Bolear y vender dulces, el camino de una madre ante crisis por COVID
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Bolear zapatos a domicilio y vender dulces en camiones, el camino de una madre para enfrentar la crisis por COVID

El ingreso promedio de los trabajadores no asalariados -como Judith- es de 276 pesos. En el caso de las personas trabajadoras del servicio público de limpia es de 242 pesos y de las trabajadoras del hogar de 350 pesos, sin embargo, durante abril de 2020, los ingresos de algunos de estos trabajadores fueron de cero pesos.
Archivo Cuartoscuro
Por Dalila Sarabia
24 de julio, 2021
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Hubo días en los que Judith Alfaro boleó solo un par de zapatos. Con los 25 pesos que dieron tuvo que hacer malabares para llevar alimento a su casa.

Siguiendo los pasos de sus padres y su hermano, desde hace ocho se dedica a bolear zapatos en la zona de San Ángel, en la alcaldía Álvaro Obregón. En promedio, cuenta, en una jornada de trabajo se hacía de 150 pesos que estiraba lo más posible para costear las necesidades básicas de ella y sus dos hijos: un joven de 22 años y una niña de ocho. Cuando había mucha chamba, subraya, podía ganar hasta 200 pesos. “Esos días eran los mejores”, recuerda.

A inicio del 2020 empezó a escuchar sobre una nueva enfermedad: el COVID-19. Algunos de sus clientes le decían que no era cierto y que de serlo no llegaría a México porque eso estaba pasando en China, otros le decían que sería como cuando llegó la influenza AH1N1 y la ciudad tuvo que ser cerrada por 10 días. Nadie pensaba que a un año y cuatro meses del primer caso positivo la pesadilla seguiría.

“Mis papás trabajan muy cerca de mi lugar (donde boleaba), entonces nos poníamos todavía porque aún iba un poco de gente mientras se hacía oficial lo del confinamiento, pero después pasaban las autoridades y ya no nos dejaban poner. Ha sido muy difícil el poder tener el sustento de la casa, ya que casi vamos al día y ahora con la escuela en casa tenemos que pagar el internet porque sino pues nuestros hijos no reciben educación”, dice Judith.

Entérate | 84% de quienes perdieron su empleo por la pandemia fueron mujeres: Inegi

 La esperanza de que la situación no se complicara tanto era que su hijo trabajaba en una cafetería. Hacía unos meses el joven había hecho su examen para entrar a la universidad, pero desafortunadamente no se quedó. Tomar un trabajo temporal para ayudar a su mamá en los gastos de la casa -mientras volvía a presentar su examen- parecía una excelente opción, pero en mayo de 2020, apenas dos meses después de iniciado el confinamiento, fue despedido.

Para la mujer de 38 años quedarse en casa nunca fue una opción. Si no salía a trabajar ella y sus hijos no comerían e incluso, corrían el riesgo de perder su hogar pues cada mes, sin falta, debe pagar la renta.

Desempleo informal ante COVID

Al principio de la crisis sanitaria por el COVID, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) previó que a nivel mundial mil 600 millones de personas trabajadoras de la economía informal estarían entre las más severamente afectadas y que perderían, al menos, el 60% de sus ingresos. 

Con información tomada del INEGI, la organización Mujeres en Empleo Informal: Globalizando y Organizando (WIEGO, por sus siglas en inglés), estimó que hasta 2019 el empleo total de la Ciudad de México, incluyendo el área metropolitana, era de 9 millones 378 mil 477 personas, de las cuales el 42% eran mujeres y el 58% hombres. El empleo informal representa el 51.3% del empleo total e incluye, por ejemplo, 397 mil 672 personas trabajadoras del hogar y 375 mil 717 personas comerciantes en tianguis y sobreruedas.

Pero también están los voluntarios de limpia, los aseadores de calzado, los organilleros y los fotógrafos de fiestas, por mencionar solo algunos.

El ingreso promedio de los trabajadores no asalariados -como Judith- es de 276 pesos. En el caso de las personas trabajadoras del servicio público de limpia es de 242 pesos y de las trabajadoras del hogar de 350 pesos, sin embargo, durante abril de 2020, cuando se vivió la etapa más restrictiva del confinamiento los ingresos de algunos de estos trabajadores fueron de cero pesos, especialmente entre los trabajadores no asalariados.

