Migrar en pandemia: las vías del tren volvieron a ser la ruta de migrantes
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Javier García

Migrar bajo las leyes del COVID: las vías del tren volvieron a ser la ruta de migrantes

Para sortear el contagio de COVID-19, cientos de migrantes han tenido que recurrir a rutas que ya estaban abandonadas, pero que les permiten avanzar sin ser víctimas de xenofobia
Javier García
Por Rodrigo Soberanes / Quinto Elemento Lab
10 de octubre, 2020
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Las maniobras de la locomotora para ir acomodando vagones atraían a personas salidas de las sombras y los escondrijos de los alrededores de las vías férreas de Tierra Blanca, Veracruz. Eran migrantes atentos a cazar el tren para seguir su camino.

“Nosotros venimos cuidándonos. La gente migrante tiene su precaución. Llevamos gel, venimos lavándonos las manos, bañándonos bien”, comentó detrás de su cubrebocas Roberto Gómez Hernández, de nacionalidad hondureña. Estaba al pie de las vías, con una mochila como único equipaje y un impermeable improvisado con una bolsa negra diseñada para guardar basura.

Gómez pasa de los 40 años y ejerce de líder de un puñado de migrantes que se fueron encontrando durante su recorrido desde la frontera sur mexicana hasta este peligroso punto de la ruta migratoria en Veracruz. 

Leer más: La caravana de migrantes en tiempos de COVID que se dirige a EU a un mes de las elecciones

“Ahorita como venimos en el tren, venimos todos sucios”, se excusó Roberto Gómez de manera espontánea, consciente de que la presencia de la población migrante no es bien vista entre los locales debido a los rumores que los señalan como portadores del virus. Enseguida mostró su frasco casi vacío de gel antibacterial. 

Un migrante se cubre de la lluvia en espera del tren al lado de las vías en Tierra Blanca. 

Mientras los maquinistas continuaban las maniobras de ensamblamiento de  vagones cayó la noche y llegó una lluvia que atenuó el sofocante calor de la zona cañera de Tierra Blanca, que espantaba a los viajeros de permanecer ahí. El otro factor era la inseguridad. Se trata de una zona conocida por los secuestros y violentos asaltos. A estos riesgos se le sumaba la posibilidad de agarrar el virus que también asesina.

Las medidas sanitarias en Tierra Blanca -el albergue cerrado, el primer cuadro de la ciudad y sus principales calles también cerradas y bajo  estricta vigilancia policial- mostraban  la gravedad de los contagios en esta zona del sur veracruzano, un paisaje repetido en los lugares que el grupo de migrantes liderados por Gómez había atravesado.

A mediados de julio de 2020, Roberto Gómez alcanzó una comunidad guatemalteca llamada La Técnica, al borde del río Usumacinta, frente a la frontera de México. Para llegar ahí, debió recorrer al menos siete horas en terracería trepado sobre uno de los pequeños camiones que salen de pueblos con nombres bíblicos del extenso departamento de El Petén. 

Esos camiones suelen detenerse en sitios donde polleros esperan reunir un cargamento de personas. También son interceptados por camionetas que recogen a sus clientes, quienes cambian de transporte a toda prisa y se pierden veloces en algún paraje fronterizo. 

Un tren realiza maniobras en Tierra Blanca, Veracruz, un lugar con fuerte afluencia de migrantes. 

Cuando el grupo liderado por Roberto Gómez cruzó el río Usumacinta, del lado mexicano, entró a la comunidad de Frontera Corozal, zona de vestigios arqueológicos para los turistas, pero de controles sanitarios y migratorios para los viajeros sin visas. 

“Entre Guatemala y México había una brigada de médicos, ahí nos chequearon y todo, nos tomaron la temperatura, nos dieron pastillas. Ahí caminamos tres días hasta Palenque (Chiapas). Ahí está fuerte la migra, lo corretean a uno y ahí agarramos el tren hasta acá”, contó el hondureño el 24 de julio cuando nos topamos en las vías..

