“¿Por qué no hay detenidos?”: familias de desaparecidos de Nuevo Laredo
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Fotos: Alejandro Ponce

“¿Por qué no hay nadie detenido?” cuestionan familias a más de dos años de las desapariciones de Nuevo Laredo

La judicialización de uno de los 47 casos que investiga la FGR es una esperanza para los allegados de las víctimas. Denuncian, sin embargo, que las pesquisas van muy lentas y que no hay voluntad de llevar a los marinos ante el juez.
Fotos: Alejandro Ponce
Por Alberto Pradilla y Arturo Ángel
7 de noviembre, 2020
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Simeón Reyes Lima salió de casa de su hermana Fabiola en la colonia Buenavista de Nuevo Laredo, Tamaulipas, y jamás regresó. Aquella noche había llegado con un amigo a tomar unas cervezas y le mandaron al Oxxo a comprar algo. Eran las 23 horas del 4 de mayo de 2018. Menos de 12 horas después su cuerpo era identificado en la carretera Colombia 122, el municipio de Anáhuac, Nuevo León, a 66 kilómetros de distancia.

Lo habían enterrado a otros dos cadáveres, los de Juan Carlos Rendón Vega y Humberto Coatzozon Zapot, y tenía tres disparos en la cara, aunque lo que lo mató fue un balazo directo en la sien. Además, mostraba signos de tortura: golpes, cortes, quemaduras.

Leer más | ‘Fueron los marinos’: FGR investiga a grupo de élite de la Marina por desaparición de 47 personas en Nuevo Laredo

La camioneta del Comité de Derechos Humanos de Nuevo Laredo se adentra entre las brechas; familiares denuncian la falta de compromiso de las autoridades para acompañarlos en las búsquedas.

La camioneta del Comité de Derechos Humanos de Nuevo Laredo se adentra entre las brechas; familiares denuncian la falta de compromiso de las autoridades para acompañarlos en las búsquedas.

“Yo sé que fueron los marinos”, dice Fabiola Reyes Lima, su hermana. Cuenta que, poco tiempo después de que su hermano abandonó la vivienda, unos amigos llegaron a avisar: Simeón había sido capturado por integrantes de la Armada. Los asistentes a una fiesta fueron testigos de cómo se lo llevaban. Allí, como prueba, quedó la troca en la que se movía el mecánico. Fabiola, una mujer recia y decidida, no se iba a quedar de brazos cruzados. Agarró el vehículo de su hermano y salió detrás de los coches oficiales.  

“Pregunté en el cuartel de El Laguito si tenían razón de mi hermano, pero me dijeron que ellos no tenían autorización y que siempre les echaban la culpa de las desapariciones”, explica. A partir de ahí comienza una noche en el infierno: horas de romería a contrarreloj de institución en institución, sin obtener ninguna respuesta. La angustia ante cada negativa. El temor de que a Simeón le hubiese ocurrido algo. Primera parada: la antigua Procuraduría General de la República (PGR). Nada. Segunda: un campamento que los marinos utilizaban en las afueras de Nuevo Laredo. Nada. Ni rastro. Hasta las seis de la madrugada, cuando encontraron el cadáver a casi una hora de distancia en coche. 

El cuartel Leona Vicario de la Marina fue uno de los tres sitios donde madres y esposas fueron a buscar a sus familiares desaparecidos en 2018.

El cuartel Leona Vicario de la Marina fue uno de los tres sitios donde madres y esposas fueron a buscar a sus familiares desaparecidos en 2018.

“Me regreso de mi casa y me hablan en la mañana unos periodistas que habían encontrado unos cuerpos. Me fui a checar y ahí estaba mi hermano”, explica Fabiola. El horror de identificar los restos fue inmediato, un golpe seco. La herida que causa la indiferencia de las instituciones es una tortura lenta y constante. Desde que se llevaron a su hermano (“los marinos”, insiste ella) y acabaron con su vida, nadie le ha dado una explicación. No hay detenidos, ni investigados, ni citaciones judiciales ni sospechosos. No hay nada más que puertas a las que Fabiola toca pero que siempre se encuentra cerradas.

“La fiscalía no me ha querido responder nada. Una sola vez fui a Ciudad de México a ver la carpeta, pero no tenían ningún avance. Les hablo y ni los mensajes me contestan”, explica. Un ejemplo: el mes pasado cambió su asesor legal en la FGR. Y no es la primera vez. Ya son cuatro los funcionarios que han pasado por su expediente. Con cada cambio, una cara nueva que se encuentra con una investigación que jamás vio en su vida y un proceso que vuelve al punto cero. 

