Entre esperanza y caos: la vacunación a adultos mayores en CDMX
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Entre la esperanza y el caos, así se vivió la primera jornada de vacunación a adultos mayores en CDMX

En este primer día de vacunación, las personas de 60 años y más que viven en las zonas alejadas de los estados tuvieron que madrugar, dar vueltas o esperar por horas en fila para recibir la inmunización. 
Cuartoscuro
Por Andrea Vega y Lidia Sánchez
16 de febrero, 2021
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Eran las tres de la madrugada cuando Irene Buendía de 72 años tomó su bolso con su medicamento, su desayuno y un pequeño banquito, para después salir de casa decidida a ser la primera en recibir la vacuna contra la COVID-19, en la Escuela Agustín Legorreta en Milpa Alta. 

“A mí me da miedo enfermarme de COVID, yo no me quiero enfermar de eso. Y yo dije, ¡no, pues va a haber mucha gente y yo quiero ser de las primeras!”, comenta Irene.

Leer más | 📷 Inicia segunda etapa de vacunación contra COVID: inyectan primera dosis a 23 mil 369 adultos mayores


A pesar de las recomendaciones de no llegar a hacer fila de madrugada, en este Barrio de Tecómitl, al sur de la delegación Milpa Alta, al menos otros 200 adultos mayores llegaron muy temprano. 

“Nos venimos a formar antes de las 6 de la mañana y había muy poquita gente pero conforme pasó el tiempo esto se llenó”, cuenta Gustavo Aldama de 57 años, quien trajo a su madre de 74 a recibir la inoculación.

A las 9 de la mañana, Irene sintió felicidad y nerviosismo. Tenía la ficha número uno, de una lista de 500 que deben entregar al día por cada sede de vacunación. 


Casi dos horas más tarde salió de las instalaciones de la escuela primaria de Tecómitl contenta, sin dolores ni malestares post-vacuna, pese a su hipertensión.

María de Luz Franco, de 73 años, sufre hipertensión y diabetes. Dice que recibir la vacuna “es un beneficio para nosotros que ya estamos grandes. Y me gusta que no nos van a olvidar solo por estar hasta acá en Milpa Alta”. 

A Irene y María les dijeron que en un promedio de dos semanas recibirán una llamada para indicarles la fecha y hora en que recibirán su segunda dosis. 

Entre la esperanza y el caos, así se vivió la primera jornada de vacunación a adultos mayores en CDMX

 

En este primer día de vacunación, las personas de 60 años y más que viven en las zonas alejadas de los estados tuvieron que madrugar, dar vueltas o esperar por horas en fila para recibir la inmunización. 

El presidente Andrés Manuel López Obrador informó apenas este domingo 14 de febrero por la mañana que al día siguiente iniciaría el proceso de inmunización para los de mayor edad y la confusión reinó. Algunas personas se enteraron que les tocaba vacunarse apenas unas horas antes y cada módulo parecía tener su propio protocolo, sin un proceso unificado para todos. 

Retrasos y vueltas

En los puntos de vacunación, las dosis de AstraZeneca llegaron sobre las 9 de la mañana. Pero en el módulo de vacunación de San Jerónimo, en Magdalena Contreras, las vacunas llegaron pasado el mediodía, se queja Mónica Czaplewski. 

“Mis papás fueron los primeros en la fila, llegaron a las 8, pero como mi mamá tiene EPOC y mi papá ya tiene 82 años, les dieron los primeros lugares. Aún así tuvieron que esperar hasta las 12:40 para que los vacunaran”, dice Mónica. 

En la Ciudad de México, el objetivo es aplicar 79 mil 550 dosis de la vacuna AstraZeneca al mismo número de adultos mayores de tres Alcaldías, Cuajimalpa, Magdalena Contreras y Milpa Alta, en 70 unidades vacunadoras (58 escuelas y 12 unidades de salud), que operan de 09:00 a 20:00 horas.

Este lunes se atendió a las personas con apellidos paternos de la A a la G; este martes se atenderá a los de la letra H a la P; el miércoles 17 a los de apellidos que empiezan con letras de la Q a la Z o sin apellido paterno; y el 18 y 19 se atenderá a quienes hayan faltado de las tres alcaldías y a los rezagados. 

En lugares de vacunación como el de la Unidad de Medicina Familiar (UMF) del IMSS, a las personas les dieron una ficha con una hora asignada para que no estuvieran haciendo fila. 

