Los rostros de 52 desaparecidos son borrados de un mural en Acapulco
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FOTOS: Celeste Hernández / Facebook y redes

Familias de Acapulco reclaman por la alteración de un mural con los rostros de 52 personas desaparecidas

El mural, pintado en una de las paredes de un restaurante, fue borrado con agua de cal. Las familias no saben quién fue, aunque creen que delincuentes o la autoridad pueden ser responsables porque no les gusta que se exponga el problema de las desapariciones.
FOTOS: Celeste Hernández / Facebook y redes
Por Jesús Guerrero / Amapola Periodismo
4 de junio, 2022
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La voz de doña Socorro Gil se oyó con coraje al enterarse de que borraron el mural con los rostros de 52 desaparecidos que estaban plasmados en la pared del restaurante El Anafre, ubicado en la avenida Miguel Alemán, en la zona tradicional de Acapulco.

“Podrán borrar un mural con los rostros de nuestros desaparecidos pero nunca los van a borrar de nuestro corazón”, señaló la señora, quien tiene un hijo desaparecido cuyo rostro estaba en ese lugar.

El 1 diciembre de 2021, este mural había sido borrado con pintura blanca, pero con las lluvias que cayeron en los últimos días de mayo, se deslavó la pared y nuevamente aparecieron los rostros.

“Fue un milagro del cielo”, dijo doña Socorro.

Pero este martes 31 de mayo, nuevamente fue borrado el mural con agua de cal y no se sabe quién o quiénes lo hicieron.

Para doña Socorro, madre del joven desaparecido Jonathan Guadalupe Romero, el que hayan escondido con pintura blanca este mural es una acción de personas que no tienen ninguna sensibilidad.

“No tengo pruebas de que haya sido la autoridad, pero seguramente fueron los malos (delincuentes) los que borraron ese mural y yo no sé qué les molesta que estén ahí las imágenes de nuestros desaparecidos”, afirmó.

También señaló que la primera vez que fue borrado el mural, en diciembre de 2021, fue amenazado el dueño del restaurante por los delincuentes.

Este mural con los 52 rostros de los desaparecidos fue pintado por el artista plástico Alexis.

Los colectivos de los desaparecidos le pagaron el material y la comida para que realizara la obra.

“Le dimos dinero para las pinturas y durante el tiempo que estuvo trabajando le pagamos la comida”, dijo doña Socorro, quien pidió que el rostro de su hijo Jonathan quedara plasmado ahí.

El joven Jonathan Guadalupe Romero Gil y su amigo Carlos Ignacio Rojas fueron privados de su libertad por un grupo de policías municipales, cuando se dirigían a jugar futbol rápido en la cancha de la CROM en la avenida Miguel Alemán, cerca de la playa Tlacopanocha, el 5 de diciembre de 2018.

Carlos Ignacio Rojas apareció asesinado a tiros el 6 de diciembre de ese año, pero hasta el momento Jonathan sigue desaparecido.

La desaparición de Jonathan y del otro joven ocurrió durante la administración de la alcaldesa morenista Adela Román Ocampo.

Desde entonces, doña Socorro sigue buscando a su hijo y exigiendo a las autoridades que le hagan justicia deteniendo a los policías municipales que siguen en activo en la corporación, como si no hubieran hecho nada.

Lee también: “Nada se ha movido del cuarto desde que desapareció”: iniciativa busca visibilizar a mujeres desaparecidas y apoyar a sus familias

Doña Socorro cuenta que en diciembre de 2021 ella develó una pintura con el rostro de su hijo frente a la playa Tlacopanocha.

“Le pagué al pintor creo 4 mil 500 pesos y hasta hace un mes ahí seguía la pintura y yo espero que esta no sea borrada o destruida”, dijo la señora, entrevistada vía telefónica.

Ema Mora Leyva, presidenta de la Asociación de Familias de Acapulco en Busca de Desaparecidos, señaló que en 2021 los colectivos fueron los que impulsaron que se pintara ese mural de sus desaparecidos con el propósito de que se visibilizara este problema ante la comunidad nacional e internacional.

“Ese mural se pintó en esa pared del restaurante El Anafre porque es un lugar estratégico, ya que por esa zona caminan los turistas, pero a alguien no le gustó que con esa obra de arte la gente se diera cuenta de la realidad de lo que pasa en Acapulco desde hace más de 15 años”, afirmó.

Indicó que esos 52 rostros son de personas que fueron desaparecidas de 2011 a 2021. 

“Obvio que en Acapulco la cifra de desaparecidos es muchísimo más que los 52 que están plasmados en ese mural que fue borrado”, afirmó la activista, quien desde 2011 tiene un hijo desaparecido.

Su hijo José Alberto, de 14 años, fue secuestrado ese año. El suyo es uno de los 52 rostros que estaban en ese mural que pintó el artista plástico Alexis.

