Día de la Tierra: conservar y restaurar manglares en Latinoamérica
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Cortesía Jorge Herrera

Día de la Tierra: conservar y restaurar los bosques de manglar en Latinoamérica

Conservar los bosques de manglar es indispensable para proteger a las costas de erosión, inundaciones y minimizar el impacto de huracanes y tormentas. Este bosque captura más CO2 que cualquier otro y es zona importante para la fauna marina y muchas aves migratorias.
Cortesía Jorge Herrera
Por Mongabay Latam
22 de abril, 2021
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Todos los años, los científicos hacen llamados cada vez más urgentes para proteger la vida en la Tierra. La deforestación, principalmente de bosques tropicales, se ha convertido en una de las mayores preocupaciones a nivel mundial y, en los últimos años, los ecosistemas costeros han empezado a tomar protagonismo en las discusiones ambientales. La temporada de huracanes y tormentas tropicales en el Caribe durante 2020 —la más intensa desde que se tienen registros— fue uno de los más recientes ejemplos de los estragos que está causando el cambio climático y cómo el buen estado de ecosistemas como los manglares es vital para mitigar sus graves impactos.

Entre esos ecosistemas destacan los bosques de manglar, zonas de transición entre la vida marina y la vida terrestre, conocidos como la sala cuna de gran parte de la vida en el océano y destacados porque cada hectárea captura y almacena más carbono que cualquier otro bosque. “Son como la piel en el cuerpo. Protegen al mar de lo que proviene de la tierra y a la tierra de lo que proviene del mar”, dice Jorge Herrera, biólogo mexicano, investigador del Centro de Investigación y Estudios Avanzados (Cinvestav) y uno de los científicos latinoamericanos que más ha trabajado con manglares.

En el Día de la Tierra, Mongabay Latam presenta un panorama del estado de los manglares en México, Colombia y Ecuador, tres países con grandes áreas de manglar en sus territorios. ¿Cuáles son sus principales amenazas? ¿Qué pasaría si se pierden estos bosques? ¿Qué se está haciendo para restaurarlos y conservarlos?

Comunidades participan de actividades en manglares mexicanos. Foto: cortesía Jorge Herrera

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Los manglares de América Latina

En un artículo publicado en la revista Plos One en 2010, un grupo de científicos reveló que los bosques de manglares brindan al menos 1600 millones de dólares por año en servicios ecosistémicos y dan sustento a los habitantes de las zonas costeras. Sin embargo, encontraron que están desapareciendo con rapidez pues se talan para el desarrollo urbano costero y la acuicultura; así como para obtener leña y producir combustible.

Al compilar información sobre la distribución específica, características y estado de poblaciones de las 70 especies conocidas de manglares a nivel mundial, encontraron que 11 de ellas (16 %) se encuentran en gran amenaza de extinción y que, además, “la pérdida de las especies de manglares tendrá consecuencias económicas y ambientales devastadoras para las comunidades costeras”. Por su parte, la UNESCO, Conservación Internacional y la UICN, en su iniciativa Blue Carbon, destacan que los manglares en el mundo se están perdiendo a una tasa de 2 % anual y que emiten el 10 % de las emisiones de CO2 causadas por la deforestación, a pesar de que solo cubren el 0,7 % de la superficie terrestre.

El biólogo mexicano Jorge Herrera considera que los manglares en su país están en alto riesgo dado que las políticas de protección al ambiente han cambiado mucho en los últimos 20 años. “Se ha dado de manera ilegal una apertura a deforestar para el cambio de uso del suelo para actividades productivas diferentes a las permitidas en manglar, no obstante que México tiene una muy buena ley de protección al ambiente y que están en la norma oficial como especies en peligro”.

Trabajo de rehabilitación hidrológica en México. Foto: cortesía Jorge Herrera

En Colombia, según dice Alexandra Rodríguez, jefe de la línea de Rehabilitación de Ecosistemas Marinos y Costeros del Instituto de Investigaciones Marinas y Costeras (Invemar), en las décadas de los 60 y 70 la condición de los manglares en el país no era muy buena, pero en los últimos años ha mejorado.

