Tres hermanos en Chiapas terminan el año escolar solo con un celular
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Sin internet, tele o radio, tres hermanos en Chiapas terminan el año escolar solo con un celular

Los hermanos debían caminar media hora para encontrar un punto de red gratuita para conectarse, bajar sus tareas o enviarlas. Así cursaron clases de primaria, secundaria y prepa.
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14 de agosto, 2020
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Con “clases en línea” pero sin computadora, servicio de internet, ni televisión, y con falta de electricidad, es como Carlos terminó el sexto año de primaria, Rosa el primer grado y Rafael el segundo semestre de prepa. Lo único que tenían para seguir sus estudios era un celular.

Estos hermanos -cuyos nombres se cambiaron para proteger su identidad – viven en Unión Progreso, a una hora del municipio de Bella Vista, Chiapas, y para poder terminar su ciclo escolar este año tuvieron que hacer el mayor de los esfuerzos para comprar un celular, tener Whatsapp y así acceder a la información que enviaban sus profesores, resolver dudas, descargar lecturas y enviar tareas. 

Entérate: El privilegio de regresar a clases, SEP deja fuera a alumnos con discapacidad

Ese teléfono sirvió para que los tres pudieran realizar sus actividades con el apoyo de Laura, su hermana mayor de 19 años, quien vive a siete horas de distancia de su hogar, pues tuvo que dejar a la familia para trabajar y estudiar. Ella está por presentar su examen para ingresar a la universidad. Quiere ser enfermera.  

La pandemia por COVID-19 impedirá que el próximo ciclo escolar sea presencial, el 24 de agosto comenzarán las clases a distancia a través del programa de la Secretaría de Educación Pública (SEP) llamado Aprende en Casa.

Pero para Rosa de 7 años, Carlos de 12, y Rafael de 16, el aprender en casa no tiene mucho sentido cuando deben caminar 30 minutos para llegar al lugar en donde hay señal de internet y prestarse el celular para que cada uno descargue sus lecturas o ejercicios y realice sus tareas.

Adquirir una computadora, laptop, televisión u otro teléfono no es opción. La familia es de escasos recursos. Su madre se dedica al hogar y su padre al campo, lo que gana apenas es para cubrir los servicios básicos.  

Para que sus hijos puedan seguir estudiando han sumado un nuevo gasto: la recarga de datos móviles. 

Cuando en marzo se dio el aviso de que las clases continuarían en línea para evitar contagios de COVID-19, la familia no tenía un smartphone. 

“Fue muy complicado. Al principio mis hermanos se atrasaron porque no tenían un teléfono para saber qué dejaban de tarea y un par de semanas estuvieron incomunicados”, cuenta Laura a Animal Político. 

Cuando lograron adquirir un teléfono se enfrentaron a otro problema. La señal de internet llegaba muy débil a casa y en general a la comunidad, y era casi imposible descargar un archivo. Así que caminaban por 30 minutos todos los días para enterarse qué dejaban de tarea y daban una vuelta más para poder enviar las actividades a sus profesores. 

“Uno debe tener mucha paciencia porque muchos acuden al mismo punto donde es mejor la señal, por eso el internet es muy lento, eso hace que gastemos más datos y tengamos que hacer más recargas. A veces hay que descargar programas y aplicaciones o no se puede ver o leer lo que mandan por Whatsapp y ahí se va casi todo el saldo”, cuenta la hermana mayor. 

Si el celular no tenía saldo pagaban 7 pesos la hora de internet (muy lento) en un cibercafé, el único que existe en la comunidad (tiene solo 4 computadoras), y que también queda a 30 minutos de distancia de su casa, a pie. En la comunidad no hay puntos gratuitos de conexión.  

Laura los apoya con recargas de 150 pesos a la semana, pero muchas veces necesitan más.

Cuando las lluvias eran muy fuertes y no podían acudir al lugar donde hay señal o no había dinero para las recargas o pagar el café internet, las tareas se mandaban después, y eso generaba atraso en su aprendizaje. 

Así fue por más de tres meses hasta que terminó el ciclo escolar. 

Laura sabe que la educación es un derecho, pero también que acceder a ella no es fácil, principalmente en las comunidades rurales. Cuenta la historia de sus hermanos para visibilizar que muchos niños y niñas no cuentan con las condiciones para estudiar en línea.  

