Caso Dylan: sin pistas y una familia acusada de trata que se dice inocente
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Caso Dylan: sin pistas y una familia acusada de trata que asegura solo trabajan para vivir

La búsqueda del menor derivó en un operativo con cinco detenidos por trata de personas y 23 menores bajo custodia. Todos ellos son familia. Uno de los arrestados, abuelo de los niños, apareció muerto en su celda el lunes.
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Se cumple un mes del rapto de Dylan Esaú Gómez Pérez en San Cristóbal de las Casas, Chiapas, y no hay pistas sobre su paradero. A la tragedia de un niño al que su familia sigue esperando se le suma la de un anciano que no regresará con los suyos. Se trata Adolfo Gómez, indígena tzotzil y abuelo de 22 de los 23 menores que la Fiscalía General del Estado (FGE) dijo haber rescatado de una red de trata dentro del operativo de búsqueda de Dylan. El otro de los niños es su hijo. El cuerpo de Gómez apareció el lunes en una celda. Los investigadores dicen que se ahorcó, pero su familia no lo cree. 

Todavía en la cárcel están sus hijas María Hortensia y Maribel y su nuera Juana. Todas ellas, también indígenas tzotziles, están acusadas de explotar a los menores para vender artesanías.  Sus allegados alegan que únicamente hacían lo que siempre hicieron: salir a la calle a ganarse la vida porque son pobres. 

El 30 de junio fue secuestrado Dylan en un mercado público de San Cristóbal de las Casas, donde su familia tiene un puesto de venta de verduras. Esa misma noche su madre, Juana Gómez, interpuso una denuncia por desaparición ante la FGE. Durante días sintió la mujer que las autoridades no prestaban atención a su caso. Así que viajó a la Ciudad de México y los días 21 y 22 de julio mantuvo una protesta en el Zócalo, ante el Palacio Nacional. Pidió ser recibida por Andrés Manuel López Obrador, pero quien le atendió fue Leticia Ramírez, de la Oficina de Atención Ciudadana. 

Lee: Fiscalía de Chiapas ofrece recompensa por información de Dylan y la captora del menor

“Al principio sentí que no actuaban. Ya que hubo más presión para el gobierno, ahorita están encontrando pruebas importantes”, dice Juana Gómez, en conversación telefónica con Animal Político. 

Según datos recogidos por Melel Xojobal, organización de Chiapas de atención a la infancia, solo este año 160 menores han desaparecido en el estado. De ellos, 27 fueron encontrados. La mayoría de las desaparecidas, un 88%, eran mujeres, mientras que uno de cada cinco eran indígenas.

Si se mantiene la tendencia pronto se superarán las 183 desapariciones del año pasado.

Aunque el caso de Dylan ha trascendido y se ha convertido en una sacudida para todo México. El periplo de su madre a la capital para suplicar ayuda le recordó al país que, por desgracia, este es un horror que puede tocarle a cualquiera. 

Dos semanas después del secuestro, el 15 de julio, se produjeron las primeras detenciones, el matrimonio conformado por Adolfo Gómez y Josefa Sánchez. Dos días después, el 17, se realizó el cateo de una vivienda en el barrio de Tlaxcala, en San Cristóbal. Allí estaban 23 menores (tres lactantes y el resto entre 2 y 15 años) y tres mujeres que fueron detenidas. 

El fiscal general de Chiapas, Jorge Llaven Abarca, dijo entonces que los niños “eran obligados a vender artesanías en el centro de la ciudad mediante violencia física y psicológica, mismos que mediante observación clínica de médicos especialistas mostraron desnutrición y condiciones precarias, corroborando vulnerabilidad y riesgo”. Las tres mujeres fueron acusadas del delito de trata de personas en su modalidad de trabajos forzados y los niños, que insisten en que son sus hijos, a la Procuraduría de Protección de Niñas, Niños, Adolescentes y la Familia del Sistema Estatal DIF Chiapas. Dylan seguía sin aparecer y su madre desconocía el operativo porque nadie le informó de él. 

No fue hasta el 21, cuando Juana Gómez trataba sin éxito de ser recibida por López Obrador, que se hizo público. Aunque la FGE solo anunció el arresto de las tres mujeres (María Hortensia, Maribel y Juana), mientras que omitió los de Adolfo y Josefa.