Sin embargo, hay grandes diferencias entre lo que ocurre con estos bosques en el litoral Pacífico y el litoral Caribe.“En el Pacífico tenemos extensas áreas bien conservadas, pero en el Caribe hay problemáticas que requieren atención”, dice Rodríguez, haciendo énfasis sobre todo en la Ciénaga Grande del Magdalena, donde las carreteras y actividades agropecuarias han afectado fuertemente el flujo de agua en el ecosistema.

Por su parte, Ecuador hoy se jacta de tener uno de los planes de conservación con comunidades más exitosos de la región. Después del ‘boom’ camaronero de la década del ochenta, que llevó a la deforestación de más de 56 000 hectáreas de manglares, el gobierno emitió un decreto de uso y custodia de los manglares para las comunidades ancestrales o que tradicionalmente han utilizado los recursos de este ecosistema.

Raíces de manglar. Foto: Fausto López

Esta labor ha permitido, de acuerdo con Fausto López, docente de la Universidad Técnica Particular de Loja y coordinador del grupo de investigación Gobernanza, biodiversidad y áreas protegidas, que haya 59 acuerdos que protegen aproximadamente 69 300 hectáreas de manglares, sumadas a las 72 500 hectáreas protegidas en el Sistema Nacional de Áreas Protegidas del Ecuador (SNAP). El 87 % de los manglares del país están protegidos.

“Ahí hay un compromiso de lado y lado. Es una relación gana – gana para las comunidades y para el gobierno. Se extraen recursos de forma sustentable y el Estado se ahorra las labores de monitoreo y patrullaje pues las personas son las más interesadas en conservar los manglares para garantizar su sustento”, añade López.

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Urgen acciones de restauración coordinadas

Los expertos consultados por Mongabay Latam coinciden en que los manglares se encuentran expuestos a varias amenazas que suelen ser comunes en muchos de los países latinoamericanos. Jorge Herrera menciona la extracción petrolera en el mar, el turismo, la ganadería, la agricultura, las carreteras e, incluso, el mal diseño de puertos. Natalia Molina, bióloga ecuatoriana e investigadora de la Universidad Espíritu Santo en Guayaquil, agrega a la lista la contaminación del agua por actividades mineras y agrícolas, y la expansión urbana de grandes ciudades, como otras fuertes presiones que todavía enfrentan los manglares.

Medición de manglares en Esmeraldas con participación de guardaparques. Foto: Natalia Molina

Sumado a estas amenazas, los científicos aseguran que hay  esfuerzos de conservación y restauración pero no existe un fuerte trabajo colectivo. “En México no hay una estrategia nacional”, reconoce Herrera. “Cuando revisas los estudios sobre manglares, no hay metodologías estandarizadas que permitan compararlos. Faltan estudios integrados sobre los manglares de América”, resalta Molina.

Si bien estos ecosistemas son altamente resilientes, la presión humana está haciendo que su recuperación sea cada vez más lenta o, en el peor de los casos, que no puedan recuperarse. Es por eso que en muchas ocasiones se necesitan intervenciones activas en restauración.

El biólogo Jorge Herrera lleva más de 30 años trabajando con manglares en México y es una de las principales referencias en temas de restauración en la región. “Empezamos a incursionar en la restauración porque veíamos que muchos proyectos de reforestación de manglar no eran exitosos. A través del tiempo hemos desarrollado una estrategia en la que, basándonos en el diagnóstico del sitio que tiene el problema, identificamos las causas de la muerte del manglar y definimos las acciones específicas a implementar”, comenta.

2020. El manglar reforestado en 2017 ha crecido gracias al trabajo de los investigadores. Foto: cortesía Jorge Herrera

Siembra de manglar (2017). Foto: cortesía Jorge Herrera

Aunque cada caso tiene sus particularidades, Herrera asegura que una de las acciones más importantes es la rehabilitación hidrológica, pues no se puede perder de vista que el manglar es un humedal y por lo tanto necesita agua que circule. Es necesario destapar canales de marea o crear nuevos cuando estos están completamente bloqueados. En ocasiones, el biólogo y los colegas con los que trabaja han tenido que implementar pasos de agua en las carreteras para conectar las zonas de manglar que quedaron fragmentadas.