Pese a la amenaza del COVID-19 la migración forzada no se ha detenido, aunque sí ha cambiado e impuesto nuevas dificultades a quienes se atreven a cruzar México en busca de la frontera con Estados Unidos, como constató Gómez y su grupo.

“El COVID es real, es un virus que está a nivel mundial y uno sinceramente tiene que irse adaptando. El COVID vino a quedarse, no se va a ir. Uno no puede estar esperando a que se vaya porque no se va a ir. ¿Qué vamos a hacer quedándonos en Honduras muriendo de hambre?”, explicó  Gómez humedecido bajo la lluvia. Su improvisado impermeable de hule no lo protegía.

En ese momento, su grupo estaba formado por cuatro inquietos hombres que aparecían y desaparecían del paisaje, en un vaivén incesante de la esquina de la purificadora donde les regalaban agua y comida, la búsqueda de sombras, el chequeo de las maniobras en las vías. Con el paso de las horas una veintena de personas se unirían.

Ahí vamos, con poco de nervios pero ahí venimos. Por lo que veo, esa enfermedad existe. Se han dado varios casos, ha habido muchas personas infectadas. Las personas lo toman a juego”, dijo Kevin José Enrique Reyes, un joven integrante  del grupo conocedor de que en Tierra Blanca el semáforo epidemiológico estaba en rojo. El peligro máximo de contagio.

Un grupo de migrantes se resguarda de la lluvia en Tierra Blanca esperando la hora de salida del tren hacia el norte del país. 

Tras los pasos de la migración 

Antes de llegar a Tierra Blanca, el tren pasó por Medias Aguas, una comunidad del municipio de Sayula de Alemán señalada como foco de secuestros. Es una zona ganadera donde se juntan dos rutas migratorias: las que comienzan en el norte de Chiapas y cruzan Tabasco -la que tomó Roberto Gómez- y la que inicia en el sur de Chiapas. 

Ahí, sobre las vías, se encontraba el joven paramédico de la Cruz Roja, Francisco Javier Beatriz, quien comentaba con los guardias de la estación el descarrilamiento de un tren apenas unos días antes, la tercera semana de julio. Fueron ocho vagones que transportaban varillas de metal, le dijo uno. Ningún migrante resultó lesionado porque, de pura suerte, no viajaban sobre el techo de los vagones volcados.

El descarrilamiento hizo visible la presencia de la migración en trenes de carga -según el paramédico- porque, al estar cerradas las vías por las obras de reparación, los polizontes que viajan en los trenes comenzaron caminar por las vías. Una escena que no se veía desde la llegada de las caravanas migrantes a finales de 2018.

“Aquí en Medias Aguas estuvimos atendiendo persona por persona, migrante por migrante. Hubo un aproximado de 70. Hicimos restauración de contacto con llamadas a sus domicilios en Centroamérica. Se les apoyó con víveres, suero y medicamento”, contó durante nuestra entrevista. El cansancio, la sed y el hambre que presentaban las y los viajeros obligaron a dar esta respuesta de emergencia. 

La brigada del paramédico Beatriz venía atendiendo a lo largo de cinco municipios en este sofoco sin brisa a migrantes que -según sus cálculos- tienen “un 90% más de vulnerabilidad” frente al COVID que las personas establecidas en  casas o albergues. . 

“Hasta el momento no nos ha tocado ni un migrante con síntomas de COVID. La verdad, nos sorprende, porque sabemos que son personas que están vulnerables a contagiarse. Toman agua de donde pueden, comen y descansan donde pueden”, dijo.

Entérate: El 60% de los migrantes de México y Centroamérica pospusieron sus planes debido a la pandemia de COVID-19

El descarrilamiento y los hallazgos de migrantes en lugares que ya no eran frecuentados reveló lo que ya sospechaban personajes claves en la atención humanitaria: el COVID-19 volvió a empujar a muchos a viajar colgados de los trenes. En tramos como este, esta peligrosa modalidad se convirtió en la principal opción de transporte. 

Con este cambio se desvanecía la manera segura de traslado, inaugurada en octubre de 2018, cuando integraban caravanas en las que miles de personas caminan juntas, sin pagar coyotes y esconderse. Ahora tenían que volver a la soledad, la clandestinidad y, con ello, volvían a enfrentarse a riesgos que se creía habían quedado en el pasado. 

