¿Qué ha pasado con los 10 mineros de El Pinabete, en Coahuila?
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FOTOS: Manu Ureste

200 horas después del desplome en la mina El Pinabete, el rescate aún no llega y el fantasma de Pasta de Conchos ronda la zona

Ha pasado más de una semana desde que una inundación dejó atrapados a 10 mineros en el pozo de carbón. Instalados en campamentos, sus familiares aún confían en “un milagro”, pero temen y reclaman por lo que consideran un lento avance de las labores de rescate.
FOTOS: Manu Ureste
13 de agosto, 2022
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Sentadas en círculo en sillas de plástico y alrededor de velas, cinco mujeres rezan en voz baja y monótona, casi imperceptible. 

“Santa María, madre de Dios, te rogamos, señora, escúchanos…”, piden al unísono, mientras las llamas anaranjadas de las velas titilan junto a una figura de la Virgen de Guadalupe y la fotografía de uno de los 10 mineros atrapados en el pozo carbonífero de El Pinabete, en el municipio de Sabinas, al norte de Coahuila.

Desde que este miércoles se cumplió una semana del siniestro en el que la mina quedó inundada de agua, el ánimo entre los familiares ha ido decayendo con cada hora sin noticias de sus seres queridos. “Aún confiamos en el milagro”, dicen todavía algunas de las mujeres que acompañan los rezos en un silencio plomizo, agotado. Pero lo cierto es que, a nueve días ya del accidente, más de 200 horas después, mantener la esperanza se ha vuelto cada vez más difícil, incluso para las más creyentes, quienes la noche del jueves realizaron una caminata con veladoras para reafirmar su fe en ese milagro. 

Cecilia Cruz es de las personas que han comenzado a prepararse mentalmente para lo que pueda suceder. Todavía repite como un mantra que “ojalá y Dios quiera” que los mineros sigan con vida, pero cada vez ve más complicado que su sobrino Sergio Gabriel Cruz Gaytán, de 41 años, salga caminando del pozo en el que desapareció luego de que se escuchara un estruendo bajo la tierra. 

“Solo sabemos lo que le dicen a mi hermano allá adentro”, dice Cecilia encogiéndose de hombros, mientras espanta unas moscas tan pegajosas como el sofocante calor que golpea la tierra coahuilense, repleta de carbón en sus entrañas. 

Cecilia se refiere así al otro campamento, el que está del otro lado del área restringida que establecieron los elementos de la Guardia Nacional y que está más cerca del área siniestrada. Ahí permanecen los familiares más directos de los mineros atrapados, aunque en el otro campamento, donde está Cecilia junto a los medios de comunicación que aún permanecen en el lugar, también hay padres, hijos y hermanos de los mineros.

Uno de ellos es el señor Antonio Cabriales, un hombre de 81 años que pide desesperado que lo dejen bajar al pozo a tratar de rescatar a su hijo, Mario Alberto Cabriales Uresti, de 41 años. Otra es Angélica Montelongo, que no se separa del altar que levantó a San Judas Tadeo, el santo de las causas imposibles, para pedir por su hermano, Jaime Montelongo Pérez, un veterano minero de 61 años que, pese a que ya estaba pensionado, continuaba bajando al pozo en busca de carbón y un sustento. 

“Todos los días escuchamos que dicen: ‘Ahora sí, ya bajó el agua. Ya mero van a entrar los buzos a rescatarlos’. Pero, hasta ahorita, no sabemos si ya entraron o qué están haciendo”, lamenta angustiada la mujer, que baña a su bebé en una cubeta, ante la falta de instalaciones en los alrededores del pozo carbonífero accidentado. 

Velada en Coahuila

“Mucha negligencia y pérdida de tiempo”

Hasta ahora, las autoridades gubernamentales han informado que van extraídos más de 150 mil metros cúbicos del agua que inundaba la mina y que ahora se escurre turbia por una vereda que pasa a escasos metros del campamento de los familiares. Y ayer viernes, Protección Civil federal afirmó durante la conferencia mañanera del presidente Andrés Manuel López Obrador que ya existen “todas las condiciones” para descender a la mina para hacer un nuevo intento de rescate. El propio mandatario ha insistido públicamente en que se está trabajando día y noche para llevar a cabo el rescate. 

