La ciencia que sí dominan los propagadores del dióxido de cloro
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La ciencia que sí dominan los propagadores del dióxido de cloro

Al seguir cómo y quiénes distribuyeron miles de mensajes, citando hallazgos de ensayos clínicos que pretendían probar el poder curativo del dióxido de cloro, se devela cómo la Coalición Mundial por la Salud y la Vida ha perfeccionado su efectivo método desinformador.   
Por Alianza periodística Mentiras Contagiosas * 
24 de marzo, 2022
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En los dos años de pandemia, ha sido persistente y amplia la conversación digital sobre las supuestas propiedades milagrosas del dióxido de cloro para tratar el COVID-19. Tan solo en español han aparecido 680 mil menciones de la sustancia química en redes sociales y sitios virtuales en América Latina. Dentro de esta gran charla virtual, la promoción que hace la Coalición Mundial por la Salud y la Vida (Comusav), una red de devotos del químico extendida por la región, es pequeña. Sus menciones apenas representan el 1.9% del total de las referencias. Sin embargo, su influencia ha sido muy efectiva para legitimarlo. 

¿Por qué ha llegado tan lejos la propaganda de la Comusav? ¿Cuál es fórmula de mercadeo de estos curanderos del siglo XXI para encantar a tanta gente, convenciéndola de que su químico —prohibido por su potencial toxicidad en muchos países del mundo—  es medicina salvadora?

Un análisis de cómo fluyeron y se compartieron esos mensajes de la Comusav realizado por  el Centro Latinoamericano de Investigación Periodística (CLIP), con el apoyo pro bono de Constella Intelligence, una firma mundialmente conocida en análisis de big data de la conversación pública, le siguió los pasos a la receta desinformadora de la Comusav y descubrió cómo convence a sus entusiastas y consumidores. Este análisis hace parte de la investigación periodística transfronteriza y colaborativa Mentiras Contagiosas, sobre la desinformación y el COVID-19 en América Latina. Los socios de este proyecto coordinado por el CLIP —Univisión (Estados Unidos), Animal Político (México), Agencia Ocote (Guatemala), Efecto Cocuyo (Venezuela), Colombia Check y Cuestión Pública (Colombia), Bolivia Verifica (Bolivia), Chequeado (Argentina) y Aos Fatos (Brasil)— son medios independientes de la región, muchos de ellos con una larga experiencia en la verificación de información pública, que han producido una decena de piezas periodísticas que muestran cómo ha cundido la información deliberadamente falseada, quiénes han estado detrás y cuáles son los intereses que los empujan.

En efecto, los mercaderes de la Comusav, cuyo entramado empresarial y político revelamos en otra de las historias de esta investigación colectiva, influyen más que otros actores de mayor actividad digital. “Son mayoritariamente presentados como doctores o expertos y participan en diferentes eventos o jornadas, o conceden entrevistas a televisiones o radios”, explican los analistas de Constella. Así buscan legitimar el discurso alrededor de esta sustancia. “Por esa pátina de respetabilidad pueden hacer sus teorías algo más permeables que las de otros, tal vez negacionistas más influyentes y activos en redes”, argumenta la firma.

El CLIP hizo seguimiento a dos estudios médicos firmados por algunos de sus asociados y descubrió cómo, a pesar de su falta de base científica, fluyeron mensajes aseverando que eran pruebas contundentes de la eficacia de la solución mineral por 65 grupos y canales en Telegram —un servicio de mensajería de origen ruso que es hoy un canal central de difusión de desinformación en contra de las vacunas— y por Facebook.

La prueba clínica que no fue

Un primer ejemplo de esta estrategia es la difusión de una prueba clínica de dióxido de cloro en pacientes con COVID-19, que se inició en 2020 con 20 pacientes en Bogotá y Madrid (un municipio aledaño a la capital colombiana) y en cuya documentación dice que finalizó en junio de ese año, pero no incluye resultados. 

