Arte penitenciario que busca la reinserción
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Denunciar la tortura, tema de un proyecto de arte penitenciario que busca la reinserción

Kolëctiv Feat es una incubadora de artistas que busca ayudar a personas privadas de su libertad a vivir del arte, de sus obras y con ello contribuir a su reinserción social.
Por Marcela Nochebuena
12 de mayo, 2022
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Historias de tortura, discriminación y encierro son narradas a través de las pinceladas de artistas que surgieron del lugar menos pensando: la prisión.

“Tenía 18 años cuando fui trasladado al Estado de México y comenzaron los golpes. Fueron solo el preámbulo de los toques, el tehuacán, la asfixia con la bolsa y la pérdida de la conciencia, mientras escuchaba la risa burlona de los agentes de investigación y la única pregunta era: ‘¿Quién te pagó para matar al regidor?’, algo de lo que no tenía respuesta. Durante tres días, una y otra vez. Se vuelve tan terrible que cualquier ruido te ocasiona miedo, un miedo que se siente hasta los huesos”, se lee en la ficha técnica de la obra Hasta el viento duele, de Horacio Mata Nava, interno hace 35 años en la Penitenciaría de la Ciudad de México. 

En El efecto Lucifer, Alejandro Sandria, tallerista y quien estuvo privado de la libertad en el Reclusorio Norte durante 10 años, plasma una radiografía en alusión a las costillas que tenía rotas cuando ingresó a la cárcel.

“Los policías habían hablado, como diré, muy suavemente conmigo, entonces llegué con mis costillas rotas y golpeado. Llegas al frío, pasé unos días mal, pero te presentan como si no te hubieran golpeado: ‘se cayó’; a mí me detienen y dicen que brinqué un carro, que no sé cuánto mide, y me caí”, dijo en entrevista. 

Estas piezas forman parte de la exposición Brutal, sin distinción de apando, una instalación de Kolëctiv Feat, una incubadora que busca artistas en las cárceles y tiene como objetivo ayudar a la reinserción social.

“Es una incubadora de artistas que forma artistas dentro de la cárcel, ofreciéndoles la oportunidad de una profesión distinta al salir, de la que puedan vivir, incluso desde que están adentro, mediante la venta de su obra; abrir el imaginario de posibilidades, y decir que hay esta profesión, además del proceso sanador y todas las cosas que tiene el arte, pero eso lo damos por descontado; la idea es que puedan vivir de ello”, dijo en entrevista Lulú Puig, fundadora del colectivo.

Kolëctiv Feat nació en marzo de 2017 a partir de la entrada de Lulú Puig al Reclusorio Norte como tallerista, ella tenía la idea de hacer una serie de obras que hablaran sobre la libertad. Ahí descubrió el talento y la técnica de personas que pintaban de 45 a 50 horas a la semana. En ese momento ella decide compartir, mediante sus clases, contenidos sobre expresión artística, museos y arte contemporáneo.

En la exposición también está la instalación La Justicia, de Puig, en ella se lee: “En México no se le niega a nadie un vasito de agua ni una orden de aprehensión”.

Visibilizar la tortura

La obra Pantone de casos muestra pequeños recuadros con los diferentes tonos de la sangre de las personas que fueron torturadas dentro o fuera de prisión.

“Abajo tiene distintos casos, y el tipo de sangre que tienen, pero al final lo que decimos es ‘todas son del mismo color’. Esta es nuestra parte de denuncia”, explicó Puig en entrevista.

Las obras, además de narrar las experiencias vividas por los reclusos, buscan expresar el rechazo a la tortura. Incluye fotos en material semi transparente de los internos, “porque es lo que pasa con ellos, es esta ausencia-presencia porque la familia los olvida, la sociedad también y se quedan ahí en medio. Dentro tenemos encarcelada a nuestra Justicia, porque la que tenemos en México ni es mujer, porque el sistema patriarcal no lo permite, ni tiene los ojos vendados, ni es equilibrada”, explicó Puig.

Según datos de la Comisión de Derechos Humanos capitalina, la Fiscalía General de Justicia y la Secretaría de Seguridad Ciudadana, son las dependencias que encabezan el número de recomendaciones por casos de tortura, desde que éstas comenzaron a emitirse en la capital. La última recibió 13 entre 2010 y 2020.

