Personal médico refugiado en México, en la primera línea contra COVID
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Médicos y enfermeras refugiados forman parte de la primera línea contra la COVID-19 en México

Más de 100 profesionales de la salud que cuentan ya con asilo o lo han solicitado podrían participar en los esfuerzos de México contra el virus.
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“Uno quiere trabajar como lo haría en su país y devolver lo que te están dando. Aquí en México siempre he recibido apoyo. Siempre hay alguien ahí que te ayuda, alguien a quien recién conociste o que ni siquiera te conoce pero que se convierte en una mano amiga”. Iriam González nació en Valencia, Venezuela, hace 34 años, pero en 2018 decidió abandonar su país. Ahora, tras ser reconocida como refugiada, es doctora en primera línea contra la COVID-19 en la Ciudad de México.

Desde el 22 de abril trabaja en el hospital Enrique Cabrera, en la alcaldía Miguel Hidalgo. Como ella, 17 extranjeros que cuentan con protección de México se han sumado a la lucha contra la pandemia en diversos centros médicos de la República, según datos de la Comisión Mexicana de Ayuda al Refugiado (Comar). Son doctoras o enfermeras que huyeron de sus países y ahora, refugiadas en México, se han integrado dentro con el personal médico que hace frente al coronavirus. 

Según Acnur (agencia de la ONU para los refugiados), más de 100 profesionales de la salud que cuentan ya con asilo o lo han solicitado podrían participar en los esfuerzos de México contra el coronavirus. La institución internacional les apoya para revalidar sus estudios, tramitar sus cédulas profesionales y postularse en convocatorias de reclutamiento.  

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“Si se les da la oportunidad, las personas refugiadas aportan a la sociedad que las recibe, en este caso uniéndose al personal de salud, indispensable para ayudar a vencer la pandemia”, dijo Mariana Echandi, oficial de Soluciones Duraderas de ACNUR México. 

Relata González que el nacimiento de su hija fue el detonante para su decisión de abandonar Venezuela en 2018. Ella asegura que siempre fue habitual en las marchas contrarias al gobierno, primero de Hugo Chávez (1998-2013) y luego de Nicolás Maduro. En diciembre de 2015 la oposición al chavismo ganó las elecciones a la Asamblea Nacional y se abrió un período de fuerte inestabilidad, con violentas manifestaciones en 2017 y 2018. “Pensamos que las cosas podrían cambiar, pero luego vimos que no. Y tenemos una responsabilidad”, explica. 

El 4 de marzo de 2018, González, su esposo y su hija tomaron un avión con destino a la Ciudad de México. “Cuando estaba a bordo se me arrugó el corazón”, reconoce. Aquí en el país ya se encontraba su hermano, así que optaron por la reunificación familiar en lugar de tratar de llegar a Estados Unidos como hacen cientos de compatriotas. 

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Atrás quedaba una vida como cirujana general en Valencia. De aquel trabajo recuerda la falta de insumos y la inseguridad. Como un día en el que casi es golpeada por un paciente que llegaba con una herida de bala. “Teníamos el capital humano pero no los insumos”, explica. Dice que aquella experiencia le ha servido para saber mantener la calma en situaciones extremas, como la actual pandemia por COVID-19. 

La llegada a México no terminó de ser sencilla, relata la doctora. La familia entró al país como turistas y luego inició sus trámites para obtener refugio. Primero se instalaron en Cuernavaca, Morelos, donde ella comenzó a trabajar en un restaurante. No era un mal empleo, pero no podía ahorrar. Además, lo que ellos querían era poder rehacer su vida y poder trabar en su especialidad, así que necesitaban los papeles que les acreditaban como refugiados. 

“A nivel profesional mi ventaja fue que no esperé a la condición definitiva para procesar mis papeles como médico”, explica.

