SEP suspende programas para crear protocolos contra abuso en escuelas
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La SEP suspende programas para crear protocolos que atiendan abuso y acoso sexual en escuelas

La campaña para aplicar protocolos para atender y prevenir el abuso sexual en escuelas quedó en suspenso primero por la pandemia y luego porque la SEP canceló su presupuesto.
Cuartoscuro
Por Nurit Martínez
11 de junio, 2021
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La campaña para aplicar protocolos para prevenir y atender los miles de casos de abuso y acoso sexual en las escuelas de preescolar, primaria y secundaria públicas y privadas en el país quedó en suspenso primero por la pandemia de Covid-19 y luego porque la Secretaría de Educación Pública (SEP) canceló el presupuesto para el programa de convivencia escolar.

La estrategia, a la fecha suspendida, también tenía como propósito prevenir el ciberacoso sexual infantil, el sexting y cualquier tipo de violencia en redes sociales o en el uso de internet, así como el bullying y contra la violencia de género.

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El programa contaba con varias acciones que iban desde colocar un buzón escolar de denuncia del abuso sexual, hasta que el personal adulto utilice baños diferentes a los de los alumnos, al considerarse un lugar de riesgo para los niños. Las medidas incluían realizar un diagnóstico de la infraestructura escolar para identificar otras zonas de riesgo como bodegas, espacios cerrados o lo que queda bajo llave sin supervisión y finalmente crear mecanismos de vigilancia permanente en cada plantel.

La Secretaría de Educación Pública no respondió al requerimiento de información de cuándo se planea retomar este plan para crear protocolos contra el abuso en escuelas.

En su Informe Es un secreto. La explotación sexual infantil en las escuelas, elaborado por la Oficina de Defensoría de los Derechos de la Infancia (ODI) a partir de los casos litigados en 18 escuelas, señala que las agresiones organizadas por maestros, directivos y personal de intendencia o administrativos tiene patrones delictivos orientados a la explotación sexual infantil.

En el estudio, que aborda casos en escuelas públicas y privadas de la Ciudad de México, Estado de México, Jalisco, Baja California, Morelos, San Luis Potosí y Oaxaca, un centenar de niños relataron que los abusos se perpetraron en los baños, las oficinas de la dirección, patios o salones.

Los protocolos, hasta ahora suspendidos, buscaban identificar esas zonas de riesgo.

El plan también abordaba que directivos y maestros estarían obligados a levantar actas de hechos, notificar a padres de familia y autoridades educativas, e incluso llegar hasta el ministerio público y darle seguimiento para no incurrir en responsabilidades.

En un listado de 25 acciones preventivas también se incluyó que los maestros tendrían que dirigirse con respeto, evitar apodos o sobrenombres de cualquier tipo, más aún los de connotación sexual, así como evitar “palabras con contenido sexual, lascivos o de enamoramiento”.

En todo momento se deben “evitar insinuaciones, miradas lascivas” que atenten contra la dignidad y la libertad sexual”, no acariciarlos, rozarlos, pegarles, “tocarles los senos, las piernas, darles masajes, saludos de beso, entre otras, que impliquen acciones dolosas con sentido lascivo”. Ello incluye invitarlos a salir o relacionarse fuera de la escuela bajo cualquier pretexto.

Como el protocolo se desarrolló previo a la pandemia se prohibía que tuvieran contacto con los niños y adolescentes en sus celulares o en el Facebook u otras redes sociales, así como entablar comunicación a través de esos medios.

La estrategia sugerida por el grupo de expertos convocados por el Sistema de Protección Integral de los Derechos de las Niñas, Niños y Adolescentes (Sipinna)  junto con autoridades estatales de educación para echar a andar los protocolos en agosto de 2020 quedó suspendida debido a que no se iniciaron clases presenciales en las escuelas por la emergencia sanitaria.

La implementación debía ocurrir a través de trípticos, videos, periódicos murales, sesiones informativas o conferencias con expertos para niños, padres de familia y trabajadores. Lo único que se ha hecho, a la fecha, son algunas sesiones informativas virtuales, pero sólo en 98 mil de los más de 230 mil planteles públicos y privados.

Un programa a medias y sin recursos

En el Programa Nacional de Convivencia Escolar, creado en 2016, la Secretaría de Educación Pública impulsó la creación de protocolos de atención a la violencia en las escuelas, a partir de diversas recomendaciones de la Comisión Nacional de Derechos Humanos.

