enfermera revisó su expediente y, luego de enterarse de su edad, le dijo:

—¡Ay, pues si no estás tan chiquita!

El bebé de Ana Luz nació prematuro, a los 7 meses de gestación, en una cesárea de emergencia porque los médicos descubrieron, cuando ya se encontraba en trabajo de parto, que Ana Luz tenía una luxación de cadera congénita que le impide tener partos vaginales o naturales. Pudieron haberlo previsto, pero quienes la atendieron no le avisaron que el bebé estaba por nacer y ella no mencionó esta condición de salud.

Quince años después, Ana Luz, quien ahora tiene 34 años y dos hijos adolescentes, cree que la atención que recibió esa noche fue descuidada, incluso despótica. Ella considera que esto se debió a que el personal pensaba que era demasiado joven para ser mamá.

+ + +

Hasta hace unos años en México se hablaba muy poco de violencia obstétrica. En la actualidad, existen algunos esfuerzos para hacer visible esta forma específica de violencia contra las mujeres, pero surgen acompañados de resistencias institucionales para reconocerla.

El Grupo de Información en Reproducción Elegida (GIRE), una de las organizaciones que más ha impulsado la investigación de este tema en México, explica que la violencia obstétrica puede consistir en la falta de acceso a los servicios de salud reproductiva, el trato cruel o degradante, el abuso de la medicación y la anulación de la capacidad de decisión libre e informada de las mujeres en su proceso reproductivo.

Tanto Angélica como Ana Luz identificaron abusos que derivaron en complicaciones médicas cuando estaban dando a luz a sus hijos. Cadenas de maltratos y aparentes errores a los que ellas denominan negligencias médicas. El término «violencia obstétrica» les resulta desconocido.

—La violencia obstétrica se origina por un ejercicio asimétrico de poderes, y las condiciones de vulnerabilidad de las mujeres aumentan cuando son adolescentes— explica Susana Collado, médica gíneco-obstetra y maestra en Estudios de la Mujer.

Aunque ya es un tema de estudio en el ámbito académico y de las organizaciones sociales, señalado por los organismos de derechos humanos e incorporado en la legislación, la violencia obstétrica sigue siendo un concepto poco difundido entre la población en general y específicamente entre las mujeres. Y la violencia obstétrica en perjuicio de las adolescentes es todavía menos conocida y señalada, a pesar de que afecta a una de las poblaciones más vulnerables debido a la cantidad de embarazos de adolescentes que se presenta en México.

Durante décadas, la natalidad en México ha tendido a decrecer en todos los grupos poblacionales, con excepción de uno: las mujeres menores de 20 años. En el periodo de 1995-2000, México registró una tasa de fecundidad en adolescentes –de 15 a 20 años– superior a la media de América Latina y el Caribe, según los datos históricos presentados por organismos internacionales en el informe de Acelerar el progreso hacia la reducción del embarazo en la adolescencia en América Latina y el Caribe. Luego, el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) estimó el incremento de la tasa de fecundidad adolescente en México de 69, en 2009, a 77, para 2014.

Como respuesta a este incremento y a la presión de organismos internacionales, en 2015, el gobierno de México inició la Estrategia Nacional para la Prevención del Embarazo Adolescente (ENAPEA). La última cifra disponible indica que en 2018 los nacimientos registrados de madres adolescentes eran el 17,5% del total.

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No obstante, el abordaje de los organismos internacionales y los gobiernos al problema del  embarazo adolescente está fundamentalmente enfocado en los riesgos médicos, la planificación familiar y el fomento de la salud sexual y reproductiva. La violencia obstétrica no es parte de este enfoque.

Hanna Borboleta, partera y directora clínica de Luna Maya Ciudad de México, considera problemático que el parto no sea reconocido como parte fundamental de la salud sexual de las mujeres adolescentes; ni la violencia obstétrica identificada como un tipo de violencia de género a la que las adolescentes son más vulnerables.

Los datos disponibles evidencian que la violencia obstétrica es un problema que se presenta con mayor incidencia en la población adolescente. Y si bien es más recurrente en el ámbito público, también se encuentra en los servicios privados.

En 2016, por primera vez la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH) incluyó una sección para valorar la atención obstétrica recibida por mujeres de 15 a 49 años durante su último parto. Los resultados muestran que el 33% de las participantes sufrió algún tipo de maltrato por parte del personal de salud que las atendió entre 2011 y 2016. El Estado de México fue la entidad con mayor incidencia (39,5%), seguida por la Ciudad de México (39,2%) y Tlaxcala (37,7%).

A nivel nacional, el grupo poblacional que más partos registró fue el de 25 a 34 años, con 4 millones 111 mil partos; y en el 32,9% de ellos hubo uno o más incidentes de maltrato por parte del personal de salud. Mientras tanto, en el grupo de mujeres de entre 15 y 24 años se registraron 2 millones 844 mil partos y en el 37,7% de ellos hubo maltratos.

La gran mayoría mayoría de los maltratos durante la atención obstétrica (82%) se dieron en hospitales o clínicas del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), en hospitales o clínicas locales, y en centros de salud y hospitales y clínicas del Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (ISSSTE). Aunque la incidencia es significativamente menor en los establecimientos privados (18%), en ellos se registraron poco más de 243 mil casos de maltrato.