Otra acción importante en la restauración de estos ecosistemas tiene que ver con la nivelación topográfica. “Si la materia orgánica se expone al aire, se oxida y eso se convierte en dióxido de carbono que va a la atmósfera. Además de incrementar los gases de efecto invernadero, hace que el nivel del suelo baje”.

En muchas de sus intervenciones, expertos como Herrera, utilizan las semillas y propágulos —partes de las plantas que permiten su reproducción asexual— de la zona en la que están trabajando y las siembran directamente en los lugares que quieren recuperar.

En estos procesos los científicos se han dado cuenta de la importancia del trabajo colaborativo. “Lo primero que se tiene que hacer es formar un grupo donde, idealmente, deben estar: comunidades, organizaciones de la sociedad civil, gobiernos, academia y los financiadores”, destaca Herrera.

Natalia Molina resalta el rol de las comunidades, pues a eso atribuye el éxito ecuatoriano en la conservación de manglares. “La ciencia tiene que responder a los problemas que tienen las comunidades, no es solo para que los científicos se halaguen entre ellos: ‘qué bonito tu estudio’. Estamos para servir a las comunidades porque ellos son los que sostienen el manglar y lo conocen”, asegura.

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Colombia: entre la Ciénaga Grande de Santa Marta y la recuperación de Providencia

Uno de los casos más conocidos en Colombia por la afectación de los manglares, y los constantes intentos por recuperarlos, es el de la Ciénaga Grande de Santa Marta, en la región Caribe del país.

Bosque de manglar en Colombia. Foto: José Ernesto Mancera

“Cuando construyeron la carretera Ciénaga-Barranquilla interrumpieron el flujo de agua marina hacia la ciénega, años después, en los setenta, construyeron una carretera paralela al río Magdalena e interrumpieron el flujo de agua dulce a la ciénega. Eso le dio muy duro a esos manglares y tenemos una deforestación gigantesca. Se han invertido más de 20 millones de dólares y la zona no se ha podido recuperar por completo”, dice José Ernesto Mancera, doctor en Biología Ambiental y Evolutiva, y líder del grupo de investigación en Modelación de ecosistemas costeros de la Universidad Nacional de Colombia.

De acuerdo con Mancera, la restauración es un tema muy serio que requiere conocimiento social, económico, de ingeniería, además del biológico. También asegura que uno de los errores más frecuentes es la falta de seguimiento a los proyectos que se ejecutan. “La mayoría de ellos se enfocan en una sola especie y la gente los siembra pero falta más conocimiento sobre dónde, cómo y cuándo hacerlo”.

Alexandra Rodríguez, del Invemar, afirma que la entidad apoya una gran estrategia de conservación de manglares en el golfo de Morrosquillo, en los departamentos de Sucre y Córdoba, que busca reducir las emisiones de gases de efecto invernadero con actividades de restauración para llegar a una certificación de carbono azul a largo plazo. “Es la única zona de Colombia que tiene permisos de aprovechamiento de madera en manglares, porque tienen un esquema organizado que les permite sacarlas con las tallas adecuadas para que el bosque no se deteriore”, comenta.

Manglares muertos en la Ciénaga Grande de Santa Marta. Foto: Sandra Vilardy

Con todo, el mayor reto para el país estará en la restauración de ecosistemas, entre ellos los manglares, en la isla de Providencia, luego del paso del huracán Iota a finales de 2020. “Estamos trabajando en la estructuración de un plan de restauración de manglares que tendremos listo el próximo mes, donde se definirán cuáles son las zonas prioritarias, qué técnicas se deben usar […] Debemos proyectar a 15 años, hay que garantizar que el ecosistema se regenere por sí mismo. Parte de la estrategia es mantener un monitoreo continuo que permita implementar medidas de adaptación rápida”, dice Rodríguez.

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México: recuperando la península de Yucatán

La mayoría de manglares de México se encuentran en la península de Yucatán, en los estados de Campeche, Quintana Roo y Yucatán. Allí trabaja Jorge Herrera, investigador del Centro de Investigación y Estudios Avanzados (Cinvestav), junto con la profesora Claudia Teutli de la Universidad Autónoma de México (UNAM) y el profesor José Luis Andrade del Centro de Investigación Científica de Yucatán (CICY).