Un año después, en al menos diez entidades el protocolo fue publicado en las gacetas o periódicos oficiales y en el resto de las entidades del país, incluida la Ciudad de México, el protocolo de actuación quedó solo a nivel de lineamiento o herramienta de actuación.

En algunas entidades se desarrolló una primera versión general para prevenir y atender la violencia en la escuela, orientado más al acoso al interior de las aulas, pero en la administración pasada se incluyó una “Guía de observación de apoyo para identificar indicadores de riesgo de abuso sexual infantil”.

El documento se presentó ante los secretarios de educación y se entregó a las 32 entidades, en cada una de ellas se adicionaron directorios y acciones para fortalecer la prevención y la denuncia.

Esa fue la primera vez que la SEP especificó en un documento las acciones para abordar el tema e incluso estableció como ruta de denuncia notificar a las procuradurías de protección de niñas, niños y adolescentes. Se elaboraron materiales gráficos y se desarrollaron talleres para docentes de educación básica, pero sólo se trabajó con 17 millones de los más de 25 millones que existen en el país.

En los últimos cuatro años, este programa de convivencia, en donde se desarrollaban las acciones con el Sistema de Protección Integral de los Derechos de las Niñas, Niños y Adolescentes (Sipinna) para arrancar con los protocolos, vio disminuido su presupuesto hasta desaparecer. Tuvo asignados 350 millones de pesos en 2016, luego 223 millones de pesos en 2020, y en este 2021 no tuvo recursos etiquetados.

David Calderón, de Mexicanos Primero, dijo que avanzar en la integración de acciones más específicas ha sido difícil en el último año por el cambio de funcionarios en la SEP, en el mismo Sipinna, la emergencia sanitaria de Covid-19 y el recorte presupuestal.

Los estados y protocolos contra el abuso

Las secretarías de educación de los estados tardaron hasta tres años para armonizar los protocolos propuestos desde SEP y Sipinna en las entidades. En Coahuila, Jalisco, Tabasco, Veracruz, Nuevo León, Quintana Roo, Sonora, Chiapas y Zacatecas el protocolo fue adoptado como ley o acuerdo secretarial, de manera que fue difundido en las gacetas o periódicos oficiales.

En el resto de las entidades del país el documento que presentó la SEP se tradujo en un lineamiento más para el trabajo de las escuelas.

En algunas entidades como Chihuahua existen antecedentes legales como la Ley de Seguridad Escolar del 31 de julio de 2004, a la que ahora sólo se le adiciona el protocolo y la guía. Lo mismo ocurrió con San Luis Potosí en donde se incorporó a la ley de prevención y seguridad escolar.

En Chiapas, el protocolo fue agregado como parte del plan estatal de educación en la presente administración, mientras que en Zacatecas el documento se tomó como base para generar un protocolo de actuación acasos de abuso y acoso sexual que atienda la violencia contra las mujeres.

Las escuelas que están inscritas en el programa de convivencia mantienen aún actividades de asesoría y capacitación a maestros en el actual ciclo escolar, dado que son parte del padrón de planteles que recibió hasta diez mil pesos por tener un proyecto para promover la convivencia escolar.

Durante la etapa de capacitación de docentes al inicio del ciclo escolar 2020-2021, en medio de la pandemia, los directores, maestros, supervisores y asesores pedagógico recibieron capacitación, o aún lo hacen hasta hace unos días, para conocer a detalle el protocolo, la guía y el procedimiento para un acta de denuncia de hechos.

En una de esas sesiones una de las capacitadoras le advirtió en la sesión de Consejo Técnico: “es más peligroso matizar que informar de manera clara a los padres de familia y a las autoridades cómo sucedió el abuso”.

Pero para la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), el protocolo que se desconoce en la mayoría de las escuelas de educación básica, “busca criminalizar a los maestros, los pone en alto riesgo y les asigna labores para las cuales no estamos capacitados, como de abogados, psicólogos o médicos”, dijo Francisco Bravo, dirigente sindical.

Explicó que en el caso del abuso sexual que ocurre en los domicilios por parte de familiares o conocidos, los maestros están obligados incluso a presentar la denuncia ante el ministerio público si los niños llegan y les cuentan lo ocurrido.

“Pero hemos sabido de casos en la Ciudad de México en donde los maestros, los directores han sido agredidos por los abusadores, una vez que se enteraron de la denuncia. Muchas veces las familias no creen lo que los niños dicen, entonces las mamás niegan el hecho y somos los maestros lo que quedamos expuestos”.