Una persona, quien lleva años monitoreando el tránsito de migrantes y pidió ocultar su nombre, dijo que en marzo la organización donde trabaja contó cerca de mil personas viajando en trenes. Cuando la pandemia estaba en su pico máximo de contagio -entre abril y junio- no vieron más de 10 por mes. Sin embargo, a finales de julio ya notaban un repunte de personas migrantes sobre los vagones. Habían contado más de 200.

En Tierra Blanca, aunque el albergue no daba hospedaje a personas migrantes, sí   ofrecía comida y agua a quienes después se podía ver apoltronados en algún rincón sombreado de la ciudad, resguardandose del calor.

La noche del 24 de julio, los migrantes guiados por Gómez fueron saliendo de los rincones de Tierra Blanca. El grupo fue creciendo y cerca de la media noche podía verse una veintena de personas esperando bajo algún techo, protegiéndose de la lluvia, a que el tren enfilara hacia el norte.    

A 187 kilómetros de ahí, Gloria García Zamora, presidenta del Comité de la Cruz Roja en Acayucan, notó también que la población migrante llegó con “un poco de temor” por el rechazo social aunque, ella sabe que “en términos generales también están tomando las consideraciones de las secretaría de Salud”. Usan cubrebocas, se lavan las manos y toman otras medidas de higiene. 

Los dos voluntarios de la Cruz Roja coincidieron en que la población migrante tomó su “sana distancia” con respecto a gente mexicana que encontraba en el camino. Esa toma de distancia la orilló a  buscar las vías del tren y caminos despoblados, donde  realizaban caminatas kilométricas de varios días. Como si fueran apestados. 

Cuando inició la pandemia, en México ocurrieron episodios violentos contra los migrantes. El 27 de febrero una turba enardecida de habitantes de Oluta amenazó con linchar a 74 salvadoreños liberados de la estación migratoria de Acayucan, que fueron acogidos en el albergue Monseñor Guillerno Ranzahuer. La policía se vio forzada a intervenir para protegerlos. El 3 de marzo, un grupo de migrantes resguardados en un auditorio de Palenque, Chiapas fue desalojado de forma violenta. Los migrantes sobrevivieron, pero sus pertenencias fueron quemadas por la turba.

La Casa del Migrante Monseñor Guillermo Ranzahuer se encuentra en un paraje oculto de Ayaucan. Su director, José Luis Reyes Farías, nos explicó sentado en un potrero frente al refugio que el miedo al contagio por la pandemia, el rechazo de la población local y el aumento de controles migratorios aventaron a las y los migrantes a lo que llamó  “la ruta de la oscuridad”.

Obligados a viajar en trenes de carga y a cruzar selvas, potreros, ríos, lagos y hasta el mar, rodeando a las autoridades que quieren detenerlos, y sus revisiones carreteras y evitando también la desbordada desconfianza en los pueblos que encuentran en su camino, según Reyes.

Hacia las “rutas de la oscuridad”

Siguiendo por la ruta migratoria hacia el sur, ya en el estado de Oaxaca, la postal de calles y negocios cerrados, sumados a la reducida y silenciosa presencia de personas en las calles, incluso en horarios laborales, mostraban que el temor al COVID era cosa seria en los municipios de Matías Romero, Juchitán e Ixtepec, la cintura de la República. El cambio con respecto a Veracruz y sus ruidosos negocios en ebullición era notorio.

La entrada de personas a Ixtepec era controlada en un puesto de medidas sanitarias.

Para entrar a la ciudad de Ixtepec había que pasar un puesto de sanitización donde cada persona debe dejarse tomar la temperatura. En el caso de vehículos procedentes de la zona de Juchitán, los ocupantes tenían que justificar su presencia con un buen motivo -cuestiones de trabajo, visitas al doctor, citas importantes- de lo contrario, policías y funcionarios municipales impedían la entrada.  

