Gobierno clasifica convenios de compra de vacunas con farmacéuticas
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Farmacéuticas exigen confidencialidad y gobierno clasifica los convenios de compra de vacunas contra COVID

La publicación de los documentos “podría causar daño en la obtención de la vacuna” alega SRE. En todo el mundo se imponen pactos que impiden revelar el precio exacto del fármaco o qué condiciones extra piden las empresas en la negociación.
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Los acuerdos firmados entre el gobierno de México y tres de las farmacéuticas que proveerán al país de vacunas contra la COVID-19 (Pfizer-BioNTech, AstraZeneca-Oxford y CanSino) están clasificados como información confidencial y no se puede hacer público ningún dato sobre los mismos, incluyendo lo relativo a las negociaciones previas a que se firmaran los convenios.

Así lo determinó recientemente la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE), que alega que incumplir la cláusula que exige discreción “podrá causar daño en la obtención de la vacuna para atender a la población de la República Mexicana”. 

Leer más | Médicos y personas mayores: así será el plan de vacunación contra la COVID en México

Animal Político quiso conocer el contenido de los convenios anunciados en octubre pasado por el canciller Marcelo Ebrard. Sin embargo, todos los documentos fueron declarados como “confidenciales”. 

Este es un modelo que funciona en la industria farmacéutica antes de que la pandemia convirtiese a la vacuna en el bien más preciado por la humanidad. En todo el mundo, incluido México, se están firmando cláusulas de confidencialidad que impiden conocer detalles como el precio que se paga por la vacuna, si existen contraprestaciones exigidas por las farmacéuticas a cambio de priorizar un país u otro como quién se haría responsable en caso de que un fármaco no funcione. 

Por este motivo, Amnistía Internacional y Médicos Sin Fronteras (MSF) han reclamado transparencia como mecanismo para un acceso justo a la vacuna y evitar, por ejemplo, que los países más ricos paguen menos por cada dosis y encima puedan acaparar el mercado. 

“El convenio celebrado entre el Gobierno Mexicano y la farmacéutica establece, que las partes se encuentran obligadas a mantener en discreción toda la información que se genere al respecto”, dice la respuesta a la petición sobre el acuerdo con Pfizer, cuyo contenido fue clasificado el 12 de noviembre, al igual que el convenio con AstraZeneca.

“La omisión de cumplimiento por parte del Gobierno Mexicano a un convenio de confidencialidad podrá causar daño en la obtención de la vacuna para atender a la población de la República Mexicana”, explica la SRE.

La exigencia de confidencialidad llega hasta el punto de que, en la clasificación del convenio con CanSino, que tuvo lugar el 21 de septiembre, se especifica que los acuerdos señalan que “no podrá divulgarse ningún tipo de información escrita, verbal, gráfica o visual, generada directa o indirectamente por cualquier medio entre las partes, por lo que será “confidencial” toda la información no pública relacionada con el proyecto y la farmacéutica, aún aquella generada antes de la firma del acuerdo”. 

Animal Político solicitó entrevistas con las tres compañías para conocer su punto de vista, pero al cierre de la edición no había recibido respuesta.

Organizaciones piden transparencia

La opacidad en el manejo de los convenios suscita críticas desde organizaciones de Derechos Humanos. Su principal temor: que las farmacéuticas utilicen su posición de ventaja en un contexto de emergencia y haya poblaciones que queden fuera del reparto.

“Deben transparentarse los acuerdos, ya que las empresas tienen tratos diferenciales con los países”, explicó Tania Reneaum, directora ejecutiva de Amnistía Internacional México, en entrevista con Animal Político.

La organización reclama que se hagan públicos los convenios para que para que “el precio por dosis, el costo de desarrollar las vacunas y la tecnología usada en la producción sea conocimiento público”.

“Sin una acción decisiva de los gobiernos exigiendo más transparencia a las empresas, el acceso equitativo a las vacunas COVID-19 está en peligro. La opinión pública tiene derecho a saber qué hay en estos acuerdos: no hay lugar para los secretos durante una pandemia, hay demasiado en juego”, dijo Miriam Alía, referente en Vacunación de Médicos Sin Fronteras (MSF), en un comunicado difundido en noviembre.

