Quitar uso de cubrebocas en exteriores no afecta otras medidas: expertos
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Quitar el uso de cubrebocas en exteriores no implica retirar otras medidas, coinciden especialistas

Levantar el uso de mascarillas en espacios abiertos es posible en estos momentos, pero se corre el riesgo de generar confusión y que las personas tampoco la usen en interiores o que ya no guarden sana distancia. Especialistas urgen a evitar que esto ocurra.
Cuartoscuro
2 de abril, 2022
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En exteriores y con sana distancia real, no hay problema por dejar de usar el cubrebocas. Lo riesgoso es que no se guarde separación entre las personas, que la gente quiera pasar a interiores sin mascarilla y que esto se interprete como un mensaje de que ya se puede dejar de usarla cuando todavía hay casos de COVID-19, coinciden especialistas consultados por Animal Político

Este viernes, el Gobierno de la Ciudad de México anunció que levanta la recomendación de utilizar el cubrebocas en espacios abiertos, con el argumento de que los indicadores muestran que la pandemia está en descenso. 

La recomendación empezó a estar vigente a partir de este viernes 1 de abril. El uso del cubrebocas en la capital se mantendrá en espacios cerrados, por ejemplo, el transporte público, y también seguirá para personas adultas mayores, con enfermedades crónicas o que sean casos sospechosos de COVID-19. 

La CDMX se sumó así a otras entidades que han levantado el uso del cubrebocas en espacios abiertos, como Coahuila, Nuevo León, Quintana Roo y Tamaulipas

Respecto del levantamiento de esta medida, Alejandro Macías, especialista en medicina interna e infectología y excomisionado contra la influenza, dice que “dada la baja incidencia de COVID en este momento, se puede decir que en exteriores se puede dejar de usar el cubrebocas, pero siempre y cuando se mantenga la sana distancia”. 

Ese es justamente el punto que preocupa a los especialistas: cómo se hará para que la gente de verdad no se junte y para que se entienda en qué espacios abiertos sí se debe usar y en cuáles no. 

“Es una medida complicada, que puede causar confusión, se tiene que entender que es para espacios abiertos, donde realmente no haya mucha gente, como cuando se va caminando solo por la banqueta, por ejemplo, o en el parque, pero no es una medida para el patio de una escuela o un centro comercial o la Alameda en domingo”, explica Mauricio Rodríguez, vocero de la Comisión para Atender la Emergencia por Coronavirus de la UNAM. 

Además, dice Rodríguez, las personas pueden venir de un espacio abierto y pasar a un interior sin el cubrebocas. “Lo mejor es traerlo, y así no tienes que estar pensando si aquí sí y acá no, ya voy a entrar y no traigo, mejor traerlo puesto y ya”. 

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Alejandro Sánchez, maestro en Ciencias Biomédicas, investigador del Instituto de Biotecnología de la UNAM e integrante del Consorcio Mexicano de Vigilancia Genómica, señala que hay dos importantes barreras que protegen a las personas para evitar un contagio: el cubrebocas y la sana distancia. 

“Si quitas el cubrebocas, quitas una protección muy importante, porque la sana distancia es fácil que se pierda. ¿Quién va a controlar que de verdad se guarde una sana distancia en lugares que suelen ser muy concurridos, por ejemplo?”, dice. 

Malaquías López, epidemiólogo y también integrante de la Comisión COVID de la UNAM, advierte que otro problema es que la gente malentienda el mensaje y crea que ya no hace falta usar el cubrebocas, cuando en México se tiene un buen apego a su uso. 

¿Qué dice la OMS?

En el sitio web de la Organización Mundial de la Salud (OMS), no hay ninguna mención sobre que se recomiende levantar el uso del cubrebocas en espacios públicos. Lo que se señala es que las mascarillas son esenciales para reducir la transmisión del coronavirus y salvar vidas.

“La utilización de mascarillas bien ajustadas debe formar parte de una estrategia integral del tipo ‘¡Hágalo todo!’, que abarque mantener el distanciamiento físico, evitar entornos cerrados y concurridos en los que haya contacto directo entre personas, garantizar una buena ventilación de los espacios interiores, limpiarse las manos con regularidad y cubrirse al estornudar o toser con un pañuelo de papel o con la parte interna del codo”, recomienda la OMS. 

