A César le dijeron que tenía gripa, y a la semana murió
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A César le dijeron que solo tenía ‘una gripa’, y a la semana murió; la empresa intentó ocultar que fue COVID

“Deja de estar de llorón, es solo una gripa”, le dijeron a César en su trabajo; la empresa trató de ocultar que fue por COVID-19.
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18 de noviembre, 2020
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César Augusto Fernández, de 38 años, siempre quiso ser comunicador. La televisión, la radio, y la fotografía, fueron su gran pasión desde que comenzó a estudiar la carrera en la Universidad Veracruzana y luego dejó su Tierra Blanca natal para trabajar en varios medios en el puerto jarocho.

Pero pronto la violencia se atravesó en su camino. 

Corría el año 2012. Los años del exgobernador Javier Duarte, hoy preso. Y los años negros de los Zetas, de las extorsiones, de los secuestros, y de las agresiones a la prensa en una entidad que, durante el sexenio de Duarte, fue la más letal del mundo para el gremio, solo por detrás de Siria. 

Lee: “El COVID nos trajo discriminación”: Niegan empleo por tener diabetes, hipertensión y obesidad

Ante este panorama, César escuchaba a sus dos hermanos, Érick y Julio César, que en su grupo de WhatsApp le pedían que saliera de ese infierno. 

“Mi otro hermano, Julio César, trabajaba en una plataforma petrolera y le iba bien. Así que le recomendamos que también se metiera a la plataforma, aunque sabíamos que lo que amaba era la comunicación”, cuenta desde Tijuana Érick Fernández. 

César los escuchó. Y en 2012 puso tierra y mar de por medio, y empezó a trabajar arriba de una embarcación que daba mantenimiento a plataformas de Pemex en aguas de Ciudad del Carmen, en Campeche. 

No era su sueño. Pero el sueldo como coordinador de control de obras era mejor y además podía intercalar largas semanas en mitad del mar, con semanas en casa junto a su esposa y sus hijos. 

Así que todo iba bien para César Augusto. Hasta que en este 2020 llegó la pandemia de COVID-19. 

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“Cuando trabajaba en la comunicación toda la familia teníamos miedo por él -recuerda Érick-. Mi mamá a cada rato también le decía que ya se cambiara de trabajo para estar más seguro. Y pues mira donde fue a sucederle lo peor”. 

“Deja de estar de llorón y ponte a trabajar”

Rosa Andrea Esquivel Montero, de 32 años, es la pareja de César Augusto, y la madre de sus tres hijos: una niña de 11 años, la mayor; un niño de cuatro; y un bebé de apenas un año. 

Tras terminar la entrega de productos que vende a través de su página de Facebook para sacar algo de dinero con el que sobrellevar la pandemia, a las nueve de la noche acepta la llamada para esta entrevista. 

Nada más empezar la plática, Andrea suspira y ríe nerviosa. Dice que han pasado tantas cosas y tan rápidas que no sabe por dónde iniciar. Así que se arranca por el pasado mes de abril, cuando la pandemia arreció en México. 

En ese entonces, la preocupación de la pareja era que las semanas avanzaban y la llamada de la compañía de su pareja, Hasen del Golfo, una subsidiaria de Grupo Evya, no se producía y el dinero en casa se agotaba. 

“Nos dijeron que estaban tardando más tiempo en subirlos al barco por la pandemia, para no arriesgarlos tanto”, explica Andrea, que añade que, de hecho, a César Augusto y al resto de trabajadores les hicieron pruebas de todo tipo antes de regresar al barco, incluyendo la de COVID-19. 

Como salió negativo, la compañía lo llamó para darle el ok. Y el 26 de abril, como solían hacer antes de separarse por una temporada, Andrea y César se abrazaron, se besaron, y se despidieron. Esa fue la última vez que lo hicieron. 

Tras la llamada de la compañía, César Augusto recorrió más de 600 kilómetros hasta el puerto de Ciudad del Carmen, en Campeche, donde subió a La Bamba, la embarcación donde trabajaba. A bordo ya lo esperaba su compañero de camarote, el ingeniero de planeación Sergio Hugo Espinosa. 

Una vez en el barco inició con su trabajo habitual desde hace ocho años: enviar los reportes de cuántos trabajadores estaba laborando en las plataformas, qué materiales necesitaban, los costos, facturas, etcétera. 

Todo transcurría con normalidad, salvo por un detalle. “En una de las veces que pudimos comunicarnos por teléfono me dijo que notaba muy raro que les habían restringido el acceso a internet”, apunta Andrea. “No les permitían acceso a Facebook y les habían bloqueado los sitios web para leer noticias”. 