“Yo solo quiero que se haga justicia. Saber quién es el culpable”, dice.

La desaparición y muerte de Simeón Reyes Lima es una de las últimas que se atribuye al operativo especial que la Marina desplegó en Nuevo Laredo entre diciembre de 2017 y junio de 2018. Según la Fiscalía General de la República (FGR), hay al menos 47 víctimas dentro de 34 carpetas de investigación por desaparición forzosa y posible ejecución extrajudicial que investigan a la Unidad de Operaciones Especiales de la Armada. Se trata del mayor caso de estas características desde los 43 estudiantes de Ayotzinapa, a los que se busca desde septiembre de 2014. Las familias, sin embargo, denuncian la pasividad de la justicia. Solo una de las carpetas, la de Julio César Viramontes Arredondo, desaparecido en febrero, ha llegado a un tribunal. En ella, la FGR apuntala la versión de las familias, señalando a la Unidad de Operaciones Especiales de la Semar. Pero el juez ni siquiera ordenó detener a los oficiales implicados, a pesar de reconocer que existen sólidos indicios que los vinculan con los crímenes.

Para Gregoria Ochoa, las búsquedas de sus familiares es ir a buscar una esperanza, una esperanza de encontrar cuerpos, pero también una oportunidad de acompañar a sus compañeras.

Para Gregoria Ochoa, las búsquedas de sus familiares es ir a buscar una esperanza, una esperanza de encontrar cuerpos, pero también una oportunidad de acompañar a sus compañeras.

“Juntas es mejor”

“El dictamen médico dice que murió por impacto de bala en la sien. Tenía tres disparos en la cara, pero el tiro de gracia se lo dieron en la sien. Además, lo maltrataron. Lo sé porque yo lo reconocí: tenía golpes, impactos de bala, sus manos estaban como tasajeadas”, dice Fabiola. Es domingo, 4 de noviembre y la mujer, junto con otras compañeras, camina por un punto cercano a la orilla del Río Bravo. Realizan una breve búsqueda interrumpida por la presencia de elementos sospechosos. Aunque ya encontró a su hermano, ella sigue acompañando a las que todavía buscan. “Somos un colectivo de búsqueda, busco lo mismo que ellas, justicia. Además, juntas es mejor”, explica. 

El dolor genera lazos de unión muy sólidos. Estas mujeres, abandonadas por las instituciones, han generado el espacio de apoyo muto que el Estado no les proporciona. En los últimos dos años recibieron el apoyo del Comité por los Derechos Humanos de Nuevo Laredo, de la Comisión Nacional para los Derechos Humanos (CNDH) y hasta de la ONU. A pesar de que recopilaron evidencias y testimonios que señalan a la Marina, sienten que las investigaciones no avanzan. 

“Yo sé que ellos fueron. De hecho, hay un testimonio del lugar del que se llevaron a mi hermano. La señora tenía cámaras y grabó lo que ocurrió. A los dos o tres días llegaron los marinos y le amenazaron, por lo que tuvo que entregar las grabaciones”, explica. 

Fabiola necesita saber quién mató a su hermano. Hay compañeras que ni siquiera saben qué ocurrió con sus seres queridos y sufren el limbo del desaparecido. Ni está muerto, porque no hay un cuerpo al que velar, ni está vivo, porque ya no forma parte del día a día de sus seres queridos. Es el caso de Erika Janneth Castro Martínez, de 30 años, que busca a su esposo, José Luis Bautista Carrillo, desaparecido el 19 de mayo de 2018. Ella no necesita testigos para saber que fueron los marinos lo que se lo llevaron. Ella misma lo vio, porque estaba presente.  

“Estábamos en una reunión de comerciantes, de yonkeros. Mi esposo se dedica a la compra-venta de autos. Y había un convivio. Eran las 6 de la tarde cuando llegaron tres patrullas de la Marina disparando, sometiéndonos. Yo fui víctima también de sometimiento”, afirma, tomando un descanso mientras sus compañeras revisan uno de los muchos caminos de terracería en las afueras de Nuevo Laredo.  

Erika Castro, como muchos familiares, tiene una manta con los datos de la desaparición de su esposo José Luis Bautista Carrillo; también tiene un pequeño altar y sus cosas guardadas en su sitio.