Kolëctiv Feat cumple un año de haber logrado replicar el mismo proyecto en la Penitenciaria de la Ciudad de México, después de 20 años de que en ese centro penitenciario no hubiera talleres de arte. De ahí, 17 internos forman parte del colectivo, más cuatro del Reclusorio Norte y cinco liberados que hoy viven completamente de esa actividad. 

Recuerdos al lienzo

Además de sus costillas rotas, lo que Alejandro Sandria recuerda más claramente de su ingreso al Reclusorio Norte, en 2008, es el sonido del metal. 

“Me acuerdo mucho. Fue el primer día que llegué: escuchaba las rejas, cómo se cerraban, cómo se abrían, pero era puro metal en la madrugada; y puras sombras, que eran los custodios de negro; es todo lo que ves llegando a la cárcel y es todo lo que ves durante todos los días. A mí me quedó mucho eso marcado y dije ‘no quiero volver a pasar por esto’, quiero dedicarme al arte”, dijo el artista.

Después de su primer año y medio en el reclusorio, Sandria se acercó al arte y al poco tiempo, Lulú Puig llegó a hablarles de artistas contemporáneos como Pollock, Richter o Basquiat.  Para él, esa fue la pieza del rompecabezas que le hacía falta porque no se trataba de un taller ni de “un cursito de pintura”, sino de un proyecto de vida para dedicarse de lleno a esa profesión.

“Adentro yo empezaba a vender mis pinturas, pero no estaba tan orientado a la pintura contemporánea. Después, empiezo a ver que el arte no es nada más pintar cosas bonitas, un paisajito, sino que va más allá, que pueda tocar al espectador, que diga ‘esa pintura me gusta, no sé por qué’ o que le entienda a mi pintura y les haga pensar”, explicó.

Ahora el también tallerista en la Penitenciaria, está seguro de que el panorama que enfrentó al ser liberado habría sido muy distinto sin el arte y el colectivo.

“Hubiera estado muy cabrón. Yo salí y me fui a mi barrio, y al segundo día que fui al mercado con mi mamá, me encañonaron; gente del barrio que me conocía, me dijeron ‘aquí no vas a volver a hacer tu desmadre’, porque son los que ya traen el control. Se quedan con la misma imagen: ‘este cuate salió de la cárcel, ahora viene peor’, como piensa toda la gente”.

Desde que empezó a pensar cómo viviría una vez que estuviera afuera, Alejandro se preguntaba de qué iba a trabajar, o si existían posibilidades de seguir estudiando artes plásticas. Cuando salió conoció a un empresario que lo contrató de manera exclusiva para decorar sus oficinas. 

“Mi hija vive en otro estado y como la voy a visitar, tengo que meterme a trabajar en un Oxxo o en una empresa, y eso si bien me va, porque te piden antecedentes no penales; hay un 90% de posibilidades de que me digan que no, entonces qué hago, ¿hacer lo mismo? Si no nos da otro chance la sociedad, entonces de qué vamos a trabajar”, cuestiona. 

Moisés Bucio Enríquez es amigo de Alejandro desde la infancia y estuvo nueve años en el Reclusorio Norte. Se acercó al arte y al colectivo gracias a esa amistad, y puede decir casi lo mismo respecto a la reinserción. Hace cuatro años, cuando fue liberado, se fue a Veracruz y a Tabasco, donde consiguió un “trabajillo”; estuvo tres meses alejado de la ciudad y cuando regresó, fue Lulú Puig quien le ayudó a conseguir trabajo en la capital. 

“Nunca me imaginé salir de una prisión y hacer esto, que nos reconocieran y que vieran el valor que tenemos como seres humanos, porque a veces, por los antecedentes, encontramos muchas trabas: no nos dan trabajo, y es una falta al derecho, que ni siquiera deben pedirlo”.

Bucio Enríquez afirma que el arte le ayudó a expresar sus emociones, desde el primer cuadro que pintó dentro de su celda, Todos somos yo, donde se autorretrata triste, enojado y alegre al mismo tiempo, hasta la obra que expone ahora en la muestra: un lienzo donde se representa a sí mismo junto a su esposa, entre lágrimas y rejas en azul como símbolo de la impotencia de no poder vengar su muerte porque no quiere recurrir de nuevo a la violencia. Además, las rejas en la boca y la cabeza de él representan el tiempo que estuvo preso, porque “nuestra voz no vale, nuestra presencia, somos un cero a la izquierda”.

