Así fue la búsqueda en un cementerio clandestino de Acámbaro
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La casa del horror de Acámbaro: así fue la búsqueda en un cementerio clandestino en Guanajuato

Más de 100 bolsas con restos y 15 cuerpos fueron hallados en un predio en Acámbaro; familiares de desaparecidos participan en las búsquedas con el rostro cubierto, por miedo a ser identificados por el crimen organizado.
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La casa del horror estaba demasiado cerca del centro de Acámbaro, Guanajuato, como para que nadie supiese qué es lo que allí ocurría. Durante meses, quizás años, hombres y mujeres fueron torturados, asesinados y enterrados en una pequeña vivienda abandonada y semiderruida, situada en las faldas del parque nacional del Cerro del Toro. Son apenas cinco minutos caminando desde la calle Leona Vicario, la última vía urbanizada que desemboca en una cuesta empinadísima de piedra y tierra. Al fondo, la estatua de una Virgen que ejerce como guardiana del predio. Allí, tras unos árboles, estaba ese siniestro cementerio, aprovechando ese terreno ambiguo donde la ciudad deja de serlo.

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Los rumores sobre gritos, disparos y vehículos que subían con los detenidos y regresaban vacíos se habían multiplicado en los últimos tiempos. Pero el miedo se impone cuando el crimen organizado controla el territorio. Así que la antigua construcción de la que apenas quedan tres cuartos techados y varias paredes desnudas siguió operando como cementerio clandestino con total impunidad al menos hasta noviembre. Poco después, un puñado de familias valientes, acompañadas por la Comisión Estatal de Búsqueda, la Comisión Nacional de Búsqueda, el Ejército y la policía estatal irrumpió en el predio buscando a sus seres queridos. Lo que encontraron fue el testimonio del horror: 104 bolsas con restos humanos y 15 cuerpos enterrados en 48 fosas, el segundo mayor hallazgo en Guanajuato tras los 80 cuerpos hallados en Salvatierra un mes atrás.  

Nada más poner un pie en la propiedad, familias y autoridades se dieron cuenta de que este no era un lugar abandonado, que había seguido siendo utilizado por los delincuentes casi hasta su llegada. Un dato demoledor: los dos primeros cuerpos hallados pudieron ser identificados por sus tatuajes. Eran dos jóvenes desaparecidas hacía dos semanas cuyos restos fueron devueltos a sus familias. Desde aquella primera exhumación se sucedieron las jornadas extenuantes de revisión, varilla, confirmar el positivo, cavar y desenterrar víctimas. Las últimas dos bolsas se extrajeron el jueves 17 de diciembre después de 15 días de rastreo. 

“Fue algo muy fuerte. He participado en todas las búsquedas que se han realizado en el Estado y esta fue muy dura y muy difícil. Los cuerpos estaban desmembrados, con signos de tortura. Nos tocó ver en una fosa hasta 19 bolsas”. Una de las mujeres presentes en la búsqueda explica así sus vivencias. No quiere dar su nombre. No quiere dar ninguna pista sobre su identidad, solo que está buscando a su hija, a la que alguien se llevó hace tres años. Cuando llega a la Leona Vicario, antes de subir hacia el predio en el que se excava, cubre su rostro con pasamontañas, gafas oscuras y una gorra. Lo mismo hace el resto de sus compañeros. No es solo taparse con el cubrebocas para no contagiarse de COVID-19. Esto va más allá. “No quiero que me identifiquen”, explica la mujer. Existe la sospecha de que hay “halcones” vigilando, que el crimen organizado anda cerca. Por eso las participantes en la búsqueda, mujeres y hombres valientes, se protegen. No se fían de que haya ojos que puedan señalarlas.  

El temor de los familiares a ser identificados es una de las características de esta expedición. Sus integrantes llegan desde diversos puntos del Estado, también del propio Acámbaro, y temen que pueda haber represalias. 

“Fue una búsqueda cantada respecto a la entrada, la subida y el peligro que de antemano sabíamos que corríamos. Pero pesa más la esperanza. La angustia y la tristeza que vivimos nos lleva a arriesgarnos a cualquier cosa. Sabemos que corremos cualquier tipo de peligro. Pero no es comparado al sentimiento que llevamos como madres, esposas o hermanas de las personas a las que buscamos”, dice otra de sus compañeras. En su caso, tapa su rostro con un gran sombrero, gafas oscuras y un pañuelo que va por encima del cubrebocas. Aunque ella encontró el cuerpo de su esposo hace meses, dice que sigue viniendo por “solidaridad” con sus compañeras. 