En aquel momento se hizo público el contrato firmado por AstraZeneca con el organismo público de investigación brasileño Fundação Oswaldo Cruz (Fiocruz), quienes pactaron la producción de 100 millones de dosis de la vacuna. En este documento se incluye una cláusula por la que la farmacéutica se otorga el derecho a decir que la pandemia ha concluido en julio de 2021 e incrementar los precios a los que entregue el fármaco a los gobiernos. 

MSF denunció que, a pesar de la fuerte inversión pública con la que contaron las farmacéuticas para sus investigaciones, estas sigan manteniendo estas cláusulas de confidencialidad que pueden incluir términos preocupantes para un acceso “asequible y equitativo” a las vacunas. Su propuesta: apoyar la iniciativa de India y Sudáfrica para que no apliquen las patentes de vacunas y medicamentos hasta que la población esté inmunizada. 

En este punto hay que destacar que la mayor parte de la financiación para desarrollar las vacunas llegó de los gobiernos y de donaciones.

Según datos de la empresa de análisis de datos científicos Airfinity citados por la BBC, los gobiernos aportaron 8 mil 600 millones de dólares (algo menos de 172 mil millones de pesos), las organizaciones sin ánimo de lucro 1 mil 900 millones de dólares (algo menos de 48 mil millones de pesos) y las empresas invirtieron 3 mil 400 millones de dólares (unos 68 mil millones de pesos). Sin embargo, luego son las empresas las que mantienen el control de la vacuna y marcan pautas como la secrecía de los convenios con los gobiernos. 

Un desliz hizo públicos precios en Europa 

En otros lugares del mundo la obligación de no revelar los acuerdos ha generado controversia.

La Comisión Europea, por ejemplo, también se ha negado a dar detalles sobre las cláusulas de confidencialidad firmadas con las farmacéuticas.

“Las cláusulas de no divulgación son una característica estándar de los acuerdos que los desarrolladores de vacunas cierran con otros países. Es necesario para proteger unas negociaciones que son sensibles e información de empresas como datos financieros o planes de desarrollo y producción”, dijo en noviembre Stella Kyriakides, comisaria de Salud.

Los países europeos negociaron como uno solo la compra de vacunas, por lo que las adquisiciones fueron centralizadas desde instituciones comunes.

El secretismo, sin embargo, se rompió a mediados de diciembre por la indiscreción de la ministra belga de Presupuestos, Eva De Bleeker, quien publicó en su cuenta de Twitter los precios de cada una de las vacunas.

Para Europa, cada dosis de la vacuna de AstraZeneca tiene un costo de 1.78 euros (43.54 pesos), mientras que la de Pfizer cuesta 12 euros (293.80 pesos). 

En México no se ha hecho público el precio de cada una de las dosis ni cuánto les cuesta a las farmacéuticas producirlos. Sin embargo, el presidente Andrés Manuel López Obrador ha hablado de un presupuesto de 32 mil millones de pesos para poder hacer frente a la emergencia y adquirir vacunas para los más de 127 millones de mexicanos. 

La vacunación en México

El gobierno mexicano desplegó un gran esfuerzo diplomático desde el inicio de la pandemia de COVID-19 para garantizar el acceso a las vacunas. Por el momento, Ebrard anunció acuerdos de precompra con Pfizer (EU-Alemania), AstraZeneca (Gran Bretaña) y CanSino (China). Sin embargo, también suscribió convenios con otras farmacéuticas, como la china Walvax Biotecnology.  

Pfizer deberá entregar 34 millones de dosis y los primeros cargamentos ya están siendo distribuidos desde el 24 de diciembre, cuando se aplicó la primera vacuna después de que la Comisión Federal para la Protección de Riesgos Sanitarios (Cofepris) dio su visto bueno.