Del total de mujeres de 15 a 24 años, el porcentaje más alto de incidencias se da en los hospitales y clínicas del ISSSTE: el 50% reportó episodios de maltrato. En general, este grupo poblacional es el que más sufre la violencia obstétrica, en cualquiera de los tipos de establecimiento: centros de salud, hospitales y clínicas del IMSS, ISSSTE, particulares, clínicas públicas de los estados, en casa con parteras.

—La atención médica de los procesos reproductivos de las mujeres, específicamente durante el parto, suele tornarse un castigo al ejercicio de la sexualidad femenina más que una atención profesional —opina Susana Collado. Y agrega que la violencia se exacerba cuando se trata de adolescentes embarazadas, a las que consideran irresponsables en el ejercicio de su sexualidad solo por ser jóvenes. No importa si sus embarazos han sido planeados, no deseados o derivados de abusos sexuales.

Parte II: Guarda silencio o te vamos a amarrar

Patricia dio a luz en un hospital privado administrado por religiosas en la Lagunilla, Ciudad de México. El médico que ordenó su cesárea no le explicó nada. Ella fue ignorada y todo lo decidió su padre.

En junio de 2014, Patricia llegó a la semana 40 de gestación de su primer hijo. Solo un mes antes había cumplido 19 años. Después de ser rechazada de varios hospitales públicos porque aún no se encontraba en labor de parto, su padre decidió pagar por un servicio médico.

Buscaron varias opciones y al final, valorando el más económico, se inclinaron por un hospital privado administrado por religiosas en la Lagunilla, en la Ciudad de México. Allí, un médico revisó someramente a Patricia y le dijo que realizaría una cesárea, pero no le explicó más.

La decisión final, cuenta Patricia, la tomó su papá, quien accedió a lo que el médico indicó y realizó el pago para programar la operación. A ella solo le entregaron una hoja con algunas indicaciones para prepararse para la cirugía al día siguiente. Patricia estaba nerviosa y no lo pensó mucho. Ahora, cinco años después de su primer parto, lamenta no haber tomado ella la decisión sobre la cesárea y califica su experiencia como una tortura.

Al inicio de la cirugía sintió un rasguño y un ardor muy fuerte. La anestesia que le habían aplicado parecía no haber surtido efecto y a pesar de que dijo varias veces que todavía podía sentir, los médicos continuaron la cesárea. Patricia lloraba y les pedía gritando que se detuvieran. Estaba recostada y no se movía por temor a que la lastimaran más. Solo podía ver un grupo de monjas, quienes también fungían de enfermeras, rodeándola y rezando por encima de sus súplicas, como si se tratara de un exorcismo. El dolor era insoportable y entre más ella gritaba, más fuerte se escuchaban los rezos. Mientras, los médicos realizaban la operación sin inmutarse por la dramática escena.

—¡Estoy sintiendo! —gritó lo más fuerte que pudo.

—Es normal. Cálmate y guarda silencio o te vamos a amarrar—le respondieron.

Aún cuando Patricia identifica la violencia obstétrica vivida, nunca pensó en presentar una denuncia porque, en ese momento, consideraba que lo más importante era que su bebé naciera bien. Además, nadie parecía comprender lo que había vivido durante la cesárea.

─Las mujeres de mi familia se burlaban. «Pero querías un hijo, ¿no? Tener un hijo duele, todas pasamos por lo mismo». Pero nadie sabe lo que yo viví porque nadie entró al quirófano conmigo. Todavía no lo supero. Fue cruel, cercano a la tortura.

—Para muchas mujeres que han sufrido violencia obstétrica el paso más difícil suele ser identificarla. Luego, incluso cuando la víctima la detecta y busca denunciar se va a enfrentar a una resistencia social, institucional e individual, del personal médico, para aceptarla —explica Susana Collado.

Una de las instituciones encargadas de recibir quejas de pacientes que han sufrido daños derivados de la atención médica es la Comisión Nacional de Arbitraje Médico (Conamed). Aunque no considera la violencia obstétrica, sí lleva un registros estadístico en los que la especialidad ginecología y obstetricia es la que mantiene el mayor número de quejas: alrededor del 14% del total, desde su creación hace 20 años (1996-2015).  De ellas, el 74% fueron quejas contra el sector público y el otro 26% a entidades privadas.

En México existen distintas formas de denunciar la violencia obstétrica: en los órganos de internos de control de entidades públicas; en comisiones de derechos humanos cuando personal público está involucrado; ante el órgano de arbitraje médico, Conamed, en el caso de públicos y privados, y denuncias penales en los estados en los que la violencia obstétrica está tipificada (Veracruz, Guerrero y Chiapas). Sin embargo, estos mecanismos están desarticulados y cada uno muestra deficiencias. Karen Luna, investigadora en el GIRE, señala que las denuncias penales, aunque ayudan a visibilizar el problema, en realidad no lo atienden puntualmente y tienden a criminalizar a los médicos. Mientras, los procesos ante los órganos de control internos y la Conamed son desgastantes y revictimizantes.