Erika Castro, como muchos familiares, tiene una manta con los datos de la desaparición de su esposo José Luis Bautista Carrillo; también tiene un pequeño altar y sus cosas guardadas en su sitio.

“Nos tiraron al piso. Nos golpearon. Fue alrededor de una hora lo que estuvimos privados de la libertad”, recuerda. En mitad de la confusión, llegaron familiares de los comerciantes y se armó una discusión. Todo el mundo iba de un lado a otro. En medio de la confusión, una camioneta de los marinos abandonó el lugar. “Ahí se llevaron a mi esposo”, afirma. 

Cuando se dio cuenta de que José Luis faltaba, cuanta Erika que organizó a sus familiares y salieron en su búsqueda. Acudieron al cuartel de la Marina, pero solo se encontraron la puerta cerrada y a los uniformados que aseguraban que ellos no tenían nada que ver. 

“Siempre se burlaron de nosotros. Nos decían que ellos no llevaban a nadie, siendo que, en mi caso, como era un convivio grande de comerciantes, hubo hasta reporteros que llegaron. Hay fotos, hay videos de ese momento. Y en gran parte de las fotos y videos están los marinos. Ellos decían que no y que no, pero salen en las fotos y en los videos. Pero siempre hay una negativa de parte de ellos, dicen que ellos no fueron, pero yo fui testigo de cómo se lo llevaron”, dice. 

Erika observa las camisetas de futbol de su esposo José Luis, desaparecido el 19 de mayo de 2018.

Erika observa las camisetas de futbol de su esposo José Luis, desaparecido el 19 de mayo de 2018.

En aquellos primeros momentos, ante la ausencia de las autoridades, Erika fue la que se encargó de buscar. “Yo he recorrido casi todo Nuevo Laredo en búsquedas de brechas, pero particular, con mi familia, con amigos. Desde que se llevaron a mi esposo no paré ni un día en búsquedas de brechas. Fueron muchos meses que anduve yo por todos estos lados, buscando, escarbando”, explica.

En una de esas jornadas agotadoras de buscar hasta debajo de las piedras, Erika encontró. En una brecha ubicada en las afueras de Nuevo Laredo, halló los cuerpos de Margarita Torres Reyes y de Javier Alfaro Ortega, que llevaban desaparecidos desde hacía un mes. “Estaban en una fosa clandestina, en estado de putrefacción”, recuerda. 

Desde entonces, la mujer sufre la angustia de no saber qué hicieron con su esposo y la desesperación de ver que las investigaciones no avanzan. “En la FGR nos dicen que sí, que van a hacer, pero no hacen”, se queja. Y las búsquedas son complicadas. Dice que cada vez que estaba prevista alguna, se cancelaba porque las autoridades alegaban que no hay condiciones de seguridad. La pandemia de COVID-19 no ayudó. Desde marzo los operativos se cancelaron, aunque recientemente la CNB ha vuelto a impulsar búsquedas en diferentes puntos de la República.

Erika solo espera dos cosas: que se retomen los rastreos hasta saber qué fue de su esposo y que la FGR haga su trabajo y siente en el banquillo de los acusados a los responsables de la desaparición. 

“No me explico por qué en Nuevo Laredo pasan estas cosas. Pero en este caso fue la autoridad, quien supuestamente te tiene que cuidar. Y ya no sabemos quién es más delincuente”, lamenta. 

Más de 2 mil desaparecidos en Nuevo Laredo

El contexto de Nuevo Laredo es complejo y marcado por la violencia. Tamaulipas es un estado con leyenda negra, por la fuerte actividad del crimen organizado. En concreto, en este municipio opera el Cartel del Noreste, una de las escisiones de los antiguos Zetas, el temible cartel formado por exmilitares que se voltearon a las autoridades y se pasaron al bando del narcotráfico. Aquí las desapariciones son terriblemente comunes. Por ejemplo, de las 77 mil 703 personas desaparecidas o no localizadas que contabiliza el registro de la CNB, un total de 11 mil 209 proceden de Tamaulipas. Dentro del estado, Nuevo Laredo es un punto negro, ya que se busca a 2 mil 068 personas del municipio. 

