La odisea de migrar cruzando cinco fronteras
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Ilustración: María Victoria Rodríguez

La odisea de migrar cruzando cinco fronteras

A comienzos del 2020 dos médicas cubanas decidieron dejar su país para intentar vivir en EU. El camino para llegar a destino muestra lo difícil que es la migración en la región.
Ilustración: María Victoria Rodríguez
Por Javier Roque Martínez
21 de febrero, 2021
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El 20 de marzo de 2020, siete semanas después de haber entrado ilegalmente a México tras superar tres fronteras centroamericanas por puntos ciegos y no tan ciegos, M. estaba desesperada porque no encontraba trabajo.

– Nosotras caminamos el día entero –decía ese día, sentada en un Starbucks en el centro de la Ciudad de México-. Salimos de la casa a las nueve de la mañana y regresamos a las siete de la tarde, todo ese tiempo dejando solicitudes de empleo.

Lee: Migrantes de otro mundo, la gran travesía 

M. tiene 30 años y es alta, delgada, de tez bronceada y boca pronunciada. Después de trabajar en hospitales cubanos y venezolanos durante unos cinco años, decidió migrar a inicios de 2020.

Exactamente lo mismo ocurría con E. de 28 años y nacida en Camagüey, en la zona central de Cuba. Se conocieron en Venezuela, durante sus misiones internacionalistas, y desde entonces han emprendido camino juntas. Cuando regresaron a Cuba no aguantaron más. E. habló con  un amigo cubano en México para que le explicara cómo llegar. Así dio con “la contacto”, una guatemalteca con una red que cubre casi toda Centroamérica. Empezarían por Nicaragua, uno de los pocos países del mundo que no le exige visado a los cubanos.

Ilustración: María Victoria Rodríguez

***

Cuando M. y E. aterrizaron el 14 de enero en el Aeropuerto Internacional Augusto César Sandino, en Managua, uno de los hombres de “la contacto” ya las esperaba en las afueras de la terminal. Ellas apenas sabían su nombre de pila, pero una vez que atravesaron la puerta de salida él las reconoció de inmediato. Tenía las fotos que ambas le habían mandado a “la contacto” antes de despegar en Cuba.

Un par de horas y 200 kilómetros de auto después, llegaban los tres a Somotillo. Las líneas más o menos modernas de Managua y sus alrededores habían ido desvaneciéndose hasta diluirse por completo en el paisaje natural del interior centroamericano: esa planicie verde que se pierde con la vista, interrumpida aquí y allá por pequeños pueblos o caseríos y atravesada siempre por largas carreteras interdepartamentales.

Por una de esas llegaron a Somotillo, un municipio viejo, vetusto, cuya atmósfera amarillenta recuerda el color de los paños blancos cuando han pasado muchos años guardados. No hay mucho desarrollo allí. Sus casi treinta mil almas viven mayormente de lo que dejan la ganadería, la agricultura, el comercio y el contrabando. Algunos de sus pobladores se dedican a pasar migrantes que buscan llegar a Estados Unidos, o al menos a México.

– Pero no pudimos pasar para Honduras –dice M.-. Estaba malo eso.

Aunque el plan inicial era que M. y E. siguieran camino lo antes posible, “la contacto” tomó la decisión de detenerlo. Ese mismo día, mientras ellas descansaban en Somotillo después de casi siete horas de viaje, 409 kilómetros más al norte, en pleno territorio hondureño, cerca de mil personas empezaban a concentrarse en las inmediaciones de la Gran Central Metropolitana de San Pedro Sula. Tenían la decisión de partir a pie hacia los Estados Unidos apenas clarease a la mañana siguiente.

Se cocinaba la primera caravana centroamericana del año y Honduras era un hervidero con los ojos de medio mundo puestos sobre sí. El gobierno hondureño llevaba tiempo cercando el negocio de los coyotes. Entre 2018 y 2019, casi ciento cuarenta personas fueron acusadas de tráfico ilícito de personas de aquel lado de la frontera. Ahora, con tanta cámara y patrulla allá afuera, hubiese sido más riesgoso que de costumbre. Lo más conveniente era esperar. Y esperaron.