Predio ubicado en las faldas del parque nacional del Cerro del Toro.

La búsqueda en Acámbaro, un municipio de 160 mil habitantes en el límite con Michoacán, es la última que se desarrolla este año en Guanajuato, el estado con mayores índices de violencia de México. Aquí se cometieron 4 mil 560 de los 26 mil 530 homicidios registrados entre enero y noviembre por el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública. Cuatro de sus municipios (León, Irapuato, Celaya y Salamanca) están entre los 15 que concentra el 27% de los asesinatos de todo el país. Hace cuatro meses, el gobierno de Diego Sinhué apenas reconocía 854 desaparecidos. A día de hoy, la Comisión Estatal de Búsqueda asegura que son 2 mil 315 las personas sin localizar. En México, según datos de la Comisión Nacional de Búsqueda, ya se rebasó la barrera de las 80 mil personas no localizadas. Lo particular en Guanajuato es que la mayor parte de sus desaparecidos lo hicieron en los últimos dos años. De hecho, desde 2018 esta es la segunda entidad en número de personas a las que no se encuentra, solo superada por Jalisco

En este ámbito, los avances de los últimos meses se dieron por la presión de las familias. Hasta hace poco la Fiscalía General del Estado (FGE) no reconocía que hubiese fosas clandestinas en el territorio. Un estudio elaborado por activistas y académicos aseguraba que en el estado se encontraron al menos 109 enterramientos irregulares. Oficialmente solo se admite que existen aquellos puntos que han sido excavados y en los que se encontraron restos: cuatro desde septiembre. A la presa de El Conejo, en Irapuato, Cortázar y Salvatierra (donde aparecieron 80 cuerpos) se le suma ahora Acámbaro. 

Hay tres características que hacen al último hallazgo un lugar diferente: el uso de bolsas para enterrar los restos en lugar de sepultar cuerpos enteros, el temor infundido a las familias que les obliga a proteger su identidad y la cercanía del cementerio clandestino de viviendas habitadas, que lo convierte en un lugar de fosas urbanas. 

“En la búsqueda se encontraron decenas de bolsas con restos humanos que dejan pensar en decenas de cuerpos, el segundo hallazgo más grande del estado tras las fosas de Salvatierra”, explica Fabrizio Larusso, académico de la Universidad Iberoamericana en León e integrante de la plataforma por la Paz y la Justicia en Guanajuato. El investigador recuerda que este es un municipio relativamente pequeño, donde “todos se conocen”, y pone de manifiesto el “dramatismo” de que una casa de seguridad de un grupo criminal estuviese tan cerca de la zona habitada. 

Lee más: México arranca 2021 con 73 homicidios en un solo día; Veracruz la entidad con más casos

“Me da miedo que mi hija haya pasado por esto”

“No esperábamos encontrar esto en ningún momento. Era una prospección y dimos con el hallazgo”, explica Héctor Esquerra, comisionado de Búsqueda de Guanajuato. Diversas informaciones apuntaban a la posibilidad de que existiesen puntos positivos en la casa abandonada en las faldas del cerro, pero las autoridades no esperaban la magnitud del hallazgo. “Es un espacio muy pequeño y sin embargo es prácticamente un cementerio”, explica. 

Hace cinco meses Esquerra llegó al cargo cuestionado por algunos de los colectivos como A tu encuentro, que organizó un plantón para rechazar su nombramiento. Desde entonces, las instituciones estatales han organizado por primera vez búsquedas en Guanajuato. El propio comisionado estuvo presente en varias jornadas de excavación en Acámbaro, tratando de dar ejemplo. Asegura que la instrucción es “entrarle con todo” apoyar a las familias. No tiene fácil convencerlas. Las instituciones nunca fueron cercanas a las víctimas de la violencia, acostumbradas al estigma y a la invisibilidad. 

