Deserción escolar: Por qué la pandemia sacó a los alumnos de las aulas
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Deserción escolar: 6 testimonios que explican por qué la pandemia los sacó de las aulas

Animal Político recopiló testimonios que demuestran las afectaciones económicas, de salud y los problemas del sistema educativo que dieron como resultado cifras abrumadoras de abandono escolar. 
Cuartoscuro
24 de marzo, 2021
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A un año del inicio de la pandemia de coronavirus y casi el mismo tiempo de suspensión de clases, la Secretaría de Educación Pública (SEP) no ha hecho pública la cifra oficial de la deserción escolar, pero el Inegi realizó una encuesta que mostró el impacto de la pandemia en este sector: 5.2 millones de estudiantes no se inscribieron al actual ciclo. 

Las afectaciones están concentradas en dos grupos: 330 mil alumnos de preescolar que no fueron inscritos sobre todo por razones atribuibles a la pandemia y 2.9 millones de alumnos de educación media superior que dejó de estudiar por problemas económicos. 

En la educación media superior, históricamente ha sido el nivel con el mayor índice de deserción en el país, sobre todo porque quienes dejaban los estudios por trabajar difícilmente retomaban la educación formal. Mientras que el preescolar es la etapa fundamental para incentivar habilidades, tanto así que se hizo obligatorio desde la reforma de 2019. 

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Entre las razones para no inscribirse es que las clases a distancia les parecían poco eficaces, porque los padres perdieron el empleo o porque no tenían herramientas tecnológicas para dar continuidad, de acuerdo con la Encuesta para la Medición del Impacto COVID-19 en la Educación (ECOVID-ED) 2020, publicada este lunes. 

De hecho, ahora también se sabe que la estrategia de clases a través de la televisión “Aprende en Casa” fue poco utilizada, pues la principal herramienta digital fue el teléfono inteligente (65.7%), seguido de la computadora portátil (18.2%), computadora de escritorio (7.2%), la televisión digital (5.3%) y la tablet (3.6%). 

Para entender el contexto en el que las familias decidieron poner una pausa a la educación formal en distintos niveles y cómo lo están viviendo los maestros, Animal Político presenta los siguientes testimonios narrados en primera persona que demuestran que las afectaciones económicas, de salud y los problemas del sistema educativo tuvieron como resultado estas cifras abrumadoras de abandono escolar. 

Federico Menéndez, profesor de matemáticas, padre de estudiantes de preescolar

Tengo una hija de seis años y otro de cinco.  Ella entraría a tercero de kínder y él a segundo este año. Ambos iban a una escuela pequeña privada en Hidalgo en la que también recibían el desayuno y la comida. Pagaba 4 mil 300 pesos por ambos. 

Tras el confinamiento, la maestra mandaba por WhatsApp un portafolio de trabajo muy estricto, con una carga de trabajo que era desgastante y poco productivo para ellos y para nosotros, además teníamos que mandar evidencias de que lo hacían. 

Sólo escogíamos algunas cosas de todo lo que nos dejaban, no queríamos presionar a los niños, pero las maestras regañaban a mi esposa, ella era la que más se estresaba por eso. Parecía que la directora estaba más preocupada por juntar evidencias en sus portafolios que por el bienestar de los niños. 

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En noviembre decidimos que ya no los inscribiríamos y nos ahorraríamos la colegiatura porque era claro que para este año las actividades serían en línea y de todos modos tendríamos que estar con ellos porque están chiquitos. Pensamos en inscribirlos en una pública y que vieran la tele, pero eso era hacernos tontos.

Como la clase de pintura era la favorita de mi hija, intentamos que la tomara por zoom con la maestra, pero sólo aguantó tres clases. Aprendió a apagar la cámara y el micrófono y se iba, se reía al escuchar que la maestra la buscaba. 