– ¿Y qué hicieron en todo ese tiempo?

– Nada –dice M con una mueca de obstinación-. Estar ahí, en un cuarto, encerradas, esperando.

Sin salir a la calle para no atraer miradas indiscretas ni levantar sospechas, pasaron la mayor parte del tiempo pegadas a las pantallas de sus teléfonos, hablando entre sí o bien refrescándose en la piscina que había en la casa. Tantas imágenes de migrantes sudando la vida sobre el asfalto del mediodía y allí estaban M. y E., empezando el mismo viaje en una piscina.

Tras varios días,  el hombre de “la contacto” les dijo:

– Ya. Van a salir en la madrugada para Honduras.

Ni M. ni G. recuerdan qué día fue, pero sí que el viaje empezó de madrugada, bajo el manto cerrado de la noche nicaragüense. Sobre las tres de la mañana, un taxi llegó y se estacionó afuera de la casa. Luego de montarse con sus mochilas, el hombre dio la indicación al chofer y partieron rumbo a El Guasaule, uno de los puntos fronterizos que conecta Nicaragua con Honduras, a cinco kilómetros de Somotillo.

– Nos llevaron para la frontera, que es un lugar muy desierto, y ahí nos montaron en unos caballos –dice M.- Cada una en un caballo y con un guía.

Cuando M. dice “desierto” no se refiere a un desierto de arena, puesto que, a excepción del puesto fronterizo y sus alrededores, la zona de Guasaule es puro monte centroamericano. Quiere decir solitario. Al no tener papeles, tenían que cruzar por uno de los puntos ciegos de la frontera, uno de esos trillos alejados y pedregosos, abiertos a destajo entre la maleza, donde no se siente un alma. Sólo por esos caminos ocultos, casi jíbaros, hay cierta posibilidad de burlar el ojo vigilante de los militares.

Fue en la entrada de uno de estos puntos donde M. y E. se despidieron del taxi, conocieron a sus nuevos guías y siguieron camino a caballo.

– Recorrimos como cuarenta minutos más o menos, pero imagínate aquello a las tres de la madrugada: una oscuridad tremenda. Yo por lo menos estaba aterrada.

– Es que ella se quedó atrás atrás atrás –dice E.

– Niño, ¿tú te sabes el camino? –le preguntaba M. a su guía, asustada de no ver nada más allá de unos metros-. ¿Los otros dónde están?

– No se preocupe –la atajaba rápido el guía-. No se preocupe.

Para esas fechas hacía ya cinco meses que el gobierno hondureño había desplegado cuatrocientos agentes de la Fuerza Policial de Control Migratorio en la zona. En 2019, más de nueve mil indocumentados habían cruzado ilegalmente amparados por los matorrales. Día y noche, grupos pequeños de oficiales de camisa azul cielo y gorra y pantalón oscuros, armados con ametralladoras, peinaban el lado hondureño de la frontera como manadas de sabuesos. Aunque el año apenas iniciaba, cientos de migrantes, fundamentalmente haitianos, ya habían sido descubiertos en alguna de las veredas o intentando cruzar el río Guasaule. Todos fueron devueltos a Nicaragua.

– El del primer caballo iba haciendo señales con una linterna como cada veinte minutos y yo pensaba: no llegamos, no llegamos.

Ilustración: María Victoria Rodríguez

***

Lee: Migrar bajo las leyes del COVID: las vías del tren volvieron a ser la ruta de migrantes

Ahora mismo M. está enfadada porque ha caído en la trampa de las empresas fantasmas de Ciudad de México.

– ¿No me ves los ojos todavía hinchados de llorar? Esto yo no lo concibo.

