Adultos mayores desempaquetan esperanza de volver a trabajar
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Adultos mayores desempaquetan la esperanza de volver al trabajo en supermercados

Después de más de un año, miles de adultos mayores volvieron a sus “empleos” como empacadores voluntarios, aunque otros se quedaron sin trabajo, luego de que Walmart prescindió de sus servicios. Durante el tiempo en que estuvieron confinados sobrevivieron con la solidaridad de sus familias y de ONG.
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13 de junio, 2021
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Esta semana, adultos mayores de la Ciudad de México y el Estado de México regresaron a trabajar como empacadores voluntarios en supermercados, después de más de un año sin poder acudir, debido a las restricciones por la pandemia, tiempo que han tenido que sobrevivir a costa de sus familias o con apoyos de organizaciones sociales.

María Imelda, de 66 años, vive en Chalco, Estado de México. Cuenta que no tiene pensión, debido a que trabajó poco tiempo de manera formal, por lo que los “centavos” que gana empacando bolsas en Bodega Aurrera son su única fuente de ingresos.

Los primeros meses de la pandemia sobrevivió con un apoyo de mil pesos y dos despensas que les dio la cadena de supermercados a los adultos mayores, y los últimos tuvo que atenerse a sus hijos y sus hermanas, quienes le regalaron dinero y alimentos.

“Estaba acostumbrada a trabajar, a tener un ritmo de vida diferente y ganar unos centavos. Ha sido difícil… ese dinerito que gano de las propinas como empacadora me falta y también influyó mucho el hecho de estar encerrada, porque el trabajo también es una distracción”, cuenta.

Es por eso que recibió tan emocionada la noticia de que con el semáforo verde y la aplicación de la vacuna contra la COVID-19 los supermercados estaban listos para recibir nuevamente a los empacadores voluntarios.

“Ya me pusieron la segunda dosis. Cuando pasen las dos semanas para que pueda volver voy a ir corriendo. La verdad sí tengo necesidad de trabajar, porque supuestamente luego dicen que no somos útiles, pero pues todavía comemos”.

Imelda dice que, en caso de volver a quedarse sin ingresos porque el semáforo epidemiológico cambie a amarillo o naranja -lo cual impide que estén en los supermercados-, buscará otro empleo, aunque es consciente de que no será sencillo por su edad, que de por sí era obstáculo para que le dieran trabajo antes de la pandemia. Pero ahora que los adultos mayores son población de riesgo por la COVID-19 la situación se endureció.

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De acuerdo con el informe ‘Pobreza y personas mayores en México’, elaborado por el Consejo Nacional de la Política de Desarrollo Social (Coneval), las personas mayores están expuestas al riesgo de estar en situación de pobreza como cualquier otro sector de la población, sin embargo la reducción de las capacidades físicas, pero principalmente el retiro del mercado laboral en esta etapa de la vida, así como las condiciones específicas de salud y educación, pueden significar mayor probabilidad de encontrarse en esta situación y más dificultades para enfrentarla.

Entre 2008 y 2014, entre el 45 y 46% de las personas mayores de 65 años se encontraban en situación de pobreza. Para 2018 esta disminuyó ligeramente, a 41.1%. El 6.8% de ellos vivía en condiciones de pobreza extrema.

Los estados en los que se reportó una mayor brecha de pobreza entre personas mayores de 65 años y el resto de la población fueron San Luis Potosí, Guanajuato, Oaxaca y Nuevo León, mientras que en la Ciudad de México, Estado de México y Veracruz la incidencia fue menor.

Chiapas, Oaxaca, Guerrero y Veracruz fueron las entidades donde se registró mayor cantidad de personas mayores de 65 años en situación de pobreza.

Miles perdieron su “empleo”

Raúl tiene 65 años y vive en la Ciudad de México. Hasta hace unos meses era uno de los miles de adultos mayores que trabajaban empacando bolsas en Superama, una de las tiendas de la cadena Walmart. En total, el consorcio cuenta con 2 mil 599 unidades en todo el país, mismas que a partir de este año prescindieron de los servicios de los empacadores voluntarios.

“Afortunadamente soy pensionado, la verdad no me preocupa tanto estar sin empleo, pero de todas formas sí me hace falta el ingreso que tenía, porque ya me había acostumbrado a ciertas cosas que hoy en día no puedo consumir”, explica en entrevista.