Doña Ema dijo que fue el dueño del restaurante quien dio el permiso para que Alexis pintara ese mural.

Indicó que para los familiares de esas 52 personas sus rostros en el mural significaban una esperanza de que a lo mejor alguna persona que los observara les dijera haber visto a alguno de ellos con vida.

La activista no descarta que las autoridades hayan ordenado que se borrara el mural, porque en una sesión de cabildo del ayuntamiento de este puerto hubo la propuesta de que se construyera un antimonumento de los desaparecidos en Acapulco pero el director de Turismo se opuso.

“El secretario de Turismo (David Abarca Rodríguez) dijo que cómo era posible que al turismo se le dé a conocer ese tipo de imágenes de Acapulco”, señaló Ema Mora.

Después de que el mural con los 52 rostros de los desaparecidos fue borrado de la pared del restaurante, los colectivos van a financiar a un grupo de artistas plásticos para que pinten otra de estas obras en las paredes de una universidad privada de Acapulco.

Doña Ema lamenta que Acapulco siga viviendo una situación de terror por la violencia en las calles, pese a que a nivel estatal y municipal los gobernantes provienen de un partido diferente al PRI.

“Hay desapariciones de personas todos los días en Acapulco y no se acabarían decenas de paredes para pintar sus rostros”, dijo.

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Cómo es el kawésqar, el idioma que solo hablan 8 personas en el mundo

¿Qué particularidades tiene el idioma nativo de los kawésqar? ¿Cuál es su origen y sus características más importantes? Aquí te lo contamos.
27 de abril, 2022
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Entre laberínticos archipiélagos australes —donde los vientos, las lluvias y el frío no dan tregua—, vivían los kawésqar.

El grupo nómada pasaba gran parte del día en sus canoas (o hallef) recorriendo los canales entre el golfo de Penas y el estrecho de Magallanes, rodeados de densos bosques y en busca de lobos marinos, nutrias, aves y moluscos para alimentarse.

Los hombres eran los responsables de la caza terrestre (que incluía el icónico huemul) y marítima, mientras las mujeres recolectaban mariscos mediante el buceo, para lo que cubrían su piel con grasa de lobo marino.

Al igual que el resto de los pueblos originarios que poblaron América hace miles de años, los kawésqar tenían su propia lengua, marcada profundamente por su geografía. Eso explica, por ejemplo, por qué tenían 32 maneras de decir “aquí”.

Pero con el paso del tiempo y la llegada de los colonos a esta zona austral de Chile, denominada Patagonia Occidental, el grupo étnico sufrió una transformación brutal: no sólo abandonó su vida nómada —estableciéndose en Puerto Edén, una pequeña villa situada al sur del golfo de Penas—, sino que también relegó a segundo plano su idioma.

Kawésqar

Internet Archive Book Images
Según el Museo Chileno de Arte Precolombino, los kawéskar (también llamados “alacalufes” por algunos investigadores) fueron vistos por primera vez en 1526 por la expedición del marino español Francisco José García Jofré de Loaysa.

Y es que aprender español se volvió una necesidad para ellos y, así, poco a poco se llegó a un punto crítico: hoy, solo ocho personas hablan su lengua originaria.

Cuatro de ellas son ancianos. Tres nacieron en la década de 1960 —la última generación que adquirió la lengua desde la infancia—, y solo uno, que no es miembro del grupo étnico, lo habla: Oscar Aguilera.

El etnolingüista chileno de 72 años lleva casi 50 intentando salvar este idioma, registrando el vocabulario, grabando durante horas archivos sonoros y documentando el léxico.

Ahora hay otra persona que no es de la comunidad interesada en aprender su gramática: la pareja del próximo presidente Gabriel Boric y futura primera dama, Irina Karamanos.

La dirigenta feminista se ha comunicado con Aguilera con el fin de investigar más del tema. Para ella, los chilenos tienen una relación “deficiente” con sus comunidades y pueblos indígenas, y aprender de su léxico es una forma de acercarse a ellos.

Pero ¿qué particularidades tiene este idioma nativo? ¿Cuál es su origen y sus características más importantes?

Aquí te lo explicamos.

¿Cuál es el origen del kawésqar?

Los lingüistas e investigadores siempre intentan responder la misma pregunta: ¿de dónde vienen las lenguas de los pueblos, cuál es su verdadero origen?

Kawéskar

Oscar Aguilera
Mujer kawéskar en Puerto Edén.

En el caso del kawésqar —así como de muchas otros hablas indígenas—la respuesta aún no está clara.

Esto se explica en parte porque se le considera una lengua “aislada” o “no clasificada”.