A partir de noviembre optamos porque la maestra viniera a la casa a darle clases a los dos, yo la llevo y traigo de su casa. Pago 500 pesos a la semana y son cuatro horas que le han servido a los niños y también a nosotros, que podemos dedicarnos solamente al trabajo al menos ese tiempo. Adaptarnos de esta manera ha sido de las mejores decisiones. 

Miguel Ángel Castillo, comerciante, padre de estudiante de preparatoria 

 Antes de la pandemia tenía un negocio en la Plaza de computación, pero por inseguridad lo dejé y empecé con la compra venta de material de computo, muebles de oficina, coches, lo que fuera para rehabilitarlo y venderlo. 

Además, tenía dos carros, un taxi y un Uber que compré a crédito. Con eso podía pagar la hipoteca del departamento y la colegiatura de mi hijo en el Centro Universitario México. Ahorraba la colegiatura un año antes, juntaba 80 o 100 mil pesos para pagar las colegiaturas del siguiente ciclo escolar y los 20 mil pesos de inscripción lo pagaba con una tarjeta de crédito a seis meses. 

Al empezar la pandemia, los choferes de los taxis ya no entregaban cuentas porque decían que no había trabajo, aunque yo les di marzo y abril. Tampoco había trabajo en la compra de cosas, porque las empresas que vendían por licitación sus muebles o equipo de cómputo ni siquiera dejaban entrar a extraños. 

La agencia de los carros me dio cuatro meses para no pagar, pero al quinto, ya cobraba interés. Lo mismo con la hipoteca del departamento. Se empezó a juntar todo, los intereses de tarjetas, los pagos. Los bancos no perdonan.  

Con los que tenía ahorrado alcanzó para este año y pagar la colegiatura del último año de preparatoria, pero cuando vi que la universidad más básica costaba 100 mil pesos, le dije a mi hijo ‘no vas a ir a la universidad este año’. O si de todos modos iba a tomar clases en línea, mejor que intentara hacer el examen para entrar a la UNAM en lo que ahorro para el otro año. 

Él me dijo que sí, que hacía lo que le dijera, pero es muy difícil. Todo pega, mentalmente, económicamente. Trato de no darle la sensación a mi hijo de incertidumbre, pero está difícil. Nadie ayuda. Desafortunadamente la clase media somos los más perjudicados. 

Mariana Rodríguez, maestra de bachillerato general 

Soy profesora desde hace siete años, cinco he impartido las materias de filosofía y ética en el bachillerato general del Estado de México, en Cuautitlán Izcalli, una ‘zona roja’ por la violencia y marginación. 

El confinamiento fue de un día para otro y nos tomó desprevenidos. Los directivos intentaron resolverlo con una supuesta capacitación de en Classroom de Google, y ahí comenzamos a trabajar. Los maestros mayores fueron los que más sufrieron. 

La plataforma sólo te permitía subir actividades y los estudiantes respondían a ellos, pero no hay comunicación directa. Eso sí, teníamos que cumplir con la evidencia. No podíamos tener comunicación directa con los alumnos por temas de privacidad o de acoso de profesores, pero en este ciclo la comunicación ya es hasta por redes sociales. 

Lee: Las batallas para aprender en casa: así se ven las clases en medio de la pandemia

Ha sido un camino bien complicado. Creo que los alumnos no se han llevado casi nada porque en el bachillerato público no les podemos exigir que prendan cámaras, a veces estás hablando sola con la computadora, se conectan pero te contesta uno o nadie. Aún los más participativos creo que se han llevado cosas muy básicas. 

Todo ha sido muy fingido. Fingen que estudian, nosotros que estamos trabajando, los directivos entregando evidencias, sólo para aparentar. Está siendo muy complicado y además ahora sumarle presiones administrativas que nos han cargado, entregar formatos, juntas. 

Yo termino fastidiada y los demás maestros también. Es una escuela con matrícula de 600 alumnos en la mañana y 500 en la tarde. Tengo 14 grupos de 60 estudiantes cada uno. Sólo calificar trabajos es difícil.

