Sí hubo brote de COVID-19 en Hospital de Tlalnepantla: médicos al IMSS
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Sí hubo brote en Hospital de Tlalnepantla y contacto con pacientes COVID-19, reviran médicos del IMSS

Subían a los pisos de medicina interna a pacientes con otros diagnósticos, que después se ponían tan mal que debían bajarlos a la zona cero, la de los casos de coronavirus, aseguran.
Cuartoscuro
Por Manu Ureste y Andrea Vega
10 de abril, 2020
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Médicos residentes del área de medicina interna de los pisos 4 y 5 del Hospital General Regional (HGR) N° 72 del IMSS en Tlalnepantla, Estado de México, aseguran que los casos positivos de coronavirus entre 19 de sus compañeros sí se originaron por un contagio dentro del hospital, porque ellos, aunque los directivos lo nieguen, sí han estado en contacto con casos sospechosos.

En la conferencia matutina del pasado 8 de abril, Zoé Robledo, el director del IMSS, negó que los contagios de COVID se originaran dentro del hospital y aseguró que esto no se podía considerar un brote como el de Monclova, en Coahuila. 

“No es el mismo caso, el estudio epidemiológico que lleva varias semanas, lo que está demostrando es que vino de fuera. El doctor Juan Manuel Lira, que es el de Atención Médica; la doctora Conchita Grajales, que es la jefa de la COCTI, de la coordinación de insumos, y una gran epidemióloga, hicieron el estudio”.

Por la tarde de ese mismo día, el IMSS emitió un comunicado en el que aseguró que el contagio entre la base laboral se originó en el exterior, entre personal que no labora en zonas de atención COVID-19 y que no tienen como función estar en contacto con pacientes sospechosos.

Sin embargo, cinco residentes y un interno de pregrado de los pisos 4 y 5 del Hospital Regional 72 de Tlalnepantla contaron en entrevista con Animal Político que, aunque se les había asegurado que no estarían en contacto con casos sospechosos de COVID-19, porque estos entrarían por el área de urgencias y después irían al piso 2, reservado en exclusiva para ellos, lo cierto es que a partir del 24 de marzo recibieron pacientes con la sintomatología del virus. 

Estos pacientes subían a los pisos 4 y 5 con diagnósticos de neumonía atípica, fibrosis pulmonar y exacerbación de EPOC (Enfermedad pulmonar obstructiva crónica), “llegaban muy mal y no respondían a los tratamientos con los que por general responden los enfermos de esos tres padecimientos; más bien empeoraban y en dos o tres días fallecían”, dice Martha, una de las residentes, quien pidió que se le modificara su identidad real así para evitar represalias laborales.  

Marcos, otro de los residentes, cuenta que uno de esos pacientes subió tan grave del área de urgencias que una hora después cayó en paro. Tres residentes y una médica adscrita trataron de reanimar, sin el equipo de protección adecuado. 

“Ella estaba internada en un hospital privado pero la trasladaron a la 72, supuestamente le hicieron la prueba para COVID y salió negativa, pero tenía todo el cuadro y falleció. Yo estuve entre los que tratamos de reanimarla, empecé después con síntomas, me hicieron el estudio y salió positivo”. 

Rosa, una más de los residentes asegura que a cuarto piso subió un paciente con hematuria (sangre en la orina) a la cama 443, después empezó con síntomas, “digamos de neumonía, y lo bajaron al piso 2, donde están los casos COVID”.

Leer más | COVID-19: Personal médico se aísla de su propia familia para atender a pacientes y evitar contagios

Lo mismo relata Blanca, otra residente. 

“En la cama 409 tuvimos una paciente que subió el domingo 29 de marzo con diagnóstico de neumonía adquirida en la comunidad (bacteriana). Le empezamos a dar el tratamiento con el que por lo general esos pacientes responden, pero ella no. Para el viernes 3 de abril estaba tan mal que se la llevaron a la zona cero, el piso 2, con los casos COVID, y falleció el sábado 4”. 