La única vía que contempla la reparación integral y las medidas de no repetición es la denuncia en organismos públicos de derechos humanos. Pero obtener una recomendación —un llamado de atención público para la autoridad responsable— de estos organismos también puede ser un camino largo y complicado si las denunciantes no reciben acompañamiento de una organización o abogado. Todo ello desincentiva a las mujeres de realizar denuncias sobre maltratos y agresiones durante sus embarazos y partos, tal como sucedió con Patricia.

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En 2017, la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) realizó una recomendación general sobre la violencia obstétrica al sistema nacional de salud mexicano. Vale señalar que el sector salud es el que más quejas acumula en la CNDH por violaciones a los derechos humanos de todo tipo. El Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) es la entidad más quejada todos los años desde el 2014 hasta el 2019. Y el Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (ISSSTE) se ubica en segundo lugar desde 2017.

En su recomendación, la CNDH hace una comparación que ejemplifica la importancia de considerar la violencia obstétrica como una forma específica de violencia contra mujeres: la violencia obstétrica es a la negligencia médica lo que un feminicidio es a un homicidio. Dicho de otra forma: en esta violencia existe un componente de género que no se puede perder de vista.

Mientras, aún existen dependencias públicas encargadas de generar datos al respecto que no han estandarizado sus registros y usan indistintamente los términos violencia obstétrica, maltrato y negligencia médica. Pero la batalla por visibilizar la violencia obstétrica como una problemática específica se mantiene.

Recientemente, el 28 de noviembre de 2019, en el marco del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia hacia las Mujeres, la Cámara de Diputados aprobó y envió al Senado un dictamen para modificar la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia e incluir en ella el término «violencia obstétrica».

En respuesta, la Federación Mexicana de Colegios de Obstetricia y Ginecología se negó a reconocer el término y con ello, los miles de casos de violencia obstétrica en el país. La federación alega que el concepto «descalifica» a los médicos obstetras.  «Desde el punto de vista semántico violencia significa: “uso de la fuerza para conseguir un fin, para dominar a alguien o imponer algo”,  y desde ninguna perspectiva es aceptable que se trate de acciones deliberadas para dañar o lastimar en los casos que así haya sucedido», señala en un comunicado.

Estas posturas institucionales contribuyen a que en México continúe siendo difícil diferenciar la violencia obstétrica de la negligencia médica. Primero, porque las mujeres usuarias de los servicios de salud públicos esperan que la atención en los hospitales públicos sea precaria, pues son conocidas las deficiencias estructurales del sistema de salud. Así, cuando reciben un maltrato por discriminación lo atribuyen a la falta de recursos o de personal, a la saturación de los hospitales y clínicas o a la poca profesionalización de los médicos.

—A las pacientes mujeres se les infantiliza o insulta para referirse a ellas cada vez que no son llamadas por su nombre; se les dice «gorda», «mija», «madre», «reina», etc. A los varones se les dice «Don» si no se sabe su nombre. En el caso de la atención del parto, el castigo al ejercicio de la sexualidad femenina es muy frecuente. No sucede lo mismo cuando la atención es a varones por otros motivos de consulta —ejemplifica Collado.

Parte III: Como que me estaba acosando ese médico

Las mujeres en trabajo de parto también están expuestas a episodios de violencia sexual. Muchas veces el personal médico abusa de los tactos vaginales, pese a que existen normas y protocolos que establecen límites para este procedimiento.

—Sucedieron muchas cosas que no sé si son violencia, pero para mí fueron violentas.

Rebeca, de profesión publirelacionista, tuvo a su único hijo a los 19 años. Su parto sucedió en junio de 1990 en un hospital del seguro social, en Tlatelolco, en el centro de la Ciudad de México. Apenas la ingresaron al hospital, la rasuraron de la zona púbica sin avisarle ni explicarle por qué era necesario. Luego, cada cierto tiempo los médicos hacían rondas en la que utilizaban a las parturientas como maniquíes para ejemplificar a los estudiantes de medicina el procedimiento del tacto vaginal y les permitían practicar con las pacientes. Todas las mujeres en la sala de partos pasaron por esto.

Cuando intenta rememorar cuántos tactos le realizaron durante su trabajo de parto, Rebeca responde: «simplemente perdí la cuenta».

Su testimonio se asemeja a lo que cuenta Angélica sobre su segundo parto. Había llegado un jueves por la tarde a la clínica 72 del seguro social en Tlalnepantla, Estado de México. La admitieron en urgencias. Era enero de 1999, tenía 19 años y comenzaba a tener contracciones. Angélica dice que perdió la cuenta del número de tactos vaginales que el médico le realizó durante la noche del jueves y la madrugada del viernes. En cada ocasión le dijo que aún no estaba lista para parir. También empezó a tocarle las piernas y aunque Angélica las doblaba para evitarlo, él insistía y le preguntaba si no quería que se las depilara.

Angélica se sentía incómoda, agredida, pero no se quejó porque temía que el médico hiciera —o dejara de hacer— algo que complicara el parto. Después de lo vivido durante su primer parto y la muerte de su bebé, dos años antes, estaba asustada. Además, el dolor y las contracciones continuaban. Pero, más de 20 años después, Angélica puede identificar la agresión sexual por parte del doctor que la recibió en la clínica:

—Es que una sabe, se da cuenta cuando es diferente. Como que me estaba acosando ese médico.

