SEP retrasa la publicación de cifras sobre deserción escolar
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SEP retrasa publicación de cifras sobre deserción escolar en medio de la pandemia

La dependencia tampoco ha informado sobre alguna evaluación sobre la efectividad de la estrategia 'Aprende en casa'.
Cuartoscuro
3 de febrero, 2021
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A cinco meses del inicio del ciclo escolar 2020-2021, la Secretaría de Educación Pública (SEP) no ha publicado la estadística sobre los alumnos inscritos en el país, información que serviría para calcular la deserción escolar durante la pandemia. 

Esta es la primera vez que dicha información no se encuentra de manera pública en el Sistema de Información y Gestión Educativa (SIGED), y la dependencia tampoco la ha entregado a la Comisión Nacional para la Mejora Continua de la Educación (MEJOREDU), el organismo autónomo encargado de hacer investigación y determinar indicadores de mejora educativa. 

Leer más: 628 mil dejarán estudios por crisis económica y falta de condiciones provocada por COVID

La SEP es la encargada de recabar la información de “cada una de las escuelas del país, tanto públicas como privadas, al inicio de cada ciclo escolar”, a través del levantamiento de un formato llamado 911, en coordinación con autoridades educativas a partir de un sistema de información en línea. 

Los datos generados son la estadística oficial del sector federal y de los gobiernos estatales y, sobre todo, sirve de base “para llevar a cabo los procesos de planeación, programación, presupuesto y asignación de recursos, evaluación y rendición de cuentas del sector, entre otras actividades”, explica la SEP en su página.

Dicha información siempre sirve para diseñar las próximas acciones educativas, pero especialmente ahora es fundamental para conocer el impacto de la pandemia en el sector educativo y, un dato determinante para poder actuar es saber cuántos y quiénes dejaron o permanecieron en las aulas durante 2020. 

Marco Fernández, investigador de la Escuela de Gobierno del Tec y México Evalúa, explica que esta es la primera vez que a cinco meses de iniciado el ciclo escolar, la información aún no está a disposición pública. 

Animal Político preguntó a la SEP cuál es la razón por la que no ha publicado la información, pero no hubo respuesta. 

Esta falta de transparencia “retrata que, independientemente del discurso público sobre la importancia de la educación, lo cierto es que a este gobierno le tiene poco cuidado a la educación porque no han hecho el esfuerzo para generar información y aunque se dicen transparentes, en realidad no lo son”, asegura 

La SEP tampoco ha dado a conocer la deserción escolar entre el ciclo escolar de 2020 a 2021. Es decir, saber si la pandemia afectó el ámbito educativo en que estudiantes ya no se inscribieran en el actual ciclo o ni siquiera hubiesen terminado el anterior. 

En agosto de 2020, el subsecretario de Educación Superior, Luciano Concheiro dijo que se preveía que aproximadamente el 10% de los estudiantes de nivel básico y el 8% de nivel superior abandonaron sus estudios a causa de la pandemia de coronavirus.

Sin embargo al preguntarle a la SEP sobre esa estadística, después de iniciado el ciclo escolar el 24 de agosto, el área de comunicación respondió que tendrán la “estadística actualizada sobre deserción hasta que los niños regresen a clases presenciales”. 

Marco Fernández explica que “no se ve en el horizonte no solo una estrategia para evitar que la deserción aumente, sino para rescatar a esos niños y jóvenes que están dejando la educación. Y dejar a la mitad estudios significa que cuando crezcan tendrán oportunidades laborales más reducidas, más precarias. Y cuando ellos le quieran dar una oportunidad educativa a sus hijos será mucho más difícil y habrá una mayor probabilidad de crear un círculo de pobreza”.

Sin embargo, Abelardo Carro, especialista en temas educativos, considera que el retraso podría deberse a las mismas dificultades de la pandemia, pues los reportes de incidencias que cada escuela hace debe pasar por una ruta burocrática que, sin actividades presenciales, lo hace más tardado. 

