440 mil jóvenes de entre 15 y 29 años, desempleados en pandemia
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Alejandro Ponce

Los jóvenes, los más afectados: más de 440 mil de entre 15 y 29 años quedaron desempleados en pandemia

Animal Político reunió testimonios de jóvenes que cuentan cómo la pandemia los ha obligado a aceptar malas condiciones laborales o de plano los ha arrojado al desempleo.
Alejandro Ponce
28 de enero, 2021
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Los jóvenes mexicanos han sido los más afectados por la pérdida de empleo que dejó la crisis sanitaria por COVID-19. Entre marzo y diciembre del año pasado, 440 mil 047 jóvenes de 15 a 29 años perdieron su empleo formal y no lograron recuperarlo.

La mitad de todos los empleos que se perdieron en 10 meses —839 mil 804 fuentes de trabajo formal, según estadísticas oficiales del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS)—, pertenecía a un joven menor de 29 años.

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El resto de los empleos perdidos a lo largo de la pandemia —339 mil 758— se dio entre trabajadores de los 30 hasta los 75 años de edad.

Animal Político reunió testimonios de jóvenes que cuentan cómo la pandemia los ha obligado a aceptar malas condiciones laborales o de plano los ha arrojado al desempleo; también, cómo han visto truncados sus planes profesionales. 

Especialistas alertan que situar a la juventud en la precariedad laboral tendrá un impacto negativo que, en unos años, afectará colectivamente a toda la población.

“La pandemia vino a hacer más evidente que los más prescindibles y los más vulnerables son los más jóvenes. A las empresas e instituciones se les hace más fácil cortar a un joven que cortar a un trabajador con más experiencia o que acumuló determinados derechos. Como esos jóvenes normalmente son contratados de una manera precaria, sin muchos derechos, pues es más fácil cortarlos”, sostiene Héctor de la Cueva, coordinador del Centro de Investigación Laboral y Asesoría Sindical (Cilas).

“(La enfermedad de Covid)”, agrega, “ha venido a reforzar la tendencia de que el joven tiene que aceptar un pequeño ingreso en cualquier empleo en las condiciones que sean si quiere ganar un poco de dinero, es decir, están expuestos a los peores abusos”.

Por rango de edad, de marzo a diciembre, 120 mil 875 personas de 15 a 19 años perdieron el empleo, lo mismo que 161 mil 987 trabajadores de entre 20 y 24 años, y 157 mil 155 de 24 a 29 años. 

“La empresa me dijo: no te podemos ofrecer más dinero”

En el último tramo de la carrera de Arquitectura en La Salle, Jeannine Rico, de 25 años, había asegurado un trabajo como practicante en un despacho en el que le pagaban 2 mil pesos mensuales. Era poco dinero, pero era mayor la expectativa de ser contratada con un mejor salario una vez que se titulara como licenciada. 

Se graduó en medio de la pandemia, de manera remota. Pero la crisis sanitaria no solo afectó la ceremonia de graduación. En el despacho donde trabajaba como practicante dejaron de pagarle. Aguantó un rato sin cobrar un solo peso, con la idea de que cualquier aprendizaje es bueno aunque de él no se coma, dice Jeannine en entrevista. Un día decidió que era suficiente y buscó un trabajo remunerado.

“Empecé a buscar trabajo por la misma situación y simplemente no había. No es que no buscara, no es que no preguntara: no había en ningún lado, y era preocupante, porque a mis compañeros les preguntaba si sabían de algo, y a la mayoría nos habían dejado exactamente igual: sin sueldo o sin trabajo. Fui a un par de entrevistas, la mayoría con sueldos muy, muy bajos.

“La verdad es que ha sido súper deprimente, y que ahorita no haya trabajo, nos pusieron una traba y se nos retrasaron muchas metas profesionales que varios de nosotros ya teníamos”, comparte.

Tras medio año de búsqueda, Jeannine dio con una oferta laboral en un despacho en el que está próxima a empezar. Eso sí: le advirtieron que, al menos durante dos años, le van a pagar menos de lo que le correspondería por su preparación y funciones. 

