En estos bosques de Chihuahua se protege al oso negro
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APFF Campo Verde/CONANP

En estos bosques de Chihuahua se protege al oso negro

Desde hace ocho años, ejidatarios del estado de Chihuahua —al norte de México— participan en un programa para conservar el hábitat y garantizar el futuro de su vecino: el oso negro.
APFF Campo Verde/CONANP
Por Priscila Hernández Flores / Mongabay Latam
22 de julio, 2020
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A su paso por los bosques de Chihuahua, el oso negro deja huellas y admiradores que transforman su fascinación en el motor para conservar a esta especie. Cuando cuentan cómo se desplaza, lo hacen como si fuera la primera vez que supieran de él. Cuando lo describen, no ocultan su asombro. Comparten lo que saben sobre su vida y se emocionan como si hablaran de un familiar que les enorgullece. Sus principales admiradores son biólogos, científicos y, sobre todo, ejidatarios que ven en el oso negro un signo de resistencia y a un aliado en la defensa de sus bosques.

Las poblaciones de oso negro (Ursus Americanus) se distribuyen en Canadá, Estados Unidos y el Norte de México —en especial en estados como Chihuahua, Coahuila, Durango y Tamaulipas—; a finales de la década de los ochenta, en los tres países había alrededor de 500 mil ejemplares, de acuerdo con informes del Programa de Acción para la Conservación de la Especie (PACE), de la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (Conanp); ese número disminuyó dramáticamente por la “cacería furtiva y la modificación de su hábitat”.

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En algunas zonas de Chihuahua, los mayores recuerdan aquellos tiempos de cacería, “platican que antes al oso le daban muy duro, era como un trofeo”, cuenta Jacob Molina Sánchez, de 53 años. A la cacería de esos tiempos se le suma, que “anteriormente esta especie se veía como agresora”, reconoce Gregorio Rodríguez García.

En comunidades como el Ejido El Largo, al noroeste de Chihuahua, las ideas que se tenían sobre los osos comenzaron a cambiar cuando los biólogos difundieron información sobre uno de los mamíferos más grandes que se puede encontrar en estas tierras. Ahora, orgullosos afirman que ya no lo cazan. Gregorio Rodríguez dice: “no es peligroso. Basta ahuyentarlo y él se va a su nicho… se da la convivencia entre la especie y la sociedad”.

Jacob y Gregorio viven en el Ejido El Largo, en el municipio de Madera, en Chihuahua, una de las comunidades que participa en la iniciativa PACE que, desde el 2012, busca la protección del oso negro y que ha mostrado que es posible conjugar el aprovechamiento forestal con la conservación de especies en riesgo, como el oso negro.

Además de albergar a las empresas forestales comunitarias más competitivas de la región, el Ejido el Largo se caracteriza por tener 88 000 hectáreas de su territorio destinadas a la conservación de flora y fauna.

El símbolo de Campo verde

Solitarios, pero juguetones. Fuertes, pero serenos cuando hibernan. Solos, pero en grupo cuando las hembras andan con sus crías. Les encanta rascarse y tienen una técnica para hacerlo: se ponen en dos patas para frotar su lomo en el tronco de algún pino; en esta posición demuestran su fuerza y, a la vez, aumentan su rango de visión. Otro de sus hábitos es tomar baños de agua para refrescarse. Caminan balanceándose y las hembras cuidan a sus oseznos juguetones.

Todo esto se sabe porque así ha quedado registrado en los videos captados por las cámaras trampa colocadas en varios puntos del Área de Protección de Flora y Fauna Campo Verde, en Chihuahua. Ahí, la Conanp desarrolla un programa de Conservación y monitoreo del oso negro.

El director de Campo Verde, el biólogo Alejandro Gómez, resalta orgulloso que los videos muestran la conducta natural de osos que se encuentran en territorio mexicano, en bosques que están dentro de áreas naturales protegidas.

El Área de Protección de Flora y Fauna Campo Verde tiene una extensión de 108 067 hectáreas. En 1938 esta zona fue declarada como Reserva Forestal Nacional y zona de refugio de Zona silvestre por el presidente Lázaro Cárdenas. Esta zona fue recategorizada como Área de Protección de Flora y Fauna en 2003; fue hasta el año 2010 cuando la Conanp asignó personal a la reserva. El biólogo Alejandro Gómez remarca que el oso negro “es un símbolo, es la especie prioritaria de Campo Verde”.

