Francia, entre el tsunami de contagios por COVID y protestas antivacunas
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Ómicron en París: así enfrenta Francia el nuevo tsunami de contagios y las protestas de los antivacunas

El gobierno de Macron busca que todos los ciudadanos tengan que presentar el pasaporte de vacunación para realizar cualquier actividad. Una iniciativa que está generando tensión con los 5 millones de franceses que se han negado a vacunarse.
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8 de enero, 2022
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“Francia está experimentando un tsunami de contagios de Covid 19”. 

La frase pronunciada con tono grave y gesto de preocupación por el secretario de Sanidad francés, Olivier Verán, impone. 

Era martes, 28 de diciembre. Y el político hablaba ante los medios de comunicación para avisar que el país había sobrepasado los 208 mil contagios en un día; un récord tanto nacional como europeo, de acuerdo con datos del portal Covidtracker. 

“Esto significa que, en 24 horas, por cada segundo una persona en nuestro país es diagnosticada como positivo. Nunca habíamos experimentado una situación así”, aseguró el funcionario.

Sin embargo, ni las cifras mareantes expuestas por Sanidad, ni el llamado de atención del secretario, han tenido especial eco entre la ciudadanía: tan solo una semana más tarde, el 4 de enero, el gobierno de Emmanuel Macron anunció que el tsunami seguía en incremento con más de 270 mil casos al día. Algo que no se había visto ni en las primeras oleadas del virus, aunque hay que matizar que el número tan alto de contagios en las últimas semanas también está motivado, en parte, por el aumento del número de pruebas que se está realizando la ciudadanía a raíz de la nueva ola, la sexta, que está generando la variante ómicron. 

En medio de esta ola, Fernanda Núñez, mexicana del estado de Veracruz, tomó un vuelo para la ciudad de París, la capital francesa. La mujer explica en entrevista que compró el boleto con dos meses de antelación, cuando la pandemia ya casi era tan solo un mal recuerdo en países como Francia o España. Su plan era visitar en año nuevo a unos familiares a los que no veía, precisamente, desde el inicio de la pesadilla sanitaria en marzo de 2020. “Aguanté más de dos años sin verlos, pero ya no podía esperar más. La sangre me tiraba mucho”, dice entre bromas. 

Así que, con todo y sexta ola, decidió asumir el riesgo y se metió en un avión, donde, de entrada, le sorprendió que el único requisito que le pidieron fue tener el pase de vacunación y rellenar una hoja con un formulario donde, básicamente, le preguntaban si había tenido contacto con algún positivo hasta una semana antes del vuelo, y poco más. 

“La verdad, esa hoja es una tontería, porque solo se la queda la azafata. No la tienes que entregar a tu llegada a ninguna autoridad sanitaria, ni nada. De hecho, yo ni alcancé a rellenarla porque en el avión no tenían suficientes”, expone la mexicana.

A su llegada al aeropuerto de Orly, a Fernanda tampoco le tomaron la temperatura, ni le preguntaron en qué estado de salud llegó. Ni siquiera pasó por algún punto de control sanitario parecido al que le tocó a su llegada al aeropuerto de Barajas en Madrid, España, donde de forma aleatoria le tocó que le aplicaran una prueba de antígenos, que tampoco se hizo. 

“Me preguntaron si venía de un vuelo de La Habana. Dije que no, que de México. Y tan solo me dijeron que no hacía falta, que pasara”, comenta. 

Una vez en París, la mexicana aprovechó para hacer un poco de turismo con su familia. Durante cuatros días visitó los sitios clásicos de la capital parisina: la Torre Eiffel, Notre Dame, Montmartre, el Louvre, el Arco del Triunfo… a todos dice que fue con cubrebocas FFP2, los de mayor nivel de protección, y con un spray con alcohol puro que se echaba constantemente en las manos, especialmente cuando salía del tren y del metro, que estaban tan abarrotados como antes de la pandemia. 

“Yo me sentía un poco paranoica, la verdad. Porque no dejaba de ver en las noticias que los contagios subían y subían cada vez más. Pero miraba a mi alrededor, y parecía que la única paranoica era yo”. 

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Por ejemplo, dice Fernanda, en el recorrido en barco que hizo por el Sena, “la mayoría de la gente no llevaba el cubrebocas”. “En la Torre Eiffel, tampoco”. Y aunque es cierto que se trata de espacios al aire libre, la tremenda aglomeración de la gente hacía imposible que hubiera una sana distancia. “En ningún momento vi a un policía, o a ninguna otra autoridad, decirle a algún turista que se pusiera el cubrebocas, o que se lo pusiera bien, porque luego veías a mucha gente que lo traía, pero lo llevaba en la barbilla”. Mientras que en los típicos cafés y brasseries de la zona de los Campos Elíseos, una vez presentado el pase de vacunación, nadie le pedía que usara la mascarilla al interior de los establecimientos, ni le ofrecía gel antibacterial, a pesar de que el espacio entre las mesas era muy reducido. 