De la segunda está previsto que lleguen 77 millones de dosis entre marzo y agosto, una vez lograda la aprobación de las autoridades sanitarias el lunes 4. La última farmacéutica que falta por recibir el aval de Cofepris es CanSino, que deberá surtir al país con 35 millones de dosis. 

Además, México forma parte del mecanismo internacional COVAX, una iniciativa impulsada entre otros por la Organización Mundial de la Salud (OMS) en el que están presentes más de 100 países, con las ausencias de EU y Rusia y que está pensado para que los estados con mayor capacidad puedan apoyar a quienes disponen de menos recursos. 

Para lograr existencias que cubran de forma gratuita a toda la población mexicana, el gobierno tuvo que firmar sus acuerdos de confidencialidad con las farmacéuticas. Hay dos elementos que han podido dar ventaja a México en la obtención de vacunas: por un lado, la participación de voluntarios en pruebas de vacunas que se han desarrollado en el país. Por el otro, el convenio firmado junto a Argentina, AstraZeneca y la Fundación Slim para que ambos estados sean los productores de los fármacos para todo América Latina, exceptuando a Brasil. Sobre esto tampoco hay detalles, ya que el documento es también confidencial. 

Desde el inicio de la vacunación, el 24 de diciembre, poco más de 43 mil dosis han sido aplicadas en México. Es decir, que el 0.03% de los mexicanos (todos ellos trabajadores del sector salud) ya han recibido la inmunidad. El objetivo del gobierno es que en marzo estén vacunadas todas las personas mayores de 60 años, aproximadamente 12 millones y medio de mexicanos. 

En casi 10 meses de pandemia, más de 128 mil personas han muerto y casi un millón y medio se han contagiado según las cifras oficiales. 

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Los momentos que pudieron haber terminado accidentalmente con la humanidad

En la historia reciente, algunas personas tuvieron el destino de todos en sus manos. Y puede repetirse.
20 de febrero, 2021
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A finales de la década de 1960, la NASA se enfrentó a una decisión que podría haber cambiado el destino de nuestra especie.

Después de la llegada del Apolo 11 de la Luna, los tres astronautas de la misión esperaban a ser recogidos dentro de su cápsula, flotando en el océano Pacífico, con mucho calor e incómodos.

Los trabajadores de la NASA decidieron asistir a sus tres héroes nacionales rápidamente. Sin embargo, existía una pequeña posibilidad de desencadenar una invasión de microbios alienígenas mortales en la Tierra.

Otro ejemplo sucedió un par de décadas antes, cuando un grupo de científicos y militares se encontraron ante un punto de inflexión similar.

Mientras esperaban para observar la primera prueba de arma atómica, se dieron cuenta de un resultado potencialmente catastrófico. Existía la posibilidad de que sus experimentos incendiaran accidentalmente la atmósfera y destruyeran toda la vida en el planeta.

En algunos momentos del siglo pasado, unos pocos grupos de personas tuvieron el destino del mundo en sus manos.

Fueron responsables de la posibilidad, pequeña pero real, de causar una catástrofe total. No solo el final de sus propias vidas, sino el final de todo.

¿Cómo se llegó a estas decisiones? ¿Y qué nos dice todo ello sobre nuestra actitud frente a los riesgos y crisis que enfrentamos hoy?

Contaminación

Cuando por primera vez la humanidad hizo planes para enviar sondas y personas al espacio a mediados del siglo XX, surgió el problema de la contaminación.

En primer lugar, existía el miedo a la contaminación “futura, es decir, la posibilidad de que la vida terrestre pudiera perjudicar el cosmos.

Neil Armstrong, Michael Collins y Edwin Aldrin Jr. en sus trajes espaciales en 1969.

Getty Images
Una de las teorías que se estudió es que los astronautas podrían haber traído microbios alienígenas a la Tierra.

La nave espacial necesitaba ser esterilizada y cuidadosamente sellada antes del lanzamiento. Si los microbios se infiltraban a bordo, confundiría cualquier intento de detectar vida extraterrestre.

