Ojo de fuego en Golfo de México: denuncian opacidad en acceso a información
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Ojo de fuego en Golfo de México: ambientalistas y científicos denuncian opacidad en acceso a información

Científicos aseguran que medir los impactos de un accidente como el provocado por la fuga en el gasoducto de Pemex es muy difícil, por lo que no es posible descartar de lleno la posibilidad de que el ecosistema haya sido afectado.
Pemex
Por Agustín del Castillo/Mongabay Latam
10 de julio, 2021
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El accidente del pasado 2 de julio en las inmediaciones de la plataforma KU-Charly, en el Golfo de México, de donde se extrae más de un tercio del petróleo que produce el país, dio la vuelta al mundo: un derrame de gas tras la fractura de un ducto 80 metros bajo el mar ocasionó un espectacular “ojo de fuego”.

Petróleos Mexicanos (Pemex), la empresa estatal más grande del país, reportó que la fractura del ducto fue producto de una tormenta eléctrica intensa y que hidrocarburo, al migrar hacia la superficie marina, se  incendió debido a las descargas eléctricas que cayeron en el mar. El incendio consumió todo el gas y la fuga fue reparada al sellarse con nitrógeno, señala el comunicado. La empresa aseguró, además, que ya está bajo control el incidente y el gobierno mexicano descartó algún daño permanente a los ecosistemas al haberse liquidado la totalidad del gas en unas cinco horas.

Lee: Pemex descarta daño ambiental por incendio en zona de plataformas de Campeche

Sin embargo, científicos y ambientalistas aseguran que, por tratarse de una zona restringida por el gobierno mexicano, no han tenido acceso al lugar, por lo que no han podido corroborar que efectivamente no haya habido daños. Además, expertos apuntan a que determinar los impactos de un accidente como este en el  mar es particularmente difícil debido a la dispersión de los contaminantes.

En ese sentido, el investigador Héctor Reyes Bonilla, de la Universidad Autónoma de Baja California (UABC), señala que es muy complicado tener certeza de las afectaciones a los ecosistemas, debido a que “los arrecifes están muy lejos; para cuando uno llega a ver qué pasó, el océano ya mezcló y diluyó todo”, dice. El experto sostiene que, por ejemplo, “los accidentes del Ixtoc (1979) o del Deepwater Horizon (2010), en el mismo Golfo de México, fueron miles de veces mayores, y aun así costó trabajo encontrar afectaciones ecológicas a largo plazo”.

Lo que sí se sabe es que el evento generó una masiva emisión de contaminantes a la atmósfera. “Los datos de Copernicus (una plataforma virtual de observación a partir de imágenes satelitales utilizada por investigadores) indican una elevación monstruosa de NO2 que se extendió hacia todos los estados costeros de esa región del país”, agrega Reyes Bonilla, lo que, según el experto, representa un serio problema de salud pública que se invisibiliza al tener efectos crónicos y no agudos.

Unas 25 organizaciones de la sociedad civil solicitaron al gobierno que investigue y sancione los hechos que dieron lugar al incendio y que se elabore un estudio detallado de los impactos, así como un plan de reparación del daño.

“El valor de los arrecifes en la Sonda de Campeche, donde ocurrió el accidente, es muy grande, conecta a otros arrecifes del golfo y del mar Caribe, por eso hay que hacer evaluaciones y revisar el efecto de los posibles impactos”, dice Lorenzo Álvarez Filip, investigador de la Unidad Académica de Sistemas Arrecifales de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

La opacidad de la información

La doctora en derecho ambiental por la Universidad de Guadalajara, Carla Aceves Ávila, señaló que “llama la atención el escaso rigor técnico con que se ha tratado esta emergencia, y el evidente desaseo al evitar dar una explicación general de lo ocurrido”. Además, agrega que “la ambigüedad que se ha observado en las muy escasas declaraciones de las autoridades responsables evidencia una gran opacidad y hermetismo incompatibles con la transparencia y rendición de cuentas”.

Pero la falta de información preocupa a la comunidad científica y a los ambientalistas no solo respecto del accidente el pasado 2 de julio, sino sobre la posible frecuencia con que pueden estar ocurriendo incidentes “menores” con un alto potencial de daños crónicos para las poblaciones de más de 5 mil especies marinas que habitan el área.

El investigador Lorenzo Álvarez Filip recuerda que en octubre de 2019 se registró otro incidente, “menos espectacular, que no llenó los periódicos, pero que a diferencia de éste último, fue derrame de petróleo crudo y esos miles de litros afectaron al Cayo Arcas”, dice. “Petróleos Mexicanos demoró cinco meses en reconocerlo públicamente”, asegura el experto. “El punto es que esto fue muy impresionante y dio la vuelta al mundo, pero el estrés crónico de incidentes menores puede ser más dañino, menos espectacular, pero a la larga hacer más daño y es de lo que no hay información puntual”, añade.

