Mujeres siembran hortalizas, pero también su libertad y rompen estereotipos
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Foto: Iván Sánchez

Mujeres de Veracruz siembran hortalizas, pero también su libertad y rompen estereotipos

Han construido en conjunto algunas granjas de conejos, hortalizas, crían chivas y están por hacer carpinterías y otros tantos proyectos, así encuentran su libertad económica y se replantean las relaciones de desigualdad.
Foto: Iván Sánchez
Por Ana Alicia Osorio (Testigo Púrpura)
29 de noviembre, 2020
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Un grupo de mujeres arranca las hierbas que crecen junto a sus cultivos mientras intercambian algunas bromas y platican sobre la comida que les espera después de esa labor.

A lo lejos, después de los pinos y los largos sembradíos, montañas abajo, se ve Xalapa (la capital de Veracruz) y se puede imaginar el bullicio y las personas corriendo. Pero aquí todo es diferente, aquí la vida transcurre en calma y el ruido que se escucha son algunos niños corriendo o las mujeres dándose tips de una hortaliza a otra sobre la mejor manera de sembrar.

A lo lejos la individualidad es lo que prevalece, mientras que aquí es un intento de salir adelante juntas, como colectiva.

Las mujeres que sonrientes trabajan la tierra son las integrantes de la cooperativa “Quince Mujeres” que desde hace cuatro años se formó en la comunidad rural El Zapotal (en el municipio de Acajete, a las faldas del Cofre de Perote) y laboran para generar sus propios alimentos, obtener recursos y salir adelante como comunidad.

Lee: La comunidad indígena en Chiapas que cuida el bosque y construye su futuro

“La idea es que fuera de cada casa de cada una de nosotras, contemos con alimentos limpios que nosotras mismos cosechemos, no solo hortalizas sino carne, leche, para poder hacer queso, que tengamos fuera de la casa muy cerquita sin tener que bajar a trabajar a otro lado alimentos”, cuenta Mónica Hernández Abascal, mientras está sentada junto al cultivo con el que alimentarán las chivas que tienen.

Hace algunos años llegó a esa comunidad y convocó a las mujeres, quienes se unieron gustosas para trabajar juntas.

Desde entonces han construido en conjunto algunas granjas de conejos, hortalizas, crían chivas y están por hacer carpinterías y otros tantos proyectos.

La dinámica es sencilla, cada semana se juntan en casa de una integrante de la cooperativa o en un terreno común que tienen, para ayudarse en sus hortalizas o compartir conocimientos sobre los animales.

“Ahora que está el problema de la pandemia ha sido importante (…) sales y consigues tu comida, no tienes que salir a comprar, ni usar dinero que es la idea”, cuenta Mónica.

Cosechar la libertad

Pero el alimento limpio y fresco no es lo único que les ha dejado la unidad.

“Va saliendo para comprar algo más o va saliendo para tener para la casa. Es diferente porque ya se te antoja algo y ya es mío y ya no hay es que se me antojó algo y le tengo que pedir al marido o le tengo que decir en qué me lo gasté (…) yo ya solita puedo, le estoy demostrando que no dependo nada más de él, que yo también puedo salir adelante”, cuenta Rosa Isela.

Ella siempre ha sido ama de casa y recuerda que no tenía dinero propio pese al trabajo que hacía criando a sus hijas, haciendo la comida o limpiando la casa. Esas labores no son pagadas. No es la única, según Cepal una de cada tres mujeres de América Latina no tiene ingresos propios.

Ahora los tiene y al decirlo una gran sonrisa ilumina su rostro. Aunque no es mucho,  la venta de ramitos de cilantro o las lechugas que siembra y cuida con sus propias manos o los conejos que ve desde pequeños hasta que los entrega a un restaurante, le dan la posibilidad de sentir la libertad.

Rosa Isela está sentada frente a la casita de mujeres, una casa comunitaria que renta la cooperativa para hacer sus reuniones y planear los proyectos que siguen o para recibir pláticas sobre violencia de género.

Acaban de comer conejo, la especialidad de la casa, todas juntas. Una gran mesa fue sacada al amplío patio, justo después de terminal el jornal.

Horas antes, mientras algunas acababan de levantar la herramienta que usaron, otras se adelantaron a prender el fogón que ocupa la mayor parte del espacio de la pequeña casita blanca y calentar la comida que habían llevado para ese día.

