Mujeres de Veracruz buscan a sus desaparecidos
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Daniel GM

“¡La tierra nos habla!”: entre fosas, grietas y amenazas del crimen, mujeres de Veracruz buscan a sus desaparecidos  

Mujeres como las que integran el Colectivo Familias Desaparecidos Córdoba-Orizaba se hicieron activistas a la fuerza, luego de que sus familiares desaparecieran en hechos de violencia. Algunas llevan años recorriendo el estado para tratar de hallar a los suyos y al fin tener paz.
Daniel GM
28 de septiembre, 2022
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Sentada bajo una lona que la protege de una llovizna intermitente, a unos pasos de “la casa del martirio” que utilizaban sicarios del Cártel Jalisco Nueva Generación para desaparecer personas en un punto remoto y solitario de la sierra veracruzana, una de las integrantes del Colectivo Familias Desaparecidos Córdoba-Orizaba comienza a repartir cubrebocas entre sus compañeras.

No es para protegerse del COVID-19, sino de la peste.  

Son las 15:05. Hace un par de horas, un potente sismo cimbró los ánimos de buena parte del país otro 19 de septiembre, pero los peritos forenses no han detenido los trabajos ni por el temblor: los cuatro se afanan en seguir clavando sus palas sobre la tierra arcillosa y en sacar cubetas repletas de arena, piedra y lodo, ante la mirada de dos policías ministeriales que portan fusiles de asalto sobre los hombros y pistolas al cinto con varios cargadores. 

Junto a la zanja, hay otra hilera de fosas abiertas de las que ya sacaron 12 cuerpos, todos desnudos, mutilados y con signos de tortura. Y ahora, tras completar el metro con 30 centímetros de profundidad, todo apunta a que la lista está por aumentar. 

—Ya huele a choquiya —anuncia con la nariz arrugada Araceli Salcedo, la líder del colectivo, que integra a más de 350 familias que buscan a sus seres queridos

A continuación, la activista apunta con la barbilla al hoyo negro y angosto que excavan los forenses, de cuyas profundidades emana un aroma dulzón, empalagoso y al mismo tiempo repugnante, que no logra atenuar ni la amarga fragancia a café tostado y a caña mojada que predomina en la inmensa sierra que rodea la “casa de seguridad”. 

Al contrario. El contraste de olores hace que la peste a muerte sea todavía más insoportable. 

***

Araceli Salcedo lleva 10 años buscando a su hija Fernanda Rubí. Una década —insiste— de injusticia y de complicidad entre el crimen organizado, que se la llevó de una discoteca de Orizaba la noche del 7 de septiembre de 2012, y unas autoridades que encubrieron la desaparición y que, lejos de hacer algo por localizarla, justificaron el secuestro con el argumento de que Los Zetas “se la llevaron por bonita”. 

Desde entonces, como muchas otras personas en México, mujeres principalmente, Araceli se convirtió a la fuerza en activista. En una feroz buscadora. Para la posteridad quedará ya un video publicado por el diario El Mundo en el que, en octubre de 2015, Araceli increpa al entonces gobernador veracruzano, Javier Duarte, y a su esposa, Karime Macías, durante una visita del matrimonio a Orizaba.

—¡No se vale! Usted viene aquí con su familia, ¿y la mía dónde está? —gritaba Araceli con furia.

—Yo lo veo —respondía escueto Duarte mientras avanzaba con su comitiva. 

—¿Lo ve cuándo? —le reviraba la mujer mientras le cortaba el paso—. Sus fiscalías no sirven de nada, señor. ¡Aquí está su pueblo mágico, donde nos desaparecen a nuestros hijos y usted como si nada! 

A continuación, sosteniendo en una mano una lona con el rostro de su hija, una joven de 21 años de pelo rubio y ojos color café claro, Araceli estallaba al ver que Duarte, consciente de la cámara que lo grababa, trataba de controlar la situación dibujando conciliador una sonrisa y pidiendo calma a la mujer. 