Es decir, no forma parte de una familia lingüística ni tiene vínculos con ninguna otra lengua viva (como sí lo tiene, por ejemplo, el español, que procede del latín y es parte de las lenguas romances).

Al ser “aislada” es más difícil descubrir de dónde vienen sus palabras, su estructura o su gramática.

Aunque se cree que los kawéskar habitan la Patagonia Occidental hace unos 10 mil años, el primer testimonio que se conoce de su lengua aparece recién entre los años 1688 y 1689, elaborado por el aventurero francés Jean de la Guilbaudière.

Según el Museo Chileno de Arte Precolombino, hacia el siglo XIX su población alcanzaba las 4 mil personas, y la mayoría hablaba el idioma ancestral.

A fines del siglo XIX, sin embargo, su población descendió abruptamente a 500 personas y luego a 150 en la década de 1920.

Actualmente, hay cerca de 250 kawéskar en la región de Magallanes, pero son monolingües —hablan solo español— y no dominan la lengua de sus antepasados.

¿Qué características tiene?

Por sus características morfológicas, el kawéskar es una lengua aglutinante (al igual que el turco y otras) y polisinética; es decir, tiene “palabras, oraciones o frases” que no se pueden traducir con una sola palabra al español.

“No hay una equivalencia de uno a uno, como por ejemplo, el table inglés y el ‘mesa’ español. En kawésqar tenemos palabras como jerkiár-atǽl, un verbo que significa ‘el movimiento que hace el mar de flujo y reflujo'”, le explica Oscar Aguilera a BBC Mundo.

Puerto Edén.

Oscar Aguilera
En Puerto Edén viven unos 200 kawéskar actualmente.

A pesar del amplio contacto de los kawésqar con los colonos, se resisten a aceptar préstamos del español. Así, han creado sus propias palabras para llamar, por ejemplo, a los aparatos han ido adquiriendo (como el televisor o el teléfono).

Las pocas palabras que se han adoptado del español han sufrido una “nativización”; es decir, una transformación a la fonética kawéskar.

Es el ejemplo de “barco”, que se dice jemmáse pero también wárko. La “b” en castellano se reemplaza por la “w”, pues no existe el sonido “b” en kawésqar.

Además, hay un lado cultural que, según Aguilera, “difiere notablemente de la manera en como nosotros nos expresamos”.

Si el kawésqar no tiene certeza de lo que dice, no lo dice. Siempre usa el condicional. Culturalmente ellos rechazan la falta de veracidad, es sancionada por el grupo. La persona que miente se la señala con el dedo”, explica.

Así, por ejemplo, los kawésqar nunca dirían que tal persona los llamó desde Londres. Como no tienen seguridad de que esa persona estaba en Londres (porque no lo ven), dirían “me habría llamado” desde Londres.

¿Por qué está en peligro de extinción?

Al ser hablado solo por ocho personas, está entre las lenguas que la Unesco considera en vías de extinción.

“El problema es que, en términos generales, no es una lengua práctica. Es mejor aprender español o estudiar inglés”, dice Aguilera.

Según el experto, entre las razones que explican por qué el español penetró tan fuerte entre los kawésqar está la comercialización de sus productos con los nuevos habitantes de la zona.

Oscar Aguilera

Oscar Aguilera
El etnolingüista Oscar Aguilera se mudó a Punta Arenas en 2015. Hoy es profesor de la Universidad de Magallanes.

Además, de acuerdo al especialista, se sentían discriminados por los pueblos aledaños, como los chilotes (habitantes de la isla de Chiloé).

“Los chilotes los miraban en menos e incluso se reían de cómo hablaban su idioma. Entonces ellos decidieron no hablar más su idioma en público, sino que solamente en la casa”, explica el lingüista.

El Estado de Chile tampoco ha priorizado su rescate o sobrevivencia. Hasta el día de hoy no hay suficientes incentivos para revitalizar el idioma. La única escuela que hay en Puerto Edén, por ejemplo, enseña en español.

“Hay algunas personas que están haciendo esfuerzos por aprender la lengua, pero la falta de continuidad y persistencia, además de tratarse de una lengua gramaticalmente tan diferente del español, lo hace difícil para ellos”, cuenta Aguilera.


La fascinante historia de Oscar Aguilera

En el invierno de 1975, Oscar Aguilera emprendió una aventura que cambiaría su vida para siempre.

Siendo un joven inexperto, recién egresado de Filología Clásica, Germanística y Lingüística de la Universidad de Chile, decidió viajar a Puerto Edén, el lugar donde viven actualmente los kawésqar.

“Quedé muy impresionado porque me habían pintado un cuadro completamente distinto. Me imaginaba que me iba a encontrar con personas vestidas con pieles, casi con harapos, y viviendo en chozas icónicas. Pero no, ellos vivían en casas común y corrientes, y se vestían igual que yo”, dice.