Aun así, la vida en la embarcación transcurría con normalidad. Empleados llegaban al barco y otros se marchaban en el funcionamiento habitual de un buque que da servicio a plataformas petroleras. 

Pero, el 30 de mayo saltó la alarma. César estaba muy preocupado porque su compañero Sergio Hugo estaba en cama y con síntomas de COVID-19. 

“Me contó que fue al doctor del buque para pedir que aislaran a su compañero en otro camarote mientras se determinaba si tenía o no el virus. Pero el doctor no le hizo caso. Le dijo que solo era una gripa”. 

Inconforme, César Augusto fue con un administrador de la empresa para plantearle su preocupación. La respuesta fue que no podían aislar a su compañero “porque no había camarotes disponibles”. Así que se dirigió entonces con representantes de Pemex, encontrándose con una respuesta mucho más contundente: “Le dijeron que no era nada, que dejara de estar de alarmista y de llorón, y que se pusiera a trabajar”, narra Andrea.

El veracruzano regresó a su puesto de trabajo, como le ordenaron. Hasta que el 4 de junio comenzó a sentirse mal. “Ya empecé con tos y fiebre, espero que no pase nada y regresar bien con ustedes”, le escribió por WhatsApp a su pareja. De nuevo, volvió con el doctor, que solo le dio un paracetamol porque aparentemente tenía “una gripa normal”. 

A la par, su compañero de camarote empeoró, por lo que, ahora sí, la empresa reaccionó y el día 8 de junio lo trasladó en helicóptero a tierra. De inmediato, César Augusto pidió que también lo sacaran del barco. Pero a él le dijeron que no. Que antes tenía que terminar su guardia.

“Amor, sácame de aquí”

César aguantó como pudo. Pero ya para el 10 de junio, casi una semana después de que avisara de que tenía los primeros síntomas, comenzó a tener dificultades respiratorias y desaturación de oxígeno. La compañía decidió sacarlo también, aunque a él no lo movió en helicóptero, sino en una lancha por mar abierto, tal y como muestra el pase de transporte marítimo con número CME-09062020-0095, del que este medio guarda copia. 

Este dato, el del traslado en lancha y no en helicóptero, es el que que la familia de César Augusto cree que pudo ser clave en el deterioro tan rápido que experimentó el veracruzano en apenas tres días. 

“¿Cómo bajas a una persona a una lancha en las condiciones en las que ya estaba mi hermano, con temperatura alta y dificultades para respirar, y lo pones a viajar durante seis horas por mar abierto, exponiéndolo a la humedad, al viento, al frío, etcétera?”, cuestiona Erick Fernández. “Definitivamente, más allá de que fue una negligencia, fueron inhumanos”. 

César Augusto llegó a la clínica del IMSS número 4 ese mismo 10 de junio. A Andrea la compañía no le avisó del traslado, sino que fue un compañero de trabajo el que lo hizo. Así que no fue hasta la noche del jueves 11 cuando la veracruzana tomó un autobús para trasladarse hasta Ciudad del Carmen.

Andrea llegó a la mañana siguiente, pero ya era tarde: “No pude verlo. Solo llegué para firmar el consentimiento para que lo intubaran. Estaba grave”.

Horas antes, durante el largo y tortuoso trayecto nocturno en autobús, Andrea dice que su pareja le escribió un mensaje. El último.  

“Me dijo: amor, sácame de aquí”.

Pero la evolución del virus fue rápida y fulminante. De nada sirvieron los anticoagulantes, ni los antivirales, ni la dexametasona, ni el intubado. Apenas iniciado el viernes 13, a las 0:32 horas, César Augusto falleció.

El reporte médico al que Animal Político tuvo acceso confirmó lo que el veracruzano alertó tantas veces cuando fue al médico de la embarcación y le dieron un portazo con la orden de que volviera a trabajar: que se había contagiado de COVID-19, la causa que le provocó la muerte a él y a compañero de camarote, Sergio Hugo, quien ya había fallecido un día antes. 

La otra odisea

Andrea Montero cayó en un profundo estado de conmoción. No se lo creía. Hacía tan solo unas semanas se había despedido de su pareja “perfectamente sano”, y de pronto estaba en una ciudad extraña donde alguien le había pedido por teléfono que fuera a recoger a César en una urna. 

Y, precisamente, en la funeraria fue donde comenzó la otra pesadilla. 

