Chiapas: frenan denuncias de familias de indígenas desaparecidos
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Ilustración: Jesús Santamaría

Desapariciones ignoradas: autoridades de Chiapas obstaculizan que familias de indígenas desaparecidos denuncien sus casos

Las familias de indígenas chiapanecos que desaparecen en México rumbo a Estados Unidos intentan denunciar, pero se topan con un muro: el de la discriminación institucional.
Ilustración: Jesús Santamaría
Por Mariana Morales y Alma Ríos 
15 de agosto, 2022
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Antonia Hernández López se arrodilló frente al alcalde de Sabanilla, Chiapas, alzó las manos al cielo y, mirándolo de abajo hacia arriba, le suplicó en chol que le dijera dónde denunciar la desaparición de su hijo, Genaro Pérez Hernández, quien dejó de comunicarse en 2012 cuando migró a Estados Unidos. Sin embargo, la mujer indígena fue ignorada.

Semanas antes, había recorrido el municipio, ubicado al norte de Chiapas, sin encontrar alguna oficina de la Fiscalía General del Estado para denunciar la desaparición.

No era su obligación saber qué hacer. Las leyes estatales establecen que esta información debe llegar a las comunidades indígenas en su lengua materna, pero esto no ocurre en Sabanilla, de donde es Antonia, ni tampoco en los municipios de San Juan Chamula, Palenque, San Juan Cancuc y Ocosingo, de acuerdo con los testimonios de familias de personas desaparecidas.

Esta investigación periodística documenta que en Chiapas ninguna institución implementa programas de difusión efectivos para informar a las comunidades indígenas qué hacer ante la desaparición de sus migrantes. 

De acuerdo con las solicitudes de información realizadas a la Secretaría para el Desarrollo Sustentable de los Pueblos Indígenas, el Congreso local, la gubernatura y la Comisión Estatal de Búsqueda de Personas (CEB), esta última es la única que difunde las leyes sobre desaparición de personas, pero solo en dos lenguas de las 12 que existen en la entidad.

Además, señala que durante 2020 y 2021 difundió por internet la legislación, pero siete de cada 10 viviendas del estado no tienen acceso a la red, según el INEGI.

Genaro dejó su pueblo cuando tenía 25 años con la ilusión de construir una casita de cemento porque en su barrio abundan las de tabla, pero el 2 de mayo de 2012 dejó de comunicarse. En esa época, trabajaba en un campo agrícola de Sonora.

Seis meses después, un hombre que aseguró ser su compañero informó por teléfono a Antonia que un cuerpo degollado encontrado en los matorrales se parecía a su hijo.

Cada vez que Antonia contaba esta pista a los funcionarios de la alcaldía, le sugerían ir a Sonora a denunciar.  

Pero la mujer ni siquiera pudo imaginar cómo era buscar a un hijo en otro estado, hablando una lengua diferente y sin dinero.

Con las ganancias de la venta de pulseras de ámbar, Nashely, una de sus hijas, viajó a Tuxtla Gutiérrez, capital chiapaneca, a preguntar qué hacer ante una desaparición.

Llegó hasta el Palacio del Gobierno estatal y a la Torre Chiapas, un edificio con varias oficinas gubernamentales, pero las trabajadoras le decían que “ese caso no les interesaba”, que “fuera a denunciar a Sonora” o, simplemente, que “estaban ocupadas”.

Un manual construido por estas reporteras —y sustentado en los protocolos de búsqueda estatal, nacional y de la ONU— señala que cualquier autoridad mexicana debe tomar conocimiento de estas desapariciones, y cuando los denunciantes hablen lengua materna, brindarles un intérprete. 

Si estas autoridades no son competentes para iniciar una búsqueda inmediata, deben canalizarla a la Comisión Estatal o Nacional de Búsqueda, a las autoridades ministeriales, de seguridad pública o a los juzgados.

Nashely pudo denunciar hasta seis años después, el 23 de abril de 2018, en la Fiscalía Contra la Desaparición Forzada de Personas y la Desaparición Cometida por Particulares de Tuxtla Gutiérrez, asesorada y acompañada por la asociación civil Voces Mesoamericanas.

Ese día, llegó junto con otros indígenas que como ella buscaban reportar la desaparición de sus migrantes, pero no había intérpretes para sus declaraciones y la organización tuvo que llevar los suyos.

Los traductores, médicos forenses, abogados, defensores o agentes del Ministerio Público de la Fiscalía General del Estado no están capacitados ni profesionalizados para intervenir en asuntos jurídicos de comunidades indígenas.

Esta investigación encontró que antes de 2018, el mismo año en que Nashely logró denunciar, la Fiscalía General de Chiapas admitió que no tenía intérpretes contratados; aunque a la fecha hay 11, únicamente hablan tres de las 12 lenguas que hay en la entidad.