“Es evidente el riesgo que las instalaciones petroleras y su escaso mantenimiento implican para el medio ambiente y para la seguridad de las personas”, difundió Greenpeace México. Sin embargo, de acuerdo a un informe elaborado por la organización civil Cartocracia, dedicada a promover la transparencia y el acceso público a la información socioambiental georreferenciada, “en México no se realizan mediciones directas de emisiones en el sector de hidrocarburos, no se tiene un sistema de inspección y vigilancia eficiente, y no se puede constatar que las instalaciones del sector se encuentren en un estado adecuado”.

Por lo mismo, Álvarez destaca la relevancia de que Pemex no solo permita la total transparencia sobre esta clase de incidentes, sino que informe a la sociedad sobre los recursos que destina al mantenimiento de su infraestructura. Álvarez coincide con Reyes Bonilla en que “debe haber monitoreo sistemático, estratégico y abierto”, aunque agrega que “posiblemente haya datos, pero no necesariamente se abren al público, y eso debe ser fundamental”.

Organizaciones exigen el cumplimiento de los compromisos

El activista Rodrigo Navarro, miembro de la Fundación Ocean Futures Society, presidida por Jean-Michel Cousteau, asegura que mantener una apuesta fuerte por los combustibles fósiles y buscarlos cada vez más en lo profundo del mar, traerá consecuencias negativas al patrimonio natural del país. “Cada vez es más común hacer exploraciones de petróleo en ductos muy profundos […] el problema es que al ser tan profundos, cualquier mal tiempo, que ahora también son más comunes, puede ocasionar daños en la infraestructura y fugas con altísima probabilidad de incendiarse”, dice Navarro.

Y no solo eso, agrega el experto, sino que la posibilidad de que se derramen miles de litros de crudo produciría “la muerte de toda la cadena alimenticia en muchos kilómetros cuadrados a la redonda”, asegura.

Foto: Pemex

Por otra parte, el activista repara en que “la exploración petrolera en mar profundo es un sinsentido en esta época en que se trata de no vivir de los combustibles fósiles”. Sobre todo en un país que en 2019 se ubicaba en el cuarto nivel mundial en emisiones de dióxido de azufre, según un análisis de Greenpeace realizado a partir de datos rastreados por la NASA.

El pasado 5 de julio, 25 organizaciones ambientalistas y de derechos humanos de México, encabezadas por la Alianza Mexicana contra el Fracking, señalaron en un comunicado conjunto a la opinión pública que el complejo Ku-Maloob-Zaap, donde ocurrió el accidente, aporta alrededor de 40% de los 1,68 millones de barriles diarios de crudo que produce Pemex.

Las organizaciones señalaron que, de acuerdo a la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos, cada barril de petróleo extraído emite cerca de 235.7 kilogramos de dióxido de carbono (CO2), “por lo que este complejo emite cada día 158 390 toneladas de CO2 a la atmósfera, contribuyendo al calentamiento global”. De hecho, en 2020 las emisiones de gases de efecto invernadero de la petrolera aumentaron 12.5%, según un reporte de la misma paraestatal.

Puedes leer la nota completa en Monbagay Latam

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Así lucha el COVID contra las vacunas para intentar escapar de ellas

El virus lucha constantemente contra las vacunas para intentar escapar de ellas. Sin embargo, nuestros linfocitos B productores de anticuerpos también pueden “mutar” para hacerle frente.
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20 de julio, 2021
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Las variantes de SARS-CoV-2 y su contagiosidad están causando una gran atención mediática en las últimas semanas.

A medida que ha ido pasando el tiempo, el virus ha ido cambiando. Ha introducido mutaciones puntuales en su secuencia génica, muchas de las cuales se traducen en cambios de aminoácidos de sus proteínas.

Con estos cambios, el virus adquiere ventajas evolutivas en el proceso de adaptación a nuestras células y organismos, que son el medio en el que se replica.

Este proceso de adaptación no implica necesariamente una mayor virulencia, pero si avances en mejorar la unión al receptor, una optimización de su replicación, la producción más efectiva de partículas virales y su transmisión, la modulación de la patología o, eventualmente, el escape parcial de alguno de los mecanismos inmunes.

Cuando no teníamos vacunas, el virus campaba a sus anchas

Uno de los mecanismos inmunes más importantes frente a la infección es la producción de anticuerpos por parte de los linfocitos B y su capacidad de reconocer y neutralizar al virus.

Hasta el comienzo de la campaña de vacunación, cada vez que el SARS-CoV-2 infectaba a alguien, se encontraba con el reto de superar las distintas barreras del hospedador infectado.