—¡Y no se burle! —le gritaba Araceli casi al oído, a punto de quebrarse en un llanto de rabia—. ¡Quite su sonrisa! ¡Porque yo no vivo desde que se llevaron a mi hija! 

Ahora, a casi siete años de aquella escena, la activista dice con el gesto cansado que ha tenido que aprender muchas cosas a la fuerza. Entre ellas, a tragarse el dolor y la impotencia, y a secarse las lágrimas para continuar buscando. 

—Son muchos años de barbarie —comenta en un murmullo apagado, sentada bajo la lona que se mece con el viento, a unos pocos pasos de la “habitación oscura” donde sicarios torturaban a la gente que luego desaparecían en las fosas halladas en las caballerizas del narcorrancho.

Entre esos episodios de barbarie, recuerda la activista de 50 años, mediana estatura, piel cobriza, pestañas infinitas y sonrisa rápida, está aquel que se encontraron en Los Arenales, en la localidad de Río Blanco, muy próxima a la cabecera de Orizaba. 

—Ahí nos topamos con un hervidero de fosas. Fue tremendo: íbamos caminando y ¡bum! ¡Nos caíamos en los agujeros de la tierra! —exclama con los ojos muy abiertos. 

—Yo hasta de broma les decía a los muertos: “¡Oigan, no me tiren! Nos los vamos a llevar a todos, pero no me estén jalando. Porque de últimas me van a tirar, me voy a lastimar feo, y pues ya no voy a venir y no me los voy a llevar. Así que ahí sabrán cómo le hacen” —suelta una carcajada la mujer tras culminar la anécdota, que acompañan con risas Zuleima, Lorenza, Irma y Norma, integrantes del colectivo. 

Junto a ellas, sentado también en una silla bajo el toldo, cerca del costal de cal que dejaron abandonado los sicarios antes de poder utilizarlo en nuevas víctimas, hay un policía cincuentón de cabeza afeitada, rostro duro y ojos escrutadores, como si siempre estuvieran analizando en silencio a quienes tienen delante. 

El agente, cuya mano grande de dedos toscos tampoco se despega de su fusil de asalto con mira telescópica, también estuvo en Los Arenales dando protección al colectivo, que por aquellas fechas había recibido un aviso de los criminales en forma de balazos al aire para advertirle que no era bienvenido en la zona. 

Para proteger al grupo, el agente se sentaba bajo la sombra de un árbol, sobre una piedra. Desde ahí tenía una amplia vista de todo el perímetro, lo que le daba valiosos segundos de antelación en caso de tener que repeler un ataque. Pero a los pocos días comenzó a sentir mucha pesadez. 

—Bromeando, un día me dice: “Se me hace que aquí debajo hay un cuerpo” —cuenta Araceli—. ¡Y pues cómo fue! Resulta que un día uno de los arqueólogos descubrió dos fosas y que junto a estas había unas grietas que conducían hasta el árbol. Y pues sí, tras analizarla, vieron que debajo de donde se sentaba el comandante había un cuerpo, un encobijado. Jamás se volvió a sentar ahí —ríe cansada la activista, ante la sonrisa del policía. 

Esta anécdota, dice Araceli, les sirvió mucho a la postre para aprender a “escuchar la tierra”. Por ejemplo, explica, en los días de mucho calor es más fácil para el colectivo detectar fosas clandestinas, porque la tierra se deshidrata, se reseca, se hunde y se compacta dejando prácticamente marcado el contorno de la fosa. En cambio, cuando llueve mucho como ahora, la tierra arcillosa se apelmaza y es más difícil distinguir una tumba clandestina de los montículos naturales de la superficie. 

Además, en los días de calor las grietas que se forman en la tierra les han ayudado mucho a detectar rápidamente las fosas. Así les sucedió también en Campo Grande. Ahí, un mensaje anónimo informaba que, en un predio rodeado de terrenos de maizales, cañaverales y chayotales, había remociones sospechosas de tierra. 

