La odisea de migrar cruzando cinco fronteras
close
Recibe noticias a través de nuestro newsletter
¡Gracias! Desde ahora recibirás un correo diario con las noticias más relevantes.
sync
Ilustración: María Victoria Rodríguez

La odisea de migrar cruzando cinco fronteras

A comienzos del 2020 dos médicas cubanas decidieron dejar su país para intentar vivir en EU. El camino para llegar a destino muestra lo difícil que es la migración en la región.
Ilustración: María Victoria Rodríguez
Por Javier Roque Martínez
21 de febrero, 2021
Comparte

El 20 de marzo de 2020, siete semanas después de haber entrado ilegalmente a México tras superar tres fronteras centroamericanas por puntos ciegos y no tan ciegos, M. estaba desesperada porque no encontraba trabajo.

– Nosotras caminamos el día entero –decía ese día, sentada en un Starbucks en el centro de la Ciudad de México-. Salimos de la casa a las nueve de la mañana y regresamos a las siete de la tarde, todo ese tiempo dejando solicitudes de empleo.

Lee: Migrantes de otro mundo, la gran travesía 

M. tiene 30 años y es alta, delgada, de tez bronceada y boca pronunciada. Después de trabajar en hospitales cubanos y venezolanos durante unos cinco años, decidió migrar a inicios de 2020.

Exactamente lo mismo ocurría con E. de 28 años y nacida en Camagüey, en la zona central de Cuba. Se conocieron en Venezuela, durante sus misiones internacionalistas, y desde entonces han emprendido camino juntas. Cuando regresaron a Cuba no aguantaron más. E. habló con  un amigo cubano en México para que le explicara cómo llegar. Así dio con “la contacto”, una guatemalteca con una red que cubre casi toda Centroamérica. Empezarían por Nicaragua, uno de los pocos países del mundo que no le exige visado a los cubanos.

Ilustración: María Victoria Rodríguez

***

Cuando M. y E. aterrizaron el 14 de enero en el Aeropuerto Internacional Augusto César Sandino, en Managua, uno de los hombres de “la contacto” ya las esperaba en las afueras de la terminal. Ellas apenas sabían su nombre de pila, pero una vez que atravesaron la puerta de salida él las reconoció de inmediato. Tenía las fotos que ambas le habían mandado a “la contacto” antes de despegar en Cuba.

Un par de horas y 200 kilómetros de auto después, llegaban los tres a Somotillo. Las líneas más o menos modernas de Managua y sus alrededores habían ido desvaneciéndose hasta diluirse por completo en el paisaje natural del interior centroamericano: esa planicie verde que se pierde con la vista, interrumpida aquí y allá por pequeños pueblos o caseríos y atravesada siempre por largas carreteras interdepartamentales.

Por una de esas llegaron a Somotillo, un municipio viejo, vetusto, cuya atmósfera amarillenta recuerda el color de los paños blancos cuando han pasado muchos años guardados. No hay mucho desarrollo allí. Sus casi treinta mil almas viven mayormente de lo que dejan la ganadería, la agricultura, el comercio y el contrabando. Algunos de sus pobladores se dedican a pasar migrantes que buscan llegar a Estados Unidos, o al menos a México.

– Pero no pudimos pasar para Honduras –dice M.-. Estaba malo eso.

Aunque el plan inicial era que M. y E. siguieran camino lo antes posible, “la contacto” tomó la decisión de detenerlo. Ese mismo día, mientras ellas descansaban en Somotillo después de casi siete horas de viaje, 409 kilómetros más al norte, en pleno territorio hondureño, cerca de mil personas empezaban a concentrarse en las inmediaciones de la Gran Central Metropolitana de San Pedro Sula. Tenían la decisión de partir a pie hacia los Estados Unidos apenas clarease a la mañana siguiente.