“En la misma empresa me dicen: ‘No te podemos ofrecer más dinero porque simplemente no hay, no tenemos, a lo mejor en uno o dos años nos regularizamos y podemos ofrecerte un sueldo acorde a lo que vas a estar haciendo, pero por el momento es todo lo que podemos ofrecerte’. La verdad, sí está bastante duro”, dice.

 “Me deprimió saber que no hay trabajo”

Hugo Pérez tiene 25 años y vive en Chimalhuacán, en el oriente del Estado de México. Este joven, cuyo nombre fue cambiado a petición suya, es padre de un niño de 5 años y vive con su esposa, de 25, en casa de su suegra. Estudió el bachillerato y lo concluyó como mecánico automotriz. Antes de la pandemia ya le había sido imposible ejercer su oficio. En los últimos 10 meses ha transitado por trabajos de limpieza o de guardia de seguridad. En algún momento él mismo intentó abrir una verdulería en su colonia, pero el negoció no prosperó.

“A lo mejor te entra la tristeza, pero es más la incertidumbre de: ¿ahora qué vamos a hacer y dónde vamos a conseguir trabajo? Porque con esto de la pandemia bastantes negocios cerraron”, dice.

En su actual empleo, como guardia de la Central de Abastos de la Ciudad de México, le pagan 3 mil pesos quincenales. Ni siquiera firmó un contrato. No tiene prestaciones, tampoco seguro, de modo que él y su familia están en la más desnuda vulnerabilidad ante la pandemia de COVID.

“Sí es un poco cansado, complicado, pero por lo menos tenemos trabajo, ya que hay mucha gente que va buscando, intentando sacar a su familia adelante”, expone. 

“Se sigue viendo a diario que sí hay uno que otro anuncio de ‘Se solicita personal’, pero son empleos, la verdad, muy matados, de cargadores, de chalán, para un sueldo que, dices tú: ‘es que no me alcanza para solventar los gastos de mi familia’. Sí está un poco complicado”.

Para llegar a su empleo actual, recuerda, pasó por varias entrevistas en donde le exigieron pagar prueba PCR para confirmar que era negativo a COVID o presentar una carta de antecedentes no penales federales, trámite que, sostiene, estuvo restringido durante la pandemia.

Hugo, sin embargo, ve la adversidad con optimismo. Dice que la crisis es una oportunidad. 

“Después de pasar una situación tan crítica durante casi un año, lo único que te queda es aguantar y agarrar experiencia de ahí, porque, si te quedas ahí mismo, el freno ya no te lo pone la pandemia, el freno te lo pones tú mismo, eso ya es cosa de cada quién. En lo personal, a lo mejor sí me deprimió un poco, me dio tristeza saber que no hay trabajo, pero, si se te cierra una puerta, una ventana se te abre”, afirma.

“Yo nada más podría decir, a todos los que pasaron por una situación así, que no son los únicos, no están solos; los que llegaron a pasar por un proceso de enfermedad, de contagio, lo que sea, sé que es muy triste, muy doloroso, pero también sé que de ahí agarras fuerza porque tienes familia, conocidos, motivos para seguir viviendo. Tienes algún motor que te ayude a echarle ganas y poder salir de ese caos”.

-¿Y cuál es tu motor?

-Mi familia -dice.  

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“Son los más vulnerables entre los vulnerables”

Héctor de la Cueva, coordinador del Centro de Investigación Laboral y Asesoría Sindical (Cilas), considera que no hay una estrategia gubernamental específica para rescatar a los jóvenes en medio de la pandemia, pese a que se trata del grupo más perjudicado. 

Para el especialista, en los más de 10 meses que lleva la emergencia sanitaria, el gobierno federal ha seguido un plan prepandémico basado en programas asistencialistas de becas que no hacen sino perpetuar la precariedad laboral de la juventud trabajadora.

“Más que programas asistenciales, porque esa es la lógica que ha tenido el gobierno, lo que hace falta son programas de productividad, de impulso de la producción y de reactivación económica donde se establezcan condiciones y garantías adecuadas para los jóvenes”, expone en entrevista.

Por ejemplo, detalla, como parte del paquete de reactivación económica, las autoridades tendrían que fomentar y vigilar que las empresas garanticen condiciones laborales decentes para los jóvenes en general, así como implementar acciones afirmativas que beneficien específicamente a las mujeres.