El albergue Hermanos en el Camino, ubicado en Ixtepec y fundado por el famoso padre Alejandro Solalinde, cerró el 6 de abril aunque no habían detectado casos sospechosos entre sus usuarios. Cuando se instaló el semáforo rojo en la zona permitió quedarse a los pocos migrantes que se encontraban dentro. Por seis meses no permitió nuevos ingresos y sólo ofrecía orientación jurídica, pero fuera de las instalaciones. 

“En un principio en marzo y abril hubo una reunión entre el Comité Municipal de Ixtepec y el albergue. Al comité se hacían llegar esos comentarios, en el sentido de que temían que el albergue fuera un foco de infección”, explicó la asesora jurídica del albergue, Diana Mendoza. “Si de por sí ya antes existía un rechazo, lo del virus lo marcó más. No tendría por qué ser así. El virus es comunitario, ya está en el municipio”.

En las calles de la ciudad de Ixtepec era frecuente ver señales de advertencia colocadas por las autoridades.

En la ruta del sureste mexicano, además del oaxaqueño albergue Hermanos en el Camino, en Chiapas cerraron sus puertas los Albergue Belén (que al momento de esta publicación ya acepta 20 personas al día) y El Buen Pastor, de Tapachula; la Casa del Migrante Hogar de la Misericordia, de Arriaga; en Veracruz, el Albergue Decanal Guadalupano, en Tierra Blanca. Todos ellos formaban una especie de oasis de descanso en el camino de la migración forzada.

Por el momento, ante la pinza que forman la xenofobia, el virus y los retenes,  grupos como el liderado por el hondureño Roberto Gómez no tienen más opción que las peligrosas rutas de la oscuridad. 

“Es lamentable y duele no poder dar el acceso al espacio seguro que ellos requieren”, nos confió la asesora jurídica Diana Mendoza. 

Un sentimiento compartido por todas las personas que en esta zona llevan años intentando hacer que la travesía de aquellas personas forzadas a huir de sus países sea, al menos, un poco menos arriesgada, menos trágica, y algo más llevadera.

 

Quinto Elemento Lab es un laboratorio de investigación e innovación periodística con sede en México. Este reportaje forma parte de la serie de cinco partes “Migrar bajo las reglas del COVID” que puedes leer aquí.

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Qué le ofrece México a los venezolanos varados en el país ante el nuevo plan migratorio de EU

EU ya está devolviendo a México a los migrantes venezolanos que cruzan su frontera sur de manera irregular, pero ¿en qué situación quedan estas personas y qué posibilidades tienen para subsistir en territorio mexicano?
22 de octubre, 2022
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“Siento que no tienen compasión humana porque no deben formular un decreto de hoy para hoy. ¿Sabe cuántos venezolanos estamos aquí en México pasando frío, hambre, angustiados, desesperados? Y eso a ellos les vale nada”.

Entre lágrimas y sin dejar de amamantar a su bebé de un año, Grecia critica el nuevo plan migratorio que Estados Unidos anunció y puso en marcha el 12 de octubre por el que venezolanos que como ella cruzan de manera irregular la frontera sur son devueltos a México.

1.768 personas ya fueron regresadas solo en los cuatro primeros días de la medida, según el gobierno mexicano, que no aclaró si habrá un límite en el número que recibirá. Hasta ahora, los migrantes del país sudamericano gozaban de libertad condicional humanitaria en EE.UU. que les permitía quedarse allí para tramitar una solicitud de asilo.

Pero la entrada en vigor de manera inmediata del nuevo plan sorprendió a miles de venezolanos en tránsito que quedaron prácticamente varados en México, sin posibilidad de ingresar hacia el norte y -en la mayoría de casos- sin dinero para poder regresar a su país.

“Nuestro viaje fue durísimo, un mes desde que salimos de Maracay, por tierra, pasando la selva… pero veníamos con una gran ilusión, un sueño”, lamenta Grecia junto a su pequeña maleta. “Solo queríamos salir adelante”, completa su hija Fabiola, de 18 años, quien no deja de toser y temblar ante los 14 grados de temperatura de Ciudad de México.