Tomando entre sus manos una larga varilla de color ocre, que está adaptada con un círculo de hierro, una especie de volante pequeño soldado en uno de los extremos para que las mujeres puedan introducir la varilla con más facilidad en la tierra, Araceli cuenta que el colectivo encontró rápidamente tres fosas. Las tres primeras de muchas, aunque para las autoridades de Veracruz no había más qué rascar y quisieron dar por concluida la búsqueda. Por ello, las activistas tuvieron que movilizarse y mandar oficios para lograr que se revisara todo el predio. 

Finalmente, tras una “tremenda bronca” en los despachos, el colectivo logró los permisos. 

—Estábamos en temporada de calor. En un principio, parecía que ya no había nada. Pero una grieta nos llevó hacia un caminito. Le picamos en un costado y nada. Le picamos en otro costado y nada tampoco. Así, hasta que metimos la varilla en el mismo centro de la grieta y fuuummm, que se hunde toda para abajo. La sacamos, la olemos y positiva. ¡Quihubo! 

Luego, esa grieta las condujo hasta otra fosa. Y luego hasta otra, otra más, y así hasta completar las 53 tumbas clandestinas que hallaron en el campo de exterminio del Cártel Jalisco. 

—¡La tierra nos habla! —exclama la activista, como si el hallazgo de la fosa acabara de suceder y aún tuviera la adrenalina por las nubes—. Las raíces nos llevaron a las fosas. Por eso los agentes caninos, a los que yo llamo “ángeles patudos”, y a los que sus binomios les gritaban en alemán “¡Sujen! ¡Sujen!” (“¡Busca! ¡Busca!”), se clavaban tanto en las raíces de los árboles. Porque las raíces se estaban alimentando de los cuerpos enterrados, y el árbol desprendía ese aroma que nosotros no captamos, pero los perros sí. 

Es por ese motivo, dice ahora la activista dejando de nuevo la varilla apoyada en una pared, que siempre hacen oración tomadas de las manos antes de comenzar las búsquedas. 

—Porque es muy importante pedir permiso a la tierra —recalca la mujer—. Pedir permiso al lugar donde están enterrados, para poder llegar hasta ellos, sacarlos y regresarlos con sus familias. 

***

Por las noches, Miguel Ángel Hernández Guzmán, un joven soldador de 25 años de tez morena, bigote corto y barba de candado, llega sin hacer ruido a la casa de doña Lorenza Guzmán, su madre de 56 años, de pelo negro azabache y mirada seria, severa. 

—Jefa, ya llegué —le susurra con dulzura al oído, con cuidado de no despertarla bruscamente. 

La mujer, al escucharlo, se da la vuelta algo desorientada en la cama. Ve a su hijo que viste una camisola, unos pantalones de mezclilla y la gorra de siempre con la visera hacia atrás y que le deja a la vista un corte en la espesa ceja derecha. 

Miguel ha perdido peso, se da cuenta Lorenza. Mucho peso. 

—Pero, ¿qué te ha pasado? —le pregunta alarmada al ver sus pómulos angostos y la mirada ojerosa—. ¿Por qué estás tan flaco, mijo? —lo abraza. 

—No pasa nada —responde Miguel—. Todo está bien, jefita, usted no se preocupe. 

A continuación, el joven de ojos oscuros se queda mirando a Lorenza con expresión triste y cansada. 

—¿Sabe qué, jefa? Tengo harto frío —le dice tiritando, súbitamente estremecido. 

Lorenza levanta las cobijas y le urge a que se meta a la cama, como cuando era niño. 

—Órale, mijo, métete rápido, para que te calientes. 

Ya más tranquila al tenerlo de regreso en casa, la mujer se da la vuelta de nuevo y siente en la espalda un agradable calor que la arrulla.

Horas después, con el alba despuntando entre los cerros, vuelve a despertar. 