A las pocas semanas de haber llegado a México, cansada de entregar currículos por toda la ciudad sin ningún resultado, M. supo de una empresa que le podía pagar dos mil pesos mexicanos semanales por trabajar como consultora administrativa. Corta de dinero, pensó que era una oportunidad que no podía permitirse dejar pasar. Pero después de un par de entrevistas, conferencias y tests sicométricos, le pidieron 300 pesos para una credencial y le hablaron de una supuesta prueba de aptitud ante el trabajo, una prueba que consistía en vender perfumes.

Por suerte, ya un amigo le había alertado.

– Si yo voy a trabajar como consultora administrativa, ¿qué hago yo vendiendo perfumes cuando en la primera conferencia te dicen que el trabajo no es de ventas y que no te van a pedir dinero? No encajaba una cosa con la otra. Pero nada, me vieron cara de pendeja. Dijeron: ésta es una migrante necesitada, loca por trabajar, que no tiene dinero; ésta es perfecta. Y yo ahí, con más fe que el Papa.

***

El cruce de la frontera por El Guasaule no duró mucho más de cuarenta minutos. La pequeña caravana de M. y E. no tropezó nunca con ningún retén, ni siquiera en las cercanías del río, que corre de este a oeste justo en el medio de una franja descampada estrecha pero al descubierto.

No lo sabemos con certeza, pero es muy probable que hayan entrado a Honduras por El Triunfo. De los municipios del departamento de Choluteca, el más al sur, ninguno tiene identificados más puntos fronterizos ciegos que este. Lo que sí sabemos es que del otro lado las esperaba un hombre que, luego de montarlas en una de esas motocicletas adaptadas para varias personas, las llevó para una casa. Allí, sentadas en el patio, sin probar bocado, sólo agua, esperaron hasta las seis de la mañana. A esa ahora abordaron un bus que las dejó cerca de la Oficina Regional de Migración de Choluteca.

– ¿No les preguntaron nada en el bus?

– No –dice M.-. Ahí ya todo está cuadrado. El chofer sabe que somos migrantes y dónde tiene que dejarnos.

– Eso es como un negocio bien planeado, ¿ve? –dice E.-. Nosotros teníamos hasta la foto de la guagua que nos iba a recoger.

– ¿Había más cubanos?

– Dos más –dice M.-. El resto eran todos haitianos, migrantes también.

En efecto: la mayoría de los migrantes que entran a Honduras por la frontera sur de Choluteca son haitianos, africanos y cubanos. Muchos prefieren no pasarse por las dependencias del Instituto Nacional de Migración, seguramente por miedo a ser deportados, pero “la contacto” prefiere que sus clientes sí lo hagan. Salvo que haya un inconveniente mayor, Honduras facilita un permiso para continuar camino a quienes entran ilegalmente al país.

M y E. fueron anotadas ese día para ser atendidas una semana después. Mientras tanto, hicieron lo mismo que en Somotillo: pasar los días encerradas en la casa de uno de los contactos de “la contacto”. Descansaron, comieron, vieron series, conversaron con sus familias. El jueves siguiente regresaron a la Oficina Regional de Migración, dieron sus huellas, fueron al banco, pagaron la multa, volvieron, prestaron declaración y listo. Tenían luz verde para seguir el camino protegidas por la ley.

– Salimos como a las cinco y pico de la tarde y como a las siete nos montaron en otra guagua para Guatemala –dice M.

***

Los 2.300 dólares que debió pagar cada una para que la llevaran desde el aeropuerto Augusto César Sandino, en Managua, hasta la Plaza Garibaldi, en Ciudad de México, los consiguieron trabajando en Venezuela, donde estuvieron un par de años como parte de las misiones internacionalistas que Cuba tiene en ese país y en tantos otros.

