A Elisa la atacaron con ácido: su denuncia desapareció y es revictimizada
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A Elisa la atacaron con ácido: su denuncia está desaparecida y las autoridades la revictimizan

Hace 20 años, Elisa fue atacada por su pareja con ácido. Denunció los hechos, pero su carpeta de investigación está perdida, y las autoridades solo la revictimizan.
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30 de abril, 2021
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“¿Por qué no le diste seguimiento al caso? ¿Por qué no hiciste nada?”, son las preguntas que escucha una y otra vez Elisa Xolalpa Martínez por parte de funcionarios de la Fiscalía de la Ciudad de México. Cuando tenía 18 años su expareja intentó matarla, la amarró a un poste para torturarla y le roció un garrafón con ácido. 

El ataque ocurrió hace 20 años en el pueblo de San Luis Tlaxialtemalco, zona chinampera de Xochimilco, en Ciudad de México. Ella denunció los hechos, pero resulta que su carpeta de investigación está desaparecida. Las autoridades solo la revictimizan y las amenazas contra ella y su círculo más cercano no paran. 

Elisa pasó cinco años de su vida entre quirófanos y cirugías tratando de recuperarse. Una vez que estuvo mejor y tuvo la fuerza acudió al Ministerio Público para saber qué había sucedido con su denuncia, pero la mandaban de un lugar a otro. Las autoridades no dieron seguimiento al caso y nadie sabía nada de su denuncia ni la asesoraban sobre qué podía hacer. 

Lee: Retomar la vida tras un ataque con ácido, el largo y difícil proceso para la recuperación

Una funcionaria le dijo que tenía que demostrar que sí hizo una denuncia, aunque sus cicatrices sean la evidencia de lo que le ocurrió y de que cuenta con documentos. 

“Además de todo el desgaste emocional, las instituciones me hacen sentir que yo soy la que cometió un crimen y que tiene que demostrar su inocencia”, dice en entrevista. 

La historia de Elisa nunca se hizo pública en 2001, cuando ocurrieron los hechos. En 19 años no supo nada de Javier Ediberto “N”, su agresor. Sin embargo, él regresó a amenazarla y a agredirla. 

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¿Qué paso? 

El día del ataque, su entonces pareja la llevó hasta la zona chinampera y como era temporada de producción de Nochebuena, ella pensó que trabajarían un rato cubriendo las plantas de las heladas. No fue así. La golpeó, amarró a Elisa en un poste y le vació un garrafón con ácido. 

El ácido, narra Elisa, quemó las cuerdas y fue como pudo correr con todas su fuerzas pese a todo el dolor que sentía.

“El dolor me quebraba, él corría detrás de mí, amenazaba con matarme y tirarme a los canales, pero mis piernas fueron más fuertes y pude pedir ayuda”, cuenta. 

Peregrinó al menos por tres hospitales, pues las instancias de salud no contaban con el equipo necesario para atender sus lesiones de manera adecuada. 

Apenas tenía 18 años y un bebé de un año: “En ese tiempo, nada se hablaba de la violencia hacia las mujeres, no había colectivas, no había redes de apoyo de mujeres a las cuales pudiera acceder, lo único que sabíamos es que si una mujer vivía violencia se tenía que guardar el dolor, era un secreto a voces”, indica. 

Elisa dice que hace 20 años desconocía cómo nombrar lo que le pasó, las autoridades solo clasificaron los hechos como lesiones. Ahora sabe que lo que ocurrió fue una tentativa de feminicidio. 

Durante varios meses y años iba y venía de una instancia a otra a pesar de los largos trayectos que tenía que recorrer en transporte público y de que tenía que invertir mucho tiempo y recursos económicos. 

A pesar del agotamiento, Elisa no dejó de insistir, pero entre sus prioridades estaba el recuperarse, cuidar de su hijo, y seguir trabajando en la producción de plantas para solventar sus gastos.  

