¿Dónde está Cabeza de Vaca? y ¿qué puede pasar con el gobierno estatal?
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¿Dónde está Cabeza de Vaca? y ¿qué puede pasar con el gobierno de Tamaulipas?

Hay varios escenarios posibles, entre ellos, que Cabeza de Vaca solicite licencia al cargo, que abandone el país sin pedir licencia y sea declarado prófugo, o sea detenido.
Cuartoscuro Archivo
Por Carlos Manuel Juárez / Elefante Blanco
20 de mayo, 2021
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Ante la orden de aprehensión contra Francisco García Cabeza de Vaca y su desaparición de la vida pública, el Poder Ejecutivo de Tamaulipas se encuentra en la interrogante ¿hay gobernador o no?

Hoy al mediodía, el Congreso estatal realizará una sesión. Hasta las 8:41 horas de este jueves 20 de mayo, el orden del día de la LXIV Legislatura no menciona ningún asunto relacionado con el proceso penal contra García Cabeza de Vaca.

Lee: Implican a Cabeza de Vaca en posible lavado de más de 100 mdp; congelan recursos a familiares

El gobernador fue visto por última ocasión ayer miércoles en una supervisión de obra pública en San Fernando. A mediodía llegó a Palacio de Gobierno en Ciudad Victoria y alrededor de las 13:30 horas salió de las oficinas sin que se conozca su paradero.

Ayer, la Fiscalía General de la República (FGR) solicitó al Instituto Nacional de Migración (INM) la alerta migratoria y comenzó la solicitud de la ficha roja a la Interpol.

Elefante Blanco consultó al abogado Jorge Olvera Reyes sobre los escenarios posibles y los efectos legales que tendría en el gobierno estatal.

El gobernador se encuentre en Tamaulipas

Si Francisco García Cabeza de Vaca se encuentra en Tamaulipas se mantendría como gobernador constitucional, debido a que el Congreso estatal decidió no homologar el juicio de procedencia o desafuero.

El político panista podría ser detenido, a petición de la Policía Federal Ministerial, por elementos de las Fuerzas Armadas o de Seguridad Pública en territorio tamaulipeco.

Solicite licencia al cargo

En caso de que García Cabeza de Vaca solicite licencia al cargo ante el Poder Legislativo, las y los diputados tendrán la obligación de nombrar un gobernador interino. El plazo para resolver el nuevo mandatario es de 48 horas.

Al respecto, la Constitución Política de Tamaulipas refiere:

Artículo 87.- En los casos de licencia temporal concedida al gobernador, el Congreso o la Diputación Permanente, en caso de receso, por mayoría de los Diputados presentes, nombrarán un substituto a propuesta en terna del Ejecutivo, para el tiempo que dure la licencia, debiendo tener el substituto los mismos requisitos que el Constitucional. Las ausencias del gobernador en períodos que no excedan de 30 días serán cubiertas por el secretario de Gobierno, encargado del despacho; cuando excedan de dicho término, el H. Congreso o la Diputación Permanente decide el interino.

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Abandone el país sin pedir licencia y sea declarado prófugo

El abogado Olvera Reyes afirma que el escenario más catastrófico sería que el gobernador haya abandonado el país sin pedir licencia y sea declarado prófugo a nivel mundial.

Si ante dicho escenario, el Congreso de Tamaulipas no nombra un gobernador interino, el Senado de la República puede solicitar la desaparición de los poderes estatales, bajo la argumentación de abandono del ejercicio de funciones, sin que sea una causa de fuerza mayor. Esta acción impactaría en las titularidades de los Poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial.

El artículo 76 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos indica que en el caso de la desaparición de poderes, el Senado debe nombrar “un titular del Poder Ejecutivo provisional, quien convocará a elecciones conforme a las leyes constitucionales de la entidad federativa”.

El proceso de nombramiento comienza con el envío de una terna de aspirantes por parte del presidente de la República. Posteriormente, la Cámara Alta del Congreso de la Unión elegirá a una de las personas, con una votación obligada de dos terceras partes de los miembros presentes.

“El funcionario así nombrado, no podrá ser electo titular del Poder Ejecutivo en las elecciones que se verifiquen en virtud de la convocatoria que él expidiere”, establece la ley.

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"Fue un capricho de Pinochet": la historia de los 15 mil libros de García Márquez que quemó el gobierno de Chile

En noviembre de 1986, el gobierno militar de Chile ordenó la incautación del libro 'La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile', del premio Nobel de Literatura, cuando un embarque se dirigía a Santiago.
5 de junio, 2022
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El 28 de octubre de 1986, después de varios días de viaje, el ‘Peban’, un vapor de bandera panameña, atracó finalmente en el puerto chileno de Valparaíso. Mientras se preparaba para diligenciar los papeles de aduana, la tripulación recibió la noticia de que se procedería con la incautación de una parte del cargamento.

El capitán, que estaba seguro de que todo lo que llevaba en su barco estaba en regla, preguntó cuál era la mercancía que iban a retener.

La respuesta oficial fue la que menos esperaba: “Los libros”, específicamente, 15 mil ejemplares de La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile, escrito por el ganador del Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez, que habían sido enviados desde el puerto de Buenaventura, en Colombia.

Y que debían llegar a manos de Arturo Navarro, el representante de la editorial Oveja Negra que publicaba los libros del Nobel en aquellos años en Chile.

El libro narraba las peripecias que había que tenido que sortear el cineasta chileno Miguel Littín, quien vivía en el exilio desde el golpe de Estado que llevó a Augusto Pinochet al poder en 1973.

Littín había vuelto a Chile durante dos semanas en 1985 para filmar en la clandestinidad un documental sobre lo que estaba pasando en el país 12 años después de la irrupción militar.