A la presencia del crimen organizado se le suman los constantes casos de ejecuciones extrajudiciales y abusos por parte de la autoridad. Apenas un año después de las desapariciones de la Marina se registró la muerte de ocho personas en la colonia Valles de Anáhuac, ubicada a las afueras de Nuevo Laredo en el que ocho personas fueron asesinadas en un operativo de la Policía estatal y el Ejército. Las víctimas fueron presentadas como si fuesen miembros de un grupo armado, pero pruebas aportadas por las familias desvelaron que se trataba de un montaje. Este mismo año, el 3 de septiembre, efectivos de la Sedena acribillaron un vehículo en el que transitaban varios integrantes de un grupo delictivo sin tomar en cuenta que en la parte de atrás del vehículo había tres civiles secuestrados. Los tres fueron ejecutados. 

La carretera Nuevo Laredo-Monterrey es un amplio desierto en el cual familiares han encontrado a personas desaparecidas. Su búsqueda continúa, pese a la falta de compromiso de las autoridades.

La carretera Nuevo Laredo-Monterrey es un amplio desierto en el cual familiares han encontrado a personas desaparecidas. Su búsqueda continúa, pese a la falta de compromiso de las autoridades.

Este caso, sin embargo, sigue siendo el más complejo, por su dimensión, porque los señalados son Marinos, un cuerpo que ganó influencia ante la creencia generalizada de que el resto de corporaciones estaban infiltradas por diferentes grupos del narcotráfico. Ese prestigio le llevó a participar en operativos como la recaptura de Joaquín “Chapo” Guzmán, en 2016, uno de los triunfos que se apunta Marco Antonio Ortega Siu, entonces jefe de la Unidad de Operaciones Especiales de la Marina y señalado por su responsabilidad en el despliegue de Nuevo Laredo. 

Un hijo que se desvanece tras recibir un disparo en la espalda

“Esa es la justicia que nos cuida, que nos protege, la que nos da protección, que confiemos en ella… ¿esa es la autoridad? No, esa no es la autoridad, ya uno tiene miedo de salir a la calle, de ir a ciertas horas en la noche porque ya tienen miedo de todo, por lo menos ahora que mi hijo desapareció a mí me da miedo todo”. Gregoria Ochoa busca a su hijo, Edgar Alberto Treviño Ochoa, desaparecido el 21 de mayo de 2018.

“Hubo un enfrentamiento, venían persiguiendo un carrito y les empezaron a disparar, y cuando les empezaron a tirar hubo un corredero de gente y en eso corrió mi hijo y fue cuando le dispararon un balazo en la espalda y fue cuando lo levantaron con vida, aun así los Marinos y se lo llevaron”, explica la mujer. Dice que su hijo estaba frente a al panteón Los Ángeles, en la salida hacia Monterrey, buscando empleo. Pero se armó la balacera y recibió el disparo. 

“Nomás nos dijeron ‘vaya y búsquelo para donde lo habían levantado. Todo ese lugar, lo nombraban… un autolavado, que ahí lo buscara más para el autolavado. Nada más”, dice. 

Los testigos de la balacera apenas acertaban en darle el rumbo que habían tomado los marinos. “Él siempre usaba una camisetita y otra abajo y yo espera encontrarla tirada, una camisetita o algo de él y no, pero no encontré nada. Hasta ahorita no tengo noticias de mi hijo ni nada, solamente sé que los Marinos se lo llevaron con un disparo en la espalda”, explica.

Hace un año, Gregoria tuvo esperanza. El 3 de octubre de 2019 fue encontrado un cuerpo en la orilla del Río Bravo, a la altura del kilómetro 18. La llamaron del Servicio de Medicina Forense (Semefo) para hacer la identificación y ella aseguró que se trataba de su hijo. Sin embargo, las pruebas de ADN le dijeron que no, que ese no era su hijo. Aunque los resultados son confusos. Los exámenes de las autoridades estatales dicen que se trata de un varón, pero que no era su hijo. Los que realizó la FGR dicen que se trata de una mujer, por lo que tampoco puede ser su hijo. A pesar de ello, Gregoria pide una tercera revisión que sea efectuada por un perito independiente. Aunque sea, por quitarse la duda de encima. 

Durante todo este tiempo, las familias han tenido que soportar el “algo-habría-hecho” como carga. Las voces al interior de Nuevo Laredo, a través de páginas de Facebook o Twitter, que aseguran que si los desaparecieron era porque andaban en el crimen organizado. Que no fueron los marinos, sino sicarios, los que se los llevaron. Gregoria responde que, si hubiese andado en malos pasos, debería ser juzgado, jamás secuestrado. “Para mi era un hijo bueno. Dejó dos hijos pequeños. Toda la gente lo aprecia allá donde vive”, dice, sollozando.