La cifra de deserción, según se prevé, no será alentadora. El Banco Interamericano de Desarrollo (BID) calculó que 628 mil niños y jóvenes de 6 a 17 años de edad abandonarán los estudios en México, debido a la crisis económica que disminuye los ingresos de las familias y por la falta de condiciones para el aprendizaje a través de la educación no presencial.

De acuerdo con el estudio “Los costos educativos de la crisis sanitaria en América Latina y el Caribe” –que calculó la deserción escolar adicional a la esperada según la tendencia en 18 países– este será otro efecto de la COVID que significará un retroceso de casi una década en materia educativa. 

¿Aprende en casa funciona?

A partir de marzo, días después del primer caso de contagio de COVID en el país, la SEP tomó la decisión de adelantar las vacaciones de semana santa que en realidad, se convirtió en el inicio de suspensión de clases presenciales que se ha mantenido hasta el momento. 

Sin embargo, para que los estudiantes siguieran recibiendo instrucción, la SEP implementó el programa Aprende en Casa y Aprende en Casa II, en abril y agosto de 2020 respectivamente, y  consistieron en transmitir clases por televisión abierta. 

Pero a nueve meses, la dependencia tampoco ha informado sobre alguna evaluación sobre la efectividad de la estrategia, es decir, el aprendizaje logrado entre los estudiantes. 

Abelardo Carro, maestro en Educación y analista en la materia, advierte que es “lamentable” que la SEP no haya dado a conocer esta información, tal vez por “el momento político en que querer demostrar que México ha tenido grandes avances con la televisión, pero la realidad es lo contrario. Por eso es muy importante conocer el diagnóstico, valorar los aprendizajes”.

Aunque hay algunas mejoras en los contenidos de Aprende en Casa, en realidad son  los maestros quienes están sosteniendo el sistema, asegura Carro. Y a casi a un año de la pandemia, “dejó de ser imprevisto, entonces  ¿por qué después de estos meses no se empezaron a crear otras alternativas?”. 

Además, la pandemia también ha abierto aún más la brecha de desigualdad educativa, pues en algunos casos, en sus comunidades no llega la señal de televisión, e incluso no tienen servicio de electricidad. En cambio, en escuelas privadas, por ejemplo, las clases se mantuvieron en línea. 

El primer acercamiento a este hallazgo y al nivel de aprendizaje se encuentra en la encuesta hecha por la Comisión Nacional para la Mejora Continua de la Educación (MEJORAEDU) y aplicada a 194 mil directores, maestros y estudiantes de todo el país. 

Los resultados demuestran que si bien hubo experiencias favorables, también puso en evidencia que “existen condiciones particularmente adversas, que algunos esfuerzos no fueron suficientes o adecuados para superarlas, y que se requieren cambios, impostergables orientados a fortalecer las capacidades del sistema educativo”. 

Por ejemplo, 65.5% de las y los estudiantes usó siempre o con regularidad la plataforma Google for Education; 45.3%, los recursos de Aprende en Casa I por internet; y 40.8% utilizaron los programas transmitidos por televisión. 

El 51% de los docentes señalaron como obstáculo para el aprendizaje que “las actividades en línea y los programas de televisión y radio resultaban aburridos para sus estudiantes; y 46 % dijo que los contenidos de televisión de Aprende en Casa I no fueron suficientes para que las y los estudiantes pudieran seguir aprendiendo. 

Los maestros trataron de resolver esta deficiencia utilizando el teléfono como medio de comunicación con sus alumnos o hasta subiendo contenidos en YouTube y blogs por su propia cuenta. Sin embargo, se trata de esfuerzos en solitario, sin acompañamiento de una estrategia institucional más que las clases por televisión. 

En tanto, los estudiantes reportan que su aprendizaje no ha sido el más óptimo. 59% de los alumnos de primaria señaló que durante este periodo de contingencia correspondiente al ciclo escolar 2019-2020, reforzó aprendizajes previos, mientras que en secundaria apenas alcanza 44%.