Se cocinaba la primera caravana centroamericana del año y Honduras era un hervidero con los ojos de medio mundo puestos sobre sí. El gobierno hondureño llevaba tiempo cercando el negocio de los coyotes. Entre 2018 y 2019, casi ciento cuarenta personas fueron acusadas de tráfico ilícito de personas de aquel lado de la frontera. Ahora, con tanta cámara y patrulla allá afuera, hubiese sido más riesgoso que de costumbre. Lo más conveniente era esperar. Y esperaron.

– ¿Y qué hicieron en todo ese tiempo?

– Nada –dice M con una mueca de obstinación-. Estar ahí, en un cuarto, encerradas, esperando.

Sin salir a la calle para no atraer miradas indiscretas ni levantar sospechas, pasaron la mayor parte del tiempo pegadas a las pantallas de sus teléfonos, hablando entre sí o bien refrescándose en la piscina que había en la casa. Tantas imágenes de migrantes sudando la vida sobre el asfalto del mediodía y allí estaban M. y E., empezando el mismo viaje en una piscina.

Tras varios días,  el hombre de “la contacto” les dijo:

– Ya. Van a salir en la madrugada para Honduras.

Ni M. ni G. recuerdan qué día fue, pero sí que el viaje empezó de madrugada, bajo el manto cerrado de la noche nicaragüense. Sobre las tres de la mañana, un taxi llegó y se estacionó afuera de la casa. Luego de montarse con sus mochilas, el hombre dio la indicación al chofer y partieron rumbo a El Guasaule, uno de los puntos fronterizos que conecta Nicaragua con Honduras, a cinco kilómetros de Somotillo.

– Nos llevaron para la frontera, que es un lugar muy desierto, y ahí nos montaron en unos caballos –dice M.- Cada una en un caballo y con un guía.

Cuando M. dice “desierto” no se refiere a un desierto de arena, puesto que, a excepción del puesto fronterizo y sus alrededores, la zona de Guasaule es puro monte centroamericano. Quiere decir solitario. Al no tener papeles, tenían que cruzar por uno de los puntos ciegos de la frontera, uno de esos trillos alejados y pedregosos, abiertos a destajo entre la maleza, donde no se siente un alma. Sólo por esos caminos ocultos, casi jíbaros, hay cierta posibilidad de burlar el ojo vigilante de los militares.

Fue en la entrada de uno de estos puntos donde M. y E. se despidieron del taxi, conocieron a sus nuevos guías y siguieron camino a caballo.

– Recorrimos como cuarenta minutos más o menos, pero imagínate aquello a las tres de la madrugada: una oscuridad tremenda. Yo por lo menos estaba aterrada.

– Es que ella se quedó atrás atrás atrás –dice E.

– Niño, ¿tú te sabes el camino? –le preguntaba M. a su guía, asustada de no ver nada más allá de unos metros-. ¿Los otros dónde están?

– No se preocupe –la atajaba rápido el guía-. No se preocupe.

Para esas fechas hacía ya cinco meses que el gobierno hondureño había desplegado cuatrocientos agentes de la Fuerza Policial de Control Migratorio en la zona. En 2019, más de nueve mil indocumentados habían cruzado ilegalmente amparados por los matorrales. Día y noche, grupos pequeños de oficiales de camisa azul cielo y gorra y pantalón oscuros, armados con ametralladoras, peinaban el lado hondureño de la frontera como manadas de sabuesos. Aunque el año apenas iniciaba, cientos de migrantes, fundamentalmente haitianos, ya habían sido descubiertos en alguna de las veredas o intentando cruzar el río Guasaule. Todos fueron devueltos a Nicaragua.

– El del primer caballo iba haciendo señales con una linterna como cada veinte minutos y yo pensaba: no llegamos, no llegamos.

Ilustración: María Victoria Rodríguez

***

Lee: Migrar bajo las leyes del COVID: las vías del tren volvieron a ser la ruta de migrantes

Ahora mismo M. está enfadada porque ha caído en la trampa de las empresas fantasmas de Ciudad de México.

– ¿No me ves los ojos todavía hinchados de llorar? Esto yo no lo concibo.