Al mismo tiempo, los investigadores difundieron la imagen de la presunta responsable del secuestro, una mujer por la que ofrecen una recompensa de 300 mil pesos y quien se identificó como Ofelia “N”. De ella se dice que comercia ámbar en las inmediaciones de Merposur y que “estuvo involucrada en un altercado de mujeres el 7 de junio”. La mujer señalada, también de Ixtapa, apareció en diversos medios locales negando ser la secuestradora y presentó el testimonio de autoridades locales que la exoneraban. 

Para ese momento la versión de la FGE se había establecido a través de dos líneas. Por un lado, estaba la búsqueda de Dylan, que su madre había cuestionado desde el primer momento. Por otro, emergía este operativo en el que no se halló el menor pero que, presuntamente, había puesto fin a una red de explotación de menores a los que se obligaba a vender a artesanía en San Cristóbal de las Casas. 

Sin embargo, pronto empezó a cuestionarse. 

“Es puro acusamiento falso. Nosotros somos víctimas de todo esto que está pasando. No estamos bien”, dice Roberto Montejo, que tiene 54 años y es abuelo de doce de los menores bajo custodia. La semana pasada acudió al DIF de Tuxtla para reclamar a los niños. 

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Él es padre de Juana (que tiene siete hijos) y suegro de Maribel, casada con su hijo Gilberto y con cinco hijos. Explica que sus familiares son originarios de Chigtón, una comunidad en el municipio de Ixtapa, a medio camino entre San Cristóbal de las Casas y Tuxtla Gutiérrez.

Hasta la capital tuvo que llevar las actas de nacimiento de los cinco hijos de Gilberto y Maribel, pero no sirvió de nada. Las autoridades le piden una prueba de ADN. “Todavía no hay fecha, esperemos que sea pronto”, asegura.

Mientras, su hija y sus nueras siguen en el Cereso de Amate, en el municipio de Cintapala, Chiapas.  

Sobre el día del arresto, recuerda el hombre que “Gilberto había salido a vender sus productos”. “Era las seis de la mañana. Las mujeres quedaron con sus hijos. Se los llevaron los judiciales sin comida y ahora se encuentran con la misma ropa, tiene 14 días con la misma ropa”, protesta.

Aquel día que ingresó al Cereso pudo hablar con tres de sus nietos, los más mayores: de 15, 14 y 12 años. “Se pusieron a llorar porque ya se quieren venir. Pero ahora hay que hacer la prueba de ADN”, dice. 

Desde la FGR explican que el caso está en manos del DIF y que se está realizando un peritaje que deberá determinar si son sus padres, como dicen, o no. Esto se comprueba a través de documentos y análisis diversos, como pruebas de sangre. Pero el proceso es largo. Y puede ocurrir que dentro de un mes las autoridades terminen reconociendo que encerraron a unas madres por las condiciones de pobreza en la que se encontraban sus hijos. 

“El procedimiento hubiera sido retener a los niños por la sospecha y pero dar la posibilidad de demostrar si eran familiares. Se vio que era un tema mediático así que se les privó de libertad, sin abogados, sin traducción y se les lleva al penal sin escuchar a la familia indígena que les plantean que hay actas de nacimiento”, dice Juan Martín Pérez García, director ejecutivo de la Red por los Derechos de la Infancia en México. 

Así que la supuesta red de trata podría tratarse, en realidad, de una familia pobre en la que los niños trabajaban por obligación. 

“Son mujeres pobres, ellas trabajan el ambulantaje porque no trabajan el campo ni la milpa”, afirma Montejo.

Lee más: UNICEF alerta sobre aumento de homicidios de menores en México y normalización del castigo corporal

“Es habitual se criminalice a estas familias, que les señalen por tener a los menores trabajando en la calle y no en la escuela”, dice Jenifer Haza, directora de Melel Xojobal, organización de Chiapas de atención a la infancia. Haza, sin embargo, recuerda que el 85% de los menores en el estado son pobres y que esta cifra podría haberse incrementado al 93% debido a la pandemia de COVID-19. Haza denunció que no hay políticas públicas para evitar que estos niños se vean forzados a acompañar a sus padres a trabajar en la calle y que el operativo sienta un peligroso precedente ya que hay muchos en su misma situación.

En medio de toda la confusión hay dos cuestiones inapelables. 

Por un lado, que Adolfo Gómez está muerto y que no podrá defenderse de las acusaciones que le imputaron. El martes fue enterrado en la comunidad de Chigcón. La FGE aseguró que se trata de un suicidio por ahorcamiento mientras que su hija Enereida dijo al medio local Chiapas Paralelo que el cuerpo estaba con golpes y signos de tortura

Por otro, que Dylan sigue sin aparecer y que ya ha transcurrido un mes desde que una mujer, al parecer menor de edad, se lo llevó del mercado de San Cristóbal de las Casas. 

