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Cifras y magias del pugilato mediático
No se trata de que el presidente pueda o no ser interpelado en su conferencia matutina. El solo planteamiento es señal de que impera en muchos un pensamiento virreinal: al monarca no se le toca.
Por Gerardo Cárdenas
15 de abril, 2019
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Al final, las cifras eran un mero pretexto, un acto de prestidigitación de ambas partes. El viernes 12 de abril fuimos testigos de un pugilato mediático y político entre dos viejos guerreros del ego y la autopromoción: de un lado el presidente López Obrador, del otro el periodista Jorge Ramos. Ramos había acudido a la mañanera en Palacio para, según medios como Notimex, increpar al presidente (luego Notimex dijo que no dijo lo que dijo, que fue culpa de su CM, el nuevo pretexto perfecto). Dos temas había sobre la mesa: las cifras de muertos y la protección de las fuentes periodísticas.

Se desató un combate entre maestros de la provocación. Ramos y López Obrador se enfrentaban con cifras que, decenas más o menos, revelaban lo mismo: nada contiene la violencia en México, mucho menos las políticas titubeantes y contradictorias del actual gobierno.

Luego se trenzaron en torno a la protección de las fuentes y la libertad de información, a raíz de la carta que envió López Obrador al rey Felipe VI de España, revelada en su momento por los diarios Reforma y El País. Cabe subrayar, Ramos escribe para Reforma y promociona a ese diario, aunque también lo hacen otros que apoyan a López Obrador, como Carmen Aristegui (otra cosa es que el mandatorio considere al matutino como su enemigo personal).

Pero cifras y cartas eran meras mamparas. Veíamos, si sabíamos ver, otra cosa. No se trata de que el presidente pueda o no ser interpelado en su conferencia matutina. El solo planteamiento es señal de que impera en muchos un pensamiento virreinal: al monarca no se le toca.

Vayamos por partes.

Ramos ha hecho de la provocación parte de su estilo periodístico. Lo ha hecho con Trump y con Maduro y obtuvo el triunfo mediático que buscaba. Le faltaba, en su trifecta de autoritarios, el mexicano.

López Obrador ha hecho de la provocación parte de su estilo político. Pregúntenle a Salinas, a Zedillo, a Fox, a Calderón, a Peña Nieto. Sus mañaneras y muchas de sus intervenciones públicas son foros donde tira la piedra, para que el país baile al ritmo de su dedito.

La provocación funciona maravillosamente como herramienta, porque permite al provocador escudarse detrás de la agresión para no dar explicaciones.

Y quien más tiene que dar explicaciones aquí es López Obrador. Ramos cumplió su misión (entre ellas, la de defender al periódico con el cual colabora).

Pero a Obrador las cifras lo desnudan (las de Ramos y las de su propio gobierno, que por cierto pintan un cuadro peor aún que el expresado por el periodista), y más lo desnuda su incapacidad dialéctica.

En un pleito entre dos provocadores, gana el que achica al otro. Obrador se achicó, se confundió, se desdijo, se contradijo, se arrugó, acudió a una gráfica que ni él mismo podía explicar. Trató de salir con sus dislates, como decir que él combatía mejor al crimen que cualquier otro presidente previo porque se despierta más temprano que todos. Ramos no lo dejó escabullirse, se le trepó al estrado. Los juglares del reino aplaudieron, porque ¡qué sensacional tener a un presidente que se deje interpelar, eso es democracia!

Si nos tomamos unos minutos de reflexión, los trucos de magia se revelan ante nuestros ojos. La mañanera puede convertirse fácilmente en un performance, en teatro callejero. Pero el trasfondo es peligroso: un presidente que se deja arrastrar al pleito de barrio y no viene preparado para los golpes, que no escucha a sus asesores (si los tiene) sobre cómo hacer frente a la provocación, venga de quien venga, que tiene la arrogancia de creer que con su verbo y su autoridad le basta para no hacer frente a la realidad de las cifras, a que no hay programas realmente implementados, a que la violencia crece, a que la economía se paraliza.

Es fácil cuando tienes a un coro que aplaude todo, que festeja, que ríe, que se regodea ante las pedradas lanzadas a blancos fáciles (la prensa hipócrita, los empresarios fifí, los políticos de pasados regímenes). Ramos hay muchos, en el periodismo y en otros ámbitos. Y ningún combate entre provocadores acaba en empate. Siempre hay nocaut.

¿Cuándo se agotará la magia y veremos al hombre detrás de la cortina?

 

* Gerardo Cárdenas (@ElGerryChicago) es escritor, habituado a las interpelaciones pero poco afecto a la magia.

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