A las 12 del día, Julieta espera que salga su suegro, quien por fin está en el último tramo de espera para recibir la vacuna. Julieta llegó a la UMF del IMSS a las 6:45 de la mañana. No llevó a su suegro desde esa hora porque no quería tenerlo esperando de pie y en el frío. El señor tiene 88 años y problemas en las rodillas. 

Le dijeron que por no ser familiar directo no podía ella recibir la ficha para el adulto mayor. Que fuera por su acta de matrimonio para comprobar el parentesco o que se presentara el interesado. 

Para no andar buscando papeles, regresó con el señor a las 7:30. “Pedí que me apartaran mi lugar y sí me lo guardaron. La gente en la fila se ha portado muy empática”, dice. 

Estuvieron formados hasta las 8:30, cuando por fin le dieron su ficha al señor y le dijeron que podía irse y regresar a vacunarse a las 11:45. 

Regresaron a las 11:20. Julieta y su suegro viven en la colonia López Mateos en la alcaldía de Cuajimalpa y la clínica 42 del IMSS no les queda lejos. “Pero para mi suegro sí es mucho ajetreo”, dice. 

Julieta cuenta que ayer vieron en las noticias que el señor se podía vacunar hoy, por lugar de residencia y apellido. Aunque estaba ya registrado en la plataforma de Mi Vacuna, nadie les llamó ni les mandaron ningún mensaje por SMS, como aseguraron las autoridades que sucedería, para decirles a qué módulo debía acudir el adulto mayor. 

En Locatel, donde llamó para recibir informes, nunca le respondieron. Julieta vio en redes que podían buscar en la plataforma, puso el CURP del adulto mayor y le salió la dirección de la Clínica 42 del IMSS. 

En este módulo de vacunación sí piden el folio que arroja el sistema de la plataforma al registrarse. Quienes lo traen ingresan más rápido. El resto debe esperar. Esto pese a que las autoridades de la Ciudad de Méxco aseguraron que el folio solo era un preregistro y no un requisito. 

A la nuera de José Luis Galicia, de 67 años, sí le llegó por SMS la dirección del módulo al que debía acudir su suegro. Ella lo registró en la plataforma de Mi Vacuna y dejó su número como dato de contacto. 

Don José Luis llegó a la fila a las 9:30 de la mañana, con su folio de registro en mano. Alrededor de las 11:30 ya había ingresado a la zona de espera para recibir la inmunización, después de que se presentara en el lugar Víctor Hugo Borja, director de Prestaciones Médicas del IMSS y encargado de la vacunación en Ciudad de México por parte del gobierno federal.

En otros módulos no estaban pidiendo el folio de registro en la plataforma de Mi Vacuna, como en el del IEMS Plantel Josefa Ortiz de Domínguez, también en Cuajimalpa. 

Luis Cuatecontzi, su papá, el señor Lorenzo, y su mamá, la señora Amada, llegaron al IEMS a las 7:15 de la mañana. Son de la colonia San Mateo Tlaltenango, Cuajimalpa. Se enteraron que les tocaba la vacunación este 15 de febrero por las noticias y como estaban registrados ya en la plataforma de Mi Vacuna ingresaron los CURP y les salió la dirección a la que debían acudir. Les tocó la ficha 53 y 54. Pero nunca les pidieron el folio de registro en la plataforma. 

Cuatro horas y media después de su llegada, al cuarto para las 12 del medio día, los dos adultos mayores tenían ya su primera dosis de la vacuna de AstraZeneca. En las primeras horas posteriores a la inmunización no han presentado ningún malestar. 

Enterarse por la tele 

Macario Garibay llegó poco antes de las 4 de la tarde a formarse al módulo de vacunación COVID, ubicado en el Centro de Salud T-II Dr. Luis Alberto Erosa León, en la alcaldía de Milpa Alta. Apenas dos horas antes, a las 2 pm, se enteró que ese día le tocaba vacunarse. Lo escuchó en las noticias. Nadie lo puso antes sobre aviso. 

Él es el último en la fila de unas 70 personas que todavía esperan para que las vacunen. 

Macario Garibay cuenta que les dijeron que los atenderán a todos y espera en la fila con el ánimo firme. “Voy llegando porque todavía me tuve que regresar a conseguir el correo electrónico de alguien, que también están pidiendo aquí. Yo no tengo. La primera vuelta al centro de salud la di después de las 2 de la tarde, en cuanto me enteré que hoy me tocaba vacunarme, pero tuve que regresar a ver quién me daba un correo”. 

Don Macario no se registró en la plataforma de mivacuna.salud.gob.mx , no supo cómo. Tampoco le llamó ni lo visitó ningún Servidor de la Nación para decirle que él era de los afortunados con los que arrancaría el proceso de vacunación a adultos mayores.

