La familia que está salvando a las tortugas del Golfo de México
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Cuartoscuro

La historia de la familia que está salvando a las tortugas del Golfo de México

Una familia de pescadores, que en los años 60 fue pionera en México en el cuidado de las tortugas marinas, ha seguido trabajando hasta hoy en la conservación de estos animales y ha ayudado a recuperar las arribadas de tortugas a las costas del Golfo de México.
Cuartoscuro
17 de abril, 2021
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Ricardo Yépez aprendió a “leer” las huellas de las personas y de las tortugas en la arena el día en que, con solo siete años, no pudo encontrar a su papá en la playa para entregarle su desayuno.

Marcelino Yépez, papá de Ricardo, recorría kilómetros de la costa norte de Veracruz (en el Golfo de México) a pie rescatando tortugas enredadas en atarrayas (redes), lastimadas, enfermas, y asegurando nidos, en un campamento que él mismo creó, para que no fueran saqueados.

“Don Marcelino es el que empezó a hacer actividades de protección, pero de manera individual, sin cuestión de lucro ni nada”, dijo Guillermo González Padilla, asesor del Centro Mexicano de la Tortuga”.

Leer más: Cientos de tortugas golfinas llegan a playas de Michoacán para desovar

La familia Yépez comenzó a salvar tortugas marinas en 1967 en El Raudal, un pequeño poblado de pescadores que se encuentra en el municipio de Nautla, entre el mar y la carretera costera que une el sur con el sureste del país.

Después de 54 años, su labor sigue vigente y la llegada de tortugas —tortuga verde (Chelonia mydas), laúd (Dermochelys coriacea), boba (Caretta caretta), carey (Eretmochelys imbricata) y golfina (Lepidochelys olivacea)— ha aumentado exponencialmente.

Esta es su historia.

Los secretos de las huellas

Ricardo Yépez nació un día en que su mamá, doña Librada Gerón, con el embarazo avanzado, intentaba liberar a una tortuga grande atrapada en una red. La jaló con fuerza y rompió la fuente.

“Ella jaló la tortuga con la panza grande”, contó Yépez, convencido de que “como en todas las tribus del mundo”, a él sus padres le pasaron “el chip” de lo que hacían.

Cuando la familia de doña Librada y don Marcelino comenzó con los recorridos por la playa eran tiempos en que el saqueo de tortugas y sus huevos era intenso, y no había leyes que las protegieran, por lo tanto, quien intentaba conservarlas lo hacía por cuenta propia. Y por riesgo propio.

Ricardo Yépez recuerda desde su casa de la comunidad de El Raudal, a unos metros del mar, los tiempos en que su padre fue quitándole horas a sus jornadas de trabajo en la pesca para dárselas al cuidado de las tortugas sin ninguna recompensa monetaria a cambio.

Cinco de las siete especies de tortuga que existen en el planeta llegaban ahí, prácticamente a su patio, y estaban siendo atacadas por cazadores furtivos sin ningún control.

Había que defenderlas. Para lograrlo, hacían recorridos diurnos y nocturnos para encontrarlas antes que los cazadores, hallar los nidos y llevar los huevos al campamento (que es su casa) para resguardarlos, esperar a que nazcan las tortugas y soltarlas en la playa de manera segura.

Fue así como a Ricardo Yépez le asignaron la labor de llevarle comida a su papá, ya entrada la mañana, cuando don Marcelino llevaba ya varias horas de recorrido. El día en que no pudo encontrarlo —contó— fue angustiante para él. Llegó de vuelta a su casa con el refrigerio intacto sabiendo que su papá andaba lejos, bajo el sol con un intenso calor y en ayunas.

Aquel día, camino de regreso a casa, don Marcelino Yépez descubrió las huellas de su hijo detrás de otras que no eran las suyas. El niño se había confundido.

Entonces sucedió un hito en la vida del hijo: “ mi papá me enseñó a estudiar las huellas en la playa”.

El refrigerio no le faltó nunca más a don Marcelino durante sus largas marchas por la playa y a Ricardo Yépez no se le volvió a perder su papá. Las huellitas del hijo siempre fueron quedando cerca o encima de las del padre.

Después supo asociar las huellas de otras personas, y eso le sirvió, por ejemplo, para saber quién les robó un día el robalo recién pescado. Luego aprendió a identificar los rastros de las tortugas.