Elisa no quería salir ni que nadie la viera. No entendía la magnitud de lo que le había ocurrido, incluso llegó a pensar que las cicatrices provocadas por las lesiones graves en el 40% de su cuerpo algún día desaparecerían. 

Con mucho trabajó retomó su vida, aprendió a vivir con sus cicatrices y apenas, a 20 años del ataque, comenzó a tomar terapias psicológicas. 

“Desde que mi agresor me atacó, me he enfocado en buscar fuerzas para retomar mi vida, y mi trabajo, me he adaptado a esta nueva forma de vida, con mis cicatrices y me concentré en el campo, en mis plantas”, narra.

“No solo es violencia familiar” 

En 2011, el hermano de su agresor la amenazó de muerte, Elisa puso una denuncia y les recordó a las autoridades lo que le había ocurrido en 2001. Nada pasó. 

En agosto de 2019 su expareja la volvió a agredir, insultar y amenazó con “terminar lo que había empezado”.

Elisa denunció a Javier Ediberto “N” y en febrero de 2021 lo detuvieron en Morelos. Ahora está vinculado a proceso por violencia familiar, y de ser declarado culpable, podría alcanzar una pena de 1 a 6 años de prisión. 

No obstante, este caso no incluye el ataque con ácido. Ella exige que también sea sancionado por intento de homicidio, delito que no es investigado y es el más grave. 

En 2001 cuando ocurrió el ataque todavía no existía la tipificación de feminicidio. El delito se incorporó en el Código Panel Federal hasta el 2012. 

La familia del agresor constantemente hostiga a Elisa y también a su hijo, quien ya tiene 21 años.

Además, la actual pareja de Javier Ediberto “N” denunció a Elisa y a su mamá de 72 años por supuestas amenazas contra sus hijas. 

“Dice que yo les quiero arrojar ácido. Eso es falso, quieren inventar cosas para protegerse y que él libre la prisión haciéndose la víctima”, comenta. 

Ahora, Elisa espera la resolución de un amparo que presentó en el Juzgado de Distrito de Amparo en Materia Penal en la Ciudad de México con el acompañamiento del Círculo Feminista de Análisis Jurídico y de la Comisión de Derechos Humanos de la CDMX, para que se reconozca que fue el ministerio público y la fiscalía las instancias responsables de que su caso pueda quedar impune.

“Quiero que las mujeres de mi comunidad sepan que no me voy a callar, que un hombre no puede lastimarnos de la manera más cruel y regresar 19 años después como si nada hubiera pasado, y encima de todo continuar violentando con la complicidad de las autoridades”, afirma.

 “Hay un pacto institucional” 

Ni la fiscalía, las autoridades en Benito Juárez (donde puso su denuncia), ni en Álvaro Obregón en donde supuestamente fue turnada la investigación encuentran su denuncia.  

En 2020 se halló en la Unidad de Estadística y Transparencia Dirección de Consultas de Antecedentes Registrales y Enlace Interinstitucional un registro de su caso FIAO/43/200/01-11, pero las autoridades no le dan información.

Por estos hechos envío una carta a la fiscal Ernestina Godoy solicitando su ayuda. Su respuesta fue turnar su declaración a la Coordinación Territorial de la Fiscalía de la CDMX donde la respuesta es “no tenemos información”.

Teresa González, integrante del colectivo Todas somos Elisa, −que se formó para dar acompañamiento y exigir justicia− asegura que el hecho de que ninguna instancia ha querido brindar una respuesta que permita esclarecer la falta de acceso a la justicia, muestra claramente que existe un pacto institucional. 

“Así como dicen aunque sé que mi amigo es un violador lo voy a proteger, lo mismo en este contexto. Nos ha sorprendido que funcionarios nos digan: ‘no vale la pena saber si un funcionario hizo algo bien o hizo algo mal’, ¿cómo que no vale la pena? Claro que hay un pacto institucional muy similar al pacto patriarcal”, asegura. 

La postura de las instituciones de procuración de justicia hasta ese momento es demuéstrame que tú pusiste una denuncia, que eres víctima. 