“El presidente vino aquí a vernos (el pasado domingo 7 de agosto), para darnos unas palabras de esperanza. Nos dijo que confiáramos, que todo iba a estar bien, pero pasan los días y vemos que no pasa nada. Por eso ya muchas veces pensamos lo peor”, dice Cecilia con un hilo de voz. 

“Ha habido mucha negligencia y mucha pérdida de tiempo”, tercia otra familiar, visiblemente molesta, que afirma no entender por qué en las conferencias mañaneras la coordinadora nacional de Protección Civil, Laura Velázquez, insiste en que ya hay condiciones para realizar el rescate y luego este no se concreta. 

“¿Para qué nos dicen eso si luego no lo cumplen? Nada más nos genera más angustia”, se queja la mujer. 

A estas alturas —el noveno día, más de 200 horas después del desplome—, el fantasma de la mina de Pasta de Conchos, ubicada a tan solo unos kilómetros de distancia de El Pinabete y donde en 2006 un grupo de 65 mineros se quedó atrapado tras una explosión fatal, comienza a apoderarse del desgastado ánimo del campamento. Nadie aquí quiere escuchar ese nombre, pero a todos les ronda por la cabeza lo sucedido con aquellos hombres que, 16 años después, continúan sepultados bajo la mina de carbón.  

“Queremos que nos los entreguen. Así sea vivos o muertos, pero que los entreguen”, hace hincapié la señora Cecilia. 

“No queremos que un día lleguen y digan: ‘Pues mejor ya tápenle ahí y ahí queda’. ¡Porque eso ya ha pasado! —exclama la mujer, elevando el tono de voz con el que habla regularmente—. Así pasó en Pasta de Conchos. Explotó la mina, murieron todos y ahí los dejaron abandonados. Es el mayor temor de nosotros —dice señalando con la barbilla a su marido, un hombre de mostacho frondoso y rostro agrietado por el sol, también minero—. Por eso exigimos a nuestras autoridades que nos entreguen a nuestros muchachos, sea como sea, pero que nos los entreguen”.

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Los kenianos que se ganan la vida corriendo en Toluca, la ciudad más alta de México

Toluca, capital del Estado de México, acoge desde hace años a ciudadanos de Kenia que encuentran ahí un entorno ideal para practicar su profesión y ganarse la vida.
7 de agosto, 2022
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Desde temprano, se puede ver a decenas de personas entrenando en la pista de atletismo de una de las unidades deportivas de Metepec, Estado de México.

Entre todas ellas destaca un grupo de atletas que corren sprints a toda velocidad, dejando atrás al resto de aficionados mientras se comunican entre ellos principalmente en swahili.

Grupos de kenianos como este son fáciles de encontrar en la vecina Toluca, al oeste de la Ciudad de México. Este lugar se ha convertido en su hogar en los últimos años, a casi 15 mil kilómetros de su país natal en África Oriental.

Pese a la enorme distancia, los kenianos dicen que Toluca no se les hace tan diferente.

Y considerando que la gran mayoría de ellos se dedica al atletismo de manera profesional, aseguran que la capital del Estado de México tiene características casi perfectas para ellos.

“Toluca es bueno por la altura y no hace tanto calor como otros lugares donde cuesta más entrenar. Donde vive mi familia en mi país es casi igual en altura y clima. Por eso no me costó adaptarme aquí, era como estar en Kenia”, dice Musa Lemiukei, joven corredor que llegó a México hace cinco años.

La ciudad más alta de México

Escoltada por el imponente volcán Nevado de Toluca, los más de 2 mil 600 metros sobre el nivel del mar de esta ciudad la más alta de México la hacen ideal para entrenar por la menor existencia de oxígeno.

Ello hace que los pulmones deban abrirse, se eleve la capacidad de transportar sangre y el cuerpo rinda más con menos esfuerzo cuando se regresa a una altura más baja.

Ciudades más altas del mundo 🌎. (centros urbanos con más de un millón de habitantes) [ 1. La Paz (Bolivia): 3.869 m. ] [ 2. Quito (Ecuador): 2.784 m. ],[ 3. Toluca (México): 2.648 m. ],[ 4. Cochabamba (Bolivia): 2.621 m. ],[ 5. Bogotá (Colombia): 2.601 m. ], Source: Fuente: base de datos de centros urbanos de la Comisión Europea., Image: Nevado de Toluca

Por ello, animados por la experiencia de otros compatriotas, Toluca es el principal destino en México elegido por los atletas kenianos, que se mudan al país desde finales de la década de los 80 para vivir de los premios de competiciones.