“Al igual que en México, creo que la gente está ya muy cansada de la pandemia. Que pone en una balanza el nivel de riesgo de contagiarte y el volver a salir a la calle y hacer tu vida. Y muchos prefieren asumir el riesgo”, considera la veracruzana. 

“Además, creo que, en general, todos estamos muy confiados porque se dice que la variante ómicron no es tan mortal. Y pues la mayoría dice: ‘Ah, pues ya me tocará. Total, es un resfriado. Mejor voy a disfrutar de las fiestas’”. 

Tras cuatro días en la capital francesa, Fernanda regresó a España, donde hizo base antes de regresar a México. Allí cuenta que está tratando de buscar con desesperación pruebas de antígenos antes de volar de regreso, aunque para entrar a México tampoco le exigen ninguna prueba negativa, solo el certificado de vacunación. Aun así, dice que, tras estar varios días en lugares tan concurridos, un test negativo le daría algo de tranquilidad. Pero se ha encontrado con otro problema: desde las fiestas de Nochebuena, los test en España están agotados en la mayoría de las farmacias, donde las listas de espera para adquirir uno son enormes. 

“Quiero joder a los no vacunados”

En Francia, la situación para encontrar un test en las farmacias es prácticamente idéntica: filas kilométricas y muchas dificultades para adquirir uno. En una de esas filas pasó horas Helene Combes, investigadora universitaria en París. En entrevista, apunta que, a pesar de que, tal y como percibió Fernanda, en las calles la policía ya no va persiguiendo a quien no lleva puesto un cubrebocas, como sucedía al inicio de la pandemia, en el país se está viviendo “una situación muy tensa” con el disparo de los contagios y las nuevas medidas restrictivas que planea el gobierno, como hacer obligatorio para todos los ciudadanos el pasaporte de vacunación. 

Hay que explicar que, actualmente, en Francia existen dos tipos de ‘pasaportes’: el sanitario, que básicamente certificada que la persona ya tuvo Covid y está recuperada, o que le realizaron una prueba y salió negativa; y el de vacunación, que informa el tipo de vacuna que tiene la persona y las dosis recibidas. Con cualquiera de los dos pasaportes, un ciudadano puede ingresar a edificios públicos y privados. 

Sin embargo, ahora el gobierno de Macron busca que todos los ciudadanos tengan, obligatoriamente, que presentar el pasaporte de vacunación para realizar cualquier actividad. Una iniciativa que está generando una gran tensión con los 5 millones de franceses que se han negado a recibirla hasta ahora. 

De hecho, en unas polémicas declaraciones al diario Le Parisien el miércoles 5 de enero, el presidente francés hizo hincapié en que su estrategia principal para combatir la pandemia es vacunar, vacunar, y hacer la vida imposible a los no vacunados hasta que cambien de opinión. 

Macron, incluso, llegó a decir que tiene “muchas ganas de joder a los no vacunados”. 

“No voy a meterlos en prisión, y no los voy a vacunar por la fuerza. Pero hay que decirles: a partir del 15 de enero, ya no podréis ir a un restaurante, no podréis tomar una copa ni ir al teatro, no podréis ir al cine”, advirtió el mandatario, en referencia al proyecto de ley que hasta el miércoles 5 seguía discutiéndose en el Parlamento francés. 

“El tema de los ‘antivacunas’ en Francia es un tema central y un gran problema social”, recalca la investigadora Helene Combes, que expone que alrededor de un 10% de la población no ha recibido una dosis, mientras el 90% de quienes están hoy en terapia intensiva son precisamente personas no vacunadas, a pesar de que la vacuna está abierta a todas las edades desde los cinco años. 

Por ello, en espacios televisivos e incluso en algunos diarios franceses, se ha llegado a plantear la posibilidad de que los no vacunados que se contagien no sean prioridad a la hora de recibir atención en hospitales y centros públicos de salud.

El último ejemplo en Francia de personas ‘antivacunas’ que fallecieron por complicaciones derivadas de la Covid es el de Igor y Grichka Bogdanoff, gemelos de 72 años que tenían un célebre show televisivo en los ochenta. Los hermanos eran doctores en Física y Matemáticas. Sin embargo, rechazaron ser vacunados por considerar que estaban en buena forma física. Ambos fallecieron con diferencia de apenas días en los primeros compases de este 2022. 

Incluso, dentro del mismo sector salud de Francia hay miles de personas antivacunas. De hecho, el pasado septiembre de 2021 el secretario de Salud, Olivier Véran, anunció que hasta 3 mil trabajadores fueron suspendidos luego de que se instaurara como obligatoria la vacuna para cuidadores y personal de salud. 