Actualmente tienen ocho proyectos de restauración en la península. El más antiguo abarca 80 hectáreas y en 13 años han logrado recuperar el 80 % de ellas. “La velocidad de recuperación también depende mucho de los recursos económicos que tengamos para poder trabajar”, dice Herrera.

Zona deforestada de manglar en México. Foto: cortesía Jorge Herrera

El biólogo asegura que es importante reforestar pero que esta decisión debe obedecer siempre a un diagnóstico previo y que las condiciones topográficas e hidrológicas deben ser las adecuadas para que no sea un esfuerzo perdido.

Herrera duda mucho de la eficacia de los viveros. Dice que tienen un costo muy elevado y que en realidad solo se necesitan propágulos y semillas, que de por sí ya los manglares producen en millares. Además, las condiciones favorables que tienen las plántulas en los viveros hacen que, cuando se trasladan al sitio final, tarden mucho en adaptarse o que mueran. Según dice, el 50 % de estas plantas no sobrevive mientras que, al utilizar plántulas y semillas del mismo entorno, se garantiza una supervivencia cercana al 90 %.

“Tenemos un sitio donde hicimos la rehabilitación hidrológica, luego la nivelación topográfica y después reforestamos. Tres años después ya produjeron hijos, es decir, ya son adultos y ese es un proceso que normalmente lleva entre 5 y 10 años. Hemos reducido el tiempo con esta combinación de acciones”, destaca.

Proyectos de restauración de manglares en México. Participación de las comunidades. Foto: cortesía Jorge Herrera

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Ecuador: todo comenzó en Guayaquil

La bióloga Natalia Molina es una de las mujeres que más conoce de manglares en Ecuador y trabajó en el primer proyecto de restauración de este ecosistema en su país, en el Parque Histórico Guayaquil en Sanborondón. Antes de ese proyecto, esta zona de ocho hectáreas solo contaba con árboles dispersos que estaban condenados a morir. “En ese entonces se restauraron 1,7 hectáreas. Se recolectaron plantas y se fueron acomodando las especies. Se hizo restauración hidrológica, se dragó manualmente, se evacuaron más de 5000 metros cúbicos de sedimentos para devolver el flujo del agua y allí se sembró. Eso fue ya hace 21 años”, recuerda.

Después de eso, nunca ha abandonado a los manglares. De hecho, en 2019 organizó el primer congreso de Manglares de América e invitó a colegas de toda la región para conocer sus experiencias y contar la ecuatoriana: cómo el país en 1999 generó una política de conservación de manglares luego de que décadas antes, como ella misma lo dice, “el gobierno autorizaba a las camaroneras para que deforestaran”.

Un decreto del Ejecutivo le pidió a las camaroneras la restauración del 30 % de los manglares talados. “Algunos camaroneros serios, que querían certificarse, hicieron esa restauración y algunos hicieron un poco más de lo que les exigía la ley”, asegura. También dice que luego de que la plaga de la mancha blanca atacara a los camarones ecuatorianos, muchas empresas cerraron y abandonaron sus zonas de cultivo entre el año 2000 y 2010. En medio de sus estudios, Molina ha ido a varias zonas donde la naturaleza, por su cuenta, logró regenerarse y los manglares ya sobresalen entre los muros de las piscinas de camarones.

Manglares restaurados del Parque Histórico Guayaquil. Foto: Natalia Molina

Manglares del Parque Histórico Guayaquil. Foto: Natalia Molina

A pesar de esto, Fausto López, de la Universidad Técnica Particular de Loja, dice que todavía hay una omisión en el control de las emisiones de contaminantes de la actividad camaronera, “que también ha sido denunciada por pescadores artesanales”.

Aunque Ecuador hoy cuenta con una de las estrategias de conservación de manglares más exitosas de la región, Molina cree que hay otro asunto sobre el que no se ha hecho nada: evitar el crecimiento de las ciudades en zonas de manglar. “Sobre eso la ley no se pronuncia. El crecimiento y la resiliencia de los manglares son maravillosos, pero cómo le dices al 60 o 70 % de una ciudad como Guayaquil que desaloje porque vamos a restaurar el manglar… No puedes… Pero tampoco hay un ‘mea culpa’ de las ciudades sobre la destrucción del manglar”, concluye.