El Instituto Nacional de Lenguas Indígenas (Inali) ha certificado a 143 personas que hablan algunas lenguas de Chiapas. Sin embargo, la fiscalía solo emplea a seis.

A la fecha, en la Comisión Estatal de Derechos Humanos (CEDH), no hay registro de quejas contra servidores públicos por discriminar a estas familias de migrantes desaparecidos.

Esta investigación documenta que hay pocas posibilidades de que puedan denunciar, mientras que las cifras extraídas del Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas (RNPDNO) confirman un incremento de chiapanecos desaparecidos en la última década.

Hay más casos

“Hay muchos lugares, por ejemplo, Los Naranjos, Chachalaca, Barrio Cerrillo, Frontera. Hay muchas colonias donde los jóvenes van a migrar y ya no regresan”, dice Eva, la otra hermana de Genaro, quien por hablar castellano y vivir en la capital asumió la búsqueda.

La fiscalía de Chiapas informó que, de 2012 a 2021, 51 personas de pueblos originarios desaparecieron, mientras que el Registro Nacional reporta solo una. 

Una base de datos construida a partir de las cifras de los boletines estatales del programa ¿Has visto A?, cruzadas con el catálogo de municipios del Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas (INPI), confirma parte del hallazgo de esta investigación: se encontró que al menos 25 indígenas desaparecieron en México migrando, pero sus familias lograron denunciar hasta años después de su última comunicación.

Los datos revelan que la desaparición de un migrante indígena se registró hasta 19 años después; en otros casos, pasaron 14, 12, seis, cuatro y un año.

Sin embargo, hay indígenas que ni siquiera saben si existe un reporte de desaparición, como el tsotsil Fortunato Hernández Gómez, hermano de Carmela, que fue vista por última vez en mayo de 2019.

La mujer dejó el municipio de San Juan Chamula, en los Altos de Chiapas, para ir a Estados Unidos, pero cuando atravesaba el desierto de McAllen, en Texas, desapareció.

Según el ‘pollero’, ya iban para “el otro lado” cuando Carmela fue abandonada porque ya no podía caminar. Con esa información, Fortunato llamó a la embajada mexicana en Texas para saber qué hacer.

Un funcionario le solicitó que enviara por correo electrónico la foto de la desaparecida, una copia de su acta de nacimiento y otra de la CURP, pero semanas después, cuando el hombre acudió a la sede de la Secretaría de Relaciones Exteriores en Tuxtla Gutiérrez a preguntar si con eso ya existía una búsqueda, no había intérprete y solo le contestaron “Sí”.

Pero cuando la denuncia la recibe una embajada, como le sucedió a Fortunato, la institución debe ofrecer un traductor e informar de los avances, según el manual de protocolos de búsqueda construido para esta investigación. No obstante, a la fecha, a Fortunato nadie le ha informado si se busca o no a su hermana.

Lee más: Crece la cifra de desaparecidos, pero no la capacidad para encontrarlos: suman 100 mil en medio de incumplimientos e impunidad

No hay respuesta para Eva

Han pasado casi siete meses desde que en la Fiscalía de Desaparecidos de Tuxtla Gutiérrez le dijeron a Eva que un cuerpo hallado en Sonora se parecía a su hermano Genaro. Le pidieron que se fuera a casa porque ahí investigarían, pero a la fecha no le han dicho nada.   

Este medio accedió a la recomendación CEDH/004/2019-R, que la Comisión Estatal de Derechos Humanos hizo a la Fiscalía de Chiapas en el 2019, derivado de una queja que presentaron familiares de siete indígenas migrantes desaparecidos, por la violación al derecho de acceso a la justicia.

El organismo encontró que, durante un año, esta institución mantuvo paradas las investigaciones y no buscó en otro estado a los desaparecidos porque la documentación enviada por los ministerios públicos de Chiapas estaba incompleta.

Las denuncias fueron iniciadas entre 2014 y 2015 como acta administrativa y fue hasta 2019 que se elevaron a averiguación previa.

Por estas violaciones al derecho de acceso a la justicia no hubo servidores públicos sancionados penalmente, de acuerdo al seguimiento que hizo la CEDH.

Desde el 19 de julio hasta el 10 de agosto, estas reporteras buscaron entrevistar al fiscal general de Chiapas, Olaf Gómez Hernández, pero su director de comunicación social, Ezequiel Gómez García, no contestó las llamadas ni la solicitud que se hizo por correo electrónico.

A la titular de la Comisión Estatal de Búsqueda fue imposible localizarla, mientras que Emilio Ramón Ramírez Guzmán, titular de la Secretaría para el Desarrollo Sustentable de los Pueblos Indígenas de Chiapas, no atendió la solicitud de entrevista. Para saber la versión del ayuntamiento de Sabanilla, se buscó al actual alcalde, José Darwin González Cabello, pero no respondió a los mensajes.