“Es muy difícil poder explicar lo que sentimos”, dice una de las participantes, la que sigue buscando a pesar de que ella ya encontró. “Desde los primeros días se localizaron restos. Así que, de consecutivo, todas las personas se pusieron a buscar y a varillar”, explica. Asegura que “ahora si somos un equipo y todos sabemos a lo que vamos. Vamos con una misma finalidad, un mismo propósito. Hasta ahora hemos sabido crear un buen equipo, ser un buen conjunto”.

Ser testigos del horror también remueve los propios miedos de las familias. Lo explica una de las rastreadoras valientes que cubre su rostro. Recuerda cómo un día aparecieron unos restos que tenían muestras explícitas de haber sufrido violencia. Y ella se angustió. “Me da miedo que mi hija haya pasado por esto. Me da mucho terror, mucho pánico. Llevo tres años sin saber de ella”, explica. Durante largas jornadas estas mujeres y hombres fueron las que empujaron unas exhumaciones que, sin ellas, nunca se habrían llevado a cabo. 

¿Cómo se llega a esta situación de violencia?

Existe una sensación generalizada de que el horror en Acámbaro se veía venir. El pequeño municipio puede servir como ejemplo de cómo la violencia se lleva todo lo que tiene por delante. En los últimos dos años el número de desaparecidos se multiplicó de forma dramática en el municipio. Según la Comisión Nacional de Búsqueda, hay al menos 63 personas sin localizar, de las que al menos 50 faltan desde este año. “Hay registros de colectivos y familias que hablan de al menos el doble de personas desaparecidas pero que no han denunciado”, explica Fabrizio Larusso. 

El especialista en seguridad David Saucedo corrobora esta versión y reitera que durante todo este tiempo los rumores eran fuertes acerca de que algo estaba ocurriendo en este cerro de Acámbaro. Como contexto histórico, Saucedo asegura que este fue un territorio controlado grupos delictivos procedentes de Michoacán hasta que hace cinco o seis años estos fueron sustituidos por el Cartel Santa Rosa de Lima. Esta es una estructura criminal que sigue operativa en Guanajuato a pesar de golpes como la detención en agosto de José Antonio Yépez, “El Marro”, quien fue su líder absoluto. 

Asegura el experto como la vivienda convertida en cementerio es un modus operandi característico de la zona: casas cercanas al centro, que son tomadas por el grupo criminal y convertidas en sus guaridas, obligando a marcharse a sus pobladores. Ahí era donde mantenían a víctimas de secuestro o interrogaban a rivales, así como enterraban a sus víctimas. 

En los últimos años las autoridades han tratado de explicar la violencia en Guanajuato con una única lectura: el enfrentamiento entre Santa Rosa de Lima con el Cartel Jalisco Nueva Generación. Esa es la razón, según la versión oficial, de que Guanajuato pasase de ser un próspero estado con fuerte industria y atractivo turismo a convertirse en la capital de la violencia en México. Para Fabrizio Larusso, con amplia experiencia acompañando a víctimas de la violencia, esta es una visión “reduccionista” que “criminaliza” a quienes sufren las consecuencias del horror. “Existen dinámicas de violencia multifactoriales, el concepto es muy genérico”, afirma. 

“Hay un contexto de mucho miedo y una desprotección total de la ciudadanía. Hay miedo a autoridades locales”, dice el investigador, que insiste en que “la violencia no la provocan solo los grupos criminales. Existe una violencia estructural y estatal”.

Entérate: Guanajuato, el segundo estado con más desaparecidos; familias denuncian falta de atención

Las víctimas se organizan pese al miedo 

En este contexto de violencia desmedida las víctimas son el eje principal, el rostro humano, aunque tengan que cubrirse la cara. Si se llegó a la casa del horror de Acámbaro fue por el trabajo de los colectivos. Al contrario que ocurre en otros estados como Jalisco o Tamaulipas, donde las desapariciones son una triste realidad desde hace al menos una década, en Guanajuato este es un fenómeno reciente. Históricamente hubo dos agrupaciones, pero la violencia descontrolada de los últimos años provocó que actualmente sean diez grupos de gente que busca a sus seres queridos. Muchos estuvieron en Salvatierra, en noviembre, y también ahora en este pequeño municipio de la frontera con Michoacán. 

“Somos hermanas y somos familia del mismo dolor. Ahora ya nos conocemos, pero así nos conocimos, preguntando a quién buscábamos. Que si yo a mi hijo, a mi esposo, a mi nieto. En este calvario nos encontramos con compañeras que están sufriendo lo mismo que una”, dice una de ellas. 