–Eso incluye hospedaje, comida, guía, todo. Mínimos gastos que uno hace aparte, como las líneas de teléfono para estar comunicados, el agua, el refresco extra. Nosotras mandamos el dinero para Estados Unidos y lo íbamos pagando por tramo. “La contacto” nos decía: “tienen que pagar ahora tanto”, entonces E.  le escribía a la persona que tenía el dinero y le decía deposítame tanto, con una clave, para que no nos fueran a extorsionar o algo. Porque es un peligro andar con ese dinero arriba.

– Y nosotras éramos dos mujeres, que como quiera que sea somos más vulnerables –dice E.-. Pero eso está bien coordinado. Ellos te cuidan porque ellos saben que ese es su dinero, su negocio.

***

El trayecto desde Choluteca hasta la frontera de Guatemala duró cerca de catorce horas, en las que pararon unas tres veces: dos por retenes policiales, otra, ya de noche, para comer arroz con pollo y ensalada. Después de una noche larga e incómoda, llegaron a su destino sobre las siete de la mañana. Allí estaba “la contacto” esperándolas, prefieren no hablar de ella, como tampoco de ninguna de las personas que le trabajan entre Nicaragua y México. Apenas dicen que se trata de una muchacha, lo que significa que no debe superar los cuarenta. Nada más.

– Nos dijo: “Los míos vengan para acá. Se van con él por ahí. Arriba, apúrense” –dice E.

“Los míos” no eran solo M. y E. Otros nueve cubanos habían llegado por rutas diferentes hasta aquel mismo punto de la frontera. A partir de aquí continuarían camino juntos, al menos durante un trecho. “Él” era el guía que los cruzaría hasta el otro lado de la montaña. Nadie les había dicho que debían atravesar montañas, pero en estos casos no hay elección. Además, era la mejor forma de burlar la vigilancia en las carreteras.

“La contacto” no iba con ellos. Seguiría en su auto para recogerlos al descenso.

– ¿Cómo fue la experiencia de atravesar montañas?

–Imagínate –dice E.

A diferencia de M., que es alta y menuda y tiene –al menos en teoría- más posibilidades de resistir una escalada, E. es de extremidades cortas y complexión regordeta.

– Ella se tuvo que poner la mochila mía, porque yo no podía –sigue E.-.

– Y yo: “vamos que si nos quedamos aquí, en medio de este monte, no nos encuentra nadie”. Él iba a una velocidad que ni Usain Bolt. Es que está adaptado. Imagínate a cuántas personas pasará a diario por esas montañas. Para él eso es nada, un paseo.

El “paseo” duró cerca de cuatro horas subiendo y bajando lomas a un ritmo inconcebible. Apenas tuvieron descanso. En dos ocasiones ellas tuvieron que detenerse a tomar agua, sobre todo E., que llegó a ponerse muy mal, con fatiga. Luego tuvieron que apretar el paso para no alejarse del resto del grupo.

– Uno lleva una vida tan sedentaria en Cuba, de la casa al trabajo, del trabajo a la casa, luego viendo la televisión o Facebook, que al subir esas montañas yo estaba muerta –dice E.-.

Finalmente, cuando llegaron al otro lado, “la contacto” ya esperaba por todos junto a otro auto. Los once cubanos se apretujaron como pudieron al interior de ambos y emprendieron camino a un hotel, donde estuvieron hasta las ocho de la mañana del día siguiente. Cuando se bajaron de los autos y entraron nadie les preguntó nada. Como si fueran invisibles.

– Ahí tú pasas y ya, todo está comprado –dice E.-. A ti ni te ven.

– Lo que hicimos fue llegar a acostarnos, que estábamos muertas de cansancio –dice M.-. Entre las 14 horas de viaje la noche entera dando rueda más después todas esas montañas, ¿tú sabes cómo llegamos al  ?