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El Halconazo: la masacre que dejó cientos de estudiantes muertos en México y fue investigada como genocidio

Luego de la matanza de estudiantes de 1968, los universitarios de México volvieron a salir a las calles el 10 de junio de 1971. La fecha es recordada como el "halconazo", pues enfrentaron otro tipo de represión encubierta.
10 de junio, 2021
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La masacre del 2 de octubre de 1968 fue un suceso traumático para los estudiantes universitarios en Ciudad de México.

Militares usaron sus armas para terminar con una protesta estudiantil en la plaza de Tlatelolco, la cual dejó cientos de muertos, heridos, desaparecidos y detenidos.

Los universitarios no dejaron morir su movimiento, pero pasaron más de dos años sin organizar una nueva marcha masiva contra el gobierno.

Hasta el 10 de junio de 1971.

En esa fecha, un jueves de Corpus en el calendario católico – que luego daría nombre a lo ocurrido – , vieron la oportunidad de nuevamente salir a las calles y manifestarse a favor de la educación pública y el movimiento estudiantil de la época.

“Testimonios de manifestantes ese día dicen que la emoción era mucha. Era volver a tomar las calles que les habían intentado arrebatar en 1968. Entonces el 10 de junio era volver a tomar las calles y tenía un simbolismo muy importante”, le explica a BBC Mundo el historiador Camilo Vicente Ovalle.

Pero todo terminó en una nueva matanza.

Jóvenes protestan el 10 de junio de 1971 en Ciudad de México

Paco Ignacio Taibo II/La Jornada
Los universitarios se reunieron en Ciudad de México el 10 de junio de 1971.

Un grupo paramilitar, llamado los “halcones” y organizado por el gobierno mexicano, paró la protesta en seco.

A las agresiones con palos les siguió el uso de armas de fuego. Incluso los heridos fueron “rematados” en las salas de emergencias de los hospitales.

Desde entonces se conoció a lo ocurrido como el “halconazo” o la “masacre del “jueves de Corpus”, un hecho que incluso una fiscalía especial calificó décadas después como “genocidio”, pero por el que nadie fue condenado.

El motivo de la protesta

La protesta del “jueves de Corpus” se dio en respaldo a los estudiantes de la Universidad Autónoma de Nuevo León, del norte del país, que se habían ido a huelga por conflictos con el gobierno estatal.

Le sumaron sus propias demandas, como la liberación de presos políticos y la democratización de la educación pública.

Jóvenes protestan el 10 de junio de 1971 en Ciudad de México

INEHRM
La marcha exigía la liberación de presos políticos de 1968, entre otras demandas.

“Hay un golpe brutal a las movilizaciones sociales y populares en 1968, pero los estudiantes se continuaron organizando”, señala Ovalle, autor de Tiempo suspendido, un libro que documenta – incluso con archivos clasificados – lo ocurrido entorno a episodios como el de 1971.

Los universitarios en la ciudad de Monterrey pidieron la solidaridad del resto del país, así que los alumnos de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y del Instituto Politécnico Nacional (IPN), las dos instituciones superiores más importantes del país, respondieron al llamado.

En ese contexto, alumnos de la UNAM y del IPN convocaron la marcha del 10 de junio.

Jóvenes protestan el 10 de junio de 1971 en Ciudad de México

INEHRM
La manifestación estudiantil no estaba autorizada por el gobierno. Pero los jóvenes dijeron que había garantías de que sería pacífica.

Pese a que la huelga de la UANL ya se había suspendido antes de esa fecha, y las demandas se habían atendido, los estudiantes de Ciudad de México decidieron mantener la cita para protestar.

El inicio del ataque

A las 4 de la tarde, la protesta dio inicio con unos 10 mil estudiantes concentrados en el Casco de Santo Tomás, uno de los campus del IPN.

Planeaban caminar hacia el Zócalo, la plaza más importante de Ciudad de México.