Esa dinámica que repite constantemente, cuentan, mientras sacan una bebida de leche y alcohol y brindan por su trabajo. Lo hacen en una zona rural donde el alcohol está destinado a los hombres, mientras las mujeres que lo consume pueden ser mal vistas. Ellas rompen esa imagen.

Pero romperla les ha costado. Algunas preguntan por sus compañeras que no acudieron ese día y cuentan sobre las enfermedades que enfrentan o las labores domésticas que las retuvieron en su casa.

Rosa Isela, a unos cuantos metros,  narra cómo su esposo no estaba de acuerdo que se integrara a la cooperativa.

“Dice mi esposo vas a tener tiempo de andar por allá y las niñas, la escuela, pues ahí me hago un tiempo (…) le digo a mí me gustan muchos los conejos y la hortaliza y ver a ellas que conviven y todo eso, me llamó la atención”, asegura.

Aún con los años que han pasado, a veces se enfrenta a reclamos por no estar todo el tiempo en la casa. Pero los reclamos y doble jornada que representa trabajar en conjunto con sus compañeras y las labores del hogar, las sortea con la unión.

“Algunas tenían problemas de que no las dejaban venir en un principio los maridos, las parejas, pero ellas interesadas en el trabajo que estamos haciendo han enfrentado y han logrado pero sí ha habido lágrimas, ha habido sufrimiento de algunas pero aquí estamos y algunas se han salido por lo mismo de que sus señores no entienden”, dice Mónica.

Las cooperativas son una alternativa para las mujeres para ayudarse a encontrar la libertad económica, pero también para replantearse las relaciones de desigualdad que existen, según Alma Mora Pizzano y Jorge Moret en el texto Mujeres Cooperativistas: una experiencia de empoderamiento a través de la economía solidaria en la cooperativa Undeco en Morelos, México.

“El cooperativismo representa para las mujeres una alternativa organizacional (…) les permite apropiarse de un sentido de pertenencia, compromiso, capacidad para la toma de decisiones y liderazgo, que se traduce en una mayor participación en el ámbito público y mayores posibilidades de control en la administración del hogar y la autonomía personal (…) permite replantear las relaciones jerárquicas y de subordinación que la desigualdad estructural de las sociedades ha impuesto como natural”, aseguran en su texto.

Ejemplo a seguir

Las integrantes de “Quince Mujeres” coinciden mientras celebran los logros que han tenido y los que están por venir.

“La fuerza de grupo te da fuerza como persona para decir porqué Fulanita sí puede ir, porque mi cuñada sí puede ir y yo no y voy a ir voy a ir, fue muy interesante esto porque se ha dado un empoderamiento natural en nosotras sin haberlo planteado”, narra Mónica.

Pero no son las únicas que los ven, por eso se han convertido en un ejemplo a seguir para los poblados cercanos. Cuatro cooperativas más (dos de mujeres, una mixta y una de hombres) les han pedido su apoyo y asesoría para hacer algo similar a lo que ellas han logrado. Ellas gustosas les dan su ayuda.

Para llegar al Zapotal hay que seguir durante cerca de 40 minutos un camino de terracería inclinado cuesta arriba y aunque Xalapa (la capital de Veracruz) es la ciudad más cercana, solamente hay dos autobuses tres días a la semana que pueden llevar allí. Por eso algunas mujeres cuentan que han hecho ese trayecto caminando cuando necesitan bajar.

La dificultad del camino y la burocracia, ha generado dificultades para conformarse legalmente como una cooperativa, pues aunque lo intentaron, fue un trámite que no lograron culminar al pedirles una y otra vez que fueran. Eso no les impide trabajar y ayudar a las nuevas cooperativas que se han creado.

La comunidad forma parte de un municipio (Acajete) donde el 73.6 por ciento de las personas viven en pobreza (casi 30 por ciento pobreza extrema), según el Gobierno del Estado.

Durante las mañanas el Cofre de Perote se ve entre las montañas dando una vista sin igual y en las noches la neblina baja provocando un frío que las y los pobladores están acostumbrados a sortear.

La mayor parte de las personas se dedican a cultivar maíz o papa, pero muchas más deben salir hacia los poblados de “abajo” a trabajar por lo que la mayor parte de quienes se quedan allí son mujeres que se dedican al hogar.

Mónica cuenta que cuando recién intentaron crear la cooperativa pensaban en hacerla mixta pero se encontraron que los hombres solo querían participar si se les pagaba el jornal del día. Con las mujeres fue distinto.