Alejandro Sandria también le extendió la invitación a Gerónimo Duarte Amador, quien en agosto cumplirá su sentencia completa tras su preliberación. Relata que se unió al colectivo cuando tenía algunos problemas de la vista que le hacían pensar que no podía pintar, pero la dedicación de sus compañeros y de la maestra Lulú, como la llaman, lo motivó y entusiasmó a conocer la historia del arte y desarrollar su expresión artística.

“Allá adentro empecé a soltar un poco las manos; afuera no fue tan difícil porque la maestra nos había dado su número telefónico para poder formar parte del colectivo, integrarme y seguir pintando, que fue para mí algo maravilloso”.

Una oportunidad

Aunque se había prometido que una vez fuera, no volvería a pisar la cárcel, Sandria cambió de opinión cuando tuvo la oportunidad de convertirse en tallerista, y mucho más cuando entraron a la Penitenciaría después de 20 años de que ahí no hubiera talleres de artes plásticas.

Aunque significaba volver a escuchar esas rejas, reflexionó que si el arte a él le abrió las puertas, ahora puede contribuir a que así sea para sus compañeros y amigos.

“Encontrarme con compañeros como Raúl, que está explotando su estilo, que hace poco le compraron un cuadro y lo que pidió, se lo pagaron porque lo vale; que el hecho de que siga en la cárcel no hace que tenga un desprestigio o que valga menos. Los de Santa Martha no le piden nada a un académico de La Esmeralda o de San Carlos, tienen mucha calidad, mucha expresión, y tienen muchas horas de trabajo allá adentro”, dijo.

En su obra El efecto Lucifer, además de incluir su radiografía por la tortura de la que fue objeto, incluye una imagen de su expediente en proceso de romperse gracias a la pintura, porque ahora ya no lo marca. El título parte de la intención de reflejar hasta qué grado puede llegar el ser humano con un poco de poder.

“Se refleja mucho con los custodios. Allá adentro tienen que mantener el control a como dé lugar, y afuera todos dicen ‘que bueno que estén ahí dentro’. No saben qué pasa adentro para que cuando ellos salgan, salgan igual o peor; por qué no protestan para tener mejores cárceles… Alguien que llega a la cárcel, ya no existe; sus derechos a la chingada, somos muertos vivientes, y después cuando salimos dicen ‘ay, por qué lo dejan salir’, es como la contradicción de la sociedad”, concluye.

Después de casi 10 exposiciones en lugares como el Seminario de Cultura Mexicana, la Biblioteca de México, la Universidad Iberoamericana y el Centro de las Artes en San Luis Potosí, Brutal, sin distinción de apando se exhibe hasta el 13 de mayo en la sede de la Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de México.  

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La mexicana que pasó décadas buscando al desconocido que le salvó la vida

Sonia Solórzano sobrevivió a las terribles explosiones de gas de Guadalajara en 1992 cuando un extraño la sacó de los restos de un autobús destruido. Pasaría décadas tratando de encontrarlo.
23 de abril, 2022
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Algo espantoso sucedió en Guadalajara, México, hace 30 años. Y, para Sonia Solórzano, todo empezó en la noche del martes 21 de abril de 1992.

Al cepillarse los dientes antes de acostarse, notó que un olor a gasolina emanaba del grifo.

Vivía en la colonia Atlas, a pocas cuadras de una de las principales zonas industriales de la ciudad. Pensó que quizás había una fuga de combustible de una fábrica.

“Esa noche no dormí porque el olor era muy, muy fuerte, y me daba miedo”, le cuenta Sonia al programa Outlook de la BBC.

Pero, al día siguiente, 22 de abril, el olor había disminuido.

Con una taza grande de café bien negro lavó la insomne noche, y se preparó para ir al trabajo.

“Tenía 19 años. Soy la mayor de nueve hermanos. En ese tiempo ya trabajaba en un bufete de abogados para ayudar en casa”.

Normalmente, Sonia tendría que haber estado en la oficina a las 9:00 de la mañana. Sin embargo, era Semana Santa. La oficina estaba vacía, pero a ella le tocó el turno de atender la recepción.

“Como eran vacaciones, no tenía un horario forzoso a cubrir, entonces mi idea era llegar a las 10:30”.

Llegar tarde al trabajo no fue la única decisión fatídica tomada esa mañana.