A pesar de que en documento con folio 200039550, expedido por el Hospital General de Zona Número 4 del IMSS en Ciudad del Carmen, se deja establecido por escrito que las causas de la muerte de César fueron “insuficiencia respiratoria aguda” y “neumonía atípica por COVID-19”, la funeraria se negó a incluir la palabra COVID-19 en la acta de defunción.   

Andrea les dijo que si no había muerto por COVID-19, que entonces le entregaran el cuerpo para llevarlo a enterrar a El Jícaro, una pequeña localidad del municipio de Tierra Blanca, en la cuenca veracruzana del Papaloapan, de donde era originario César. 

“Pero tampoco quisieron porque decían que, probablemente, había muerto por COVID-19, aunque en el acta no lo podían poner porque era una enfermedad que, según ellos, no estaba reconocida por el gobierno”, explica Andrea. 

La abogada laboralista Susana Prieto señala en entrevista que este tipo de matices en las actas de defunción de los trabajadores, como obviar que la causa de la muerte fue la COVID, está facilitando las cosas en esta pandemia para que las empresas evadan responsabilidades y demandas por posibles negligencias, o para evitar pagos por indemnizaciones o seguros de vida. 

Situación que también está provocando una avalancha de quejas de los trabajadores en esta pandemia ante la Procuraduría Federal de la Defensa del Trabajador (Profedet), que solo entre abril y finales de septiembre ha recibido 82 mil peticiones de asesoría por despidos injustificados, recortes arbitrarios, o impago de indemnizaciones, entre otros motivos.

En el caso de César Augusto, Andrea dice que la táctica de la empresa Hasen del Golfo fue no reconocer en ningún momento que su empleado había muerto por COVID. Incluso, asegura que llegó a ocultarles los registros clínicos de su pareja, donde quedaba establecido que la causa de muerte fue la COVID-19. 

La empresa les dijo que el reporte clínico lo tenía el hospital del IMSS donde César falleció. Y el hospital les dijo que el reporte se le había entregado a la persona que lo ingresó, es decir, a una doctora de la compañía. Pero cuando Julio César Fernández, el otro hermano de César, habló por teléfono con la doctora para pedirle el informe, esta se deslindó diciendo que desconocía quién lo había ingresado ese 10 de junio a la clínica, tal y como queda constatado en una grabación a la que se tuvo acceso.

“Casi nos dijo que César había ingresado él solito”, dice irónica Andrea. 

Érick agrega que otra de las tácticas de desgaste fue ignorarlos para no darles ninguna explicación por la semana que César estuvo en la embarcación con síntomas COVID-19 sin una atención médica especializada. 

“Marqué muchas veces a recursos humanos, pero nadie nos contestó”, expone Érick, que dice que a los pocos días la compañía ya estaba ofertando en Facebook las dos vacantes que dejaron su hermano y su compañero. 

“En la oferta de empleo la empresa aseguraba que manejaban todos los protocolos de seguridad e higiene por la pandemia. Y yo entonces, muy enojado, dejé el comentario de que no era cierto, y avisé a la gente para que tuvieran mucho cuidado, porque mi hermano y su compañero acababan de morir y la empresa no se estaba haciendo responsable de nada”.

Enseguida, la empresa reaccionó: lo bloqueó de su perfil de Facebook.

En paralelo, Andrea contactó a una abogada de Hasen del Golfo para informarle que su marido César Augusto le había comentado varias veces que, en caso de muerte, tenía un seguro de vida con la compañía por 500 mil pesos. Que, incluso, varios compañeros de su César se lo corroboraron.

Ante la insistencia de Andrea, la empresa la citó un 9 de julio en sus instalaciones en la colonia Miami de Ciudad del Carmen, casi un mes después de la muerte de César Augusto. 

Una vez de vuelta a esa ciudad que le provoca “terribles recuerdos”, la veracruzana dice que la empresa prácticamente “se burló” en su cara. 

“Se botaron de la carcajada y me dijeron que de dónde había sacado eso. Que no era cierto. Que solo era un apoyo por muerte de 100 mil pesos, de los cuales nada más me iban a otorgar 80 mil. Para mí fue una burla total, porque eso es lo que vale para ellos la vida de mi esposo: 80 mil pesos”.

Ese mismo día, los abogados de la empresa le pusieron delante a Andrea un documento en el que se establece que César Augusto, tal y como señala el certificado de la defunción elaborado por la funeraria, había muerto por “neumonía atípica”, sin que haya rastro de la palabra COVID-19 en todo el documento, y en el que se calcula un finiquito neto de 105 mil pesos.

“Yo les pregunté que por qué me daban el finiquito de mi esposo si él no renunció a su trabajo, ni lo habían despedido ¡El falleció por COVID en su trabajo!”, exclama Andrea, quien admite que acabó firmando el documento.