En 2018 un total de 29 mil 630 personas llegaron a México pidiendo protección. La mayoría de ellas, 11 mil 679, procedían de Honduras. Los venezolanos fueron el segundo colectivo en número de llegadas, con 6 mil 326, que supera por poco a los 6 mil 193 salvadoreños que llegaron pidiendo ayuda. Ese mismo año, 3 mil 840 venezolanos fueron reconocidos como refugiados, con una tasa de aceptación del 99%. González, su esposo y su hija estaban entre ellos. 

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Un año después, esta cifra se disparó hasta los 70 mil 609 solicitantes de asilo. Venezuela fue el cuarto país, con 7 mil 677 peticiones de protección. 

La tendencia se mantuvo al alza en 2020 hasta que la irrupción de la pandemia de COVID-19 frenó el flujo casi por completo, según datos de Comar. 

Nada más ser reconocida como refugiada, González su puso a trabajar en una farmacia. Pero ella lo que quería era regresar al hospital. La pandemia de COVID-19 hizo que se multiplicasen las necesidades de personal de Medicina y Enfermería. Ella cursó su solicitud y el 22 de abril entró a trabajar en el Enrique Cabrera, uno de los centros que fue reconvertido a hospital COVID-19. Un día antes, la secretaría de Salud había decretado la fase 3 así que las autoridades necesitaban más personal para evitar que los centros médicos colapsasen. 

Según datos ofrecidos por el presidente, Andrés Manuel López Obrador, en un video hecho público el 15 de junio, desde el comienzo de la emergencia fueron contratadas 46 mil 029 personas entre especialistas (3 mil 936), médicos generales (7 mil 819), enfermeras especialistas (mil 435), enfermeras generales (19 mil 350) y otro personal, como camilleros, cocineros y radiólogos (13 mil 489).

A González le sale la vocación cuando asegura que, en realidad, estuviese donde estuviese hubiera terminado trabajando con la bata blanca. “No tuve miedo”, asegura. A pesar de ello, decidieron las primeras semanas que su esposo y su hija marcharían con su hermano, para evitar contagios. 

Dice la doctora que los primeros días fueron de choque y que, progresivamente, su actividad ha ido cambiando. 

Trabajar contra una pandemia tiene también su impacto psicológico y la doctora reconoce que a veces se despierta soñando con que ella tiene un ataque de tos. 

Mientras observa los casos en México, González no puede evitar pensar en Venezuela. Recuerda que hubo escasez de gasolina y cree que este pudo ser una razón para que se retrasara la propagación de la enfermedad y explica que miles de compatriotas han regresado desde Colombia sin pasar por ningún filtro sanitario. 

Durante los próximos meses, la doctora González seguirá trabajando en el hospital, haciendo frente a la pandemia. Su objetivo es poder estabilizarse y reconstruir su vida en México, su país de acogida. 

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Kate McHenry

'La pérdida de olfato por coronavirus hizo que la carne me sepa a gasolina'

Un fenómeno llamado parosmia ha dejado a algunos sobrevivientes de coronavirus en un mundo de esencias distorsionadas.
Kate McHenry
31 de agosto, 2020
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Perder la facultad de oler y degustar son dos síntomas asociados a la COVID-19.

Mientras muchos han recuperado sus sentidos, otros sufren un fenómeno llamado parosmia en el que tienen los sabores y olores distorsionados.

Para Kate McHenry, el agua de la pila deja un hedor horrible. Eso, junto a otro desagradable olor que destila al ducharse, significa que incluso el aseo se ha convertido en algo que debe enfrentar.

“Mi champú favorito tiene ahora el olor más asqueroso del mundo”, dijo McHenry.

Tras caer levemente enferma en marzo, esta inglesa de 37 años fue incapaz de oler algo durante cuatro semanas. Su sentido regresó poco a poco, pero a mediados de junio las cosas “empezaron a oler muy raras” y fueron reemplazadas por un “hedor químico horrible”.

Este hecho ha cambiado la vida de McHenry. Ha perdido peso, tiene ansiedad y añora el placer de comer, beber y socializar. Su problema es tan fuerte que este hedor le desborda incluso en lugares donde simplemente se cocina comida.