La activista Sandybell Reyes, integrante de Voces Mesoamericanas, señala que las omisiones hacia las familias de personas desaparecidas ocasionan que la problemática no sea visibilizada.

Es como si no quisieran que se sepa, lo único que hacen las mamás es llorar la ausencia de sus hijos desaparecidos”, lamenta Eva. 

El de Genaro no es el único caso en Chiapas. En una segunda entrega, esta investigación documenta otras historias de migrantes desaparecidos que siguen sin ser localizados por el Estado.

 

Esta investigación fue realizada gracias al apoyo del Consorcio para Apoyar el Periodismo Regional en América Latina (CAPIR) liderado por el Institute for War and Peace Reporting (IWPR).

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Qué es la distimia, uno de los tipos de depresión más difíciles de diagnosticar

Puede comenzar en la niñez o en la adolescencia, antes de los 21 años.
7 de septiembre, 2022
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Ana Bacovis sintió los primeros síntomas de distimia —trastorno depresivo persistente—, en su preadolescencia. A los 13 años sufría de baja autoestima, tenía problemas con sus relaciones sociales y empezó a tener una visión oscura de la vida.

“Me veía como una persona muy realista, pero en realidad era pesimista. La gente acaba cayendo en una situación en la que se siente eso como normal”, dice esta comunicadora y servidora pública.

Sus padres tardaron un tiempo en darse cuenta de que el comportamiento de su hija era inusual. Los picos de ira e irritabilidad que tuvo fueron los indicios para que Ana buscara ayuda.

“Tenemos una visión distorsionada de la depresión. Yo tenía momentos de alegría, picos muy altos de euforia. Luego eso se acababa y venía la tristeza”, recuerda.

Incluso ya con los síntomas iniciales del trastorno, solo obtuvo un diagnóstico cuando ya tenía signos de depresión más avanzados. Al recibir atención médica, la joven se enteró de que sufría distimia y que presentaba un grado moderado de ansiedad.

Selfie de Ana Bacovis, una joven con el pelo azul.

Archivo personal
Ana Bacovis empezó a tener los primeros síntomas de distimia cuando era adolescente.

Al igual que Ana, es muy común que muchos pacientes reciban el diagnóstico de este tipo de depresión después de estar durante décadas viviendo con los síntomas. A menudo, los signos más evidentes se confunden con la personalidad, el “modo de ser” del individuo. Y esto puede hacer que haya un infradiagnóstico.

“La historia más común que hay es la de alguien que tiene algún tipo de depresión leve o distimia, pero solo cuando los síntomas de la depresión se vuelven más severos el paciente busca ayuda y descubre que padece el trastorno”, destaca Marcelo Heyde, médico psiquitatra y profesor de la Facultad de Medicina de la Universidad Pontificia Católica de Paraná (PUCPR).

Qué es la distimia

El trastorno depresivo persistente es una forma crónica de depresión y puede comenzar en la niñez o en la adolescencia, antes de los 21 años. La distimia afecta aproximadamente al 6 % de la población mundial, según la Organización Mundial de la Salud (OMS).

La principal diferencia entre la distimia y el tipo clásico de depresión es que, en el que nos ocupa, la persona puede ser funcional y realizar sus actividades con normalidad. Sin embargo, trabajar, estudiar y otras acciones cotidianas son un poco más difíciles de hacer.

“Se pueden hacer las actividades pero con un costo mayor en la rutina y una productividad reducida debido a los síntomas. La persona es funcional, pero a costa de un mayor esfuerzo”, explica Márcia Haag, psiquiatra y profesora de la Universidad Positivo de Curitiba.

Según los expertos consultados por la BBC, aún no hay consenso sobre las causas de la distimia. Por lo general, el trastorno puede ser multifactorial y estar generado por factores estresantes durante la infancia, una presdisposición genética y biológica, un traumatismo o cuestiones sociales.

Un niño con la cabeza apoyada sobre su escritorio.

Getty Images
Esta forma crónica de depresión puede aparecer en la adolescencia.

“Es posible notar que en la fase adulta el paciente llegua a consulta y tiene llanto fácil, pero cuando se profundiza e investiga, se descubre que era un niño silencioso y con dificultades para relacionarse“, señala Bianca Breda, psicóloga y especialista en terapias cognitivas del Hospital de Clínicas de la Facultad de Medicina de la Universidad de São Paulo (FMUSP).

En el caso de Ana, descubrió que padecía esta enfermedad gracias a su trabajo en un centro de apoyo a niños y adolescentes víctimas de abuso sexual. Al tener atención psicológica en el lugar, la joven pudo entender lo que estaba pasando.