A las 4 de la tarde con 4 minutos, Martha Cabello Reynoso, habitante de San Pedro Atocpan, Milpa Alta, sale del centro de salud ya con su primera dosis de la vacuna COVID de AstraZeneca. Llegó a las 10 de la mañana. Fueron seis horas de espera. Pero está contenta. Dice que para ella y su esposo, que también se vacunó hoy, tenerla ya es una protección. 

Antonia Chavira Flores, otra habitante de San Pedro Atocpan, llegó al centro de salud de Milpa Alta a las 9 de la mañana. Poco después de las 2 de la tarde ya tiene su primera dosis de vacuna COVID. Cuenta que se tuvo que esperar aquí todo ese tiempo. Pero no se queja. “Si es por esperar la vacuna, pues el tiempo que sea para que esté uno bien”, afirma. 

Después de la media hora de observación que deben pasar todos lo que reciben la inmunización COVID para ver si no hay alguna reacción grave, la señora Antonia se siente bien. Está contenta también. “Es una protección porque yo la verdad sí tenía miedo de enfermarme”. 

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Wilson: la rara enfermedad que convirtió mi cerebro de 30 años en uno de 70

La periodista Carolina Roatta cuenta su historia con la rara enfermedad de Wilson. Se trata de "una rareza genética" que impide al cuerpo procesar o digerir el cobre.
6 de abril, 2022
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El paso del tiempo suele ser evidente en nuestro cuerpo cuando aparecen arrugas y canas, también cuando los músculos se desmarcan y los dientes se oscurecen.

Lo que le pasa a nuestro cerebro, en cambio, suele notarse menos.

Pero, ¿Qué pasaría, si ocurre lo contrario?

La periodista Carolina Roatta se enfrenta a una enfermedad rara que afectó su cerebro al punto de envejecerla el doble, aún cuando su cuerpo es joven.

BBC Mundo cuenta su historia:


Cuando cumplí 32 años me sentía la reina del mundo.

Era noviembre de 2012. Había terminado mi tesis de maestría y estaba de regreso a la soltería. Dictaba clases en una universidad y acababa de conseguir el trabajo de mis sueños como periodista.

El día que fui a firmar el contrato laboral, llegué tan segura de mí misma que logré controlar el temblor que tenía en mis manos desde hacía un tiempo.

Esa firma fue lo último que pude escribir.

El diagnóstico de Wilson

Empecé a temblar cada vez más fuerte. Primero mis manos y brazos se batían como alas de mariposa, luego les siguieron mi cabeza y mis piernas.

Opté por modificar mi rutina. Dejé de usar blusas de abotonar y zapatos de amarrar, me hice amiga de los pitillos y hasta llegué a contratar a un asistente para que escribiera por mí.

En algún punto también empecé un diario en audio para registrar todo lo que me pasaba.

Resistí como pude, pero al cabo de seis meses la situación se hizo insostenible.

Pasé por varias citas médicas que duraban 15 minutos. Es lo normal. En el sistema de salud colombiano, hay que pasar por un médico general para que éste ordene exámenes o remita al paciente a consulta con algún especialista.

En medio de eso me vio un neurólogo primerizo que me diagnosticó erróneamente con temblor esencial y me mandó unos medicamentos para esa condición. Esa medicina me relajaba, pero no me quitaba el temblor.

Irónicamente, después de haber consultado médicos, psicólogos, neurólogos, fue una médica bioenergética la que pensó en ordenarme un examen que mostrara imágenes de mi cerebro.

Mi papá y mi mamá me acompañaron al examen de resonancia electromagnética. Al otro día, mientras esperábamos los resultados, el técnico llamó preguntando si en mi trabajo manipulaba químicos. Las imágenes mostraban que mi cerebro estaba intoxicado.

El resto de mi familia prendió las alarmas. Me ayudaron a conseguir una consulta privada con un neurólogo reconocido. No fue barato, pero por primera vez sentí que alguien entendía lo que pasaba.

La cita duró tres horas, el doctor me hizo todo tipo de pruebas: debía tocarme la punta de la nariz con el dedo índice, dibujar un espiral, hacer marionetas con las manos, sostenerme en un solo pie. En todas me rajé y terminé sudando como si hubiese corrido una maratón.

Fue como haber perdido el examen de admisión al kínder, pero con un diagnóstico como premio de consolación.

Gracias a la cita y otros exámenes especializados, el neurólogo confirmó que tengo la enfermedad de Wilson. Es una rareza genética que lleva el nombre del neurólogo que la investigó, Samuel Alexander Kinnear Wilson, e impide que mi cuerpo pueda procesar o digerir el cobre.