A las pocas semanas de haber llegado a México, cansada de entregar currículos por toda la ciudad sin ningún resultado, M. supo de una empresa que le podía pagar dos mil pesos mexicanos semanales por trabajar como consultora administrativa. Corta de dinero, pensó que era una oportunidad que no podía permitirse dejar pasar. Pero después de un par de entrevistas, conferencias y tests sicométricos, le pidieron 300 pesos para una credencial y le hablaron de una supuesta prueba de aptitud ante el trabajo, una prueba que consistía en vender perfumes.

Por suerte, ya un amigo le había alertado.

– Si yo voy a trabajar como consultora administrativa, ¿qué hago yo vendiendo perfumes cuando en la primera conferencia te dicen que el trabajo no es de ventas y que no te van a pedir dinero? No encajaba una cosa con la otra. Pero nada, me vieron cara de pendeja. Dijeron: ésta es una migrante necesitada, loca por trabajar, que no tiene dinero; ésta es perfecta. Y yo ahí, con más fe que el Papa.

***

El cruce de la frontera por El Guasaule no duró mucho más de cuarenta minutos. La pequeña caravana de M. y E. no tropezó nunca con ningún retén, ni siquiera en las cercanías del río, que corre de este a oeste justo en el medio de una franja descampada estrecha pero al descubierto.

No lo sabemos con certeza, pero es muy probable que hayan entrado a Honduras por El Triunfo. De los municipios del departamento de Choluteca, el más al sur, ninguno tiene identificados más puntos fronterizos ciegos que este. Lo que sí sabemos es que del otro lado las esperaba un hombre que, luego de montarlas en una de esas motocicletas adaptadas para varias personas, las llevó para una casa. Allí, sentadas en el patio, sin probar bocado, sólo agua, esperaron hasta las seis de la mañana. A esa ahora abordaron un bus que las dejó cerca de la Oficina Regional de Migración de Choluteca.

– ¿No les preguntaron nada en el bus?

– No –dice M.-. Ahí ya todo está cuadrado. El chofer sabe que somos migrantes y dónde tiene que dejarnos.

– Eso es como un negocio bien planeado, ¿ve? –dice E.-. Nosotros teníamos hasta la foto de la guagua que nos iba a recoger.

– ¿Había más cubanos?

– Dos más –dice M.-. El resto eran todos haitianos, migrantes también.

En efecto: la mayoría de los migrantes que entran a Honduras por la frontera sur de Choluteca son haitianos, africanos y cubanos. Muchos prefieren no pasarse por las dependencias del Instituto Nacional de Migración, seguramente por miedo a ser deportados, pero “la contacto” prefiere que sus clientes sí lo hagan. Salvo que haya un inconveniente mayor, Honduras facilita un permiso para continuar camino a quienes entran ilegalmente al país.

M y E. fueron anotadas ese día para ser atendidas una semana después. Mientras tanto, hicieron lo mismo que en Somotillo: pasar los días encerradas en la casa de uno de los contactos de “la contacto”. Descansaron, comieron, vieron series, conversaron con sus familias. El jueves siguiente regresaron a la Oficina Regional de Migración, dieron sus huellas, fueron al banco, pagaron la multa, volvieron, prestaron declaración y listo. Tenían luz verde para seguir el camino protegidas por la ley.

– Salimos como a las cinco y pico de la tarde y como a las siete nos montaron en otra guagua para Guatemala –dice M.

***

Los 2.300 dólares que debió pagar cada una para que la llevaran desde el aeropuerto Augusto César Sandino, en Managua, hasta la Plaza Garibaldi, en Ciudad de México, los consiguieron trabajando en Venezuela, donde estuvieron un par de años como parte de las misiones internacionalistas que Cuba tiene en ese país y en tantos otros.