Le aterra pensar que ha perdido el sentido de olfato para siempre.

Kate McHenry y su pareja Craig Gordon.
Kate McHenry

Kate se siente culpable cuando su pareja le pregunta qué le apetece comer.

“Me encanta las buenas comidas, salir a restaurantes y beber con amigos, pero todo eso se ha ido. La carne me sabe a gasolina y el prosecco a manzana podrida. Si mi novio Craig se come un curry el olor es horrible. Le sale de sus poros y es difícil estar cerca de él”.

“Me entristezco cuando cocino en las tardes. Craig me pregunta qué quiero comer y me siento mal porque no hay nada que me apetezca. Sé que todo tendrá un sabor horrendo. Me asusta quedarme así para siempre”.

Comida que McHenry puede comer.

Kate McHenry
La pasta con queso es uno de los pocos platos que McHenry puede tolerar.

Las personas con covid-19 pueden perder su sentido del olfato porque el virus daña los nervios terminales de sus narices.

La parosmia puede producirse cuando esos nervios se regeneran y el cerebro es incapaz de identificar debidamente el olor real de algo.

Esta condición está habitualmente vinculada a los resfriados comunes, la sinusitis y las lesiones en la cabeza. Los que los sufren describen oler a quemado, humo de cigarro o carne podrida. En algunos casos el olor es tan fuerte que induce al vómito.

Aunque los profesionales reconocen que la parosmia es un signo de recuperación del olfato, para algunas personas puede tardar años en pasar.

Pasquale Hester

Pasquale Hester
Pasquale Hester afirma que lidiar con la parosmia le quita fuerzas.

Lavarse los dientes con sal

Para Pasquale Hester, también de Inglaterra, la pasta de dientes es uno de sus peores enemigos.

El gusto químico que desprende le produce tantas arcadas que ha empezado a lavarse los dientes con sal, que sabe normal para ella.

Como muchos otros afectados por coronavirus, pasaron semanas hasta que mejoró su sentido del olfato. Pero entonces comió curry por su cumpleaños en junio y se dio cuenta de lo distorsionado que estaba su gusto.

“Escupí la comida porque sabía a pintura. Algunas cosas se toleran mejor. El café, el ajo y la cebolla son lo peor. Puedo comer judías verdes y queso. Lo que me está pasando me afecta. No se lo desearía ni al peor enemigo”, dice Hester.

Lo que comer Pasquale Hester

Pasquale Hester
Un plato de judías verdes y queso es de lo poco que Pasquale puede comer.

Brooke Jones empezó con síntomas en abril y dio positivo por covid-19 una semana más tarde. Describe casi todo lo que huele como “carne podrida con algo sacado de una granja”.

Esta estudiante de 20 años hizo una lista de comida que puede tolerar: gofres tostados, pepino y tomate. Lo demás le disgusta.

“Trato de imaginarme el sabor de las cosas. Si como comida china, incluso si no sabe tan bien, me convenzo de que en realidad no está tan mal”.

Brooke Jones

Brooke Jones
Brooke Jones perdió el sentido del gusto y del olfato.

Impacto psicológico

Se desconoce el número de infectados por covid que han tenido parosmia, pero se estima que cientos de miles han perdido el olfato o gusto de forma temporal.

La profesora Claire Hopkis, presidenta de la Sociedad Rinológica Británica, advierte que hay una “creencia incorrecta generalizada” de que la pérdida de olfato por el virus es a corto plazo”.

“Sí, hay una gran probabilidad de recuperación, pero también muchas personas que perderán este sentido por un período largo de tiempo y ese impacto se está infravalorando“, agrega la especialista.

El olfato juega un rol importante en la memoria, el estado de ánimo y las emociones. Aquellos que sufren alguna disfunción se sienten recluidos.

“Cuando intento explicarlo, algunos piensan que es gracioso. Sé que las secuelas del coronavirus pudieron ser mucho peores, pero me afecta y asusta que nadie es capaz de confirmar si mejorará”, confiesa Jones.

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