“Han encontrado algunas cosas pero que todavía no se pueden dar a conocer. Las averiguaciones se están dando. Al momento del niño no tenemos nada”, dice Juana Gómez, madre de Dylan. La mujer asegura no conocer a la familia arrestada y mantuvo su esperanza en las pesquisas de la investigación. Su única preocupación es que le devuelvan a su hijo. Para sus captores, su mensaje: “que me lo regresen, que lo dejen por ahí, no tengo en contra de ellos. Por mi parte ahí quedaría, no les guardaré ningún rencor, pero que me lo regresen”.

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'El narcotraficante no era yo': la historia del fotógrafo personal de Pablo Escobar

Edgar Jiménez fue compañero de secundaria de Pablo Escobar y años más tarde tuvo acceso al círculo íntimo del capo como su fotógrafo durante uno de los periodos más convulsionados de la historia de Colombia.
22 de julio, 2022
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El 22 de julio se cumplen 30 años de la fuga del narcotraficante Pablo Escobar de la Catedral, la cárcel donde estaba recluido con sus secuaces, tras entregarse voluntariamente al gobierno de Colombia. Poco más de un año después, terminaría muerto a tiros por las autoridades en un tejado de Medellín, su ciudad natal.

Este julio también sale publicado el libro “El Chino: La vida del fotógrafo personal de Pablo Escobar”, un recuento y álbum fotográfico de la vida de Edgar Jiménez -escrito por Alfonso Buitrago- quien conoció al futuro capo desde temprana edad y años después captó con su cámara los momentos más íntimos del poderoso jefe del Cartel de Medellín.

Edgar Jiménez, apodado “El Chino”, habló recientemente con el programa Outlook del Servicio Mundial de la BBC sobre esos primeros años de amistad en la adolescencia y cómo de adulto reconectó con Escobar quien lo contrató para fotografiar su espectacular hacienda y zoológico y sus eventos personales y familiares.

Esa relación abarcó desde la “época dorada” del narcotraficante (como la llama el fotógrafo) cuando era considerado un benefactor de los pobres, hasta la campaña que lanzó para ser elegido al Congreso y finalmente la sangrienta ola de violencia que desató contra el estado colombiano.

A pesar de haber acompañado durante varios años a uno de los hombres más buscados por la justicia, de haber penetrado su círculo interno, de compartir tragos con sus despiadados sicarios y de conocer las atrocidades que habían cometido, Jiménez no tiene reparos por su cercanía con Escobar. “El narcotraficante no era yo”, dijo a la BBC. “Yo estaba haciendo una actividad legal que era la fotografía”.

Esta es la historia de ese fotógrafo que tuvo acceso a uno de los personajes más famosos e infames de finales del siglo XX, durante un dramático período en la historia de Colombia y el mundo.

Uno del montón

Edgar Jiménez y Pablo Escobar se conocieron en 1963, cursando el primer año de secundaria en el Liceo Antioqueño, una institución pública para clases populares y sectores medios, pero considerada de muy buena calidad.

Tenían 13 años y forjaron una amistad típica de compañeros de un mismo salón; había camaradería, practicaban deportes juntos y en los descansos charlaban. “Fuimos muy amigos”, dice Jiménez.

Al principio, Escobar no era una persona que se destacara mucho. “Pablo era un estudiante del montón. Ni bueno ni pésimo”, recuerda Jiménez. “No significa que no fuera inteligente, que sí lo era, peros sus preocupaciones eran de otra naturaleza”.

Más o menos desde los 16 años se notaba que tanto él como su primo Gustavo Gaviria -que también estudiaba en el liceo- “eran muy inquietos por conseguir dinero” y empezaron a negociar con cigarrillos de contrabando.

“Los estudiantes éramos de bajos a medianos recursos económicos, Escobar y Gaviria también, pero ellos eran los que más solvencia tenían por cuenta de sus actividades de esa índole”.

Por falta de disciplina académica, Pablo Escobar reprobó el cuarto año de secundaria y tuvo que repetirlo en una institución paralela. Al no estar ya más en el mismo salón, ni el mismo año, los amigos empezaron a distanciarse y perdieron contacto.

Edgar Jiménez se había interesado en la fotografía gracias a un laboratorio muy bien montado y un club de fotógrafos en el liceo. Cuando se graduó e ingresó en la universidad para estudiar ingeniería se dedicó a fotografiar eventos sociales para solventar sus estudios.