“Esto están viviendo las mujeres y es lo que pasa cuando las instituciones no hacen su trabajo, la violencia se prolonga hasta que llega al feminicidio, tal parece que esperan eso, que llegue al feminicidio”, señala Teresa González en entrevista con Animal Político.

En estos 20 años, dice Teresa, han pasado cuatro administraciones de gobiernos diferentes. “La actual dice ‘eso pasó cuando yo no estaba’, pero también se ha negado a seguir el proceso de Elisa y sigue revictimizándola”.

“He tenido que lidiar con la culpa que imprimen sobre mí las instituciones al decir que fue mi responsabilidad, que la averiguación previa no se le haya dado seguimiento. Otra culpa viene cada vez que obtengo por respuesta que el delito ya prescribió, cuando en realidad fue el Ministerio Público que no dio seguimiento a un delito que se persigue de oficio”, añade Elisa. 

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“Quiero vivir sin miedo y no voy a parar” 

Cuando tenía 18 años y ocurrió el ataque a Elisa le hubiera gustado que le dijeran que no estaba sola, así se sentía. Ahora es distinto, se siente acompañada y fuerte gracias al apoyo de muchas mujeres. 

“Fueron 20 años de silencio y ahora es tiempo de romper con ello. Quiero vivir sin miedo. Quiero dejar un antecedente en donde se diga que si algo me pasa es responsabilidad de mi agresor y de su familia, pero también de las autoridades procuradoras de justicia que día a día alimentan y permiten que la violencia contra mi vida siga creciendo al sellar ese pacto de impunidad”. 

“No voy a parar, sigo caminando, y quiero que el Estado reconozca las omisiones y violaciones a mis derechos humanos, que se reponga el proceso de 2001, se me reconozca como víctima. Busco justicia para mí, para todas las mujeres de mi comunidad, que sepan que estoy luchando, que debemos luchar”, afirma. 

En México no hay una cifra oficial del número de mujeres atacadas con ácido, sin embargo, se tiene el reporte que han ocurrido al menos 20 agresiones. 

Estos ataques no están considerados como un delito en el Código Penal Federal. En la CDMX desde enero de 2020 los ataques con sustancias corrosivas tienen penas que van de los 9 a 12 años de prisión. 

México es uno de los países más afectados por la violencia de género. Solo en 2020 se registraron 967 feminicidios, una cifra ligeramente inferior a los 969 de 2019, según datos oficiales.

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'Nunca supe que mi madre había sobrevivido al Holocausto'

Michael Goodwin fue obligado a emigrar a Australia desde Reino Unido cuando era pequeño. Nunca conoció a su madre, una judía alemana que pasó su vida buscándolo.
19 de noviembre, 2022
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Michael Goodwin fue criado por sus padres adoptivos en Australia creyendo que era de ascendencia católica irlandesa. Creció intentando averiguar algo sobre su madre.

Pero solo ahora, con 80 años, ha encontrado, por fin, lo que pasó con su verdadera familia y ha descubierto que era judío.

Michael fue adoptado cuando tenía siete años por una pareja australiana de mediana edad; se casó, se instaló en Perth y formó su propia familia.

Sus padres adoptivos, a quienes les habían dicho que era de ascendencia irlandesa, lo criaron como cristiano.

Y, sin embargo, dentro de él, tenía la inquietante sensación de que faltaban partes cruciales de su propia historia.

“Siempre me pregunté quién era“, dijo Michael.

La tía abuela de Michael

Cortesía
La tía abuela de Michael, a quien nunca conoció, de pie junto al mismo monumento.

Intentó, sin éxito, llamar a las autoridades del hogar de niños donde vivió antes de su adopción. Quería que le enviaran los documentos sobre su familia biológica.

“Me encontré con una puerta cerrada”, dijo. “No pude averiguar nada en absoluto”.

Reconstruyendo su historia

Michael sabía que había llegado a Australia desde Reino Unido, donde había vivido antes de su adopción.