Cuando muchos de los 26 residentes del área de medicina interna empezaron con síntomas, solicitaron a las autoridades del hospital 72 que se les hiciera la prueba. 

Ante la presión, los directivos accedieron. Pero los médicos tuvieron que tomarse la muestra entre ellos, en una de las aulas de enseñanza de la institución, sin capacitación previa para esto y sin equipo especial de protección. 

Ese mismo día, les aplicaron el cuestionario que se aplican a todo el que solicite la prueba, con preguntas como si habían viajado, si habían tenido contactos con casos positivos, los datos de sus posibles contactos contagiados. 

Los residentes entrevistados coinciden en que eso fue todo lo que les aplicaron.

De estudio epidemiológico a ellos nada, “a menos que el director del IMSS se refiera a ese cuestionario”, aseguran. 

Enfermos y enojados

Animal Político solicitó, a través del área de comunicación, tener acceso al estudio al que se refirió Zoé Robledo, pero la respuesta fue que no podían proporciónalo porque contiene datos personales. 

Los residentes aseguran que la mala atención que han tenido en este hospital para los casos probables COVID-19 ha puesto en riesgo no solo al personal sino también a todos los pacientes. 

Y para muestra, el caso de Blanca: “Yo estuve trabajando hasta este lunes 6 de abril, cuando me dijeron que era positiva para COVID-19 después de que acabó mi guardia. A mí no me habían dado incapacidad porque tenía pocos síntomas, escurrimiento nasal y dolor de garganta, aunque para el sábado ya me sentía peor. Estuve con 85 pacientes durante esos días, por la falta de personal, y no me dieron equipo de protección, traía N95 porque yo las compré”. 

De hecho, esta es una de las quejas más recurrentes de prácticamente todo el personal sanitario del país en estos días de pandemia. En el caso del Hospital de Tlalnepantla, Ramón, que como el resto de médicos pide no revelar su identidad por temor a represalias, muestra a este medio facturas en las que gastó 568 pesos por una caja de 100 piezas de guantes de látex, y 3 mil 166 pesos por unos overoles desechables. 

“Estamos comprando nosotros nuestro propio equipo y además hemos recibido donaciones de médicos ya jubilados. Pero todo esto es algo que los propios doctores y personal de enfermería hemos buscado”, explica Ramón, que también critica que el personal de camillas y de limpieza está teniendo problemas para que les entreguen el material de protección mínimo. 

“En una pandemia, el personal de limpieza hace una labor tan importante como la de los médicos. Y si no se les cuida, de alguna manera nos vuelve a todos susceptibles de estar en riesgo por contagio”, recalca el doctor. 

Este jueves 9 de abril, residentes e internos de pregrado hicieron pública una carta dirigida al Secretario de Salud, Jorge Alcocer, y al subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud, Hugo López-Gatell, en la que relatan lo sucedido en el Hospital 72.

“Estamos enfermos, indignados y enojados por las declaraciones del director del IMSS, nosotros estamos dando la batalla para atender a los enfermos en las condiciones precarias en las que nos tienen en ese hospital, y es una falta de respeto, por decirlo así, que quiera minimizar la situación, que diga que no hay un brote y que no nos contagiamos ahí. Lo invitamos a que vaya al hospital a ver cuánto personal hay, se va encontrar con muy pocos, porque muchos estamos enfermos”, dice Blanca.

Animal Político dio a conocer que desde antes de que se decretara en México la Fase 2 de contingencia por coronavirus el pasado 24 de marzo, personal médico del Hospital Regional 72 alertó a las autoridades sanitaria sobre la falta de insumos y de material de protección sanitaria, sin que nadie les hiciera caso. 

Como resultado, al menos 19 médicos ya dieron positivo por COVID-19 en ese hospital, de acuerdo con el IMSS. Aunque personal de la clínica enviaron a este medio copia de los test que dieron positivo en, al menos, 34 casos, entre médicos residentes, médicos internos de pregrado, y personal adscrito, incluyendo a enfermería, camilleros, y hasta personal de limpieza. 