Por su parte, Escobar se graduó de bachiller un año después, pero supuestamente frustrado por no poder conseguir un empleo le dijo a su madre que ya no lo intentaría más, pero le juraba que antes de cumplir los 30 conseguiría su primer millón.

“Ahí fue donde tomó la decisión de volverse bandido y delincuente… como a los 19, 20 años”, explicó Jiménez.

No fue sino hasta 1980 que los dos excompañeros volvieron a toparse. Jiménez, ya un fotógrafo profesional, estaba cubriendo un evento en el municipio de Puerto Triunfo, a unas tres horas de Medellín, cuando un amigo de él que era un funcionario público lo invitó a conocer una esplendida finca que había en esa región.

Era la Hacienda Nápoles, famosa ahora internacionalmente como el extravagante complejo campestre de Pablo Escobar, con una avioneta en la puerta de entrada con la que supuestamente “coronó” su primer cargamento de cocaína en Estados Unidos.

La entrada de la Hacienda Nápoles con una avioneta

Getty Images
Esta foto de archivo muestra la icónica entrada de la Hacienda Nápoles con la avioneta en la que Escobar “coronó” su primer cargamento de cocaína a Estados Unidos.

“Como un safari del África”

Jiménez cuenta que quedó asombrado por la magnitud de la hacienda -de unas tres mil hectáreas- con una zona selvática por la que pasaba un importante afluente del río Magdalena, el mayor de Colombia. Además tenía unos 30 lagos, plaza de toros, una gran pista de aterrizaje, helipuerto y hangar.

Pero lo más memorable era el espectacular zoológico con “la fauna más representativa de todos los continentes”. De Australia, por ejemplo, tenía casuarios, emúes y canguros; de África, cebras, rinocerontes, antílopes, hipopótamos, elefantes y jirafas.

Tenía un aviario con gran cantidad de aves estupendas. Además de pericos, pavorreales y faisanes había “guacamayas de todos los colores, unas loras negras que habían costado un infierno de plata, una guacamaya azul de ojos amarillos por la que había pagado US$100.000”.

Los lagos estaban llenos de todo tipo de cisnes, gansos, patos, pelícanos, incluso delfines rosados del Amazonas.

“Para uno que no estaba acostumbrado era como estar en un safari del África, porque los animales andaban en libertad y estaban muy bien cuidados”, recuerda.

Pablo Escobar reconoció inmediatamente a su antiguo compañero de escuela y lo saludó efusivamente de abrazo. Cuando supo que se dedicaba a la fotografía lo contrató para que le tomara fotos a todos sus animales pues quería tener un inventario con las imágenes de todos, que eran unos 1.500.

“Ahí empezó mi nueva relación con Pablo. Desde el año 80 hasta su muerte”, dijo Jiménez.

Fue una tarea larga, que implicó numerosas visitas a la hacienda, pues tomaba fotos de unos 50 a cien animales y luego regresaba a los 15 o 20 días a seguir fotografiando.

Se siente muy orgulloso de las fotos que tomó, particularmente de los primeros hipopótamos que llegaron a la hacienda y que ahora son “los papás, abuelos y tatarabuelos de esos hipopótamos que ahora están diseminados por una gran zona de Colombia” y que son considerados una especie invasora.

Hipopótamos en el parque temático de la Hacienda Nápoles

Getty Images
Estos hipopótamos son descendientes de los originales que importó Escobar a su hacienda. La especie se ha diseminado por la región y es considerada invasiva.

Recuerda momentos graciosos, como la vez que una avestruz le arrebató de un picotazo un cigarrillo a su asistente y la retrató como si el ave estuviera fumando.

Pero también hubo momentos de riesgo. Jiménez le tomó fotos a un casuario, una de las aves más peligrosas del mundo que tiene pezuñas tan afiladas como cuchillos, capaces de partir un ser humano. “Yo no sabía, y le tomé fotos a una distancia de un metro. Me miraba fijamente. Si me ataca, me mata”.

Igualmente le sucedió con unas avestruces -también de potente patada- que lo persiguieron y tuvo que escapar moviéndose en zig zag, hasta que un trabajador las interceptó y pudo escapar ileso.

Portada del libro "El Chino. La vida del fotógrafo personal de Pablo Escobar"

Universo Centro
El libro “El Chino. La vida del fotógrafo personal de Pablo Escobar”, incluye todos los pormenores de la tarea de fotografiar los animales del zoológico en la Hacienda Nápoles.