Las sábanas están heladas. El corazón se le agita y las lágrimas comienzan a resbalar por el rostro agrietado: todo ha sido un sueño, se lamenta desesperada ante el espejo. 

Su hijo continúa desaparecido. 

***

El 19 de mayo de 2019, Miguel estaba con dos amigos en el restaurante bar Mexican Drinks de Orizaba. A eso de las 3:00 de la mañana, salió del local en busca de sus compañeros, a los que había perdido de vista. Les marcó varias veces al celular, pero no obtuvo respuesta. Decidió entonces ir hasta el lugar donde habían estacionado el carro, a unas cuadras de distancia. 

Ahí les marcó de nuevo, pero tampoco contestó nadie. 

Lo último que se sabe de Miguel es que al parecer el grupo armado que se llevó previamente a sus amigos —uno se llama Ángel Esteban Balseca Fuentes, de 20 años, y el otro Édgar Isaías Aguirre Alvarado, hijo de doña Norma Alvarado, que también se convirtió en activista integrante del colectivo— regresó al bar y también lo secuestró. 

Desde entonces, el joven de 25 años y sus amigos pasaron a engrosar la lista de los más de 7 mil 300 desaparecidos que registra Veracruz a la fecha, según datos del Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas. Además, con 278 jornadas de búsqueda, Veracruz es el segundo estado con más acciones de búsqueda por parte de Gobernación, y tiene varios municipios, como Úrsulo Galván, con 77 fosas, o Playa Vicente, con 66, en el top 10 de localidades con más cementerios clandestinos del crimen organizado. 

Tras su desaparición hace tres años, Lorenza trata de explicar cómo se le fue cayendo el mundo a pedazos. Primero, por el dolor de la pérdida. Y segundo, porque tuvo que dejar aparcada su vida por tiempo indeterminado: abandonó la Ciudad de México, donde trabajaba haciendo tareas del hogar en casas, para instalarse en Orizaba, donde alterna dos días de trabajo para sacar algo de dinero, con salir con el colectivo a buscar fosas y a asistir a talleres y visitar fiscalías.

Ella es una de las muchas mujeres que llegaron tan desesperadas como desorientadas con Araceli Salcedo y su colectivo. Al igual que Zuleima Flores, esposa de Ciro Álvarez Cantor, desaparecido en un retén de la policía municipal de Ixtaczoquitlán en 2019. Zuleima cuenta que incluso llegó a acudir desesperada con “brujos” para tratar de conseguir alguna pista de su marido, luego de que se hartara de llamar al 911 en busca de una ayuda que nunca llegó.  

Ahora, una vez acabadas las lágrimas, ambas dicen que no les quedó más remedio que tomar una varilla y ponerse a buscar y a encontrar. Aunque lo de encontrar, lamenta Lorenza, aún no se ha cumplido para ellas.

—Hemos llevado mucha paz a muchas familias… Pero esa paz, desafortunadamente, no ha llegado a nosotras todavía —dice Araceli, ante el silencio cargado de tristeza que deja Lorenza. 

—Este camino nos ha llevado a sentir el dolor de otras personas, aunque, a veces, sí te da mucha impotencia y tristeza —agrega la activista—. Porque no encontramos nada de nuestros desaparecidos y, en cambio, sí encontramos a muchas personas que sus familias ni siquiera los estaban buscando. 

Sobre esto, Araceli explica que ha habido casos en los que han encontrado “gente mala” entre las víctimas enterradas en fosas. Por ejemplo, en una ocasión, al desenterrar una tumba en Campo Grande, se pudo identificar que ahí yacían los cadáveres de tres sicarios. 

—A veces me digo: “Dios mío, perdóname por lo que te voy a decir. ¿Pero por qué permites que estos cabrones sí salgan para arriba? ¿Por qué no los dejaste ahí perdidos?” —en este punto, la mirada de Araceli vuelve a recobrar la rabia, la misma que emanaba del día que le reclamó al gobernador Duarte.