De acuerdo con datos de WIEGO en abril de 2020 sólo el 39% de los trabajadores no asalariados pudieron salir a trabajar y durante el segundo semestre del 2020, cuando las restricciones sanitarias fueron aminorando, esto no se tradujo en más trabajo para este sector de la población pues apenas el 36% pudo salir a trabajar obteniendo ingresos muy por debajo de lo que ganaban antes de la pandemia.

Servicio a domicilio

Judith tomó la computadora y en hoja en blanco escribió su nombre y teléfono. Anotó el servicio que ofrecía, descargó la imagen de un bolero y mandó a hacer muchas copias.

“Como mucha gente no ubica el oficio de aseador de calzado, sino que nos ubican más como boleros, entonces ya le puse así y le puse un dibujito referente. Saqué muchas copias y con diurex las anduve pegando en las unidades habitacionales… les pedía permiso a los vigilantes”, explica.

Hubo días en los que su celular nunca sonó, y otros en los que le pedían una, dos o tres boleadas, así que tomaba su cajón de madera e iba a las casas a asear los zapatos que le pidieran.

“Cuando empecé pues no me conocían y tenía yo que estar boleando afuera de su casa, ahí me sacaban los zapatos. Cuando acababa les tocaba y ya se los entregaba”, detalla.

Aunque poco a poco se fue haciendo de clientes, el trabajo escaseó muchísimo. Si la gente estaba confinada, ¿para qué querían zapatos impecables?, de hecho, ni siquiera usaban zapatos. Mientras, en casa de Judith ya no solo se necesitaba lo básico, sino que ahora si quería que su hija no perdiera el ciclo escolar tenía que contratar internet.

En entrevista telefónica, Judith reclama que en todo este tiempo no ha recibido ningún apoyo del gobierno federal y que, aunque el gobierno de Claudia Sheinbaum la apoyó con dos entregas de mil 500 pesos, es un recurso que resultó más que insuficiente.

Venta de dulces

Sin darle tantas vueltas y con la urgencia de que su hija continuara con sus estudios, Judith juntó algunos pesos que tenía y compró chicles y otras golosinas. Las vació en una bolsa y se fue a venderlas a camiones y microbuses que circulan en Calzada de Tlalpan.

“Con lo que realmente he salido adelante es ir a vender dulces a los camiones. Al principio fue difícil porque los choferes y checadores no me conocían y la verdad es que otros vendedores me prohibían algunas rutas, son muy territoriales. Yo les contaba mi situación y la de mi pequeña y como que se fueron suavizando poco a poco”, comparte Judith.

Poco a poco la fueron conociendo y aceptando por lo que hasta la fecha enfrenta la pandemia vendiendo dulces en el transporte público. Dice que hay días que quisiera quedarse más tiempo a vender golosinas, hasta la noche, pero no quiere descuidar a su hija y debe darle seguimiento a sus avances escolares y ayudarle con las tareas.

También mantiene algunos clientes que la llaman para que bolee algunos zapatos. Ya no la dejan trabajando afuera de su casa, dice, en algunos casos la dejan pasar o dejan que se lleve los zapatos a su domicilio y que un par de días después los regrese aseados.

Ha intentado volver a poner su silla en San Ángel, en donde de lunes a viernes trabajaba de 08:00 a 16:30 horas, pero no es viable. No hay trabajo.

“Hemos tenido que buscar el sustento de otras formas pues nuestro oficio básicamente lo sustentan los clientes, los oficinistas, la gente que va al Metrobús, entonces al estar en confinamiento pues la realidad es que no tenemos trabajo. Ahorita muy pocos han regresado a oficina, pero ya no van de traje como antes, van informales y de todos modos no se bolean y yo me imagino que ellos están en la misma situación, han de decir ‘o gasto para una boleada o lo ocupo para comer’”, explica Judith.

Cuando lo que gana no le ajusta siquiera para comer, Judith dice que pide prestado a sus familiares y acepta el taco que sus papás le invitan. Cuando ellos, también boleadores sin empleo, no tienen qué comer y ella sí, les comparte un poco.

Su prioridad es costear mes con mes la renta del lugar donde vive y la cuenta del internet para que su hija continúe sus estudios.

“La necesidad nos hizo sacar todas estas estrategias porque ya no tenía para pagar el internet que tuve que contratar específicamente para la escuela”, agrega.

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“No necesito GPS ni mapa, todo lo tengo en la cabeza”: el camionero de 90 años que se rehúsa a jubilarse

Brian Wilson conduce camiones desde que era adolescente y por ahora no piensa en abandonar el volante.
13 de noviembre, 2022
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Brian Wilson, de 90 años, es uno de los camioneros activos más longevos del mundo.