“Era una marcha no autorizada. Entonces los estudiantes se encuentran calles bloqueadas por granaderos y policías que impiden que avance la marcha o que tomen otras calles”, explica Ovalle.

Jóvenes protestan el 10 de junio de 1971 en Ciudad de México

Paco Ignacio Taibo II/La Jornada
La policía y el ejército no buscaba disuadir activamente la protesta, pero sí bloquearon calles.

Resueltos a avanzar pacíficamente, habían caminado un kilómetro cuando se encontraron con el grupo de los “halcones” – reportes dicen que eran al menos 400 o 500 – en el cruce de dos avenidas.

Esta vez no eran uniformados de la policía del Departamento del Distrito Federal (DDF), ni del ejército, los que intentaban “romper” la protesta, como en 1968. El ataque vino de jóvenes vestidos de civil que cargaron contra el contingente estudiantil.

“Los halcones estaban esperando en el punto definido para el ataque. Sí había algunos infiltrados en la marcha, pero el grueso del grupo paramilitar entra por esa parte de la avenida y se lanza en contra de la manifestación”, explica Ovalle.

Miembros del grupo los "Halcones"

INEHRM
Los miembros de los “halcones” fueron armados con apoyo de la policía y el ejército, según se supo después.

Víctor Guerra, uno de los líderes estudiantiles de la época, relata que él estaba integrándose a la marcha cuando empezó todo.

“Vi que la policía se bajaba para apoyar a los halcones. Vi cómo les proporcionaban varas de bambú. Minutos después de eso empezaron los disparos“, explicó Guerra a la agencia estatal mexicana Notimex.

“Fue una ratonera”

Como luego reconocería el coronel Manuel Díaz Escobar, entonces funcionario del DDF, los “halcones” fueron financiados y capacitados por el gobierno. El militar también había estado al frente del batallón “Olimpia” que atacó a los estudiantes de la masacre de 1968.

Estudiantes protestando en México el 10 de junio de 1971

CUEC-UNAM

El grupo portaba varas de bambú porque fueron entrenados en artes marciales y usaban los palos como arma kendo. La película “Roma”, de Alfonso Cuarón, así lo retrata.

Pero su actuación fue combatida por los estudiantes aquel 10 de junio.

“Son repelidos por los manifestantes. Y al ver la resistencia, se repliegan. Entran en su lugar halcones que ya llevan fusiles M-1 y otras armas de fuego que comienzan a disparar contra la manifestación”, explica Ovalle en base en la documentación que obtuvo.

Miembros del grupo los "Halcones"

Paco Ignacio Taibo II/La Jornada
Los “halcones” utilizaron armas de fuego incluso en hospitales.

Por su parte, Guerra cuenta algo similar: “Vi a un sujeto, en una foto muy famosa, que está disparando afuera de la Escuela Nacional de Maestros, hincado, disparando hacia adentro”, relata.

También asegura que desde lo alto de un edificio contiguo pudo ver disparos “hacia la multitud”.

Fue un ataque indiscriminado, que tuvo toda la intención de dispersar a los manifestantes y, nuevamente, mostrar el poder del Estado, pues la policía y el ejército respaldaron las acciones.

“Fue una ratonera (…) Como la táctica de yunque y martillo: hay una fuerza que empuja al enemigo contra una fuerza superior que los aplasta“, explica el historiador.

El “remate” en hospitales

La manifestación se dispersó al transcurrir los siguientes minutos.

Muchos estudiantes intentaron esconderse en las escuelas, negocios y viviendas de la zona. Pero ni los heridos, que habían llegado a clínicas como el Hospital Rubén Leñero estuvieron a salvo.

Miembros del grupo los "Halcones"

Paco Ignacio Taibo II/La Jornada
Algunos recuentos indican que ese día murieron hasta un centenar de jóvenes, pero la documentación muestra que fue una treintena.

“Hay periodistas, pacientes, médicos y enfermeras que fueron testigos de cómo grupos de halcones entraron al hospital y agredieron a estudiantes con armas de fuego”, explica Ovalle.

La acción se calificó como el “remate” de los heridos, documentado en numerosas notas y crónicas en los medios que, pese al control informativo del gobierno en aquella época, salieron a la luz ya que los periodistas fueron también atacados.