La situación se prolongó hasta que terminó la jornada de ese médico y llegó uno nuevo en el turno matutino. El nuevo doctor practicó un último tacto a Angélica e inmediatamente identificó que la posición del bebé no era adecuada para un parto vaginal, por lo que dispuso una cesárea de urgencia.

Desde el año 1993 existe la Norma Oficial Mexicana (NOM-007) en donde se establecen algunos criterios para la prestación de los servicios de salud a mujeres durante el embarazo, parto y puerperio y del recién nacido. Aquella primera versión de la NOM-007 especificaba, por ejemplo, que el rasurado de vello púbico debe hacerse por indicación médica.

Otro procedimiento que también quedaba a consideración del médico son los llamados tactos o exploraciones vaginales. En este caso no establecía restricciones, solo indicaba que debían realizarse «de acuerdo a la evolución del parto».

Sin embargo, ambos procedimientos debían realizarse informando a la mujer, circunstancia que –entonces, como ahora– rara vez sucede. Para el caso de Rebeca, la NOM-007 aún no existía, pero para el de Angélica sí. Y si el doctor hubiera informado a Angélica de los tactos, ella se habría negado.

─Me dejó muy lastimada y a cada rato me iba a revisar. No estaba haciendo bien su trabajo, no sé qué estaba haciendo ─cuenta Angélica.

La última actualización de la NOM-007, de 2016, considera necesario el tacto vaginal durante la valoración al inicio del trabajo de parto. Pero también especifica que una vez que la embarazada entra en trabajo de parto se debe reducir el número de tactos vaginales.

Al mismo tiempo especifica que el tacto vaginal se debe realizar por lo menos cada hora para identificar anormalidades en el proceso de expulsión. Aunque añade: «La mujer debe ser informada antes y después de la exploración».

Otro documento que establece procedimientos de prácticas clínicas en el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) es la guía Vigilancia y atención amigable en el trabajo de parto en embarazo no complicado, cuya versión de 2019 recoge las recomendaciones de la OMS en el documento Para los cuidados durante el parto y una experiencia positiva (2018).

La OMS no recomienda el rasurado rutinario del vello púbico e indica que el tacto vaginal se puede realizar cada cuatro horas.

Hanna Borboleta, quien ha practicado la partería durante una década, explica que en México la gran mayoría de las mujeres que buscan atenderse con una partera lo hacen porque quieren evitar someterse a la violencia conocida del sector salud, tanto en hospitales públicos como privados. Y una de las violencias de las que menos se habla, aunque podría ser la más obvia, es la sexual.

—En la práctica de la partería los tactos solo se realizan en circunstancias extraordinarias y siempre después de pedir la autorización de la mujer y solo si ésta acepta —explica Borboleta— Mientras, lo que sucede en los hospitales cuando los médicos y estudiantes de medicina ensayan con ellas, en cualquier otra circunstancia podría ser considerado una violación. Pero la técnica médica parece justificarlo.


Este reportaje forma parte del proyecto colaborativo “El parto robado: el lado más doloroso de dar a luz en América Latina”, liderado por Salud con lupa con el apoyo del Centro Internacional para Periodistas (ICFJ). Todas las historias se pueden leer aquí.

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La desconocida y trágica historia de Clipperton, el último territorio que perdió México

En esta pequeñísima isla perdida en medio del océano Pacífico se entrelazó una tragedia humana con una disputa internacional en la que participaron cuatro países. Esta es su increíble historia.
19 de febrero, 2021
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Era 18 de julio de 1917 cuando la tripulación del barco militar estadounidense USS Yorktown se encontró en medio del océano Pacífico a tres mujeres y ocho niños, que les hacían señas desde una pequeña isla a más de 1.200 km de distancia del punto más cercano en tierra firme, Acapulco.

Eran los últimos habitantes de una comunidad que en su máximo esplendor debió de tener alrededor de medio centenar de personas.

Pero ¿cómo llegaron hasta allí y qué pasó para que se quedaran solos?

Para entender su odisea hay que conocer la increíble historia de esta isla tropical perdida en el medio de la nada, que alguna vez fue mexicana.

Para empezar, tiene al menos tres nombres distintos.

Uno, Médanos, el que le dieron los conquistadores españoles que primero la registraron en un mapa, allá por el siglo XVI.

Otro, Clipperton, el que prevaleció, que es el apellido de un famoso pirata inglés que dicen que la usaba como escondite y base de operaciones a principios del siglo XVIII.

Y un tercero, isla de la Pasión, el que le pusieron los exploradores franceses que la redescubrieron un Viernes Santo de principios del siglo XVIII, cuando la declararon como propia.

Pero muchos en México desconocen su existencia, la larga disputa internacional por su soberanía y la trágica historia de la que fue escenario.

Es un relato de esos que superan a la ficción, protagonizado por empresarios, náufragos, militares y mujeres bravas que sobrevivieron a la enfermedad y a la violencia, abandonadas durante años en medio del océano y a cargo de sus hijos.

Todo eso, antes de que finalmente Francia se quedara con la isla, en el siglo XX, por decisión de un rey italiano.