“Mi papá solía llevarme en su carro al trabajo, e insistió en hacerlo, pero le dije que me iba en camión”.

Era un día inusualmente caluroso y, como no tenía prisa, dejó pasar el primer bus, pues estaba demasiado lleno.

Era poco antes de las 10 de la mañana.

Tomó el siguiente autobús, “y me fui al último asiento”.

El chofer no arrancó inmediatamente pues una mujer insistía en pagar su pasaje con monedas viejas.

Eran las 10:05 am.

“Un pasajero dijo: ‘yo pago’, y lo último que recuerdo es ver que la señora estiró su mano y a la vez sentí un golpe en la parte de abajo del camión”.

“El fin del mundo”

Diarios reportando lo ocurrido

BBC

Cuando Sonia recuperó la consciencia, no tenía idea de la dimensión del desastre que acababa de ocurrir.

“Al abrir los ojos, fue como si le estuvieran subiendo poco a poco el volumen a la televisión. Empecé a oír gritos, auxilios, ‘¡córranle!’, e incluso ‘¡es el fin del mundo, arrepiéntanse!’… una confusión de sonidos”.

Una fuga de gasolina en el sistema de alcantarillado de Guadalajara produjo una serie de explosiones devastadoras, arrasando 8 kilómetros cuadrados de la ciudad.

Parques y calles se convirtieron en cráteres. Tiendas y casas fueron derribadas como castillos de arena golpeados por las olas.

Los coches y los camiones estaban esparcidos cual hojas sopladas por el viento.

Imagínate las secuelas de un bombardeo seguido de un terremoto.

“Volamos”

Dos de las explosiones ocurrieron justo debajo del autobús de Sonia, lanzando el vehículo repleto de pasajeros metros al aire.

“En la primera explosión, el camión voló y cayó de techo, y la otra explosión nos volvió a aventar, y el camión cayó de lado”, recuerda.

Volamos literalmente de esquina a esquina“.

Un bus volteado y casa destruida con dos hombres ayudando

Getty Images
Hasta los vehículos grandes volaron por los aires.

“Pensaba: ‘¿Estoy soñando? Si no, ¿qué está pasando aquí?’.

“Al tratar de enderezarme sentí que me están picando la espalda con algo. Nos picaban para forzarnos a reaccionar si estábamos vivos. Y empecé a oír voces que decían: ‘Sí, está viva, se está moviendo’, y me comentaban que arriba de mí había 4 personas muertas.

“Lo que vi fue desastre, tierra, sangre, polvo, pedazos de cuerpos… peor que una guerra”.

“Por amor de Dios, no abra los ojos”

“Empecé a gritar, a pedir auxilio, pero nadie vino en ese momento a ayudarnos”.

Había temor de que los escombros colapsaran aún más.

Sin embargo, alguien escuchó los gritos de Sonia: un rescatista de la Cruz Roja se metió al autobús, que estaba encajado en un enorme cráter.

“En cuanto se subió nos dio un miedo horrible porque el camión empezó a tambalearse”.

Finalmente, el rescatista se acercó a ella.

“Lo que se me grabó de él es que tenía una cara muy desencajada, estaba muy pálido, asustado, como que él tampoco creía lo que estaba viendo. Pero nos dijo que nos calmáramos”.

Pareja buscando entre los escombros

Getty Images

“Cuando trató de rescatarme, mis piernas no me respondieron y sentí un dolor muy fuerte”.

Estaban atrapadas en varillas de metal retorcido y, como no tenía herramientas, el socorrista comenzó a torcerlas y tirarlas con sus propias manos.

“Recuerdo que en todo momento me decía: ‘Por amor de Dios, no abra los ojos, téngame confianza, no tenga miedo’.

“Pero mi miedo era que si cerraba los ojos me iba a morir… que me iba a quedar ahí. Le decía: ‘no me deje aquí’.

“En ese momento, oí que a alguien le gritaban: ‘¡Quítese, va a pisar a la gente!, y vi a una persona delgada con una cámara”.

Esa persona delgada era un fotógrafo sensacionalista que capturó la escena en una foto que obsesionaría e inspiraría a Sonia en las siguientes décadas.

Carroza fúnebre

Después de casi una hora atrapada entre los escombros, Sonia finalmente fue liberada por el socorrista.