Ellas, como otras decenas de compatriotas devueltos a la capital desde la frontera, pasan estos días frente a las oficinas de la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (Comar) a la espera de recibir información sobre qué hacer ahora. Algunos duermen en plena calle arropados por mantas que les ofrecen algunos ciudadanos y ONG, que también les traen comida.

Fabiola y Grecia frente a la Comar

Marcos González / BBC
Grecia, junto a su hija Fabiola y su bebé de 1 año, esperaba frente a la Comar para recibir información sobre sus alternativas en México.

La incertidumbre sobre qué pasos seguir para regularizar su situación y poder trabajar en México es palpable entre la mayoría. También entre los grupos de venezolanos que se concentran estos días en la Central de Autobuses del Norte capitalina, donde muchos son dejados tras su traslado desde la frontera y que, según organizaciones sociales, hace presagiar lo que podría ser una gran crisis para México.

“Se tomó esta decisión sin medir las consecuencias de un plan inhumano y discriminatorio. Ya estamos viendo esta crisis en las calles de México y se viene una mucho más grande que ni el gobierno está viendo en lo que se puede convertir”, alerta July Rodríguez, directora en México de la organización Apoyo a Migrantes Venezolanos, que los asesora en asuntos legales de manera gratuita.

¿Qué opciones ofrece México a estos migrantes?

El nuevo plan fue anunciado por Washington como un intento de frenar la migración irregular de personas de Venezuela, que en el año fiscal de 2022 vio un incremento en sus llegadas a la frontera sur de un 293% respecto al período anterior.

Para incentivar la migración regular, se comprometió a admitir a 24.000 venezolanos siempre que cumplan con una serie de requisitos. Sin embargo, lo cierto es que solo durante el pasado septiembre, unas 33.000 personas del país sudamericano llegaron a la frontera sur de EE.UU.

Una de las grandes preguntas ahora es saber en qué escenario quedarán estas personas que EE.UU. ya ha empezado a devolver a México. Según organizaciones como Apoyo a Migrantes Venezolanos, México les está entregando órdenes de salida de su territorio de entre 15 a 20 días. Pasado ese tiempo, entrarían en una situación irregular en la que podrían enfrentar ser detenidos o deportados.

La opción más viable para ellos es la de pedir la condición de refugiado en México, que desde el mismo momento de la solicitud les protege de la deportación y otorga una cédula de residencia temporal para acceder a servicios públicos y poder trabajar.

Según Andrés Ramírez, coordinador general de la Comar, la tasa de reconocimiento del estatus de refugiados a venezolanos ha sido alta hasta ahora, rondando el 94% de casos positivos.

Hasta septiembre de este año, las 8.665 solicitudes de refugio recibidas ante la Comar por parte de venezolanos ya superaron el récord histórico de todo 2019, cuando se registraron 7.600.

Y tras conocerse el nuevo plan de EE.UU., Ramírez reconoce que desde el pasado lunes hay un aumento de afluencia de venezolanos que acuden a sus oficinas a pedir información. Sin embargo, “la mayoría” decide no hacer finalmente la solicitud.

Migrantes venezolanos frente a la Comar

Marcos González / BBC
Decenas de personas venezolanas aguardan estos días frente a las oficinas de la Comar para ser asesorados.

¿Por qué? Porque lograr la condición de refugiado en México les cerraría las puertas a su sueño de migrar a EE.UU. de manera legal.

“Un solicitante de refugio tiene que permanecer en la entidad federativa donde la solicita. Pero, sobre todo, EE.UU. ha dicho que no permitirá solicitar asilo a quien ya tenga un reconocimiento de refugiado en otro país. Así que, tras informarles, muchos dicen que tal vez no les conviene pedirlo en México, porque tienen metida la idea de ir al norte”, dice Ramírez.

Entrevistado por BBC Mundo, el titular de la Comar reconoce que este requisito deja en “una situación compleja” a quienes quieren o tienen necesidad de quedarse en México temporalmente, pero no quieren renunciar a entrar a EE.UU. en el futuro. “Es un dilema profundo y la decisión es de ellos”, apunta.