“Se acaba todo. Se acaba todo. Yo era una de las personas de que muy alegre, a veces me doy ánimos sola porque es muy duro para mí. Un hijo desaparecido es muy difícil, es muy duro tener un hijo desaparecido”, dice, sin poder evitar las lágrimas. “No encontrarlo, no verlo, no estar con él, no convivir como convivamos. Acabaron con mi vida completa, estoy de pie porque Dios es bien grande pero, no”, dice.

Jessica presentó videos como prueba, pero sigue esperando

Si había un caso que las familias de los desaparecidos de Nuevo Laredo creían que podría judicializarse, este era el de Daniel Trejo, a quienes los marinos se llevaron de su casa junto a su amigo Gabriel Gaspar Vázquez. Ocurrió el 27 de marzo de 2018 en una casita que la víctima había comprado junto a su esposa, Jessica Molina. Si este caso tiene algo de diferente es que unos vecinos del matrimonio tenían instaladas videocámaras y grabaron el momento en el que los uniformados allanaron el domicilio. La mujer, que en aquel momento estaba convaleciente de una operación, recuerda cada instante de aquel horror. 

Jessica Molina busca a su esposo Daniel Trejo, quien fue sustraído de su domicilio la noche del 27 de marzo de 2018.

Jessica Molina busca a su esposo Daniel Trejo, quien fue sustraído de su domicilio la noche del 27 de marzo de 2018.

“Hay muchas cosas que a mí me dicen que aparte del entrenamiento que era notorio que era Marina, que no eran improvisados vamos, el uniforme, las armas, cómo se manejaron y cosas que nos preguntaron”, explica. En su memoria han quedado grabados los golpes que le daban a su esposo, las amenazas que recibió, el temor a que los matasen ahí mismo, la sorpresa que los uniformados se llevaron cuando comprobaron que ella es ciudadana americana. “Yo nunca he tenido dudas de eso, de que eran marinos, aunque hayan querido decir que fue el cartel que fueron disfrazados, yo de eso nunca he tenido duda”, afirma.

El hecho de tener pruebas contundentes como los videos llevaba a Molina a pensar que la FGR podría presentar su caso rápidamente ante un juez. Pero no ha sido así. Dice, molesta, que apenas acaban de iniciar una línea de investigación que ella misma proporcionó al inicio, cuando se llevaron a su esposo. 

“Búsquedas de escritorio, eso es lo único que han hecho”, denuncia. “La fiscalía está aquí nada más para seguirnos dando largas, no tiene ninguna disposición de investigar, porque nos están investigando a nosotros”, se queja. Nuevamente, la criminalización. El “algo-habrá-hecho”. “Nos dicen que si tu familiar tenía antecedentes penales, que si tu familiar era esto, que si familiar era el otro, cuestionan los amigos de los amigos de los compañeros, de sus familiares desaparecidos, con quién se juntaban y cosas así. Eso es lo único que tiene fiscalía en su mente, investigarnos a nosotros, no seguir las líneas de investigación que hemos aportado”, se queja.

La noticia de que un juez de Reynosa, Tamaulipas, vio indicios para acusar a nueve marinos por la desaparición forzosa de Julio César Viramontes Arredondo fue una de las esperanzas del año. Que los presuntos responsables sigan en libertad convirtió la esperanza en jarro de agua fría. “Es indignante para nosotros como víctimas, porque no es como si se pasaron una luz roja de un semáforo, son desapariciones forzadas, son acusaciones muy serias”, afirma.

Ante las acusaciones de falta de diligencia que plantean las familias, la FGR responde enumerando una lista de búsquedas, tanto en vida como tratando de encontrar los cuerpos. Alega que se inspeccionaron las tres bases de la Marina en Nuevo Laredo y que se realizaron pesquisas en cárceles de Nuevo León, Querétaro, Oaxaca, Baja California, Coahuila, Tamaulipas, Nayarit, Jalisco, Sinaloa, Ciudad de México, Durango y Veracruz. También, que se revisaron diversas brechas. La Marina, por su parte, afirma que dará cumplimiento a la recomendación 36VG/2020 que la señala como responsable de 27 desapariciones forzosas. Asegura que pondrá a su personal a buscar a los desaparecidos que ellos mismos, presuntamente, se llevaron. 