“Lo que hace falta, independientemente de reactivar la economía, es que dentro de los planes de reactivación se adopten estrategias y políticas públicas destinadas a fomentar el empleo decente para los jóvenes. Si se sigue con la lógica asistencialista de darles un poquito de dinero o de darles una bequita que después no va a transformarse en empleo, pues no se soluciona el problema”, advierte.

Procurar un trabajo estable y digno para los jóvenes es vital, explica, porque ello garantiza la sobrevivencia de la propia sociedad en su conjunto: mejores empleos derivan en mejores sueldos, más ahorro, más gasto y más crecimiento económico. 

 “Una sociedad que no apuesta a renovarse creando empleos dignos para sus jóvenes es una sociedad condenada a la improductividad y al bajo crecimiento. Porque de por sí estamos en una sociedad que está envejeciendo notoriamente, y que ocurra este fenómeno implica que la sociedad mexicana no está invirtiendo en sus jóvenes”, refiere.

“Y quizá es un fenómeno global, porque los jóvenes son los más vulnerables entre los vulnerables: son los que se les otorgan los peores empleos, eventuales y generalmente precarios, pero además, por lo general, están condenados a no generar antigüedad, permanencia o estabilidad”.

El especialista abunda que, al mismo tiempo, la fuerza de trabajo joven contribuye a sostener el sistema de pensiones, que cada vez asfixia más las arcas públicas. Ello significa que la precarización no solo reduce a ellos mismos sus expectativas de un retiro digno en el futuro, sino que también menoscaba su aportación al sostenimiento de la población actualmente jubilada.

“Si de por sí los jóvenes, con el tipo de empleos que estaban obteniendo, no acumulaban antigüedad y muchos de ellos muy probablemente ni siquiera puedan acumular fondos de retiro, entonces estamos hablando de una perspectiva, para los jóvenes, de no tener recursos para su vejez, pero a la vez que efectivamente no aportan a lo que pudiera ser el sostenimiento de la gente de la tercera edad”, indica.

De la Cueva considera que, antes de la pandemia de Covid, comenzó a registrarse un aumento de la precarización laboral no solo entre jóvenes de bajos estudios, sino marcadamente entre quienes cuentan educación media y superior.

“¿Dónde estamos viendo a los jóvenes trabajando? Los encontramos entre los repartidores, los despachadores de restaurantes de comida rápida, en los call centers, sin prestaciones. Lugares de trabajo en los que, además, pasan rápidamente para ir a otra chamba del mismo estilo. Ese chambismo los tiene en una condición de absoluta dependencia, y además se les niega el ejercicio de sus derechos colectivos”, explica.

“Quería ayudar a mis padres a terminar su casa”

En el municipio de La Paz, en el lado opuesto del Estado de México, en el oriente pobre, vive José Antonio Gutiérrez, de 29 años. 

Fue durante cuatro años “ejecutivo de ventas” en el Papalote Museo del Niño, una asociación civil que funciona mediante financiamiento público y privado. Le pagaban comisiones en función del volumen de sus ventas: entre más vendiera, mejor le iba. El año pasado, tras el golpe de la pandemia, fue despedido. 

No ha tenido éxito en conseguir otro empleo, pero además, se enfrenta al miedo que le provoca la distancia que hay entre su hogar y posibles áreas de trabajo. Para el traslado, necesariamente tendría que seguir el trayecto en transporte público de La Paz a Pantitlán, una terminal en la que no hay lugar para la sana distancia.

“Debo confesar que sigo teniendo un poco de miedo a salir y enfrentarme a la ciudad, con todo esto de las enfermedades. Mis papás son relativamente jóvenes, tienen más de 50 años, (pero) exponerme a la ciudad me causa un poco de miedo a que yo me pueda infectar y pueda infectar a mis padres”, afirma José Antonio.

Con sus ahorros ha podido quedarse en su casa y ayudar a su madre atendiendo su tienda de abarrotes, y a su padre, que se dedica a la construcción. Pero los ahorros se agotan.

“Parte de mi proyecto de vida era ayudar a mis padres a terminar de construir la casa (…) y después de esto yo mudarme para empezar mi propio proyecto”, cuenta.