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El desertor homosexual que escapó de Corea del Norte (y de su matrimonio) y encontró el amor a los 62 años

Jang Yeong-jin huyó de Corea del Norte escapando de un matrimonio sin amor. Ahora se ha prometido con su novio.
22 de marzo, 2021
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Jang

Oh Hwan
A los 62 años, Jang ha encontrado el amor y se va a casar con su novio estadounidense.

La singular historia del único desertor abiertamente homosexual de Corea del Norte fue cubierta por la prensa internacional cuando publicó su autobiografía. Ahora, 25 años después de huir de su país, cuenta a la BBC sus planes para casarse con su novio estadounidense.

Jang Yeong-jin nunca le habían parecido atractivas a las mujeres. Pero no fue hasta la noche de bodas, a los 27 años, que esto le hizo su vida más difícil.

Jang se sintió intensamente incómodo. “No podía poner un dedo sobre mi esposa“, recuerda.

Aunque la pareja finalmente consumó su matrimonio, el sexo era poco habitual.

Cuatro años después, su esposa seguía sin quedar embarazada, y uno de los hermanos de Jang comenzó a averiguar. Jang admitió que jamás se había sentido atraído por una mujer, y su hermano lo mandó rápido al doctor.

“Fui a muchos hospitales en Corea del Norte porque pensé que tenía algún problema“.

Nunca se le ocurrió a Jang, o su familia, que podía haber otra razón por su falta de interés hacia su esposa.

Pruebas médicas

“La homosexualidad no es un concepto en Corea del Norte”, dice.

Si se ve a alguien correr a saludar a un amigo del mismo sexo, se asume que son buenos amigos. De hecho, con frecuencia se ve a adultos del mismo género agarrados de la mano en la calle, explica.

“Corea del Norte es una sociedad totalitaria. Tenemos mucha vida comunitaria, así que es normal para nosotros”.

Echando la vista atrás, Jang piensa que no era el único incomprendido.

Cuando ingresó en el hospital durante un mes para hacer pruebas médicas, conoció a otros pacientes.

“Descubrí que muchos habían tenido una experiencia similar: hombres que no podían sentir nada hacia una mujer”.

Pero explorar lo que realmente sentían era casi imposible.

“En Corea del Norte, si un hombre dice que no le gusta una mujer, la gente piensa que está enfermo”.

Un hombre con el que Jang había servido en el ejército lo visitó varias veces después de ser dado de alta. Le confió que su noche de bodas también había sido un desastre y que ni siquiera podía tomar de la mano a su esposa.

“Creo que era alguien como yo”, reflexiona Jang.

Park Jeong-Won, profesor de leyes en la Universidad Kookmin en Seúl, Corea del Sur, no tiene conocimiento sobre alguna ley explícita en Corea del Norte contra las relaciones homosexuales.

Pero agrega que las leyes del estado contra las relaciones extramaritales y la violación de las costumbres sociales probablemente serían utilizadas para enjuiciar cualquier acto sexual gay.

Jang

Oh Hwan
El caso de Jang se conoció abiertamente cuando publicó su biografía hace 25 años.

Otro académica en Seúl, Kim Seok-hyang, ha entrevistado docenas de desertores sobre esto, y dice que ninguno había escuchado jamás hablar sobre el concepto de homosexualidad.

“Cuando les preguntaba sobre homosexualidad, les costaba entender. Así que tenía que explicarlo a cada persona”, dice Kim, profesora de estudios norcoreanos en la Universidad de Mujeres Ewha.

Todos los desertores le confesaron que si alguien les descubría explorando relaciones con alguien del mismo sexo, serían condenados al ostracismo, incluso posiblemente ejecutados.

Jang fue dado de alta con un historial médico limpio. Todas las pruebas médicas solicitadas por su hermano mostraron que no tenía nada malo.

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BBC

La decisión de marcharse

Por otro lado, la esposa de Jang seguía siendo infeliz.

“Pensaba: ‘Debería dejar marchar a esta persona. Deberíamos encontrar una forma de ser felices'”, cuenta el desertor.