Pero si el individuo no había contagiado previamente, había pocas posibilidades de que el virus se encontrase con algún anticuerpo que le reconociese.

De esta forma, en cada infección, las mutaciones que el virus pudiera generar iban a ser seleccionadas e incorporadas en las nuevas partículas virales en la medida en la que supusieran ventajas evolutivas independientes del escape de los anticuerpos.

Pero cuando se encuentra con personas vacunadas, el escenario cambia.

Un trabajador sanitario muestra ampollas que contienen la vacuna Sinovac contra la Covid-19 hecha por Biopharma en Indonesia el 22 de junio de 2021.
EPA

Sin vacunas el virus campaba a sus anchas

Un obstáculo en el camino: las vacunas

La evolución en general, y la de los virus en particular, está determinada por las condiciones reproductivas en un determinado medio.

En virología existe un concepto denominado “viral fitness”, que podría ser traducido como aptitud viral, que determina la selección de aquellas partículas virales que introducen cambios para replicarse y transmitirse de forma más efectiva.

En otras palabras, se seleccionan virus más aptos al contexto de infección con el que se van encontrando.

Cuando el virus se encuentra a más personas con inmunidad, se ve obligado a enfrentarse a las defensas con las que antes no se encontraba, además de tener que competir entre sí con otras variantes.

De esta forma, las variantes que “ganarán” serán aquellas que tengan una ventaja sobre variantes previas, no preparadas para ese nuevo escenario inmune.

Por tanto, las variantes que escapen del efecto de las vacunas serían, en teoría, las que se impondrían sobre otras. En este escenario, las vacunas dejarían de funcionar a medio o largo plazo.

Fortaleza de las vacunas

Esta situación, que pudiera parecer descorazonadora en cuanto al papel de las vacunas en la pandemia, esconde un paradigma que juega en contra del virus.

Ya conocemos la capacidad de los anticuerpos neutralizantes de bloquear la unión de la proteína S del virus a la célula hospedadora. Al prevenir esta unión, el virus no nos llega a infectar.

Para escapar de esto, una estrategia que podría utilizar una nueva variante del virus sería cambiar la región de esta proteína S donde se unen estos anticuerpos para así no ser neutralizada.

Sin embargo, estos cambios que parecieran una ventaja para el virus suponen también un coste.

Al situarse los cambios en la misma zona empleada por la proteína S para unirse al receptor celular, podría empeorar su unión al receptor y reducir, a su vez, su capacidad infectiva.

Los virus tratan de solventar este paradigma de “lo que se gana por lo que se pierde” con mutaciones que afecten mínimamente a su capacidad infectiva y replicativa y que, al mismo tiempo, sean capaces de evadir parcialmente las defensas del organismo.

Como resultado de esta continua adaptación, el virus cambia parcialmente algunas de sus proteínas más inmunogénicas, como la proteína S, en un proceso denominado deriva antigénica.

Los virus de la gripe son uno de los más estudiados en cuanto al proceso de deriva antigénica.

Esta es la fuerza responsable de la aparición de nuevas cepas que circulan cada año y que obligan a reformular la estrategia vacunal frente a la gripe.

Pero a pesar de estos cambios, las nuevas cepas gripales no evaden completamente la capacidad de luchar frente a la infección de una persona inmunizada peviamente.

¿Y si nuestros anticuerpos se adaptasen a las nuevas mutaciones?

La adaptación a las condiciones cambiantes no solamente ocurre en el lado del virus.

Nuestros linfocitos B productores de anticuerpos pueden sufrir también un proceso de adaptación denominado hipermutación somática, que se deteriora con la edad.

De esta forma, los linfocitos B productores de anticuerpos frente al virus también pueden “mutar” para mejorar la capacidad de unirse a las proteínas del virus y neutralizarlos.

Esta mejora de los anticuerpos permitiría adaptarse a los cambios de las variantes.

El escenario cambiante de la lucha entre virus y hospedador se juega a dos bandas. El virus tiene que evolucionar y adaptarse continuamente a la situación inmune cambiante o, de lo contrario, extinguirse.

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Quizás esta continua adaptación recuerde a situación en la novela de Lewis Carroll “Alicia a través del espejo”, donde los habitantes del país de la Reina Roja deben correr lo más rápido posible, solo para permanecer donde están.

Justamente por eso, la continua evolución de los virus en condiciones cambiantes se denomina (debido a su similitud), “efecto de la Reina Roja”. Es decir, cambiar para tratar seguir en el mismo sitio.

*Estanislao Nistal Villán, es virólogo y profesor de microbiología de la Facultad de Farmacia de la Universidad CEU San Pablo. Este artículo apareció originalmente en The Conversation. Puedes leer la versión orginal aquí.


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