Estudiantes de medicina enfrentan acoso constante, pero autoridades no sancionan
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Estudiantes de medicina enfrentan acoso constante, pero autoridades no sancionan a agresores

Las jóvenes se enfrentan al constante acoso sexual de residentes en grados superiores o médicos ya de planta de los hospitales, situaciones que muchas veces no denuncian por temor a que se trunque su carrera médica.
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12 de febrero, 2021
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El acoso sexual que la pasante de medicina Mariana Sánchez denunció meses antes de ser encontrada muerta hace unas semanas en Ocosingo, Chiapas, no es una excepción entre doctoras en formación, sino lo común. Y la solución que ella pedía, ser cambiada de sede, también suele ser la salida que las autoridades dan al problema, en lugar de sancionar a los agresores.

A Valeria, cuando era estudiante, un residente la acorraló para intentar besarla después de convencerla con engaños de ir a su departamento a recoger un suéter. A Lucía, enfermera, la bombardeaba de mensajes en redes sociales un médico que ya tenía fama de acosador, pero cuando su jefa del servicio trató de denunciarlo, le dijeron que no podían hacer nada porque él era doctor y que las enfermeras siempre les coquetean. A Mariana, haciendo su internado, un médico adscrito la siguió toda una noche de guardia hasta pedirle su teléfono enfrente de una paciente a la que estaba atendiendo.

Lee: Estudiantes de medicina de Chiapas anuncian paro de actividades, exigen justicia en el feminicidio de Mariana

Estos testimonios recabados por Animal Político en diversas partes del país y reportes obtenidos vía transparencia de hospitales federales dan cuenta de que las jóvenes se enfrentan al constante acoso sexual de residentes en grados superiores o médicos ya de planta de los hospitales, quienes llegan incluso a condicionarles la atención a pacientes con los que están tratando a cambio de dar su teléfono o aceptar una cita. Situaciones que muchas veces no denuncian por temor a que se trunque su carrera médica, o simplemente porque al comentarlas con otras colegas, descubren que están tan normalizadas que solo reciben recomendaciones de no hacer caso y seguir adelante.

Pocas quejas procesadas, menos sanciones

Un reporte de la Dirección de Educación de la Secretaría de Salud enumera tan solo 26 quejas de residentes entre 2015 y 2018 por casos de baja injustificada, hostigamiento y acoso, que no precisa si fueron sexual o laboral. En ocho casos no se informó de cuál fue la resolución del conflicto; en nueve se registra que acabó con la “renuncia del médico”, sin especificar si se refiere a denunciante o denunciado, y en otros nueve la solución fue la “reubicación en otra sede”.

Esta última solución se aplicó incluso en un caso de abuso sexual, reportado en octubre de 2017 en el Hospital Regional Luis F. Nachón de Veracruz, donde el abusador fue un médico adscrito (ya contratado).

Por separado, el Hospital General de México Eduardo Liceaga, el más grande del país y de América Latina, solo reportó haber tenido en 2018 una queja por acoso sexual de una residente contra un médico adscrito. Sin embargo, terminó con el levantamiento de un acta administrativa, pero “no ameritó sanción”.

El Hospital Juárez indicó que ese mismo año tuvo una queja de una residente contra un administrativo, en la que finalmente “no se encontraron elementos para determinar acoso sexual”.

El Hospital Infantil Federico Gómez reportó una queja en 2018 por probable acoso sexual de un administrativo contra una médica de pregrado y dos en 2019 por hostigamiento sexual de médicos especialistas hacia residentes. En los tres casos, lo que se hizo fue dar vista al Órgano Interno de Control (OIC) y canalizar las quejas a Recursos Humanos. Pero aclaró que su Comité de Ética y Prevención de Conflictos de Interés no es un órgano sancionador, sino que solo formula observaciones y recomendaciones, por eso se da vista a los otros órganos.

Solo el Hospital Manuel Gea González informó de haber tomado acciones en dos casos de hostigamiento sexual denunciados en 2018. Ambos eran médicos especialistas y después de procesar las quejas, se decidió rescindir sus contratos.

En cuanto a otras instituciones federales de salud, el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) ni siquiera reconoció tener quejas por violencia sexual en los últimos cinco años.

Por su parte, el Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (ISSSTE) reportó cuatro. Uno en la Clínica de Especialidades Jalisco por acoso sexual de un médico especialista contra una trabajadora, donde ya había una denuncia ante la Fiscalía, por lo cual turnó el caso al OIC.