Los estudios que se han hecho en la zona permiten conocer que la densidad de la población de oso negro es de 0.14 individuos por cada kilómetro cuadrado de Campo Verde. “Con base en estos datos hemos llegado a la conclusión de que la población es estable”, afirma el director de la reserva y explica que lo mismo ocurre en el corredor biológico de las Sierras Occidental y Oriental, más allá de los límites del área protegida.

El biólogo recuerda que el proyecto de monitoreo y conservación del oso negro en Campo Verde inició gracias al lobo mexicano (Canis lupus baileyi), una especie que también fue víctima de la cacería y que durante muchos años estuvo extinta en vida silvestre.

La primera vez que la población de osos llamó la atención en la región fue en el año 2012, cuando al reintroducir al lobo mexicano (otro proyecto exitoso de conservación de la reserva) y monitorear su comportamiento, lograron ver en las imágenes captadas por las cámaras trampa “una muy buena cantidad de osos, y en excelentes condiciones físicas. Animales grandes, gorditos, como muchas veces nos los retratan en documentos de otras áreas naturales en el extranjero”, resalta el biólogo Alejandro Gómez.

Esas primeras imágenes llevaron a que, desde 2013, se desarrollen proyectos de conservación del oso negro. Los últimos registros documentaron una población estimada de 106 individuos. Además, se corroboró el éxito reproductivo de la especie, al contar con 37 registros fotográficos de hembras con crías (dos oseznos en promedio), de acuerdo a información de la Conanp.

Conservación, gracias a comunidades forestales

Los bosques que forman parte del Área de Protección de Flora y Fauna Campo Verde se localizan dentro de las tierras ejidales de la comunidad El Largo; de hecho, representan 25 % de la superficie del ejido.

El Largo es uno de los ejidos más extensos de México: cuenta con 266 000 hectáreas. Una de las principales actividades económicas de sus 4 200 habitantes es la producción de madera. El Largo contribuye con el 25 % de la producción maderable en Chihuahua. Los 1 723 ejidatarios realizan aprovechamiento maderable, siguiendo un plan de manejo forestal que les permite conservar su bosque.

Desde 2001, el Ejido El Largo mantiene la certificación internacional FSC (Forest Stewardship Council). Por su buen manejo forestal, autoridades y organizaciones civiles —como Rainforest Alliance— consideran a esta comunidad como un modelo a nivel internacional.

El bosque que conserva la comunidad El Largo también es hábitat del oso negro, como lo han demostrado las imágenes de las cámaras trampas instaladas en la zona forestal del ejido.

Jacob Molina Sánchez, subdirector de área zona norte del Ejido El Largo, resalta que los osos y los habitantes de este y otros ejidos de la región —como Ejido Jesús García y Ejido La Norteña— son “vecinos”.

Humanos y osos comparten territorio, pero también el gusto por la pingüica (Arctostaphylos pungens), un fruto rojo típico de la zona. El oso se lo come directo del arbusto; la comunidad lo prepara en agua fresca, mermelada y dulces típicos.

Monitoreo de osos negros en comunidad forestal México

Ejidatarios de El Largo y personal de la Conanp instalan cámaras trampa para el monitoreo del oso. Foto: APFF Campo Verde/CONANP
Jacob Molina cuenta que la Conanp ha realizado reuniones con los ejidatarios para vincularlos en la conservación de la especie; los pobladores también han recibido talleres informativos en los que comparten datos que ayudan a eliminar mitos sobre el oso, sobre todo se hace énfasis en que este mamífero no es un depredador activo de ganado.

Por ejemplo, les comparten los hallazgos de estudios realizados en Campo Verde, como el que hicieron en 2018: un análisis de dieta del oso que permitió confirmar que solo 15% de su alimentación es de origen animal; y de este porcentaje, la mayoría (10%) son hormigas y otros insectos, mientras que el 5% restante es de vertebrados como el venado blanco (Odocoileus virginianus).

El biólogo Alejandro Gómez explica que el oso consume lo que otros depredadores dejan, como el puma (Puma concolor ) y el coyote (Canis latrans).

Otras estrategias se dirigen a los niños de los ejidos. Para ello, se organizan actividades en las escuelas, a las que se lleva una botarga (disfraz) de oso y se da información sobre esta y otras especies que es posible encontrar en el Área de Protección de Flora y Fauna Campo Verde.