La prueba fue organizada por los colombianos, el médico Eduardo Insignares Carrione, quien fue presidente de Comusav Colombia (y que según el registro único colombiano de talento humano se graduó de medicina en mayo de 1982) y su esposa Blanca Bolaño. Insignares además firma sus artículos académicos como director de investigación en una empresa del alquimista e inventor alemán Andreas Kalcker, principal promotor del dióxido de cloro en Latinoamérica, obispo de la iglesia que repartía como sacramento el dióxido de cloro G-2, y citada autoridad en la materia (ver su historia en “En virus revuelto ganancia de charlatanes”). También participó Yohanni Andrade, quien prestaba servicios profesionales en el Hospital San Carlos de la capital colombiana. 

ClinicalTrials.org, un sitio especializado en informar sobre pruebas o tests, anunció el 13 de abril de 2020 que el test de Insignares se llevaría a cabo entre abril y junio de ese año, con “un diseño cuasi experimental en dos centros de atención médica en una muestra de 20 pacientes”. Aseguraron que entre los pacientes habría varios profesionales de la salud relacionados con la Fundación Génesis (no tiene relación con la iglesia) y pacientes voluntarios y que recibirían “la preparación de base de dióxido de cloro de 3 mil partes por millón (ppm) con instrucciones escritas y precisas sobre cómo prepararla y tomarla”. 

Apenas dos días después de publicado el anuncio del test, personas en Facebook empezaron a compartir la liga o link a ese anuncio. Un grupo que promueve al partido español de ultraderecha Vox, con una cifra de seguidores relativamente modesta, fue el primero de republicarlo. Otros grupos pequeños, que difunden teorías de conspiración y de ideas conservadoras, también compartieron el anuncio de la prueba, con poco éxito. Pero el 18 de abril lo publicó un grupo con 300 mil fanáticos de temas esotéricos, administrado desde España, y ahí se propagó velozmente.

A medida que fue pasando de mano en mano, el mensaje fue cambiando. Un contenido que se volvió viral dice, por ejemplo, que “el instituto de salud norteamericano” era el responsable de la prueba, aunque lo único que había era un anuncio de que se haría un test en un hospital de Bogotá, en el que se advierte de que “el registro de este estudio no significa que este haya sido evaluado por el gobierno de EU”.  

El contenido viral también argumentaba que esta prueba era el “resultado” de la decisión del entonces presidente estadounidense Donald Trump de retirar a su país de la OMS, una movida que fue celebrada por los promotores de las falsas curas contra el COVID-19 como un respaldo a sus teorías alternativas. Estas falsedades se repitieron al menos en otros ocho mensajes, difundiendo el estudio en Facebook y Telegram.

Coincidencialmente, a los pocos días de publicado este estudio, el entonces presidente Trump les sugirió a miembros de su equipo científico que investigaran si una inyección de lejía (decol o hipoclorito sódico) podría curar el COVID-19. 

Estos mensajes, entre otros, circularon en Telegram y Facebook difundiendo el estudio clínico.

Además, este grupo de seguidores de lo esotérico publicó el enlace junto a un video de Andreas Kalcker en el que describía el mecanismo por el cual el dióxido de cloro “oxida” a las células y “cura” el COVID-19. El mensaje de Kalcker fue desmentido al poco tiempo por medios de verificación como Chequeado, pionero en la verificación de noticias falsas en Argentina que conforma esta alianza periodística.

En Facebook, el enlace al estudio clínico fue compartido 771 veces, en grupos y páginas de temas tan variados como esoterismo, partidos políticos de líneas opositoras e incluso avisos clasificados. En promedio, estas páginas o grupos tenían una audiencia 30 mil usuarios cada uno, pero al menos ocho de ellos pasaban de los 300 mil. 

En Telegram, la noticia de la prueba clínica también voló. El primer mensaje que la llevaba apareció el 21 de abril de 2020, en un grupo que apoyaba las marchas pro dióxido de cloro que por esa época se organizaban en Perú. Desde entonces y hasta febrero de 2022, según las cifras que arrojó nuestro análisis, el enlace al estudio clínico se replicó al menos en 81 ocasiones adicionales por esa red, en mensajes que fueron vistos 527 mil veces.

Los grupos o canales que difundieron el supuesto éxito del ensayo clínico para demostrar que el dióxido era panacea para el COVID-19 eran menos diversos que los de Facebook. La mayoría están dedicados a promocionar el químico. También vimos que unos de estos eran administrados por personas cercanas a Kalcker o a la Comusav y a veces sin ninguna afiliación aparente, manejados por usuarios anónimos. 

