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Por Artículo 19
Artículo 19 es una organización, de origen inglés, que por más de 20 años ha trabajado en la... Artículo 19 es una organización, de origen inglés, que por más de 20 años ha trabajado en la defensa y promoción de la libertad de expresión en el mundo. El libre flujo de información por cualquier medio, el intercambio de ideas entre actores, y la transparencia gubernamental son elementos indispensables para una democracia. Por ello, Artículo 19 se dedica a proteger el derecho contra todo acto de censura. Síguenos en Twitter: @article19mex. (Leer más)
El espacio también es nuestro
Las amenazas por género en las redes sociales visibilizan que las violencias machistas son un intento constante de territorialización y de colocarnos de vuelta en un lugar en el que las masculinidades tradicionales no se sientan amenazadas de perder sus privilegios.
Por Artículo 19
13 de marzo, 2017
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Por: Miriam Matus (@matusontuits) y Vladimir Cortés (@vladyruzo)

Se me ocurrió subirme a la bici en falda, porque tengo la descabellada idea de que debería de poder  transitar por mi ciudad de la manera que me parece más cómoda. Pero como habría que esperarse, el trayecto fue una pesadilla.

Todas bien sabemos lo denigrante del acoso callejero. Es inverosímil la capacidad de quienes “piropean”, de anular por completo la empatía con la que tienen enfrente, eliminar sus cualidades de persona y utilizarla como un elemento que les funciona para sentirse dueños del espacio,  y de los cuerpos; de amenazarte con que ellos pueden hacer y decir de ti lo que les pegue la gana.

El acoso indigna.

Casi antes de llegar a mi casa, atravesando Viaducto, vi de reojo que alguien se me acercaba haciéndome la pantomima de un blow job; como me pareció aún más violento que todo lo que había escuchado en el camino, intenté evadir completamente su presencia buscando el otro lado de la acera. Pero no, no iba a poder salirme con la mía, este bato ya tenía un plan para que sí o sí, lo volteara a ver. Todo sucedió en cuestión de 5 segundos: sentí de pronto su voz ya muy cerca de mis oídos, como a una distancia de menos de un metro: “Pélame pinche vieja”, y sí, volteé, pero no me encontré con ninguna mirada. En ese mismo instante él tomaba impulso y me aventaba directamente a la cara un envase cilíndrico y pesado de bloqueador solar. Con el golpe, cayeron mis lentes al pavimento, me sostuve como pude para no salir volando de la bicicleta, se frenó el coche de atrás y en cuando recobré el equilibrio pero aún no alcanzaba a entender qué demonios había pasado, pude ver al atacante huyendo hacia alguna de las calles más obscuras de la Narvarte.

El acoso duele.

Hay muchas formas de amenazarte y hacerte sentir que donde transitas no te pertenece, que es un lugar prestado y que tienes que pagar cuota. Tal parece que esa batalla de las mujeres, de apropiarnos del espacio físico y enunciarnos desde ahí, sigue en pie, pero también sucede que hemos tenido que buscar otros espacios, como las plataformas digitales, para seguirnos expresando y podernos desenvolver sin sufrir tantas agresiones. Lamentablemente la violencia también se traslada, entiende las narrativas y se adapta a los nuevos dispositivos para perpetuar el control y también recordarnos ahí o en donde sea, que el espacio sea digital o callejero, no es nuestro. Sí, cada vez somos más cyborgs, pero si nos enunciamos desde lo femenino, o desde la diferencia, seremos siempre amenazadas. Se nos tiene que recordar que: aquí, este lugar, nunca es tuyo.

Ahora vamos con las personas cuya labor es informar: los “ochodemarzo” como escribe una colega periodista “no se repiten por 364 días”. El resto de los días resuenan las mismas injurias, humillaciones, amenazas, hostigamiento y piropos.  El acoso es constante. En la calle, reporteando, haciendo una entrevista con algún funcionario del ministerio público o en las redes sociales. El círculo de la violencia cierra la pinza.    