De hecho, Malaquías López apunta que todavía hay señales de peligro en el horizonte internacional. “Lo que ha pasado en China, con los repuntes, pese a tener poblaciones más vacunadas que la mexicana, es una señal poderosa que se debería atender. Acá por supuesto que podríamos tener un aumento de casos, aunque no necesariamente de fallecimientos y hospitalizaciones, por la vacuna, pero más valdría no arriesgar”. 

Sobre todo, dice López, porque las personas en México ya se acostumbraron a usar el cubrebocas, no hay protestas como en otros países ni tanta resistencia. “¿Cuál es la urgencia entonces de quitarlo en exteriores y mandar un mensaje confuso? No ganamos mucho y sí corremos riesgos”. 

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Mauricio Rodríguez señala que, ante el levantamiento de la recomendación de usar cubrebocas en espacios públicos en algunas entidades, se tendrá que volver a apelar a la conciencia colectiva de usarlo realmente solo cuando se esté en espacios abiertos sin mucha gente o mejor seguir usándolo. 

Lo que sí debe quedar muy claro, subraya Alejandro Macías, es que la pandemia aún no ha terminado. “Esto no va a acabar hasta que la incidencia de casos sea muy, muy baja. Por ahora, hay que usar el cubrebocas en espacios abiertos con mucha gente, siempre en interiores, ventilar los espacios y vacunarse”. 

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7 formas de gastar menos en alimentos en tiempos de inflación y comer bien

Latinoamérica es la región del planeta donde es más caro alimentarse de manera saludable y cuesta tres veces más que lo que la gente puede pagar.
13 de mayo, 2022
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Comer se volvió cada vez más caro.

Una familia promedio latinoamericana gasta en comida entre el 25% y el 40% de su presupuesto mensual, de acuerdo a cifras oficiales de cada país. Los sectores más pobres destinan todavía un porcentaje mayor.

América Latina es la región donde es más caro comer de forma saludable en el planeta junto con África, según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por su sigla en inglés).

Para poder hacerlo, cada persona necesitaba US$4,25 diarios en 2019, último dato disponible. Eso es tres veces más de lo que la población podía pagar.

El monto actualizado será mayor, estima el subdirector general de la FAO y representante para América Latina y el Caribe, Julio Berdegué, en diálogo con BBC Mundo.

Panadería.

AFP

La FAO calcula un índice del precio de los alimentos y ahora es el momento en el que es más caro comer, al menos desde que se tienen registros.

Eso lleva a una peor alimentación, y por consiguiente a mayores tasas de malnutrición e incluso hambre.

Entonces, en tiempos de alta inflación y con la subsiguiente subida del precio de los alimentos lo más sencillo puede ser cambiar por productos que son más baratos pero que no necesariamente son tan saludables ni tienen el equilibrio nutricional que requiere nuestro cuerpo.

“Dado que en América Latina es más caro comer saludable, nos movemos a más carbohidratos, más azúcar, más grasa. Todo eso es barato”, señala Berdegué.

Comer bien y al mismo tiempo gastar menos es todo un desafío. Aquí te presentamos 7 acciones que puedes llevar a cabo para lograrlo.

1. Cocinar

Tal vez sea la más obvia, pero es esencial. Comprar comida afuera, en la calle o en un comercio, es muchas veces lo más rápido, pero no lo más conveniente para el bolsillo.

Una mujer prepara una bandeja con plátano maduro que sirve en una feria de comida callejera en Medellín, Colombia.

Getty Images

Además, cuando compramos comida hecha no sabemos cuál es la calidad de los ingredientes utilizados, o incluso qué ingredientes se utilizaron para su elaboración.

Lo mismo ocurre con la comida prefabricada que venden en el supermercado, productos conocidos como ultraprocesados. Estos contienen excesos de grasas malas, sodio y azúcares, entre otros componentes, que se añaden para darle mejor sabor pero que no contribuyen a la salud.

Cocinar en casa hace que sepamos exactamente qué estamos comiendo y que paguemos menos por ello.

