Nuevo Laredo: Ejército suma presuntos ataques injustificados
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En dos años, Nuevo Laredo suma 4 personas fallecidas y 6 lesionadas en presuntos ataques injustificados de Ejército y GN

Un recuento del Comité de Derechos Humanos de Nuevo Laredo, en Tamaulipas, señala que el caso de la niña Heidi Mariana dista de ser el único donde fuerzas de seguridad causan la muerte o lesiones a población civil.
Cuartoscuro
Por Marcela Nochebuena 
13 de septiembre, 2022
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El homicidio de la niña de cuatro años Heidi Mariana Pérez Rodríguez en Nuevo Laredo, Tamaulipas, se suma a cuando menos cinco presuntos ataques injustificados a civiles por parte del Ejército o la Guardia Nacional que han provocado en los últimos dos años el fallecimiento de otras tres personas y lesiones a seis en esa ciudad fronteriza. Además, desde 2011 hasta la fecha, el Comité de Derechos Humanos de Nuevo Laredo ha documentado 24 fallecimientos de civiles.

“Tamaulipas es la evidencia más clara de que el uso de las Fuerzas Armadas en tareas de seguridad pública no funciona, y casos como el de Heidi Mariana —y 12 años antes Martín y Bryan Almanza Salazar— evidencian que quienes están pagando la factura de este proyecto de militarización son los inocentes, los niños y las niñas, las mujeres y los hombres, los estudiantes, y por el lado contrario, quienes están siendo menos castigados por la justicia en México son las Fuerzas Armadas”, asegura Raymundo Ramos, presidente del comité.

Heidi Mariana falleció por una herida de bala la noche del 31 de agosto, mientras era trasladada al hospital por un dolor de estómago, luego de que Griselda, amiga de su familia y quien conducía el automóvil, desviara su ruta al ver un vehículo militar y después comenzara a escuchar disparos. 

El presidente Andrés Manuel López Obrador ha defendido la versión de la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) en el sentido de que se trató de una bala perdida durante un enfrentamiento. La familia de la niña y organizaciones de derechos humanos insisten en evitar exoneraciones a priori, pues aseguran que existe evidencia de que se trató de un ataque directo. De acuerdo con el recuento del Comité de Derechos Humanos de Nuevo Laredo, no sería la primera vez.

Consultadas respecto de los presuntos ataques injustificados que refiere el comité, la Guardia Nacional y la Sedena no dieron respuesta hasta el cierre de esta publicación.  

Casos que se acumulan

Según las reconstrucciones de la organización, el 8 de abril de 2021, Jorge Rivera Cardoso terminaba de comer con un amigo en un puesto de mariscos a unas cuadras de la avenida Ocampo, en el corazón de Nuevo Laredo. Después de subirse a su camioneta, se dirigieron hacia el puente internacional número uno. En el trayecto, se encontraron de frente a cuatro elementos de la Guardia Nacional caminando por las banquetas. 

Los pasaron sin problema alguno, circulando de sur a norte, pero a los 100 metros comenzaron a escuchar disparos; una de las balas mató a Jorge. Él iba manejando y su acompañante relató más tarde el hecho. Jorge perdió el conocimiento, la camioneta se subió a la banqueta y atropelló a dos personas: un vendedor de aguas y una mujer que caminaba con unas bolsas de despensa. 

Más tarde, la Guardia Nacional indemnizaría al vendedor y a la señora, pero no a la familia de Jorge, bajo el argumento de que los elementos de seguridad habían sido agredidos primero.   

De los hechos que la organización describe este año, el primero se trata de la lesión del herrero Pedro Eduardo Bartolo Trejo. El 25 de enero de 2022, estaba pescando en el Río Bravo. Al terminar, cerca de las 6:00 o 7:00 de la tarde, se subió a su camioneta y comenzó a escuchar disparos a la altura del puente internacional número uno. De frente, alcanzó a ver a cuatro elementos de la Guardia Nacional persiguiendo a un joven. 

Ante el escenario de violencia, se distanció, giró a la derecha y a los 100 metros volvió a escuchar disparos y se sintió lesionado. Se trasladó a un hospital particular, donde le curaron una herida ocasionada por una bala que había entrado por la espalda y salido por el costado. Tras el hecho, el Comité de Derechos Humanos de Nuevo Laredo promovió una querella contra la Guardia Nacional. 

Dos meses más tarde, el 24 de marzo de 2022, otro suceso que involucra a la Sedena dejó a tres lesionados en la colonia ISSSTE: Carlos Eduardo Orozco, Alfredo Rodríguez y Francisco Javier Espinoza, tres amigos, dos de Nuevo Laredo y uno de Monterrey. Después de recoger a uno de ellos en la central de autobuses y antes de llegar a su casa, les persiguió y disparó un convoy militar. 