En México hay un millón 5 mil 704 hogares con niños de entre 6 y 18 años que no cuentan con televisión. Dos millones 724 mil 603 no tienen computadora, laptop ni tablet, y 7 millones 891 mil 159 no tienen servicio de internet, de acuerdo con datos de la Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías de Información en los Hogares, elaborada en 2019 por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi). 

Sonora, Baja California Sur, Quintana Roo, Baja California, Nuevo León, Ciudad de México, Sinaloa, Jalisco y Colima son las entidades donde más del 60% de los hogares disponen de conexión a internet. 

Las entidades con la menor disponibilidad de este servicio son Oaxaca y Chiapas, con 29.5% y 24.6%, respectivamente.

Hay radio pero no luz, hay tele pero no señal

Por la pandemia, la SEP optó por un modelo de enseñanza a distancia en el que se incluye el uso de radio, televisión y libros de texto ante la falta de acceso a internet para miles de estudiantes.  

Aunque la familia de Laura tiene una radio, eso no garantiza que puedan escuchar las clases por esa vía. A veces por las lluvias se llegan a quedar hasta una semana sin luz, cuando bien les va puede irse todo un día. 

En Chiapas solo el 46% de los hogares cuenta con un equipo radiofónico. 

Las pocas familias que tienen televisión en la comunidad de Unión Progreso no pueden usarlas ya que tras el apagón analógico (diciembre de 2015) a sus aparatos no llega la señal. No migraron a la televisión digital por no cambiar sus televisores, cuenta Laura. 

Podrían usar su televisor analógico con un decodificador o con la señal de televisión de paga, pero la situación económica de los habitantes de esta comunidad no da para contratar ese servicio. De acuerdo con el Inegi, 1.4 millones de hogares (4.6%) no tiene señal digital en México. 

El secretario de Educación, Esteban Moctezuma Barragán, dijo en una conferencia de prensa que los niños que vivan en comunidades indígenas o alejadas que no tengan acceso a internet o a televisión contarán con atención personalizada por parte de instructores del Consejo Nacional de Fomento Educativo (Conafe), y además se distribuirán cuadernillos de trabajo y libros de texto gratuito.

Hasta ahora no se sabe si a Unión Progreso llegarán estos instructores, pues hay conexión, pero muy débil. Hay otras comunidades rurales en el país que no tienen nada de accesibilidad o luz y son a las que podrían dar prioridad. 

Ante esta situación, los hogares más pobres se encontrarán en desventaja frente a otros que sí cuenten con las herramientas tecnológicas para seguir tomando clases en sus casas profundizando aún más la brecha educativa.

En Chiapas 8 de cada 10 habitantes (76.4%) viven en condiciones de pobreza; y 29.7% en pobreza extrema, según la cifra actualizada hasta el 2018 por el Coneval. Es la entidad con más pobreza en México. 

En Chiapas, el 83% de su población carece de seguridad social, el 57% no cuenta con servicios básicos en la vivienda y 29% registra rezago educativo. 

De no estudiar el destino es el campo o migrar 

Laura es la única que puede dar acompañamiento a sus hermanos, aunque sea a la distancia. Sus padres solo tuvieron la oportunidad de estudiar hasta el segundo grado de primaria y desconocen todo lo relacionado con la tecnología y tampoco pueden asesorarlos con sus tareas. 

Los maestros, cuenta, son comprensivos, saben las carencias que hay en el lugar y entienden los retrasos en la entrega de tareas. 

“El nivel de aprendizaje no es el mismo, los niños tienen dudas y no hay como preguntar, además se estresan mucho. Para ellos es muy frustrante que no funcione el internet, que se vaya la luz y no haya cómo cargar el celular, que estén a punto de mandar una tarea y nada se envié. Estudiar así es muy difícil”, asegura Laura. 

Su pequeña hermana Rosa fue pocos meses a la escuela, si acaso seis. Por el confinamiento tuvo que terminar su primer año de primaria alejada de sus compañeros, apenas empezaba con lo básico pero estaba entusiasmada por acudir a clases. A Laura le preocupa que en una etapa tan temprana alejada de las aulas su aprendizaje se rezague. 