“Cuando me subieron a la ambulancia me aferré a él porque me daba mucha confianza pues me había ayudado, y me dijo: ‘Vas a estar bien. Yo me quedo aquí porque hay mucha gente que rescatar’.

“Le pregunté: ‘¿Qué pasó?’, y tranquilamente me dijo: ‘Explotó toda la colonia Atlas, pero estás viva’.

“Pensé en mi mamá y mis hermanos que quedaron en casa. Di por hecho que me había quedado sola. No hice más que llorar”.

Sonia fue llevada al hospital más cercano, que estaba desbordado. El personal médico no daba abasto para atender a los cientos de heridos y moribundos que se alineaban en los pasillos y desbordaban las camas del hospital.

Chico entre escombros

Getty Images

Dada la gravedad de las lesiones de Sonia, los médicos ordenaron su traslado a otro hospital, con más suministros y personal.

Pero todas las ambulancias estaban ocupadas transportando a las víctimas desde el lugar del desastre. Finalmente, un voluntario se ofreció a llevarla.

“El doctor en todo momento me sobaba la cabeza y me decía: ‘Tranquila, no te asustes, es por tu bien, te va a ayudar el Señor’, y yo no entendía porqué hasta que vi que me iban a trasladar en una carroza fúnebre.

“Yo le dije: ‘¡No, no me suba… no me quiero morir!'”.

Sonia estaba decidida a mantenerse consciente, con los ojos abiertos y su mente activa: para ella, la muerte simplemente no era una opción.

“Cuando entré al quirófano, el doctor me dijo: ‘Vamos a tratar de salvarte la pierna’, y yo le dije: ‘Sálveme la vida'”.

“¿Flaca, sí eres tú?”

Tras varias horas de cirugía, Sonia despertó viva y con su pierna.

El alivio fue rápidamente reemplazado por la tristeza por haber perdido a su familia… hasta que una silueta familiar apareció en la puerta.

“Mi padre siempre vestía de negro. Cuando vi a una persona de negro en la puerta me agarré a gritar: ‘¡Papi, papi!’.

“No sé cómo me veía yo, porque se acercó y me preguntó tres o cuatro veces: ‘¿Flaca, sí eres tú?’. (Más tarde me diría: ‘Es que tenías la muerte en tu rostro, estabas transparente… no eras tú’).

“Y yo le preguntaba: ‘¿Están todos bien?’ y me dijo que sí”.

Sonia con la pierna enyesada riendo

CORTESÍA DE SONIA SOLÓRZANO

Su padre había pasado el día buscándola en las morgues de la ciudad.

A altas horas de la noche la empezó a buscar en los hospitales, resignado a la idea de que las posibilidades de encontrarla con vida eran escasas o nulas.

“Me quiso agarrar la mano y le dije: ‘No la puedo mover’. Y vi que se quedó sacado de onda porque no podía mover nada”.

La hinchazón en la clavícula de Sonia, el área de la parte superior de la espalda, los hombros y la columna vertebral, había causado parálisis completa.

“Había el riesgo de que yo quedara con vida vegetal. Nada más movía mis ojos y podía hablar“.

Pero Sonia sabía que tenía una segunda oportunidad de vivir, y la aprovechó.

“En ese momento yo dije: ‘Bendito Dios que fui la única de mi familia que tuvo esa experiencia y que me salvaron, porque vi gente a la que no lograron salvar. Qué horror.

“Entonces me mentalicé: venga lo que venga, estoy viva“.

La foto

Soportaría más de 20 cirugías. Su rehabilitación fue lenta pero constante. Pasó de no poderse mover a usar una silla de ruedas.

A veces, el agotamiento y la frustración obstaculizaban su optimismo, hasta que un día, recibió la visita de una amiga que le preguntó: “¿Ya viste que saliste en una revista? Sales tú dentro del camión”.

Volví a entrar en shock: haz de cuenta que me hubieran vuelto a subir al camión”.

Era esa foto que tomó el fotógrafo sensacionalista.

En la imagen se puede ver a Sonia en el suelo, con la cabeza hacia abajo como si estuviera agonizando de dolor, y a la izquierda está el rescatista aferrado a tubos de metal y tratando de mantener el equilibrio entre los escombros inestables.

Como está de espaldas y su rostro solo sale de perfil, se dificulta su identificación.