Carlos Eduardo sobrevivió a heridas de gravedad, mientras que a Alfredo Rodríguez le han hecho varias cirugías para salvarle el pie y su familia ha gastado más de medio millón de pesos en la reconstrucción de su talón. Francisco Javier, que era un menor de edad, fue el menos lesionado. 

El 28 de junio pasado, Christian Uribe, de 21 años, hablaba por teléfono con su esposa cuando él mismo le advirtió que iba a colgar porque venía la Guardia Nacional. Le dispararon y lo mataron sin mediar ningún enfrentamiento. Cuando dejó de responder el teléfono cerca de cinco o diez minutos después, mientras su esposa le volvía a llamar insistentemente, ella se enteró de que había una balacera en la colonia Lomas del Río. Cuando llegó al punto, su esposo ya había muerto. 

Justicia pendiente y militares prófugos

De los casos que involucran al Ejército, el de Javier Flores del Ángel, ocurrido el 27 de febrero de 2021, ha sido una de las batallas más largas para el Comité de Derechos Humanos de Nuevo Laredo. Esa noche, él estaba en casa de unos amigos en el fraccionamiento Colinas del Sur. Eran más o menos las 11:00 de un sábado.

El grupo salió a comprar cerveza. En el camino, se encontraron con tres vehículos militares: uno de ellos los rebasó, se les puso enfrente y comenzó a dispararles sin advertencia. Javier, que era el conductor, recibió tres disparos en el cuerpo y quedó agonizante al volante. “Órale, cabrones, bájense a la chingada”, gritaron los demás militares después de rodear el auto. Finalmente, los sometieron boca abajo en el piso, según la reconstrucción del comité.

El copiloto resultó ileso, pero los dos amigos de atrás quedaron heridos en un brazo y en una pierna. Entre 30 y 45 minutos esperó Javier para recibir atención médica; nunca llegó y falleció en el lugar, a pesar de que uno de sus amigos se la pedía insistentemente a los militares. Ninguno había hecho o llevaba algo ilegal. Los bajaron del carro, se llevaron a los heridos en una camioneta y a Javier le sembraron un cuerno de chivo. 

“Hacen un parte informativo, que ahora se llama informe policial homologado, y justifican que Javier y los ocupantes del vehículo los agredieron, y que al ver en riesgo sus vidas, dispararon en defensa propia”, explica Ramos. Sin embargo, tras el peritaje que solicitó la organización, se conoció que los disparos iban de afuera hacia dentro; no hubo rastro de ninguno en el sentido inverso. Todos salieron negativos a la prueba de rodizonato, para saber si habían disparado el arma. Además, otro peritaje evidenció que esta ni siquiera fue disparada, pues tenía el seguro puesto.

“Por lo tanto, un juez determinó que era falsa la versión de los militares, y demostramos con el testimonio de los sobrevivientes que no solamente privaron de la vida a Javier, sino que le sembraron un arma, y se les cae la versión de la agresión. Dos de esos militares ahorita desertaron y andan prófugos. Les dieron todas las facilidades, durante cuatro meses se suspendieron tres audiencias porque no se presentaron, y cuando se hace la audiencia de imputación, ya no pertenecían al Ejército, ya habían causado baja por deserción. Así es el Ejército, así son las Fuerzas Armadas”, advierte Ramos.

Se trata de hechos documentados —subraya—, donde existen carpetas de investigación en la Fiscalía General de la República (FGR), y en el último, incluso órdenes de aprehensión. Además, se han promovido quejas en la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) sin que hasta ahora exista alguna recomendación. Para él, esta instancia es “omisa, sometida a las Fuerzas Armadas y complaciente”. 

En Nuevo Laredo, recuerda Ramos, se han vivido dos décadas de violencia, y Tamaulipas fue de los primeros estados, junto con Michoacán y Chihuahua, donde se usó a las Fuerzas Armadas en tareas de seguridad pública. “Son dos décadas de impunidad, de violencia; dos décadas demostrando que los militares y los marinos y la Guardia Nacional no son la solución para la inseguridad. Tamaulipas hoy es uno de los ocho estados más inseguros del país”, enfatiza Ramos.  

Con respaldo al Ejército y sin atención, como hace 12 años

El pasado jueves, después de ofrecer una conferencia de prensa, los familiares, el abogado y las organizaciones que acompañan el caso de Heidi Mariana acudieron a Palacio Nacional en busca de una audiencia con el presidente. No fueron recibidos. Como respuesta, se les remitió con funcionarios de atención ciudadana, así que estarán a la espera de que Presidencia les dé una cita. 