Y además los alumnos también tienen situaciones difíciles. Muchos no tienen ni posibilidades. De unos 10 o 15 por cada grupo no sabemos absolutamente nada. Los otros maestros dicen que tal vez no han podido conectarse o tuvieron algún problema, por eso los hemos pasado. 

Los que ya dejaron la escuela de manera definitiva es porque sus padres ya no tienen el mismo empleo y ellos se metieron a trabajar en mercados, como ayudantes generales. O porque sus papás fallecieron y son los hermanos mayores y tienen que tomar las riendas. 

Gerardo Sámano, aspirante a posgrado, 25 años  

Estudié la licenciatura de Biología en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, y egresé en 2018. También estudié para técnico en emergencias en la Cruz Roja y empecé a trabajar en la delegación de Morelos en 2020. 

Tenía pensado iniciar el posgrado en Ciencias Biológicas en la UNAM en enero de este año, pero a final de noviembre me enfermé de covid. Desde que empezó la pandemia estuve en el traslado de pacientes, sobre todo de emergencias. Nunca nos faltó equipo de protección, la delegación nos daba, pero finalmente me tuvo que dar. 

Estuve hospitalizado dos semanas y cinco días en terapia intensiva. Por eso perdí mi otro empleo como paramédico en una planta productora de cementos sábado y domingo, 48 horas seguidas. Me liquidaron conforme a ley, pero sólo con los dos salarios podía vivir bien. 

Pero perder el salario me afectó, necesitaría una beca para poder hacer el posgrado porque con lo de Cruz Roja no me alcanzaría, pero también hubo una reducción de becas. 

Decidí esperar. El plan a ver si logro es entrar en agosto de este año, a ver cómo está la situación. 

Claudia Bravo, 34 años, estudiante y madre de estudiante 

Estudiaba el doctorado en Ciencias en la UNAM, era el último año. Cuando empezó la pandemia, ya no tenía clases, pero tenía que ir a laboratorio. Pasó marzo, abril y no se veía claro el asunto, si nos iban a dejar entrar, los horarios, quiénes iban a hacer qué. Había muchas incógnitas. 

Ya venía en mala racha de problemas de salud mental, venía arrastrando muchas cosas, y con el confinamiento empeoró. A final de mayo decidí dejarlo. Tampoco creo regresar porque la situación de la ciencia es precaria, no hay presupuesto y trabajas gratis o como becaria y en este momento no estoy en las condiciones para acepar que me pagaran 4 mil pesos. 

Mi hijo Samuel terminó la secundaria el ciclo escolar pasado, hizo el examen para media superior y se quedó en un Cetis. Inició curso, pero las clases era ‘ten estos 20 pdf’s, y siéntate horas frente a la cámara’.  

En noviembre me dijo que no le gustaba, que estaba muy triste, estresado, que no estaba aprendiendo nada, y sí yo también veía que no. Solicitamos baja definitiva, la razón principal era porque no había laboratorios para la carrera técnica, pero si su primer año iba a ser meramente en línea, no habría manera. 

Le dije que tenía derecho a un año sabático. Cuando se acabara ya hablaríamos de qué hacer. Por ahora pasa la pandemia en casa, ayudando en las labores, preparando la comida y sale a andar en bici con sus amigos. Ya se siente mejor, más tranquilo. 

Francisco Santillán, profesor de Cetis en Zapopan, Jalisco  

En el Cetis 14 de Zapopan la pandemia no nos agarró tan desprevenidos para empezar las clases a distancia porque todos los maestros, alumnos y directivos manejábamos las aulas virtuales de Google, desde octubre de 2018 ya habían registrados mil 300 correos para la plataforma. 

Pero a veces el problema no es que no tengan acceso a la tecnología, sino que les da flojera, y para quienes de verdad no tienen posibilidades, imprimimos cuadernillos con materiales. 