A Carlos y Rafael también les gusta la escuela y quisieran igual que su hermana tener la oportunidad de poder ingresar a la universidad, aunque eso signifique alejarse de la familia, trabajar y estudiar, conseguir una beca como hizo ella y huir del rezago educativo que ya de por sí hay en la comunidad. 

De no estudiar tendrían que dedicarse al campo como su papá o migrar fuera del estado, a Tijuana o Estados Unidos, a donde se va la mayoría de los habitantes que decide irse. En Unión Progreso no hay muchas opciones.  Para la niña el destino sería ayudar a la mamá en los quehaceres del hogar hasta casarse o dejar el barrio para buscar trabajo. 

Carlos, Rosa y Rafel iniciarán el nuevo ciclo escolar con la misma dinámica, haciendo el mayor esfuerzo para estudiar tan solo con un celular.

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Cómo 52 personas de distintas partes del mundo fueron engañadas para trabajar en una empresa ficticia

En medio de la pandemia, decenas de personas en distintas ciudades recibieron ofertas de trabajo de una compañía inexistente. Aquí te contamos cómo iniciaron los hechos.
22 de febrero, 2022
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La llamada de Zoom tenía casi 40 participantes, o por lo menos eso era lo que pensaban los que se habían conectado. La reunión de todos los empleados de la glamorosa agencia de diseño había sido convocada para darle la bienvenida a los nuevos reclutas de la compañía en crecimiento.

El nombre de la empresa era Madbird y su dinámico e inspirador jefe, Ali Ayad, quería que todos fueran rebuscadores ambiciosos como él.

Pero lo que no sabían aquellos quienes habían encendido sus cámaras era que algunos de los que también estaban en la reunión no eran personas reales.

Sí, aparecían como participantes. Algunos incluso tenían cuentas de correo electrónico activas y perfiles de LinkedIn. Pero sus nombres habían sido fabricados y sus retratos eran los de otras personas.

Todo era falso. Los empleados reales habían sido ‘jobfished’ (término en inglés para referirse a la práctica de ofrecer puestos de trabajo falsos a través de internet). La BBC ha dedicado un año a investigar qué fue lo que ocurrió.

Una opción de trabajo en pandemia

Chris Doocey, un gerente de ventas de 27 años de la ciudad de Manchester, comenzó en Madbird en octubre de 2020, unos meses antes de la llamada de Zoom. Se le dijo que iba a trabajar desde la casa. La pandemia aún estaba en pleno furor, así que era algo normal.

La COVID había dado un vuelco a la vida de Chris. Le había costado su último trabajo y esta era la razón por la cual había aplicado a este trabajo en Madbird. El anuncio describía a la compañía como “una agencia de diseño digital centrada en humanos, nacida en Londres pero operando a nivel mundial”. Sonaba bien.

Chris Doocey

BBC
Para Chris Doocey, Madbird era una buena opción de trabajo

Madbird contrató a más de 50 personas más. La mayoría trabajaba en ventas, algunos en diseño y algunos habían sido traídos para supervisar. Cada nuevo recluta recibía la instrucción de trabajar desde casa, enviándose mensajes a través de correo electrónico y hablando los unos a los otros a través de Zoom.

Otra parte del personal vivía por fuera del Reino Unido. Ansiosos por alcanzar el mercado global, el departamento de recursos humanos de Madbird publicó anuncios en línea para un equipo de ventas internacionales basado en Dubai. Contrataron al menos una decena de personas de Uganda, India, Sudáfrica, Filipinas y otros.

Para ellos, el trabajo representaba más que un cheque de salario, también era una visa al Reino Unido. Sus contratos decían que Madbird patrocinaría su traslado al Reino Unido si superaban su periodo de prueba de seis meses y alcanzaban sus objetivos de ventas.

El enigma de Ali Ayad

Ali Ayad sabía lo que significaba hacer una vida nueva en el Reino Unido. En varias ocasiones habló con empleados de Madbird sobre su pasado, antes de asentarse en Londres.

Pero hubo muchas versiones de su historia. A una persona se le presentó como un mormón de Utah, en EU. Para otros, él era del Líbano, donde una difícil niñez le había enseñado a rebuscarse la vida.