“Te agarran en un momento de tremenda inestabilidad emocional y económica, y te dicen: firma aquí, y si no, pues no te damos nada. Es decir, te agarran totalmente destrozada, sin dinero, sin saber qué hacer, ni a quién pedirle ayuda. Y pues claro que firmas lo que te pongan delante”. 

“No somos un simple número”

 A cuatro meses de la muerte de su hermano, Érick dice que el calvario continúa para la familia. Además del fallido seguro de vida por 500 mil pesos, su cuñada también está teniendo problemas para que ella y sus hijos reciban la pensión del seguro social por la muerte de César, debido a que no estaban casados legalmente, y a que la empresa también le negó las nóminas con las que hacer los trámites. Mientras que su madre tampoco ha podido cobrar otro seguro de vida que su hermano dejó con un banco. 

Por eso, Érick pide una mayor intervención de la Secretaría del Trabajo y de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos en casos como el de César. 

“Necesitamos secretarías más participativas -recalca-. Porque se tiene que hacer justicia. Nada me va a regresar ya a mi hermano, pero necesitamos que se haga justicia por él y por todos los que están pasando por esta situación”. 

Y a las empresas, concluye el veracruzano afincado en Tijuana, “hay que exigirles que sean más responsables, más humanas, y que realmente sigan los protocolos sanitarios, porque no somos un simple número”.

Animal Político buscó por medio de su página web y a través de correo electrónico y llamadas telefónicas a la compañía Hasen del Golfo, para solicitarle una entrevista o postura sobre este caso. Pero, al momento de publicar este reportaje, no había ofrecido respuesta. 

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El periodista de Ecuador que escribió su último relato desde un hospital antes de morir por COVID

Augusto Itúrburu murió por covid-19 el 15 de abril en Guayaquil, la primera ciudad latinoamericana en la que hizo estragos la pandemia. Su historia es el reflejo de una tragedia.
29 de diciembre, 2020
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2020 termina con más de 1,6 millones de muertos por covid-19, según los datos de la Universidad Johns Hopkins. Uno de ellos se llamaba Augusto Itúrburu, era ecuatoriano, tenía 40 años y murió en Guayaquil. Era periodista y su última crónica fue la de su muerte.

El escritor argentino Jorge Luis Borges escribió que “un solo hombre ha muerto en la tierra” y que afirmar lo contrario “es mera estadística”.

Pero en Guayaquil, la primera ciudad latinoamericana arrasada por la covid-19, murió Augusto y murieron muchos más, aunque todavía se discute por qué el virus se comportó como lo había hecho en muy pocos lugares a nivel mundial.

Dos ataúdes en una calle de Guayaquil

Reuters
Guayaquil fue la primera ciudad de América Latina en la que la covid-19 causó estragos.

El sábado 29 de febrero, Augusto estaba en la conferencia de prensa en la que cuatro funcionarios del gobierno nacional anunciaron el primer caso de coronavirus en Ecuador.

Desde hacía siete años se desempeñaba en la sección deportiva del diario público ecuatoriano, El Telégrafo.

La salud no era su tema, pero ese sábado le tocó guardia. La situación en el diario era precaria. Habían despedido gente y en los próximos meses despedirían a muchos más. Él lo sabía bien porque formaba parte del sindicato.

La paciente 0 era ecuatoriana y había llegado a Guayaquil el 14 de febrero desde Madrid para ver a su familia en Babahoyo, provincia de Los Ríos, informaron los funcionarios.

Al momento del anuncio la mujer estaba internada en terapia intensiva con pronóstico reservado. En 13 días moriría.

Augusto no hizo ninguna pregunta. Debía estar cansado de los temas médicos. Su madre había muerto hacía 14 días por un cáncer de estómago diagnosticado en 2017.

En la conferencia de prensa escuchó sobre un virus del que se había burlado en la intimidad de su hogar, pero que lo mataría un mes y medio después.

¿Por qué Guayaquil?

En la rueda de prensa de ese 29 de febrero hablaron la ministra de Salud, un técnico del Instituto Nacional de Investigación en la Salud Pública (INSPI), el presidente del Consejo Directivo del Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (IESS) y el viceministro de Gobernanza y Vigilancia de la Salud.

Antes de que Augusto muera el 15 de abril, los tres que ese día ocupaban cargos políticos ya no estarán en sus puestos.

La ministra Catalina Andramuño renunciará tres sábados después acusando a su propio gobierno de no haberle dado los recursos necesarios para enfrentar la emergencia.