Los otros ocurrieron en la Ciudad de México. Uno fue en 2015 en el Hospital General de Tacuba contra un médico adscrito, que solo ameritó un “extrañamiento por escrito”. Y otros dos reportados por la delegación regional norte ante situaciones de hostigamiento y abuso sexual, por los que a dos médicos se les rescindió el contrato.

Como se puede ver, son mínimas las denuncias procesadas formalmente, aunque un sondeo realizado el año pasado por la Asociación Mexicana de Médicos en Formación A.C. (AMMEF) entre 748 mujeres estudiantes de Medicina reveló una realidad muy distinta: el 70.2% contestó haber recibido miradas morbosas o gestos sugestivos; y el 66.8%, comentarios de tipo sexual o respecto a su apariencia.

Otro 21% de las jóvenes dijo haber recibido llamadas o mensajes de naturaleza sexual, incluso después de haber pedido a la otra persona que dejara de hacerlo; a 14.7% las han presionado o amenazado para aceptar citas fuera del horario escolar; en 5.6% de los casos hubo amenazas con afectar su situación académica si no accedían, y 7.9% dijo que sí tuvo consecuencias como maltrato o sanciones injustificadas por haber rechazado una propuesta sexual.

El sondeo mostró situaciones incluso más graves: 47.6% de las estudiantes contó que alguna vez sufrió contacto físico no deseado; 8.2% reportó que ese contacto llegó a intento de violación, y 4%, 30 de las encuestadas, dijo haber sido violada por un compañero o superior.

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Acoso de los residentes de niveles superiores

Valeria Esquivel ya es médico general, pero no quiso seguir con una especialidad, en parte por el ambiente que vio cuando le tocó hacer parte de sus estudios en hospitales, de hostigamiento laboral y acoso sexual.

Cuando estaba aún en la carrera tomó algunas materias en el 20 de Noviembre, de la Ciudad de México, perteneciente al ISSSTE. Un día que ella y otros compañeros estaban con dos residentes de Neurología de tercer año, uno de ellos pidió sus teléfonos para enviarles un artículo que les serviría en clases. El artículo nunca llegó, pero por la tarde, Esquivel fue la única que empezó a recibir mensajes, tanto de ese residente, como de otro que estaba en el mismo lugar y le dijo que anotó su número al escucharlo porque le quería invitar un café.

El primero dejó de molestarla después de varias negativas y porque lo cambiaron de hospital, según le contaron, porque un día se emborrachó y tocó indebidamente a pacientes de ginecología.

Pero el segundo insistía una y otra vez con que salieran. Un día le avisó que tenía en su casa un suéter que ella había olvidado; ella le pidió que se lo llevara al hospital, pero él insistió con que fuera a recogerlo al departamento, que estaba cerca, porque estaban “todos” ahí desayunando.

Su sorpresa al llegar fue que no había nadie más, ni desayuno. El residente se empezó a acercar a ella, a tener contacto con su cuerpo y tratar de besarla, sin dejarla salir. Ella solo recuerda que trataba de evitarlo y retirarse, hasta que después de un rato, por fin se pudo ir.

Lo bloqueó del teléfono y no supo qué más hacer, atemorizada de que su calificación se fuera a ver afectada, y solo esperó a que acabara el semestre para no volverlo a ver.

Nunca se animó a meter una queja en el hospital, y menos en su Facultad, porque el abogado, quien procesaba las denuncias ya con el protocolo de género recién creado, la miraba siempre de forma lasciva, la abrazaba, y a una compañera suya que pidió su cambio de servicio social justo porque vivía una situación de acoso, le contestó: “¿qué esperabas, si estás muy bonita?”.

Sus malas experiencias no pararon ahí. En su año de internado en el Hospital Juárez, antes de terminar la carrera, vio cómo los residentes mayores también aprovechan su jerarquía para condicionar los servicios a que los estudiantes de menor grado les caigan bien o accedan a sus peticiones.

“Te dicen: ok, necesitas una interconsulta, sí te la hago pero dame tu teléfono, o nos vamos a tomar un café. A lo mejor yo les digo que no, pero tú estás haciendo tu trabajo y todo el tiempo estás recibiendo esos comentarios. O vas por una tomografía y tienes que llevarte bien con el residente. Por ejemplo yo cuando estaba en medicina interna en la noche, de mi guardia tenía que ir yo porque como al residente le gustaba yo, entonces solo a mí me las aceptaba. O incluso sabiendo quién estaba de guardia ya decían: que vaya tal”, recuerda.