En el caso del abuso sexual en las escuelas, agregó, es claro, si alguien comente un delito de esa naturaleza, “tenemos que actuar en cuanto eso ocurra y estamos de acuerdo, sólo que nosotros no debemos ser responsables ante el ministerio público”, indicó el dirigente sindical.

El protocolo que cada entidad ajusta contiene además de su presentación, la exposición de objetivos y un marco conceptual, incluye acciones de Prevención, detección y actuación en casos de abuso sexual infantil, acoso escolar y maltrato.

En esas adaptaciones al documento por entidad se observa que Veracruz, al publicar el protocolo en septiembre de 2019 definió que los casos abuso sexual en las escuelas ocurren en diferentes formas, además del abuso sexual, como violación, estrupo, acoso sexual, hostigamiento, pederastia, corrupción y pornografía, conceptos que define el Código estatal en Materia Penal.

Otro como Yucatán fortalecieron la guía con las aportaciones de la fiscalía estatal, la Procuraduría de la Defensa del Menor y la Familia, la Comisión de Derechos Humanos del estado, la Comisión Ejecutiva Estatal de Atención a Víctimas, la Unidad de Clínica e Investigación Victimológica de la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Yucatán y la Secretaría de las Mujeres.

Lee más: Explotación sexual infantil: patrones que se han identificado en escuelas de México

Sindicato a la defensa

Lorenzo Gómez Morín, exsubsecretario de Educación Básica, aseguró que “es preocupante que hasta ahora no tengamos una política articulada para atender este que es un tema que va más allá de la escuela, que está relacionado con una política pública sobre el cuidado de la infancia”.

Hasta ahora, agregó, ha sido difícil dimensionar el problema en el país porque o no se denuncia y si se logra hacer no hay mecanismos para fincar responsabilidades de la dimensión de las agresiones. De los casos que se denuncian es poco probable que tengan un seguimiento por parte de la autoridad.

Refirió que para el diseño de una política se requiere establecer qué hacer frente a los procedimientos del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), en particular, como instancia de defensa de los maestros. “Es un problema real, presente. A mí me tocó enfrentarlo, los maestros, agresores, son defendidos por el sindicato”.

Explicó que más allá de los protocolos y guías que impulsa la SEP “se requiere de la acción, de la voluntad política para que no sean pocos los casos que concluyen en un castigo” a los agresores.

En 2010 se publicó el “Procedimiento para cesar al personal de la secretaría que acosó y abusó sexualmente de los alumnos: legislación, evidencia y recomendaciones para el cambio”, una investigación del ITAM. Ahí se identificó que los errores más comunes para levantar un acta administrativa eran: errores en la realización de la notificación del acta administrativa, falta de precisión o inconsistencias de la testimoniales vertidas por los testigos de cargo, la existencia de un testigo único, la inclusión de testimonios de oídas y el auxilio indebido a los testigos de cargo al rendir sus declaraciones.

“Entre los errores típicos podemos contar el no anotar con precisión la hora y el lugar del levantamiento, o bien, cometer errores al escribir el nombre del trabajador o su representante sindical”.

El estudio que se hizo entre 1998 a 2008 a partir de 229 actas por abuso sexual y 337 por acoso sexual reveló que 44.10% de las actas de abuso sexual y 48.65% de las de acoso sexual derivaron en una demanda, esto es, en un juicio de autorización de cese ante el Tribunal Federal de Conciliación y Arbitraje (TFCA).

En 20.96% de las actas de abuso fueron declaradas improcedentes, lo cual significa que no procede sanción alguna debido a errores en el levantamiento del acta, o bien, debido a que la evidencia presentada no respalda la comisión de la conducta presuntamente cometida.

Otro 10.92% fueron devueltas a la autoridad que las levantó por contener errores y sólo 2.18% de las actas de abuso terminaron en un dictamen de sanción con “una suspensión sin goce de sueldo por cierto número de días, y en menor medida, un cambio de adscripción”.

Ese estudio, el único de su tipo, señala que la duración promedio de un juicio de autorización de cese fue de 3.43 años.

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COVID: las personas que han estado encerradas desde el comienzo de la pandemia

Rafael, de 38 años, habla de los temores que lo llevaron a seguir encerrado en su departamento a pesar de que ya se han levantado las restricciones y cuarentenas por el coronavirus.
14 de septiembre, 2022
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Rafael A.* recuerda las últimas tres veces que salió de casa como si fuera hoy.