“La prensa estaba muy enojada con el gobierno federal. Estaban tan molestos que Luis Echeverría tuvo que reunirse con ellos a los dos días del ataque para ofrecer disculpas”, señala Ovalle.

Estudiantes protestando en México el 10 de junio de 1971

CUEC-UNAM
Las autoridades de ese entonces culparon de lo ocurrido a los propios universitarios. Luego se sabría que no fue así.

Nunca se ha podido determinar cuántas víctimas hubo. Pero se calculan unos 30 muertos, cientos de heridos de distinta gravedad y decenas de detenidos.

Un “genocidio” descalificado

El líder estudiantil Félix Hernández dice que si bien la “represión” de 1968 “no se justifica y no se entiende”, la del 10 de junio “se entiende menos”.

“El gobierno decidió no utilizar a la tropa uniformada. Entonces utilizó a los halcones, un grupo paramilitar que, sin embargo, estaba formado por exmilitares o militares en activo”, señaló Hernández a Notimex.

Miembros del grupo los "Halcones"

Paco Ignacio Taibo II/La Jornada
Los periodistas también fueron atacados por los “halcones”, lo que dio pie a la publicación de notas y crónicas muy negativas para el gobierno.

En una primera reacción, la Procuraduría General de la República (PGR) indicó que, en base en una investigación, había determinado que un grupo de estudiantes estaba armado.

“Muchos de los integrantes portaban palos, varillas y otras armas”, dijo la PGR al diario El Universal. Otro grupo cargó “contra los manifestantes y fue cuando se provocó una riña colectiva en la que se dispararon armas de diverso calibre”.

Las autoridades constataron la “existencia de francotiradores que hacían sus disparos en contra de los manifestantes y de la policía”.

Pero con el paso de los días, reconocieron que los “halcones” era un grupo que había sido entrenado por el gobierno.

Luis Echeverría

Getty Images
Luis Echeverría gobernó México entre 1970 y 1976.

El alcalde Alfonso Martínez y su jefe de policía, Rogelio Flores, renunciaron a sus cargos. El presidente Luis Echeverría ordenó una investigación.

Cincuenta años después, nadie ha sido juzgado ni encarcelado por lo ocurrido.

En la década de 2000, el gobierno de México creó una fiscalía especial para investigar sucesos como el de 1971. Se intentó que el expresidente Echeverría fuera procesado por “genocidio”.

La Suprema Corte determinó que ese delito no había prescrito para Echeverría y su secretario de Gobernación (Interior), Mario Moya Palencia, por lo que podían ser juzgados.

Pero la magistrada del caso, Herlinda Velasco, consideró que no se acreditaba el delito de “genocidio”, sino de “homicidio simple”, que sí había prescrito luego de transcurridos más de 30 años de lo ocurrido.

Miembros del grupo los "Halcones"

Paco Ignacio Taibo II/La Jornada
Nadie fue encarcelado ni juzgado por la matanza de 1971.

Para Ovalle, la matanza del “Halconazo” se explica dando un paso atrás y mirando qué ocurría en aquellos momentos en México.

“El 71 no fue una repetición del 68”, sostiene. “Fue parte de la estrategia contrainsurgente” para combatir a grupos sociales, en momentos en que el comunismo se consideraba un peligro geopolítico en el occidente liderado por Estados Unidos.

“No fueron eventos excepcionales, medidas exageradas de fuerza. Era parte de la estrategia contrainsurgente que el gobierno tenía desplegadas”, señala el historiador.

“Hoy a simple vista parece un error, volver a cometer una masacre, pero no. En esos años había una estrategia en la que los sucesos de 1968 y 1971 cobran sentido”.


Fotografías del acervo del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM) y de la Coordinación de Memoria Histórica y Cultural de México.

El INEHRM y la Subsecretaría de Derechos Humanos de la Secretaria de Gobernación editaron una antología con documentos de agencias de inteligencia, cables diplomáticos y notas de prensa de México y Estados Unidos sobre el “halconazo. El libro estará en línea para su consulta y descarga gratuita en su web.


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