El ixtle, una fibra que está de vuelta como alternativa ecológica al plástico
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Aline Suárez del Real, GPJ México

El ixtle, una fibra que está de vuelta como una alternativa ecológica al plástico

Las personas artesanas que producen la fibra natural tienen sentimientos encontrados debido a este auge.
Aline Suárez del Real, GPJ México
Por Aline Suárez del Real / Global Press Journal
3 de octubre, 2021
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CARDONAL, MÉXICO — Plácido Paloma pone una penca de maguey sobre un leño y la raspa con un cuchillo largo y ancho. El rostro y los brazos se le tensan, pero talla con la eficiencia y la delicadeza suficientes para quitar la pulpa verde de la planta de maguey, un tipo de agave, y dejar a la vista un conjunto de fibras blancas conocidas como ixtle.

Paloma se siente orgulloso de su trabajo. Es integrante del grupo Wäda, un colectivo de 14 personas artesanas del pueblo de Cardonal, Hidalgo, en el centro de México, que desde 2013 trabaja para preservar el idioma, las tradiciones y los conocimientos ancestrales del pueblo hñahñu, el quinto grupo indígena más grande del país.

Desde la época prehispánica, los hñahñu, también conocidos como otomíes, han poblado el Valle del Mezquital, al norte de la Ciudad de México, y han aprovechado el ixtle para hacer bolsas, cepillos, ropa y otros artículos. El grupo también toma su nombre de la planta: “wäda” significa maguey en la lengua hñahñu.

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Los productos de ixtle eran comunes en todo México hasta mediados del siglo XX. No obstante, a partir de la década de 1970, el ixtle dejó de estar de moda y fue reemplazado por productos plásticos, cuya producción era menos costosa. Pero ahora, el ixtle está de vuelta como una alternativa ecológica al plástico, sobre todo después del éxito que han tenido las iniciativas locales para prohibir las bolsas de plástico desechables en al menos 23 estados mexicanos en los últimos años. En la Ciudad de México, esta prohibición entró en vigor el año pasado.

“Las bolsas de ixtle pueden ayudar a sustituir a las de plástico como se usaba antes”, señala Raúl Zárate, vendedor de productos sustentables en el Estado de México.

Sin embargo, para integrantes del grupo Wäda, la renovada popularidad del ixtle ha planteado nuevos retos. Por ejemplo, hace poco, el representante de una importante empresa nacional se acercó al grupo para pedir 8,000 bolsas de ixtle, dice Antonia Doñú, quien forma parte del colectivo.

“Dijimos que no, nuestra producción no es industrial. Para realizar un pedido de ese volumen, tendríamos que sobreexplotar la tierra”, explica Doñú.

En lugar de expandirse para satisfacer la demanda del mercado, el grupo Wäda trabaja de acuerdo con lo que el medio ambiente permite. Por lo general, una planta de maguey tarda de ocho a 15 años en madurar lo suficiente para poder extraer el ixtle, y la cantidad que puede sacarse del maguey de forma sostenible determina cuántos artículos se pueden elaborar. Con estas limitaciones, no es posible que el ixtle sea un sustituto absoluto de las bolsas de plástico, al menos no en un corto plazo.

Esta tensión destaca una contradicción en el centro del movimiento a favor de los productos sustentables, dice Lissete Montealegre, residente de la Ciudad de México y propietaria de una tienda de basura cero (zero waste) que vende productos de ixtle.

“El movimiento zero waste sí ha tenido mucho que ver con el rescate de materiales y fibras naturales, pero siento que es un tema que tiene dos caras: por un lado estamos apoyando su rescate, pero por otro, su explotación”, asegura Montealegre.

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Montealegre expresa que siempre les da prioridad a las personas artesanas antes que a la clientela. Al hacer los pedidos, les pregunta si la solicitud del cliente es viable, y trata de educar a quienes compran y establecer expectativas realistas sobre la rapidez con la que se pueden fabricar y entregar los productos. Usualmente, los pedidos grandes con plazos de entrega muy cortos no se adaptan a este marco de trabajo sustentable, explica Montealegre. Formar parte del movimiento de basura cero significa dar prioridad al medio ambiente por encima de las oportunidades.

Para preservar sus tradiciones de forma sostenible, el grupo Wäda y otras personas artesanas independientes trabajan en conjunto con la Secretaría de Cultura de Hidalgo que ha aportado recursos económicos y apoyos para promocionar su trabajo. En 2018, con asesoría y gestión de diversas fundaciones, el grupo Wäda abrió un taller y un espacio de exhibición en Cardonal, donde llevan a cabo clases y eventos para la promoción y divulgación de su conocimiento y costumbres. Antes de la pandemia, las personas artesanas de la región también colaboraban con la Secretaría de Cultura en la organización de eventos públicos y muestras en Hidalgo y en otras zonas del país, donde exponían sus tradiciones y productos.