Muchos lo hacen animados por la experiencia de compatriotas que ya viven aquí. Otros lo eligieron por su cercanía con Estados Unidos, bien porque antes vivían allí o porque planean llegar en el futuro al país vecino, donde establecerse como residente suele ser más complicado que en México.

Según Evanson Moffat, quien se dedica a la organización de eventos deportivos, Toluca llegó a acoger en su día a unos 100 kenianos. La mayoría llegó contratando previamente a “un mánager mexicano, afiliado ante la Federación de Atletismo”, quien se encarga también de la invitación para lograr su visa de entrada a México, asumiendo su representación profesional en el país.

Map

Actualmente, en cambio, Moffat cree que el número de compatriotas en la ciudad no llegará a 30.

“La pandemia hizo que muchos se fueran porque se dejaron de hacer maratones y no tenían de qué vivir. Pero ahora esperamos que vayan regresando”, dice a BBC Mundo el empresario, quien se trasladó de Kenia a México en 1998 con el sueño de “ver a un mariachi en vivo” y con interés por aprender español.

Entrenando desde niños

Tras hora y media de intenso ejercicio en Metepec, el grupo de kenianos se cambia de ropa mientras charla y bromea.

José Gutiérrez, un joven de solo 20 años que ya compite en algunas pruebas, es el único mexicano que ha entrenado con ellos.

“Los conocí en la Alameda 2000 (el parque de Toluca donde suelen correr principalmente) y ahora les acompaño lunes y miércoles porque son muy buenos. Especialmente Hillary, aunque ahora creo que ya no está corriendo”, cuenta a BBC Mundo.

José Gutierrez entrenando con corredores kenianos en Toluca.

Marcos González / BBC
José Gutiérrez (en primer plano) sueña con alcanzar los logros en competiciones de los corredores kenianos de Toluca.

Hillary Kimaiyo, también presente en el grupo, es en efecto uno de los corredores basados en México con más premios dentro y fuera del país. En 2011, batió un récord al correr el maratón más rápido en territorio mexicano, con un tiempo de dos horas, ocho minutos y 17 segundos para 42.195 kilómetros.

“Vivimos para correr y corremos para vivir”, cuenta a BBC Mundo el deportista de 41 años, para subrayar la dedicación exclusiva que dan a su preparación y a las competiciones, a las que planea regresar tras un tiempo alejado del primer nivel.

“Hillary lo ganó todo en México”, coincide Rodolfo Obregón, comisionado de carreras de ruta de la Federación Mexicana de Asociaciones de Atletismo, cuando se le pregunta por el atleta keniano más destacado en los últimos años.

Corredores kenianos en Toluca

Marcos González / BBC

“En su momento, estos corredores fueron el gran atractivo para los organizadores. También a veces hacen que los mexicanos no se interesen tanto por participar en pruebas porque, al estar los kenianos, creen que van a tener menos posibilidades”, agrega Obregón.

Kimaiyo tiene la explicación de por qué sus compatriotas suelen copar el palmarés de tantas competiciones de atletismo: las grandes distancias que desde niños tienen que recorrer en Kenia para ir a la escuela, regresar a comer y hacer el mismo trayecto de ida y vuelta en la tarde.

“En total, podías correr 30 o 40 kilómetros al día sin darte cuenta de que era un ejercicio. Ahora todo ha cambiado porque hay muchas más escuelas privadas, los papás llevan a los hijos en carro… Verás que, en el futuro, no vas a ver atletas de África como nosotros”, pronostica.

Eliud Kipchoge, también keniano, revalidó en Tokio 2020 el título olímpico de maratón logrado en Río 2016 y también posee el récord del mundo de la distancia con un tiempo de dos horas, un minuto y 39 segundos.

Musa Lemiukei

Marcos González / BBC
Musa Lemiukei dice que el clima y la altura de Toluca, similares a su ciudad en Kenia, le ayudaron a adaptarse a su nueva vida en México.

Picante vs. ugali

Tras el entrenamiento, los kenianos de Toluca se suelen reunir en casa de alguno de ellos para almorzar, charlar o simplemente pasar el rato.