Entre 1980 y 1984, además de recopilar el catálogo fotográfico de los animales, Jiménez registró los eventos sociales y familiares de Pablo Escobar y sus allegados. Penetró su círculo más íntimo y se codeó con sus lugartenientes y sicarios.

También lo acompañó en las actividades cívicas, la repartición de dinero entre los pobres y la construcción de viviendas, acciones por las que integrantes de las clases populares adoraron al capo, haciendo caso omiso de sus actividades ilegales.

Al fotógrafo le “pagaban muy bien” por su trabajo y aunque era consciente de la procedencia del dinero, Jiménez asegura que no tiene nada de qué arrepentirse de la relación durante esos años que llama “la faceta buena, el lado noble y amable de Pablo Escobar”.

Indica que a finales de los 70 y comienzos de los 80 se sabía de los “mafiosos” que tenían mucho dinero, pero eran bien vistos en la sociedad colombiana, no solamente en los estratos bajos de la sociedad, sino en las altas esferas empresariales y políticas.

“Había una connivencia con los narcos. Ellos generaban empleo, negocios, ayudaban a mucha gente”, señaló. “Y los políticos a quienes Pablo les financió la campaña tampoco jamás se preguntaron de dónde venían esos dineros”.

Fuera de eso, afirma: “El narcotraficante no era yo, Yo estaba haciendo una actividad legal que era la fotografía”.

Lealtades opuestas

En 1982 Escobar se lanzó a la política, buscando un escaño en la Cámara de Representantes. En ese momento, aunque se hablaba de que era un mafioso, “no estaba cuestionado ni se le había comprobado absolutamente nada”, explica Jiménez, así que aceptó acompañarlo y ser coordinador de su campaña.

“Consideré que si la política colombiana ha estado llena de bandidos desde hace 200 años, por qué entonces un bandido más no puede llegar a la Cámara, además un bandido que hacía obras sociales”.

La experiencia en política de Sergio Jiménez venía de su trayectoria con la ANAPO (Alianza Nacional Popular) un partido de izquierda que se fracturó después de perder las cuestionadas elecciones presidenciales de 1970 y algunos de sus integrantes terminaron formando parte del movimiento guerrillero M-19, responsable de algunos de los golpes más espectaculares contra el gobierno de Colombia.

Sergio Jiménez fue militante del M-19 desde su inicio. Una situación delicada para el fotógrafo pues simultáneamente el M-19 estaba en un conflicto violento con el Cartel de Medellín.

Unos meses antes, una célula del grupo guerrillero había secuestrado a Martha Nieves Ochoa -del Clan Ochoa, socios de Pablo Escobar en el negocio del narcotráfico. A raíz de ese secuestro el Cartel de Medellín auspició el grupo armado MAS (Muerte a Secuestradores) -que fue parte del origen al paramilitarismo en Colombia- y desataron una cruenta guerra.

“Yo estaba entre dos bandos enfrentados y opuestos. Dos bandos bien duros”, reconoce Jiménez.

Carlos Pizarro Leongómez (izq.) líder del M-19 y el representante legal de la organización Ramiro Lucio, en 1990

Reuters
El M-19 fue una poderosa guerrilla urbana que entró en conflicto con el Cartel de Medellín en la década de los 80. En esta foto, su líder Carlos Pizarro Leongómez (izq.) discute con la prensa el posible desarme del grupo en 1990.

Pudo salir de esa encrucijada por que, según explica, Escobar conocía de su militancia en el grupo guerrillero, pero le “tenía mucho aprecio” y sabía que el M-19 era una guerrilla compartimentada y que una célula independiente había realizado el secuestro de Martha Nieves Ochoa sin autorización.

Por otra parte, Edgar Jiménez le contó a la cúpula guerrillera de su trabajo en la campaña de Escobar, lo cual les pareció apropiado y favorable a sus intereses.

“Ambos bandos sabían dónde estaba, qué estaba haciendo y cuáles eran mis lealtades. Por eso no me pasó absolutamente nada”, asegura y añadió que en parte, fue determinante en los acercamientos del M-19 y el Cartel de Medellín para frenar esa guerra que había costado tantas vidas.

El antes y el después

Pero eso no significó el fin del derramamiento de sangre pues, a partir de 1984, se desató una guerra entre el Cartel de Medellín y el estado colombiano y el país entró en uno de los períodos más convulsionados de su historia.

El detonante fue el asesinato ordenado por Pablo Escobar del entonces ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla, que adelantaba una cruzada contra los carteles del narcotráfico.