Por eso no le extraña que la mayor parte de quienes las busca de otros poblados cercanos para aprender a trabajar en conjunto, sean también mujeres.

Ayudar para ayudarse

Conejos grandes y pequeños se asoman entre las rejas en una choza que Cecilia les construyó. Ella muestra las que están recién paridas y en las que tiene esperanzas que lleguen a parir más.

Algunos de esos conejos son para consumo propio mientras que otros los vende a los restaurantes cercanos con quienes la cooperativa ya tiene un trato.

Cecilia Morales San Gabriel fue de las fundadoras de “Quince Mujeres” y allí ha aprendido a manejar los conejos que ahora tiene cuando en uno de los primeros proyectos que iniciaron juntas fue comenzar con esas jaulas.

Una de las primeras cosas que hizo fue invitar a su hija, María Vázquez Morales, para que formara parte de esa cooperativa. Ahora ambas se apoyan.

“A mi me invitó mi mamá, ella fue la que me dijo que vino doña Mónica y que quiere organizar a las señoras de la comunidad para trabajar juntas, trabajar en equipo (…) de hecho no teníamos mucho contemplado todo lo que hemos llegado ahorita”, cuenta María.

Ella, dice, la carne de los conejos que crían y las hortalizas que cosechan le ha apoyado económicamente pero además le ha dado la certeza de comer productos limpios.

“Es un beneficio muy bonito para nosotros porque como platico con mi esposo, si mato a la semana cuatro o cinco para el entro, mato uno y es lo que comemos, sino tenemos otra carne como es el pollo pues ya tenemos esa carne y lo mejor de ahí es que tú lo estás criando, tú sabes lo que te estás comiendo, limpio”, dice.

Pero para ella, el recurso que se ha ahorrado o el dinero que ha ganado es solo un poco de lo mucho que le ha dejado estar en la cooperativa.

“Es muy padre trabajar en grupo, trabajar en equipos (…) para mi lo más importante es compartir cosas con las demás, ser solidaria con las demás, el compartir el trabajo, a mi me gusta esforzarme mucho y para mi es lo más importante, la sensación de compartir con las demás”, asegura, tras contar la forma en que cada una se regala un pequeño tiempo y espacio para ayudar a la otra.

Para seguir ayudándose los planes de la cooperativa son muchos. Se convertirán en carpinteras, para lo que ya tienen las herramientas y les falta algo de apoyo. Junto a otras cooperativas buscan hacer una ruta turística en la región. Cultivarán el alimento para sus chivos y buscarán aprovecharlas. Y la lista sigue.

Saben, como ya les ha pasado, que no todos los planes se concretan tal y como esperan. Pero, optimistas, mientras se despiden para recorrer el camino de regreso hacia sus casas, se echan porras unas a otras y se levantan el ánimo en grupo, porque están convencidas que solo así podrán sacar todos los proyectos que se propongan.

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Los desconocidos casos de bebés y niños secuestrados durante el régimen militar de Brasil

A diferencia de países vecinos como Argentina, donde las causas judiciales por apropiación de niños durante los gobiernos militares llevan años, Brasil aún no parece haber explorado esta parte de su pasado.
4 de mayo, 2022
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Desde hace al menos una década, Rosângela Serra Paraná busca a sus padres biológicos.

Es víctima de un crimen de Estado poco conocido: el secuestro de bebés y niños de activistas que se opusieron al régimen militar en las décadas de 1960, 1970 y 1980 en Brasil.

Rosângela fue apropiada ilegalmente por una familia militar en la década de 1960 y solo descubrió su condición mucho después, durante una discusión con miembros de la familia.

Once de los 19 casos conocidos de secuestros de niños durante el régimen militar están vinculados a miembros de Araguaia, un movimiento guerrillero de oposición que se desarrolló entre fines de la década de 1960 y 1974 en la región amazónica, en la confluencia de los estados de Pará y el actual Tocantins.

Estas 11 víctimas son hijos de guerrilleros y campesinos que dieron cobijo al movimiento.

Los secuestros de niños ocurrieron en la primera mitad de la década de 1970, durante los gobiernos de los generales-presidentes Emílio Garrastazu Médici y Ernesto Geisel.

Los 19 casos están enumerados en el libro de reportajes Cativeiro sem fim (“Cautiverio sin fin”), escrito por mí.