“El pueblo otomí de Hidalgo del Valle del Mezquital habita una zona semiárida. Ellos representan la gran adaptabilidad, y uno de los grandes elementos con los que han sobrevivido es el maguey, que es una planta sagrada para ellos”, afirma Raúl Guerrero, coordinador del programa de patrimonio de la UNESCO en la Secretaría de Cultura de Hidalgo.

Esas formas de adaptabilidad y de ingenio ofrecen una lección para toda la comunidad, dice Paloma, incluso si el ixtle no se puede producir a escala industrial. “Es necesario transmitir nuestros saberes sobre el maguey y las artesanías”.

 

Esta historia fue publicada originalmente por Global Press Journal. https://globalpressjournal.com/americas/mexico/plastic-is-out-ixtle-is-in/es/ 

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Los niños que olvidaron leer y escribir durante la pandemia de COVID-19

Unicef reclama que solo en América Latina 86 millones de menores no han vuelto a clases. Se les ha comenzado a llamar "la generación perdida".
28 de septiembre, 2021
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Ya los llaman “la generación perdida”: Naciones Unidas señaló en un informe reciente que cerca de mil millones de menores alrededor del mundo están en riesgo de tener una “pérdida de aprendizaje” significativa a causa de las interrupciones en la asistencia a la escuela durante la pandemia del covid-19.

Y la advertencia va mucho más allá: en muchos países el sistema de educación está a punto de colapsar, si además de la pandemia se suman otros factores como el cambio climático y los conflictos internos.

Un ejemplo de esta crisis que reporta la ONU es lo que ocurre en India.

La periodista de la BBC Divya Arya pudo comprobar que niños en varias regiones de este país asiático “se han olvidado de leer y escribir” debido a que se han visto impedidos de asistir a la escuela en el último año.

Arya expone el caso de Radhika Kumari, de 10 años, a quien básicamente se le olvidó escribir debido a que “estuvo 17 meses” fuera de las aulas.

Radhika vive en el estado de Jharkhand, donde la brecha digital es enorme. Y cuando la pandemia del covid-19 obligó al cierre de las escuelas, muchos niños de las escuelas públicas no tuvieron acceso a dispositivos que les permitieran continuar con su educación de manera remota.

“Fue realmente impactante descubrir que, de 36 niños matriculados en un solo curso de nivel primario, 30 no podían leer una sola palabra“, le explicó a la BBC el economista Jean Dreze, quien analiza la situación en esta región de India desde que los estudiantes pudieron regresar a clases.

Vishnu reads aloud to Radhika.

BBC
En algunos sectores de India hay niños que estàn olvidando leer y escribir debido al cierre de escuelas.

“Si no te olvidas de leer y escribir, que te atrases un poco puede remediarse. Pero si te olvidas de los conceptos básicos, ahora que regresas a clases y te hacen avanzar al siguiente curso la brecha va a ser peor“, agrega.

Alumnos latinoamericanos

En Latinoamérica el panorama es similar: de acuerdo con un informe presentado por Unicef hace una semana, cerca de 86 millones de niños aún no han retomado las clases, lo que pone en riesgo el progreso de su aprendizaje y los niveles de conocimientos previamente adquiridos.

Durante los últimos 18 meses, la mayoría de los niños, niñas y adolescentes de América Latina y el Caribe no han visto a sus profesores o amigos fuera de una pantalla. Los que no tienen Internet, directamente no los han visto”, explicó Jean Gough, directora regional de Unicef para América Latina y el Caribe.

Y añade que no solo existe el riesgo de que los niños dejen de aprender las competencias básicas para su vida, sino de que incluso no regresen nunca a la educación formal.

La educación virtual debe continuar y mejorar, pero está claro que durante la pandemia las familias más marginadas no han tenido acceso al aprendizaje”, añade la especialista.

La realidad es aún más acuciante entre los grupos más vulnerables, donde la deserción escolar era una problemática previa a la pandemia.

“Cada día fuera de las aulas acerca a los niños, niñas y adolescentes más vulnerables a la deserción escolar, la violencia de las pandillas, el abuso o la trata de personas”, añade.

“Fracasó mi colegio”

Para muchos de los alumnos y alumnas, durante estos últimos 18 meses “no se ha aprendido nada”.

En BBC Mundo hablamos con algunos escolares en partes de América Latina que se han visto afectados por la falta de conectividad y la baja asistencia escolar durante la pandemia.

Uno de ellos es Richard Guimaraes. Él tiene 15 años y vive en San Rafael, una comunidad indígena ubicada a dos horas y media de la ciudad Pucallpa, en el Amazonas peruano.

Richard quiere ser diseñador gráfico.

“Mis papás hacen artesanías y yo he aprendido a tejer y a hacer varias cosas que vendemos en el mercado”, le cuenta BBC Mundo.

Richard en su casa.

UNICEF
Richard Guimaraes vive en la regiòn amazónica de Perú.

“Y quiero aprender a hacerlas mejor”, confiesa.

Hace un año, Richard estaba cursando cuarto grado de bachillerato cuando la pandemia del covid-19 irrumpió con fuerza inusitada en el Perú y obligó a poner la vida en pausa.