“Con mis compañeras era lo mismo. Todo el tiempo, andan contra todo, contra lo que se mueva”.

Acusada de coqueta por denunciar acoso

Lucía, que pide no se dé su nombre real, estudia su último semestre de Enfermería en Chihuahua, y dice que no le ha tocado un solo servicio en el que no haya sufrido situaciones de acoso. Aunque está tan normalizado, cree, que la mayoría de veces encuentran cómo adaptarse y seguir adelante, para evitar meterse en problemas.

Desde su primer semestre le tocó estar en donde se preparaban las quimioterapias para enfermos de cáncer en un hospital privado. Ella sentía que los médicos eran muy amables con ella por su dedicación a los estudios y sus ganas de aprender siempre más de las enfermedades, pero pronto se dio cuenta de que muchos no tenían tan buenas intenciones.

Un médico le dijo que como la veía tan al pendiente de los pacientes, le diera su número telefónico para checar su estado directamente con ella. Aunque no accedió, creyó que era normal, hasta que él la agregó a Facebook y empezó a escribirle para saludarla y hacerle plática. No sabía muy bien qué hacer, hasta que los mensajes se volvieron constantes a todas horas, incluyendo la madrugada, y terminó bloqueándolo.

La primera decepción que se llevó fue cuando lo habló con su enfermera a cargo

“Textualmente me dijo que qué tonta, que para qué lo bloqueaba, si era un médico que ganaba mucho dinero, que estaba soltero y estaba joven y ella no entendía por qué yo me había puesto en ese plan. A mí me molestó mucho su comentario y me pareció muy inapropiado; finalmente yo no estoy en el hospital para eso, para ver a quién me consigo…”, relató.

Después de eso recurrió a la jefa de enfermería, que era su maestra, y sin decirle el nombre del médico que había sido, ella sola lo dedujo porque no era la primera vez que alguien contaba que había sufrido acoso de su parte.

Indignada, quiso llevar la queja al departamento de enseñanza, pero se topó con la pared de los rangos en el hospital: los administrativos contestaron que no le iban a hacer nada porque él era médico y que las enfermeras no deberían tener conductas inapropiadas que pudieran propiciar esas cosas.

“Y cuando una reclama estas situaciones, una sale como culpable. Incluso yo llegué a pensar que sí a lo mejor era mi culpa, que yo había hecho algo que se había prestado para esto. Pero pues no, uno se da cuenta con el tiempo de que no es nuestra culpa”, reflexionó.

“Es muy frustrante para todas las que hemos sido víctimas de acoso, porque por ejemplo, yo me animé a denunciar esa situación, me han pasado otras y no me he atrevido. Creo que por ese tipo de cosas, que ves que tú finalmente te animas a pedir ayuda, a decir que algo no está bien ¿y obtener esas respuestas? De que al final no se puede hacer nada y que defiendan a la persona y todavía te echan la culpa a ti… Es muy lamentable y completamente desmotivador. El caso de la doctora Mariana no debió haber pasado.

Soportar persecución en las noches de guardia

Marian Carrillo hizo su internado de Medicina en el Hospital General de Zona 27 de Tlatelolco y está convencida de que los cirujanos son los que más se caracterizan por acosar a las estudiantes.

Una noche de guardia en Urgencias en la que solo estaban ella y otra compañera se empezaron a dar cuenta de que un cirujano terminó sus valoraciones pero se quedó en esa área. Cada vez que ella se movía, se topaba al doctor en su camino.

Se empezó a asustar cuando entró a un pequeño cuarto donde se guarda material y al salir, él estaba en la puerta. Ella se fue a hacerle un estudio a una paciente y de pronto se abrió la cortina que da privacidad: el médico le pidió su teléfono frente a la enferma sin importarle que la estuviera atendiendo. Avergonzada de la situación, le dijo que la esperara a otro momento, pero cuando terminó, una vez más estaba afuera esperándola.

Se libró de él solo porque le dio un número incorrecto y pareció entender el rechazo.

Después le tocó que llegara un nuevo doctor con cargo de jefe del que se decía en los pasillos que lo habían cambiado de clínica porque tenía denuncias de acoso sexual. Un día tuvo que ir a que le firmara un documento y su respuesta fue: “un besito y te doy la firma”.