El último hombre de la isla

Poco antes de ser tomada esta foto, dos de las mujeres retratadas tuvieron sangre en las manos.

Hacía un tiempo que, para proteger a sus familias, Tirsa Rendón y Alicia Arnaud Rovira se habían decidido a acabar con la vida del único hombre que quedaba en la isla y que llevaba varios años atormentando a su pequeña y vulnerable comunidad con golpizas, violaciones y asesinatos, según contaron los sobrevivientes.

Foto de 10 de los sobrevivientes de Clipperton, tomada en el buque USS Yorktown que los rescató en 1917.

Dominio Público
Foto de 10 de los sobrevivientes de Clipperton, tomada en el buque USS Yorktown que los rescató en 1917.

Quiso la casualidad que llevaran a cabo el plan el mismo día en que acabaron siendo rescatadas por el cañonero estadounidense, que, en el contexto de la Primera Guerra Mundial, se había acercado a Clipperton durante una misión de reconocimiento buscando barcos alemanes.

Ramón Arnaud, tenía 8 años cuando fue rescatado de Clipperton.

Dominio Público
Ramón Arnaud, que llegó a ser nonagenario, tenía unos 8 años cuando fue rescatado de Clipperton.

Ramón Arnaud tendría unos 8 años cuando fue testigo de lo sucedido, un episodio traumático del que le habló con frecuencia a sus descendientes y que le describiría sesenta años después con todo lujo de detalles al famoso explorador y conservacionista francés Jacques Cousteau, cuando regresó a Clipperton en 1981 como invitado para participar en uno de sus documentales.

Desde el rescate no había vuelto a pisar la isla donde había nacido, en 1909, cuando México aún la consideraba suya.

Hacía un año que su padre, el joven capitán Ramón Arnaud, primer y último gobernador de Clipperton, se había instalado permanentemente allí, de recién casado, con su esposa Alicia.

Arnaud (padre) estaba al frente de una guarnición militar de una decena de hombres que, acompañados de sus familias, cumplían una encomienda ordenada por el mismísimo presidente Porfirio Díaz: proteger la soberanía de México sobre la isla, que a lo largo del siglo XIX había despertado el interés de franceses, británicos y estadounidenses.

Paraíso e infierno

Desde el aire Clipperton parece un paraíso de vivos colores.

La isla coralina se formó sobre el borde del cráter de un volcán sumergido.

Xavier DESMIER
La isla coralina se formó sobre el borde del cráter de un volcán sumergido.

Es un cinturón blanco de arena de coral que destaca sobre el azul del océano y encierra una laguna de agua esmeralda.

De cerca es otra cosa.

Foto de Enrique Ballesteros.

Enrique Ballesteros / BBC
Los pájaros bobos y los cangrejos anaranjados son los verdaderos dueños del atolón. Foto de Enrique Ballesteros.

Los pájaros bobos dominan la isla cubriéndola con un manto de excremento, una peculiaridad que jugó un papel clave en la historia de Clipperton, porque atrajo el interés de las potencias y las compañías internacionales que a mediados del siglo XIX comerciaban con el guano, un preciado abono rico en fosfato derivado de esas heces animales.

Vivir allí debió de ser un infierno, “pero un infierno absoluto”, le dijo a BBC Mundo el investigador especializado en ecología marina Enrique Ballesteros, que se ha sumergido en aguas de todo el mundo, incluidas las de la laguna de Clipperton, cerradas al mar, malolientes y salobres, llenas de algas y bacterias pero desiertas de peces.

Este español participó en una expedición científica a la isla en 2016, como parte de una investigación del proyecto Pristine Seas, de National Geographic, en colaboración con la Universidad de la Polinesia Francesa.

Foto tomada en 2016 por el investigador Enrique Ballesteros.

Enrique Ballesteros / BBC
En 2016 las aguas que rodeaban a la Isla de Clipperton estaban repletas de tiburones, pero eran casi todos pequeños, de menos de un metro, lo cual, explica Ballesteros, indica que había presión pesquera en la zona. Foto tomada en 2016 por el investigador Enrique Ballesteros.

Y allí constató, junto a su equipo de investigadores, que la isla y las aguas que la rodean están llenas de vida, con una vegetación y fauna en constante evolución, que atrae la atención de los científicos.

Pero es un lugar inhóspito para los humanos.

Además de que está en la ruta de frecuentes temporales y huracanes, “hay un viento que no para y unas olas enormes que no te dejan acceder al mar”, recuerda Ballesteros.

La isla está rodeada por una gran barrera coralina que hace extremadamente difícil y peligroso el acceso en barco.

Imagen de la roca volcánica de la Isla de Clipperton. Foto tomada en 2016 por el investigador Enrique Ballesteros.

BBC / Enrique Ballesteros
La roca volcánica de la Isla de Clipperton está atravesada por cuevas y pasadizos. Foto tomada en 2016 por el investigador Enrique Ballesteros.

Además de algunos grupos de palmeras, lo único que destaca sobre la línea totalmente plana de arena es una gran roca volcánica de unos 28 metros de alto.

Sobre esa roca, a principios del siglo XX los mexicanos pusieron a funcionar un faro.