El 53% de alumnos de primaria adquirió nuevos conocimientos sobre sus materias; frente a 42% de estudiantes de secundaria. Mientras que 42% y 58%, respectivamente, dijo haber aprendido otras cosas (aprendizajes extraescolares). Y 37% y 58% de alumnos de primaria y secundaria, respectivamente, aprendieron a usar nuevas aplicaciones o plataformas.

Por su parte, 58.4% de las madres y padres de familia respondieron que les fue muy difícil o difícil distribuir el tiempo entre sus actividades de acompañamiento a su hija o hijo y las del hogar. Además la contingencia planteó un incremento en los gastos para sufragar distintos servicios y adquirir bienes, como servicio de internet, fotocopias y material didáctico. 

Mientras que las condiciones en los hogares tampoco han sido óptimas. Por ejemplo, el 62% de los estudiantes de primaria y 50% de secundaria tienen acceso a una computadora para realizar sus tareas y menos de 40% en ambos niveles tienen un lugar tranquilo y sin distracciones para estudiar. 

Por ello, MEJORAEDU recomienda a la SEP “diseñar medidas específicas para recuperar a estudiantes que no han podido participar del aprendizaje a distancia y estrategias de apoyo para quienes están en mayor riesgo de desafiliación”.

Esto a través del diseño de actividades de aprendizaje a distancia específicas para estudiantes que no tienen acceso a internet, televisión o radio. Prever apoyos focalizados para población en mayor condición de vulnerabilidad y desarrollar versiones “ligeras” de las plataformas educativas y los contenidos digitales.

También, para mejorar la calidad de los aprendizajes, la Comisión recomienda “identificar contenidos prioritarios y aprendizajes fundamentales de cada asignatura y grado”, por ello es necesario, dice, flexibilizar el currículo de manera que permita hacer adaptaciones para atender la enseñanza y el aprendizaje a distancia.

Además, reconocer la capacidad de las comunidades educativas para seleccionar contenidos pertinentes en el trabajo a distancia y apoyarles en ello y dosificar la carga de tareas asignadas a estudiantes y los mecanismos de monitoreo de sus avances.

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Cómo la inflación del 70% en Argentina está generando un boom del consumo y un aumento de trabajadores pobres

Hoy conviven "dos Argentinas": la de los restaurantes repletos y la fiesta del consumo y la del 30% de ocupados pobres.
8 de septiembre, 2022
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El supermercado de mi barrio solía abrir a las 8 de la mañana todos los días, pero hace semanas empecé a notar que abría cada día más tarde.

Frustrada por este retraso, un día le reclamé a la cajera por la impuntualidad.

“Es que antes de abrir tenemos que actualizar los precios de los productos que aumentaron, y cada día son más largas las listas de lo que tenemos que remarcar”, me explicó, disculpándose.

Encontrarte con precios más caros cada vez que sales a hacer las compras es una de las consecuencias de vivir en un país con más del 70% de inflación por año, una de las más altas del mundo.

Este problema no es nada nuevo para los argentinos.

Mientras que en otras partes del mundo se horrorizan porque el costo de vida alcanzó el 10%, como consecuencia de la pandemia y la invasión rusa de Ucrania, en este país sueñan con tener esas cifras.

Aquí desde hace una década que la inflación anual no baja del 25%, y en los últimos años ese número se duplicó.

Sin embargo, nada se compara con lo que se está viviendo este año, en el que los problemas internos, ahondados por los problemas externos, han llevado a una aceleración de la inflación que no se veía desde la crisis de 2001-2002, que dejó a más de la mitad de la población en la pobreza.

Desde marzo que el país viene registrando alzas mensuales de precios por encima del 5%.

En julio llegó al 7,4%, la cifra más alta de las últimas dos décadas, y la mayoría de las consultoras estiman que en agosto rondó el 6,5%.

Este es el motivo por el cual en las últimas semanas las maquinitas para remarcar precios no dan abasto.

Dos empleados de supermercado en Argentina

Getty Images
Los supermercados remarcan los precios cada vez más seguido.