–Eso incluye hospedaje, comida, guía, todo. Mínimos gastos que uno hace aparte, como las líneas de teléfono para estar comunicados, el agua, el refresco extra. Nosotras mandamos el dinero para Estados Unidos y lo íbamos pagando por tramo. “La contacto” nos decía: “tienen que pagar ahora tanto”, entonces E.  le escribía a la persona que tenía el dinero y le decía deposítame tanto, con una clave, para que no nos fueran a extorsionar o algo. Porque es un peligro andar con ese dinero arriba.

– Y nosotras éramos dos mujeres, que como quiera que sea somos más vulnerables –dice E.-. Pero eso está bien coordinado. Ellos te cuidan porque ellos saben que ese es su dinero, su negocio.

***

El trayecto desde Choluteca hasta la frontera de Guatemala duró cerca de catorce horas, en las que pararon unas tres veces: dos por retenes policiales, otra, ya de noche, para comer arroz con pollo y ensalada. Después de una noche larga e incómoda, llegaron a su destino sobre las siete de la mañana. Allí estaba “la contacto” esperándolas, prefieren no hablar de ella, como tampoco de ninguna de las personas que le trabajan entre Nicaragua y México. Apenas dicen que se trata de una muchacha, lo que significa que no debe superar los cuarenta. Nada más.

– Nos dijo: “Los míos vengan para acá. Se van con él por ahí. Arriba, apúrense” –dice E.

“Los míos” no eran solo M. y E. Otros nueve cubanos habían llegado por rutas diferentes hasta aquel mismo punto de la frontera. A partir de aquí continuarían camino juntos, al menos durante un trecho. “Él” era el guía que los cruzaría hasta el otro lado de la montaña. Nadie les había dicho que debían atravesar montañas, pero en estos casos no hay elección. Además, era la mejor forma de burlar la vigilancia en las carreteras.

“La contacto” no iba con ellos. Seguiría en su auto para recogerlos al descenso.

– ¿Cómo fue la experiencia de atravesar montañas?

–Imagínate –dice E.

A diferencia de M., que es alta y menuda y tiene –al menos en teoría- más posibilidades de resistir una escalada, E. es de extremidades cortas y complexión regordeta.

– Ella se tuvo que poner la mochila mía, porque yo no podía –sigue E.-.

– Y yo: “vamos que si nos quedamos aquí, en medio de este monte, no nos encuentra nadie”. Él iba a una velocidad que ni Usain Bolt. Es que está adaptado. Imagínate a cuántas personas pasará a diario por esas montañas. Para él eso es nada, un paseo.

El “paseo” duró cerca de cuatro horas subiendo y bajando lomas a un ritmo inconcebible. Apenas tuvieron descanso. En dos ocasiones ellas tuvieron que detenerse a tomar agua, sobre todo E., que llegó a ponerse muy mal, con fatiga. Luego tuvieron que apretar el paso para no alejarse del resto del grupo.

– Uno lleva una vida tan sedentaria en Cuba, de la casa al trabajo, del trabajo a la casa, luego viendo la televisión o Facebook, que al subir esas montañas yo estaba muerta –dice E.-.

Finalmente, cuando llegaron al otro lado, “la contacto” ya esperaba por todos junto a otro auto. Los once cubanos se apretujaron como pudieron al interior de ambos y emprendieron camino a un hotel, donde estuvieron hasta las ocho de la mañana del día siguiente. Cuando se bajaron de los autos y entraron nadie les preguntó nada. Como si fueran invisibles.

– Ahí tú pasas y ya, todo está comprado –dice E.-. A ti ni te ven.

– Lo que hicimos fue llegar a acostarnos, que estábamos muertas de cansancio –dice M.-. Entre las 14 horas de viaje la noche entera dando rueda más después todas esas montañas, ¿tú sabes cómo llegamos al  ?