“Para la gente que está en contra de la vacuna, el pase sanitario era una opción ideal, porque con eso pueden moverse libremente en transporte público, subir al avión, al tren, etcétera. Pero eso, cuando se apruebe como obligatorio para toda la población el pase de vacunación, se va a acabar y va a generar muchas tensiones”, recalca Combes, que recuerda que ya la decisión del gobierno de instaurar un pase sanitario para entrar a establecimientos y restaurantes había generado anteriormente mucha polémica. 

“Además de los antivacunas, hay otro grupo de personas que, si bien no está en contra de vacunarse, sí se opone a tener que presentar el código QR del pase sanitario a cada establecimiento que va, porque entiende que eso es vivir como en una especie de ‘Big Brother’ donde el Estado controla y sabe todos tus movimientos”. 

“No hay gente para trabajar”

Alejandra Nieto, una mexicana de 35 años afincada en París, dice que ella, en cambio, está de acuerdo en que el gobierno de Emmanuel Macron establezca medidas más restrictivas, sobre todo ante el tremendo impacto que está teniendo la sexta ola de Covid en el país. 

“Tan solo en un día, en mi trabajo hubo diez contagios”, dice la mexicana, que está empleada en el sector turístico hotelero de la capital francesa. 

“Y un día antes me avisaron de que había otros 15 en el hotel y otros 12 en las tiendas. El personal es ahora mismo muy escaso. Todos se están enfermando y no hay gente para trabajar”, añade Nieto, que en las últimas semanas ya lleva realizadas cuatro pruebas de antígenos y otras dos PCR. 

Por eso, cree que medidas como establecer como obligatorio el pase de vacunación pueden ser positivas. “Porque si no estás vacunado, no vas a poder trabajar”. 

En cualquier caso, Nieto teme que, de seguir el ritmo actual de contagios y de saturación en los hospitales franceses, la posibilidad de un nuevo confinamiento -el tercero desde marzo de 2020- es de nuevo muy real. 

“Al paso que vamos, el gobierno no va a tardar en mandarnos de nuevo todos a casa. Y eso es otra gran preocupación”, recalca. 

Pablo Dubois, parisino de 36 años que trabaja en el sector de la industria automotriz, comparte la misma preocupación. 

“Gracias a las vacunas ya no hay tanto temor a que te puedas morir por el virus. Ahora, lo que más preocupa es que la ola de contagios pueda provocar que las empresas, ante la falta de personal, no puedan sacar adelante los trabajos y tengan pérdidas y tengan que hacer despidos”. 

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Por qué cada vez más indios cruzan la frontera entre México y EU; así es su largo viaje

En el último año se ha disparado el número de personas de la India que buscan asilo en EU, muchos de ellos perseguidos por su religión, sus ideas políticas o su orientación sexual.
27 de octubre, 2022
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Abiertamente gay en una región especialmente conservadora del Punjab en la India, Jashan Preet Singh tuvo una vida muy dura por mucho tiempo.

Singh, de 24 años, estaba acostumbrado a la discriminación diaria en su ciudad natal, Jalandharm, donde sufría el acoso y las palizas de sus vecinos y su familia, que en gran medida le había dado la espalda.

Pero lo que sucedió a finales del año pasado fue aún más grave.

“Unas 15 o 20 personas intentaron matarme”, declaró a BBC desde Fresno, California. “Me escapé de allí y salvé mi vida. Pero cortaron varias partes de mi cuerpo”.

El ataque le dejó un brazo mutilado y un pulgar cercenado.

La fuga de Singh le llevó en un viaje por Turquía y Francia para alcanzar finalmente la frontera entre México y Estados Unidos, a casi 12.800 km de distancia, donde cruzó a California para comenzar una nueva vida en el país norteamericano.

Durante años la llegada de inmigrantes indios a EU venía siendo lenta pero constante, con decenas e incluso cientos cada mes.

En 2022, sin embargo, las cifras se han disparado.

Desde el inicio del año fiscal (el pasado octubre) las autoridades estadounidenses han detenido a una cifra récord de 16.290 ciudadanos indios en la frontera con México.

El máximo anterior era de poco más de la mitad, 8.997, en el año 2018.

Los expertos enumeran una serie de razones para este aumento: el clima de discriminación en India, el fin de las restricciones por la pandemia, la percepción de que la actual administración de EU recibe a los solicitantes de asilo y el crecimiento de las redes de contrabando.

Migrantes de India detenidos en la frontera de EE.UU. y México. . El número de inmigrantes indios detenidos en la frontera ha aumentado constantemente desde 2014. .

Aunque algunos migrantes indios van a EU por razones económicas, muchos huyen de la persecución, asegura Deepak Ahluwalia, un abogado de inmigración que ha representado a ciudadanos de este país en Texas y California.