Algunos de estos grupos incluso difunden instrucciones para consumirlo y listados de vendedores; y otros son largas conversaciones entre usuarios de la sustancia. 

Unos pocos grupos que distribuyeron la noticia del test clínico abarcan un espectro más amplio, pues también difunden contenidos antivacunas y relacionados a otras supuestas curas milagrosas contra el COVID-19. Asimismo, la prueba resultó atractiva entre quienes propagan teorías de conspiración, discursos antisemitas y propaganda de ultraderecha cercana a la teoría de la conspiración Q-Anon, que ha sido vinculada a aliados del expresidente Trump. 

La página web del ensayo nunca reportó resultados y, según un comunicado del Hospital San Carlos, solo tres pacientes alcanzaron a consumir la sustancia. En la comunicación, el hospital rechazó el estudio y el uso del dióxido de cloro, y desmintió tener vinculación laboral con Insignares. Luego se conoció que la institución rescindió el contrato de Andrade, el otro médico que, según el anuncio, había participado en él. 

En entrevista con esta alianza periodística, Insignares dijo que el estudio no se concluyó “para evitar conflictuar y generar más ruido en medios”, a pesar de que tenían “un comité de ética aprobado por el hospital”. 

No obstante, en su comunicado el hospital aseguró entonces que “no hay ningún documento oficial de dicha investigación en la institución”. 

Incluso después de conocerse este fiasco, los amigos del dióxido de cloro siguieron promocionado la fallida prueba clínica como evidencia de sus afirmaciones falsas. El enlace de ClinicalTrials.gov ha sido compartido más de 14 mil veces y ha generado más de 48 mil 500 interacciones en Facebook, según Crowdtangle, una herramienta de medición de redes sociales. 

 

Lejos de desprestigiarlo, este revés volvió a Insignares una especie de héroe para los promotores del dióxido de cloro. En Colombia, un grupo de abogados que entabló una acción judicial (una tutela o derecho de amparo) que buscaba frenar el Plan Nacional de Vacunación, también pretendía ordenar al Instituto Nacional de Vigilancia de Medicamentos y Alimentos (INVIMA), el regulador colombiano equivalente al FDA estadounidense, que aprobara “de forma inmediata el estudio del doctor Eduardo Insignares, que avala el dióxido de cloro para la prevención y tratamiento del coronavirus”.

Durante todo 2020, Insignares apareció en entrevistas en medios de comunicación en diferentes países. Dijo a una radio en Honduras el 8 de junio de 2020 que “hay dos mandatarios que están coqueteando con la posibilidad” de aprobar el uso del dióxido de cloro. Y un mes después, mientras Bolivia discutía la aprobación del uso de la sustancia, hizo una gira de medios en ese país. Fue entrevistado en el noticiero Bolivisión y en la cadena de radio Fides, ambos de alcance nacional. Ya no hay rastro del contenido de la nota en televisión, pero en radio dijo que no había evidencias de su toxicidad. Aseguró además que su familia toma el químico y que “la investigación profunda del dióxido de cloro apenas está empezando”.

La entrevista fue conducida por el periodista John Arandia, uno de los más populares de Bolivia. Quizás por eso fue ampliamente difundida en grupos de Facebook en el país. La republicación más popular alcanzó 875 mil reproducciones y fue compartida más de 26 mil veces en esa red social. Fue el contenido más popular de Insignares desde en esa red social desde el comienzo de la pandemia, en febrero de 2020. No fue este el último experimento del médico colombiano. 

Un cuasiexperimento

El 8 de marzo de 2021 se publicó un artículo titulado “Determinación de la efectividad del dióxido de cloro en el tratamiento del COVID-19” en una revista llamada Journal of Molecular and Genetic Medicine. El documento fue firmado por Insignares, Bolaño, Andrade y los bolivianos Patricia Callisperis (entonces presidenta de la Comusav en ese país), Ana María Suxo, Arturo Bernardo Ajata San Martín y Camila Ostria Gonzales. 