El viernes regresaron a Nuevo Laredo para definir las siguientes acciones, pero una de las primeras será recurrir a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) para solicitar medidas cautelares, pues consideran que la intervención de la CNDH ha sido insuficiente. Además, la familia ha denunciado que elementos del Ejército siguen rondando las inmediaciones de su domicilio. 

Juan Martín Pérez García, coordinador de #TejiendoRedesInfancia, destacó durante la conferencia del jueves que, hace 12 años, la organización Redim elaboró el informe Infancia y conflicto armado en México, luego del homicidio de Martín y Bryan Almanza Salazar durante el sexenio de Felipe Calderón.

Los hermanos, de cinco y nueve años, fueron asesinados en Nuevo Laredo, Tamaulipas, cuando al cruzar un retén militar, los soldados dispararon contra un vehículo sin motivo alguno. La versión de la Sedena fue, al igual que en el homicidio de Heidi, que el automóvil había quedado en medio de un enfrentamiento con un grupo delictivo que supuestamente disparó primero contra los militares, quienes repelieron la agresión.

El informe de la Redim recupera los detalles del caso; entre ellos, la investigación que realizó la CNDH para aclarar las circunstancias de la muerte de Martín y Bryan. El 16 de junio de 2010, concluyeron que la investigación de la Sedena no tenía sustento ni apego a las evidencias, pues no había existido enfrentamiento alguno entre sicarios y militares, además del indebido levantamiento de indicios y preservación de evidencias, así como el uso arbitrario de la fuerza pública, tratos crueles, omisión de auxilio y alteración de la escena de los hechos.   

“(Desde entonces) se ha multiplicado por cientos y miles de casos; Heidi no tenía que morir porque, el 4 de marzo de 2011, el Comité de Derechos del Niño de Naciones Unidas le pidió al Estado mexicano revisar la estrategia de seguridad basada en la militarización por el alto número de muertes de niños y niñas, por el alto número de personas desaparecidas. Le pidió en 2015, otra vez, al Estado mexicano, con todavía más datos graves de homicidios, desapariciones, actuaciones extrajudiciales, revisar la estrategia, y el Estado mexicano se ha negado a cumplir estas recomendaciones”, señaló Pérez García.

Conferencia por Heidi

Acusó que el presidente López Obrador está repitiendo el mismo patrón que generó Calderón de salir inmediatamente a defender a los militares. En aquella ocasión, Calderón incluso señaló a la familia de tener vínculos criminales para evadir la investigación. “Si tenemos ahora al presidente también saliendo antes de que las autoridades hagan su trabajo de investigación y que un juez determine lo que sucedió, en realidad lo que estamos teniendo es complicidad y encubrimiento”, acusó.

La tarde del pasado viernes, el gobierno federal hizo oficial, mediante su publicación en el Diario Oficial de la Federación, la reforma mediante la que se incorpora la Guardia Nacional a la Sedena, con lo que la segunda tendrá el control operativo y administrativo de la primera.

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Qué es el Síndrome de Ulises y cómo afecta a los migrantes

La sintomatología de este síndrome que padecen muchos migrantes puede confundirse con depresión o estrés postraumático y no tratarse bien.
6 de agosto, 2022
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“No debiera arrancarse a la gente de su tierra o país, no a la fuerza”, decía el poeta argentino Juan Gelman.

Sin embargo, en el mundo hay alrededor de 281 millones de migrantes internacionales (el 3.6 % de la población), según los datos de 2020 de la ONU.

Hay quienes emigran porque así lo desean, pero también quienes se ven obligados a ello. A finales de 2019, las personas desplazadas a la fuerza eran más de 79.5 millones según ACNUR.

Sea algo elegido o no, los migrantes, con las raíces a miles de kilómetros, puede que nos sintamos como decía Gelman: como una “planta monstruosa”. Y habrá circunstancias en nuestra llegada a destino que suavizarán esa condición o la empeorarán.

Y esto, sin duda, puede repercutir en nuestra salud mental.

En la frontera entre la salud mental y el trastorno

El psiquiatara español Joseba Achotegui trabaja con temas relacionados con migración en la Asociación Mundial de Psiquiatría, de la que es secretario. A partir de 2002 empezó a ver que algo cambiaba. “Se cerraron las fronteras, empezaron políticas más duras contra la migración, la gente dejó de tener acceso a papeles, había una enorme lucha por la supervivencia”, cuenta a BBC Mundo.