Pero lo peor es que pocos prevén que la situación desacelere. Por el contrario: el último Relevamiento de Expectativas de Mercado del Banco Central indicó que se espera un 90% de inflación para fin de año.

Y varios consultores privados creen que la cifra podría llegar a los tres dígitos.

Sin “anclas”

Incluso quienes tenemos mucha experiencia conviviendo con la inflación perdemos la brújula con este nivel de alzas.

Y es que una de las consecuencias más perjudiciales de tener una inflación tan alta es que ya no se tienen lo que los economistas llaman “anclas”, es decir, referencias de precios.

Los comerciantes van aumentando sus valores de acuerdo con el costo que ellos estiman tendrán que pagar a fin de mes para reponer ese producto. Algunos aumentan de acuerdo con la inflación del mes previo. Otros asumen que el alza será mayor.

Y no faltan los que aprovechan la confusión generalizada para lucrarse, ampliando sus márgenes de ganancias.

Una persona comprando en un supermercado en Argentina

Getty Images
Los precios en el supermercado aumentan cada semana.

Por otra parte, hay sectores que sufrieron fuertemente durante la pandemia, como el turismo, la gastronomía y los negocios de ropa, que aprovechan la reactivación y la necesidad de muchos de volver a la normalidad para imponer fuertes aumentos que les permiten recobrar un poco de lo perdido.

Lo que esto ha generado es una distorsión de precios que hace que los consumidores ya no sepamos lo que deberían valer las cosas.

“El otro día compré un par de zapatillas infantiles online y pagué $13.000 (unos US$90 al dólar “oficial” o US$45 al paralelo), lo que me pareció caro”, me comentó en el fin de semana Yanina, una amiga que es docente y que no sabía si había hecho una buena o una mala compra.

“Después fui al supermercado y gasté casi lo mismo solamente en la compra semanal”, me dijo.

Una persona colocando carteles de precios fuera de un restaurante

Getty Images
Por la inflación tan alta en Argentina ya no hay referencia de precios y estos varían de lugar en lugar.

La confusión es aún mayor si toca pagar por un servicio, desde contratar a un plomero o electricista para arreglar un desperfecto en la casa a ir a pintarse las uñas o llevar al auto al taller.

Uno no tiene la más mínima idea de lo que le puedan llegar a cobrar. ¿Me costará 3.000 pesos? ¿$5.000? ¿O $10.000?

Es imposible saber qué es caro y qué es un precio razonable, porque no hay contra qué comparar.

La locura de los dólares

Ante la falta de anclas, los argentinos están más pendientes que nunca del precio del dólar, la moneda que históricamente ha sido referente y reserva de valor en este país.

Pero lejos de ser una brújula, la moneda estadounidense se ha convertido en una parte fundamental de la crisis actual.

Primero, porque en Argentina no hay una sola cotización del dólar. Hoy tenemos al menos seis (esas son las más usadas) y la variación entre la menor y la mayor cotización es tan amplia que a veces supera el 100%.

¿Por qué tenemos seis precios del dólar?

Porque los constantes ciclos inflacionarios han hecho que el peso argentino pierda gran parte de su valor, llevando a la adopción del billete estadounidense como moneda de reserva y la que se usa para realizar grandes transacciones, en especial la compra de propiedades.

Pero como Argentina no produce los dólares necesarios para abastecer la fuerte demanda de su población y de su economía -dependiente de insumos importados para su producción-, los gobiernos imponen controles de capital -“cepos” les dicen aquí- y fijan el precio del dólar.

Un abanico de dólares

Getty Images

Esto crea un dólar “oficial” -el de la cotización más baja- y todo un abanico de otros dólares -el “ahorro”, el “tarjeta”, el “bolsa”-, y el más conocido y seguido por todos: el “blue”, nombre que recibe aquí el dólar paralelo, comúnmente conocido en otras partes como “dólar negro”.

Este dólar “blue”, que sube y baja según el ánimo del mercado, también es muy sensible a las crisis políticas: se disparó casi 10% en un solo día a comienzos de julio tras la renuncia del ministro de Economía Martín Guzmán.