“Paseé al perro en la cuadra de mi condominio, fui a sacar copias de documentos en una tiendita y tuve que ir a un shopping”, cuenta.

Estos episodios ocurrieron en marzo de 2020. Desde entonces, nunca ha salido del departamento de 45 metros cuadrados que habita en la Zona Norte de Río de Janeiro.

Para Rafael, la necesidad de permanecer encerrado por la pandemia de covid-19 hizo que su propia casa se convirtiera en una prisión, de la que aún hoy no puede salir, por temor a contagiarse de coronavirus y desarrollar la enfermedad más grave.

“Extraño mucho sentir el sol, ir al supermercado, ir al centro comercial…”, dice.

Como prueba viviente de este período, guarda varias botellas de alcohol que compraba para desinfectar alimentos u objetos, y una bolsa donde acumula la mayoría de los cabellos que comenzaron a caerse de su cabeza con mucha frecuencia durante este período.

Cuando se puso en contacto con BBC News Brasil para contar su historia, Rafael esperaba poder desahogarse, además de ayudar a otras personas en todo el mundo, que se encuentran en situaciones similares.

“¿Cuántas personas podrían estar atrapadas en casa ahora mismo, sentirse solas y no tener el apoyo necesario para salir de esta situación?”, se pregunta.

Cambio de hábitos

A sus 38 años, Rafael relata que ya hacía un tratamiento psicológico mucho antes de que estallara la pandemia, y podía salir de su casa con normalidad.

Otras crisis de salud recientes, como la gripe H1N1 en 2009 y el zika en 2015, no habían tenido un impacto tan grande en su rutina ni habían cambiado sus hábitos.

Las botellas vacías de alcohol que guarda Rafael como 'evidencia' de su época del aislamiento.

Archivo personal
Las botellas vacías de alcohol que guarda Rafael como ‘evidencia’ de su época del aislamiento.

Rafael trabaja como freelancer: da asistencia y apoyo a una persona con autismo, a la que ayuda con los trámites y las tareas del día a día.

Con la pandemia, todas las tareas pasaron a hacerse de forma remota, con intercambio de mensajes y llamadas.

De hecho, con la necesidad de un confinamiento por la propagación del virus, esta persona con autismo comenzó a ayudar mucho al propio Rafael, brindándole apoyo emocional y ayudándolo con tareas básicas, como llevarle algunas compras de supermercado.

Antes de la propagación del covid, Rafael compartía el departamento con su madre y dos sobrinos.

Sin embargo, el recrudecimiento de la pandemia, la necesidad de quedarse en casa y las exigencias de redoblar los cuidados de higiene generaron algunos conflictos entre ellos, lo que hizo que los otros tres familiares cambiaran de domicilio en 2020.

Durante ese período, Rafael desarrolló todo un sistema para adaptarse al día a día.

En el pasillo de entrada de su departamento, que da acceso a la sala de estar, colocó un pequeño baúl que delimita hasta dónde pueden ingresar mensajeros y familiares.

Al lado del baúl, instaló una mesa. Aquí es donde se dejan los pedidos de comida y farmacias. También hay bolsas con basura reciclable que se acumulan y solo se tiran cuando pasa alguien que conoce y se las lleva.

Sin embargo, cuando ocurren estas visitas, Rafael nunca se encuentra en el mismo ambiente. Al enterarse de que viene alguien, deja la puerta principal abierta y se encierra en la habitación hasta que la persona se va.

Al principio, la preocupación por la higiene era tan grande que incluso pedía comida a través de aplicaciones de entrega, pero, por temor al coronavirus, volvía a poner la comida en el horno.

“Muchas veces comía bocadillos y papas fritas quemadas porque dejaba la temperatura demasiado alta o por mucho tiempo”, dice.

“Hoy he mejorado un poco y ya no siento la necesidad de llegar a ese punto“, agrega.

Miedo

En estos dos años y medio de pandemia, algunos episodios han reforzado aún más los temores de Rafael.

Uno de los principales fue la muerte por covid-19 del comediante Paulo Gustavo, en mayo de 2021.

“Siempre he sido un gran admirador de su trabajo y pensé: ‘Si se muere un tipo rico como ese, imagínense lo que me puede pasar a mí, que no tengo dinero'”, recuerda.

Otro momento decisivo tuvo que ver con la vacunación contra la covid-19.