Solo cuando, en 2009 y 2010, los gobiernos británico y australiano se disculparon por una política de migración forzada de niños, Michael se dio cuenta de que era una de las miles de personas a las que les había sucedido.

Pero también se dio cuenta de que existía un grupo que podría ayudarlo: una organización benéfica con sede en Reino Unido llamada Child Migrants Trust.

El fideicomiso fue establecido en 1987 por Margaret Humphreys, una trabajadora social de Nottinghamshire, después de encontrar horribles historias de niños que fueron obligados a emigrar a la fuerza de Reino Unido a países como Australia, a menudo sin el conocimiento de sus padres biológicos.

La película Oranges and Sunshine, protagonizada por Emily Watson, está basada en el trabajo de esta organización.

La madre de Michael.

Cortesía
Michael se enteró de que su madre, Ilse, perdió a su familia en el Holocausto y que fue a Australia para tratar de encontrarlo, pero no lo consiguió.

Armado con su nombre de nacimiento, su pasaporte británico y los pocos datos que conocía sobre su identidad previa a la adopción, Michael se acercó a la oficina de la organización en Perth.

Sabía que había llegado a Australia en un barco a la edad de siete años, después de haber sido trasladado de un hogar infantil inglés a uno australiano.

Empezaron a rastrear los registros para tratar de descubrir algo sobre sus antecedentes.

Resultó que la respuesta, en cierto sentido, había estado justo en frente de ellos.

En la oficina había una fotografía de un grupo de niños en la cubierta de un barco en Australia después de un largo viaje.

Habían logrado identificar a todos los que aparecían en la imagen, excepto al niño pequeño confundido y de aspecto triste con un abrigo demasiado grande y zapatos desgastados al que un compañero migrante le había puesto el brazo alrededor.

Resultó que ese niño era Michael.

Huida de la Alemania nazi

Michael había nacido como Michael Lachmann y, según supo, era descendiente de judíos alemanes.

Su madre, Ilse, había huido a Inglaterra a través de Italia desde la Alemania nazi en 1939.

Sus padres -los abuelos de Michael- y su hermano -el tío de Michael-, que se habían quedado en Alemania, fueron asesinados durante el Holocausto.

Y, trágicamente, Michael descubrió que su madre había querido darle un hogar.

“Me di cuenta de que me habían robado mi identidad“, dijo.

Michael

Cortesía
Michael (centro derecha) fue enviado a Australia a la edad de siete años.

Supo que su madre se había unido a los servicios en la lucha contra Hitler.

Durante ese tiempo, había entablado una relación con un soldado del que quedó embarazada.

Había puesto a Michael al cuidado de un hogar infantil católico, pero en una carta, encontrada por el fideicomiso, declaró explícitamente que quería darle un hogar a su hijo cuando su padre regresara de la guerra.

“Ella escribió una carta muy conmovedora diciendo que cuando el padre de Michael regresara de la guerra, recogerían a su querido bebé y lo llevarían a casa y serían felices”, cuenta Humphreys.

Pero cuando volvió a buscarlo, le dijeron que lo habían enviado a Australia.

Michael y Margaret

BBC
Michael viajó a Alemania con Margaret Humphreys para saber más sobre su familia.

Michael se enteró de que su madre lo había seguido hasta Australia pero nunca lo había encontrado.

Le habían cambiado el nombre y vivía en Perth.

Ilse había muerto en Melbourne en 2009, un año antes de que Michael acudiera al fideicomiso en busca de ayuda.

Sin embargo, la organización ha podido ayudar a Michael a explorar su historia familiar.

Este mes, viajó junto con Margaret Humphreys a la ciudad de Chemnitz en Alemania, de donde su madre huyó de los nazis hace más de ocho décadas.

“Simplemente sentí en mi corazón que era importante para venir y tocar el suelo donde estuvo mi madre”, dijo.