El sábado en la mañana, después de llegar a la frontera con México en bus junto a otros cuatro cubanos y atravesar un pequeño río en bote, subieron a unos camiones.  Luego, seis horas y un pequeño trayecto en motos hasta a una casa en Villa Hermosa, la capital de Tabasco, donde pasaron la noche. El domingo fue mucho más movido. Desde las seis de la mañana, cuando salieron, hasta cerca de la medianoche del lunes, viajaron en un pequeño bus, luego en un taxi, pasaron la tarde en una casa y retomaron camino en una camioneta que los dejó en un puente, junto a un guía. Se suponía que un auto los recogería rápido, pero se quedaron varados allí durante cuatro o cinco horas.

– Ni idea de dónde estábamos –dice M., que solo recuerda el sonido de los monos, los mosquitos y al guía diciendo que cerca había cocodrilos-. El carro llegó como a las diez de la noche. ¡Qué estrés!

Finalmente, el auto los recogió y los llevó para otra casa en Tabasco, donde pasaron esa madrugada y dos días más. No habían probado bocado en horas y estaban hambrientas. Como siempre, pasaron todo el tiempo dentro, sin salir, generalmente viendo películas o capítulos de series de Netflix. A las tres de la tarde del tercer día se montaron en una rastra de la que no se bajaron hasta la mañana del día siguiente. Además de ellas y el chofer, iban también dos muchachos hondureños. Durante todo ese tiempo se toparon con cerca de seis retenes.

– Ustedes tranquilos que de aquí no me los baja nadie –les dijo el chofer desde el inicio-. Yo respondo por ustedes. Lo que haya que pagarles a los retenes yo lo pago.

–Eso nos dio cierta tranquilidad –dice M.-. Cuando íbamos a pasar por un retén el hombre nos decía: “acuéstense”, y nos teníamos que acostar bien bien planitos en la cama del camión, hasta que ya pasábamos. Solo hubo una vez en que él tuvo que bajarse y darle cinco mil pesos mexicanos.

Llegaron a Ciudad de México sobre las siete de la mañana del día siguiente. Justo donde se detuvo la rastra las esperaba un taxi, que un rato después las dejó en su destino final, uno de los hoteles que se encuentran en la Plaza Garibaldi. Allí las esperaba una amiga de E.

Nueve meses después de nuestra entrevista, M. está en los Estados Unidos, con su hermana, aunque no sabemos a ciencia cierta cómo llegó. E. sigue en Ciudad de México, donde consiguió trabajo como fisiatra, donde gana lo suficiente para lo que le hace falta.

Ilustración: María Victoria Rodríguez

 

Esta crónica fue escrita en el Laboratorio de Periodismo Situado coordinado por Cronos, aquí puedes leer la publicación original. 

 

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El inquietante aumento de los suicidios entre las mujeres en Japón durante la pandemia

Los efectos económicos y sociales de la pandemia y una conducta de imitación por casos de suicidio entre celebridades están impulsando este "impactante" fenómeno en el país asiático.
23 de febrero, 2021
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Japón informa de los suicidios con mayor rapidez y precisión que cualquier otro país del mundo. A diferencia de la mayoría de los países, se recopilan las cifras al final de cada mes.

Durante la pandemia de covid-19 los números han contado una historia inquietante.

En 2020, las tasas de suicidio en Japón subieron por primera vez en 11 años. Lo más sorprendente es que, mientras los suicidios masculinos descendieron ligeramente, las tasas entre las mujeres se dispararon casi un 15%.

Solo en octubre, la tasa de suicidios femeninos en el país dio un salto de más del 70%, en comparación con el mismo mes del año anterior.

¿Qué está ocurriendo? ¿Y por qué la pandemia parece estar afectando mucho más a las mujeres que a los hombres?

*Advertencia: Algunos pueden encontrar el contenido de esta historia perturbador

Encontrarse cara a cara con una joven que ha intentado suicidarse en repetidas ocasiones es una experiencia inquietante. Ha despertado en mí un nuevo respeto por quienes trabajan en la prevención del suicidio.