No obstante, recibir la noticia de que Walmart ya no los dejaría trabajar, aún con semáforo epidemiológico en verde y que ya se han aplicado las dos vacunas contra la COVID-19, fue “decepcionante y triste”.

“Teníamos la esperanza de regresar a laborar ahí, incluso cuando nos dijeron que era necesario ponernos las dos vacunas yo sentí a todos bien emocionados, algunos fuimos por eso a inyectarnos y al final nos dijeron que ya no”, recuerda.

Independientemente de los ingresos que dejó de percibir al quedarse sin “empleo”, para Raúl lo más difícil ha sido dejar la rutina que lo hacía sentir “que soy una persona útil, fuerte. Tengo que estar ocupado, y para mí estaba muy bien que esa ocupación fuera un trabajo”.

Ahora, dice que intentará dedicarse a la panadería. “Estuve tomando varios cursos y sé hacer pan, aunque entrar al mercado de las ventas está complicado, porque luego la gente no quiere consumir y tampoco sé mucha variedad… solo sé preparar conchas, bisquets, cubiletes y pan de muerto”. Hasta ahora ese es el plan.

Por su parte, Walmart informó que la decisión de sacar de las tiendas a los adultos mayores que prestaban servicios de empacadores voluntarios se debió a que los clientes “buscan evitar que terceros tengan mayor contacto con la mercancía que compran”.

A través de un comunicado, la empresa señaló que, apegándose a la legislación han dejado de otorgar bolsas de plástico de un solo uso, “en apoyo del medio ambiente, por lo que nuestros clientes ahora llevan sus propias bolsas reutilizables y se han habituado a empacar ellos mismos la mercancía adquirida”.

Al no haber sido empleado formal de Walmart, Raúl no fue despedido ni recibió ningún tipo de pago en compensación. Lo único que le dio la empresa durante los meses de la pandemia que no le permitieron laborar fue una tarjeta de regalo con mil pesos que tenía que gastar en la misma tienda y tiempo después una despensa.

Durante el primer trimestre de 2021, 65 mil 105 personas de 60 años y más perdieron su empleo, de acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI). Otros 20 mil 146 señalaron haber renunciado a su trabajo y 10 mil 050 dejaron o cerraron un negocio propio. 2 mil 880 dijeron haberse quedado desocupados por otras causas y 945 señalaron no tener experiencia laboral.

Además, 821 mil 449 adultos mayores señalaron en la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo que en el mismo periodo de tiempo se encontraban “subocupados”, es decir, que tenían un empleo, pero contaban con disponibilidad de tiempo y necesidad de ofertar más trabajo que lo que su situación en ese momento demandaba.

Entre el primer trimestre de 2020 y el mismo periodo de 2021 el número de adultos mayores subocupados tuvo un aumento de 238 mil 015 personas. Aunque esta cantidad continúa por debajo de la que se alcanzó el tercer trimestre del año pasado, cuando fueron un millón 38 mil 840 los mayores de 60 años en estado de subocupación.

En cuanto a población ocupada, el número de personas mayores de 60 años en el primer trimestre de 2021 fue de 4 millones 905 mil 910, cifra menor a los 5 millones 680 mil 061 que se reportaron en el mismo periodo de 2020.

Chedraui, La Comer y Soriana continuarán con el modelo de emplear a voluntarios empacadores, sin embargo no han informado qué acciones tomarán para prevenir brotes de COVID-19 ni qué medidas adoptarán para apoyar a los adultos mayores en caso de que el semáforo epidemiológico vuelva a cambiar y ellos nuevamente no tengan permitido estar en tiendas.

Lee más: Así han cambiado las edades y montos de pensión para adultos mayores los últimos cuatro sexenios

Solidaridad como instrumento de supervivencia

Al igual que cuando trabajan como empacadores voluntarios, a los adultos mayores los sostuvo la solidaridad ciudadana durante la pandemia, ya sea por el dinero recabado por los supermercados o por organizaciones sociales que comenzaron a gestionar apoyos para ellos.

Tal es el caso de Desértica y Manahuia, la primera de ellas una organización legalmente constituida desde antes de la pandemia, pero que durante la crisis cambió el tipo de ayuda que gestiona para combatir enfermedades cardiovasculares para apoyar a adultos mayores, y la segunda, un grupo recién conformado para atender a esta población.