Contactados en el momento de la escritura del libro, el Ministerio de Defensa y los comandos del Ejército y Fuerza Aérea no respondieron a la solicitud de información.

En una entrevista en un libro publicado el año pasado, el general Eduardo Villas Bôas dijo que los informes sobre los secuestros de bebés durante el régimen militar “carecen de verosimilitud“.

En busca de padres biológicos

“Vivo en una pesadilla todos los días, pensando que mi madre podría estar viva, necesitándome”, dice Rosângela Serra Paraná.

“Hoy vivo con la angustia de no saber quién soy, cuántos años tengo y ni siquiera saber quiénes fueron mis padres”, agrega.

La mujer fue apropiada por Odyr de Paiva Paraná, miembro de una familia militar en Río de Janeiro.

La familia dice que la bebé fue adoptada en 1963.

Un acta de nacimiento da como fecha de nacimiento el 1 de octubre de 1963. Pero la inscripción se hizo en el registro civil el 22 de septiembre de 1967.

En el documento elaborado en el Registro Civil de Catete, Rio de Janeiro, consta que Rosângela es hija ilegítima de Odyr y Nilza.

El documento no proporciona el nombre de los padres biológicos. Nilza, según su familia, no podía tener hijos.

Rosângela Serra Paraná en la actualidad.

Archivo personal
Rosângela Serra Paraná en la actualidad.

Odyr es conductor de profesión.

Según Rosângela, su padre adoptivo trabajaba como chofer del general Ernesto Geisel.

“Tenía un gran auto negro que siempre estaba limpiando”, recuerda.

El acta de nacimiento de Rosângela da como lugar de nacimiento una propiedad en Rua Marquês de Abrantes, 160, Flamengo, Rio de Janeiro.

La propiedad pertenece a Rio Previdência, una entidad de empleados estatales, que la compró en 1958, según consta en el certificado de propiedad.

La misma partida de nacimiento tiene dos testigos. Uno de ellos es Alcindo Quintino Ribeiro, propietario de un inmueble donde vivía la familia Serra Paraná.

El otro es Paulo Cardoso de Oliveira, chofer de profesión, como Odyr. La dirección de residencia del testigo, sin embargo, no existe.

El padre de Odyr, Arcy Paraná, estaba en el ejército. Según el Boletín Oficial, alcanzó el grado de sargento. En la década del 50 fue ascendido y comenzó a trabajar en el sector administrativo de las fuerzas militares.

Los casos de Juracy y Miracy

En la región guerrillera de Araguaia, a principios de la década de 1970, los militares secuestraron a dos niños de una misma familia.

El primero, Juracy Bezerra de Oliveira, fue un error de las fuerzas militares.

El objetivo era Giovani, hijo de uno de los líderes guerrilleros, Osvaldo Orlando da Costa, alias Osvaldão, con una mujer llamada María.

En 1972 o 1973, Juracy tenía unos 7 años. Los militares pensaron que era el verdadero hijo del guerrillero Osvaldão con Maria Viana da Conceição. Pero la madre de Juracy era Maria Bezerra de Oliveira y su padre, Raimundo Mourão de Lira.

La confusión en el secuestro se habría dado porque los militares buscaban a un niño moreno, de entre 6 y 8 años, hijo de una mujer blanca, de cuerpo grande y ojos claros, de nombre María.

José Vieira es hijo de un campesino al que mataron los militares.

Eduardo Reina/BBC
José Vieira es hijo de un campesino al que mataron los militares.

Encontraron a la madre de Juracy con las mismas características y se llevaron al niño.

Terminó siendo apropiado por el teniente del Ejército Antônio Essílio Azevedo Costa, quien lo inscribió en una notaría como si fuera su hijo legítimo y vivió con la familia del militar durante muchos años.

“Un día llegaron y me llevaron. Mi madre ni me acuerdo qué hizo. Yo era un niño cuando me llevó el Ejército. Estuve 15 días en el bosque”, contó.

El secuestrado quedó con una mano deformada debido a las quemaduras que sufrió. Dice que los soldados decidieron castigarlo por pensar que su padre había matado a un militar.

Más tarde, en la ciudad de Fortaleza, Juracy fue criado por la madre del teniente Antônio Essílio.

A principios de la década de 2000, decidió regresar a la región de Araguaia, todavía pensando que era el hijo de Osvaldão.