“Si aprendí a diferenciar las huellas humanas y ponerle nombre, imagínate cuando mi papá me enseñó a leer las huellas de las tortugas”, dice Ricardo Yépez. “Una huella puede decirte el nombre de la especie, te indica si la tortuga viene enferma o no (por la forma de caminar)”, asegura, porque “la tortuga enferma arrastra la panza, los pasos son más cortos, dejan como una pincelada. Te das cuenta cuando la tortuga viene enferma, tiene un fibropapiloma, un tumor, o trae un pedazo de red atorada, o un anzuelo”, cuenta.

¿Por qué arriesgar la vida, papá?

La primera vivencia que Ricardo Yépez recuerda haber tenido con una tortuga fue el hallazgo de una huella gigantesca durante un recorrido con su padre. Don Marcelino, sorprendido, identificó que se trataba de un descubrimiento único.

El hombre se recostó sobre el rastro de la tortuga, que era más grande que él. Todo indicaba que se trataba de una tortuga Laúd (Dermochelys coriácea), la más grande de todas las tortugas marinas, que puede llegar a pesar más de 600 kilos y tener un caparazón de dos metros. Siguieron su rastro y ahí estaba:

“La vimos cavando. Se sentó mi papá, la contempló y lloró. Me dijo: ‘Esa tortuga es la que vi con tu abuelo’. Me toma la mano, me la pone encima de la tortuga, pone la de él encima de la mía. ‘No creo que en tu vida vuelvas a ver una tortuga Laúd’”.

A ese primer recuerdo de sus recorridos iniciales por la playa de El Raudal, le siguen otros, como haber sido testigo de derrames de petróleo, de naufragios, de ahogados, de basura y paquetes sospechosos que alguien perdió mar adentro.

Roxana Yépez, hermana de Ricardo, contó que la familia vivía en una vivienda sumamente humilde y que en ocasiones les costaba entender tanta dedicación de su padre a las tortugas. “Cuando eres niña no entiendes muchas cosas. Ver que hay tantas necesidades en casa y que tu papá se gasta el dinero en tortugas, no lo entiendes”.

Se preguntaban también ¿por qué don Marcelino se metía nadando al mar para liberar tortugas atrapadas en redes, haciendo enojar a los cazadores y arriesgándose a quedar atrapado también él y ahogarse?

“Es duro ver que quieren golpear a tu papá porque se metió a cortar una red que atrapó una tortuga”, dijo.

Ricardo Yépez también tiene recuerdos, como el hallazgo de la tortuga Laúd y las competencias con su padre para ver quién encontraba más rápido los nidos para resguardar los huevos.

“Él se agarraba a machetazos con los cazadores furtivos. Me tocó muchas veces que me dijera: ‘Escóndete’. Y de repente verlo sacar el machete, agarrarse a machetazos”, cuenta.

“¿Por qué te metes en tantos problemas por las tortugas, papá?”, pregunta Roxana Yépez, como si don Marcelino aún estuviera con vida.

El álbum y la carta que una niña entregó al presidente

Durante décadas, a partir de los 50, México fue omiso en el cuidado de las seis especies de tortugas que llegan a sus costas del Atlántico y del Pacífico. “En los 50 y 60 se empezó a explotar muchísimo a la tortuga. Se mataban tortugas adultas en el mar y se sacaban los huevos en la anidación, entonces no se completaban los ciclos”, contó Guillermo González Padilla, el asesor del Centro Mexicano de la Tortuga.

Esto, de acuerdo con el especialista, causó inquietud en la comunidad internacional que comenzó a ejercer presión sobre el gobierno mexicano para que regulara la explotación de las tortugas y sus nidos.

“Empieza a haber una presión de organismos internacionales para que México se sumara a los países que empezaron a proteger a las tortugas”, cuenta González Padilla.

Mientras la presión hacia México crecía a través de los canales diplomáticos, en casa de los Yépez se cocinaba algo más, un golpe de efecto que comenzó a planearse cuando se anunció que el presidente, Carlos Salinas de Gortari, iría a Veracruz (a 146 kilómetros de El Raudal) para inaugurar un acuario.

La familia se reunió para escribir a mano una carta. “La hicimos de puño y letra mi papá, yo y mis hermanos, todos juntos en la casa. Todos en un mismo proyecto. Fue en una hoja de papel de cuadros de un cuaderno”, recuerda Roxana. Don Marcelino, además, preparó un álbum de fotos del trabajo que los Yépez realizaban con las tortugas. La idea era entregarle ambas cosas en la mano al presidente de México.