Aunque hay quien se marcha con la zozobra de no haber encontrado lo que buscaba, los positivos también dan una especie de tranquilidad colectiva. “Lejos del cansancio físico, fueron días muy difíciles y conmovedores. Igual no se localizó a algún miembro de colectivo, pero tengo la certeza de que muchas familias van a descansar. Van a tener esta paz, esta tranquilidad, no se van a preocupar más”, dice una de las participantes en la búsqueda.  

Fabrizio Lorusso insiste en algo clave: “no buscan culpables, sino a sus familiares”. En todas estas jornadas no se habla de quién pudo hacer qué, sino de dónde están. De quiénes serán los seres humanos a los que se desentierra. 

En realidad, este es solo el primer paso. El hallazgo de las fosas y la exhumación de los restos son el inicio de un proceso que debe concluir con la identificación de las personas a las que se encontró y su entrega a sus familias. En Acámbaro, aún falta mucho para eso. Mientras tanto, detrás de la cinta amarilla de la fiscalía, queda como testigo aquella casa convertida en cementerio en las faldas del cerro. También unas familias valientes que seguirán buscando aunque tengan que cubrirse el rostro.

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Cómo se forman los huracanes y por qué son tan frecuentes en México, Estados Unidos y el Caribe

La explicación científica es apasionante y te ayudamos a entenderlo con mapas, gráficos e imágenes satelitales.
30 de agosto, 2021
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Los huracanes son las tormentas más grandes y violentas del planeta.

Cada año, entre los meses de junio y noviembre, azotan la zona del Caribe, el golfo de México y la costa este de Estados Unidos, en algunas ocasiones arrasando con edificios y poblaciones.

Sus homólogos son los tifones, que afectan al noroeste del océano Pacífico, y los ciclones, que lo hacen al sur del Pacífico y el océano Índico.

Zonas donde se forman ciclones tropicales

BBC

Todos son ciclones tropicales, pero el nombre “huracán” se usa exclusivamente para los del Atlántico norte y del noreste del Pacífico.

Pero, ¿cómo se forman y por qué suelen afectar a esta zona del mundo?

Huracanes, bombas de energía

El mecanismo más común de formación de huracanes en el Atlántico — que provoca más del 60% de estos fenómenos — es una onda tropical.

La onda empieza como una perturbación atmosférica que crea un área de relativa baja presión.

Suele generarse en África Oriental a partir de mediados de julio.

Si encuentra las condiciones adecuadas para mantenerse o desarrollarse, esta área de baja presión empieza a moverse de este a oeste, con la ayuda de los vientos alisios.

Origen de la onda tropical y los vientos globales

BBC

Cuando llega al océano Atlántico, la onda tropical puede ser el germen de un huracán, pero para que este se forme necesita fuentes de energía, como el calor y el viento adecuado.

En concreto, es necesario que la superficie del agua esté por encima de los 27ºC y que haya una capa espesa de agua caliente en el océano.

También tiene que haber, por un lado, vientos con un giro horizontal para que la tormenta se concentre. Por el otro, vientos que mantengan su fuerza y velocidad constante a medida que suben desde la superficie del océano.

Si hay cortante de viento, o variaciones del viento con la altura, esto puede interrumpir el flujo de calor y humedad que hace que el huracán se forme.

Además, tiene que haber una concentración de nubes cargadas de agua y una humedad relativa alta presente en la atmósfera.

Ingredientes para un huracán

BBC

Todo esto tiene que ocurrir en las latitudes adecuadas, en general entre los paralelos 10° y 30° del hemisferio norte, ya que aquí el efecto de la rotación de la Tierra hace que los vientos puedan converger y ascender alrededor del área de baja presión.

Cuando la onda tropical encuentra todos estos ingredientes, se crea un área de unos 50-100 km, donde empiezan a interactuar.

“El movimiento de la onda tropical funciona como el disparador de esa tormenta”, explica a BBC Mundo Jorge Zavala Hidalgo, coordinador general del Servicio Meteorológico Nacional de México.

Y es esta tormenta la que hace de catalizador: empieza el baile de calor, aire y agua.

El área de baja presión hace que el aire húmedo y caliente que viene del océano suba y se enfríe, lo que alimenta las nubes.