Y este es el segundo factor que está provocando la escalada inflacionaria.

Porque al ser la principal referencia de precios de muchos -en especial los empresarios- cuando el “blue” sube, suben casi todos los precios.

Y cuando la cotización de este dólar se dispara -como en los últimos meses en los que duplicó el valor del dólar “oficial”- se genera una brecha que distorsiona la economía, poniendo más presión para que el peso se devalúe.

Todas estas complejidades de la economía argentina hacen que los locales tengan que convertirse en cuasi expertos económicos para hacer rendir su salario de la mejor manera.

Una de las maniobras financieras que más se popularizaron es el llamado “puré”.

Consiste en comprar US$200 a la cotización “oficial” -el máximo mensual permitido por el gobierno, que además le aplica impuestos del 65%- y venderlo en “cuevas” (financieras ilegales, que aquí son muy comunes) a precio “blue”, generando una jugosa diferencia que multiplica los ingresos.

Dólares y pesos argentinos

Getty Images
En Argentina el dólar cotiza casi al doble en el mercado paralelo que en el oficial.

Las dos Argentinas

Aunque la inflación afecta la vida de todos los argentinos, el impacto es muy dispar según en qué grupo se esté.

Quienes tienen salarios que aumentan a la par de la inflación viven una realidad, y la vasta mayoría, que pierde poder adquisitivo mes a mes, vive otra.

Los primeros son los grandes responsables del boom del consumo que vive Argentina, un fenómeno que sorprende a muchos locales, que se preguntan cómo es posible que los restaurantes estén que explotan y los shoppings estén colmados en medio de la crisis.

O que el grupo británico Coldplay haya logrado vender diez conciertos en el enorme estadio de River Plate, un récord absoluto para este país.

La explicación no es solo que sigue habiendo más de un 20% de la sociedad con ingresos altos o medio altos. También es que muchos de ellos, e incluso personas con ingresos más modestos, están optando por consumir en vez de ahorrar.

“La gente que tiene pesos intenta sacárselos de encima porque queman”, me explicó el economista Santiago Manoukian, de la consultora Ecolatina, en referencia a la alta inflación que se come el valor de la moneda local.

Con acceso limitado a su instrumento favorito de ahorro, el dólar -por el tope de los US$200 “oficiales” y el precio récord del “blue”-, muchos optan en vez por comprar bienes durables para mantener el valor de su dinero, o lo gastan en actividades que les dan placer, como salir a comer, ver un espectáculo o viajar.

Un restaurante en Puerto Madero, Buenos Aires

Getty Images
Muchos restaurantes en Buenos Aires tienen lista de espera.

Esto ha permitido a Argentina mantener un buen nivel de actividad económica, con un crecimiento de más del 6% en el primer semestre y un desempleo bajo, del 7%.

Pero en la cara opuesta de esta Argentina opulenta hay millones de personas que no llegan a fin de mes y cada vez tienen que ajustar más el cinturón, incluso cortando productos básicos.

Pobres con trabajo

Los principales perjudicados por la inflación son las personas más pobres, que hoy representan casi el 40% de la población.

Ellos suelen tener empleos informales que no están protegidos por las “paritarias”, como se conoce a las negociaciones sectoriales que acuerdan aumentos por inflación.

La mayoría subsiste con ayuda del Estado, pero esta asistencia tampoco ha logrado mantener el ritmo del alza de precios.

Un recuperador urbano -o "cartonero"- en Buenos Aires.

Getty Images
Un recuperador urbano -o “cartonero”- en Buenos Aires.

Sin embargo, incluso los trabajadores con empleos registrados han perdido mucho poder adquisitivo por culpa de la inflación.

Porque en los últimos años, mientras el costo de vida se disparaba, el salario real iba en dirección opuesta.

La caída empezó durante el gobierno de Mauricio Macri (2015-2019) y ya lleva cinco años consecutivos, haciendo que hoy la mayoría de los argentinos tengan ingresos más bajos que a finales de 2017.