Y si hubiera organismos extraterrestres por ahí, podríamos terminar matándolos inadvertidamente con bacterias o virus terrestres, como el destino de los extraterrestres al final de la novela “La guerra de los mundos” (War of the Worlds).

Estas preocupaciones son tan importantes hoy como en la era de la carrera espacial.

Una segunda preocupación fue la contaminación “posterior”, la idea de que los astronautas, los cohetes o las sondas que regresaban a la Tierra pudieran traer vida que podría resultar catastrófica, ya sea superando a los organismos terrestres o algo mucho peor, como consumir todo nuestro oxígeno.

La contaminación posterior era un temor que la NASA debió tomar en serio durante la planificación de las misiones Apolo a la Luna.

¿Y si los astronautas traían algo peligroso?

En ese momento, la probabilidad no se consideraba alta, pocos pensaban que era probable que la Luna albergara vida, pero aun así, el escenario tenía que estudiarse, porque las consecuencias podrían ser muy graves.

Rescate de lo astronautas en el océano Pacífico en 1969.

Getty Images
Se realizó una operación titánica para el rescate de los astronautas pero había riesgos.

“Tal vez haya un 99% de que el Apolo 11 no traiga organismos lunares”, dijo un científico influyente en ese momento, “pero incluso ese 1% de incertidumbre es demasiado grande para ser complacientes”.

La NASA implementó varias medidas de cuarentena, aunque en algunos casos las cumplió protestando.

Funcionarios del Servicio de Salud Pública de EE.UU. estaban preocupados y pidieron medidas más estrictas de las planeadas inicialmente argumentando que tenían el poder de negar la entrada a los astronautas contaminados en la frontera.

Después de las audiencias en el Congreso, la NASA acordó instalar una costosa instalación de cuarentena en el barco que recogería a los hombres de su amerizaje en el océano Pacífico.

También se acordó que los exploradores lunares pasarían tres semanas aislados antes de poder abrazar a sus familias o estrechar la mano del presidente.

El astronauta Edwin E. Aldrin Jr., piloto del módulo lunar, es fotografiado caminando en la Luna.

NASA
En 1969 hubo temor de que la misión a la Luna trajera a la Tierra material alienígena peligroso.

Sin embargo, hubo una brecha importante en el procedimiento de cuarentena, según el académico de Derecho Jonathan Wiener de la Universidad de Duke, quien escribió sobre el episodio en un artículo sobre percepciones erróneas del riesgo catastrófico.

Cuando los astronautas llegaron al agua, el protocolo original señalaba que debían permanecer dentro de la nave espacial.

Pero la NASA lo pensó mejor después de que surgieran preocupaciones sobre el bienestar de los astronautas en ese momento, esperando de un espacio caluroso y sofocante, azotado por las olas.

Pese al protocolo, se decidió abrir la puerta y rescatar a los hombres en balsa y helicóptero (así lo muestra la primera imagen de este artículo).

Mientras se ponían los trajes de biocontaminación y entraban a las instalaciones de cuarentena en el barco, el aire interior de la cápsula se esparció en el exterior.

Afortunadamente, la misión Apolo 11 no trajo vida extraterrestre mortal a la Tierra. Pero podría haber pasado en ese corto período, como consecuencia de esa decisión de priorizar el bienestar a corto plazo de los hombres.

Aniquilación nuclear

Veinticuatro años antes, los científicos y funcionarios del gobierno de EE.UU. llegaron a otro punto de inflexión que implicaba un riesgo pequeño pero potencialmente desastroso.

Antes de la primera prueba de armas atómicas en 1945, los científicos del Proyecto Manhattan realizaron cálculos que apuntaban a una posibilidad escalofriante.

Foto del físico estadounidense, "padre de la bomba higrógena", Edward Teller, señalando una fórmula en una pizarra. Teller trabajó en el Proyecto Manhattan en Los Alamos, Nuevo México entre 1943 y 1946 que desarrolló la bomba atómica y luego trabajó en el desarrollo de la bomba de hidrógeno.