“Les crea un conflicto emocional terrible el tener que decidir si solicitan refugio en México para poder trabajar, pero esperando a la vez que no se lo aprueben muy rápido para poder irse a EE.UU. antes de que eso ocurra”, dice Rodríguez, que estima la duración del proceso en unos “6 a 8 meses”.

Venezolanos instalados en una calle de CDMX.

Marcos González / BBC
Muchos venezolanos están pasando los días en calles de Ciudad de México y otros lugares del país ante la imposibilidad de pagarse un alojamiento.

Aunque el no contar con un estatus de refugiado reconocido en otro país no es el único requisito que dificultará a muchos venezolanos el poder optar a los 24.000 permisos de entrada legal al país anunciados por Washington.

Además de necesitar de un patrocinador en EE.UU., los solicitantes deberán ingresar vía aérea en caso de ser aprobados, pese a que el país caribeño no cuenta con vuelos a destinos estadounidenses. y muchos ciudadanos tienen dificultades para lograr la renovación de su pasaporte.

También quedarán excluidos quienes hayan ingresado a México o Panamá después de la publicación de la norma, algo que no todos los venezolanos que están actualmente en estos países pueden acreditar al carecer de documentos de entrada.

Visa de entrada a México para venezolanos

Una opción con la que se podría evitar el tener que pedir refugio en México es la tarjeta de visitante por razones humanitarias que el Instituto de Migración mexicano (INM) expide “en casos de personas con enfermedades graves que necesitan permanecer en el país”, según Apoyo a Migrantes Venezolanos.

“Esta tarjeta permite trabajar y quedarse en México por un año y no haría perder la alternativa de pedir asilo en EE.UU. a quien lo desee. Es un mecanismo que ya existe y estamos proponiendo que lo consideren para esta contingencia que nadie esperaba que fuera a desbordarse de esta manera”, explica Lizbeth Guerrero, abogada de la organización.

BBC Mundo preguntó al INM sobre la posibilidad de expedir esta tarjeta a ciudadanos venezolanos en el escenario actual, pero hasta la publicación de este artículo no recibió respuesta.

Venzeolanos devueltos a Tijuana.

AFP
Más de 1.700 venezolanos fueron devueltos de EE.UU. a México solo durante los cuatro primeros días en vigor del nuevo plan.

Lo cierto es que el número de venezolanos en situación irregular se disparó ya en los últimos meses en México. Sus autoridades detuvieron a 35.562 migrantes de aquel país de enero a agosto de este año. Sin embargo, en todo 2021 fueron 4.360, según cifras del gobierno.

Activistas apuntan como una de las principales causas al hecho de que México exija desde enero una visa para los venezolanos que deben cumplir requisitos como mostrar arraigo en su país natal o una cuenta bancaria con al menos US$2.500.

“Explícame quién en Venezuela, salvo el enchufado, puede tener ese dinero ahorrado con un salario mínimo de poco más de US$20. Por no hablar de lo difícil que es conseguir cita para solicitar la visa. Ya hay personas en Venezuela que te cobran hasta US3.000 a cambio de darte una”, critica Guerrero.

Ramírez, de la Comar, recuerda cómo antes la mayoría de venezolanos que llegaban al país eran profesionales que viajaban en avión y que pretendían solicitar refugio y quedarse en México. Pero la imposibilidad de cumplir con las condiciones de esta nueva visa hizo que muchos comenzaran a hacer el largo y peligroso camino por tierra desde Sudamérica y que ahora opten por cruzar a EE.UU. en lugar de permanecer en tierras aztecas.

Venezolanos cruzando el rio Bravo

Getty Images
Desde que se les exige una visa para entrar en México, muchos venezolanos hacen el camino por tierra desde Sudamérica y prefieren tratar de llegar a EE.UU.

El sueño mexicano

En los testimonios de los venezolanos devueltos a México se repiten factores como las extorsiones y peligros sufridos durante el viaje, cómo en EE.UU. disolvían sus grupos para regresarlos por distintos puntos de la frontera mexicana, o cómo a muchos les quitaron el pasaporte mientras eran retenidos en EE.UU. y que no recuperaron hasta llegar a México.