La condensación de este aire libera calor y provoca que la presión sobre la superficie del océano baje aún más, lo que atrae más humedad del océano, engrosando la tormenta.

Los vientos convergen y ascienden dentro de este área de baja presión, girando en dirección contraria a las agujas del reloj — por influencia de la rotación de la Tierra — y dando a los huracanes esa imagen tan característica.

A medida que la tormenta se hace más poderosa, el ojo del huracán — el área central de hasta 10 km — permanece relativamente tranquilo.

A su alrededor se levanta la pared del ojo, compuesta de nubes densas donde se localizan los vientos más intensos.

Más allá, están las bandas nubosas en forma de espiral, donde hay más lluvias.

La velocidad de los vientos es la que determina en qué momento podemos llamar a este fenómeno “huracán”: en su nacimiento es una depresión tropical, cuando aumenta de fuerza pasa a ser una tormenta tropical y se convierte en huracán cuando pasa de los 118 km por hora.

Pasos de depresión a ciclón tropical

BBC

A partir de ahí, se suelen clasificar en cinco categorías según la velocidad sostenida del viento. En el Atlántico, se usa la escala de vientos Saffir-Simpson para medir su poder destructivo.

Tal es su fuerza que los vientos de un huracán podrían producir la misma energía que casi la mitad de la capacidad de generación eléctrica del mundo entero, según la Administración Nacional de Océanos y de la Atmósfera de Estados Unidos (NOOA, por sus siglas en inglés).

Escala de vientos Saffir-Simpson

BBC

Sin embargo, no es el viento sino la marejada y las inundaciones que provoca la lluvia que descarga el huracán las que generalmente causan la mayor destrucción y pérdida de vidas.

En Estados Unidos, por ejemplo, la marejada provocada por ciclones tropicales en el Atlántico fue responsable de casi la mitad de muertes entre 1963 y 2012, según datos de la Sociedad Americana de Meteorología (AMS, por sus siglas en inglés).

Además de estos factores, la destrucción causada por un huracán va a depender de otras circunstancias, como la velocidad a la que pasa, la geografía del territorio y la infraestructura de la zona afectada.

Mujer en su casa inundada

Getty Images
“Amanda” y “Cristóbal” no llegaron a ser huracanes pero dejaron lluvias extraordinarias y mucha destrucción en México y Guatemala en mayo de 2020.

“No necesariamente el daño o el peligro asociado a un ciclón tropical corresponde a su categoría. Por ejemplo, el ciclón de mayor categoría no tiene por qué tener asociada más precipitación”, dice Jorge Zavala Hidalgo a BBC Mundo.

México, Estados Unidos y el Caribe: las zonas más vulnerables

Uno de los factores que explica que esta parte del mundo sea propensa a los huracanes es que el océano Atlántico, en las latitudes tropicales, tiene la temperatura adecuada para su formación durante más meses al año.

Otro es el movimiento de las grandes corrientes de vientos que empujan a los huracanes.

Los vientos alisios — las corrientes de vientos globales en el trópico — van de este a oeste llevándolos hacia las costas del Caribe, el Golfo de México y el sur de Estados Unidos.

El recorrido de estos vientos también está influenciado por la rotación de la Tierra — el llamado efecto Coriolis — que hace que tiendan a desviarse hacia el norte.

Recorrido de los huracanes en el Atlántico norte en 2019

Wiki Project Tropical Cyclones/Tracks/Nasa/Xyklone
Los huracanes que se formaron en el Atlántico norte durante el 2019 siguieron distintos recorridos según las corrientes globales de viento u otros fenómenos – como los anticiclones – que encontraban en su camino.

En el Atlántico, mientras los huracanes avanzan se desvían levemente hacia el norte; y al superar aproximadamente los 30°N, suelen encontrase con los vientos del oeste, otra de las grandes corrientes globales, que hacen que se curven hacia el este.

En su camino van a toparse con el anticiclón de Bermudas-Azores que va a determinar si se dirigen hacia el Golfo de México o hacia Estados Unidos.

Los anticiclones son regiones de alta presión atmosférica con aire más seco, menos nubes y vientos que giran en la dirección de las agujas del reloj en el hemisferio norte.