El titular del IESS Paúl Granda presentará su renuncia el 9 de abril tras un escándalo de sobreprecios en compra de mascarillas. El viceministro Julio López será reemplazado cinco días después por un epidemiólogo.

Cementerio Guayaquil Ecuador abril 2020

Getty Images
En el primer mes y medio de la pandemia en Guayas murieron 16.000 personas, 13.000 más que en el mismo periodo del año anterior.

En ese mes y medio morirán en Guayas, la provincia donde está Guayaquil, unas 16.000 personas, 13.000 más que en el mismo período de 2019, según los datos del Registro Civil procesados por el periodista Paúl Mena del diario El Universo.

La única persona de aquel sábado que continúa en su cargo es Alfredo Bruno, el técnico del Instituto Nacional de Investigación en Salud Pública (INSPI) que participó del primer diagnóstico.

Él le recuerda a BBC Mundo que Ecuador fue el tercer país latinoamericano en detectar el virus en su territorio (luego de Brasil y México) lo que demuestra —en su opinión— que el sistema de vigilancia epidemiológica funcionó.

Con respecto a Guayas considera que distintos factores pudieron influir en la rapidez con la que el virus atacó la región.

Se refiere a factores geográficos como la ubicación de Ecuador entre los dos hemisferios, o que la ciudad reciba influencias climatológicas tanto de la corriente fría de Humboldt como de la corriente cálida de El Niño.

“La migración y la densidad poblacional también tienen su impacto, como ha ocurrido —por ejemplo— con el virus de la influenza. Guayaquil es un puerto de entrada que cuenta con más de 2.700.000 habitantes. Muy comercial, con un flujo constante de personas”, dice Bruno, quien es experto en microbiología.

Pie: Augusto Itúrburu (izq.), Luis Cheme (der.) y Elías Vinueza (centro der.) posan con el seleccionador de fútbol sub 17 de Ecuador, Javier Rodríguez.

Gentileza de Elías Vinueza
Augusto Itúrburu (izq.), Luis Cheme (der.) y Elías Vinueza (centro der.) posan con el seleccionador de fútbol sub 17 de Ecuador, Javier Rodríguez.

También destaca el hecho de que Ecuador fue uno de los primeros países de la región en enfrentar el virus y esto le jugó una mala pasada:

“Todos los países pensaban, como ocurre con otros patógenos, que existía una transmisibilidad cuando empezaban los síntomas o había mayor sintomatología, pero este virus ya se transmitía a través de personas asintomáticas, lo cual fue un limitante para poder contenerlo”.

Tras la guardia del fin de semana, Augusto regresó al diario el miércoles 4 de marzo.

Cuatro días después del anuncio del caso 0, se realizaba un partido de fútbol entre el equipo más popular del país, Barcelona de Guayaquil, contra otro conjunto ecuatoriano, Independiente del Valle.

“Cuando volvió yo le asigné el partido en el Monumental por la Copa Libertadores, el famoso partido del miedo“, le cuenta a BBC Mundo Luis Cheme.

Jefe y amigo de Augusto, Cheme habla del miedo porque dos días antes del partido, el gobernador de Guayas, Pedro Pablo Duart, escribió un tuit que decía “¡El virus más peligroso es el miedo! Pero no nos vencerá. El país debe continuar”.

El periodista recuerda que al día siguiente Augusto comenzó a sentir malestar.

“Él bromeaba, tosía y decía ‘ojalá que no sea coronavirus’. Y le respondimos que no había estado en contacto con ninguna persona contagiada”.

Al partido asistieron 20.000 personas, pocas para un encuentro del “ídolo del astillero”. 12 días después el país se paralizó.

La explosión

Entre el sábado 29 de febrero y el lunes 16 de marzo, día que el gobierno de Lenín Moreno declara el estado de excepción en todo el territorio ecuatoriano, el covid-19 contagia a miles de personas en Guayaquil, incluido Augusto. ¿O fue antes?

El gobierno del presidente Lenín Moreno impuso medidas para contener la emergencia desde inicios del mes de marzo, una vez el país reportó su primer caso de covid-19.

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El gobierno del presidente Lenín Moreno impuso medidas para contener la emergencia desde inicios del mes de marzo, una vez el país reportó su primer caso de covid-19.

Para Luis Cheme y Nelson Itúrburu, hermano de Augusto, él se contagió en las idas a los hospitales para curar esa tos que se volvería una infección de garganta.

Néstor Espinoza, que lo conocía desde los 12 años y fue quien presentó su hoja de vida en El Telégrafo en el año 2013, cree que su amigo contrajo el virus en el partido de fútbol y que contagió a más de una persona, incluyéndolo a él.