Esta vez es Kimaiyo quien los recibe en su vivienda, donde entre varios preparan pollo y ensalada con ugali (una masa hecha de harina de maíz o mandioca), que después degustan con las manos. “En nuestro país se come así”, explican con una sonrisa.

Mientras almuerza, Lemiukei cuenta que no ha conseguido acostumbrarse al picante tan típico de México. Tampoco al tequila porque “está fuerte”. Lo que más le costó al llegar fue aprender español. Y lo que más le gustó es la amabilidad de la gente mexicana.

Corredores kenianos en Toluca cocinando

Marcos González / BBC

La mayoría de ellos comparte pequeñas viviendas para abaratar gastos. “Vivimos de correr para ganar premios con los que pagamos la renta y mandamos dinero a nuestras familias”, dice el joven atleta.

Sin embargo, la ausencia de pruebas durante la pandemia hizo que algunos de ellos tuvieran serias dificultades económicas. “Hasta que conocidos mexicanos venían con un regalo de comida. Fue bonito”, recuerda.

Depender únicamente de las competiciones les supone un ingreso inestable y que depende de la clasificación y el tipo de prueba.

Lemiukei se llevó 4 mil pesos (unos 195 dólares) por la última carrera que ganó. Sin embargo, el maratón de la CDMX el más importante del país y en el que Kimaiyo se impuso en tres ocasiones premió el pasado año con hasta 550 mil pesos (26 mil 920 dólares).

Corredores kenianos en Toluca comiendo ugali

Marcos González / BBC
Kimaiyo, de amarillo a la izquierda, degustando el ugali como uno de los platos típicos de la gastronomía de Kenia.

Quedarse o regresar a Kenia

El atletismo fue precisamente lo que unió a Kimaiyo con su esposa mexicana. Ambos se conocieron entrenando en 2011 en un parque de Toluca en el que ella corría solo como aficionada.

Lo curioso es que, sin saberlo, ya se habían visto por primera vez tres años antes, cuando ella acudió como público al maratón de la CDMX y tomó una foto de quien iba en primer lugar. Tiempo después se dio cuenta de que aquel ganador de la imagen era su marido.

“Nos hemos adaptado bien pese a las culturas diferentes en todos los aspectos”, dice a BBC Mundo su esposa, Yenie Nava, cuando llega a la casa tras recoger de la escuela a los dos hijos de la pareja.

Aunque la mujer cree que los kenianos son en general bien acogidos en México, sí reconoce que en un principio incluso su propia familia se vio sorprendida al conocer a alguien “llegado desde tan lejos”.

Familia Kimaiyo

Marcos González / BBC
Hillary Kimaiyo, Yenie Nava y sus dos hijos planean su futuro en México, aunque sin deslindarse del atletismo que tantos éxitos le ha dado.

“Cuando vamos a carreras en pueblos pequeños, todo el mundo mira y se quiere tomar una foto con él. Y cuando voy con mis hijos por la calle sola, a veces me preguntan si son míos”, explica.

Al margen de viajes esporádicos a Kenia, el proyecto de vida de la familia Kimaiyo pasa por quedarse en México, donde Hillary quiere ampliar la escuela que abrió como entrenador y donde está previsto que crezcan sus hijos, a quienes su madre define como “80% mexicanos”.

Al acabar la comida en su casa, el grupo de kenianos se relaja haciendo llamadas a familiares y amigos o viendo televisión con noticias de su país. Este mes de agosto hay elecciones presidenciales y algunos discuten sobre quién será la mejor opción.

Lemiukei, quien planea ahorrar en México hasta conseguir una beca deportiva con la que poder mudarse a EU para estudiar Ciencias Políticas, está muy interesado en el tema.

Corredores kenianos en Toluca viendo TV

Marcos González / BBC
Tras entrenar, los kenianos se mantienen informados de las noticias con la televisión de su país.

“Los gobiernos (kenianos) prometen mucho y luego no lo hacen. Por las carreteras no puedes circular cuando llueve, en mi tribu las mujeres todavía se casan muy jóvenes y sin tener educación superior…”, relata.

“Así que mi sueño es estudiar y volver a Kenia. Y poder quizá ser alcalde de mi ciudad para representar a la gente y tratar de mejorar lo que no está bien allá”, fantasea con una sonrisa, antes de regresar a la casa que comparte con otros corredores.


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