De una matrícula de 1,200 alumnos, de un 5% no tenemos contacto de ninguna manera, pero hemos intentado por chat, llamadas desde números diferentes o hasta ir a su casa, primero para saber si están bien y luego para invitarlos a que se reincorporen. 

De los que hemos que sí hemos sabido, dejan las clases por la falta de ingreso de los papás. La mayoría vive lejos, llegaba en transporte público, tomaban uno o dos camiones, ahora ya no gastan en eso, pero ahora gastarían más para poner internet en su casa o en el celular, son 400-500 pesos, pero muchas familias dicen ‘con eso comemos una semana’. Otros empezaron a trabajar y estuvieron poco pendientes de aulas.

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La historia del fascinante descubrimiento del “Tutankamón británico”

El hallazgo de un barco enterrado hace 1.300 años escondía uno de los mayores tesoros de la arqueología británica.
30 de enero, 2021
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Comenzaron con las primeras luces del día. Los más fuertes de la guardia del rey, con los músculos tensos y las ásperas cuerdas rozándoles, arrastraron el pesado barco de roble desde el río hasta la orilla.

Y luego, con el sol naciente quemando lentamente la fría niebla de la mañana, levantaron la embarcación sobre la llanura, hasta el pie de la colina.

La multitud que se encontraba en la ladera observó en silencio cómo se acercaban a la cima y de ahí al cementerio reservado a los descendientes reales del dios tuerto.

Cuando se introdujo el navío en la zanja preparada para tal fin, depositaron el ajuar funerario en la cámara sepulcral.

Luego se alzó un montículo sobre él. Y allí quedó el barco, anclado en la tierra de la Anglia Oriental, pero viajando a través del tiempo hasta que, trece siglos después, en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, un hombre llamado Basil Brown lo descubrió.

El increíble hallazgo del apodado “el Tutankamón británico”, es el tema de La excavación, la nueva película de Netflix que adapta la novela homónima de John Preston.

Sus estrellas, Ralph Fiennes y Carey Mulligan, interpretan respectivamente al arqueólogo autodidacta Brown y a Edith Pretty, la terrateniente que lo contrató para excavar los misteriosos túmulos en su finca de Sutton Hoo, con vistas al río Deben, en Suffolk.

Pretty, una viuda interesada en el espiritismo, tenía un presentimiento sobre esos montículos. Se creía que eran de origen vikingo.

Un huésped había visto una vez una figura fantasmal entre ellos, y existían viejas leyendas locales sobre tesoros enterrados.

Sutton Hoo as it is represented in The Dig

LARRY HORRICKS/NETFLIX
Las excavaciones de Sutton Hoo fueron recreadas en Godalming, en Surrey.

Un inconformista de la arqueología

Brown era un hombre de Suffolk que había dejado la escuela a los 12 años. Había sido trabajador agrícola y agente de seguros, pero también había aprendido por su cuenta varios idiomas, astronomía y arqueología.

Ello lo llevó a ser contratado como arqueólogo por el Museo de Ipswich, que a su vez recomendó a Pretty para que lo contratara.

Él comenzó en junio de 1938 a trabajar en algunos de los montículos más pequeños, y encontró pruebas de que habían sido asaltados por ladrones de tumbas, pero también halló un disco de bronce que sugería que podían ser anteriores a la época vikinga.

Cuando empezó a trabajar en el más grande, en el verano de 1939, mientras se acercaban los nubarrones de la guerra, enseguida encontró fragmentos de hierro que identificó como remaches de barco.

Y entonces lo encontró: un asombroso barco de 90 pies (27,4 metros), lo suficientemente grande como para acomodar hasta 20 remeros a cada lado.

La propia madera se había disuelto en el suelo junto con los restos humanos que había, pero quedaba una huella clara: un barco fantasma de más de un milenio de antigüedad.