Y la novia de Augusto, Stefany Mideros, le contó a BBC Mundo que antes del partido él se sentía mal: “Nos dijimos que se iba a cuidar, pero él ya estaba con esa tosecita que después se agudizó; entonces para mí ya estaba contagiado por una prima que vino de Europa”.

Ninguna de estas tres hipótesis se pudo comprobar, aunque el tema de la migración como agente de contagio cobró fuerza por esos días.

Para Washington Alemán, director de la Unidad de Prevención de Enfermedades Infecciosas del Municipio de Guayaquil, cuando comenzó la epidemia en Europa —sobre todo en Italia y en España— hubo una estampida de migrantes ecuatorianos que regresaron a Ecuador.

El ex viceministro de Salud Ricardo Cañizares añade que cuando uno ve los casos en retrospectiva se puede deducir que la transmisión no empezó con la paciente 0:

“Tenemos migrantes en España, en Estados Unidos. Parece que muchos llegaron infectados a las zonas donde está la gente de más recursos, como Samborondón, pero a estas casas van mujeres de limpieza, van trabajadores, van albañiles; el virus cruzó todas las clases sociales, aunque murieron más personas de los estratos pobres“.

En este escenario, la pandemia se comportó, según Alemán, como solo lo había hecho en otras dos ciudades del mundo, Bérgamo en Italia y Manaos en Brasil:

“Son esas ciudades donde el virus hizo una explosión en su multiplicación exponencialmente veloz, lo que provocó que se contagiara mucha gente en muy corto tiempo, acompañado con una alta mortalidad”.

Luis Cheme

Matías Zibell
Luis Cheme recuerda con miedo aquellas primeras semanas de la pandemia. “Nunca habíamos visto algo similar, al principio uno lo ve desde lejos, cuando empiezan a morir personas cercanas, amigos, ves que es real”.

Así le dice a BBC Mundo Elías Vinueza, otro periodista de El Telégrafo: “Lo que nos sorprendió fue que los casos se reprodujeron en nuestro entorno: cuando creíamos que el virus podía estar en alguien lejano, ya estaba entre nosotros“.

“Yo tuve familiares, amigos y colegas que lo contrajeron en las primeras semanas y muchos de ellos fallecieron”.

Elías fue uno de los colegas a los que Augusto le contó los detalles de su internación, lo que ocurría en la sala del hospital donde estaba internado y su intuición de que no dejaría esa sala con vida.

El lunes 23 de marzo, Augusto Itúrburu entró al hospital de Los Ceibos para un estudio por sus complicaciones respiratorias y terminó internado.

Desde el hospital le escribió a Elías Vinueza: “Se me derrumbó todo”.

Cuando su amigo le dice que allí comenzará la recuperación, Augusto responde: “Lo dudo”.

El último relato

Como en el resto de América Latina, la historia de la pandemia en Ecuador tiene muchas caras.

Tiene el rosto del aumento de la violencia doméstica en el confinamiento, el de la pérdida de empleo y de los servicios básicos, ya de por sí precarios, colapsados.

En Guayaquil, se suma la odisea de los que tuvieron por días los cuerpos de familiares en sus casas o los que pelearon por recuperar los cadáveres de los suyos por semanas, así como las historias de los más de 100 médicos muertos en la primera línea de lucha contra la enfermedad.

Fueron imágenes que dieron la vuelta al mundo y le anunciaron a América Latina la devastación que el virus podía provocar.

La historia de Guayaquil, le dice a BBC Mundo el poeta y escritor Ernesto Carrión, es la de un puerto comercial que creció de forma desordenada, escondiendo debajo de la alfombra su pobreza. “Entonces en algún punto todo esto explota. La realidad se rebosa. Como ocurre cuando hay aguaceros y crímenes. Como ocurrió cuando el sistema de salud no dio abasto y la gente empezó a morir en la calle”.

Como la de su ciudad, la historia de Augusto también está plagada de contradicciones.

Era diabético pero amaba la gaseosa; un fanático del fútbol que no confesaba cuál era el club de sus amores; un amante de la comida esmeraldeña del local de su novia -como la masa de plátano verde en salsa de coco, que en la costa ecuatoriana llaman bolón encocado-, que al mismo tiempo trataba de cuidar su figura.

Hospital de Guayaquil

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La historia de la covid-19 se puede contar a través de los médicos que se enfrentaron a la covid-19 y de los que murieron.

Fue un hombre que entre el 23 de marzo -cuando lo internaron- hasta el 27 de ese mes -que lo entubaron- mantuvo el teléfono celular a su lado y contó, quizás por reflejo periodístico, lo que veía y sentía en una sala de hospital público.