Carrillo dice que como muchas veces, solo encontró la manera de aligerar el ambiente y darle la vuelta al comentario. Pero cuando se lo contó a otras compañeras, resultó que era habitual que el doctor usara esa frase con las estudiantes.

“La verdad es que sí me dio miedo comentarle a alguno de mis superiores porque siempre viene el acoso de alguien más grande que tú, y pues lamentablemente conozco muchos casos de compañeras que han tratado de visibilizar lo que pasa y no les hacen caso. Entonces creo que no acabó mal y no pasó a mayores”, explicó.

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Qué es el kafala, el controvertido sistema de empleo por patrocinio que 'esclaviza' a los trabajadores

Miles de trabajadores viajan a los países del Golfo, Jordania y Líbano con el sueño de ahorrar dinero para ayudar a sus familias, pero acaban en un ciclo interminable de abuso.
6 de octubre, 2021
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Pensó que había encontrado el empleo de su vida, pero terminó cautivo y obligado a trabajar gratis.

Athenkosi Dyonta, un barista de 30 años, trabajaba en un café en la ciudad de George, un popular sitio de vacaciones en su país natal, Sudáfrica.

El joven solía compartir su “arte en latte“, los diseños que se hacen con leche sobre el café, con baristas de todo el mundo en un grupo de Facebook.

Fue allí donde una mujer lo contactó con una oferta de trabajo en Omán.

Además de un salario decente, le ofrecían alojamiento, comida y transporte gratuitos.

La mujer dijo que se ocuparía de su visa. Todo lo que Athenkosi tendría que hacer era pagar un boleto de avión, un chequeo médico y una prueba de covid-19.

Taza de latte con diseños hechos con el café sobre la leche

Getty Images
Athenkozi fue contactado en un grupo de Facebook donde compartía su “arte en latte”.

“Pensé que cuando él regresara después de un año más o menos nos compraríamos una casa y podríamos enviar a nuestros niños a mejores escuelas”, recordó su novia Pheliswa Feni, de 28 años, con quien tiene dos hijos.

La pareja pidió prestado dinero para el pasaje aéreo de Athenkosi, quien poco después viajó a Omán.

Al llegar al país árabe, el barista fue conducido desde la capital, Muscat, a una ciudad llamada Ibra, donde lo trasladaron a su nuevo hogar.

“Era un lugar sucio, una habitación pequeña, con apenas un colchón y cajas”, le dijo Athenkosi al podcast The Comb de la BBC.

La sorpresa fue solo el inicio de un período de enorme angustia para el joven, quien se enteró poco después de que el “empleo de sus sueños” no existía.

Athenkosi Dyonta lavando tazas en Omán

Athenkosi Dyonta
En Omán, cuando Athenkosi no estaba trabajando debía permanecer encerrado en su habitación.

Athenkozi pasó a trabajar de 12 a 14 horas al día en tareas de limpieza en cafés.

Cuando no tenía que trabajar lo obligaban a permanecer encerrado en su habitación. La comida era terrible y no le pagaban.

“Comía solo pan y leche, a veces un panecillo con un huevo. No recibía ningún salario, solo trabajaba”.

Lo que el joven no sabía era que había firmado un acuerdo de patrocinio utilizado en partes del Medio Oriente llamado “kafala”, que otorga a ciudadanos y empresas privadas un control casi absoluto sobre el empleo y el estatus migratorio de los trabajadores extranjeros.

A la merced del empleador

“El sistema de kafala o patrocinio ata a los trabajadores migrantes a sus empleadores”, le señaló a BBC Mundo May Romanos, investigadora de Amnistía Internacional (AI) sobre derechos de migrantes en la región del Golfo .

Romanos es una de las autoras de un informe de AI de 2019 sobre el sistema de kafala en Líbano.

La palabra árabe kafala significa garantizar.

En este sistema “los trabajadores no pueden entrar al país u obtener una visa a menos que tengan ese patrocinio”.

“Y el empleador puede en cualquier momento cancelar el permiso de residencia y dejar al trabajador como un ilegal en riesgo de ser deportado”, explicó Romanos.

“El trabajador no puede cambiar de trabajo ni abandonar el país sin permiso de su empleador, así que acaba atrapado en un ciclo de abuso”.

El sistema fue creado para asegurar una oferta abundante de mano de obra barata durante una era de boom económico.