¿Cobre? ¿el mismo metal naranja que hay en los cables?

Sí, el mismo.

Resulta que el cobre es un elemento que nos ayuda a tener nervios y huesos sanos, también contribuye con el colágeno y la melanina en la piel. El cuerpo humano no lo produce, pero lo adquiere por medio de un montón de alimentos.

Lentejas, almendras, chocolate, aguacate, langosta.. La lista sigue.

El cuerpo descompone esos alimentos, el hígado procesa el cobre que le sirve y elimina el que no necesita, usualmente por la orina.

El problema es que quienes sufrimos de Wilson, en vez de procesar y digerir el cobre, lo acumulamos hasta que el cuerpo no resiste más y colapsa. Lo usual es que el hígado sea el más afectado, después el cerebro, los ojos y los riñones.

Pero mi caso es aún más raro. A pesar de llevar 32 años acumulando cobre, mi hígado estaba sano. Mi cerebro, en cambio, envejeció el doble. El neurólogo dijo que parecía el de una persona de 70 años.

También tenía un aro de cobre alrededor de las pupilas de mis ojos, otro signo típico de la enfermedad.


Sobre la enfermedad de Wilson*:

  • La mayoría de las personas son diagnosticadas entre los 5 y los 35 años, pero también puede afectar a personas más jóvenes y mayores.
  • La enfermedad está presente al nacer, pero los signos y síntomas no aparecen hasta que el cobre se acumula en el cerebro, el hígado u otro órgano.
  • Los signos y síntomas varían según las partes del cuerpo afectadas por la enfermedad. Pueden incluir: Fatiga, falta de apetito o dolor abdominal – Una coloración amarillenta de la piel y el blanco de los ojos (ictericia) -Decoloración de los ojos de color marrón dorado (anillos de Kayser-Fleischer) – Acumulación de líquido en las piernas o el abdomen – Problemas con el habla, la deglución o la coordinación física – Movimientos incontrolados o rigidez muscular.
  • Para padecer la enfermedad se debe heredar una copia del gen defectuoso de cada progenitor. Si se recibe un solo gen anormal no se padece la enfermedad, aunque la persona se considerará portadora y es posible que sus hijos hereden el gen.
Un ojo con un aro de cobre alrededor

CRMR Wilson Paris
El aro de cobre en los ojos es uno de los síntomas de Wilson

Enferma de por vida

Ahora debía someterme a una desintoxicación. El tratamiento consiste en tomar durante toda la vida un medicamento quelante que literalmente “pela” el cobre que se acumula en los órganos para después eliminarlo a través de la sangre y la orina.

El médico me explicó que pasaría un tiempo antes de mejorarme, sin precisar si serían meses o años. Me recomendó no mirar Internet para no asustarme y precisó que de pronto los síntomas se agravarían durante el inicio del tratamiento.

Llegué a creer que iba a ser breve y que en poco tiempo retomaría mis actividades. La realidad es que en mi cotidianidad parecía una especie de “bebé grande”.

Pasé de ser una mujer super autónoma a depender de otros en cada aspecto de mi vida. Lo entendí poco después del diagnóstico, cuando mi mamá tuvo que ayudarme a lavar los dientes porque yo ya no podía. Recuerdo perfecto que mis ojos se llenaron de lágrimas cuando abrí mi boca y ella cuidadosamente comenzó a limpiar con el cepillo.

Lloraba porque sentía que ya no tenía dignidad. No podía ser una adulta, un individuo, una persona. Así me sentía cada vez que requería de su ayuda: me limpiaba cuando orinaba, me bañaba, me ayudaba a cambiarme la toalla higiénica cuando tenía la regla, me vestía.

Después de casi un año había llegado al límite de incapacidades médicas permitidas. No mostraba mejoría. El siguiente paso era que me dieran una pensión por invalidez. Al principio me sonaba hasta atractivo: tener 32 años, un salario de por vida, y poder dedicarle tiempo a mis hobbies.

Pero el espejismo tenía otra cara: ser así de joven y sentirme inútil, descartada para el mundo laboral, relegada y sentenciada a ganar un salario mínimo en Colombia, que para ese entonces era como 150 dólares americanos. Una cifra que, igual, me condenaba a depender de otros.

Carolina Roatta

Carolina Roatta
Carolina Roatta

El privilegio

Estaba lejos de imaginarme que Roatta, mi apellido, me salvaría. Mi familia paterna es francesa y gracias a esa herencia, yo recibí la doble nacionalidad, pude estudiar en un colegio bilingüe y hablo el idioma.