Cuando las dosis estaban disponibles para su grupo de edad, Rafael se enfrentó a un verdadero dilema: por un lado, sabía que las vacunas garantizarían una mejor protección contra el coronavirus; por otro lado, no se sentía cómodo saliendo de casa, exponiéndose y acudiendo a un centro de salud.

Comenzó entonces una verdadera epopeya en la que Rafael y sus compañeros y familiares intentaron convencer a un profesional de la salud para que acudiera al apartamento y le administrara allí la vacuna.

Después de mucho buscar, en diciembre de 2021, dos enfermeras de una clínica de salud familiar del barrio finalmente acudieron a la casa de Rafael, quien las recibió vestido con ropa especial, la que usan los científicos en situaciones de emergencia y con alto riesgo de contagio.

Rafael recibe una de las dosis de la vacuna contra la covid-19, equipado con un traje especial.

Archivo personal
Rafael recibe una de las dosis de la vacuna contra la covid-19, equipado con un traje especial.

El proceso se repitió unas semanas después, en enero de 2022, cuando necesitaba la segunda dosis.

“Tenía miedo de tener una reacción y tener que ir a un hospital, pero por suerte no sentí nada”, dice.

Y es precisamente por el miedo a los eventos adversos —además de la dificultad de convencer al equipo de un puesto de salud para que acuda al apartamento— que Rafael aún no se ha puesto la tercera dosis de la vacuna que protege contra la covid.

¿Cuál es el límite?

Rafael se angustia al ver que la gente está volviendo a la vida y abandonando todas las restricciones que han marcado los dos últimos años, como el uso de mascarilla, la higiene de manos y el distanciamiento físico.

La pandemia no ha terminado“, apunta.

“En el Carnaval vi a la gente de lejos, a través de la ventana del apartamento, celebrando, todos muy felices. No lo puedo entender”, admite.

Consultado sobre en qué situación cree que estará dispuesto a salir de casa y retomar la rutina, Rafael dice que revisa todos los días las noticias y gráficos sobre las muertes por covid registradas en Brasil.

“Para mí, el número ideal sería cero. Pero creo que a lo mejor me sentiré un poco más cómodo para salir cuando vea entre cinco y diez muertos por covid“, estima.

Además del seguimiento psicológico semanal, dice que también hizo citas con el psiquiatra, quien le recomendó el uso de medicamentos para aliviar la ansiedad.

Pero el miedo a sufrir algún efecto secundario —y tener que ir a urgencias— le hizo desistir de la idea de iniciar un tratamiento farmacológico.

Paulo Gustavo

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La muerte del comediante Paulo Gustavo por covid reforzó algunos de los temores de Rafael.

Más común de lo que se piensa

A pesar de llamar la atención, la historia de Rafael se repite, en mayor o menor medida, con otras personas, según expertos con los que habló BBC News Brasil.

Aunque no hay estadísticas oficiales sobre a cuántos les cuesta salir de casa y retomar su rutina en esta “nueva normalidad”, el psiquiatra Rodolfo Furlan Damiano, que no trata directamente con Rafael, admite que “esas historias aparecen en la rutina diaria de la oficina”.

“Son casos muy particulares, vinculados con un aumento en la prevalencia de los trastornos mentales en los últimos años”, contextualiza el médico, quien realiza un doctorado en el Instituto de Psiquiatría (IPq) de la Facultad de Medicina de la Universidad de Sao Paulo.

Damiano explica que, en los primeros meses de la pandemia, hubo incluso una disminución de padecimientos como la ansiedad y la depresión.

“Cuando nos enfrentamos a un gran problema colectivo, la tendencia inicial es a olvidarnos de las otras dificultades de la vida y enfocarnos solo en eso. Esto, en cierto modo, suma y genera sentido de pertenencia”.

“Pero a medida que pasa la pandemia sucede otro fenómeno. Vuelven las dificultades anteriores, que estaban latentes, y agregamos todos los dilemas extras relacionados con ese momento”, agrega.

Y, para las personas que ya tienen algún tipo de vulnerabilidad, todo esto representa una carga emocional muy alta, explica Damiano.

“Algunas personas pueden tener dificultades para adaptarse nuevamente y desarrollar condiciones como ansiedad, depresión o fobias”, concluye.

Rafael guarda en una bolsa el pelo que se le ha caído de la cabeza desde el inicio del confinamiento.

Archivo personal
Rafael guarda en una bolsa el pelo que se le ha caído de la cabeza desde el inicio del confinamiento.