Ivonne Cannet, directora de Desértica, explica que a partir del inicio de las medidas de confinamiento por la pandemia emprendieron la campaña “Contágiate de solidaridad”, con la que apoyaron a hospitales y asilos con despensas e insumos médicos.

“En el caso de los adultos mayores iniciamos una campaña de seguridad alimentaria porque nos dimos cuenta que era una población no olvidada, pero sí desatendida en la pandemia, porque trabajaban como paqueteros, pero los mercados no los podían recibir por ser población altamente vulnerable, aún cuando ya están vacunados”, comenta.

Desértica trabaja directamente en Mexicali, Baja California, donde apoyan con despensas a adultos mayores que trabajan en la cadena de supermercados “Floridos”, sin embargo, desde ahí han gestionado apoyos para asilos de la Husteca Potosina, Estado de México y Ciudad de México.

“La necesidad es grande para ellos, porque dependen del ingreso. Nosotros nos hemos dedicado a buscar abuelitos que tienen mucha necesidad, que no tienen quien vea por ellos, y pues les damos una despensa para que los 80 o 100 pesos que les dan de lo que juntan en propinas los supermercados lo puedan usar para pagar servicios de su casa como agua, luz o gas”, indica.

En el caso de la Ciudad de México, tres estudiantes de la Universidad Iberoamericana comenzaron con el proyecto Manahuia Mx que a la fecha apoya a 130 adultos mayores.

Marie, Kyara y Alejandra se conocieron a partir de que una publicación que pusieron en un grupo de Facebook de la comunidad Ibero, con la que llamaron a a apoyar a adultos mayores que habían quedado sin ingresos en la pandemia porque trabajaban como empacadores. De ahí crearon un grupo de WhatsApp en el que comenzaron a organizarse para darles despensas y medicamentos, y al final, de 80 interesados solo quedaron ellas tres.

“Empezamos a ver qué había que hacer y lo primero fue ir a ver qué necesitaban. Yo fui a verlos a Reforma, donde se reunían empacadores adultos mayores a protestar, y ahí me encontré con Rafa, quien me dijo que pedían que les regresaran su trabajo. Ya llevaban 10 meses sin poder volver y necesitaban solventar gastos, pagar renta, a muchos de ellos sus hijos no los apoyan y ya habían empeñado varias cosas de su casa”, señala Marie.

Ante esa situación, Marie creó un chat para mantenerse en contacto con los empacadores voluntarios, que pronto sumaron a otros conocidos que también necesitaban apoyos. Actualmente también brindan despensas y medicamentos a personas mayores que no trabajaban en supermercados, pero que con la pandemia se vieron en la necesidad de pedir ayuda.

Aunque varios de los adultos mayores que apoya Manahuia ya volvieron a trabajar o están a punto de, en cuanto se cumplan dos semanas después de su segunda dosis de la vacuna, las tres jóvenes están considerando la posibilidad de constituirse como una asociación civil que de manera permanente apoye a este grupo de la población con atención médica, legal y psicológica.

Raúl es una de las personas que fueron apoyadas por Manahuia a lo largo de este tiempo, y que continuará con ellas debido a que no contará con el empleo que tenía en Walmart, aunque hay otros adultos mayores que pese a que recuperarán su trabajo como empacadores también seguirán colaborando, como es el caso de Tere.

Tere tiene 65 años y es viuda. Está contenta porque en estos días volverá a su trabajo como empacadora en una tienda de La Comer ubicada en la alcaldía Álvaro Obregón de la Ciudad de México, aunque actualmente también colabora en Manahuia, donde se encarga de contactar a las personas que reciben despensas.

“Cuando salimos de las tiendas pensamos que quizá íbamos a regresar en unos 40 días, pero pasaron los meses y se fue alargando la situación. Para mí ser empacadora era una distracción, porque me quedé viuda… después salió lo de Manahuia y yo le dije a Marie que por salud mental me dejara ayudarles, y bien linda me dijo que sí. Para mi fue fabuloso”, narra.

Para continuar apoyando a los adultos mayores, Manahuia recaba víveres, pero también están considerando abrir una tienda en la que puedan vender productos que ellos mismos realizan y una cafetería para autoemplearse.