El objetivo era que el gobierno mexicano emitiera un decreto que protegiera a las tortugas y la niña Roxana, que tenía siete años, sería la encargada de entregar la carta y el álbum cuando el presidente llegara al aeropuerto.

Llegó el día. Don Marcelino y su hija Roxana Yépez estaban tras una valla de protección por donde pasaría el presidente. La niña llevaba la carta doblada dentro del álbum de fotos.

“Había demasiada seguridad. Estábamos esperando con cientos de personas. Llega el avión y mi papá me carga y me pasa la valla de seguridad donde estaban todos los exgobernadores de Veracruz y Dante Delgado (quien era el gobernador en funciones)”, cuenta.

Un guardia de seguridad, narra Roxana Yépez, la regresó pero la misma gente que estaba ahí la ayudaron a cruzar nuevamente la valla. “Yo salí corriendo. Escucharon los gobernadores el escándalo, volteó Dante Delgado y me llamó. Me tomó de la mano”.

Entonces Roxana Yépez cumplió con la tarea que le había encargado su padre. “Yo tenía que llegar con el presidente, lo tenía que saludar, le tenía que decir lo de las tortugas: que en un pequeño municipio se estaban cuidando las tortugas marinas, animales que estaban extinguiéndose. Dante Delgado paró a los de seguridad porque iban tras de mí para sacarme de la valla”.

Finalmente, Roxana recuerda que Dante Delgado le dijo al presidente: te presento a una niña conservacionista. En ese momento, le entregó el álbum y la carta a Carlos Salinas de Gortari y le dijo: “por favor ayúdenos a cuidar las tortugas”.

El presidente escuchó el mensaje que la niña de siete años tenía para él y le respondió que tomaría una decisión al respecto.

Era 1990. Ese mismo año un decreto presidencial estableció el marco legal de protección de las tortugas marinas en México.

La familia Yépez sabe que en ese mismo año la presión internacional sobre México era fuerte, y que tal vez con o sin la entrega de la carta y el álbum, igual hubiera salido el decreto, “pero nos sentimos muy orgullosos de haberlo invitado a legislar en algo tan importante”, dice la hija de don Marcelino.

Cuando Roxana y Ricardo Yépez eran niños, encontraban dos nidos de tortugas al año en las playas de El Raudal. Actualmente se han registrado hasta 400 nidos por noche.

Las tortugas marinas en México están protegidas por la Norma Oficial Mexicana NOM-059-SEMARNAT-2010 en la cual se consideran como especies amenazadas.

Lee la historia completa en Mongabay Latinoamérica

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Países como Colombia o México 'no tienen alternativa' a seguir con la guerra contra las drogas: expresidente Rafael Pardo

El colombiano Rafael Pardo fue uno de los políticos que tuvo que lidiar con la lucha contra el tráfico de narcóticos, una guerra dirigida por Estados Unidos que, según él, países como Colombia o México no tienen otra opción que acoger.
21 de junio, 2021
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Han pasado 50 años y la guerra contra las drogas sigue sin ganarse.

Este mes se cumple medio siglo desde que el entonces presidente de Estados Unidos, Richard Nixon, declarara una lucha frontal contra el tráfico ilegal de estupefacientes.

Una política interna de Washington que marcó profundamente a Colombia, México y otros países de América Latina.

El político colombiano Rafael Pardo es quizá una de las personas que más de cerca vivió esa guerra en la región.

Con 30 años entró al gobierno como consejero de paz y entre 1991 y 1994 fue ministro de Defensa durante el gobierno de César Gaviria.

Desde ahí tuvo que enfrentar al poderoso cartel de Medellín, al mando de Pablo Escobar. En esos años el narco fue detenido como parte de una amnistía, se escapó de la cárcel y mantuvo una lucha violenta contra el Estado que dejó cientos de víctimas y terminó con su muerte en 1993.

Rafael Pardo

AFP
Rafael Pardo ha sido miembros del establecimiento político durante décadas en Colombia, pero además ha sido escritor de varios libros, entre ellos “La guerra sin fin”.

Pardo luego fue periodista, candidato a la presidencia y a la alcaldía de Bogotá, ministro de Trabajo y ficha clave del proceso de paz con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).

Su libro “Guerra sin fin” sobre el tráfico de narcóticos se publicó el año pasado por la editorial Planeta.

A propósito del aniversario del anuncio de Nixon, Pardo habló con BBC Mundo.