Hasta su nombre cambiaba. A veces agregaba una segunda “y” a su apellido, y lo escribía “Ayyad”. En otras ocasiones, firmaba como “Alex Ayd”.

Ali Ayad en una estación de metro en Londres

BBC
Ali Ayad en una estación de metro en Londres

Pero algunos capítulos de la historia que le contaba a la gente eran consistentes. Clave, ante todo, era la época que vivió como diseñador creativo en Nike. Le dijo a todo el mundo que había trabajado en la sede de la marca de moda en Oregon, en EU. Fue allí donde conoció a Dave Stanfield, el cofundador de Madbird.

Las historias sobre la prominente carrera de Ali no parecían descabelladas. Operaba calmadamente en las videollamadas: era intenso, carismático e incluso, demostraba interés. Hablaba con confianza, a veces con optimismo desmesurado. Fue así como convenció a al menos tres personas para que renunciaran a sus trabajos y se fueran a trabajar con él.

Los empleados de Madbird no tenían ninguna razón para dudar las historias de Ali sobre Nike. Y si lo hacían, lo único que tenían que hacer era revisar su perfil de LinkedIn. Brillaba con largos comentarios de ex colegas.

Las primeras inconsistencias

Por meses, los negocios diarios de Madbird navegaron pacíficamente, se contrataron más diseñadores para cumplir con los expedientes atrasados que el equipo de ventas estaba negociando.

Pero incluso antes de que se revelara la verdad sobre Madbird, sus trabajadores ya tenían un problema. Por la manera inusual en la que se habían redactado sus contratos, aún no se les pagaba. Aceptaron trabajar únicamente con comisiones durante los primeros seis meses.

Solo hasta que superaran su periodo de prueba iban a recibir un salario: 47 mil 300 dólares al año para la mayoría. Mientras tanto, solo ganarían un porcentaje por cada acuerdo que lograran negociar.

Eran todos adultos jóvenes buscando trabajo y atravesando una pandemia. Muchos sintieron que no tenían opción sino aceptar los términos de sus contratos.

Antonia Stuart

BBC
Antonia Stuart trabajaba para Madbird como ‘gerente creativa’ en Dubai.

Pero los acuerdos nunca se concretaron. Para febrero de 2021, no se había firmado un solo contrato con clientes. Ninguno de los empleados de Madbird había recibido un centavo.

Algunos reclutas dejaron la empresa después de algunas semanas, pero muchos se quedaron. Muchos habían estado ahí durante casi seis meses, obligados a sacar tarjetas de crédito y pedir dinero prestado de sus familias para mantenerse al día en las cuentas.

El explosivo correo

Ahora es obvio por qué nadie recibió dinero. Madbird no estaba recibiendo ingresos. Pero eso no era obvio para los empleados nuevos. De manera equivocada asumieron que sus contratos de salario eran únicos y que sus gerentes sí estaban recibiendo salarios.

Además, Madbird estaba al borde de firmar una gran cantidad de contratos. El dinero finalmente estaba llegando. O por lo menos así parecía hasta que una tarde todo se vino abajo.

Gemma Brett

BBC
Gemma Brett tuvo sospechas durante su tiempo de Madbird

Gemma Brett y Antonia Stuart eran dos empleadas con sospechas. Después de investigar en internet, usando buscadores de imágenes, se dieron cuenta que muchos de sus colegas no existían.

Decidieron enviar un correo a todos los empleados usando un alias: Jane Smith. El correo, enviado en una ocupada tarde de semana, acusaba a los fundadores de Madbird de comportamientos “no éticos e inmorales”, incluyendo robar el trabajo de otros y “fabricar” miembros de equipo.

Las revelaciones fueron devastadoras para los miembros reales del equipo. Todo lo que habían estado haciendo, al parecer, se había construido sobre mentiras. Ahora parecía que nunca iban a ver nada de dinero en compensación por meses de tiempo y trabajo.

Fue en este momento en el que empezamos nuestra propia investigación sobre Madbird. Corroboramos los argumentos incluidos en el correo de Jane Smith e incluso, fuimos más allá.

Mentiras y perfiles robads

La reportera Catrin Nye intentando descifrar quién es real y quién no.

BBC
La reportera Catrin Nye intentando descifrar quién es real y quién no.