Los habitantes del Ejido El Largo y de otras comunidades han aprendido sobre los comportamientos del oso, gracias a que colaboran en los proyectos científicos que se desarrollan en la zona, muchos de los cuales se hacen utilizando como herramienta principal las cámaras trampa.

Este año, por ejemplo, en los bosques del ejido El Largo y en el área de Campo Verde hay un promedio de 100 cámaras instaladas; hay alrededor de ocho cámaras trampa por proyecto. El monitoreo científico se hace en forma conjunta con las comunidades de los ejidos por las que se desplaza el oso.

Bosques para el ejido y el oso

En 1986, México decretó la veda de la cacería del oso negro; su protección se reforzó en 1991 cuando el país suscribió la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (Cites), en donde la especie está incluida en el Apéndice II, lo que significa que está prohibida su comercialización.

Además de la cacería, la principal amenaza del oso es la pérdida de hábitat. Estos animales requieren de un “gran ámbito hogareño”, entre 50 y 100 kilómetros cuadrados para satisfacer sus necesidades de refugio, alimento y reproducción. Mantener los bosques y matorrales que integran su hábitat es uno de los retos para su conservación, advierte el director de Campo Verde, Alejandro Gómez.

En esta zona norte de México, el aprovechamiento forestal sustentable que realizan los ejidatarios de El Largo ha mostrado ser un camino para conservar esos bosques que son sustento económico para la comunidad y también hábitat de especies como el oso negro.

El ejidatario Gregorio Rodríguez cuenta que “esta especie se desplaza muy fácilmente, se mueve de un lado a otro, cuando se está trabajando en el aprovechamiento de madera, el oso se retira y busca otras áreas mientras se hace el aprovechamiento”.

Gregorio, quien también es responsable técnico forestal de Ejido El Largo y Anexos, dice con orgullo: “nos sentimos satisfechos, porque estamos generando la abundancia de la especie. Estamos conscientes de que somos un ecosistema y debemos conservarlo lo mejor posible”.

El manejo forestal comunitario que se realiza en el Ejido El Largo no solo implica producir madera. Los ejidatarios tienen que realizar diferentes trabajos para prevenir plagas e incendios y así conservar su bosque. Y como parte de sus actividades, también han incorporado la difusión de información sobre el oso negro.

En los bosques comunitarios que forman parte del Área de Protección de Flora y Fauna Campo Verde es posible encontrar carteles con información sobre esta especie. Quienes pasan por la zona llamada Mesa del Huracán leen el mensaje: “¡Ayúdanos a conservarlos!”

“Estamos conscientes sobre la importancia de la conservación de esta especie. Ya sabemos que no es agresiva y que no le hace nada a uno”, dice Gregorio Rodríguez García convencido de que seguirán cuidándolo. Él, por ejemplo, es uno de los ejidatarios que, además de reconocer la huella de un oso, puede contar que ya los ha mirado. Y como prueba, guarda imágenes de osos trepados en los árboles.

El oso negro no es la única especie que se conserva en estos bosques comunitarios de Chihuahua. El Ejido El Largo también participa, con la Conanp, en el monitoreo y conservación de especies como el lobo mexicano y la cotorra serrana (Rhynchopsitta pachyrhyncha), ave que se encuentra en peligro de extinción.

Un sobreviviente

Hace ya varias décadas, en México era posible encontrar a una subespecie del oso pardo (Ursus arctos); ahora está extinta. Actualmente, el único úrsido que se encuentra en el país es el oso negro americano. Sus poblaciones están dispersas en dos zonas: la Sierra Madre Oriental y la Sierra Madre Occidental (donde se ubica Campo Verde).

Además de los trabajos de conservación del oso en la región de Campo Verde, en otros lugares del país, como en la Serranía del Burro, en Coahuila, o en la Reserva de la Biósfera del Ciero, en Tamaulipas, también se desarrollan proyectos para garantizar el futuro de esta especie.

El oso negro “es un sobreviviente de más de cuatro millones de años”, resalta el doctor Carlos Luna, del Instituto de Ecología de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), quien investiga la historia evolutiva de la familia de los osos, a través de análisis de estudios genéticos y biogeografía.

Este experto ha participado en diferentes proyectos de estudio sobre esta especie, los cuales le han confirmado que son animales inteligentes y versátiles, pero muy vulnerables al cambio de uso de suelo. Una de las actividades que más les afecta es la ganadería.