Casas bajo la roca de Clipperton.

BBC / Dominio público
Casas bajo la roca de Clipperton, probablemente a principios del siglo XX.

Y en una cabaña aislada, a los pies de esa roca agujereada por cuevas y pasadizos, pasó días y noches Victoriano Álvarez, el guardián del faro, que acabó perdiendo la razón.

Pulso de grandes potencias

La determinación del capitán Arnaud y su guarnición, que acabaron dando la vida por proteger los intereses soberanos de México, no lograron impedir que al final Francia se quedara con Clipperton.

Los franceses, de hecho, ya se habían anexado unilateralmente en 1858 la que entonces llamaban isla de la Pasión, pero los mexicanos no se enteraron hasta casi 40 años después, en 1897.

Mapa de la isla Clipperton

BBC
La ciudad en tierra firme más cercana a Clipperton es Acapulco.

En 1858 Francia envió en nombre del emperador Napoleón III a un teniente a tomar posesión formal del territorio que sus exploradores habían avistado por primera vez a principios del siglo.

La intención de los franceses era cederle después la explotación del guano a un empresario estadounidense que se había interesado por el atolón.

Cuando el teniente llegó a la isla levantó una acta administrativa que después registró ante el cónsul francés en Hawái, su siguiente destino, a más de 6.000 km de distancia. La noticia fue, además, publicada por el periódico The Polynesian, de Honolulú.

Pero después los franceses no volvieron a pasarse por Clipperton, en parte porque su proyecto inicial de explotación de guano no prosperó.

Quienes sí lo hicieron, en cambio, fueron los estadounidenses.

Levantaron, de hecho, su bandera sobre el atolón a finales del siglo XIX apoyándose en la llamada “Ley de las islas guaneras“, aprobada en 1856, que autorizaba a sus ciudadanos a tomar posesión y explotar cualquier isla con depósitos de guano que estuviera deshabitada y no estuviera bajo la jurisdicción de otro país.

Cuando finalmente todo esto salió a la luz, se volvió una disputa internacional que implicaba a cuatro naciones.

Sucedió por casualidad: un artículo en el diario Herald de Nueva York, en agosto de 1897, informaba que acababa de regresar un barco cargado de guano de Clipperton y apuntaba a que la bandera británica estaba a punto de remplazar allí a la estadounidense porque una compañía inglesa iba a tomar las riendas de la explotación.

Durante las siguientes semanas varios periódicos mexicanos se hicieron eco de la sorprendente noticia y creció tanto la presión que ese mismo año el presidente Porfirio Díaz envió un cañonero al atolón para ver qué estaba pasando y defender la soberanía mexicana.

Allí encontraron, efectivamente, una bandera estadounidense y varios trabajadores de la compañía Oceanic Phosphate Company, a quienes informaron que la isla era mexicana y tomaron posesión del territorio.

Sello estadounidense con una ilustración de Clipperton de finales del siglo XIX, cuando explotaban el guano en la isla, que asumieron que no tenía dueño.

Dominio Público
Sello estadounidense con una ilustración de Clipperton de finales del siglo XIX, cuando explotaban el guano en la isla, que asumieron que no tenía dueño.

Lo que no sabían entonces es que la verdadera amenaza a su soberanía no vendría de Estados Unidos, sino de Francia.

México empezó a instalar una pequeña colonia en Clipperton, que más tarde estaría liderada por el capitán Arnaud.

Pero tanto insistió Francia diplomáticamente en que el atolón era suyo, que en 1909 el gobierno de México, seguro de su posición, accedió a someter la disputa a un arbitraje internacional.

La decisión, que sería vinculante, quedaba así en las manos de un árbitro neutral, que acordaron que fuera el rey de Italia, Víctor Manuel III.

“Una cadena de malas decisiones”

“No debimos haberla dejado perder”, le dijo a BBC Mundo Laura Ortiz, apasionada de la historia de Clipperton y profesora de Derecho Internacional en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Como la gran mayoría de los mexicanos, no aprendió nada sobre el atolón en la escuela, sino que escuchó la historia “llena de fantasía y medio noveleada” cuando estudiaba Derecho en la universidad.

El arrecife de coral y el oleaje constante dificulta muchísimo el acceso a la isla. Foto tomada en 2016 por el investigador Enrique Ballesteros.

Enrique Ballesteros
El arrecife de coral y el oleaje constante dificulta muchísimo el acceso a la isla. Foto tomada en 2016 por el investigador Enrique Ballesteros.

Para Ortiz, detrás de la pérdida de Clipperton sobre todo está el “desinterés histórico” del gobierno de México por la isla y por el territorio insular en general. Y también “una cadena de malas decisiones”.

La primera, dice, fue la del presidente Porfirio Díaz, que gobernó México entre 1876 y 1911, por acceder a someter la disputa al arbitraje internacional, “porque la isla ya estaba colonizada por mexicanos”, explica Ortiz.

Luego pasaron más de 20 años antes de que el rey italiano emitiera su laudo. En ese tiempo de desencadenó la Revolución mexicana y la Primera Guerra Mundial.

Cuando finalmente llegó el laudo a favor de Francia, el 28 de enero de 1931, ya México era otro país: ya había muerto Porfirio Díaz y estaba el México posrevolucionario en ciernes.