—Esa gente hizo un montón de daño y sus familias ni los buscan, ni los quieren. ¿Por qué entonces haces que los encontremos a ellos y no a nuestros seres queridos? ¿A poco no es una chingadera? —vuelve a interrogar, enojada—. Es una impotencia terrible, porque cuando los entregamos, luego nos hemos enterado de que otros malandros hasta fiestas les hacen por todo lo alto con mariachis. 

Con ambas manos puestas sobre el regazo, doña Norma, una mujer menuda de 52 años, pelo negro corto y ojos ligeramente rasgados, encoge los hombros y deja escapar una risa de medio lado al escuchar a sus compañeras.

—Y nosotras todavía vamos y hasta les rezamos —dice con amargura, para a continuación explicar que las mujeres del colectivo no solo rezan antes de iniciar la búsqueda, sino también cuando un cuerpo es extraído de una fosa para pedir por su eterno descanso.

—Esas son las interrogantes que le hacemos a Dios —añade en un murmullo—. Por qué toma esas decisiones. Por qué permite que a esa mala gente sí las encontremos rápido y por qué a nuestros hijos pasan y pasan los años y nada, ni una respuesta. Aunque luego pienso que seguro Diosito debe reírse mucho diciendo: “Bueno, ¿y tú quién te crees que eres para cuestionarme?”. 

Esas, lamenta la mujer, “son las ironías de la vida que hay que aceptar”. 

***

El reloj marca las 15:30 de la tarde. La peste empalagosa a muerte se intensifica con cada nueva palada de tierra húmeda que los forenses extraen de la fosa, de la que ya han cavado metro y medio de profundidad. 

El perito joven de aspecto universitario vuelve a llamar a las madres del colectivo y estas acuden al lugar formando un círculo sobre la tumba. 

—En efecto, hay indicios de cuerpos —anuncia el forense, señalando con el dedo índice enguantado al fondo de la fosa, donde se aprecia el “segmento” de un cadáver medio enterrado. 

El modus operandi es muy similar al hallado en el resto de tumbas: cuerpos desmembrados, desnudos y puestos sobre una cama de piedras, aunque en este caso parece que los sicarios fueron más descuidados y no rociaron los restos con cal. 

A falta aún de hacer nuevos rastreos en otros puntos, en total suman 15 cuerpos encontrados en esta “casa del martirio”, como la bautizaron los propios policías que la custodian día y noche. 

Tras dar fe del hallazgo, las mujeres del colectivo regresan a su improvisado campamento. En silencio, comienzan a recoger las varillas, los picos y las palas, y se empiezan a colocar las mochilas en los hombros. 

Aún faltan varias horas para el ocaso, pero el riesgo de la zona y el temor constante a que los “halcones” del cártel se paseen por el lugar para luego pasar reportes hacen que los guardias nacionales, que custodian la entrada del inmueble a bordo de una camioneta con una ametralladora anidada en la batea, prefieran no correr riesgos. 

—Hay que salir ya —urge un uniformado con el rostro tapado.

Araceli, Lorenza, Zuleima, Roxie e Irma suben prestas al vehículo que conduce otro activista del colectivo. 

La lluvia comienza a amainar mientras avanzan por los caminos enlodados. 

Atrás quedan la casa y el horror: la barbarie. Pero mañana, repiten las mujeres, será otro día de esperanza. 

Otro día para buscar y tratar de encontrar a sus seres queridos. 

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“Mi prioridad era seguir respirando”: El relato de dos mexicanas heridas durante estampida en Seúl en festejo de Halloween

Las jóvenes Juliana Velandia y Carolina Cano recuerdan los estremecedores minutos durante los que permanecieron atrapadas entre cientos de personas sin poder moverse y esperan apoyo de las autoridades mexicanas para recibir tratamiento psicológico.
2 de noviembre, 2022
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Nunca pensaron que una noche de Halloween a casi 10,000 km de su hogar se convertiría en una tragedia en la que estuvieron a punto de perder la vida.