En él, se afirma que se encontró una mejoría del 95% de los pacientes tras 14 días de tomar la sustancia.  El estudio dice estar basado en la prueba clínica hecha en Bogotá —cuyos resultados nunca fueron publicados oficialmente—, pero sostiene que fue “multicéntrica” porque incluyó a 20 pacientes en Ecuador, Bolivia, México y Perú, pero ninguno en Colombia. Los pares académicos revisaron el artículo en tiempo récord. En solo siete días, del 22 de febrero al 1 de marzo de 2021, ya concluyeron que el estudio era válido. 

Los cortos tiempos de revisión son un indicio de la baja calidad científica de la revista que publicó el documento. Distintos medios de verificación de hechos, como Colombiacheck o Chequeado (los dos forman parte de esta alianza periodística), anotaron en verificaciones independientes que el estudio tiene fallas metodológicas, de lenguaje científico, de forma e incluso errores geográficos. Los autores se presentaron con credenciales institucionales dudosas y con muchas citas autorreferenciales, incompletas o erráticas que impiden saber a ciencia cierta el origen de la información. Además, la revista ha sido cuestionada por cobrar 2 mil 200 dólares por publicar artículos sin hacerles una exhaustiva revisión.  

A una conclusión similar llegó un análisis publicado en The Conversation por Tania Romero Allsop y Kevin Navarrete, quienes trabajan como investigadores en el Instituto de Microbiología de la Academia Checa de Ciencias. Allí se detalló el error de hacer un “cuasiexperimento” en el que cada participante decidió si tomar o no el dióxido, lo que indujo a posibles sesgos a la hora de valorar si el químico tenía o no efecto. Para que fuera válido el estudio, dicen estos investigadores, tendría que haber sido “doble-ciego” y aleatorio. Es decir, que ni investigadores ni pacientes supieran quién tomó placebo y quién dióxido de cloro hasta el final de los resultados, y que las probabilidades de estar en uno u otro grupo fueran las mismas al comienzo de la prueba. 

Además, el estudio no determina si una persona se curó del virus con una prueba reconocida como PCR o medición de la carga viral, lo que daría certeza, sino con una descripción de los síntomas. “Se evaluaron variables subjetivas como el dolor o los escalofríos, justo las características que son más influenciadas por el efecto placebo”, dicen los investigadores. 

El artículo es tan problemático que hasta algunos de sus coautores han intentado desmarcarse de él. En abril de 2021, Suxo dijo a un medio español que promociona el dióxido de cloro y reporta sobre las movidas de la Comusav que le parece que el estudio carece de credibilidad y que el contingente boliviano ha intentado que quiten sus nombres de él, sin mayor éxito.

Ante estos señalamientos, Insignares le dijo a este equipo periodístico, que las estadísticas de impacto y relevancia de la publicación Donde apareció el artículo la hacen “una revista aceptable y promedio”. Dijo además que el mismo documento admite la posibilidad de que se presenten sesgos y efecto placebo. Pero explicó que cuando desaparecen la fiebre y los  escalofríos no se puede pensar que esto es un efecto placebo. “Intente quitarse una fiebre con la mente y verá lo difícil que es”. dijo. 

Sobre las limitaciones de la metodología del estudio, el médico Insignares admitió que si hubieran utilizado métodos aleatorios y de doble ciego hubiera sido mejor, pero aseguró que él y sus colegas no podían correr con los costos de un estudio así y que, aun así, el experimento que hicieron tiene validez científica. “Nosotros hicimos lo mejor que pudimos con los que teníamos a disposición de recursos, siendo metodológicamente estrictos”.

Sobre las diferencias con sus coautores, Insignares dijo que se trató de un enfrentamiento personal “bastante incómodo para mí” entre Andreas Kalcker y los coautores bolivianos de la investigación, el cual —aseguró— no tiene relación con el contenido del estudio.

Contactada, Patricia Callisperis dijo que no contestaría sin que primero el periodista le enviara su registro de periodista y su currículum “para en enviar a la Asociación Internacional de Periodismo para que estén presentes el día de la entrevista, si esta se realiza. Así no se tergiversarán los hechos”. En Bolivia no existe un registro oficial de periodistas y esta asociación a la que se refiere es desconocida. Al insistirle, optó por no dar la entrevista. 