El anticiclón de Bermudas actúa como un obstáculo y si los huracanes quieren avanzar tienen que bordearlo. Por este motivo, el tamaño y la posición del anticiclón puede determinar hacia dónde va un ciclón tropical.

Gráfico de localización del anticiclón de Bermudas-Azores

BBC

Si es débil y está más posicionado hacia el este, los huracanes lo rodean y siguen hacia el norte, alejándose del Caribe.

Por lo contrario, si es más fuerte y se encuentra al suroeste, un ciclón tropical puede dirigirse hacia el Golfo de México o hacia Florida.

La posición del anticiclón cambia según el año, las estaciones y puede variar en cuestión de días.

“A causa de esas variaciones, un huracán puede seguir una trayectoria muy distinta hoy que otro que pasa tres o cinco días después”, explica Jorge Zavala Hidalgo, del Servicio Meteorológico Nacional de México.

Siguiendo la misma lógica, los anticiclones y otras masas de aire son responsables de que un huracán se recurve hacia el oeste, como pasó en 2012 con el huracán Sandy, por ejemplo.

Huracán Sandy en Nueva York

Getty Images
En su camino hacia el norte, el huracán Sandy (2012) se curvó azotando las costas de Nueva York y Nueva Inglaterra, en Estados Unidos.

Después de tocar tierra en Cuba, Sandy empezó a desplazarse hacia el noreste, pero un anticiclón en Groenlandia y un frente frío bloquearon su camino. Eso provocó que Sandy retrocediera hacia la costa este de Estados Unidos, causando destrucción en Nueva York y Nueva Jersey.

En el Pacífico Este, a pesar de que es una zona más activa que el Atlántico Norte, tocan tierra menos huracanes.

“Lo que sucede es que esas tormentas suelen dirigirse hacia el oeste o noroeste. Algunas pueden retroceder hacia las costas de México si los vientos son los adecuados, pero la mayoría se dirigen a latitudes más altas, encuentran aguas más frías y desaparecen”, dice a BBC Mundo Gary M. Barnes, profesor retirado de la Universidad de Hawái, Estados Unidos.

Por qué casi no vemos en Sudamérica

Si bien la parte norte del Atlántico puede ofrecer las condiciones ideales para la formación de huracanes, no ocurre lo mismo bajo la línea del Ecuador.

“El Atlántico Sur es más tranquilo porque no hay onda tropical — es un fenómeno más común en el hemisferio norte — y hay más variaciones en la velocidad y en la dirección del viento, algo que inhibe la formación de huracanes”, explica Barnes.

Simulación de todos los huracanes entre 1985 y 2015

NASA
El efecto Coriolis es demasiado débil en la línea del Ecuador para que los vientos giren y formen huracanes.

Además, los ciclones tropicales normalmente no se forman si no están al menos a unos 500 kilómetros del Ecuador, ya que el efecto Coriolis es demasiado débil para hacer que los vientos giren y formen un huracán.

Aunque es un fenómeno que pasa con poquísima frecuencia en Sudamérica, sí se han registrado huracanes en las costas del sur de Brasil.

En 2004, el ciclón tropical Catarina dejó 11 muertos y más de 30.000 personas desplazadas.

¿Y cómo puede impactar el cambio climático?

“El cambio climático provoca que la temperatura de la superficie del océano y la capa gruesa sean más calientes y eso es un problema. Tenemos teorías que dicen que si el océano es más cálido eso puede traducirse en tormentas más fuertes e intensas.”, dice el meteorólogo Gary M. Barnes.

Hay indicaciones de que las áreas en que un ciclón encuentra condiciones para mantenerse y sobrevivir se están extendiendo con el paso del tiempo, según Jorge Hidalgo, coordinador del Servicio Meteorológico Nacional de México.

“Quizás el número de ciclones no aumente pero la distribución de categorías puede cambiar. Es decir, que haya más huracanes de categoría mayor y menos de categoría menor”, añade Zavala.

Los científicos coinciden, ,sin embargo, en que es muy pronto para medir el impacto del cambio climático en la formación y avance de los huracanes.

“Es probable que las tormentas se intensifiquen muy poco a poco, pero vamos a necesitar muchísima data para probar que el calentamiento global va a provocar huracanes más fuertes. En 25 años puede que tengamos evidencias”, concluye Barnes.

Agradecimiento a José Manuel Gálvez, meteorólogo del la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA).


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