A diferencia de lo que argumentaba, la compañía no llevaba “transportando productos y experiencias a nivel local y global por 10 años”.

De hecho, Ali Ayad solo registró Madbird como una empresa en el Reino Unido el mismo día en el que entrevistó a Chris Doocey para que se convirtiera en gerente de ventas, el 23 de septiembre del año 2000.

Al menos seis de los empleados de más alto rango en Madbird eran falsos. Sus identidades eran una amalgama de fotos robadas de diferentes esquinas de la red y nombres inventados.

Esto incluía al cofundador de Madbird, Dave Stanfield, a pesar de que tuviera un perfil en LinkedIn y que Ali se refiriera a él constantemente.

Algunos de los empleados engañados incluso recibieron correos de su parte. Ali le dijo a un empleado que si quería contactar al señor Stanfield, debía enviarle un correo electrónico porque estaba muy ocupado con proyectos de Nike como para asistir a la llamada.

Usando tecnología de reconocimiento facial fuimos capaces de contrastar la foto de Dave Stanfield con la de su dueño original, un constructor de panales de abejas en Praga llamado Michal Kalis. Cuando localizamos a Michal, confirmó que nunca había oído hablar de Madbird, o de Ali Ayad o de Dave Stanfield.

Nigel White era otro. Incluso, alguien usando ese nombre se conectó a esa llamada de Zoom de enero. Pero su foto no era la de un diseñador gráfico sino la de un modelo cuya imagen es uno de los primeros resultados cuando buscas “hombre pelirrojo” en el archivo de Getty Images. Su cara aparecía en todo internet.

El supuesto co fundador de Madbird "Dave Stanfield" y el supuesto gerente "Nigel White"

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Dos de los supuestos altos directivos de Madbird eran, en realidad, fotos tomadas de internet

Otras eran incluso más locas. Las fotos de un diseñador gráfico, un gerente de crecimiento de marca y un gerente de mercadeo en Madbird resultaron ser las de un doctor libanés, un actor español y un influencer de modas italiano.

Todas sus fotos habían sido robadas para crear identidades falsas.

Contactamos a las 42 marcas que Madbird citó como antiguos clientes, incluyendo a Nike, Tate y Toni & Guy. Ninguna dijo haber trabajado alguna vez con Madbird.

Un pasado ficticio

Cuando empezamos a investigar, la misma historia de Ali se cayó también. Nunca había trabajado para Nike en Estados Unidos como “líder creativo”, como él argumentaba. Nike nos confirmó a través de un documento que no había contratado a nadie con ese nombre o ninguno de sus alias.

Y luego estaba la cuenta de Instagram de Ali, donde publicaba actualizaciones de su carrera como modelo e influencer a sus más de 90 mil seguidores. Su presencia en las redes sociales había sido una de las razones por las cuales muchos de los trabajadores de Madbird lo admiraban y confiaban en él.

Pero la vida que Ali presentaba en Instagram apenas tenía una relación lejana con su realidad.

Una publicación en específico llamó nuestra atención.

Era una foto mostrando una edición abierta de la revista GQ, con Ali Ayad modelando un blazer en un anuncio de página completa para la marca española de modas Massimo Dutti.

Pero cuando logramos adquirir la edición de GQ y la abrimos en la página 63, la foto de Ali no estaba allí. Era la publicidad de un reloj. Ali Ayad nunca había modelado para Massimo Dutti, y nunca había aparecido en la GQ británica.

Los extrabajadores de Madbird estaban devastados. Algunos habían pasado tanto como seis meses sin pago. Ahora estaban sin trabajo, aún en medio de la pandemia, y haciendo un esfuerzo para siquiera describir lo que les acababa de pasar.

Las víctimas

El gerente de ventas Chris Doocey había llegado a acumular más de 13 mil 500 dólares en deudas en una tarjeta de crédito pagando sus recibos mientras recibía su primer salario.

Y luego estaban los empleados extranjeros. En un punto, Elvis John, originario de Chennai en India, había estado esperando estar en un vuelo al Reino Unido. Estaba a apenas semanas de terminar su periodo de seis meses de pruebas y esperando a que Ali le patrocinara su visa. Cuando el correo de Jane Smith llegó, cayó en depresión. “Mis sueños se destruyeron”.