Según la consultora LCG, la pérdida del poder adquisitivo en el último lustro fue del 23% en promedio.

Pero no solo la alta inflación explica la caída del salario. También cambió la forma en que se reparte la torta, es decir, la distribución de la riqueza.

En 2017, el sueldo de los trabajadores representó el 52% del ingreso nacional y las ganancias de los empresarios el 39%.

Pero a partir de entonces la relación de fuerzas empezó a invertirse, y para 2021, los trabajadores representaban solo el 43% de la riqueza, y el capital, el 47%, según un estudio de Cifra, el centro de estudios de la Central de Trabajadores de la Argentina (CTA).

Un hombre muestra sus bolsillos vacíos frente a una bandera de Argentina

Getty Images
Los trabajadores argentinos perdieron un cuarto de su poder adquisitivo en el último lustro.

El resultado es el fenómeno que más preocupa a muchos aquí: el de los trabajadores pobres.

Históricamente en Argentina se consideraba que la diferencia entre ser pobre y no serlo era conseguir un trabajo formal.

Pero hoy el salario mínimo no llega a cubrir la mitad de una canasta básica, como se conoce a los alimentos y bienes esenciales que requiere una familia tipo de cuatro integrantes.

Es decir, que incluso una pareja con empleo registrado no tiene garantizado los ingresos mínimos para no caer en la pobreza.

Esto ha llevado a que casi uno de cada cinco asalariados sea pobre, y que un tercio de todos los ocupados argentinos vivan en la pobreza, según investigaciones realizadas en 2021 por el Centro de Estudios Distributivos, Laborales y Sociales (Cedlas) de la Universidad Nacional de La Plata y el Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica Argentina.

Es algo que nunca antes había visto en este país, y un problema que el nuevo ministro de Economía, Sergio Massa, pretende atenuar duplicando entre septiembre y noviembre la asignación que recibirán por cada hijo los 1,1 millones de trabajadores registrados de la escala salarial más baja.

Trabajadores en una fábrica en Buenos Aires

Getty Images
El gobierno reforzará las asignaciones familiares de más de un millón de trabajadores formales, para que no caigan bajo la línea de pobreza.

El futuro

Como argentina nacida hace casi medio siglo me ha tocado vivir muchas de las crisis económicas más dramáticas que atravesó este país, que hace apenas cien años era uno de los más prósperos del mundo.

Viví inflaciones incluso mucho peores que la actual (en 1989, cuando cursaba el secundario, el costo de vida alcanzó su récord máximo, por encima del 3000% anual).

Y en la primera década de este siglo, fui una de los cientos de miles de jóvenes que se mudaron al exterior en busca de mejores oportunidades, mientras mi país se sumía en la peor debacle de su historia.

Pero, aunque el presidente Alberto Fernández, quien formó parte del gobierno que sacó a Argentina de esa crisis, asegure que el país volverá a resurgir, como entonces, es difícil mantener el optimismo.

Es cierto que la situación internacional, en particular debido a la guerra ruso-ucraniana, ha hecho que los granos argentinos vuelvan a valer fortunas, lo que fue una de las claves que permitió la recuperación a partir de 2003.

Y también da esperanza que, incluso con una desaceleración económica prevista para el segundo semestre, organismos internacionales como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional coincidan en que el país cerrará 2022 con un crecimiento cercano al 4%, por encima del promedio regional.

Un niño detrás de una bandera de Argentina

Reuters
El 51,4% de los argentinos menores de 14 años son pobres, según las estadísticas oficiales.

Pero no puedo dejar de preguntarme cómo podrá resurgir un país en el que el 45% de su población depende de la ayuda del Estado, según los datos del Observatorio de la Deuda Social.

Y sobre todo: qué futuro le aguarda a Argentina cuando más de la mitad de sus niños son pobres, y medio millón abandonó la escuela tras el prolongado cierre de la educación presencial durante la pandemia, como advirtió a comienzos del año lectivo la Asociación Civil por la Igualdad y la Justicia (ACIJ).


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