Getty Images
En los cálculos de las primeras armas atómicas hubo errores.

En un escenario que plantearon, el calor de la explosión de fisión sería tan grande que hubiera podido desencadenar una fusión descontrolada.

En otras palabras, la prueba podría haber incendiadoaccidentalmente la atmósfera y quemar los océanos, destruyendo la mayor parte de la vida en la Tierra.

Estudios posteriores sugirieron que probablemente eso era imposible, pero hasta el día de la prueba los científicos verificaron una y otra vez su análisis.

Finalmente llegó el día de la prueba Trinity y los funcionarios decidieron seguir adelante.

Cuando el destello fue más largo y brillante de lo esperado, al menos un miembro del equipo pensó que había sucedido lo peor.

Uno de ellos fue el presidente de la Universidad de Harvard, cuyo asombro inicial se convirtió rápidamente en miedo.

“No sólo no tenía confianza en que la bomba funcionara, sino que cuando funcionó él creyó que la habían arruinado con consecuencias desastrosas y que estaba presenciando, como él mismo dijo, ‘el fin del mundo'”, dijo su nieta Jennet Conant al diario The Washington Post después de escribir un libro sobre los científicos del proyecto.

Foto en exhibición en el Museo de Ciencias de Bradbury muestra la primera prueba de bomba atómica el 16 de julio de 1945, a las 5:29:45, en Trinity en Nuevo México, EE.UU.

Getty Images
La primera prueba de armas atómicas marcó el comienzo de una nueva era.

Para el filósofo Toby Ord de la Universidad de Oxford, ese momento fue un punto significativo en la historia de la humanidad.

Él menciona la fecha y hora específicas de la prueba Trinity -05:29 del 16 de julio de 1945- como el comienzo de una nueva era para la humanidad, marcada por un cambio radical en nuestras habilidades para destruirnos a nosotros mismos.

“De repente, estábamos liberando tanta energía que estábamos creando temperaturas sin precedentes en toda la historia de la Tierra”, escribe Ord en su libro The Precipice (“El precipicio”).

A pesar del rigor de los científicos de Manhattan, los cálculos nunca fueron sometidos a la revisión de pares, de una parte desinteresada, señala, y tampoco hubo evidencia de que se informara a ningún representante electo sobre el riesgo y mucho menos a otros gobiernos.

Los científicos y los líderes militares siguieron adelante por su cuenta.

Ord también destaca que, en 1954, los científicos obtuvieron un cálculo asombrosamente incorrecto en otra prueba nuclear: en lugar de una explosión esperada de 6 megatoneladas, obtuvieron 15.

“De los dos cálculos termonucleares principales realizados ese verano… obtuvieron uno correcto y otro incorrecto. Sería un error concluir que el riesgo subjetivo de incendiar la atmósfera era tan alto como un 50%. Pero ciertamente no era un nivel de confiabilidad en el que arriesgar nuestro futuro“, dijo.

Un mundo vulnerable

Desde nuestra posición informada en el siglo XXI, sería fácil juzgar estas decisiones específicas de su época.

El conocimiento científico sobre la contaminación y la vida en el Sistema Solar es mucho más avanzado hoy y la guerra entre los aliados y los nazis ya pasó.

Réplica a tamaño real de la bomba atómica 'Fat Man' que fue lanzada sobre Nagasaki, Japón el 9 de agosto de 1945, y que se encuentra entre las exhibiciones en el Museo de Ciencias Bradbury en Los Alamos, Nuevo México.

Getty Images
A pesar del rigor de los científicos de Manhattan, los cálculos nunca fueron sometidos a la revisión de pares de ua parte desinteresada, señala el filósofo Toby Ord de la Universidad de Oxford.

En la actualidad, nadie volvería a correr riesgos así, ¿verdad?

Tristemente, no. Ya sea por accidente o por otro motivo, la posibilidad de una catástrofe es, en cualquier caso, mayor ahora que en ese entonces.

Es cierto que la aniquilación alienígena no es el mayor riesgo al que se enfrenta el mundo.