Cómo identificar la distimia y distinguirla de la depresión clásica

A diferencia de otros episodios de depresión, que son más fáciles de reconocer, la distimia tiene características propias “camufladas”.

Además de tener una duración mayor, los signos más comunes pueden manifestarse a través de cansancio, fatiga, baja autoestima, indecisión y pesimismo exagerado.

En la depresión común, la más conocida, la persona tiende a mostrar síntomas exacerbados de tristeza, desánimo, desinterés por las cosas, pérdida de apetito y otros signos que pueden ser percibidos por el entorno y por el propio paciente.

“En la depresión hay una mayor intensidad, el sufrimiento de una persona con depresión suele ser mayor y la clasificamos en leve, moderada y severa. Suele estar ligada a algún evento”, dice Breda.

No es la personalidad

La distimia se considera uno de los tipos de depresión más difíciles de diagnosticar y en muchos casos se confunde como algo “de la personalidad”·

Mujer mira al horizonte a través de una ventana.

Getty Images
La distimia se considera uno de los tipos de depresión más difíciles de diagnosticar y afecta aproximadamente al 6 % de la población mundial.

Debido a este error común, el diagnóstico suele ser tardío y perjudica a los pacientes en la búsqueda del tratamiento correcto, algo que puede tardar décadas.

Es fundamental, según los expertos, dejar de decir que cierta persona es aburrida, que es así y ha sido así toda su vida y que, por tanto, no cambiará más.

“La distimia viene de modo lento y sigiloso. Sin embargo, con los años, a pesar de ser leve, el impacto funcional es grande, ya que la persona se va ganando apodos y etiquetas de gruñón y malhumorado. Esto, que es culturalmente aceptado, va retrasando el diagnóstico y también refuerza el neuroticismo, un rasgo de la personalidad que hace que se vean las cosas de un modo negativo“, explica Heyde.

En el caso de Ana, tenía dificultades para relacionarse en la escuela pero no sabía por qué. “Siempre he tenido una inseguridad mucho mayor, sobre todo en el amor. Me bloqueaba mucho”, dice.

Ella creía que todos esos sentimientos eran parte de su actitud y que, con el tiempo, podría pasar. Pero eso no pasó y los cambios de humor se sucedieron con frecuencia.

Selfie de Ana Bacovis

Archivo personal
Desde que volvió a recibir asesoramiento psicológico, Ana ha notado una mejora significativa

“Quien tiene distimia tiene una relación muy conflictiva consigo mismo. En algún momento te acabas enfadando”, dice Ana.

Cómo buscar ayuda y tratar el trastorno

Es fundamental que el paciente busque ayuda temprana para evitar el infradiagnóstico. Muchas veces, cuando hay una queja específica sobre otra enfermedad no se busca apoyo psiquiátrico y, en general, se recibe el diagnóstico de esa otra dolencia y la distimina pasa desapercibida.

“La depresión en sí tiene hasta un 50 % de casos que no son diagnosticados por los médicos de atención primaria. Imagina lo que pasa con la distimia, donde una persona puede quejarse de sentir cansancio, fatiga y baja autoestima. Es bastante común asociarla con otras enfermedades psiquiátricas, trastorno de ansiedad y uso de sustancias“, dice Haag.

El diagnóstico tardío, refuerza el médico, también puede interferir en la aparición de otras enfermedades o empeorar cada una de ellas.

“La distimia y la depresión afectan al organismo de forma sistémica y puede hacer que empeoren algunos cuadros clínicos como la diabetes, hipertensión y enfermedades reumatológicas, haciendo que el paciente necesite mayores dosis de fármacos o una combinación superior de medicamentos para estabilizar ese cuadro”, dice.

Como todavía hay bastante tabú en relación a los temas de salud mental, identificar el trastorno puede ser aún más complicado. Lo recomendable es buscar atención con psicólogos y psiquiatras, quienes evaluarán el caso y podrán determinar la línea terapeútica correcta, la cual puede hacerse con medicación o solo psicoterapia.

En el momento en que Ana descubrió la distimia, continuó con psicoterapia y terapias “alternativas” ya que, debido a su edad, su psicóloga prefería no recetarle medicamentos.

Durante algunos años, esta servidora pública interrumpió las sesiones de terapia, pero desde el inicio de la pandemia, en 2020, ha regresado. Desde entonces ha notado una mejoría significativa.

Los especialistas refuerzan la importancia de no interrumpir el tratamiento sin la autorización de un profesional de la salud y que se debe observar continuamente la evolución del trastorno.

El seguimiento médico puede durar meses o años, pero es fundamental para mejorar los síntomas y la calidad de vida del paciente.


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