Pero nada de esto resuelve el principal problema de Molina y sus compañeras: saber dónde están sus seres queridos y castigar a aquellos que se lo llevaron. La mujer, asegura, está harta de promesas. Recuerda, por ejemplo, cuando el subsecretario de Derechos Humanos, Alejandro Encinas, le aseguró en Washington, en una sesión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, que el gobierno de Andrés Manuel López Obrador había llegado para acabar con la impunidad. Y lamenta que, en su caso, esto no ha sido así. Que los marinos se retiraron de Nuevo Laredo, pero que ninguno ha sido detenido hasta la fecha. 

La Unidad de Operaciones Especiales de la Semar está bajo sospecha. Para Molina, esto es muestra de hasta dónde llega la impunidad. “Nosotros aquí en Nuevo Laredo teníamos una unidad de operaciones especiales. Estás hablando de lo mejor de lo mejor de la marina. Entonces, yo siempre cuestione, “¿me estás diciendo que tenemos lo mejor de lo mejor en la Marina aquí en Nuevo Laredo, para resguardar Nuevo Laredo, para proteger Nuevo Laredo, para apoyar a Nuevo Laredo y me estás diciendo que todas estas desapariciones pasaron en tus narices y que dices que no fueron ustedes los elementos de la marina entonces quién fue? Entonces ¿por qué no hay nadie detenido por todas estas desapariciones?”. 

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Daniela Robles-Espinoza, la mexicana a la caza de los secretos genéticos del melanoma

Un cáncer casi desconocido aparece en pies y manos de personas con pieles no blancas. Esta científica mexicana quiere encontrar sus causas y sus curas.
29 de octubre, 2021
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En el 2015, un miembro del comité que revisó su tesis doctoral en la Universidad de Cambridge, Reino Unido, le dijo que si regresaba a México se “desvanecería en la mediocridad”. Pero la bioinformática Daniela Robles-Espinoza cree que pasó todo lo contrario.

“Regresé a mi país, empecé mi propio laboratorio y ahora tenemos suficientes fondos para investigar la genética y genómica del cáncer en México”, escribió en Twitter en 2018.

Robles-Espinoza (San Luis Potosí, 1986) lleva los últimos cuatro años de su vida tratando de desentrañar los secretos genéticos detrás de un desconocido melanoma que aparece en las plantas de los pies y las palmas de las manos, sobre todo en personas de Latinoamérica, Asia y África.

El melanoma es el cáncer de piel más mortal del mundo, responsable del 75% de las muertes por cáncer de piel en Estados Unidos y Europa, donde más se ha estudiado. Otros tipos (los carcinomas espinocelular y basocelular) son más comunes, pero menos agresivos.

Melanomas hay de varios tipos, la mayoría causados por la exposición excesiva al sol y algunos menos comunes, como los que aparecen en las mucosas. Pero las causas del que indaga Robles-Espinoza, el llamado lentiginoso acral,son todo un misterio.

La científica de 35 años estudió ciencias genómicas en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), una carrera nueva de la que no se había graduado ni un solo estudiante cuando ella empezó.

“Era pura química, biología y matemática. Yo no sabía qué iba a hacer con esa carrera, pero sonaba muy divertido”, cuenta.

Melanoma lentiginoso acral en la planta del pie.

Getty Images
El melanoma lentiginoso acral aparece en forma de lunares irregulares, sobre todo en la planta de los pies.

Cuando estudió el bachillerato, en su instituto los preparaban para enviarlos a diferentes universidades internacionales a sacar sus posgrados. “Traían speakers de todo el mundo”.

Uno de ellos se convertiría después en su mentor en la Universidad de Cambridge, donde hizo su doctorado y posdoctorado.

Durante sus seis años en Reino Unido estudió el principal tipo de melanoma, el que aparece en pieles blancas por la exposición excesiva al sol. Allí identificó un gen con cambios en su estructura que ayudó a explicar por qué ciertas familias de Inglaterra desarrollaban melanoma y otros tipos de cáncer.

Uno de sus profesores de la carrera de ciencias genómicas le ofreció regresar a México en 2016, al recién creado Instituto Internacional de Investigación sobre el Genoma Humano (LIIGH, por sus siglas en inglés), que había abierto sus puertas un año antes.

Allí desarrolló su propio grupo de trabajo para estudiar el melanoma en pieles mexicanas.

Estudiar pieles “no blancas”

Robles-Espinoza se define como una científica bastante rebelde. “Me paso peleando con la ciencia colonialista en Twitter”.