Jang solicitó el divorcio. Sin embargo, este proceso no es fácil en Corea del Norte. Se requiere el permiso de un tribunal, y estos priorizan la unidad familiar, dice el profesor de leyes Park Jeong-Won.

Solo autorizan una separación si el matrimonio es visto como una amenaza a la ideología del país, explica.

Fue entonces cuando Jang se dio cuenta que solo le quedaba la opción de huir, de abandonar Corea del Norte. Esto anularía automáticamente su matrimonio y permitiría volver a casarse a su mujer.

Pero el catalizador de su decisión fue una visita del mejor amigo de Jang, un hombre llamado Seoncheol.

Habían crecido juntos en el pueblo norteño de Chongjin. Eran muy cercanos, y dormían en la misma cama cuando uno se quedaba en casa del otro durante la infancia.

Pero cuando crecieron, los sentimientos de Jang por Seoncheol se intensificaron.

“Realmente Seoncheol me gustaba mucho. Todavía sueño con él”.

A veces Seoncheol le visitaba para cenar y, una noche, preocupado por lo tarde que se había hecho, Jang persuadió a Seocheol para que se quedara a dormir.

Unas horas más tarde, Jang se encontró saliendo de su propia cama y acercándose a Seoncheol. Estaba devastado cuando su amigo dormido ni siquiera se movió.

“No sé exactamente qué quería de él, tal vez solo que me abrazara fuerte”, dice Jang.

Aquel momento le hizo sentir que su vida en Corea del Norte había llegado a su fin.

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BBC

La fuga

Jang llegó a Corea del Sur en abril de 1997 arrastrándose por la zona desmilitarizada (DMZ) llena de minas que divide las dos naciones, después de que su ruta inicial le dejara varado en China.

Cruzar la DMZ es tan arriesgado e infrecuente que su fuga fue noticia en el sur.

Zona desmilitarizada en Corea del Norte.

Getty Images
Jang escapó a través de las verjas fortificadas de la zona desmilitarizada llena de minas que divide las dos Coreas.

Las dinámicas en Seúl eran muy distintas a las de Corea del Norte, pero incluso aquí el caso de Jang desconcertó a los funcionarios surcoreanos.

Todos los desertores de Corea del Norte se someten a varias semanas de interrogatorios obligados del Servicio de Inteligencia de Corea del Sur (NIS) para comprobar que no son espías.

Jang fue interrogado durante más de cinco meses porque se resistía a explicar la verdadera razón por la que desertó.

Cuando finalmente admitió que simplemente no se sentía atraído por su esposa, se le permitió quedarse, pero una vez más fue enviado al médico.

“Los funcionarios del NIS me dijeron que debía haber alguna razón por la que no me gustaban las mujeres”.

En aquel tiempo, incluso en el sur había poca conciencia sobre las distintas orientaciones sexuales. Varios doctores le recomendaron buscar ayuda psicológica, pero ignoró sus consejos.

Descubrimiento y decepción

Entonces, en la primavera de 1998, 13 meses después de llegar a Corea del Sur, Jang abrió una revista para leer una entrevista que dio sobre su deserción.

Al pasar la página, descubrió un artículo sobre hombres homosexuales saliendo del armario, con una escena de una película estadounidense que mostraba dos hombres besándose sobre una cama.

Ahí se convenció de que él también era homosexual.

“Cuando vi aquello, supe enseguida que era ese tipo de persona. Por eso no me gustaban las mujeres”.

Aquella revelación transformó la vida de Jang, quien se volvió un cliente habitual de los bares para gays en Seúl.

Pero años después, este nuevo mundo expuso a Jang a un fraude devastador.

En 2004, el dueño de uno de los bares favoritos de Jang le presentó a un auxiliar de vuelo.

Salieron durante tres meses y Jang se enamoró.

El auxiliar de vuelo le pidió a Jang mudarse juntos, pero le explicó que, como vivía con su padrastro, primero debían comprar una casa más grande.