La falta de evidencia sólida del estudio de bajo recursos no impidió que los promotores del dióxido de cloro hicieran circular este artículo en redes sociales como supuesta prueba definitiva de la eficacia de la sustancia como tratamiento anticovid. El 8 de abril, en un escueto video difundido en uno de los canales oficiales de la Comusav en Telegram, Insignares daba la “primicia” sobre su estudio. 

Pronto comenzó una ola de mensajes que lo difundían en el original en inglés o su traducción al español, que muchas veces repetían o incluso exageraban las afirmaciones que están en él. “El dióxido de cloro sí cura el COVID-19, después de casi un año de estudios y probado con cientos de personas”, dice un texto del que encontramos 46 republicaciones en esta plataforma. Otro texto, que fue republicado al menos 21 veces, dice que el estudio probaba que “es innecesario cualquier medicamento alternativo o inyección experimental”, refiriéndose a las vacunas. 

En total, encontramos 132 mensajes que difundían el artículo en nuestro seguimiento de Telegram, que fueron vistos 1.2 millones de veces en esa plataforma. Es interesante notar que los mensajes más sobrios venían de los canales oficiales de Kalcker o Comusav, mientras que los que distorsionaban los supuestos hallazgos normalmente venían de grupos sin una afiliación aparente.

En Facebook, la difusión de este documento fue inferior a la que obtuvo en el estudio clínico. Encontramos 96 republicaciones del artículo, la mayoría de ellas en páginas y grupos dedicados a la difusión de temas esotéricos o teorías de la conspiración, con una audiencia promedio cada uno de 24 mil 700 usuarios. Los posts tuvieron un total de mil 286 interacciones, una fracción de las obtenidas por el link del estudio clínico publicado en 2020. 

El estudio encontró eco en algunos sitios web. El más popular fue un medio costarricense llamado Cambio Político, cuyo reporte (hoy borrado) obtuvo 10 mil interacciones en Facebook y fue compartido en una veintena de grupos y páginas, según Crowdtangle. Además, la boliviana Karla Revollo, con gran influencia en redes, entrevistó a Insignares en su programa de radio que difunde terapias medicinales alternativas. Revollo es la directora internacional de comunicación de la Comusav.

Así, Insignares ha construido una influencia que le permite hoy presentarse como un supuesto líder científico. Cada vez que le dan la oportunidad, aparece en los congresos de América Latina pidiendo “apoyo para hacer más estudios científicos y clínicos”. También ha dicho que las muertes han subido después de la vacunación, una afirmación contraria a la realidad de Latinoamérica, un continente en el que en la mayoría de los países el 70% de la gente tiene al menos una dosis de la vacuna. 

Del análisis de estos dos estudios espurios se puede ver con claridad que sí hay un método probado que estos promotores del dióxido de cloro de la Comusav dominan bien. Pero no es la ciencia para curar el COVID-19, sino la de cómo diseminar su desinformación con eficacia. 

Producen “estudios” que en apariencia parecen sustentados. Sus propios militantes producen los documentos, los publican en medios que también tienen la pose de contener ciencia, pero no resisten una verificación. Su red o la de sus aliados los comentan y comparten profusamente en comunidades digitales de promotores y simpatizantes del dióxido de cloro y simpatizantes de las teorías de conspiración. Y de vez en cuando consiguen que la apariencia de ciencia legítima convenza a incautos, que asustados por el mortal virus, y sin vacunas accesibles, se vuelvan clientes de los múltiples negocios que han montado alrededor del dióxido de cloro. Desafortunadamente, algunos de esos mensajes también son republicados sin chistar por medios de comunicación, que por supuesto masifican a la fraudulenta cura. 

 

Carolina Méndez, Joaquín Martela y Marcelo Blanco de Bolivia Verifica hicieron reportería desde Bolivia. Mago Torres, parte del equipo de CLIP, colaboró en el diseño del análisis de datos de redes sociales.

 

* Equipo de Mentiras Contagiosas:

Dirección y edición: Pablo Medina Uribe y María Teresa Ronderos; Producción: Luisa Fernanda López; Desarrollo web: Diego arce; Análisis y visualización de datos: Rigoberto Carvajal y José Luis Peñarredonda; Gerencia: Emiliana García; Grabación de testimonios: Ángela Cantador; Ilustración para logo: Miguel Méndez; Caricatura de portada: Ditto.