Juliana Velandia y Carolina Cano, de 23 y 21 años respectivamente, son las dos únicas mexicanas que resultaron heridas en la estampida que el pasado sábado se cobró la vida de más de 150 personas en un popular barrio nocturno de Seúl.

Las dos jóvenes estudiantes originarias de Mexicali, en el norte del país, llegaron a la capital surcoreana el pasado agosto para estudiar un semestre mediante un programa de intercambio universitario.

Como otros testigos, hablan de una calle totalmente colapsada ante la ausencia de personal policial o de seguridad en plena celebración de fin de semana.

Y como otros sobrevivientes, recuerdan los estremecedores minutos durante los que permanecieron atrapadas entre cientos de personas sin poder moverse, así como la eterna hora y media que transcurrió hasta que pudieron reencontrarse y celebrar entre llantos que ambas seguían vivas.

Con heridas físicas pero, especialmente, impactadas psicológicamente -para cuya recuperación piden el apoyo de las autoridades mexicanas-, ambas compartieron con gran entereza su relato con BBC Mundo desde el dormitorio que comparten en el país asiático.


CAROLINA CANO (CC): Itaewon es un barrio de Seúl muy popular donde muchos jóvenes van y, especialmente este fin de semana que fue Halloween, fue como el lugar de celebración. Entonces Juliana y yo dijimos: “bueno, estamos en Corea, hay que ir a pasearnos”.

JULIANA VELANDIA (JV): Yo sí dudé en acudir, porque pensé que habría un chorro de gente, que todos los restaurantes y los bares iban a estar llenísimos… pero bueno, queríamos ver cómo lo celebran aquí. Nunca nos íbamos a imaginar que iba a pasar eso.

CC: Cuando llegamos ya había mucha gente, pero después de unas horas estaba mucho más lleno. Después de caminar un rato y tomar unas fotos, decidimos irnos porque había demasiadas personas. Íbamos a tomar el metro, nuestra salida era ese callejón y por eso terminamos ahí.

JV: Es una de las calles más concurridas de Itaewon donde hay muchos restaurantes, antros muy famosos que llevan hacia la colina. Estábamos caminando y el tráfico era cada vez más y más y más.

Estamos acostumbradas a que a veces en el metro haya mucha gente y estamos como sardinas, pero pues sí podemos respirar y sabemos que se va a calmar cuando la gente se va yendo. Y pensamos que iba a ser también así.

Pero no fue el caso. Cada vez era peor, cada vez nos aplastaban más. Y entonces perdí de vista a Carolina.

Coches de emergencias, agentes de seguridad y gente.

Getty Images
Itaewon es un barrio muy popular por su vida nocturna.

Llegó un punto en el que ya no podíamos mover ni una sola parte de nuestro cuerpo, ya éramos una masa de cuerpos. O sea, había gente abajo de mí, encima de mí, por todos lados.

Ambas tuvimos la suerte de que nuestra cabeza estaba en la superficie y podíamos alcanzar a respirar, porque la gente que estaba abajo de nosotras, pues no había manera.

Nuestro pecho, nuestra espalda, nuestro tórax… estaban totalmente aplastados. Ya no podía expandir mis pulmones para respirar. Mis pies ya no tocaban el suelo porque había cuerpos abajo de mí, otros me empezaban a aplastar cada vez más mis piernas, hasta que dejé de sentirlas.

En ese momento juré que me iban a romper las piernas, que me iba a quedar sin ellas para siempre porque las dejé de sentir. No podía ni siquiera mover los dedos de mis pies.

Pero en ese momento mi prioridad no eran mis piernas, era seguir respirando. Y me di cuenta de que no podía hacerlo por mi nariz, porque eso hacía que se expandieran mis pulmones, y no los podía expandir. Entonces me di cuenta de que para poder seguir respirando era por la boca.