En estos casos, las agresiones tienen una doble carga. Por ser mujer y por ser periodista. Por romper con los estereotipos impuestos socialmente. Y cuando esto sucede, los ataques por razón de género estallan. Así lo demuestra la campaña que inició la organización Versus con el video Más allá de 140 caracteres para exponer cómo “los viejos estereotipos” se lanzan con vehemencia contra las periodistas que cubren temas deportivos. “Maldita prostituta, tampoco eres una doctora, ingeniera o licenciada, enseñas el culo en la tele y vienes a hablar de moral y valores. / Hola, hermosa hoy te ves extremadamente buenota, @LaReimers debería ser autocrítica y dejar de creerse periodista y mejor dedicarse a lavar baños y cocinas. Pseudo analista”. Son insultos que tratan de regresar a las mujeres al cuerpo sexualizado, un lugar en donde pueden ser controladas de nuevo.

El espacio físico no se puede desligar del espacio digital. Ambas esferas están unidas. No es posible minimizar las agresiones digitales hacia las mujeres ni hacia ninguna persona. Como lo señala el reporte de la UNESCO, Construyendo la seguridad digital para el periodismo, las amenazas físicas y digitales son una seria preocupación porque pueden ser un precursor de ataques físicos contra periodistas.

La violencia en línea va más allá del espacio digital. Las consecuencias de las agresiones conllevan afectaciones psicológicas, de convivencia y financieras. “Después de experimentar amenazas y abusos en línea, los periodistas pueden estar cada vez más preocupados por su seguridad personal y empezar a usar seudónimos cuando publican, o dejar de escribir sobre una historia o tema por completo. Pueden dejar de reportar desde localidades específicas, o ser obligados a trasladarse. Algunos periodistas se ven obligados a renunciar al periodismo o dejar su trabajo”, indica el reporte de la UNESCO.

El daño es integral. Las agresiones, por muy insignificantes que parezcan, representan incidentes graves a la integridad de las mujeres. Implica una afectación emocional, un acto de autocensura, el alejamiento de las redes sociales, renunciar a tu trabajo como mujer periodista y finalmente, y lo más grave, renunciar a enunciar su voz.

Los troles, esos personajes terroríficos de las redes sociales que acosan, generan polémica, ofenden y provocan de modo malintencionado, son la versión digital del porrismo universitario. Grupos de choque que buscan generar miedo, desmovilizar, amedrentar y reventar cualquier intento de organización.

En días recientes, la coalición #InternetEsNuestra externó su posición frente a la importancia de reconocer que cualquier medida que se tome para atender la violencia en Internet debe cuidar no culpar a las mujeres y hacerlas responsables por la violencia, delegar la entera solución a una reforma penal, separar las esfera del espacio analógico y digital y restringir otros derechos por una defensa a favor de las víctimas. El debate sigue abierto.

Marion Reimers, periodista deportiva, lo expresó en un artículo con motivo del “ochodemarzo”,  “El machismo rampante del periodismo deportivo no se resuelve respondiendo con el clásico “no somos todos”, ni otorgando visibilidad un día al año. Empieza con cuestionar nuestros propios machismos velados”. Un punto de partida, donde el proceso de transformación para frenar las agresiones a mujeres periodistas en el espacio digital, implica un cambio social y cultural.

Otro elemento a considerar es lo que expresó Dunja Mijatović, representante de la OSCE para la Libertad de los Medios, en las recomendaciones para atender la violencia hacia las mujeres en línea, “Reconocer que las amenazas y otras formas de abuso en línea de periodistas y actores de los medios de comunicación son un ataque directo a la libertad de expresión y la libertad de los medios de comunicación”.

El espacio es de quien lo habita, sea digital, urbano o como queramos llamarle a todos los lugares en donde nuestra opinión y nuestra presencia quieran enunciarse. La lucha por la libertad de expresión es también una lucha por transitar, por decir sin sufrir amenazas y sin sentirnos en riesgo. Las amenazas por género en las redes sociales visibilizan que las violencias machistas son un intento constante de territorialización y de colocarnos de vuelta en un lugar en el que las masculinidades tradicionales no se sientan amenazadas de perder sus privilegios. Afortunadamente ya no hay opción, las mujeres y todo el complejo y plural espacio de los grupos marginados que no cabemos en la heteronormatividad sofocante, seguimos comunicando el mundo desde nuestras otras miradas, caminando  con faldas o herramientas de batalla; esos espacios por los que andamos ya sin parar pueden ser calles pavimentadas o espacios construidos con algoritmos que desembocan en caracteres.

@article19mex

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