El tío de Michael

Cortesía
El tío de Michael, Werner, el hermano de su madre, murió durante el Holocausto. Michael dice que su tío era “la viva imagen” de él

Allí, Michael visitó un monumento en memoria a sus abuelos y a su tío en el sitio de la antigua casa de su familia.

Posteriormente viajó al cementerio judío de Chemnitz.

Cuando llegó allí, la zona estaba bañada en colores otoñales y sol.

Observó las tumbas del lado de la familia de su abuela: los Franks.

“Después de todos estos años puedo ver dónde están enterrados. Es maravilloso”, dijo.

Michael

BBC
En Alemania, Michael descubrió que algunos de sus parientes biológicos habían sobrevivido al Holocausto y vivían en Nueva York.

“Bienvenido a la familia”

Las autoridades de la ciudad, que estaban organizando un proyecto conmemorativo, invitaron a Michael a ver una película que habían hecho en la que aparecían miembros de su familia alemana.

Por primera vez, pudo ver los rostros de parientes que nunca supo que existían.

“Has estado dando vueltas durante 80 años, sin conocer a todas estas personas y de repente las ves”, dijo.

“Es algo tan importante… una gran experiencia y también muy emocional. Conseguí lo que necesitaba para poder decir ‘Sé a dónde pertenezco'”.

Michael pudo ver por primera vez a sus familiares vivos

BBC
Gracias a una videollamada, Michael pudo ver por primera vez a sus familiares vivos.

Algunos de ellos, supo por investigadores en Chemnitz, habían terminado viviendo en Nueva York.

Poco después de enterarse de esto, el fideicomiso llevó a cabo su primera reunión online.

Encontraron un edificio de oficinas vacío en la ciudad con una pantalla de televisión gigante para que Michael viera y hablara, por primera vez, con sus parientes biológicos: su familia de Nueva York.

Se enteró de que su tía abuela también había escapado de los nazis.

La abuela de Michael

Cortesía
La abuela de Michael murió a manos de los nazis, pero su hermana -al igual que su madre- escapó y emigró.

Aunque ella ya no estaba viva, sus hijas y otros familiares estaban todos en la pantalla, esperando para saludarlo.

Su voz se quebró cuando saludó y dijo: “Hola. ¿Cómo están?”

“Bienvenido a la familia”, respondieron.

Ahora espera mantenerse en contacto con su familia y potencialmente usar el fondo de viaje establecido por el gobierno británico para niños migrantes y administrado por el fideicomiso para reunirse con ellos algún día en Nueva York.

“Me encantaría conocer a mi familia”, dijo.

“Esto es lo más grande que he hecho, el regalo que tengo ahora de poder decir ‘Estas son mis raíces, de aquí vengo, de aquí viene mi familia y puedo llegar a conocer más sobre ellos'”.

El abuelo de Michael

Cortesía
Michael dijo que se sentía muy triste al contemplar la pérdida de su familia biológica, incluido su abuelo.

Legado

En su último día en Alemania, fue al memorial del Holocausto cerca de la Puerta de Brandenburgo para recordar a la familia asesinada que nunca conoció.

Es un imponente monumento de piedras planas.

Incluso en un día cálido y soleado, las altísimas piedras tienen un marcado frío.

“Me pone triste. Muy triste”, dijo Michael.

Tenía una parada más que hacer en su viaje europeo. Fue a Nottingham, hogar de la familia de su difunta esposa, que emigró a Australia por elección.

También fue, por coincidencia, el hogar de la organización benéfica que lo ayudó a descubrir su pasado y, con suerte, darle un nuevo futuro.

Michael

BBC
Michael dice que sus viajes le han dejado un legado.

Viajó a un pequeño monumento a orillas del río Trent: una pequeña placa junto a un árbol.

Está dedicado a los 10.000 niños que fueron separados de sus familias por el esquema de migración infantil.

Mientras lo miraba, los pensamientos de Michael estaban con su familia y sus propios hijos y nietos.

“Pueden tener este legado, mi legado”, dijo.


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