Esta comunicación es inusual. La mayoría de los pacientes que ingresaron por covid-19 no pudieron hablar más con sus familias, sus seres queridos no supieron de ellos hasta que se recuperaron o murieron.

En cambio, Augusto, que el 12 de marzo había publicado su última nota para el diario (el caso de Emily Franco y Valeria Orobio, las dos únicas árbitras ecuatorianas calificadas para dirigir partidos de rugby), 11 días después comienza a contar su última historia.

“Sospechan que es coronavirus porque las radiografías muestran cosas raras; que pueden demorar unos tres días hasta saber”, le escribe a Elías Vinueza, su antiguo editor, desde el hospital.

José Balarezo

Matías Zibell
José Balarezo, amigo de Augusto, recuerda que el periodista no confesaba cuál era su club, en una ciudad amante del fútbol donde “no hay hinchas con criterio, hay hinchas fanáticos”.

Añade que está débil y que le cuesta pararse, que todo es un caos, y que comparte sala con otras 12 personas. Sólo le han dado paracetamol.

Mientras, su hermano y su novia esperan afuera del hospital y su padre está en la más estricta cuarentena en su casa.

Nelson, quien no vive en Guayaquil sino en la zona rural del Guayas, iba todos los lunes y esperaba afuera del hospital por noticias. “Allí vi morir como unas cuatro personas. La gente moría haciendo cola”, le dice a BBC Mundo.

El 24 de marzo Augusto le escribe a Elías sobre su mayor miedo: “Estoy viendo como entuban a la gente” y le cuenta que ya han comenzado a darle antibióticos.

Por la noche le envía un audio:

“Acá no dan respuesta de nada, me tienen con oxígeno y con suero. No sé si hay cómo mover alguna influencia para que me hagan el examen, y para que me den un buen tratamiento, porque siento que estoy jodido de los pulmones; no sé si estos manes me van a confinar así nomás. La verdad es que me comenzó a dar un poco de temor”.

A su novia, Augusto le escribe: “Sáquenme de aquí por favor”.

Pero el 25 de marzo le cuenta a Elías que está mejor de ánimo y que cuando salga se irá a Esmeraldas.

Un día después le han vuelto a ganar la ansiedad y el miedo. “Esto agota el cuerpo”, escribe. Es lo último que le dirá a su editor.

El robo

El 27 de marzo entuban a Augusto Itúrburu.

Ese día la alcaldesa de Guayaquil, Cynthia Viteri, escribe un tuit contra el gobierno nacional: “No retiran a los muertos de sus casas. Los dejan en las veredas, caen frente a hospitales. Nadie los quiere ir a recoger“.

El vicepresidente, Otto Sonnenholzner, le responde que “haga más” y que “hable menos”.

Dos mujeres en Guayaquil y de fondo el cuerpo de un hombre tapado en la calle.

Reuters
“No retiran a los muertos de sus casas. Los dejan en las veredas, caen frente a hospitales. Nadie los quiere ir a recoger”, escribió en Twitter Cynthia Viteri.

La contienda política llega al ámbito médico.

El 6 de abril el infectólogo Washington Alemán es invitado por la alcaldía guayaquileña junto con otros expertos para diseñar una estrategia contra el virus. Se sugiere entonces reforzar la atención médica en barrios y comunas.

“El Ministerio de Salud se preocupó más en armar las terapias intensivas. Lastimosamente, el 50% de personal sanitario se infectó y el resto de personal se ubicó en los hospitales esperando que llegaran los enfermos; por lo tanto, se descuidó toda la atención primaria y fácilmente se colapsó un sistema que, de por sí, era débil“, le dice el médico a BBC Mundo.

Para el ex viceministro de Salud Ricardo Cañizares, hay que tener en cuenta que el ingreso de la covid-19 en Guayaquil fue tan brusco que, para cuando el sistema intentó reaccionar, la transmisión del virus ya era comunitaria:

“Demoramos mucho, ya había demasiados enfermos que no podíamos contener. Entonces, ¿adónde van a ir los enfermos? Al hospital. Por eso no me atrevería a decir que el gobierno planificó enfrentar al virus en los hospitales, yo creo que se vieron casi obligados”.

La primera quincena de abril, los jefes y colegas de Augusto intentan cualquier camino para saber de él.

Uno llega a tomarle una foto a una pantalla donde aparece el nombre de una médica residente y le escribe a su perfil de Facebook. Nadie le responde.