“Le dije: ‘Algún día lo he de conocer, primero para decirle gracias, porque sé que Dios me permitió vivir, pero si no es por este señor, yo no estaría en el hospital. Y para decirle que sus palabras de aliento hicieron eco.

La foto en la que aparecía el hombre que le salvó la vida.

La foto le recordó amargamente a Sonia su vida antes de abordar el autobús en ese fatídico día.

Pero, también se convirtió en un motor de inspiración.

“Siempre he dicho que es cierto que la tragedia marcó mi vida, acabó con mis sueños, pero con los sueños de cuando era joven.

“Pero también me dio otra visión y me permitió conocer gente con un corazón enorme”.

Estaba resuelta a no ser definida por esa imagen que la mostraba tumbada, lisiada y angustiada.

Sabía que tenía que levantarse, reconstruir y redefinir su vida.

Discriminación

Pronto sucedió lo que había sido imposible concebir meses antes cuando solo podía mover los ojos y la boca: se levantó de la silla de ruedas.

“Ahí sí fue cuando me metí el chip de que si había logrado superar esas etapas, podía avanzar más. Así que le dije a mi padre que iba a volver a trabajar”.

Pero el hecho de que solo pudiera caminar con la ayuda de un aparato ortopédico se convirtió en un obstáculo.

Sonia, con el aparato ortopédico en la pierna derecha.

“Yo llegaba a pedir trabajo con ese aparato grandote, tosco y, sí, horrible, y me decían: ‘¿Sabes qué? Sí tienes la capacidad de trabajar, tienes los conocimientos, pero tu imagen no es apta para el trabajo‘.

“Me discriminaban. En otro lugar me dijeron que el uniforme de las mujeres eran minifaldas y yo no podía usar el aparato. Por ese motivo no me daban trabajo”.

Después de todo lo que había superado, la discriminación no iba a disuadirla. Cuando le relató el incidente a sus fisioterapeutas, la empatía prevaleció y le ofrecieron un empleo.

Además de un trabajo, encontró el amor, y poco después tuvo dos hijos.

Los tiempos exactos

Había reconstruido su vida. Tenía una familia y un gran sentido de propósito, como defensora de personas con discapacidades.

Ahora, cuando miraba la foto del tabloide, no se enfocaba en la imagen de su yo herido. Podía fijar su mirada en el rescatista que la salvó.

Un sentido del deber y una obsesión la invadió. Tenía que encontrarlo y agradecerle, aunque lo único que tuviera era esa borrosa foto.

Cada 22 de abril, el aniversario de la explosión, comenzaba el día buscando al misterioso voluntario de la Cruz Roja.

Ambulancias de la Cruz Roja Mexicana

“Pensaba que era más fácil que me ubicara en esa fecha que en cualquier otra. Iba a la Cruz Roja, mostraba la foto, preguntaba por él, incluso dejaba cartitas o algo.

“Fue una constante eso de estarlo buscando de una u otra forma, y no daba con él. Pero dije: ‘La vida y Dios nos marcan los tiempos exactos'”.

La vida y Dios se asegurarían de que el proceso se repitiera durante dos décadas y media.

“Previo al 25º aniversario, hice lo que siempre hacía: buscarlo. Pero esa vez mandé un mensaje por redes sociales”.

“Ese güey soy yo”

“De repente un día, un compañero de la Cruz Roja me mandó una foto y me preguntó: ‘¿Conoces a este cuate?’“, cuenta Pablo Carrera, ingeniero, paramédico experimentado y rescatista voluntario de la Cruz Roja.

“Y le dije: ‘¡No te hagas menso! Ese güey soy yo. ¿Quién más? Soy inconfundible'”.

Pablo recuerda claramente aquella Semana Santa de 1992.

Pablo y Sonia, en su encuentro, un cuarto de siglo más tarde.

Cortesía de Sonia Solórzano
Pablo y Sonia, en su encuentro, un cuarto de siglo más tarde.

A las 10:05 de la mañana de la explosión, estaba disfrutando de sus vacaciones y yendo a desayunar.

“Tenía por costumbre los miércoles acudir con mi esposa al centro, y camino a donde íbamos escuché muchos sonidos de sirenas”.

Sin embargo, estaba distraído por los sonidos de su estómago vacío. Pero cuando llegó al restaurante y se enteró de lo ocurrido, ese estómago hambriento inmediatamente se le revolvió.

Salió corriendo a la Cruz Roja.