Elvis John

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Algunos empleados de Madbird esperaban contar con visas para el Reino Unido

“No se si Ali alguna vez entenderá lo que nos hizo pasar”, dice Elvis, quien cree que todo el asunto se manejó como si fuera un juego.

Muchos estaban avergonzados de haberse visto envueltos. Algunos esperaron días, e incluso semanas, antes de decirle la verdad a sus familiares y amigos.

Y para otros, la historia era difícil de explicar y siempre estuvo recibida por preguntas que ninguno de los empleados engañados podía contestar.

¿Habrá entendido Ali la consecuencia de sus acciones?

Durante un tiempo, Ali dijo que iba a hablar con nosotros y dar su versión de los hechos. Luego de meses de mensajes finalmente aceptó sentarse y dar una entrevista en cámara para la BBC.

Pero luego, con un día de anticipación, canceló. Si íbamos a tener la versión de los hechos de Ali Ayad, no tendríamos otra opción sino buscarlo.

Confrontando a Ali

Lo seguimos hasta una calle del oeste de Londres una tarde de octubre, donde lo confrontamos. Estaba vestido con una chaqueta negra de cuero y se dirigía a una estación del metro. Si se sorprendió con nuestra presencia, no lo aparentó y, al principio, decidió ignorar nuestras preguntas. Pero luego de un rato, no pudo evitar hablar.

Insistió que estaba tratando de hacer algo bueno.

“Lo único que sé es que creamos oportunidades para la gente, en medio de la COVID”.

Cuando lo acusamos de crear identidades falsas y robarse el trabajo de otras personas, se enfureció.

“¿Lo hice? ¿Cómo saben que lo hice?”. ¿Estaba argumentando que alguien más había estado involucrado? Cuando lo presionamos, no mencionó a nadie.

Siempre existió la posibilidad de que alguna mente anónima estuviera detrás de todo, y es algo que consideramos seriamente. Pero sin nombres o la ayuda de Ali, fue un camino que no pudimos explorar.

Ali también insistió que Madbird sí tenía una oficina. Pero cuando lo cuestionamos, se arrepintió, asegurando que se refería a una oficina virtual. “No tienes realmente computadores ni nada, ¿cierto? Es una compañía digital”.

Eventualmente, dejó de contestar nuestras preguntas.

Mientras Ali Ayad se rehuse a contestar, nunca sabremos con certeza por qué creo Madbird.

Confrontación con Ali Ayad en Londres

BBC
Confrontación con Ali Ayad en Londres

¿Qué pudo pasar?

Para aquellos que pasaron la mayoría del tiempo en línea con él, intercambiando correos y en videollamadas, se destacan dos teorías.

Una es que todo el asunto es un intento por empezar un negocio real. Pudo haber empezado como una mentira, pero de pronto Madbird hubiera eventualmente conseguido contratos reales y generado ingresos.

La compañía, creen algunos empleados, estaba apenas a días de firmar con clientes cuando todo se vino abajo. Si las mentiras no se hubieran descubierto, de pronto nadie hubiera expuesto los turbios orígenes de Madbird.

Otra explicación es que tiene que ver con algo más allá que el dinero. A lo mejor Ali disfrutaba pretendiendo ser un jefe. Sinceramente parecía disfrutar su tiempo dirigiendo Madbird.

Las entrevistas de trabajo con él duraban generalmente más de una hora. Contaba historias de cómo había cambiado las vidas de personas descubriendo sus talentos y dándoles una oportunidad. Enviaba enlaces de música house a sus empleados para que escucharan mientras trabajaban.

Quería ser un jefe cool y así lo trataron durante los meses que Madbird estuvo funcionando.

La pandemia cambió la forma en la que muchos de nosotros trabajamos, comunicarse a través de una pantalla se convirtió en la regla.

Ali Ayad explotó eso. Era como si quisiera ser el próximo Elon Musk, su ídolo, y con Madbird pensó que había encontrado un atajo. Un universo donde Ayad sería juzgado solamente por su presencia virtual, en vez de su realidad por fuera de la web.

Y la parte más impactante de la apuesta de Ali Ayad es el hecho de que vivimos en una época en la que casi funciona.

Diseño gráfico de Lilly Huynh


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