Otro de sus planes era comprarse un coche, para evitar, por fin, la lucha de todos los días para ganar un lugar en el metro Pantitlán. No pudo completar ninguno de sus objetivos.

“Mi intención es nuevamente empezar a buscar trabajo. Desgraciadamente, los ahorros, cuando no se utilizan para lo que están destinados, se te van rápido. Se me están acabando los ahorros y lo que quiero es conseguir un trabajo”, comenta.

“Estoy en el limbo de los olvidados”

Jimena Castillejos se graduó como arquitecta de la Ibero en mayo de 2020, en plena pandemia. En el despacho donde laboraba como practicante le ofrecieron ascenderla de nivel de responsabilidades, pero con el mismo sueldo de aprendiz. Lo rechazó. 

Entonces  encontró un trabajo como profesora de inglés, donde le pagan 600 pesos por semana, sin contrato y sin prestaciones laborales. Aunque no cuenta con seguro social por parte de sus patrones, Jimena encuentra alivio en que está protegida médicamente gracias a sus padres. 

Esta joven de 26 años percibe la presión: va a cumplir un año de haberse graduado sin ejercer su profesión. Y en pocos meses se graduará una nueva generación con la que también deberá de competir por trabajo.

“Yo siento que ni siquiera me he graduado, y más porque ni siquiera estoy ejerciendo, y al contrario, también siento que estoy yendo para atrás, o sea, salí de la universidad con todo el vuelo, pero ahora sí ya pasaron muchos meses y ya ni siquiera soy la generación que se acaba de graduar. Ahora, con la pandemia, (aumenta) la competencia, se siguen graduando personas y yo me quedé sin chamba al principio, no he conseguido (trabajo) de arquitecta, y se siguen graduando más. Entonces estoy como en un limbo oscuro, de los olvidados”, describe.Alejandro Ponce

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Los miniórganos creados por científicos que revolucionan el conocimiento sobre COVID

Desde minipulmones a minivasos sanguíneos. Técnicas desarrolladas hace pocos años permiten evaluar rápidamente posibles tratamientos y entender mejor cómo el coronavirus afecta a diferentes partes del cuerpo.
5 de diciembre, 2020
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Imagina tomar un puñado de células humanas de diferentes tipos y, después de una serie de procedimientos, transformarlas en un órgano en miniatura, que funciona y puede ser observado a simple vista.

Esto ya es posible hoy: los miniórganos (u organoides, nombre preferido entre los científicos) son una herramienta poderosa, que ayuda a comprender cómo el SARS-CoV-2, el coronavirus responsable de la pandemia actual, causa daños en diferentes partes de nuestro cuerpo.

Gracias a esta tecnología, los expertos evaluaron varios tratamientos posibles y entendieron rápidamente que la covid-19 no era solo una enfermedad que afectaba al sistema respiratorio, sino que tenía repercusiones en el corazón, intestino, riñones e incluso en el cerebro.

¿Pero cómo se crea un miniórgano? ¿Y qué ventajas tiene en comparación con otros métodos más antiguos, como los cultivos celulares y las cobayas de laboratorio?

Volver al pasado para proyectar el futuro

La materia prima básica para la construcción de un organoide son las células simples presentes en la piel o el sistema urinario. Tras la selección, los científicos realizan un procedimiento que hace que estas unidades se conviertan en células madre.

Es como si esas células retrocedieran en el tiempo. A través de una transformación genética se vuelven células madre nuevamente”, señaló la neurocientífica Marília Zaluar Guimarães, del Instituto D’Or de Investigación y Educación, en Río de Janeiro (IDor).

La descripción de este proceso biológico y la tecnología capaz de hacerlo factible le valieron al británico John Gurdon y al japonés Shinya Yamanaka el Premio Nobel de Medicina y Fisiología en 2012.

Placa de petri circular con pequeñas esferas dentro que representan los minicerebros

Getty Images
Esta ilustración muestra el tamaño de minicerebros en una placa de Petri y cómo pueden ser apreciados a simple vista.

Pero esa es apenas una parte de la historia. Después de que las células “retroceden en el tiempo”, es preciso realizar otro paso. “Hacemos que estas células madre se diferencien y se especialicen nuevamente”, agregó Guimarães, quien también es profesora de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ) en Brasil.