Si bien puede haber políticas de “protección planetaria” para cuidarnos contra la contaminación extraterrestre es una pregunta válida saber qué tan bien se aplicarán estas regulaciones y procedimientos a las empresas privadas que visitan otros planetas y lunas en el Sistema Solar.

Además de la amenaza de catástrofe extraterrestre, esparcir nuestra presencia por la galaxia puede arriesgarnos a un encuentro potencialmente funesto con extraterrestres, especialmente si son más avanzados. La historia sugiere que fenómenos adversos tienden a suceder a las poblaciones que se encuentran con culturas tecnológicamente más competentes (si no, mira el destino de los pueblos indígenas que se encuentran con los colonos europeos).

Más preocupante aún es la amenaza de las armas nucleares.

Una atmósfera ardiente puede ser imposible, pero un invierno nuclear similar al cambio climático que ayudó a hacer desaparecer a los dinosaurios no lo es.

En la Segunda Guerra Mundial, los arsenales atómicos no eran lo suficientemente abundantes o poderosos para desencadenar este desastre, pero ahora sí lo son.

Ord estima que el riesgo de extinción humana en el siglo XX fue de alrededor de 1 de 100. Pero él cree que ahora es mayor.

Además de los riesgos existenciales naturales que siempre estuvieron ahí, el potencial de una desaparición provocada por el hombre se ha incrementado significativamente en las últimas décadas, argumenta.

"Gadget", la primera bomba atómica explota en Alamogordo, Nuevo México, el 16 de julio de 1945.

Getty Images
Los especialistas sostienen que el riesgo de extinción humana está cada vez más presente.

Aparte de la amenaza nuclear, ha surgido la perspectiva de una inteligencia artificial desalineada, las emisiones de carbono se han disparado y ahora podemos inmiscuirnos en la biología de los virus para hacerlos mucho más letales.

También nos volvemos más vulnerables debido a la conectividad global, la desinformación y la intransigencia política, como ha demostrado la pandemia de covid-19.

“Con todo lo que sé, pongo el riesgo de este siglo en alrededor de 1 de cada 6, una ruleta rusa“, escribió Toby Ord.

“Si no hacemos las cosas adecuadamente, si seguimos permitiendo que nuestro crecimiento en términos de poder supere al de la sabiduría, deberíamos esperar que el riesgo sea aún mayor el próximo siglo, y así sucesivamente”, añadió.

Otra forma en que los investigadores del riesgo existencial han caracterizado este peligro creciente es pidiendo que te imagines sacando bolas de una urna gigante.

Cada bola representa una nueva tecnología, descubrimiento o invención. La gran mayoría de ellas son blancas o grises.

Una bola blanca representa un buen avance para la humanidad, como el descubrimiento del jabón. Una bola gris representa un logro mixto, como las redes sociales.

Sin embargo, dentro de la urna hay un puñado de bolas negras. Son extremadamente raras, pero elige una y habrás destruido a la humanidad.

Esto se llama la “hipótesis del mundo vulnerable” y destaca el problema de prepararse para eventos muy raros y muy peligrosos en nuestro futuro.

Hasta ahora, no hemos elegido una bola negra, pero es muy probable que sea porque son muy poco comunes y nuestra mano ya ha rozado una o dos cuando la metimos en la urna.

En resumen: tuvimos suerte.

Astronautas del Apolo 11

Getty Images
Los astronautas del Apolo 11 fueron puestos en cuarentena después del aterrizaje, pero hubo una brecha cuando fueron recogidos en el mar.

Hay muchas tecnologías o descubrimientos que podrían acabar siendo bolas negras. Algunos ya los conocemos, pero no los hemos implementado, como las armas nucleares o los virus de bioingeniería.

Otras son incógnitas conocidas, como el aprendizaje automático (machine learning) o la tecnología genómica. Y otras son incógnitas desconocidas: ni siquiera sabemos que son peligrosas, porque aún no fueron concebidas.