Juliana Velandia y Carolina Cano

Cortesía
Ambas jóvenes llegaron a Corea del Sur en agosto como parte de un intercambio universitario.

CC: Como íbamos en pendiente, nos empezamos a ir hacia abajo todos juntos. Eso hacía que la persona que estaba enfrente de mí de repente ya estaba encima, y yo estaba sobre otra persona… Fue como un dominó.

Recuerdo tener un muchacho al lado. Su cuello estaba sobre mi cuello, él trataba de salir, de sacar su cabeza, hasta que yo ya no podía respirar. Me estaba ahogando, sentía como las ganas de vomitar, me estaba aplastando mi cuello.

Llegó un momento en el que dije: “Bueno, pues aquí se acabó todo”. Básicamente yo cerré mis ojos, me despedí de mi familia muy fuerte, y dije: “Bueno, si me voy, me quiero ir en paz”.

Entonces simplemente cerré mis ojos y una vez que los abro, vi que están llegando personas a rescatarnos. Y dije: “guau, entonces sí vamos a vivir, todavía no nos toca irnos”.

JV: Una vez que levantaron a un muchacho que estaba inconsciente sobre mí, ya pude respirar. Pero el problema es que mis piernas seguían atoradas entre todos los cuerpos y estaban paralizadas.

Entonces fue un muchacho coreano quien me extendió su mano, la agarré y él con todas sus fuerzas empujó todo mi cuerpo.

Yo le debo mi vida a ese muchacho, ese extraño que nunca podré saber su nombre, pero estoy agradecida infinitamente. Para siempre.

Pasamos mucho tiempo atrapadas. Revisé la última foto que tomé justo unos minutos antes de que entráramos a la colina, a unos metros. Dice que eran las 10:08 de la noche y en cuanto me rescataron revisé mi celular y decía 10:57. Así que estuvimos 30 o 40 minutos siendo aplastadas.

Última foto tomada por Velandia antes de la estampida

Cortesía
Esta foto a un grupo de personas disfrazadas fue la última imagen que Velandia captó minutos antes de la estampida.

JV: En cuanto me rescataron, mi prioridad fue saber dónde estaba Carolina. No la encontraba y yo estaba pensando en lo peor. Me quedé una hora en la escena buscándola. No sabía qué hacer y sabía que ella había perdido su celular, así que no había manera de contactarme.

Hasta que una hora después ella se pudo contactar conmigo a través del teléfono de una desconocida que se quedó con ella. Me marcó, me dijo: “aquí estoy”. Y caminé hacia ella y por fin la encontré.

Nos abrazamos y empezamos a llorar, a llantos porque las dos habíamos pensado lo peor.

CC: Yo cuando salí no podía moverme, creo que del shock que todavía sentía. Y en eso se me acerca una muchacha con su grupo de amigas, me toma de la mano y me dice: ¿cómo te llamas? ¿Tienes cómo comunicarte? No te voy a dejar sola, no te voy a dejar sola”.

Y creo que ese grupo de personas fueron mis ángeles verdaderamente, porque estuvieron conmigo después del incidente y me ayudaron a encontrar a Juliana, que igual era mi prioridad.

Yo estaba histérica porque también creí que… que la había perdido . Y sí, fue muy, muy difícil. Pasó como una hora y media para que nos pudiéramos reencontrar.

Las autoridades analizan el lugar de la tragedia

Getty Images
Este estrecho callejón en pendiente con multitud de personas subiendo y bajando a la vez fue el escenario de la tragedia.

JV: Pensamos que son varios factores los que causaron el accidente: la cantidad de personas, la colina en donde ocurrió… Como lleva directamente a la salida del metro, era gente saliendo queriendo subir la colina, y gente bajando queriendo entrar al metro. Era gente en ambas direcciones, yendo hacia arriba y hacia abajo. Muchas personas en un lugar muy pequeño.

Sí vimos que hubo mucha falta de control. Había personas controlando el tráfico peatonal entre las calles. Pero fuera de eso, creo que yo nunca vi ningún policía.