En otras palabras, es posible tomar una célula de la piel y, siguiendo unos pocos pasos, lograr una metamorfosis para que se convierta en una neurona o en un glóbulo rojo.

La gran ventaja es que los organoides no son solo un montón de células que pueden ser analizadas con la ayuda de un microscopio. Hablamos aquí de formaciones más complejas, que agrupan a más de un tipo de célula y, a menudo, son visibles a simple vista. Realmente se trata de un órgano en escala reducida.

“Los minicerebros, por ejemplo, son esféricos, pero no tienen la misma forma que el órgano real. Lo que nos permite saber que esa estructura se asemeja al original son sus características celulares y bioquímicas”, explicó el biólogo Daniel Martins de Souza, de la Universidad Estadual de Campinas (Unicamp) en Brasil.

Los orígenes

En una perspectiva histórica, la posibilidad de construir miniórganos es muy reciente. Los científicos solo han podido avanzar significativamente en este tema en los últimos 10 años.

Pero en este período breve los organoides ya hicieron grandes contribuciones a la ciencia. Uno de los mayores ejemplos de esto ocurrió durante la epidemia de Zika, que preocupó al mundo en 2015 y 2016.

Bebé en Brasil que padece microcefalia con una médica

Getty Images
Investigaciones con las nuevas técnicas permitieron demostrar que el Zika afecta las células del sistema nervioso e inhibe su crecimiento, provocando el síndrome congénito que causa microcefalia en bebés.

Transmitido por la picadura del mosquito Aedes aegypti, el virus causa síntomas relativamente simples, como fiebre baja, dolor y enrojecimiento de los ojos.

Pero la explosión de casos de microcefalia (cuando el bebé nace con un cráneo y un cerebro más pequeños de lo habitual) en la región noreste del país fue una señal de alerta: ¿podría una infección de zika durante el embarazo estar relacionada con esta complicación grave?

La sospecha se confirmó gracias a la investigación con organoides. En el laboratorio, un equipo liderado por el neurocientífico Stevens Rehen, de UFRJ e IDor, utilizó minicerebros para demostrar que el Zika en realidad afecta las células del sistema nervioso e inhibe su crecimiento, provocando el síndrome congénito asociado con la infección, que causa microcefalia y otros problemas de salud en los bebés.

“Esta fue la primera vez que se utilizó el modelo de los organoides para comprender una enfermedad viral”, recordó Guimarães.

Las ventajas

En las últimas décadas, los cultivos celulares y las cobayas han sido los principales medios para realizar estudios preliminares con candidatos a fármacos o vacunas.

La idea es comprender cómo actúan estas nuevas moléculas a una escala menor y más controlada antes de pasar a los ensayos clínicos con seres humanos.

Estas metodologías también permiten comprender cómo una determinada enfermedad afecta al organismo, aunque sea en forma simplificada.

Ilustración que muestra coronavirus y el cuerpo de un hombre

Getty Images
Sin los organoides, el conocimiento sobre la covid-19 tardaría mucho más en estar disponible.

Pero las alternativas más antiguas tienen una serie de limitaciones, comenzando por su propia simplicidad, que no reproduce las mismas características de la vida real.

“Los organoides, en cambio, están compuestos por diferentes células y tienen una estructura tridimensional. Por eso, tienen funciones más similares a lo que sucede en la realidad“, afirmó el experto en farmacéutica Kazuo Takayama, profesor de la Universidad de Kioto en Japón.

En el caso de las cobayas también existe una limitación en la cantidad de animales disponibles para su uso en experimentos. “Es posible cultivar miniórganos en el laboratorio casi infinitamente, por lo que pueden usarse para probar nuevos medicamentos a gran escala”, agregó Takayama.

Conocimiento optimizado

Durante una pandemia como la que estamos viviendo, este enfoque moderno también permitió acelerar algunos procesos y obtener información esencial rápidamente.

Sin los organoides, el conocimiento sobre la covid-19 tardaría mucho más en estar disponible. Esto, a su vez, obstaculizaría el avance de la ciencia y retrasaría aún más la llegada de métodos seguros y eficaces de diagnóstico, prevención y tratamiento.