Se habían hallado otros enterramientos de barcos, pero ninguno de este tamaño.

Antes de este, el barco más grande descubierto era una embarcación vikinga de 78 pies (23,8 m), hallada en Noruega en 1880.

Debido a hallazgos anteriores en otros lugares, Brown sabía que podía haber un cargamento de objetos en honor a los muertos, y el 14 de junio encontró lo que creía que podía ser la cámara funeraria: una estructura de madera parecida a una cabaña, ahora desintegrada, que se había construido en el centro del barco.

Pero los responsables del Museo Británico y de la Universidad de Cambridge ya se habían enterado de su gran hallazgo y, apenas unos días después, se entrometieron.

Antes de que pudiera seguir explorando, fue marginado y relegado a labores básicas.

Los profesionales no podían permitir que un hombre local, un simple aficionado, se dedicara a esa tarea.

¿Por qué habrían de dejarle? ¡El tipo ni siquiera tenía un título!

Trajeron entonces un equipo de arqueólogos y fue uno de ellos, Peggy Piggott, quien, el 21 de julio, apenas dos días después de su llegada, encontró la primera pieza de oro.

Luego encontró otra. Y en poco tiempo habían descubierto un brillante botín de más de 250 objetos para los que la expresión “tesoro escondido” se quedaba corta.

Había vasijas para banquetes y cuernos para beber. Elaboradas joyas. Una lira y un cetro, una espada, piedras originarias de Asia, platería de Bizancio y monedas de Francia (que ayudaron a datar el tesoro).

Había una hebilla de oro grabada con serpientes y bestias entrelazadas, una pieza tan extraordinaria que el conservador de las antigüedades medievales del Museo Británico casi se desmayó al verla.

Había broches y cinturones de joyas, un maravilloso casco ornamentado y con una máscara completa: el inquietante rostro de algún antiguo héroe que parece observar a través de los siglos.

Barco

Getty Images
Una representación de cómo pudo de ser el funeral del rey anglo sajón en el barco que después se enterró.

Lo que significó el descubrimiento

El hallazgo de Brown hizo que se reescribieran, literalmente, los libros de historia.

El barco y su contenido pertenecían a la Edad Media, y el descubrimiento iluminó esos cuatro siglos entre la partida de los romanos y la llegada de los vikingos, un periodo del que se sabía muy poco.

Los anglosajones que gobernaban los distintos reinos de Inglaterra durante esta época habían sido considerados un pueblo rudo y atrasado -casi primitivo-, pero allí había objetos de gran belleza y exquisita factura.

Se trataba de una sociedad que valoraba la pericia, la artesanía y el arte; y que comerciaba con Europa y más allá.

Y estas reliquias de una civilización sofisticada y perdida aparecieron justo cuando la nuestra estaba amenazada de desaparición por los nazis.

El líder de los arqueólogos dio un discurso a los visitantes del lugar, y tuvo que gritar para que se le oyera por encima del rugido de un Spitfire .

Cuando el escritor y periodista John Preston descubrió que Piggott, su tía, había participado en la excavación, investigó la historia y reconoció inmediatamente el valioso filón que suponía para un novelista.

The Dig (La excavación) se publicó con gran éxito en 2007.

Robert Harris la calificó de “verdadero tesoro literario” e Ian McEwan la definió como “muy fina, absorbente, exquisitamente original”.

La productora Ellie Wood afirma que quiso hacer una versión cinematográfica en cuanto leyó el manuscrito de la novela en 2006, antes incluso de que se publicara.

“Era increíblemente cinematográfico”, cuenta Wood a BBC Culture.

A medida que el barco se va revelando, también lo hacen las vidas interiores de las personas involucradas, y eso es lo que me pareció tan poderoso y original”.

“Podía sentir las profundas emociones de los personajes, aunque fueran incapaces de expresarlas. Todos esos sentimientos a fuego lento se mantienen a raya debido a la reserva británica y la estructura de clases sociales”.