Por eso Francia empezó a sonar como una opción cuando entendimos que en Colombia no podía hacer nada más que esperar y depender sin mucha esperanza.

Una de mis hermanas ya vivía allá, se puso a investigar y encontró un centro de referencia en la enfermedad de Wilson que está ubicado en París.

Mis padres, mi hermana menor y yo decidimos emigrar para juntarnos con ella. Fue una decisión difícil, pero necesaria.

En el CRMR Wilson hay un equipo de especialistas que nos dio todas las respuestas. Como Wilson es una enfermedad genética, lograron diagnosticar a mis dos hermanas antes de que los síntomas aparecieran.

Las tres tenemos citas de seguimiento, con exámenes incluidos, cada seis meses. También tenemos acceso privilegiado a medicamentos y yo recibo una ayuda económica para compensar mi situación de discapacidad.

Desde que llegamos, a finales de 2014, estoy intentando crearme una nueva vida. Ha habido avances. Ahora tiemblo mucho menos, el aro de mis ojos desapareció y volví a ser totalmente autónoma.

Han sido ocho años en proceso de aceptación de mi diferencia: enferma, rara, mitad colombiana, desempleada y ahora con 40 años. Nada fácil. Intenté varios proyectos laborales pero no progresaron. Intenté varios proyectos amorosos y de vida en pareja pero tampoco funcionaron.

Hoy sigo en modo construcción. Estoy haciendo una nueva Maestría (mi revancha porque en Colombia nunca pude sustentar la tesis y nunca me dieron el diploma), tengo un nuevo amor, cambié el proyecto de tener hijos por el de tener gatos y me mudé a una ciudad cerca al mar, luego de aceptar que París es muy dura para vivir cuando eres vulnerable.

Pero claro, el desenlace de mi historia también es una rareza. Que yo tenga diagnóstico, tratamiento y acompañamiento, está lejos de ser la norma para quienes se encuentran en los países de América Latina.

En Colombia tuve suerte: La enfermedad de Wilson aparece en la lista de enfermedades raras del Ministerio de Protección Social, gracias a los esfuerzos de la Federación Colombiana de Enfermedades Raras (Fecoer), y por fortuna para el bolsillo de los pacientes, uno de los medicamentos está cubierto por el sistema de salud público.

El problema, en ese caso, es que las personas sean diagnosticadas a tiempo, por eso obtener estadísticas sobre el número de casos es difícil, aunque desde 2020 ha habido progresos gracias a un equipo de la Universidad de Antioquia.

Si yo no hubiera tenido cómo consultar a un especialista que conocía la enfermedad, es muy probable que ya hubiera muerto y mi familia aún estuviera buscando respuestas.

He sido consiente de mi privilegio y tengo mi lado activista, por eso desde que llegué a Francia me vinculé como voluntaria con la asociación de pacientes de Wilson y ahora soy la Presidenta.

Carolina Roatta con su bicicleta

Carolina Roatta
Carolina hoy vive en Francia, en donde recibe tratamiento completo

Esta red de apoyo es lo que me ha mantenido en pie. En ella he podido seguir compartiendo lo que sé hacer: comunicar, crear lazos, ayudar, empoderar a los pacientes y a sus familiares.

También milito para que en otras partes del mundo, incluida Latinoamérica, un diagnóstico rápido, el acceso al tratamiento y un seguimiento de calidad, sea posible.

Durante un tiempo gestioné un grupo en Facebook para conectar con pacientes hispanoparlantes.

Hubo mucha interacción, incluso me contactaron varias personas a mi cuenta personal, una de Cuba, una asociación de Costa Rica, otra paciente de Chile, una de Argentina, dos de Colombia. Todas con historias durísimas de falta de acceso a los medicamentos y larga espera para el trasplante de hígado, la solución extrema en los peores casos de Wilson.

Tres de esos pacientes murieron mientras estábamos en contacto.

La experiencia que más me marcó fue una mujer de Perú. Su esposo tenía la enfermedad y falleció a comienzos de la pandemia.

Durante varios meses no tuvieron acceso al medicamento y murió mientras esperaban un trasplante. La acompañé vía messenger durante tres días mientras su esposo agonizaba, con la tristeza de saber que los finales felices de pacientes con Wilson son más raros que la misma enfermedad.


* Fuente: Mayo Clinic

Si tienes dudas sobre esta enfermedad, necesitas orientación, o si eres un profesional de salud interesado en crear una red de apoyo en América Latina, puedes escribir a:[email protected]


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