Autores:

José Luis Peñarredonda, CLIP

Jeanfreddy Gutiérrez, Colombiacheck

Sharon Mejía, ColombiaCheck

Pablo Medina Uribe, CLIP 

Este trabajo contó con apoyo en Investigación de Olaya Grueso de Correctiv.

 

Mentiras Contagiosas es un trabajo coordinado por el Centro Latinoamericano de Investigación Periodística – CLIP en el que participan Chequeado de Argentina, Bolivia Verifica de Bolivia, Aos Fatos de Brasil, ColombiacheckCuestión Pública de Colombia, Efecto Cocuyo de Venezuela, Agencia Ocote de Guatemala, Animal Político de México y El Detector de Univisión de Estados Unidos.

 

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Chernóbil: por qué la central nuclear siguió funcionando tras el accidente y cuándo dejará de ser radiactiva

Desde 1986 hasta hoy miles de operarios han trabajado en la planta y se han vivido momentos tensos, como un incendio o el derrumbe parcial de la estructura de contención.
26 de abril, 2022
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Chernóbil ha vivido recientemente sus momentos más tensos desde el desastre de 1986.

Las tropas rusas tomaron la planta y sus alrededores a finales de febrero, en el inicio de la invasión a Ucrania, y las ucranianas recuperaron el territorio un mes después.

Estos acontecimientos han puesto de nuevo el foco de atención en la central donde se produjo la peor catástrofe nuclear de la historia.

La fuga masiva de materiales radioactivos en el accidente del 26 de abril de 1986 causó 56 muertes directas y al menos otras 4,000 entre trabajadores y residentes locales, según estimaciones del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA) y la Organización Mundial de la Salud (OMS).

También dejó prácticamente inhabitable un radio de 30 kilómetros en torno a Prípiat, la ciudad que alberga la planta unos 100 kilómetros al norte de Kiev. Es la llamada zona de exclusión.

Radiación en Chernóbil en 2019

BBC

Los sucesos de 1986, que en su momento ocultó la Unión Soviética, se documentaron ampliamente en años posteriores y han llegado al gran público en diversos formatos, desde informes hasta libros o la exitosa miniserie de HBO de 2019.

Sin embargo, la historia de Chernóbil después del accidente es menos conocida.

La reciente invasión del ejército ruso puso de relevancia algo que muchos ignoraban: la central nuclear no está sellada y clausurada, sino que sigue conectada a la red eléctrica y más de 2,000 operarios trabajan en ella con regularidad.

De hecho, tras el accidente de 1986 en el que explotó el reactor número 4, siguió produciendo electricidad durante casi una década y media con las tres unidades que quedaban.

Esto plantea algunas preguntas sobre Chernóbil después del desastre, en la actualidad en pleno conflicto entre Rusia y Ucrania, y su futuro.

¿Qué pasó en la planta en los años posteriores al accidente?

Una de las primeras fotos de Chernóbil tras el accidente de 1986

Getty Images
Chernóbil emitió 400 veces más sustancias radioactivas que la bomba de Hiroshima. Esta es una de las primeras fotos de la central tras el accidente de 1986.

Durante 14 años y 7 meses primero la URSS y luego Ucrania mantuvieron operativas las instalaciones para garantizar el suministro eléctrico de la región.

Esto preocupaba a los países cercanos, que temían un nuevo accidente en los reactores soviéticos RBMK-100, moderados con grafito, a los que se atribuían fallas de diseño.

De hecho en 1991 saltaron las alarmas cuando se incendió una turbina del reactor número 2, lo que llevó a clausurar la instalación, mientras el número 1 se cerró cinco años después, en 1996.

Tras años de negociaciones Ucrania se comprometió con los países del G7 a desactivar la central a cambio de 1,500 millones de euros en ayudas (unos US$1.650 millones) y el 12 de diciembre de 2000 el reactor número 3, el último en funcionamiento, se apagó definitivamente.

En cuanto al malogrado reactor 4, que tras el accidente dejó a la intemperie más de 200 toneladas de materiales radiactivos, en los meses posteriores del mismo 1986 se cubrió apresuradamente con un sarcófago de acero y hormigón para impedir fugas.