El fallo decía que la soberanía de Clipperton le pertenecía a Francia desde 1858.

En el arbitraje “no se tomaron en cuenta las pruebas de los mapas de los derroteros españoles, en cuyas rutas aparecía como isla de Médanos. Y sí se tomó en cuenta el avistamiento de los franceses que entre comillas la descubrieron y la registraron”.

Y ahí viene, según Ortiz, otro error en la cadena: no haber apelado de manera inmediata la decisión del arbitraje ante la Corte Permanente de Justicia Internacional, la antecesora de la actual Corte Internacional de Justicia de la Haya, el principal órgano judicial de Naciones Unidas.

Otro error de México, continúa la profesora Ortiz, fue precipitarse a reformar la Constitución tras aceptar el fallo del arbitraje, eliminando a Clipperton del artículo 42, en el que figuraba expresamente, junto a otras islas mexicanas, como parte integrante del territorio nacional.

A principios del siglo XX por la isla se paseaban constantemente millones de cangrejos. Hoy en día ya no hay tantos. La fauna y vegetación de la isla cambia muy rápidamente, de una manera que sorprende a los científicos.

Xavier DESMIER / Getty Images
A principios del siglo XX por la isla se paseaban constantemente millones de cangrejos. Hoy en día ya no hay tantos. La fauna y vegetación de la isla cambia muy rápidamente, de una manera que sorprende a los científicos.

En México, “para todos los juristas y estudiosos del tema, el laudo arbitral fue injusto“, dice Ortiz.

Así lo consideraba también el ya fallecido abogado, escritor y político mexicano Miguel González Avelar, autor de “Clipperton, isla mexicana”.

“Son tan absurdas las circunstancias que determinaron su exclusión de la soberanía mexicana, que no hay persona razonable que, al conocerlas, se conforme con el resultado”, escribió en 1992.

Una decisión heroica que acabó en tragedia

Los primeros años del capitán Ramón Arnaud y Alicia Rovira en la isla, a principios del siglo pasado, transcurrieron con relativa calma.

El capitán Ramón Arnaud Vignon (1877–1915). Foto de la Colección Historia Gráfica de la Armada de México.

BBC / Dominio público
El capitán Ramón Arnaud Vignon. Foto de la Colección Historia Gráfica de la Armada de México.

Cada dos o tres meses llegaba de Acapulco un barco cargado de provisiones, medicinas y noticias.

Además de los miembros de su guarnición y sus familias, vivían en el atolón los últimos trabajadores de la compañía británica a la que México le acabó dando la concesión para explotar el guano, aunque pronto abandonarían la misión al comprobar que se trataba en realidad de una operación poco rentable.

Pero todo cambió a partir de 1910: el inicio de la Revolución mexicana en tierra firme interrumpió al principio el abastecimiento de la isla y lo dejó totalmente en el olvido después.

Lo que siguió entonces fue una trágica historia de supervivencia, que para los más afortunados duró siete años.

Antes de llegar a los momentos más críticos de escasez, enfermedad y muerte, el capitán Arnaud tuvo ocasión de marcharse de Clipperton a bordo de un barco estadounidense que llegó para rescatar a los sobrevivientes, al enterarse de que seguían vivos.

Pero el capitán decidió no abandonar su puesto a menos que sus superiores mexicanos así se lo ordenaran, y tanto la guarnición como sus respectivas familias rechazaron la oferta de volver a tierra firme para quedarse a su lado.

Para muchos fue un sacrificio heroico por la patria que las autoridades mexicanas del momento nunca valoraron.

Lo que Arnaud no se imaginaba era que en México, en plena revolución, ya nadie se quería hacer cargo de un pequeño y remoto destacamento militar fiel al gobierno anterior, ahora enemigo.

Con el tiempo los habitantes de Clipperton se quedaron en el olvido y después fueron dados por muertos.

En el atolón nunca llegaron a pasar hambre porque podían vivir del mar y de los pájaros bobos, pero la falta de vitamina C fue matando de escorbuto a la población.

Una decena de cocoteros, entonces la única vegetación de la isla, fue la salvación para los escasos sobrevivientes.

Mientras, los niños más pequeños de Clipperton crecían más o menos ajenos a las preocupaciones de los mayores.

Los tres hermanos pequeños de Ramón Arnaud apenas tenían memoria de las penurias que luego les contaron que vivieron.

Pero Ramón, que creció en la isla hasta los ocho años, recordaba “todos los detalles que te puedas imaginar. Los tenía todos clarísimos”, le dijo a BBC Mundo por videoconferencia su nieta Gabriela Arnaud, bisnieta del capitán Ramón y Alicia.

Contaba una y otra vez todo lo que había pasado “con la misma naturalidad con la que lo había vivido”, recuerda Gabriela, que ahora preside un proyecto llamado Clipperton Honor y Gloria, con el que quiere dar a conocer la historia familiar.

“Al principio yo, de niña, lo entendía todo casi como un cuento. Me contaba de una isla donde él había vivido, donde al principio todo estaba bien, donde el barco iba y venía, tenían una casa hermosa, su madre tocaba el piano, les daba clases a todos los niños de la isla… era una cosa muy linda, al principio, antes de que viniera toda la tragedia”, cuenta Gabriela.