Cuando el bosque se desmonta para introducir vacas, los osos no solo pierden parte de su hábitat, también su alimento, por lo que terminan atacando al ganado. Eso provoca conflicto con los ganaderos, quienes terminan cazándolos.

Los osos negros llegan a vivir hasta 18 años en libertad, aunque se han documentado algunos ejemplares de 39 años; en cautiverio pueden llegar hasta los 44. Estos osos son considerados los carnívoros más grandes de México, sin embargo, su alimentación es omnívora: 90 % de su alimento es materia vegetal.

En Campo Verde, las cámaras trampa han permitido documentar su dieta. Para que los osos se acerquen a las cámaras, se colocan sardinas enlatadas. Los investigadores encontraron que el oso se come ese cebo aunque halla pasado mucho tiempo. Lo anterior, confirma que más que “comer presas vivas, que matar un becerro o una vaca, (el oso) más bien llega y aprovecha la carroña que han dejado otros depredadores”, explica el director de la reserva, Alejandro Gómez.

Seguir el rastro de una especie

En un año, el oso negro puede desplazarse 800 kilómetros cuando buscan un hábitat para establecerse. Eso “nos habla de un animal extremadamente móvil”, detalla el doctor Carlos Luna.

Existen muchas preguntas científicas sobre esta especie; “hay mucho trabajo por hacer en cuestión conductual. No se entiende aún cómo la especie ha desarrollado múltiples habilidades para sobrevivir a un entorno complejo y cambiante”, reconoce el doctor Luna.

Tanto el director del Área de Protección de Flora y Fauna Campo Verde, Alejandro Gómez, y el doctor Carlos Luna coinciden en que varias incógnitas que aún existen sobre esta especie es sobre su hibernación.

La temporada reproductiva del oso se da entre junio y julio. En octubre y noviembre, entran en hibernación, mientras en marzo recuperan su actividad cuando suben las temperaturas. Cuando llegan los meses fríos, hibernan y bajan su metabolismo. Sin embargo, el director de la reserva comenta que han “detectado huellas de osos en pleno invierno. Ese es un indicio de que aquí, en Campo Verde, no hibernan como tal; a lo mejor llegan y se duermen una semana, quince días, pero luego salen a conseguir más alimentos”.

Las hembras paren en invierno y cuando llega la primavera salen con sus cachorros. En Campo Verde, los investigadores tienen entre sus retos encontrar una cavidad para monitorear cómo son sus refugios invernales. Además de registrar el parto de una hembra, “es algo que no hemos obtenido, no hemos visto, pero no perdemos la esperanza”, comenta el biólogo Alejandro Gómez.

“Hay un futuro prometedor sobre lo que se puede aprender de estos animales”, dice optimista el doctor Carlos Luna.

En Campo Verde, los últimos registros del oso negro son de finales de febrero de 2020. Por la pandemia de COVID-19, los ejidatarios suspendieron sus recorridos por la zona forestal y la revisión de las cámaras trampa.

Así como el mundo espera que la pandemia termine, los ejidatarios esperan volver al campo para saber cómo está su vecino de la sierra y ver las imágenes de las cámaras trampa que registran cuando se baña, cuando trepa a los árboles o cuando está en quietud cuidando a sus crías.

Esta historia se publicó originalmente en Mongabay Latam y puedes leerla completa aquí.

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Por qué dar positivo a COVID no siempre significa estar infectado

La mayoría de personas solo están infectados durante una semana, pero pueden seguir dando positivo semanas después.
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7 de septiembre, 2020
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El test más común para diagnosticar el COVID-19 es tan sensible que podría estar detectando fragmentos del virus que ya están muertos, según algunos científicos.

Y es que la mayoría de personas solo permanecen infectadas alrededor de una semana. Sin embargo, el diagnóstico podría seguir dando positivo semanas después.

De acuerdo a un estudio de la Universidad de Oxford, este hecho podría estar sobreestimando la escala real y actual de la pandemia.

Pero por otro lado advierten que otro tipo de test, con menos sensibilidad, corre el riesgo de no detectar todos los casos.

El profesor Carl Heneghan, uno de los autores del estudio, afirma que en vez de arrojar un resultado positivo o negativo, las pruebas diagnósticas deberían tener un límite en el que pequeñas cantidades de virus no provoquen un positivo.