“Por ahora es lo que hacemos, pero nos gustaría poder hacer más. Estamos molestas y preocupadas porque hay supermercados donde ya no tendrán espacios para trabajar, y de por sí viven de propinas… necesitamos que las empresas volteen a verlos y entiendan que eso no debería ser así. Es necesario que tengan un sueldo, que tengan trabajo digno”, reclama Manahuia.

Alejandra Macías, analista del Centro de Investigación Económica y Presupuestaria (CIEP), explica que aproximadamente el 40% de personas adultas mayores siguen trabajando porque viven en una situación de vulnerabilidad permanente.

“Ya tendrían que estar recibiendo una pensión solamente, pero como nuestro mercado laboral es básicamente informal, el 60% lo es, los adultos mayores no cotizan para tener una pensión a su edad de retiro y tienen que continuar trabajando”, señala.

Para la especialista, es importante que las autoridades miren a los adultos mayores y atiendan la insuficiencia de los apoyos que les otorgan, pero también es necesario que se tomen medidas para apoyar a la pobreza generalizada, pues el panorama para las siguientes generaciones es más precario, y eso es algo que también “se tendría que estar atendiendo ahorita”.

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'Mi mamá va a morir el domingo a las 7 de la mañana. Y está feliz': el testimonio de muerte digna en Colombia

Martha Sepúlveda es la primera paciente en Colombia que accederá a la eutanasia sin tener una enfermedad terminal. Federico, su único hijo, cuenta en un conmovedor relato por qué ayudó a su madre a cumplir su último deseo.
9 de octubre, 2021
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Martha Sepúlveda está feliz porque pondrá fin a su vida el domingo 10 de octubre a las 7 de la mañana.

Se ríe frente a las cámaras comiendo patacón con guacamole y tomando cerveza en un restaurante de Medellín, a pesar de que se enfrentará a la muerte.

Está feliz precisamente porque logró que la justicia le diera la autorización para someterse a una eutanasia.

En Colombia la eutanasia fue despenalizada en 1997, pero solo se convirtió en ley en 2015. En julio pasado, la Corte Constitucional del país extendió el derecho a una muerte digna a quienes padezcan “un intenso sufrimiento físico o psíquico” por causa de una lesión o enfermedad incurable,

Y el de Martha Sepúlveda es el primer caso en que se autoriza una eutanasia en un paciente que no tiene una enfermedad terminal.

Según la agencia EFE, que cita al Ministerio de Salud, en el país se han realizado 94 procedimientos de eutanasia desde abril de 2015 hasta el 8 de mayo de 2020

Para Martha, desde que fue diagnosticada con esclerosis lateral amiotrófica (ELA), una enfermedad grave e incurable, su vida se había transformado en un tormento.

Como sabía que la suya iba a ser una muerte lenta y dolorosa que se extendería por varios años, el futuro le parecía desgarrador.

Hasta que un día le dijo a Federico, su único hijo de 22 años, que quería luchar por conseguir su eutanasia.

Los médicos no le dieron muchas esperanzas porque una de las condiciones establecidas por la legislación colombiana para acceder al procedimiento, es que la expectativa de vida del paciente sea inferior a seis meses.

En el caso de Martha, la agonía podía prolongarse al menos por tres años más. Sin embargo, ella dio la batalla judicial hasta que finalmente logró su objetivo.

Paradójicamente, conseguir la muerte, le devolvió la vida.

Mi mamá está tranquila y feliz desde que le dijeron que podía morir porque su vida era literalmente un infierno”, cuenta su hijo en diálogo con BBC Mundo.

Y así se le ve, contenta porque va a morir.

“Tengo buena suerte”, dice en su última entrevista televisiva con Caracol TV. “Me río más, duermo más tranquila”.

“Soy una persona católica, me considero muy, muy creyente. Pero Dios no me quiere ver sufrir a mi“.

“Con una esclerosis lateral en el estado que la tengo, lo mejor que me puede pasar es que me vaya a descansar”.

Este es el testimonio de su hijo, Federico Redondo Sepúlveda, contado a BBC Mundo en primera persona.


A mi mamá le diagnosticaron la esclerosis lateral amiotrófica a fines de 2018.