Los trabajadores de mantenimiento del primer sarcófago de Chernóbil

Getty Images
Los operarios de mantenimiento del primer sarcófago solo podían permanecer en sus puestos por tiempos cortos (a veces de solo unos minutos) debido a la alta radiación.

Pero era un caparazón provisional, construido apresuradamente para aguantar un máximo de 30 años. La radioactividad, nevadas, lluvias y vientos lo fueron deteriorando hasta el punto de que en 2013 se derrumbaron una de las paredes y parte de la cubierta.

En 2016, tras siete años de trabajos, se inauguró el conocido como NSC (siglas en inglés de “nuevo confinamiento seguro”), diseñado para contener los restos radioactivos durante un siglo.

NSC (nuevo confinamiento seguro) de Chernóbil

Getty Images
El proyecto del NSC (nuevo confinamiento seguro) costó más de 2.000 millones de euros

¿Cómo pudo seguir funcionando la central entre 1986 y 2000?

Hay que recordar que la planta de Chernóbil está en el epicentro de la zona de exclusión donde se prohibió toda actividad humana excepto trabajar en el lugar más peligroso: la central nuclear.

“Si bien la radiación era elevada para los estándares laborales actuales, permitía el trabajo normal de los operarios sin que esto fuera mortal para ellos”, explica a BBC Mundo el ingeniero nuclear argentino Aníbal Blanco, investigador de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) y especializado en el accidente de Chernóbil.

Dos trabajadoras de la central de Chernóbil en 1996 pasan el control rutinario de radiación.

Getty Images

El experto puntualiza, sin embargo, que “según la normativa internacional vigente referida a la protección radiológica de los trabajadores del área nuclear, hoy no se permitiría el trabajo en esas condiciones“.

Los empleados de la central nuclear durante esos años permanecían en sus puestos en turnos limitados y medían constantemente su exposición a la radiación.

Ángela Merkel, entonces ministra de Medio ambiente de Alemania, visita la central de Chernóbil en 1996

Getty Images
Una imagen curiosa: Angela Merkel, entonces ministra de Medio Ambiente de Alemania, visita la central de Chernóbil en 1996. Tanto ella como los periodistas y operarios que la acompañan llevan el rostro y las manos al descubierto dentro de las instalaciones.

¿Qué ocurrió tras el cierre y qué trabajos se llevan a cabo en la central?

Aunque no produce electricidad desde el año 2000, Chernóbil no se ha podido desmantelar y requiere una gestión constante.

“Todas las personas que operan en la central nuclear de Chernóbil siguen trabajando para eliminar las consecuencias del desastre de 1986“, indica a BBC Mundo el diputado Ihor Kryvosheyev, presidente del comité para la reparación de daños del accidente de Chernóbil en el Parlamento de Ucrania.

Ihor Kryvosheyev, diputado ucraniano

Ihor Kryvosheyev
Debido a la guerra Ihor Kryvosheyev ha dejado temporalmente el Parlamento y se dedica a transportar suministros desde la frontera con Eslovaquia hasta Kiev y otras ciudades.

La central, afirma Kryvosheyev, “ahora tiene como objetivo garantizar la seguridad nuclear”, teniendo en cuenta que dentro del confinado reactor 4 se siguen produciendo reacciones de fisión por la concentración de elementos radiactivos.

En la planta hay registrados unos 2.400 empleados, desde científicos y técnicos hasta cocineros, médicos, personal de apoyo y miembros de la guardia nacional.

Los primeros llevan a cabo varias tareas imprescindibles, como la reubicación de combustibles atómicos o el mantenimiento del sarcófago y las instalaciones con residuos radiactivos.

trabajadores de Chernóbil en un ensayo de situaciones de emergencia en 2006

Getty Images
Los trabajadores de Chernóbil llevan a cabo frecuentes ensayos de situaciones de emergencia

Estos trabajos requieren un flujo constante de electricidad.

El temor a un corte eléctrico prolongado: ¿qué pasaría si esto sucediera?

Cuando las tropas rusas llegaron a la zona de Prípiat el 24 de febrero se produjo un corte eléctrico de varias horas que obligó a usar los generadores diésel de emergencia, sin que esto causara un grave peligro.

¿Qué pasaría, sin embargo, si por el conflicto u otro motivo la corriente se cortara durante varios días, o semanas?