Al llegar, conoció a Antônio Viana da Conceição y descubrió su verdadera historia.

Se reencontró con su madre biológica, Maria Bezerra de Oliveira, cuando descubrió que su hermano, Miracy, también había sido secuestrado por militares.

Hoy vive en una isla en medio del río Araguaia.

Juracy Bezerra de Oliveira con su madre biológica, María Bezerra de Oliveira.

Archivo personal
Juracy Bezerra de Oliveira con su madre biológica, María Bezerra de Oliveira.

El hermano de Juracy, Miracy, tenía piel clara y ojos claros, a diferencia de su hermano.

Fue llevado por el sargento João Lima Filho a la ciudad de Natal, en Rio Grande do Norte, también en 1972 o 1973.

Años después, Juracy y su madre, Maria Bezerra de Oliveira, fueron a buscar a Miracy. Pero no encontraron rastro del sargento que se lo llevó; tampoco obtuvieron información en el cuartel del ejército en Natal sobre el paradero del militar.

Otros secuestros

Después del secuestro por error de Juracy, los militares encontraron a Giovani, hijo de Osvaldão y Maria Viana da Conceição.

El niño tenía entre 4 y 5 años cuando fue secuestrado, según otro de los hijos de Maria, Antônio Viana da Conceição.

El secuestro ocurrió en 1973, en la ciudad de Araguaína, actual Tocantins.

La existencia de este hijo de guerrillero en Araguaia también es revelada por Sebastião Rodrigues de Moura, Mayor Curió, ahora militar retirado y responsable de la cacería de guerrilleros a partir de 1973 en Araguaia.

Se desconoce el paradero de Giovani.

También en Araguaia fue secuestrada Lia Cecília da Silva Martins, hija del guerrillero Antônio Teodoro de Castro, conocido como Raúl.

Lia fue llevada a un orfanato que pertenecía a un teniente de la Fuerza Aérea en Belém do Pará. Fue adoptada por una pareja que trabajaba en la entidad.

Seis niños campesinos también fueron separados de sus familias biológicas y llevados a cuarteles del ejército, de donde luego fueron liberados: José Vieira; Antônio José da Silva, Antoninho; José Wilson de Brito Feitosa, Zé Wilson; José de Ribamar, Zé Ribamar; Osniel Ferreira da Cruz, Osnil; y Sebastião de Santana, Sebastiãozinho.

Solo se localizó a José Vieira. Es hijo de Luiz Vieira, agricultor de subsistencia y residente de la región de São Domingos do Araguaia. Luiz fue asesinado por las fuerzas militares.

Gente caminando en São Paulo

Getty Images
Se desconoce el número de bebés que fue secuestrado.

También hubo casos de secuestro de bebés y niños en Paraná, Pernambuco y Mato Grosso.

Las respuestas de los militares

Cuando investigaba en 2018 para mi libro, el Ministerio de Defensa, el Ejército y la Fuerza Aérea no respondieron a las preguntas enviadas.

El Ministerio de Defensa sugirió que se enviaran nuevas solicitudes a dichas instituciones, alegando que la información solicitada debía estar custodiada bajo el mando de estos cuerpos militares.

El Ejército respondió: “La Institución aclara que no tiene nada que informar al respecto”.

La Fuerza Aérea afirmó que “el 16 de noviembre de 2009, la Procuraduría General de Justicia Militar manifestó interés en analizar los documentos producidos y acumulados por el Comando de la Fuerza Aérea, desde 1964 hasta 1985”.

“En ese sentido, el 3 de febrero de 2010, la colección, que contiene 212 cajas con 49.867 documentos, fue recolectada de la Coordinación Regional del Archivo Nacional del Distrito Federal (COREG), donde se encuentran en dominio público”, agregó.

El año pasado, en una entrevista publicada en el libro “General Villas Bôas-Conversación con el Comandante”, de Celso Castro, de la Fundação Getúlio Vargas, el militar cuestionó que realmente ocurrieran secuestros de niños durante la dictadura.

“Recientemente alguien vinculado a los derechos humanos trajo un tema que yo nunca había escuchado, que un centenar de niños habían sido secuestrados y arrebatados a sus padres”, afirmó Villas Bôas.

“Esta y otras narrativas, como una supuesta masacre de indígenas, en la apertura de la carretera que une Manaus con Boa Vista, carecen de verosimilitud y contribuyen a la falta de exención en la conclusión de las investigaciones”, agregó.


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