Por eso cuando volvió a México decidió enfocarse en estudiar las poblaciones de su país. El primer paso fue sentarse a conversar con médicos para saber qué estaba pasando con el melanoma allí. Y esas pláticas le cambiaron el rumbo a sus investigaciones.

“Me dijeron: ‘No, no, aquí tenemos otro tipo de melanoma que no es causado por el sol ni por los rayos ultravioleta. Yo no tenía idea”.

Es así en al menos un 44% de los casos,según el estudio “Melanoma en México: características clínico-patológicas en una población con predominio del subtipo lentiginoso acral”, publicado en el 2016 en la revista Annals of Surgical Oncology, en el que analizaron muestras más de 1.200 pacientes.

Es un tipo de melanoma del cual se sabe poco, que aparece en las plantas de los pies sobre todo, pero también en las palmas de las manos y algunas veces bajo las uñas en forma de lentejas oscuras.

Nadie sabe con exactitud por qué sucede.

Al estar en partes del cuerpo a las que no llega usualmente la luz del sol, es muy probable que no lo incite la radiación UV.

Pero la gran mayoría de estudios sobre melanomas se centra en poblaciones de Estados Unidos, Europa y Australia. En parte por eso, dice Robles-Espinoza, se sabe poco de las pieles no blancas que lo desarrollan.

Así fue como la científica encontró su próximo foco de estudio.

Aunque hay algunos rastreos epidemiológicos, no son suficientes para dimensionar a cuánta gente impacta este subtipo de melanoma en los países de Latinoamérica.

Un estudio escrito por Robles-Espinoza y otros 10 investigadores recopila investigaciones llevadas a cabo en 2008, 2013 y 2016 que concluyen que al menos en México y en Perú es el subtipo más común.

Son países que tienen “una compleja historia demográfica con ascendencia europea, africana y nativa americana”, explica el estudio, denominado “Melanoma lentiginoso acral: hechos básicos, características biológicas y perspectivas de investigación de una enfermedad poco estudiada”, publicada en la revista Pigment Cell and Melanoma Research.

El documento recoge las pocas investigaciones que existen en Latinoamérica sobre la enfermedad.

Una de ellas analizó 410 muestras en Perú y concluyó que el 35% de los casos de melanoma del país son acral. Otras dos indican que este subtipo está presente en Chile, sobre todo en poblaciones de menor nivel socioeconómico y que son descendientes de indígenas.

Asimismo, hay estudios que evidencian que en países asiáticos como Japón, Taiwán y Corea del Sur, el acral representa más del 50% de los melanomas. Y en poblaciones negras de África, aunque hay aún menos estudios, también se ha encontrado alta incidencia de este subtipo.

En Estados Unidos también es más común en las pieles oscuras. La investigación “Patrones de incidencia y supervivencia del melanoma lentiginoso acralen los Estados Unidos, 1986-2005” concluye que un 36% de los melanomas que padecen las personas negras es justamente el acral.

Entre la población asiática que vive en ese país, la incidencia es del 18% y para la hispana del 9%. Mientras tanto, representa solo un 1% de los melanomas en pieles blancas.

Melanoma acral

BBC

En el LIIGH, el equipo del que Robles-Espinoza está a cargo explora específicamente los genomas de los tumores mexicanos.

Toman muestras de saliva de pacientes con melanoma acral y de allí obtienen los genes originales, aquellos “con los que nacemos”, explica la científica.

Luego los comparan con los genes que están en los tumores para saber de dónde viene el daño.

“Es una arqueología del genoma para tratar de identificar el pasado. Básicamente, podemos saber qué causó ese tipo de cáncer. Esto se basa en la noción de que diferentes agentes mutagénicos dejan huellas en el genoma”, agrega.

Hasta el momento estudian dos hipótesis.

La primera es que el melanoma acral podría desencadenarse por alguna lesión.

“Cuando grafican la localización de los tumores en el pie, se ve que se concentran en la parte donde pisa. Lo que hemos especulado es que la presión mecánica puede tener algo que ver con este tipo de cáncer”.

La otra teoría es que provenga de causas hereditarias, pues las familias de pacientes con melanoma acral son más propensas a sufrir otros tipos de cáncer, señala la científica.

Aunque también consideran la posibilidad de que se deba a una combinación de ambos factores, “como la mayoría de los cánceres”, dice ella y agrega que dentro de ambas teorías hay decenas de posibles respuestas.