Sus defensores aseguran que beneficia a las empresas locales y es un factor que impulsa el desarrollo, aunque el sistema se ha vuelto cada vez más polémico por las denuncias de casos de abuso.

A pesar de la posible explotación, los trabajadores muchas veces aceptan trabajos en el sistema de kafala porque la paga que se ofrece es mejor que la que obtendrían en sus propios países, señala el Consejo de Relaciones Exteriores (CFR, por sus siglas en inglés), un think tank con sede en Nueva York.

Muchos trabajadores envían remesas a sus hogares, que según el Banco Mundial pueden ayudar a aliviar la pobreza en países de medianos y bajos ingresos. En 2019, Kuwait, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos estuvieron entre los 10 países desde donde se enviaron más remesas.

Los valedores del sistema argumentan que facilitar la entrada legal de trabajadores a la región hace que éstos sean menos vulnerables al tráfico de personas.

Quienes se oponen, sin embargo, señalan que se requieren mayores garantías legales para proteger a los trabajadores, agrega el análisis de CFR.

Mujeres protestando en Líbano con un cartel que dice "abajo el kafala". 2019

Getty Images
“Abajo el kafala”. Trabajadores migrantes protestaron contra este sistema en Líbano.

El sistema de kafala se aplica con variaciones en todos los países del Golfo, además de en Jordania y Líbano.

“En Líbano, por ejemplo, los trabajadores migrantes no pueden cambiar de empleo sin el permiso del empleador pero sí pueden salir del país”, afirmó Romanos.

“Aunque en la práctica es muy difícil hacerlo si el empleador se niega a pagar el pasaje aéreo, ya que estos trabajadores ganan muy poco. En muchos casos además los empleadores confiscan sus pasaportes“.

“Historias desgarradoras”

El informe de 2019 de Amnistía Internacional se centra en el caso de las trabajadoras domésticas.

Uno de los testimonios que recoge el reporte es el de Mary, una trabajadora de Etiopía que viajó a Líbano, donde aseguró haber sufrido abuso físico y verbal.

“Estuve en la casa de mis empleadores sin salir durante un año, trabajaba 18 horas al día. Lloraba todos los días y traté de acabar con mi vida en tres ocasiones. Su casa era mi prisión”, relató Mary.

“La historia de las trabajadoras domésticas es tristemente muy similar en toda la región”, señaló Romanos.

Manos con guantes de limpieza

Getty Images
Algunas de las trabajadoras domésticas entrevistadas por Amnistía Internacional trabajaban hasta 18 horas al día.

“Como viven en la casa de sus empleadores tienden a estar aisladas, a muchas se les prohíbe salir de la casa. Creo que algunas de las historias más desgarradoras que escuchamos eran especialmente de trabajadoras domésticas”.

La mayoría de las trabajadoras domésticas atrapadas en el sistema de kafala son mujeres y provienen de Filipinas, Sri Lanka, India, Bangladesh, y en muchos casos de África.

Muchas de ellas son madres que dejaron a sus hijos en sus países y viajaron con la idea de ganar dinero para la educación y alimentación de sus niños”.

Romano señaló que muchas trabajadoras domésticas migrantes trabajan, como Mary, hasta 18 horas al día sin ningún día libre a la semana.

La carga de trabajo es atroz y muchas relatan casos de abusos físicos por parte no solo de sus empleadores sino de los menores a su cargo”.

“Hemos hablando con muchas de estas mujeres que estaban en refugios en Líbano y Qatar. Estaban atrapadas, porque los empleadores aún tenían sus pasaportes y además no tenían dinero para regresar a su país y reunirse con sus hijos”.

Muchas de ellas ni siquiera habían recibido sus salarios así que trabajaron por nada”.

Un estudio de 2008 de Human Rights Watch denunció que las trabajadoras domésticas migrantes estaban muriendo en Líbano a una tasa de más de una por semana, debido a suicidios o intentos de escapes fallidos.

Bahréin, Qatar y Arabia Saudita

Bahréin anunció en 2009 que desmantelaría el sistema de kafala y estableció un organismo público, la Autoridad Reguladora del Mercado de Trabajo, con el fin de regular el estatus de los trabajadores migrantes en lugar de los empleadores.

Sin embargo, la Organización Internacional del Trabajo, OIT, señaló que esa Autoridad actúa luego del reclutamiento y “no ha asumido el rol de patrocinio, por lo que el sistema de kafala permaneció con algunas restricciones”.