CC: El control estaba en las calles principales donde pasan los carros, pero entre las callecitas de los bares, de los antros… no.

JV: Físicamente ya nos sentimos mucho mejor. Ya nos atendieron en el hospital, estamos medicadas. A mí me diagnosticaron una condición llamada rabdomiólisis debido a la falta de circulación a mis piernas al ser aplastadas. Carolina también fue lastimada, pero afortunadamente no a ese nivel.

Pero mentalmente, emocionalmente… sí estamos buscando apoyo psicológico.

Sabemos que la cultura aquí es mucho más cerrada. No hablan de su salud mental, no hablan de sus emociones. Pero sí hemos visto que hay varios grupos de apoyo para los sobrevivientes y para las familias de las víctimas.

Ya mañana vamos a ir a un grupo de apoyo que nos va a ayudar con el trauma. Apenas ahorita andamos viendo y revisando nuestras redes sociales, porque en realidad no hemos visto nada, apenas estamos pasando por nuestro propio duelo.

Gente cerca de la estación de metro de Itaewon llena de flores

Reuters
El lugar del siniestro se llenó de flores como señal de homenaje a las víctimas.

CC: Yo la verdad no estoy viendo mucho los medios y las noticias, porque estoy en mi proceso de asimilarlo. Pero lo que sí he visto es que en algunos lugares de la ciudad hay como puntos de luto.

JV: La escena está llena de flores, de velas, de cartas. Y nosotras quisiéramos ir, pero en el hospital nos pidieron que descansáramos, llevamos tres días encerradas en nuestro cuarto.

Sobre al apoyo de autoridades, de parte del gobierno de Corea no sabemos nada. La Embajada en México contactó con nosotras al día siguiente y hablamos con el embajador para ver si nos podían ofrecer apoyo económico y psicológico, dado que ahorita estamos pagando todos los gastos del hospital con nuestras becas.

Pero tras buscar un psicólogo por nuestra cuenta, en la Embajada nos dicen que su tarifa es muy cara y que quizá un psicólogo en México sea más accesible… pero una sesión por videollamada no es lo mismo que en persona.

Teniendo en cuenta que solo fuimos dos mexicanas quienes fuimos afectadas en esto, la verdad es que estamos algo decepcionadas.

Por lo demás, mi familia ha sido muy optimista. Mi mamá está simplemente muy agradecida de que sigo con vida. Obviamente nos extrañan mucho y quieren venir para acá a vernos.

Juliana Velandia y Carolina Cano

Cortesía
Pese a lo sucedido, las dos jóvenes mexicanas planean quedarse en Corea del Sur hasta terminar su estadía prevista.

CC: ¿Qué voy a hacer ahora? Lo más probable es que me quede y continúe con mi intercambio, pero igual tengo la opción de regresar con mi familia y a veces sí siento que es lo que necesito… pero todavía estoy en proceso de debatir si me quedo o me voy.

Las dos estábamos estudiando el idioma antes de venir. Entonces ya conocíamos un poco de la cultura, ya estábamos interesadas en Corea. En mi caso, yo soy estudiante de Negocios Internacionales, y por el auge económico que tiene el país es que decidí venir a estudiar aquí.

JV: Yo también empecé a estudiar coreano en México y me interesó mucho la cultura. Como soy estudiante de Medicina y quiero dedicarme a la dermatología, sé que Corea tiene las mejores tecnologías en cuanto a los productos de la piel, así que tener el idioma me va a ayudar para trabajar con otros dermatólogos de aquí y hacer investigaciones de productos y poder traérmelos a México.

Yo sí planeo quedarme. Carolina y yo trabajamos mucho y sufrimos mucho para llegar hasta acá. Es algo que tengo que hacer, es algo que tengo que terminar. Tengo que pasar mis materias, tengo viajes planeados. Obvio que lo único que quiero hacer es estar con mi familia en este momento, pero… en diciembre será.


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