Ilustración de un vaso sanguíneo, células de la sangre y un coronavirus

Getty Images
Las investigaciones con miniórganos permitieron entender qué células invade el coronavirus. Actualmente se sabe que el patógeno puede afectar los vasos sanguíneos.

Veamos ejemplos prácticos de cómo sucedió esto en los últimos meses. Ante la emergencia sanitaria mundial, muchos expertos quisieron evaluar si ya existían medicamentos disponibles en el mercado que pudieran combatir el virus o mitigar sus daños.

Muchas de estas terapias se probaron en organoides. Aquellos tratamientos que no funcionaron de inmediato fueron descartados. Y los medicamentos que mostraron algún efecto positivo inicial evolucionaron más rápidamente hacia las siguientes fases de investigación. Imagina cuánto tiempo se ahorró con esta evaluación inicial.

Pero las aplicaciones fueron más allá del área farmacéutica. Investigadores en Japón y Estados Unidos se centraron en los minipulmones y descubrieron que el SARS-CoV-2 invade y destruye células del sistema respiratorio. Esto, a su vez, puede generar una respuesta inflamatoria muy fuerte y dañina para la salud de la persona afectada por la infección.

“En general, los organoides nos permitieron comprender qué células humanas invade el coronavirus y utiliza para replicarse. Nuestro grupo demostró que esto sucede en el intestino, lo que explica los síntomas gastrointestinales que se observan en muchos pacientes”, señaron los investigadores Joep Beumer y Maarten Geurts, del Instituto Hubrecht, en Holanda.

Otro experimento realizado en la Universidad de la Columbia Británica en Canadá y en el Instituto de Biotecnología Molecular en Viena, Austria, construyó vasos sanguíneos en miniatura. De esa forma se pudo observar que el virus de la covid-19 invade el endotelio (la capa interna de las venas y arterias).

Esto tiene dos implicaciones principales. El primero es la formación de coágulos que bloquean el paso de la sangre y pueden desencadenar un ataque cardíaco, un derrame cerebral o una trombosis. En segundo lugar, existe la sospecha de que a través de la circulación sanguínea el patógeno puede “filtrarse” a diferentes áreas del cuerpo y afectar otros órganos importantes.

Las iniciativas no terminan ahí. Se sigue trabajando con organoides para evaluar posibles huellas del coronavirus en el hígado, los riñones, el corazón y el cerebro.

Foto tomada con un microscopio que muestra neuroesferas y coronavirus

Carolina Pedrosa – IDor
Neuroesferas infectadas por SARS-CoV-2. Los puntos azules son los núcleos de las células. La zona verde es el coronavirus.

Los límites

A pesar de tener tantas ventajas, los organoides no son perfectos y no permiten encontrar todas las respuestas.

“Esta es un área que está dando sus primeros pasos y enfrenta importantes desafíos. Muchas de estas estructuras están hechas con células aún inmaduras, lo que significa que no son 100% comparables a los órganos de un adulto“, afirmó Núria Montserrat Pulido, profesora del Instituto de Bioingeniería de Cataluña, España.

La bioquímica Shuibing Chen, de la Universidad de Cornell, en Estados Unidos, destacó la gran variabilidad entre los modelos de miniórganos utilizados por los grupos de investigación.

“Necesitamos estandarizar este material para comprender las aplicaciones de nuestros esfuerzos en el mundo real”, advirtió.

La inversión financiera es otra barrera a considerar en este contexto. “Los materiales que utilizamos son caros y estamos trabajando para crear sistemas rentables”, añadió Chen.

Souza destacó un impedimento más: los miniórganos son (aún) estructuras aisladas, que no interactúan con otros sistemas del cuerpo humano. Por ello no es posible comprender cómo los efectos del coronavirus en los riñones, por ejemplo, repercuten en el corazón o en el intestino.

“Tal vez en el futuro tendremos diferentes organoides conectados, para que interactúen en el laboratorio”, agregó Souza.

Si los organoides ya han aportado tanto conocimiento en sus primeros pasos, imagina lo que podrán hacer cuando sean perfeccionados.


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https://www.youtube.com/watch?v=3KQvURTJmgA

Si los organoides ya han aportado tanto conocimiento en sus primeros pasos, imagina lo que podrán hacer cuando sean perfeccionados.

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