Y esto se reflejó en cómo acudían los pacientes a su consulta: “Estaban indefensos, asustados, sin poder salir adelante”.

En concreto, vio que muchos migrantes que viven situaciones difíciles presentaban “un cuadro reactivo de estrés muy intenso, crónico y múltiple”.

Achotegui le puso nombre: Síndrome de Ulises.

Aclara el psiquiatra que esto no es una patología, ya que “el estrés y el duelo son cosas normales en la vida”, pero sí remarca la peculiaridad del síndrome que deja al migrante, de nuevo, en la frontera. Pero esta vez entre la salud mental y el trastorno.

Duelo migratorio vs. síndrome de Ulises

Normalmente asociamos la palabra “duelo” al sentimiento tras las muerte de un ser querido. Los psicólogos lo relacionan con cualquier pérdida que tenga el ser humano, como dejar un trabajo, la separación de una pareja o cambios en nuestro cuerpo.

“Cada vez que experimentamos un pérdida, tenemos que acostumbrarnos a vivir sin eso que teníamos y adaptarnos a la nueva situación. Es decir, hay que elaborar un duelo”, explica la psicóloga experta en duelo migratorio Celia Arroyo.

Así, el duelo migratorio está asociado a este gran cambio en la vida de una persona. Pero tiene características que lo hacen especial, ya que es un duelo “parcial, recurrente y múltiple”.

Paisaje de Caracas

Getty Images
Se puede sufrir duelo por el habla, las costumbres… O por el paisaje.

Parcial porque no es una pérdida total como ocurre con la muerte de alguien; recurrente porque con cualquier viaje, comunicación con el país o echar un simple vistazo a una fotografía en instagram puede reabrirse; y múltiple porque no es solo una cosa la que se pierde, sino muchas.

Joseba Achotegui agrupó estas pérdidas en 7 categorías. La más evidente suele ser la pérdida de la familia y los seres queridos. También está la pérdida de estatus social, algo que, dice Arroyo, suele pasar por la condición de migrante pero si, además, “el país de origen es xenófobo, supone una gran adversidad”.

Otro duelo que el migrante pasa es el de la pérdida de la tierra. Por ejemplo, extrañar un paisaje montañoso o los días llenos de sol.

Se suma el duelo del idioma, que será más fuerte en la medida en que se migre a un país con otra lengua. Puede ser una verdadera barrera para, por ejemplo, hacer un trámite burocrático y mandar un simple correo electrónico.

Por último, está la pérdida de los códigos culturales, que puede significar algo tan sencillo como no tener con quién “echar un pie” y bailar salsa o con quien compartir un mate.

Y, asociado a esto, y como último duelo, está la pérdida de contacto con el grupo de pertenencia, con aquellos con quien podemos hablar en los mismos códigos, que entenderán nuestros modismos y forma de ver la vida.

El síndrome de Ulises es cuando, además de tener que pasar estos siete duelos normales para un migrante, se hace en condiciones difíciles, explica Achotegui.

Ilustración persona migrante con preocupaciones a su alrededor.

BBC MUNDO
Hay varios detonantes que pueden estresar a una persona en el país de acogida.

Cuáles son los detonantes

“Cuando hay dificultades o se rechaza a la persona en la sociedad de acogida puede darse este síndrome”, explica Guillermo Fauce, profesor de Psicología en la Universidad Complutense de Madrid y presidente de Psicología sin Fronteras.

No es lo mismo llegar a un país nuevo con un trabajo ya estable que sin nada en firme; tener o no un techo y comida asegurados, entrar ya con visa o con un estatus legal por definir. Tener o no ciertas condiciones suma puntos y estrés.

El rechazo que puede tener más impacto es no tener papeles o no poder acceder a determinados recursos”, dice el psicólogo.

A su vez, Achotegui explica que esta situación hace que los migrantes no puedan salir adelante y genera tensión y problemas de supervivencia, otro detonante más.

Al coctel puede sumarse el no tener personas a nuestro alrededor que nos brinden apoyo, no solo material (donde vivir, comer, dormir), sino también emocional. “Muchos migrantes sufren situaciones de soledad, están aislados”, remarca Achotegui.

Fauce señala que también hay un apoyo simbólico que, de no darse, es otro detonante más. Se trata de que el entorno del migrante entienda y reconozca su condición, “que está pasando por un situación complicada, transitando muchos duelos y que se le permita un periodo de transición en la sociedad de acogida”.

Dos hombres en una fiesta.

Getty Images
Los expertos recomiendan hacer lazos con nuestra comunidad pero también con la sociedad de acogida.