Estoy sentada en un centro de acogida en el barrio rojo de Yokohama, dirigido por una organización benéfica dedicada a la prevención del suicidio que se llama Proyecto Bond.

Al otro lado de la mesa hay una mujer de 19 años, con el pelo recogido. Está sentada. Muy quieta.

En silencio, sin mostrar emoción alguna, empieza a contarme su historia.

Dice que todo empezó cuando tenía 15 años. Su hermano mayor empezó a abusar de ella con violencia. Al final se escapó de casa, pero eso no puso fin al dolor y la soledad.

Acabar con su vida parecía la única salida.

“Desde el año pasado por estas fechas, he estado entrando y saliendo del hospital muchas veces”, me cuenta.

“Intenté muchas veces suicidarme, pero no lo conseguí, así que ahora supongo que he renunciado a intentar morir”.

Lo que la detuvo fue la intervención del Proyecto Bond. Le encontraron un lugar seguro para vivir y empezaron a darle asesoramiento intensivo.

Jun Tachibana es la fundadora del Proyecto Bond. Es una mujer fuerte, de 40 años, con un optimismo infatigable.

Jun Tachibana

BBC
Tachibana, del Proyecto Bond, afirma que la covid-19 parece estar llevando al límite a quienes ya son vulnerables.

“Cuando las chicas tienen verdaderos problemas y sufren, realmente no saben qué hacer”, asevera.

“Nosotros estamos aquí, dispuestos a escucharlas, a decirles: estamos con vosotras”.

Tachibana afirma que la pandemia parece estar llevando al límite a quienes ya son vulnerables.

Describe algunas de las desgarradoras llamadas que ha recibido su personal en los últimos meses.

Escuchamos muchas frases como “Quiero morir” o “No tengo adónde ir”, asegura. “Dicen: ‘Es tan doloroso, me siento tan sola que quiero desaparecer'”.

Para quienes sufren abusos físicos o sexuales, la pandemia ha empeorado mucho la situación.

“Una chica con la que hablé el otro día me confesó que su padre la acosa sexualmente”, cuenta Tachibana.

“Pero, debido a la pandemia, su padre no trabaja mucho y está más en casa, así que no puede escaparse de él”.

Un patrón “muy inusual”

Si se observan los anteriores periodos de crisis en Japón, como la crisis bancaria de 2008 o el colapso del mercado bursátil y la burbuja inmobiliaria a principios de la década de 1990, el impacto se dejó sentir sobre todo en los hombres de mediana edad.

Se observaron grandes picos en las tasas de suicidio masculino.

Pero la crisis de la covid-19 es diferente, está afectando a los jóvenes y, en particular, a las mujeres jóvenes. Las razones son complejas.

Número de suicidios en Japón. 2008 - 2020. .

Japón solía tener la tasa de suicidio más alta del mundo desarrollado.

En la última década, ha tenido un gran éxito en la reducción de las tasas de suicidio: han caído alrededor de un tercio.

La profesora Michiko Ueda es una de las principales expertas en suicidios de Japón. Me cuenta lo impactante que ha sido presenciar el fuerte retroceso de los últimos meses.

“Este patrón de suicidios femeninos es muy, muy inusual”, me revela.

“Nunca había visto un aumento tan grande en mi carrera como investigadora en este tema. Lo que ocurre con la pandemia de coronavirus es que las industrias más afectadas son las que cuentan con personal femenino, como el turismo y el comercio minorista y las industrias alimentarias”.

Japón ha visto aumentar considerablemente el número de mujeres solteras que viven solas -muchas de ellas optan por ello en lugar de casarse- lo que desafía los tradicionales roles de género que aún perviven en el país.

La profesora Ueda afirma que las mujeres jóvenes también son mucho más propensas a tener empleos precarios.

depresión

Getty Images
En octubre del año pasado, 879 mujeres se quitaron la vida. Esto supone un aumento de más del 70% respecto al mismo mes de 2019.