Pero con los años las cosas se complicaron cada vez más.

Casi tres años antes de ver cómo su madre y Tirsa le daban muerte a Victoriano Álvarez, Ramón había visto cómo su padre se ahogaba en las aguas turbulentas que rodean al atolón, tratando de alcanzar junto a sus últimos hombres, menos el guardián del faro, un barco que había avistado en el horizonte.

Para entonces, 1915, ya el capitán tenía claro que nadie de la armada mexicana iba a volver a buscarlos.

Así fue como murió el primero y último gobernador de Clipperton. Y así fue como Alicia Arnaud, Tirsa Rendón y Altagracia Quiroz acabaron solas en medio del Pacífico, a cargo de siete niños y una adolescente, y hostigadas por un hombre enloquecido y violento.

(De izquierda a derecha) Alicia Arnaud, Altagracia Quiroz y Tirsa Rendón, las últimas mujeres adultas sobrevivientes en la Isla de Clipperton. Foto tomada por un miembro de la tripulación del USS Yorktown que las rescató en 1918 y publicada en 1937 en la revista US Naval Institute Proceedings.

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(De izquierda a derecha) Alicia Arnaud, Altagracia Quiroz y Tirsa Rendón, las últimas mujeres adultas sobrevivientes en la Isla de Clipperton. Foto tomada por un miembro de la tripulación del USS Yorktown que las rescató, publicada en 1937 en la revista US Naval Institute Proceedings.

Tras su rescate en 1917 las mujeres tuvieron que dar explicaciones por la muerte del guardián del faro, pero según explica Gabriela Arnaud fueron exoneradas de culpa por haber actuado en defensa propia.

Con los relatos que su abuelo materno le contó, Gabriela Arnaud escribió un libro, “Clipperton, una historia de honor y gloria”.

No es el único. Los trágicos acontecimientos inspiraron también una película, varios documentales, numerosos ensayos, obras de teatro y novelas como la de Laura Restrepo “La isla de la pasión”.

Pero la historia del atolón no termina con el rescate de los sobrevivientes, ni con el laudo del rey italiano.

Clipperton hoy

Clipperton nunca volvió a tener una población permanente, pero durante la Segunda Guerra Mundial estuvo brevemente ocupada por Estados Unidos, que estableció allí una base meteorológica y un centro de observaciones.

En una carta de 1945 el entonces presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt, que había visitado el atolón en varias ocasiones, le escribió a su secretario de Estado: “La propiedad y desarrollo de la isla de Clipperton son asuntos que considero de importancia para Estados Unidos por su ubicación estratégica con respecto al canal de Panamá“.

“Durante mucho tiempo México ha disputado el reclamo francés sobre esta isla y los argumentos mexicanos no son infundados. Sería ventajoso para nosotros que Estados Unidos, ante la ausencia de propiedad directa, buscara obtener derechos para una base sobre la isla de Clipperton con una concesión de largo plazo a través de la propiedad mexicana”, continúa la carta, ahora un documento público accesible a través de la Oficina del Historiador del Departamento de Estado de Estados Unidos.

Pero esa idea nunca prosperó. Hoy Clipperton es un territorio de ultramar francés.

Bandera francesa en la Isla de Clipperton.

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Tras el laudo del rey italiano Francia tomó posesión de la Isla, que está deshabitada. Hoy en día es uno de los territorios franceses de ultramar.

Cada tanto una fragata se acerca al atolón para remplazar la bandera y repintar las letras R F, por Republique Française, inscritas sobre un monumento de cemento.

“Después de todos estos años el atolón per se no tiene ningún interés económico o estratégico, salvo por las aguas que rodean el islote”, comenta la profesora Ortiz.

Foto tomada en 2016 por el investigador Enrique Ballesteros.

Enrique Ballesteros / BBC
Hoy el entorno de Clipperton es un parque natural protegido. Foto tomada en 2016 por el investigador Enrique Ballesteros.

Gracias a Clipperton Francia tiene bajo su jurisdicción una Zona Económica Exclusiva de425.000 km², el equivalente al tamaño de Paraguay, en una de las áreas de pesca más ricas del mundo, en la que, irónicamente, le permite capturar atún a México por medio de un acuerdo de pesca.

Pero pocos en México recuerdan o cuestionan ya la pérdida de Clipperton.

Vista de la roca de Clipperton desde el otro lado de la laguna.

Xavier DESMIER / Getty Images
Vista de la roca de Clipperton desde el otro lado de la laguna.

“Durante varios años algunos legisladores dijeron que habría que reivindicar la soberanía territorial de Clipperton, pero no lograron que se afianzara esa idea”, explica Ortiz.

Ahora, más que un reclamo soberano por la vía jurídica, lo máximo que los apasionados mexicanos por Clipperton aspiran a conseguir algún día es algún tipo de negociación con Francia que le permita a México coadministrar la isla.

Entretanto, el busto del capitán Arnaud adorna una plaza de la Calle Real de Orizaba, la ciudad veracruzana que lo vio nacer y a la que nunca pudo regresar de su misión.


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