Edgar Jiménez dice que ese evento fue el “corte en la vida de Escobar, el antes y el después”. El antes siendo lo que llama la “época dorada” del narcotraficante, en torno a sus actividades que no estaban asociadas con violencia sino con “beneficio social”.

Lo que vino después fueron años de atentados con bomba, asesinato de periodistas, magistrados, militares y policías. “Con esa violencia desmedida, con esos asesinatos y crímenes no podía estar de acuerdo. Jamás”, expresó. “Pero tampoco podía hacer nada, porque yo no era parte del Cartel de Medellín, yo no pertenecía a esa estructura”.

Asegura que tampoco podía ponerse a denunciarlo por que era seguro que lo mataban.

Después del asesinato de Lara Bonilla, Jiménez fue un par de veces más a la Hacienda Nápoles. La visita que más recuerda fue en 1989 -el año más violento en la historia reciente de Colombia– cuando fue a fotografiar el cumpleaños número 13 del hijo de Escobar, Juan Pablo. Ahí tomó una foto del capo que dice ser la más significativa porque revela tanto sobre el momento que atravesaba.

Escobar se había separado de la fiesta y estaba completamente absorto en sus pensamientos, mirando al piso y fue ahí que Jiménez apretó el obturador. “Yo creo que en ese momento él estaba lucubrando sobre todos esos acontecimientos violentos que se venían encima. Esa foto la relaciono con lo que se vino después”.

Lo que se vino después fue el asesinato del candidato presidencial Luis Carlos Galán, la voladura de un avión de pasajeros y los atentados con bomba contra las instalaciones del Departamento Administrativo de Seguridad y del diario El Espectador.

Perseguido por el ejército y policía de Colombia y el llamado Bloque de Búsqueda, exigido en extradición por las agencias DEA y CIA de Estados Unidos, Pablo Escobar decidió entregarse a las autoridades colombianas tras lograr un acuerdo mediante el cual pagaría unos años de cárcel mientras el Estado le garantizaría su seguridad y no lo extraditaría.

Fue un golpe de astucia del capo. La cárcel fue construida sobre una montaña, según sus especificaciones, llena de lujos, incluyendo jacuzzi, sala de billar, bar, televisores, muebles importados y cancha de fútbol. Desde allí continuó delinquiendo, convocando a sus secuaces e, incluso, asesinando a algunos de ellos.

Bajo presión de la Fiscalía, el gobierno ordenó trasladar a Escobar y sus compañeros reclusos a una “cárcel verdadera”, pero estos lograron escapar fácilmente por un muro de yeso construido para ese propósito, el 22 de julio de 1992.

A partir de ahí, empieza nuevamente la cacería implacable del jefe del Cartel de Medellín, que termina con su muerte a tiros en un tejado de la ciudad de Medellín, el 2 de diciembre de 1993.

Tristeza y alivio

En ese momento, Edgar Jiménez se encontraba en su laboratorio de fotografía en el centro de Medellín, cuando se enteró por la radio de la noticia que le estaba dando la vuelta al mundo.

Confiesa que tuvo sentimientos encontrados. Por un lado sintió tristeza por alguien que, a pesar de ser un criminal que hizo tanto daño -como él bien lo sabía- no dejaba de conservar el afecto que en su niñez tuvo por Escobar y Escobar por él.

“Pablo conmigo siempre se portó muy bien, en lo personal y como amigo”, aseguró. “Me dolió que alguien con su capacidad e inteligencia, que hubiera sido muy útil para la sociedad, hubiera tomado un rumbo diferente”.

Pero por otro lado, reconoce que sintió alivio “por la sociedad colombiana, porque el país se encontraba en una zozobra” por los constantes atentados con bomba en los que murieron policías y mucha gente inocentes, incluyendo mujeres y niños. “Por lo menos toda esa violencia se acababa. Eso lo vi como positivo”.

Jiménez continuó en contacto hasta comienzos de los 2000 con la familia de Escobar; la mamá y los hermanos, y la familia Henao de su esposa, cubriendo eventos de tipo social. Pero su vida siempre estará ligada al desaparecido jefe del Cartel de Medellín.

“Es el bandido más famoso de la historia, su vida lo convirtió en leyenda y su muerte en un mito. Yo, de alguna manera, hago parte de ese mito”.

“El Chino: La vida del fotógrafo personal de Pablo Escobar”, de la editorial Universo Centro, saldrá al mercado este julio.Todas las fotos tienen derechos reservados.


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