Estos abarcan desde musulmanes, cristianos o hindúes de “casta baja” hasta miembros de la comunidad LGBT que temen la violencia de nacionalistas hindúes extremos, así como partidarios de movimientos secesionistas y agricultores de la región de Punjab, sacudida por protestas desde 2020.

Las condiciones de vida de muchas de estas personas se han deteriorado en los últimos años, según los observadores internacionales.

Decisiones difíciles

Tomar la decisión de dejar su país no fue fácil para Singh.

Primero consideró mudarse a otra ciudad india, pero temía que lo trataran igual de mal.

“No hay una cultura de mente abierta hacia las personas homosexuales”, asegura. “Ser gay allí es un gran problema”.

India solo despenalizó el sexo entre personas del mismo género en 2018, y el matrimonio sigue siendo ilegal.

El hermano de Singh lo puso en contacto con una “agencia de viajes” india, en realidad una sucursal de una sofisticada y costosa red de contrabando.

Ciudadanos indios procesados por funcionarios de inmigración de EE. UU. después de cruzar la frontera

Getty Images
Ciudadanos indios procesados por funcionarios de inmigración de EU después de cruzar la frontera el 26 de septiembre.

Esta lo llevó primero a Turquía, donde “la vida era muy dura”, y luego a Francia, donde consideró quedarse, pero no pudo encontrar trabajo. Fueron más de seis meses de viaje.

Al final su “agente de viajes” hizo los arreglos para que se uniera a un pequeño grupo de indios que se dirigían a EU, donde muchos, también él, tenían familiares.

“Nos cobró mucho dinero”, dijo Singh. “De Francia me llevó a Cancún, y de ahí a Ciudad de México y al norte“.

Un viaje aún más complicado

Los migrantes como Singh suelen ver Estados Unidos como “la puerta de entrada definitiva” a una vida mejor, afirma Ahluwalia, el abogado.

Sin embargo, la enorme distancia hace que el viaje a los EU sea extremadamente complicado.

Tradicionalmente los inmigrantes indios que llegan a la frontera entre Estados Unidos y México han usado servicios de contrabando “de puerta a puerta”, con viajes organizados desde India hasta América del Sur.

A menudo les guían por todo el camino y viajan en pequeños grupos con sus compatriotas que hablan el mismo idioma, en lugar de hacerlo individualmente o solo con miembros de la familia.

Estas redes a menudo comienzan con “agentes de viajes” en India que subcontratan partes del trayecto a grupos criminales asociados en América Latina.

Jessica Bolter, analista del Instituto de Políticas Migratorias con sede en Washington DC, explicó que la afluencia de migrantes indios también está aumentando como resultado del “efecto llamada” que se produce cuando quienes han usado estos servicios los recomiendan a amigos o familia en la India.

“Naturalmente crecen y atraen a más migrantes”, dijo, aunque matizó que “por supuesto, eso no sucede sin que primero los migrantes quieran irse“.

La experiencia de Manpreet, un joven de 20 años de Punjab que pidió ser identificado solo por su nombre de pila, es la típica de quienes usan la ruta del sur.

Vocal crítico del partido gobernante BJP (Partido Bharatiya Jannata) de India, huyó del país tras ser perseguido por sus ideas políticas.

De Ecuador tomé un bus a Colombia y de Colombia otro a Panamá“, recordó Manpreet en una entrevista con BBC desde California.

“Desde allí, en un barco, (fui a) Nicaragua y Guatemala, luego a México, y entré a EU”.

Migrantes indios en un campamento humanitario en Panamá en 2019

Getty Images
Migrantes indios en un campamento humanitario en Panamá en 2019.

Un comienzo nuevo e incierto

Una vez en Estados Unidos, los inmigrantes como Singh inician un largo proceso legal para solicitar asilo.

La mayoría de las veces comienza con lo que los funcionarios estadounidenses denominan una “entrevista de miedo creíble”, en la que deben convencer a las autoridades de que se enfrentarán a una persecución si regresan a casa.

“Este primer paso es el más importante”, explica Ahluwalia.

Si el agente “considera que no hay un miedo creíble, su caso nunca avanzará. Eso es desastroso”.

Si, de lo contrario, cree que los temores son fundados, es probable que el aspirante a solicitante de asilo reciba un aviso para comparecer ante un juez de inmigración que considerará su petición.

El proceso es largo, con tiempos de espera de varios años -algo que últimamente se ha convertido en norma en EU- sin la garantía de un resultado positivo.

Singh, mientras, vive en Estados Unidos desde finales de junio y está ahorrando dinero para contratar a un abogado.

Aunque su viaje fue largo y nadie le garantiza un futuro estable en el país norteamericano, es mejor que la otra alternativa que tenía, asegura.

“Siempre iba a temer por mi vida”, afirma. “Desde que estoy aquí, nunca he sentido algo así”.


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