2. Comer lo justo

Un alto porcentaje de las personas come más cantidad de alimentos que la que exige el organismo.

Reducir las porciones que nos servimos a las cantidades recomendadas para el funcionamiento humano ayuda al bolsillo y, al mismo tiempo, a sentirnos mejor físicamente.

“Las cantidades que se sirven en muchos de nuestros países son demasiado grandes. La compra en el mercado sube muchísimo y, además, este exceso de comida lleva al sobrepeso”, dice a BBC Mundo la nutricionista venezolana Ariana Araujo.

Una dieta de entre 2.000 y 2.500 kilocalorías es un número adecuado de ingesta diaria.

3. Cambiar de recetas

Venta de carne en un mercado de México.

Getty Images

Sustituir ingredientes o platos completos es una de las formas de abaratar el gasto en comida.

Determinados productos básicos como el aceite, el café, algunas frutas y verduras, la carne de vaca, el pan (y la harina de trigo en general), los huevos y algunas legumbres aumentaron de precio más que la suba promedio de alimentos y bebidas no alcohólicas en la mayoría de los países latinoamericanos, de acuerdo a la información publicada por instituciones oficiales que se encargan de medir la inflación.

Las tortillas de maíz, parte fundamental de la dieta mexicana, le cuestan a los consumidores de ese país 17,7% más ahora que hace un año. La harina de maíz, imprescindible para las arepas, ha subido de precio en toda la región.

Se pueden buscar sustitutos que sean nutricionalmente equivalentes o similares, pero que no se hayan encarecido tanto o incluso hayan bajado de precio.

Mercado de legumbres.

Getty Images
Los frijoles aumentaron menos de precio que otros alimentos en la mayoría de los países latinoamericanos y son una buena fuente de proteína.

Para ello es necesario conocer qué productos son intercambiables.

Una comida balanceada debería estar compuesta por una mitad de frutas y verduras, un cuarto de proteínas y el otro cuarto de carbohidratos, afirma Araujo.

En el grupo de las proteínas se encuentran la carne de res y de cerdo, pollo, pescado, leche, quesos, huevos, frijoles, lentejas y guisantes.

La carne de cerdo es la que, en general, subió menos de precio en los últimos 12 meses en América Latina, mientras que el pollo y el pescado acompañaron la suba general, que fue menor al encarecimiento de la carne bovina.

Los frijoles, en cambio, no tuvieron tal incremento de precios e, incluso, están más baratos que un año atrás en algunos países.

“Hemos disminuido fuertemente el consumo de legumbres, de frijoles, garbanzos, lentejas, cuando son productos accesibles que aportan buenas cantidades de proteínas”, dice Berdegué.

Entre los carbohidratos están el arroz, el pan, el maíz, la pasta, el plátano y los tubérculos -papa, yuca, batata, entre otros-.

El arroz y los tubérculos se encarecieron menos que el trigo y el maíz, por lo que optar por los primeros contribuirá a abaratar el menú.

Huevos y tortillas de harina de trigo.

Getty Images

“Algo que se puede hacer es mezclar en un mismo plato cereales -arroz, pasta- con legumbres. Los dos se complementan y ayudan a formar una proteína muy similar a la de la carne”, explica José Balbanian, docente de la Escuela de Nutrición de la Universidad de la República en Uruguay.

Con esa combinación el organismo obtiene los aminoácidos esenciales.

“El sustituto a nivel nutricional es fácil de conseguir. El problema es cómo cambiar la cultura de las personas. ¿Cómo le quitas a un mexicano la tortilla o a un venezolano la arepa?”, se pregunta Araujo.

Respecto a los aceites, Araujo sostiene que puede ser cualquiera, salvo el de palma porque es una grasa saturada que no es saludable. Balbanian agrega que es necesario su consumo, aunque no en frituras.

4. Planificar las compras

Cartel de ofertas en la puerta de un supermercado en Buenos Aires.

Getty Images

Hacer un plan de lo que debemos comprar antes de ir al mercado es clave para el ahorro.

Lo primero es saber qué queremos comprar para luego decidir dónde. Ir por frutas y verduras, quesos o carnes a la feria suele ser más económico que en grandes comercios.