¿Cómo se cura un cáncer desconocido?

Robles-Espinoza se sienta en su oficina en Querétaro, México, se acomoda su cabello rosado hacia atrás y explica todo esto con rapidez, como si tuviera tanto por decir que no le alcanza el tiempo. “Urge, urge, urge que estudiemos estos tipos de melanoma”, dice enérgica.

Su mayor preocupación es la falta de tratamientos accesibles para los pacientes de América Latina.

Uno de los más efectivos para tratar el melanoma es la inmunoterapia, una alternativa a la quimioterapia que reactiva el sistema inmunitario para que reaccione y ataque de manera eficiente a las células en las que se origina el cáncer (en este caso el melanoma). Pero es impagable para muchos mexicanos, dice.

Cuando escucha en las conferencias internacionales que la inmunoterapia es el standard of care (“el estándar de atención”) en el mundo, se cuestiona de cuál mundo están hablando.

“En pesos mexicanos cuesta 120.000 al mes, unos US$6.000. ¿Eso cómo lo va a pagar un mexicano?”, se queja.

“No sabemos nada. Y toda esta falta de conocimiento nos lleva a que no haya opciones terapéuticas para este tipo de pacientes”, agrega.

Por eso en breve su laboratorio también empezará a estudiar las reacciones de los tumores a diferentes fármacos con ratones de laboratorio.

“Cuando tienes un paciente, obviamente lo que quieres es quitarle el tumor, pero cuando el tumor se muere, pues ya no aprendiste nada de a qué medicamento hubiera respondido”, explica.

“Entonces hay un protocolo que estamos haciendo en el que puedes extraer ese tumor del paciente, inocularlo en la espalda de un ratón y dejar que siga creciendo”, prosigue.

“Y dices: bueno, a ver, qué mutaciones tiene, a qué fármacos responde. Y se ha visto que eso recapitula (es similar a) la respuesta en pacientes”, agrega.

La científica espera tener resultados preclínicos (sin pacientes) en un año, pero sabe que el desarrollo de fármacos específicos tomará tiempo y estudios más costosos.

Sin este conocimiento también es imposible prevenir el melanoma lentiginoso acral, subraya.

Distinto a los melanomas más comunes, no hay ningún estudio que concluya si se puede prevenir con protector solar o con algún otro tipo de práctica.

“En Australia hay un chorro de campañas de ‘protégete del sol’, y sí han logrado bajar su incidencia. Si conoces las causas, puedes planear… pero con el acral no sabemos”.

Mujeres broncéandose sobre la arena

Getty Images
Los melanomas más comunes son inducidos por una exposición excesiva a los rayos ultravioleta, aunque también hay otros factores de riesgo.

Por eso, aunque colabora con institutos de otras partes del mundo, cree que los estudios realizados en la región deben estar enfocados en sus propias poblaciones.

“Hay que apropiarnos de nuestros objetivos, nuestra problemática, nuestra población y aplicar lo que sea útil aquí”.

“Aquí picamos piedra”

Montar el laboratorio en estos tiempos no ha sido nada sencillo. Entre comprar ratones, completar protocolos y reclutar pacientes, a la científica se le fueron dos años. “Y luego vino la covid-19 y detuvo todo el protocolo por un año”.

Además de estudiar el cáncer, su equipo está abriéndoles camino a tipos de investigación poco comunes, dice.

“Siento que en otros países ya está puesta la infraestructura, las relaciones, los equipos de trabajo. Y aquí no. Muchas veces sientes que picas piedra”, dice, refiriéndose a las complicaciones que persisten en la investigación científica en su país para contar con la ayuda de médicos y clínicas.

Lo bueno, dice, es que ya está todo listo para arrancar.

“Hasta el momento hemos reclutado a más de 200 pacientes, hemos generado datos de secuenciación para más o menos la mitad de ellos y ahorita estamos analizando los datos”.

Incluso están trabajando con el Instituto Nacional del Cáncer en Brasil, que ya está estudiando poblaciones de ratones con melanoma acral.

A su vez, su instituto en México los apoya con el análisis de los datos genómicos mientras ambos se preparan para desarrollar los dos tipos de estudios.

“Es una investigación complementaria. Al final el objetivo es el mismo, tratar de encontrar nuevos genes, nuevos mecanismos para atacar este cáncer”, y mostrarle a los incrédulos que desde México sí se puede hacer ciencia, dice la científica.


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