La directora editorial de El Telégrafo, Carla Maldonado, habló con la gerente general del hospital el 14 de abril: “Me dijo que no estaba bien, pero tampoco estaba muy mal”.

“Al otro día Augusto murió“.

Tristemente, la tragedia no acabó allí.

“Yo estaba en la morgue cuando mi papá me llama, y me dice que han sacado la plata de la cuenta del banco, que la tarjeta (que tenía Augusto cuando ingresó al hospital) estaba activa y que esa mañana habían sacado la plata”, recuerda su hermano Nelson. Sus pertenencias tampoco aparecieron.

Ese día la portada de Fanáticos, el suplemento deportivo de El Telégrafo fue dedicada a Augusto. Pero el homenaje queda teñido por la noticia del robo.

“Es indignante, después de ver que a él lo internan y que se contagia posiblemente en el IESS, que le hacen tarde la prueba, que finalmente muere, y cuando piensas que no es posible que tanta negligencia le ocurra a una sola persona, ocurre el robo“, le dice a BBC Mundo Jéssica Zambrano, compañera del diario.

“Eso fue un golpe más para mi papá porque él se imaginaba que le habían estado robando a Augusto mientras estaba agonizando; a mí lo único que se me ocurre es que le preguntaron la clave de la tarjeta como para comprar algo cuando él estaba internado y esperaron a que muriera”, sentencia Nelson.

Maldonado cuenta que las autoridades del hospital se comprometieron a devolver el dinero robado. Nelson reconoce que la devolución se produjo, y afirma que le pidieron a su padre que retirara la denuncia, cosa que este se negó a hacer.

BBC Mundo contactó al establecimiento para conocer su versión, pero la institución declinó la entrevista argumentando que hay una investigación abierta.

El padre de Augusto, Nelson de nombre como su hijo mayor, murió el 10 de agosto, de un cáncer fulminante.

El que está solo

Todos los médicos del hospital contactados por BBC Mundo dejaron de responder a la solicitud de entrevistas cuando se mencionó el nombre de Augusto.

Sólo una doctora dijo que el robo fue una situación aislada, pero añadió: “Cuando hay caos, hay oportunidad”.

Esta oportunidad no se dio solo a nivel local.

El 21 de septiembre el diario El Comercio informó que un equipo de 30 fiscales había abierto hasta el 1 de junio 95 expedientes por corrupción en el país durante la crisis sanitaria.

“Según esa información en poder de la Fiscalía, solo en cuatro de las 24 provincias no se han detectado posibles hechos ilícitos. Los agentes han descubierto delitos, como cohecho, peculado, enriquecimiento ilícito, concusión y tráfico de influencias”, indican los periodistas Fernando Medina y Diego Puente.

Por el caso de Augusto, un hombre fue detenido con fines investigativos.

La Fiscalía respondió el 2 de diciembre a la petición de BBC Mundo que no puede dar información porque el caso se encuentra bajo investigación.

Luego de ese brote feroz en Guayaquil, los altos índices de infección y mortalidad se mudaron a la Sierra ecuatoriana, especialmente la provincia de Pichincha, donde se encuentra Quito.

En círculos políticos y mediáticos se habló entonces del “milagro guayaquileño”. La ciudad no ha vuelto a tener un rebrote, aunque este diciembre se han encendido las alarmas nuevamente por el incremento de casos.

Desde la administración municipal, Washington Alemán dice: “Fuimos los primeros y nos costó muy caro pagar con todas las víctimas que pagamos. El consuelo es que salvamos vidas, el desconsuelo es que se nos murieron más de 10.000 compatriotas, entre amigos, colegas y familiares”.

Los amigos de Augusto del diario que perdieron el trabajo con los despidos masivos de julio tuvieron que manifestarse para cobrar sus liquidaciones.

“Cuando hacíamos las protestas pensábamos que Augusto hubiera estado primerito, hubiese organizado las protestas porque a él le gustaba organizarnos y estar pendiente; así lo recuerda la gente que formó parte de El Telégrafo“, dice Luis Cheme.

Uno de los últimos mensajes que Augusto Itúrburu le escribió a su novia desde el hospital la última noche que tuvo el teléfono con él quedó registrado a las 21:32 de ese 26 de marzo.

Dice: “Se murieron tres”.

Dos hombres llevan un ataúd por las calles de Guayaquil.

Reuters
2020 termina con más de 1,6 millones de personas muertas por covid-19.

Borges escribe que “un solo hombre ha muerto en los hospitales, en barcos, en la ardua soledad, en la alcoba del hábito y del amor”.

Su poema “Tú” cierra con 10 palabras: “Hablo del único, del uno, del que siempre está solo”.


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