Y, después de más de 70 años en la carretera, aún no tiene planes de poner el freno de mano.

Brian ni se preocupa por tener un GPS. Sí tiene un atlas de carreteras, aunque dice que es de hace “unos 40 años” y que, de todos modos, lo tiene guardado en el maletero del coche.

“No necesito GPS ni mapa”, asegura. “Todo está aquí arriba”. Sonríe y se golpea la sien para reforzar el punto.

Estamos sentados en la cabina del camión de 1993 de Brian. Junto a los modernos camiones Scania alineados en este predio logístico en las afueras de Sheffield, Inglaterra, el suyo se destaca.

La palanca de cambios está pegada con cinta adhesiva, la tapicería ha tenido días mejores y huele a tabaco.

Según Guinness World Records, el hombre de mayor edad con una licencia para conducir vehículos de gran peso es el británico Jack Fisher, con 88 años y cuatro días, al 27 de enero de 2021.

Brian Wilson al volante de su camión.

BBC
Brian ha sido invitado por Guinness World Records a presentarse para ser reconocido como el conductor de vehículos pesados más longevo del mundo.

Ahora, Brian ha sido invitado a hacer su propio reclamo en el registro mediante la presentación de pruebas de edad y ocupación. “Realmente no pienso en eso”, dice. “Solo salgo a trabajar”.

Si solo está siendo modesto o práctico es difícil saberlo.

Imposible no trabajar

Un paquete de 20 cigarrillos, un encendedor, una copia del Daily Mirror y trapos ocupan el espacio entre nuestros asientos.

“Me inquieto cuando no estoy trabajando”, dice.

Brian muestra algunas fotografías, mientras hacemos un viaje por el camino de la memoria, desde que era un joven soldado hasta la etapa nonagenaria.

Hay una imagen suya de vacaciones. Está sentado en una mesa, leyendo un periódico. No parece un hombre de vacaciones.

“Dos o tres días sin trabajar, sin hacer nada, y ya tuve suficiente”, dice. “Tengo que estar haciendo algo. Siempre quiero volver al trabajo“.

En la industria del transporte, se le conoce como “un original”. Mientras que otros confían en las cinchas de amarre con hebillas para asegurar las cargas, Brian prefiere la forma antigua, usando cuerdas y láminas.

Es un arte que se está muriendo, dice.

Brian le da crédito a su tío por haberle enseñado a conducir a los 16 años, aunque su carrera militar en la década de 1950 indudablemente agudizó sus habilidades.

En la década de 1960, después de un periodo repartiendo gasolina para Esso, Brian se unió a la empresa de transporte de su padre Edward: E. Wilson e Hijo.

Hoy es dueño del negocio familiar, que principalmente transporta resortes de acero.

“Todos los jueves me levanto a las 4:00 en punto, listo para salir de casa a las 5:15”, narra.

Brian desgrana sus “gotas” del día. “Leicester, Tamworth, Redditch, Birmingham, Telford (…) haré unas 300 millas (casi 500 kilómetros)”.

La lejana jubilación

Brian es un hombre de pocas palabras y las hace valer. Su actitud se suaviza cuando veo su anillo de bodas.

“Llevamos casados ​​67 años”, dice sonriendo. “Tenía 15 años cuando Mavis y yo nos conocimos en una feria”.

Me muestra una fotografía con su pareja tomada en su aniversario de bodas de rubí, es decir, cuatro décadas juntos. “Todavía nos cuida a todos”, dice.

A Brian puede que le ocurra como a su madre, Gertrude, que vivió hasta los 102 años.

Al igual que su camión, Brian tiene que pasar por un control de salud completo cada año, y el próximo vence antes de Navidad.

Si su médico de cabecera lo considera apto para trabajar, Brian tiene la intención de continuar durante al menos otro año antes de considerar jubilarse.

“También depende de cómo esté mi mujer”, añade.

Otros transportistas hablan muy bien de él.

De vuelta en la cabina de su camión, Brian reconoce que habrá algunos que crean, a los 90 años, que es demasiado mayor para conducir un automóvil y mucho menos un camión.

“Lo sé, lo sé”, dice, mirando por la ventana. “Pero sabré cuando sea el momento”.

“Es un sorteo quién se retirará primero”, agrega Brian. “Si el camión o yo”.

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