El sábado en la mañana, después de llegar a la frontera con México en bus junto a otros cuatro cubanos y atravesar un pequeño río en bote, subieron a unos camiones.  Luego, seis horas y un pequeño trayecto en motos hasta a una casa en Villa Hermosa, la capital de Tabasco, donde pasaron la noche. El domingo fue mucho más movido. Desde las seis de la mañana, cuando salieron, hasta cerca de la medianoche del lunes, viajaron en un pequeño bus, luego en un taxi, pasaron la tarde en una casa y retomaron camino en una camioneta que los dejó en un puente, junto a un guía. Se suponía que un auto los recogería rápido, pero se quedaron varados allí durante cuatro o cinco horas.

– Ni idea de dónde estábamos –dice M., que solo recuerda el sonido de los monos, los mosquitos y al guía diciendo que cerca había cocodrilos-. El carro llegó como a las diez de la noche. ¡Qué estrés!

Finalmente, el auto los recogió y los llevó para otra casa en Tabasco, donde pasaron esa madrugada y dos días más. No habían probado bocado en horas y estaban hambrientas. Como siempre, pasaron todo el tiempo dentro, sin salir, generalmente viendo películas o capítulos de series de Netflix. A las tres de la tarde del tercer día se montaron en una rastra de la que no se bajaron hasta la mañana del día siguiente. Además de ellas y el chofer, iban también dos muchachos hondureños. Durante todo ese tiempo se toparon con cerca de seis retenes.

– Ustedes tranquilos que de aquí no me los baja nadie –les dijo el chofer desde el inicio-. Yo respondo por ustedes. Lo que haya que pagarles a los retenes yo lo pago.

–Eso nos dio cierta tranquilidad –dice M.-. Cuando íbamos a pasar por un retén el hombre nos decía: “acuéstense”, y nos teníamos que acostar bien bien planitos en la cama del camión, hasta que ya pasábamos. Solo hubo una vez en que él tuvo que bajarse y darle cinco mil pesos mexicanos.

Llegaron a Ciudad de México sobre las siete de la mañana del día siguiente. Justo donde se detuvo la rastra las esperaba un taxi, que un rato después las dejó en su destino final, uno de los hoteles que se encuentran en la Plaza Garibaldi. Allí las esperaba una amiga de E.

Nueve meses después de nuestra entrevista, M. está en los Estados Unidos, con su hermana, aunque no sabemos a ciencia cierta cómo llegó. E. sigue en Ciudad de México, donde consiguió trabajo como fisiatra, donde gana lo suficiente para lo que le hace falta.

Ilustración: María Victoria Rodríguez

 

Esta crónica fue escrita en el Laboratorio de Periodismo Situado coordinado por Cronos, aquí puedes leer la publicación original. 

 

Lo que hacemos en Animal Político requiere de periodistas profesionales, trabajo en equipo, mantener diálogo con los lectores y algo muy importante: independencia. Tú puedes ayudarnos a seguir. Sé parte del equipo. Suscríbete a Animal Político, recibe beneficios y apoya el periodismo libre.

#YoSoyAnimal

Qué es la 'coronafobia', el miedo 'desadaptativo' que no nos protege del COVID

Los individuos con este miedo extremo tienden a experimentar un conjunto de síntomas fisiológicos desagradables desencadenados por pensamientos o información relacionada con esta enfermedad.
10 de enero, 2022
Comparte

Para el año 2030, la Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que los problemas de salud mental serán la principal causa de discapacidad en el mundo.

Según un informe del Ministerio de Sanidad español, el trastorno de ansiedad es el más frecuente: afecta al 6,7 % de población (8,8 % en mujeres, 4,5 % en hombres). Esta cifra alcanza el 10,4 % si se incluyen signos o síntomas de ansiedad.

Dentro de este espectro de problemas mentales, uno de los diagnósticos más frecuentes es el trastorno de ansiedad fóbica o fobia específica.

La última edición de Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM V) define estos trastornos como la aparición de miedo o ansiedad intensa, inmediata (casi siempre) y desproporcionada ante objetos o situaciones específicas que, de forma general, no serían consideradas peligrosas y que, además, el paciente intenta evitar o resistir activamente.

El miedo “desadaptativo”, el que no nos protege

Las fobias tienen como punto de partida la emoción básica de miedo.

