Crecer en un país de desaparecidxs
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Crecer en un país de desaparecidxs
Ninguna estudiante tendría que hacer una aplicación para que, de ser desaparecida, su familia pudiera identificarla. Ojalá las estudiantes de diseño y de todas las carreras pudieran pensar en proyectos hermosos que les llenaran el alma y el corazón.
Por María De Vecchi Gerli
4 de junio, 2022
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Al pensar en las desapariciones en México solemos poner al centro de las historias las voces de las familias, quienes buscan incansablemente a sus seres queridos. Son ellas (en su mayoría mujeres) quienes nos han mostrado el rostro de esta tragedia, quienes han gritado al viento que nos faltan más de cien mil personas, quienes recorren las calles, las instancias oficiales, los montes, las fosas, los ríos, las lagunas. La energía de los familiares de personas desaparecidas parece infinita. Tal vez porque su amor lo es.

Cuando era estudiante de psicología escribí sobre el duelo en hijxs de desaparecidxs políticxs, enfocándome en las desapariciones forzadas cometidas por el Estado en los años setenta y ochenta. Así conocí al colectivo H.I.J.O.S. México, del que ahora formo parte. Desde hace quince años como activista y como académica estudio y acompaño a familiares de personas desaparecidas. Lxs he visto en innumerables actos, lxs he escuchado y así aprendo de su dolor, su enorme fuerza y esperanza. Durante los últimos años, ahora como integrante de Artículo 19, he comenzado a mirar al tema desde otro ángulo: el derecho a la verdad. El derecho que tienen las víctimas y la sociedad de saber qué pasó, quiénes son las víctimas, quiénes los perpetradores y en qué contexto se llevan a cabo las desapariciones. El derecho, también, a saber dónde están las personas desaparecidas.

Hace poco conocí a Ximena, alumna de la carrera de Diseño del Tec de Monterrey Campus Ciudad de México. Tiene 23 años y conversando con ella empecé a  pensar sobre lo que significa crecer en un país con más de cien mil personas desaparecidas, con una crisis forense en la cual al menos 52,000 cuerpos aún no han sido identificados. Una realidad de impunidad, impotencia y miedo constantes.

Ximena está haciendo su trabajo final de carrera acerca de las desapariciones en México. Su idea es desarrollar una app que use las imágenes de tatuajes para tratar de identificar a personas que han sido desaparecidas. Ximena me dice que lxs jóvenes son quienes más están siendo desaparecidxs en México (algo que las estadísticas confirman: son en su mayoría personas de entre 15 y 40 años). 1 Me explica también que ella está aprendiendo a hacer tatuajes, entonces  “cuando le haga un tatuaje a una persona, podría decirle de la app y entonces podrían subirse ahí los datos de cada persona”. El tatuaje, entonces, se usa como un puente de conversación a un tema, las desapariciones, que requiere atención urgente.

Ximena me muestra cómo va por ahora el diseño de su aplicación, con fichas para resumir la información de cada persona. Incluye nombre, foto, características físicas y tatuajes. Si algo le pasara a ella, dice, entonces a su familia o gente cercana a ella le llegaría un código para acceder a dicha información.

Ximena, la estudiante, habla con naturalidad. Yo quedo perpleja pensando en cómo su generación y cuántas generaciones están creciendo en un país con estas heridas. Ya existen muchas aplicaciones que ayudan a saber qué hacer cuando las (nos) ataquen, cuando las (nos) desaparezcan. Porque eso es una posibilidad muy real, me explica ella. Y creo que tiene razón: si sabemos que el Estado no hace lo que le toca, y que esta realidad de miedo seguirá, las estrategias colectivas, los aportes desde la academia o el lugar de cada una, son fundamentales.

Esta plática, que inicialmente ocurrió para conocer su proyecto, se convirtió para mí en un “espejeo” con la historia de alguien que, como yo lo hice hace años, está trabajando sobre las desapariciones para su tesis de licenciatura. Pero el contexto en el que hice mi tesis hace diecisiete años es abismalmente diferente al que vive Ximena y quienes están empezando su vida profesional en México. La “Guerra contra el narco” se declaró cuando Ximena tenía siete años. Así, esa generación que ahora empieza su vida profesional probablemente no tenga recuerdos de un México en donde la palabra “desaparecidx” no era tan común; donde seguía habiendo desaparecidxs, pero la desaparición no era una realidad cotidiana y un peligro inminente para todxs. Me imagino a las generaciones que le siguen a la de Ximena, quienes, si no hay un cambio radical en este tema, crecerán cada vez más y más con las desapariciones como realidad.

Recuerdo a las compañeras de FUNDENL (Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos en Nuevo León), quienes cuentan cómo, hace unos años, empezando una charla en el Tec de Monterrey en Monterrey, preguntaron cuántxs alumnxs presentes tenían algún familiar o conocían a una persona que estuviera desaparecida. La cantidad de manos levantadas las impresionó. Y nos impresionó en su momento. Porque la práctica de la desaparición se extendía por todos los rincones del país. Porque fuimos viendo cómo crecía, se multiplicaban los  colectivos de familiares, las fotos, las ausencias.

Tanto se han ido multiplicando que este mayo de 2022, días después de la XII Marcha de la Dignidad Nacional y de la disputa por la Glorieta de las y los desaparecidos en la Ciudad de México, llegamos a contar más de 100,000 personas desaparecidas, según registros oficiales. Esta cifra que debería ser un escándalo, que debería hacer que todo se pare, que todo arda, parece haber pasado como una nota más en las redes y los medios. Sin embargo, el impacto de estas ausencias y de la inminencia de las desapariciones tiene expresiones cada día. Por ejemplo, impacta en la vida de Ximena, en su conocimiento del tema, en su intento de  contribuir a que quienes sean desaparecidxs puedan ser, al menos, identificadxs y regresadxs a sus familias.

Porque la incertidumbre de la desaparición es un dolor infinito. Hace unos años, la señora Indira Alfaro, madre de Yesenia Quiroz, me dijo que agradecía a Dios que su hija había sido asesinada junto a Nadia y Rubén -en el llamado “Caso Narvarte“- porque eso le había garantizado que al menos no fuera olvidada. Y desde entonces pienso que ninguna madre, nunca, debería agradecer las circunstancias en que fue víctima de feminicidio su hija.

De la misma forma, pienso que ninguna estudiante tendría que hacer una aplicación para que, de ser desaparecida, y ante la ineficacia del Estado para prevenir y erradicar las desapariciones, y para buscar e identificar a las personas, su familia pudiera identificarla. Pienso también que ojalá las estudiantes de diseño y de todas las carreras pudieran pensar en proyectos hermosos que les llenaran el alma y el corazón.

* María De Vecchi Gerli (@maria_devecchi) es coordinadora de análisis estratégico en ARTICLE 19 Oficina para México y Centroamérica. Agradezco a Paula Mónaco y Daniela Rea la amorosa lectura de este texto.

 

1 De acuerdo al CED, “Las desapariciones siguen afectando principalmente a hombres de entre 15 y 40 años. No obstante, las cifras oficiales muestran un aumento notable de las desapariciones de niños y niñas a partir de los 12 años, así como de adolescentes y mujeres”.

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