En ese viaje —que se extendió por todo el invierno— conoció a la familia Tonko, quienes lo ayudaron a comenzar con el registro de la lengua, compartiendo con él largas jornadas de grabación.

Al año siguiente, publicó un primer léxico que perdura hasta el día de hoy.

Oscar Aguilera (operando la grabadora) junto al equipo de investigación y un miembro kawésqar (el de más a la derecha) en Puerto Edén, 1975.

Oscar Aguilera
Oscar Aguilera (operando la grabadora) junto al equipo de investigación y un miembro kawésqar (el de más a la derecha) en Puerto Edén, 1975.

La fascinación de Aguilera con los kawésqar fue tal que siempre encontró razones para volver.

Y así es como decidió embarcarse en una segunda expedición, de la cual volvió con dos miembros de la comunidad a su casa en Santiago, donde vivía con sus padres y su abuela.

Estuvieron viviendo con nosotros durante cuatro meses. Mi familia los recibió bien, los aceptaron”, afirma.

Aguilera era en ese entonces profesor del Departamento de Filosofía de la Universidad de Chile.

Cada tarde, cuando se acababan las clases, se quedaba con los dos kawésqar grabando parte de su léxico y registrando información etnográfica.

Luego, regresaron todos juntos a Puerto Edén.

“A mí me gustaba ir porque la lengua de una comunidad tiene un componente cultural muy importante. Así que me dediqué no solo a salvar el idioma sino también al rescate cultural que implica mucho más, toda la forma de vida y el testimonio propio de ellos”, explica.

La mayoría de los kawéskar que conoció en esos viajes hablaban español pero con distintos grados de competencia. Los más ancianos, por ejemplo, solían tener más interferencia de su lengua materna, cometiendo errores como la no diferenciación entre el singular y el plural.

Oscar Aguilera grabando el idioma kawéskar con uno de sus hablantes en 2009.

Oscar Aguilera
Oscar Aguilera grabando el idioma kawéskar con uno de sus hablantes en 2009.

El académico reconoce que se enamoró de su gente.

“Hice todo lo contrario a lo que los libros de texto le recomendaban a un investigador: ‘Usted saque información, describa la lengua y váyase’. Yo me involucré con la comunidad”, dice.

“Adopción mutua”

En los años 80, la relación entre Oscar Aguilera y los kawésqar se profundizó aún más cuando decidió adoptar a dos niños de la comunidad para que recibieran una buena educación en Santiago.

Los niños pertenecían a la familia de los Tonko. En total, eran ocho hermanos. Uno de ellos, José, amaba la lectura.

“Con el permiso de sus padres, le compré un pasaje a Puerto Montt y lo fui a buscar para irnos a Santiago. Ingresó a la escuela, al Liceo Alessandri, donde yo también había estudiado”, cuenta.

José Tonko

Oscar Aguilera
José Tonko.

Cuatro años después, el hermano de José, Juan Carlos, también se fue a vivir a Santiago con Aguilera. Vivían todos juntos en una casa que el académico arrendaba en la comuna de providencia.

“Yo los adopté. Es que su familia había sido muy buena conmigo, me recibieron siempre como si fuera parte de ellos. Así que en realidad fue una adopción mutua”.

Cuando cumplieron 18 años, José y Juan Carlos ingresaron a la universidad. El primero, estudió Trabajo Social y Antropología, y el segundo, periodismo.

“Ellos son mi familia”

Actualmente, los hermanos —que bordean los 60 años— viven en la ciudad de Punta Arenas, al igual que Aguilera, quien dicta seis cursos en la Universidad de Magallanes.

“Hasta el día de hoy ellos son mi familia. Es como si fueran mis hijos, me cuidan y yo los cuido”.

Ambos han trabajado con él en la ardua tardea de rescatar el idioma.

José es coautor de distintas publicaciones —como “Gente de los canales” (2019)—, y ha colaborado en la creación de un diccionario kawésqar-español, que aún no logran terminar.

Además, entre 2007 y 2010, redactaron un texto y un archivo sonoro que se encuentra hoy en la Universidad de Texas, en Austin, Estados Unidos, y en la Universidad James Cook, en Australia.

Sin embargo, el lingüista cree que aún falta mucho por hacer.

José Tonko y Oscar Aguilera en Puerto Edén, año 2009.

Oscar Aguilera
José Tonko y Oscar Aguilera en Puerto Edén, año 2009.

“Detrás de las lenguas hay un gran conocimiento y por eso se deben preservar, porque albergan información única sobre el medioambiente donde vive la gente que lo habla”, dice.

De cara al futuro del idioma, su esperanza está depositada en la futura primera dama, Irina Karamanos.

Quizás su interés —dice— ayude a revitalizar realmente la lengua de quienes considera su verdadera familia.


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