Jang se mudó de su apartamento alquilado y le dio US$82.000 de sus ahorros y todas sus pertenencias.

Nunca más volvió a verle. Acudió cada día a la estación de policía durante dos semanas hasta que le dijeron que se diera por vencido.

Jang jamás pensó que alguien pudiese engañarle de esta manera.

“En Corea del Norte tenemos una vida muy controlada. Si hubiera dicho que alguien me había estafado, el partido lo habría rastreado y castigado con dureza”.

Jang enfermó y fue hospitalizado durante un mes. Piensa que fue producto del estrés. Esto significó perder su trabajo en una fábrica. Como consecuencia, se quedó sin dinero, sin casa y desempleado.

Poco a poco fue reconstruyendo su vida. Consiguió un trabajo como limpiador, ahorró para rentar una nueva casa y comenzó a escribir en su tiempo libre.

De niño ganó una vez un concurso de escritura, pero entonces se requería que los estudiantes solo escribieran para honrar al régimen norcoreano.

Ahora, finalmente, Jang podía escribir lo que quisiera. Su autobiografía A Mark of Red Honor (“La marca del honor rojo”) fue publicada en 2015.

Encontrar el amor

Tomó un largo tiempo antes de que Jang se arriesgara a tener una cita. El año pasado, con 62 años, Jang conoció a Ming-su, el dueño de un restaurante, en un sitio de citas.

Cuatro meses más tarde, Jang viajó a la nación que conocía como “el país de los lobos”, el término despectivo de Pyongyang hacia Estados Unidos.

Pero cuando Jang vio a Min-su esperándolo en la sala de llegadas, su corazón se hundió. Min-su llevaba pantalones cortos y gorra, y dice Jang que esto le decepcionó.

“Al ver cómo se vestía, asumí que era un hombre maleducado y brusco“, dice Jang.

Jang

Jang Yeong-jin
Compartiendo vinos y picnics, la pareja se ha ido conociendo cada vez más.

El confinamiento por coronavirus les dio espacio para conocerse mejor, bebiendo vinos y organizando picnics.

“Cuanto más le conocía, más podía ver su buen carácter. Aunque es ocho años menor que yo, es el tipo de persona que primero se preocupa por los demás”.

Tras dos meses, Min-su decidió proponerle matrimonio.

Ahora Jang está finiquitando sus documentos para probar que su matrimonio en Corea del Norte está terminado y esperan casarse a fines de este año.

“Siempre me sentía miedoso, triste y solitario cuando vivía solo. Soy muy introvertido y sensible, pero él es una persona optimista. Somos buenos el uno para el otro”, dice.

Jang y su prometido.

Jang Yeong-jin
Jang y su prometido tienen varios planes para cuando terminen las restricciones por coronavirus.

Pero a pesar de su felicidad recién descubierta, Jang sigue obsesionado por el impacto que su deserción tuvo en su familia.

Varios de sus parientes fueron desterrados a una aldea remota en el helado norte, un destino brutal para aquellos cuyos familiares se perciben como desleales al régimen. Seis de sus familiares murieron de hambre y enfermedad, incluida su madre y cuatro de sus hermanos.

Jang dice que la única forma en que puede lidiar con esa culpa es escribiendo.

“Siempre que pienso en mi familia es muy doloroso para mí, por eso decidí escribir. Pienso que es la única manera en que puedo compensarle”, reflexiona.

Pero al menos le consuela que su decisión de abandonar Corea del Norte dio nuevas oportunidades a su esposa. Escuchó que había vuelto a casarse.

“Siempre pensé que era muy talentosa, así que me sentí muy feliz por ella”.

Y dice que espera expandir sus horizontes una vez se flexibilicen las restricciones por el coronavirus y quiere visitar Washington, a media hora en auto, con Min-su.

“Escuché que hay muchos bares gay allí. Quiero ir a esos bares con él”.

Mientras tanto, dice que disfruta de la tranquilidad de los suburbios, que describe como si estuviera en un “cuento de hadas”.

Min-su es un nombre falso.


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