La tragedia de lo poco común

¿Por qué no tratamos estos riesgos catastróficos con la gravedad que merecen?

Wiener tiene algunas sugerencias. Él describe la forma en que la gente percibe erróneamente los riesgos catastróficos extremos como “tragedias de lo poco común”.

Probablemente hayas oído hablar de la tragedia de los comunes: describe la forma en que las personas interesadas en sí mismos administran mal un recurso comunal.

Cada uno hace lo mejor para sí mismo, pero todos terminan sufriendo. Es la base del cambio climático, la deforestación o la sobrepesca.

Una tragedia de lo “poco común” es diferente, explica Wiener. En lugar de que las personas administren mal un recurso compartido, aquí la gente está percibiendo mal un riesgo catastrófico poco común.

Sitio d prueba Trinity.

Getty Images
El sitio de la prueba Trinity hoy, bajo una atmósfera que afortunadamente no se incendió.

Él propone tres razones por las que esto sucede:

La primera es la “falta de disponibilidad” de catástrofes raras.

Los acontecimientos recientes y destacados son más fáciles de recordar que los acontecimientos que nunca sucedieron.

El cerebro tiende a construir el futuro con un collage de recuerdos sobre el pasado. Si un riesgo encabeza las noticias (terrorismo, por ejemplo), aumenta la preocupación pública, los políticos actúan, se inventa la tecnología, etc.

Sin embargo, la dificultad especial de prever las tragedias de los infrecuentes es que es imposible aprender de la experiencia. Nunca aparecen en los titulares. Pero una vez que suceden, se acabó el juego.

La segunda razón por la que percibimos mal las catástrofes muy raras es el efecto “adormecedor” de un desastre masivo.

Los psicólogos observan que la preocupación de la gente no crece linealmente con la gravedad de una catástrofe.

O para decirlo más simple, si preguntas a las personas cuánto les importa que mueran todas las personas en la Tierra, no es 7.500 millones de veces más preocupante que si les dijeras que una persona moriría. Tampoco consideran las vidas de las generaciones futuras perdidas.

En grandes cantidades, hay cierta evidencia de que la preocupación de las personas incluso disminuye en relación con sus preocupaciones sobre la tragedia individual.

En un artículo reciente para BBC Future, la periodista Tiffanie Wen cita a la Madre Teresa, quien dijo: “Si miro a la masa, nunca actuaré. Si miro a uno, lo haré”.

Finalmente, Wiener describe un efecto de “subestimación” que fomenta una actitud de no actuar entre quienes toman los riesgos, porque no hay responsabilidad.

Si el mundo se acaba debido a tus decisiones, entonces no puedes ser demandado por negligencia. Las leyes y reglas no tienen poder para disuadir la imprudencia de acabar con las especies.

Foto de la Tierra tomada desde la Luna.

Getty Images

Quizás lo más preocupante es que una tragedia poco común podría suceder por accidente ya sea por arrogancia, estupidez o negligencia.

“En igualdad de condiciones, no mucha gente preferiría destruir el mundo. Incluso las corporaciones sin rostro, los gobiernos entrometidos, los científicos imprudentes y otros agentes de la catástrofe necesitan un mundo en el que lograr sus objetivos de lucro, orden, tenencia u otras canalladas”, escribió una vez el investigador de Inteligencia Artificial Eliezer Yudkowsky.

“Si nuestra extinción avanza lo suficientemente lenta como para permitir un momento de horrorizada comprensión, los autores de la acción probablemente se sorprenderán bastante… si la Tierra es destruida, probablemente será por error”, añadió.

Podemos estar agradecidos de que los trabajadores del proyecto Apolo 11 y los científicos de Manhattan no fueran esos horribles individuos.

Pero en el futuro, alguien llegará a otro punto de inflexión en el que el destino de la especie estará en sus manos. O quizás ya están en este camino, lanzándose hacia el desastre con los ojos cerrados.

Con suerte, por el bien de la humanidad, tomarán la decisión correcta cuando llegue su momento.

Puedes ver aquí el artículo original en inglés


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