“Cuando cruzamos la frontera, me separaron de mi mamá porque yo acababa de cumplir los 18. Nos tuvieron detenidos y nos sacaron encadenados de manos, pies y cintura. Nos entregaron a México en Tijuana y nos llevaron a Mexicali (en el norte), donde recuperé mis documentos”, explica la joven Fabiola frente a la Comar.

“Pero mi novio, que lo llevaron a Tabasco (sur), aún sigue indocumentado y le dieron 20 días para salir del país. Y de otras cuatro personas que viajaban con nosotros aún no sabemos nada”, recuerda.

“No”, responde al unísono junto a su madre cuando se le pregunta si volverá a intentar cruzar a EE.UU. “Fue horrible, es la primera y última vez que hacemos el viaje. Veremos si nos quedamos en México o volvemos a Venezuela… pero sin dinero, es difícil”, relata encogiéndose de hombros y mientras se prueba unos zapatos que le acaban de donar en la calle.

Adrián, un joven que dejó a sus dos hijos en Venezuela y que vivía hasta ahora en Perú, recuerda “con el corazón roto” cuando se enteró del nuevo plan migratorio de EE.UU. que hizo que su sueño americano se le escapara prácticamente de los dedos.

Adrián frente a la Comar

Marcos González / BBC
Adrián desea encontrar trabajo en México aunque sin descartar por completo la idea de llegar algún día a EE.UU.

“Cuando salió el decreto, yo estaba en la raya (de la frontera sur de EE.UU.), prácticamente entregándome. No sabía nada. Imagínese, que vas a cruzar con toda la ilusión y que lo expulsen a uno”, lamenta. Otros migrantes denuncian que aunque ingresaron a EE.UU. días antes del anuncio del 12 de octubre y permanecían en centros de detención, fueron igualmente expulsados amparándose en el nuevo programa.

Adrián, quien trabajaba como policía en su Venezuela natal, describe como un “infierno” el viaje por tierra hasta EE.UU., especialmente el tránsito por la peligrosa selva del Darién en Panamá. “Vi personas ahorcadas, animales comiéndose los muertos, ahogados… Ahí te roban, a ellas las violan… todo lo que usted se imagine”.

No descarta intentar postular al nuevo programa de entradas legales propuesto por EE.UU., pero reconoce que “es muy difícil” cumplir los requisitos. “Y mientras estoy aquí en México, ¿cómo vivo?”, se pregunta a la espera de recibir información en la Comar.

Tanto él, como Fabiola y Grecia viajaron hasta Ciudad de México tras ser expulsados de EE.UU., aunque muchos compatriotas permanecen en puntos fronterizos como Tijuana. Allí, los albergues para migrantes que ya acogían a cientos de haitianos y centroamericanos muestran ahora signos de saturación por la llegada de venezolanos y ante el temor de que la situación se pueda salir de control.

Adriana entregando agua a migrantes frente a la Comar

Marcos González / BBC
La mexicana Adriana entrega junto a su pareja agua y comida a los migrantes que acuden estos días a la Comar. Un familiar venezolano de ella permanece desaparecido tras intentar cruzar el Darién rumbo al norte.

“La crisis no ha hecho más que empezar en México. Será una crisis sanitaria, porque por ejemplo los venezolanos no estamos acostumbrados a este frío. Y también porque habrá gente que, si no consigue empleo, se vea obligada a delinquir para tener algo caliente en el estómago. Hace falta atención inmediata y que todos los gobiernos de la región busquen una solución al problema de raíz”, alerta Rodríguez.

“No tenemos plata, pero lo que no queremos es andar como mendigos. Porque para eso tenemos dos manos y dos pies, para trabajar. Estamos sufriendo pero solo queremos salir adelante”, asegura al respecto Adrián.

“A mí, ningún país me va a quitar un sueño. Teníamos el chorro abierto (para entrar a EE.UU.) y ya lo cerraron. Así que por ahora quiero trabajar aquí en México, que no se ve feo, para ganar dinero con el que pagar lo que debo y enviar a mis hijos. Como dice un amigo, también existe el sueño mexicano”, concluye.


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