Carey Mulligany Ralph Fiennes

LARRY HORRICKS/NETFLIX
Ralph Fiennes y Carey Mulligan, interpretan respectivamente al arqueólogo autodidacta Brown y a Edith Pretty, la terrateniente que lo contrató para excavar los misteriosos túmulos.

Moira Buffini, cocreadora de la exitosa serie televisiva Harlots, escribió el guion.

“Ellie Wood me envió el libro en 2011 y lo leí, e inmediatamente pensé: tengo que escribir esto”, dice Buffini.

“Fue ese instante. Sabes que estás ante algo bueno cuando sientes eso por un proyecto. Y no ocurre tan a menudo”.

El libro me conmovió profundamente. Me sentí descarnada cuando terminé de leerlo. Creo que transmite la sensación de fragilidad de todo, incluidos nosotros.

Mientras escribía el guion llegué a pensar que el acto de abrir la tierra -de cavar para desenterrar a los muertos- abre en cierto modo a todos los que están vivos”.

A lo largo de los años, varios actores han sido vinculados a la película, entre ellos Cate Blanchett y luego Nicole Kidman.

Al parecer, Kidman tuvo que retirarse debido a compromisos laborales y Carey Mulligan se incorporó con poca antelación.

Wood dice que, aunque ha tardado mucho, su determinación nunca decayó.

“Creo que fue por la historia de Basil Brown”, dice. “Debido al clasismo y al esnobismo intelectual, su inestimable trabajo pasó desapercibido durante mucho tiempo, y me pareció realmente importante que más gente conociera lo que logró”.

Montículos

Getty Images
Tras enterrar los restos funerarios formaban estos característicos montículos llamados túmulos.

El misterio continuó

El nombre de Brown no se mencionó en la exposición permanente del Museo Británico sobre los tesoros de Sutton Hoo hasta hace relativamente poco tiempo.

Pero aunque ahora se reconoce su crucial contribución, hay muchas cosas que siguen generando dudas sobre el entierro del barco.

¿A quién honra? El principal candidato es Raedwald, un poderoso líder regional que murió en torno al año 624 y que formaba parte de una dinastía que afirmaba descender del dios nórdico Woden.

Fue el primer rey inglés que se convirtió al cristianismo, aunque al mismo tiempo se cuidaba astutamente de no molestar a los dioses paganos.

¿Y cuál era exactamente la naturaleza del barco? ¿Era un buque de guerra?

Podremos juzgarlo mejor cuando el proyecto de construir una réplica a tamaño real del barco llegue a buen puerto.

Nos dará una idea más precisa, por ejemplo, de cómo se maneja exactamente en el agua.

La compañía Sutton Hoo Ship pretende tener su barco construido y listo para empezar las pruebas en tres años, y espera que la película genere más interés en su proyecto.

La película es discreta, pero poderosamente conmovedora, y cuenta con unas interpretaciones tremendas tanto de Fiennes como de Mulligan.

Durante un reciente rueda de prensa sobre la película, Fiennes explicó que leyó por primera vez el guion en un avión y al final se le “saltaron las lágrimas”.

“No sé muy bien por qué, pero es algo que tiene que ver con la integridad de la gente que desentierra algo que a la vez representa de alguna forma a su nación”.

Y las circunstancias actuales hacen que su descripción de un mundo al borde del desastre resuene de una manera imprevista a cuando se comenzó este proyecto.

“Me pregunto si ahora todos tenemos un sentido más presente de nuestra propia mortalidad, de nuestra insignificancia en el gran esquema de las cosas”, sostiene Buffini.

“Pero creo que hay algo muy esperanzador en la idea de que somos eslabones de una cadena humana ininterrumpida.

Le di a Basil la frase: ‘Desde la primera huella de una mano en la pared de una cueva, formamos parte de algo continuo'”.


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