Según Heneghan, esta detección de virus muerto o viejo podría explicar cómo en varios de los países que se enfrentan a una segunda ola de infecciones las hospitalizaciones se mantienen estables.

El Centro de Medicina Basada en Evidencia de la Universidad de Oxford analizó 25 estudios en que se colocaron muestras de pruebas positivas sobre una placa de petri para ver si el virus crecía.

Investigador trabajando con placas de petri.

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Los científicos de la Universidad de Oxford pusieron varias muestras positivas sobre una placa de petri para analizar si el virus crecía.

Este método, conocido como “cultivo viral”, indica si el virus hallado en un diagnóstico positivo puede reproducirse y propagarse en un laboratorio o persona.

Según Nick Triggle, corresponsal de salud de la BBC, la sensibilidad de las pruebas diagnóstico es un problema que se conoce desde el comienzo y que ilustra por qué las estadísticas de la COVID-19 están lejos de ser perfectas.

¿Cómo se diagnostica el coronavirus?

La prueba más común de diagnóstico, la llamada PCR, utiliza químicos que amplifican el material genético del virus para que pueda estudiarse.

Una vez se toma la muestra, esta pasa por varios ciclos de laboratorio para recuperar la mayor cantidad de virus posible.

El número de ciclos necesarios puede indicar qué tanto virus queda, si son pequeños fragmentos o varias cantidades del virus completo.

Realización de prueba PCR a un paciente en Barcelona.

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El test PCR es la prueba más común para detectar el coronavirus.

Esta práctica parece revelar la probabilidad de infección del virus. Es decir, mientras más ciclos de amplificación sean necesarios, menos probabilidades de que el virus sea reproducible en el laboratorio.

El riesgo de falso positivo

Cuando uno se hace la prueba de coronavirus, se obtiene un “sí” o un “no”. Pero no hay un indicador de cuánto virus se detectó en la muestra y si se trata de una infección activa.

Una persona con mucha cantidad de virus activo y otra que solo tenga pequeños fragmentos restantes de una infección pasada dan el mismo resultado: positivo.

Sin embargo, Heneghan apunta que la “infectividad del coronavirus parece disminuir tras alrededor de una semana”.

Es decir, su capacidad para invadir un organismo y provocar una infección.

Añadió que, si bien no sería posible verificar todas las pruebas para detectar si el virus estaba activo o no, el número de falsos positivos podría reducirse si los científicos establecieran un punto de corte.

Mujeres con mascarilla en Italia.

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La infectividad del virus es su capacidad para invadir un organismo y provocar una infección.

Esto podría prevenir que una persona dé positivo cuando en realidad solo se le ha detectado los restos de una infección ya pasada.

Para Heneghan, esto ahorraría cuarentenas individuales innecesarias y ofrecería una escala más adecuada de la pandemia.

La sanidad pública de Inglaterra coincidió en que los cultivos virales eran útiles a la hora de evaluar las pruebas de coronavirus y que estaban trabajando con laboratorios para reducir el número de falsos positivos.

Sin embargo, explican que establecer un punto de corte no es fácil porque se usan muchas pruebas con diferentes sensibilidad y formas de detección.

Pero el profesor Ben Neuman, de la Universidad de Reading, dijo que cultivar el virus de una muestra de un paciente “no es trivial”.

“Esta revisión corre el riesgo de correlacionar falsamente la dificultad de cultivar Sars-CoV-2 a partir de una muestra de un paciente con la probabilidad de que se propague”, dijo.

Toma de temperatura en Wuhan, China.

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Varios estudios coinciden en que alrededor de un 10% de contagiados retiene virus vivo después de 8 días de infección.

El profesor Francesco Venturelli, epidemiólogo italiano, destaca que no existe “certeza suficiente” sobre cuánto tiempo el virus permanece infeccioso mientras se recupera el paciente.

Algunos estudios basados en cultivos virales indican que alrededor del 10% de infectados permanece con virus vivo después de ocho días de infección.

“En Italia sobreestimamos el número de casos por varias semanas” a causa de pacientes positivos que se habían infectado varias semanas antes, dice Venturelli.

El test PCR es un método muy sensible a la hora de “detectar material genético residual del virus”, explica el profesor Peter Openshaw, del Colegio Imperial de Londres.

“No hay evidencia de la infectividad del virus, pero existe un consenso clínico de que es bastante improbable que un paciente sea infeccioso más allá del décimo día de la enfermedad“, agrega Openshaw.

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