“Muchas mujeres ya no están casadas”, relata.

“Tienen que mantener su propia vida y no tienen trabajos permanentes. Así que, cuando ocurre algo, por supuesto, se ven afectadas muy duramente”.

“El número de pérdidas de empleo entre el personal no permanente es enorme en los últimos ocho meses”.

Hay un mes que destaca. En octubre del año pasado, 879 mujeres se quitaron la vida. Esto supone un aumento de más del 70% respecto al mismo mes de 2019.

Los titulares de los periódicos dieron la voz de alarma.

Algunos comparaban el número total de suicidios de hombres y mujeres en octubre (2.199) con el número total de muertes en Japón por coronavirus hasta ese momento (2.087).

Algo particularmente extraño estaba ocurriendo.

El 27 de septiembre del año pasado, una actriz muy famosa y popular llamada Yuko Takeuchi fue encontrada muerta en su casa. Después se conoció que se había quitado la vida.

Yuko Takeuchi

Getty Images
La actriz japonesa Yuko Takeuchi fue encontrada muerta en su casa y los expertos han percibido un efecto de imitación.

Yasuyuki Shimizu es un antiguo periodista que ahora dirige una organización benéfica dedicada a combatir el problema del suicidio en Japón.

“Desde el día en que se hace público que un famoso se ha quitado la vida, el número de suicidios aumenta y se mantiene así durante unos 10 días”, estima.

“A partir de los datos podemos ver que el suicidio de la actriz el 27 de septiembre provocó 207 suicidios femeninos en los 10 días siguientes”.

Si se observan los datos de los suicidios de mujeres de la misma edad que Yuko Takeuchi, las estadísticas son aún más reveladoras.

“Las mujeres de 40 años fueron las más influenciadas de todos los grupos de edad”, sostiene Shimizu.

“Para ese grupo (la tasa de suicidio) se duplicó con creces”.

Otros expertos coinciden en que existe una conexión muy fuerte entre los suicidios de famosos y un repunte inmediato de los suicidios en los días posteriores.

El fenómeno de los famosos

Este fenómeno no es exclusivo de Japón, y es una de las razones por las que informar sobre el suicidio es tan difícil.

Cuanto más se hable del suicidio de un famoso en los medios de comunicación y en las redes sociales, mayor será el impacto en otras personas vulnerables.

Una investigadora de este tema es Mai Suganuma. Ella misma vivió de cerca un suicidio. Cuando era adolescente, su padre se quitó la vida.

Ahora colabora en apoyar a las familias de otras personas que se han suicidado.

Y al igual que el coronavirus está dejando a familias sin poder llorar a sus seres queridos, también está haciendo más difícil la vida a los parientes de las víctimas de suicidio.

“Cuando hablo con los familiares, su sentimiento por no poder salvar a su ser querido es muy fuerte, lo que a menudo hace que se culpen a sí mismos”, explica Mai Suganuma.

People walk past the entrance of an Karaoke store closed due to the spread of the conoravirus in Tokyo

Getty Images
Las calles de Japón se han vaciado por la tercera ola de la pandemia.

“Yo también me culpé por no haber podido salvar a mi padre”.

“Ahora les dicen que deben quedarse en casa. Me preocupa que el sentimiento de culpa se haga más fuerte. Para empezar, los japoneses no hablan de la muerte. No tenemos una cultura de hablar de los suicidios”.

Japón se encuentra ahora en la tercera ola de infecciones por covid-19, y el gobierno ha ordenado un segundo estado de emergencia.

Es probable que se prolongue hasta bien entrado febrero. Más restaurantes, hoteles y bares están cerrando sus puertas. Más personas están perdiendo sus empleos.

Para Ueda hay otra pregunta persistente. Si esto ocurre en Japón, sin cierres estrictos, y con relativamente pocas muertes por el virus, ¿qué está ocurriendo en otros países donde la pandemia es mucho peor?


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