Cuando se va a un supermercado, lo ideal según Araujo es recorrer las tres paredes del local -los costados y la trasera- formando una “U” invertida.

En estos pasillos se encuentran comúnmente los productos frescos y de allí debemos seleccionar el 80% de la compra para que sea saludable, afirma la nutricionista.

No se puede ir con hambre al supermercado, porque si estoy corto de dinero y encima voy con hambre veo una promoción de un ultraprocesado que me gusta mucho y caigo en comprarlo”, asegura Balbanian.

Tener claro qué se va a cocinar en los días siguientes ayuda a calcular mejor las cantidades y no comprar de más, algo importante en los alimentos perecederos para no tener que tirarlos luego porque se echaron a perder.

Un consejo de Balbanian es comprar en grandes cantidades, para una misma familia o entre varias personas, para ahorrar.

Una recomendación de Araujo es mirar en los estantes inferiores, donde suelen ubicarse los productos con menor procesado que son más baratos.

5. Buscar de temporada

Mercado de frutas y verduras.

Getty Images

Las frutas y verduras son intercambiables entre sí; lo importante es variar entre ellas.

“Aportan fibra, vitaminas y minerales que son muy difíciles de encontrar en otros alimentos”, dice Balbanian.

Para achicar el costo de la alimentación, lo que aconsejan los expertos es comprar los productos de temporada o estación, dependiendo del país y su clima.

Intentar comer tomate fuera de temporada hace que sean más caros porque quienes los venden han recurrido a cadenas de frío para conservarlos durante meses o que los produzca en invernaderos, ambos sistemas que encarecen los alimentos.

Por el contrario, en temporada se encuentran los productos en abundancia, a precios bajos, y es cuando están más gustosos y nutritivos.

A veces, hay productos que en el pasillo de congelados se encuentran más baratos que frescos y se puede sacar provecho de esas oportunidades, siempre y cuando los ingredientes que están escritos en la bolsa sean exclusivamente el producto que buscamos, sin agregados, sostiene Araujo.

6. Aplicar técnicas de conservación

Pollería

Getty Images
Si bien el pollo se ha encarecido en la mayoría de los países de América Latina, es todavía más económico que otras carnes y se puede utilizar como sustituto para obtener proteínas.

Una alternativa es comprar cuando está barato y aplicar alguna técnica de conservación.

La más sencilla es poner los alimentos en el congelador. Pueden ser tanto carnes como la mayoría de los vegetales -siempre que no quieras comerlos crudos luego- y frutas.

Con los vegetales, la recomendación es que cuando se vayan a consumir se provoque un choque térmico, del frío al calor intenso, para que no pierda textura y sepa peor.

También se pueden cocinar mayores cantidades que las que vayas a comer de inmediato y guardar porciones en el congelador para más adelante, o cocinar ingredientes sueltos y congelarlos para utilizarlos más adelante en preparaciones.

“Eso mantiene más del 90% de sus nutrientes”, afirma Araujo y agrega que ella hace eso en su casa.

Para no recurrir al frío siempre y dejar atiborrado el congelador, otra opción es la conserva.

Hay diferentes técnicas, pero la más sencilla es envasar al vacío. “Se hacía mucho en la Segunda Guerra Mundial con los vegetales”, cuenta Araujo.

7. Optar por segundas marcas o marcas blancas, pero antes leer

Persona comprando pasta en el supermercado.

Getty Images
Las marcas blancas no son necesariamente de peor calidad que las primeras marcas.

Por efecto del marketing, muchas veces creemos que un producto de la marca más destacada -también llamada primera marca- es mejor que las otras. Esto no necesariamente es así.

“Es importante leer la lista de ingredientes, más que el cuadro nutricional, e identificar azúcares y grasas de mala calidad”, afirma Balbanian.

Araujo dice que en ocasiones las segundas marcas o incluso las marcas blancas -aquellas genéricas de la cadena de supermercados- son más saludables porque, para abaratar, no utilizan determinadas grasas o azúcares que las primeras marcas sí usan para darle otro sabor al producto.

En otras, no son mejores pero tampoco peores. “Mi recomendación es leer las etiquetas y comparar. Casi siempre son bastante parecidas y hay un ahorro importante”, dice Araujo.


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