Ella lo tomó de una manera bastante particular. Su reacción fue reírse. Dijo “vea, tengo esta enfermedad y me muero en tres años”. Pero lo dijo de manera muy jocosa, muy divertida, haciendo bromas.

Mi mamá siempre ha sido una persona muy abierta a la muerte. Ella siempre ha dicho “yo no tengo miedo a partir, sino a la forma en la que voy a partir”, que es precisamente por lo que buscó que le reconocieran el derecho a una muerte digna.

Martha Sepúlveda

Martha Sepúlveda

Ella no concebía la vida postrada en una cama. El final de la esclerosis lateral amiotrófica es sin poder hablar, sin poder tragar… es algo sumamente doloroso e indigno para ella.

Se tomó muy olímpicamente el diagnóstico. Posteriormente ya empezó a perder fuerza en las piernas, a requerir apoyo para caminar en distancias más o menos largas. Ya luego requería apoyo para todo tipo de caminatas incluso dentro de la casa.

Y a principios de este año empezó a requerir apoyo para ir al baño. Después, había que bañarla, había que vestirla. En ocasiones se le dificultaba comer o cepillarse porque las manos estaban perdiendo demasiada fuerza.

Lo peor para ella es ver cómo se deterioraba a tal punto que no puede ser independiente para lo más básico de las actividades cotidianas.

Un día ella me dijo: “Sería tan bueno que yo pudiera solicitar la eutanasia”. Y pues yo no lo tomé como muy en serio.

Pero cuando me dijo que quería hacerlo, yo estuve en negación por unos días. Yo decía, “no, mi mamá no, todavía no”. Le decía, “mami, por favor no”.

Martha Sepúlveda

Martha Sepúlveda
Martha y su hijo Federico.

Yo me considero una persona muy liberal, pensaba que el derecho a la eutanasia es un derecho que hay que proteger, pero nunca lo vi como algo cercano.

Pero ya luego, concientizándome un poco de la condición precaria en la que ella estaba, y de su desespero, y de la indignidad en la que estaba, yo dije: “Creo que demuestro más mi amor si la apoyo en esta decisión que ella tomó“.

Yo sí necesito a mi mamá y quiero que esté conmigo en cualquier condición. Pero en ese caso solo estaría pensando en mí, en mis necesidades.

Llevamos 22 años juntos. Mi vida giraba alrededor de ella y la de ella alrededor mío. Luego de su partida, yo tendré que inventarme otra vida. Por eso fue tan difícil al principio.

Cuando yo la cuidaba tenía sentimientos encontrados. Por un lado me gustaba, porque sentía que le estaba regresando a mi mamá de alguna forma, todo el apoyo y todo lo que ha hecho por mí a lo largo de la vida.

Pero también pensaba en lo que ella me decía. Me decía: “Hijo, esto no es vida, esto no es digno”.

Martha Sepúlveda

Martha Sepúlveda

Claramente yo estoy triste. Claramente estoy ansioso, claramente estoy… de alguna forma desesperado. Sería muy raro que no lo estuviera.

Pero también de alguna manera me reconforta el hecho de que mi mamá haya podido terminar su vida de la forma que ella quería.

El día y la hora que ella quería.

Desde muy joven dijo que nunca quería estar postrada en una cama, absolutamente dependiente en todo momento.

Nosotros coincidimos en que vivir es decidir y desde que la esclerosis empezó a condicionar físicamente a mi mamá, ella ya no puede decidir por sí misma.

Muchas personas se sorprenden porque la ven muy tranquila y muy feliz.

Martha Sepúlveda

Martha Sepúlveda

Mi mamá está tranquila y feliz desde que le dijeron que podía morir porque su vida era literalmente un infierno. Ella antes no era así. Antes estaba desesperada, triste y con pocas esperanzas de cara al futuro.

Pero ahora, mi mamá va a morir el domingo a las 7 de la mañana. Y está feliz. Está feliz desde que sabe que le van a aplicar el procedimiento eutanásico.

El domingo se va a hacer una cremación, se va a celebrar una eucaristía y… y ya, porque básicamente eso es lo que quiere.

La voy a extrañar mucho. Yo creo que no hay nada que no vaya a extrañar porque nada volverá a ser lo mismo. Nada.

Desde su sonrisa y su berraquera y su buena actitud ante lo bueno y lo malo de la vida… hasta sus regaños.

Todo me hará falta.


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