Arturo Navarro

BBC
Arturo Navarro era el representante de la editorial Oveja Negra en Chile.

Luego estrenaría el documental Acta Central de Chile en el Festival de Cine de Venecia del 86.

Pero el libro de García Márquez iba más allá: contaba sobre todo detalles que no aparecían en la cinta, como por ejemplo el encuentro de Littín, quien se había hecho pasar por un empresario uruguayo, con el propio Pinochet en los pasillos del Palacio de La Moneda, donde el presidente de facto no lo reconoció.

“Yo me enteré de la incautación de los libros dos semanas después porque estaba fuera del país”, recuerda Arturo Navarro, tomándose un café bajo la nave central del Museo Nacional de la Memoria en el corazón de Santiago.

Navarro había regresado de un viaje por EU para visitar a su familia cuando se encontró con un mensaje de alerta en el contestador automático de su casa. Era de su agente aduanero y le describía una situación crítica: “Arturo, me dicen que los libros fueron quemados”.

"Esto fue un capricho de Pinochet: no quería ver un libro, mucho menos después del atentado, en el que básicamente describen cómo le habían metido los dedos en la boca"", Source: , Source description: , Image:

Para Navarro, el cargamento era fundamental: era el principal producto que esperaba exponer durante la feria del libro de Santiago, que se iba a celebrar pocas semanas después del incidente.

Él, que había sido empleado de la Editorial Nacional Quimantú (ampliamente perseguida por el régimen) y había visto a los militares ejercer la destrucción de libros en primera fila, también sabía que el régimen de Pinochet había flexibilizado sus políticas de censura.

En ese contexto, creyó que la incautación debía ser más un malentendido que un acto de represión y decidió viajar a Valparaíso para resolver el problema personalmente.

“El libro ya había sido publicado en capítulos en Chile por una revista (Análisis) meses antes”, señala Navarro. “Sin embargo, lo que me preocupaba es que, de acuerdo a la prensa, la incautación de los libros se debía al mal estado de los contenedores, que me parecía una disculpa inusual”.

Los ejemplares habían quedado bajo el control de la jefatura de Zona en Estado de Emergencia, a cargo de militares.

Cuando Navarro se acercó al edificio castrense donde podría intentar rescatar los libros, percibió de inmediato la tensión que se sentía dentro del gobierno por esos días: un mes y medio antes, el 7 de septiembre, militantes del Frente Patriótico Manuel Rodríguez habían estado muy cerca de acabar con la vida de Augusto Pinochet, en un feroz atentado cuando este regresaba a Santiago desde su residencia en el Cajón del Maipó, a unos 50 kilómetros de la capital.

El asalto había dejado cinco escoltas muertos y varios heridos.

“En el edificio logré hablar con un militar de rango medio al que le pedí que al menos me permitiera devolver los libros a Lima”, señala. “Pero después de hacer un par de llamadas, finalmente me dijo: ‘Navarro, no se preocupe, que los libros ya los quemamos'”.

La versión en los medios se mantenía: contenedores en mal estado, lo que podría explicar la incautación, pero nunca la incineración.

Para Navarro, era claro que la orden había venido de arriba y, aunque no tuviera pruebas, no se iba a quedar quieto hasta que la gente supiera que el régimen de Pinochet había mandado a quemar 15 mil volúmenes de nada menos que un premio Nobel.

“Yo sigo sosteniendo que esto fue un capricho de Pinochet: no quería ver un libro, mucho menos después del atentado, en el que básicamente describe cómo le habían metido los dedos en la boca”, afirma Navarro.

La noticia lo dejó abatido y sin ejemplares para la feria.

Entonces, convocó a ruedas de prensa para dar a conocer lo que había pasado, hizo la denuncia pertinente ante la Cámara Chilena del Libro y, aunque dentro del país no hubo mucho eco, en el mundo sí publicaron la noticia.

Navarro guarda recortes de prensa de medios de Grecia, Holanda y EU que hablan de los ejemplares calcinados.

Pero quedaba por saber qué era realmente lo que había pasado. “Yo de verdad no creía nada de lo que me habían dicho. Ni siquiera que los habían quemado”.

Uno de sus colegas le recomendó que el mejor camino para obtener una respuesta del régimen era la vía diplomática, por lo que decidió acudir a la embajada de Colombia, país de donde originalmente habían salido los libros.

“Ahí conocí a Libardo Buitrago, el cónsul colombiano, quien se ofreció a ayudarme”.

Poco después, gracias a la presión de un país extranjero, le llegó al cónsul un papel muy revelador, una carta fechada del 9 de enero de 1987, firmada por el vicealmirante John Howard Balaresque, en la que no solo se confirma la incineración de los libros sino también las razones: a los ejemplares de La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile se les impuso “una medida de censura previa” por considerar que el contenido “transgredía abiertamente las disposiciones constitucionales”.

“Ese papel es el único documento oficial que existe en el que el régimen de Pinochet acepta que quemó libros y que lo hizo por censura. Algo imposible de obtener en esos tiempos”, relata Navarro.

“Y ahora está acá, en el Museo de la Memoria”.

El documento, con firma oficial, le sirvió a la editorial Oveja Negra para poder cobrar el seguro por la pérdida, pero además implantó en la cabeza de Navarro una certeza que no lo abandonó nunca: la cultura sería clave en el fin del régimen.

“Esta represión a los libros, a la cultura, se daría vuelta y terminaría siendo uno de los principales motivos por los que Pinochet saldría del poder. Porque fueron los cantantes, los artistas, los escritores quienes serían fundamentales en la campaña de votar ‘No’ en el plebiscito de 1988 que acabaría con la dictadura”, concluye.


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