“El mayor confinamiento de la historia”

El profesor Paul Crawford, del Instituto de Salud Mental de la Universidad de Nottingham, en Reino Unido, coincide en que el encierro prolongado y el aislamiento social tienen varios efectos nocivos sobre el bienestar, pero afirma que existen antídotos que ayudan a lidiar con esta condición.

En 2020 escribió un libro llamado “Claustrofobia: sobreviviendo el encierro durante la pandemia de coronavirus”, en el que exploró este tema en detalle.

Crawford define lo que hemos vivido en los últimos dos años y medio como “el mayor confinamiento de la historia”.

“Para algunos, quedarse en casa fue bienvenido y brindó la oportunidad de profundizar las relaciones con personas cercanas, como parejas e hijos. Para otros, la falta de contacto físico y la interminable comunicación digital tuvo un impacto emocional muy negativo“, compara.

Al recordar situaciones y episodios en los que las personas también están aisladas, como en prisiones, secuestros, viajes alrededor del mundo o vuelos espaciales, Crawford cita algunas estrategias que pueden funcionar y son buenas para la mente.

“En estos contextos, tener una estructura, establecer metas y crear propósitos para cada día son factores cruciales”, le dice a BBC News Brasil.

“También es importante tener acceso a áreas verdes, aceptar psicológicamente la ‘nueva normalidad’, ajustar las necesidades a la realidad, conectarse con otras personas, aunque sea en medios digitales, percibir el hogar como un santuario -y no como una prisión-, cuidar la salud, especialmente la alimentación y el ejercicio físico, y realizar actividades creativas y artísticas”, añade.

Crawford comprende la dificultad que algunos pueden sentir cuando se relajan las restricciones y la gente regresa a las calles.

“Muchos sienten ansiedad ante la posibilidad de tener contacto con el virus, ya sea por alguna vulnerabilidad de salud o por la muerte traumática de conocidos, amigos o familiares”, describe.

“Y algunos han convertido su hogar en un santuario tan cómodo y perdurable que, quizás, prefieren seguir viviendo adentro”.

El investigador cree que “todavía no se ha establecido una línea clara sobre cuándo un comportamiento así, basado en un confinamiento voluntario, es comprensible o patológico”.

“Lo que han hecho la pandemia y el confinamiento más grande de la historia es intensificar y hacer más palpables las formas en que el aislamiento social puede conducir al declive mental y la calamidad, y cómo el sufrimiento y los desafíos mentales a menudo llevan a las personas a aislarse o esconderse socialmente”, concluye el experto.

No está en tu cabeza

Para Damiano, ante la dificultad de retomar la rutina, el umbral entre la salud y la enfermedad está definido por la pérdida de la libertad.

“Cuando la persona ya no puede tomar sus propias decisiones y el contexto en el que vive es fuente de sufrimiento y angustia, ha llegado el momento de buscar un profesional de la salud”, indica.

La consulta con el psiquiatra y el psicólogo es fundamental para diagnosticar el trastorno, investigar los orígenes del problema y, por supuesto, iniciar el tratamiento más eficaz.

Un psicólogo tomando notas

Getty Images
Ver a un especialista en salud mental es uno de los primeros pasos para deshacerse de los trastornos que causan angustia.

Algunos casos se resuelven con psicoterapia. El método consiste en sesiones estructuradas de conversaciones con un especialista, quien analizará comportamientos, emociones y pensamientos para cambiar lo que no es ideal.

En otros, la medicación también es fundamental para complementar este proceso y estabilizar el cuadro.

Damiano insiste en que, como ocurre con cualquier otra enfermedad, los trastornos mentales deben tratarse con respeto: tener depresión o ansiedad no es “solo algo que está en la cabeza” o “un tema de fuerza de voluntad”, como algunos dicen de manera equivocada.

“Son problemas que cualquiera puede tener, y es importante que la gente busque ayuda cuando sienta la necesidad”, señala.

Entre miedos y adaptaciones, Rafael sigue viviendo su vida, con la esperanza de algún día volver a sentir el sol.

“No estoy loco. No robo dinero. No hago daño a la gente. Sé hablar bien”, dice.

“Pero mi situación siempre me hace pensar en otras personas que pueden estar en una situación similar, o personas con ansiedad, bipolaridad o esquizofrenia, que quizás no tengan el apoyo de nadie”, concluye.

*El apellido de Raphael se ha omitido para proteger su identidad.

Este texto fue publicado originalmente en portugués aquí: https://www.bbc.com/portuguese/geral-62834973


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