Los trabajadores migrantes en Bahréin ahora tienen “un grado de mobilidad ya que pueden cambiar de empleo sin el consentimiento escrito de su empleador”.

Pero la OIT advirtió que esta libertad fue luego restringida por otra ley en 2011 “que impide a los trabajadores cambiar de empleo antes de un año”.

Qatar también introdujo reformas recientemente al sistema de kafala “ante la presión internacional y por ser foco de atención antes del Mundial de fútbol de 2022”, señaló Romanos.

El país tiene cerca de dos millones de trabajadores migrantes, que representan el 95% de su fuerza laboral, según AI.

“Qatar permite ahora que los trabajadores migrantes cambien de trabajo y salgan del país sin permiso de sus empleadores, pero en la práctica esto sigue siendo difícil”.

“Y además el empleador aún tiene el poder de cancelar en cualquier momento el permiso de residencia. Si el trabajador abandona el empleo por abuso puede ser acusado de huir y enfrentar un posible arresto y deportación”.

La OIT, por su parte, describió la reforma al sistema de kafala en Qatar como “un cambio histórico”.

“Qatar ha introducido grandes modificaciones a su sistema laboral, poniendo fin al requisito de que los trabajadores migrantes obtengan el permiso de su empleador para cambiar de trabajo. El país convirtió al mismo tiempo en el primero de la región en adoptar un salario mínimo no discriminatorio”, señaló la OIT.

“Tras la adopción de la ley 19 de 2020, el 30 de agosto de ese año, los trabjaadores migrantes pueden cambiar de empleo antes del fin de su contrato sin obtener primero un Certificado de No Objeción de su empleador.

Esta nueva ley, unida a la eliminación previa del requisito de un permiso del empleador para abandonar el país, efectivamente desmantela el sistema de patrocinio de kafala y marca el comienzo de una era en el mercado laboral de Qatar”.

“Mediante legislación adicional se estableció un salario mínimo de 1.000 riyales de Qatar (unos US$275) que se aplica a todos los trabajadores, de todos los sectores, incluyendo las empleadas domésticas”, agregó la OIT.

Trabajadores migrantes en Doha, Qatar, haciendo fila para usar un cajero automático

Getty Images
Qatar tiene cerca de dos millones de trabajadores migrantes, que conforman el 95% de la fuerza laboral del país.

Arabia Saudita, por su parte, “tiene más de 10 millones de trabajadores migrantes“, afirmó Romanos.

Este país también introdujo algunas reformas, “pero son más en papel que en la práctica”, según la investigadora de AI.

“Por otra parte, es un país cerrado a las organizaciones de derechos humanos por lo que es muy difícil documentar los abusos y ofrecer apoyo a los trabajadores”.

“Una forma de esclavitud moderna”

Al igual que Mary, la trabajadora doméstica en Líbano, Athenkosi intentó quitarse la vida.

El joven barista logró finalmente volver a Sudáfrica, luego de que su novia organizara una campaña para recaudar fondos. El empleador sólo lo dejó ir tras recibir unos US$1.500 por “incumplimiento de contrato y gastos de comida y alojamiento”.

Otras personas atrapadas en el sistema de kafala no han sido tan afortunadas y siguen a la merced de sus empleadores.

Protesta de trabajadores migrantes en Líbano en 2019

Getty Images
Estos trabajadores migrantes en Líbano piden a sus empleadores: “Entreguen nuestros pasaportes, concédannos un día libre, paguen salarios, hablen en forma amable”.

Para Romanos, el kafala es un sistema complejo que no se cambia solo aboliendo un par de leyes.

“Debe haber un cambio de cultura en estos países, y debe acabarse con la cultura de impunidad”.

Los empleadores no enfrentan ninguna consecuencia por sus abusos, ni en Qatar ni en el resto de la región”.

Romanos asegura que los gobiernos deben no solo reformar las leyes sino implementar esos cambios y castigar a los abusadores.

“Definitivamente el sistema de kafala es una forma de esclavitud moderna y creemos que debe ser abolido“.

“Ése es el llamado que hicimos ya hace más de diez años cuando comenzamos a informar sobre el kafala”.

“Es un sistema que debe ser reemplazado por otro que proteja a los trabajadores migrantes de los abusos y garantice sus derechos humanos”.


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