Usted hizo parte fundamental del establecimiento político que luchó contra el narco durante décadas. ¿Cree que se equivocaron en algo?

En los años 80 ya había pasado el boom de la marihuana y empezaba el de la cocaína. Los carteles estaban en auge. Hoy ya no existen. Pablo Escobar y su cartel de Medellín ya no están y el cartel de Cali fue extraditado.

Cuando era ministro de Defensa, entre el 91 y el 94, fumigamos la amapola y Colombia hoy es un productor marginal de ese producto base para la producción de heroína.

La prioridad era librarnos de narcoterrorismo y nos libramos.

¿Tenían o tienen países como Colombia o México una opción distinta a seguir y apoyar la política antidrogas de Washington?

Nuestros países no tenían ni tienen alternativa a seguir con la guerra contra las drogas.

Es clave, antes y ahora, estar en sintonía con Estados Unidos, porque su influencia nos marca en todo sentido: económico, militar y político.

Y en este gobierno (de Estados Unidos) de Joe Biden no se muestra ningún signo de cambio.

¿Qué impacto tuvo el narcotráfico en la economía colombiana?

La revaluación del peso es uno, y eso le restó competitividad a la economía legal, porque quitó los incentivos para exportar. Colombia sería un país más próspero si no hubiera narcotráfico.

El dólar callejero está tradicionalmente más bajo que el dólar en las casas de cambio o en los bancos.

Pero además hay un efecto cultural. La riqueza fácil, la idea de que todo vale para enriquecerse, marcó a este país. Hasta en los colegios hay cierta admiración por los narcos.

El narcotráfico ha sido una desgracia para Colombia.

Campesino cocalero

AFP

Sabemos que no solo en Colombia, sino en Perú y México, importantes dirigentes políticos recibieron dinero de esa industria. ¿Hasta qué punto el narcotráfico se convirtió en un eje de la política?

Hay un ejemplo en Colombia que prefiero no nombrar. Mejor sí lo nombro: Ernesto Samper (presidente entre el 94 y el 98 cuya campaña presidencial recibió dineros del narco).

¿Quién se ha beneficiado de la guerra contra las drogas?

Los narcos y las agencias antidrogas.

En Colombia se han intentado todo tipo de estrategias para sustituir cultivos ilegales por legales. Pero ¿tiene sentido seguir insistiendo en esas estrategias mientras las drogas sean el negocio más rentable para un campesino?

Sustituir es la opción más sostenible para los campesinos, que son el eslabón más débil, el que menos gana. No hay un solo campesino rico. Solo sobreviven.

Las ganancias no están ahí, sino en los intermediarios.

Pero ¿sustituir es mejor opción que legalizar?

No es tan sencillo. Hay que atacar los problemas que sustentan las actividades de drogas: pobreza, informalidad, exclusión.

Luego romper el prohibicionismo con políticas de descriminalización a pequeñas dosis y de salud pública que ataquen la adicción.

Eso debe ir de la mano de cooperación internacional, porque un país productor no supera este trauma solo.

Guerra contra las drogas

AFP

¿Cuánta responsabilidad se le puede atribuir al narcotráfico en la persistencia de problemáticas como la criminalidad, la sobrepoblación carcelaria o la corrupción en América Latina?

La criminalidad está altamente relacionada con la droga.

La sobrepoblación carcelaria tiene que ver con jóvenes que en su mayoría son acusados de tráfico de drogas.

La corrupción en sentido estricto no tiene que ver con drogas, pero la cultura del “todo vale” es un incentivo para la corrupción.

¿Qué opina de la iniciativa del gobierno de Iván Duque de volver a hacer aspersiones con glifosato para erradicar cultivos de coca?

Estoy a favor de la aspersión para el cultivo de amapola, que es una mata más débil. Pero la coca es más fuerte. La amapola requiere de una aspersión mientras que la coca requiere múltiples aspersiones.

Estados Unidos, que ha estado 19 años en Afganistán, no ha fumigado nunca. Probablemente en Afganistán no tienen en cuenta los efectos cancerígenos, sino que reconocen que la efectividad no está probada.

Considerando los afectos cancerígenos del glifosato, el proyecto de Duque es una locura.

Primero porque su efectividad es nula. Segundo porque va a generar una agitación social en las zonas productoras.

Y tercero porque va a repercutir en costosas demandas legales al presidente, al ministro de Defensa y, en últimas, al Estado.

Es más fácil y más barato sustituir.


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