A veces puede pensarse que “lo peor” ha pasado tras cruzar una frontera en malas condiciones, pero, en el país de acogida, la sensación de indefensión, de estar sin derechos y los posibles abusos laborales y sexuales pueden dar lugar a un cuarto detonante: el miedo.

Los expertos consultados añaden que esta situación de vulnerabilidad que puede dar lugar al síndrome de Ulises se hace mayor cuando se es mujer.

Qué nos puede pasar y cuándo estar alerta

Los síntomas pueden ser los mismos, dice Achotegui, que podemos tener cuando pasamos una mala época: dormimos mal, nos cuesta relajarnos, dolores musculares o de cabeza, enfado, nerviosismo, tristeza.

Fauce señala que, por un lado, se puede entrar en una suerte de estado depresivo y de tristeza, de encerrarnos en nosotros mismos y, por otro, estar hiperactivos y ansiosos, algo que al final nos va a quitar energía.

Esto puede hacer que el síndrome de Ulises se confunda con otras enfermedades mentales como depresión o estrés postraumático y que trate de medicalizarse.

Pero, en este caso, cuando se solucionan los obstáculos que dieron lugar al síndrome (hay trabajo, cierta estabilidad, menos estrés, etc,), desaparece.

“Si se sigue adelante, se consigue trabajo y hay una cierta estabilidad pero sigue habiendo síntomas, ahí hay algo más que evaluar y hay que intervenir de otra manera, porque puede que haya otra cosa ya del plano psiquiátrico, como un cuadro depresivo”, sostiene Achotegui.

Grupo de mujeres jugando al fútbol.

Getty Images
Hacer ejercicio y juntarse con la comunidad de origen pueden ayudar a bajar el estrés.

Así, cuando el malestar se convierte en permanente o impide que hagamos nuestra vida, hay que prender las alarmas. Otras muestras de alarma que señala Fauce son si aparecen ataques de ira, nuestras relaciones personales se ven afectadas o “se cogen atajos, como consumir drogas, alcohol, hay gastos desmesurados o se hacen deportes de riesgo”.

Qué hacer y qué no hacer

“Es fundamental crear una red de apoyo social, estar en contacto con otros inmigrantes y compartir vivencias”, señala Celia Arroyo. Para esto es bueno buscar migrantes de nuestra nacionalidad o grupos de apoyo específicos donde vivamos.

Al respecto, Achotegui dice que esto hace que haya “menos riesgo de trastorno mental”, pero quedarse muy anclado con nuestra comunidad puede hacer que se prospere menos. “Si no te metes en la sociedad de acogida, costará progresar. Es un equilibrio”.

Al final se trata de mantener “la raíz” con agua, pero no olvidarnos de nuestras hojas, del lugar donde reciben el sol.

También recomienda Achotegui hacer ejercicio y actividades que bajen el estrés.

Fauce remarca que “los cortes radicales no funcionan, ni las decisiones drásticas” ya sea respecto al país de origen o al de acogida y a las relaciones creadas en ambos.

Arroyo señala que, aunque es complicado dar un tiempo preciso, si tres meses después de haber conseguido una estabilidad el sufrimiento que sentimos no ha disminuido, es buen momento para pedir ayuda psicológica.

Qué pueden hacer los demás

La sociedad de acogida juega un papel importante, pero quien no ha vivido esta situación puede que no entienda qué implica el duelo migratorio ni el estrés sostenido que deriva en el síndrome de Ulises. Esto puede hacer que no sepamos cómo ayudar, qué decir o hacer.

Celia Arroyo recomienda que el entorno permita a quien esté esta situación que se exprese libremente y pueda hablar de qué le pasa y cómo se siente.

“Es importante no minimizar su sufrimiento ni generar falsas esperanzas” ante un futuro que es incierto cuando, por ejemplo, hay una visa o un trabajo que no llega.

Como en cualquier duelo, hay que evitar frases del estilo “ya se te pasará”, “no es para tanto”, “eso son miedos tuyos” o “todo saldrá bien”.

Achotegui sugiere ni compadecer ni victimizar: “Hay que acercarse con respeto, incluso con cierta admiración. El migrante es una persona fuerte, alguien que está yendo hacia adelante”.

A la vez, es importante respetar su cultura, mentalidad y cosmovisión.

Si nos cuesta conectar emocionalmente con alguien en esta situación, Fauce recuerda que todos hemos sufrido alguna pérdida y que es un buen ejercicio conectar con la emoción que tuvimos para empatizar con el migrante. Y pensar que, como escribió la uruguaya Cristina Peri Rossi, emigrar, partir al fin, es siempre partirse en dos.


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