Aníbal Blanco advierte de que “esto no debe suceder de ninguna manera en este tipo de instalaciones”.

“En el peor escenario -de pérdida total de energía por varios días- el agua de las piletas podría evaporarse, dejando al aire los elementos combustibles gastados (ECG)”, explica.

La exposición de tales materiales “elevaría la radiación ambiental y podría sobrecalentar los ECGs, que podrían fisurarse y emitir partículas radiactivas al ambiente”, apunta.

Interior de la central de chernóbil

Getty Images
La central se alimenta de la red eléctrica y cuenta con generadores diésel de emergencia

Kryvosheyev, por su parte, cree que el desastre podría ser mayor.

“Si se cortara la electricidad de forma prolongada, al no funcionar el sistema de ventilación del NSC del reactor 4 es probable que el polvo radiactivo supere el sarcófago y se propague más allá de la zona de exclusión, contaminando áreas limpias de Ucrania y Europa“.

¿Qué supuso la invasión y la estancia de las tropas rusas?

La llegada de las tropas rusas a finales de febrero causó un aumento fuerte y repentino de los niveles de radiación en la zona.

Esto generó temores a una posible fuga radiactiva por el impacto de algún proyectil o explosivo en la central.

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Sin embargo, no se debía a eso. El paso de las tropas y vehículos pesados en la primera etapa de la guerra levantó polvo en la zona de exclusión, cuyo suelo acumula material radiactivo.

“Ese polvo radiactivo en el ambiente hizo saltar las alarmas en los detectores. Luego, al estacionarse las tropas y vehículos, se desvaneció y los niveles de radiación bajaron a niveles previos”, afirma Blanco.

Cuando las tropas rusas tomaron Chernóbil se encontraban allí unos 200 operarios, que permanecieron 25 días retenidos en las instalaciones hasta recibir relevo el 20 de marzo.

También mantuvieron cautivos a 169 miembros de la Guardia Nacional ucraniana en las instalaciones de la central y después se los llevaron a Rusia como prisioneros, según autoridades de Kiev.

“Fueron tomados como rehenes y retenidos por la fuerza”, denuncia el diputado ucraniano.

Kryvosheyev acusa al ejército ruso de haber usado la zona de exclusión “como base militar, para almacenar explosivos y municiones”, algo que, considera, podría haber provocado un accidente nuclear con “terribles consecuencias para Europa y todo el planeta”.

Las autoridades rusas, por su parte, aseguraron que garantizaban el suministro eléctrico de la planta y señalaron a Ucrania como responsable de cualquier incidente que pudiera suceder allí.

En todo caso, el 1 de abril Ucrania confirmó que había vuelto a tomar el control de la planta.

Energoatom, la agencia estatal de energía nuclear de Ucrania, afirmó que los soldados rusos estuvieron expuestos a “dosis significativas” de radiación durante su estancia de más de un mes.

Una habitación llena de desechos en Chernóbil

BBC
Yogita Limaye, de BBC, fue una de los pocos periodistas que entraron a la planta tras recuperarla las tropas de Ucrania. Esta foto, incluida en su crónica, muestra cómo quedó una de las habitaciones donde los soldados rusos mantuvieron cautivos a miembros de la Guardia Nacional ucraniana.

Décadas de actividad

La central será desmantelada completamente en torno a 2064. ¿Por qué tanto tiempo?

Aníbal Blanco argumenta que las tareas de desmantelamiento “son extremadamente complejas y requieren de una planificación cuidadosa”.

“A la construcción del sarcófago del reactor 4 y el mantenimiento de los lugares donde se depositaron los residuos radiactivos y los combustibles gastados de las unidades 1 a 3 se suma el traspaso de esos combustibles usados y luego el desmantelamiento progresivo de las 3 unidades y de los sitios ya no utilizados”.

El nuevo confinamiento seguro de Chernóbil

Getty Images

Kryvosheyev, por su parte, asegura que el año 2064 “solo es una fecha de referencia“.

“Nuestros científicos han creado un plan con los pasos a implementar hasta ese año y nuestro estado está dispuesto a financiar e implementar esas medidas”.

En todo caso, sentencia, “el problema de Chernóbil llegó para quedarse durante milenios“.


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