Normalmente, esta tiene una función eminentemente adaptativa para la supervivencia. Permite detectar amenazas inminentes reales y generar una respuesta apropiada frente a las mismas.

Sin embargo, cuando dicho miedo interfiere de forma negativa en el funcionamiento cotidiano de la persona en alguno de los ámbitos de su vida por ser persistente, desproporcionado, irracional e infundado, pierde su carácter adaptativo.

De hecho, la quinta edición del Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales (DSM V), de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría, contempla el siguiente criterio diagnóstico para la fobia: el miedo, la ansiedad o la evitación causa malestar clínicamente significativo o deterioro en lo social, laboral u otras áreas importantes del funcionamiento.

Y esta es precisamente la característica fundamental que convierte a la fobia en un problema de salud mental.

La pandemia, un caldo de cultivo para las fobias

La pandemia de covid-19 ha erosionado la salud mental de una gran parte de la sociedad.

Del mismo modo, en personas vulnerables o con predisposición ha supuesto un aumento alarmante de los trastornos mentales. Los más prevalentes son la depresión y la ansiedad.

De forma más concreta, cualquier situación alarmante o catastrófica (como una pandemia) supone el caldo de cultivo perfecto para la aparición de trastornos relacionados con el miedo excesivo.

niños en la escuela

Malte Mueller/Getty Images
Las medidas de contención y el aislamiento social han perjudicado la salud mental de muchas personas.

Así, diversos estudios que han evaluado brotes previos de enfermedades infecciosas como la gripe española de 1918 o el brote de ébola en África Occidental en 2014 han asociado estos a respuestas cognitivas, afectivas o conductuales desproporcionadas frente a cualquier aspecto asociado a las mismas.

Son destacables aspectos como el riesgo de infección a través del contacto físico o los espacios cerrados, la muerte o infección de seres queridos, las medidas de contención, el aislamiento social y la soledad, la pérdida masiva de empleo o la inestabilidad financiera, entre otros.

En este contexto, sabemos que no todo el mundo tiene la misma posibilidad de desarrollar una fobiaante un determinado evento desencadenante. Dependerá de la presencia de factores genéticos y ambientales, además de otros factores específicos de cada tipo de fobia.

Por ejemplo, en el caso de las fobias asociadas a las pandemias (como la de covid-19), se ha visto que las variables de diferencia individual como la falta de tolerancia a la incertidumbre, la vulnerabilidad percibida a la enfermedad o la propensión a la ansiedad parecen desempeñar un papel fundamental.

Fobias asociadas al confinamiento

La medida del confinamiento impuesta en prácticamente todos los países al inicio de la pandemia llevaron a un aislamiento.

Esto se ha traducido en una reducción drástica del contacto físico y social y una afectación de la salud mental. En este proceso también participaron las restricciones en el ocio y tiempo libre.

Las consecuencias de ello han sido diversas en relación a la salud mental de las personas.

Por un lado, asociado directamente al aislamiento social destaca la agorafobia, un trastorno de ansiedad fóbica en el que la persona experimenta un miedo intenso ante lugares o situaciones de los cuales sería difícil huir o pedir ayuda en caso de urgencia.

Por otro lado, el aislamiento también puede llevar asociada una afectación negativa de las habilidades sociales, con una mayor propensión a la fobia social.

ilustración: confinamiento

Malte Mueller/Getty Images
El confinamiento puede dejar una huella psicológica.

El grupo poblacional que más se ha visto afectado son los adolescentes. En este caso, el miedo se da ante situaciones sociales en las que el individuo está expuesto al posible examen por parte de otras personas.

“Coronafobia” y otras fobias asociadas al contagio

A un lado, una de las fobias que la actual pandemia ha generado de forma específica es la conocida como ‘coronafobia’, una ansiedad excesiva a contraer el covid-19.

Así, los individuos con este miedo extremo tienden a experimentar un conjunto de síntomas fisiológicos desagradables desencadenados por pensamientos o información relacionada con esta enfermedad.