Supermán de carne y hueso

Apenas llegó al estacionamiento, uno de sus colegas le dijo: “Comandante, súbase a la ambulancia” y se fueron a la zona del desastre.

“Todavía había una nube de tierra densa. La calle estaba completamente destruida, como si hubiera habido un bombardeo. Había gente atrapada y empezamos a hacer nuestra labor”.

Los gritos de auxilio venían de todas las direcciones, pero por alguna razón fue la voz de una joven, Sonia, la que llamó su atención.

“El camión estaba en el fondo de un barranco. Nadie se quería meter, hasta que yo llegué y me metí.

“Me acuerdo perfectamente que entré por la parte de atrás.

La verdad es que sí me dio miedo, porque los fierros se movían. No soy Supermán, porque Supermán es el hombre de acero y yo soy de carne y hueso.

“Vi a Sonia y yo le dije: ‘Tranquila, no llores, cierra los ojos, ahorita te sacamos’. Pero me acuerdo que me costó mucho trabajo”.

Sonia fue la última sobreviviente evacuada de los restos del autobús.

Después de enviarla al hospital, Pablo continuaría ayudando a decenas de otras víctimas, durante otros tres días seguidos.

Las explosiones en Guadalajara dejaron más de 200 muertos, aunque algunas estimaciones dan un número de al menos mil.

Innumerables casas y negocios fueron destruidos; el daño costó millones de dólares.

“¿Te gustaría conocerlo?”

Si bien Sonia pasó años absorta por esa foto de la escena del rescate, Pablo nunca la había visto, así que cuando su colega se la mostró, no entendió por qué.

“Durante los 25 años que ella estuvo buscándome, jamás me enteré”.

Poco después, Sonia recibió un mensaje de la Cruz Roja.

“Decía: ‘Sonia, ya encontramos al rescatista. ¿Te gustaría conocerlo?’… ¡Pues claro que sí!”.

Foto del interior del bus y foto del encuentro 25 años más tarde.

El 21 de abril de 2017, en la víspera del 25º aniversario de las explosiones de gas, fue un día soleado e inusualmente caluroso, como lo fue en ese fatídico día de 1992.

Sonia iba camino de reunirse finalmente con el hombre que le salvó la vida.

Le llevaba tres rosas blancas, por las personas vivas que rescató, y una roja, “a nombre de toda la sangre que se derramó y toda la gente que rescató pero ya estaba muerta”.

El encuentro

Pablo: “Vi acercarse a esta dama, con un ramo de flores, y en cuanto la vi… me acuerdo y me da sentimiento. Me abrazó y lo primero que le pregunté fue: ‘¿Te acuerdas de mí?’, y dijo: ‘Sí'”.

Sonia: “Volví a oír su voz dentro del camión diciendo ‘tranquilízate’, ‘yo te voy a ayudar’… todo. Nos dimos un abrazo, y yo la verdad no aguanté, lloré, lloré, lloré”.

Pablo: “Fue excepcional, fue algo inédito. Se me hizo rarísimo. Es que nunca me lo imaginé. Pos, todos mis compañeros hicieron lo mismo, no más que a mí me tocó ese reto, por alguna razón, Dios lo decidió así”.

Sonia: “Le reclamé: ‘¡Dónde estabas! Te he estado buscando’. Y me dijo: ‘Aquí, nunca me he ido'”.

“Fue algo tan emotivo, tan bonito. El hecho de que tú puedas decirle a esa gente: ‘Gracias. Veme, estoy viva, tengo hijos. Si no hubieras llegado tú, yo no estaría aquí'”.

Pablo: “A mí me da mucho gusto, porque yo veo a Sonia, una mujer completa, y pudimos darle una segunda oportunidad para que ella pudiera desarrollarse. Y me da gusto porque me impulsa a seguir con mi labor de ayudar a la gente, que es lo que me gusta.

“Mi padre decía, lo que siembres hoy, mañana lo vas a cosechar”.

Sonia: “La tragedia marcó un antes y un después en mi vida, y me sigue marcando porque las cicatrices en mi cuerpo y mi discapacidad ahí están.

“Pero aprendí a nunca reprochar lo que me toca vivir. Nunca te preguntes por qué a mí. Pregúntate para qué”.

* Este artículo es una adaptación del episodio“Who was the stranger who saved my life?” de la serie Outlook del Servicio Mundial de la BBC.


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