En este último año y medio no aprendí nada. La pandemia hizo que fracasara el colegio“, se queja.

Antes de la pandemia, iba a clases desde las 7:30 de la mañana hasta el mediodía.

“En ese horario, durante la semana veíamos 12 materias”, recuerda.

Pero una vez comenzó la pandemia y las clases se suspendieron, las cosas se volvieron más difíciles.

“Pasamos de 12 materias a solo seis”, relata. El sistema establecido para remediar la crisis funcionaba así: cada mes los maestros venían a su localidad, les dejaban una especie de cartillas y ellos las tenían que resolver y enviar las respuestas a través de WhatsApp.

Arte, que es su clase favorita, se redujo a dibujos que hacía en casa y que le enviaba a su profesor por el móvil.

Mi papá vive de las artesanías y de vender plátanos, vivimos en una zona muy alejada, por lo que es difícil poder acceder a internet”, relata.

Como muchos de sus maestros no vivían cerca de su comunidad, solo los podía contactar por teléfono cuando se conectaba a internet. Además, algunas de las cartillas le parecían confusas y a veces hasta inentendibles.

Clases cerradas

Getty Images
Unicef señala que en América Latina y el Caribe 86 millones de niños aún no han regresado a las aulas.

El aumento de la desigualdad

Para muchos expertos en psicopedagogía y procesos educativos, es claro que los niños necesitan volver a las aulas lo más pronto posible.

La desaparición de este espacio de aprendizaje y socialización ha sido para muchos niños y niñas – especialmente entre familias de menor nivel sociocultural- “una catástrofe”.

“La verdad es que, en materia de conocimientos, un año y medio, casi dos de pérdida de clase porque la realidad es que los niños están volviendo a una escolarización muy precaria, es una catástrofe, que además va a costar mucho tiempo superar”, le dice a BBC Mundo Guillermina Tiramonti, especialista en educación e investigadora de Flacso Argentina.

Hay muchos niveles en este tema, pero pongo un ejemplo: un chico que estaba en primer año de primaria antes de la pandemia, y aún no había logrado aprender a leer, ahora que regresó al colegio debe finalizar el segundo grado sin haber aprendido a leer o escribir”, señala.

Para la académica, no solo se trata de los contenidos que no han sido aprendidos o incorporados sino de algo más importante: recuperar el hábito de aprender.

“La pérdida del conocimiento no es solamente no haber aprendido determinados contenidos, sino el hecho de perder el ritmo, el hábito, la rutina escolar”, apunta.

Lo explico en relación con un elemento muy simple como los códigos lingüísticos. Los niños de los sectores más bajos socio culturalmente no están acostumbrados a estos códigos complejos y solo tienen acceso a ellos en la escuela, donde son fundamentales para luego poder avanzar en el conocimiento. En la casa no tienen acceso a ellos”.

Para los niños que no están expuestos a ese tipo de códigos durante dos años, el retroceso cognitivo es muy grande, concluye Tiramonti.

salones cerrados en una escuela

Getty Images
Para varios analistas se deben crear proyectos especiales para recuperar el tiempo perdido durante la pandemia.

Revisar los objetivos

A medida que se van levantando las restricciones de la pandemia en distintas regiones, la reapertura de las escuelas se ha vuelto una prioridad de muchos gobiernos. A la fecha, el informe de la ONU señala que 47 millones de niños han regresado paulitinamente a las aulas.

Y la siguiente etapa también se pone en evidencia el gran desafío de poner al día a los niños con los objetivos que se debieron aprender durante este año y medio.

La educación de los niños y las niñas se perdió en un esfuerzo por proteger las vidas de toda la población ante el coronavirus“, explica Irma Martínez, experta en temas de educación de Human Rights Watch.

Pero si de toda crisis surge una oportunidad, este es el momento de replantear algunas de las premisas de la escolarización y el sistema educativo como un todo, señalan los expertos.

“El objetivo no debería ser simplemente volver a como eran las cosas antes de la pandemia, sino arreglar los defectos de los sistemas que durante mucho tiempo han impedido que las escuelas sean abiertas y acogedoras para todos los niños y niñas”, agrega Martínez.

En este tema, Tiramonti es categórica: “No podemos volver a la escuela y hacer como si nada hubiera pasado”, le dice a BBC Mundo.

“Es necesario hacer evaluación, ver qué pasó con los niños, cuáles son las pérdidas, cuáles son las problemáticas de aprendizaje que tienen y armar un programa para que recuperen aquellos conocimientos que son básicos para poder seguir una trayectoria escolar”.

Se necesita trabajo muy profesional para elaborar un proyecto de recuperación“, anota.

Hace menos de un mes, Richard Guimaraes es uno de decenas de miles de alumnos que volvieron a a las aulas después de casi un año y medio.

Y aunque está contento, siente en carne propia los desafíos: “Ahora estamos viendo las materias que dejamos de ver en la pandemia y es difícil seguir el ritmo. Es como empezar de nuevo”.


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