Esta fobia es realmente incapacitante en la medida en que está fuertemente relacionada con el deterioro funcional y la angustia psicológica y, por tanto, tiene importantes implicaciones para el bienestar mental.

Asimismo, relacionado con el miedo excesivo al contagio, es destacable el trastorno obsesivo compulsivo (TOC), otra alteración relacionada con la ansiedad cuyos síntomas pueden verse exacerbados en el contexto del covid-19.

El DSM V define el TOC como la presencia de obsesiones, compulsiones o ambas.

ilustración: mujer con mascarilla

Malte Mueller/Getty Images
El miedo al contagio es más dañino para algunas personas que el contagio en sí mismo.

En primer lugar, las obsesiones son pensamientos, impulsos o imágenes recurrentes y persistentes no deseadas. Por ejemplo, en el contexto de la pandemia, la idea de contagiarse o de contagiar a los seres queridos.

En segundo lugar, las compulsiones pueden aparecer para hacer frente al malestar generado por las obsesiones en forma de comportamientos repetitivos que la persona aplica de manera rígida.

Por ejemplo, lavarse las manos con frecuencia se ha planteado como una medida de prevención más frente a la infección.

Sin embargo, esta conducta suele ser una compulsión frecuente del TOC asociado a la contaminación.

Así, esta acción que es adecuada y saludable (no solo en época de pandemia si no de forma general) puede convertirse en la base del aumento de la prevalencia del TOC asociado al covid-19 en este caso.

Evaluación de la coronafobia

La coronafobia es un problema relativamente nuevo dado que se trata de una fobia específicamente asociada al covid-19.

No obstante, existen estudios sobre fobias relacionadas con otras enfermedades infecciosas como se ha comentado anteriormente.

ilustración: terapia covid

Malte Mueller/Getty Images
Los psiquiatras están desarrollando herramientas para evaluar la coronafobia.

Debido a ello, y siguiendo las recomendaciones de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría (APA), se están desarrollando herramientas con propiedades psicométricas válidas para un correcto diagnóstico de este trastorno en auge.

Un ejemplo de este tipo de instrumentos de evaluación es la Escala de Fobia COVID-19.

Esta ha demostrado validez convergente y discriminante así como consistencia interna. Además, ha sido validada en poblaciones de diferentes partes del mundo como Estados Unidos, Corea e Irán.

Dada la situación tan alarmante asociada a la pandemia que se mantiene a largo plazo de manera más o menos latente, este tipo de instrumentos son fundamentales.

No solo son importantes para diagnosticar nuevos casos específicos de coronafobia, sino también por la posible exacerbación de la sintomatología de pacientes en tratamiento.

O, incluso, por las recaídas que puedan presentar antiguos pacientes que ya habían sido dados de alta.


*Aránzazu Duque Moreno es doctora en Neurociencias, directora del Grado en Psicología y Secretaria de la Cátedra de Humanización de la Asistencia Sanitaria y miembro del grupo de investigación Psicología y Calidad de Vida en la Universidad Internacional de Valencia (España).

*Basilio Blanco Núñez es personal docente investigador de la Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad Internacional de Valencia (España).

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation y se publica en BBC Mundo bajo licencia Creative Commons. Puedes leer la versión original aquí.


Ahora puedes recibir notificaciones de BBC Mundo. Descarga la nueva versión de nuestra app y actívalas para no perderte nuestro mejor contenido.

https://www.youtube.com/watch?v=ua0Aeej9Cnk

Lo que hacemos en Animal Político requiere de periodistas profesionales, trabajo en equipo, mantener diálogo con los lectores y algo muy importante: independencia. Tú puedes ayudarnos a seguir. Sé parte del equipo. Suscríbete a Animal Político, recibe beneficios y apoya el periodismo libre.

#YoSoyAnimal
close
¡Muchas gracias!

Estamos procesando tu membresía, por favor sé paciente, este proceso puede tomar hasta dos minutos.

No cierres esta ventana.