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Por Mexicanos Primero
Mexicanos Primero es una iniciativa ciudadana integrada por activistas con diversas experiencias,... Mexicanos Primero es una iniciativa ciudadana integrada por activistas con diversas experiencias, formaciones e historias, unidxs a favor de una causa: promover y defender el derecho a aprender de todas las niñas, niños y jóvenes en México, así como el de sus maestrxs. Buscamos contribuir a la construcción de una sociedad incluyente y justa en la cual cada persona puede llegar a ser la mejor versión de sí misma, convencidxs de que la vía principal para desarrollar esa sociedad es la educación. Como unidad de investigación aplicada, realizamos estudios y desarrollamos propuestas para fortalecer la política educativa y activar a la sociedad a favor de la educación en México. (Leer más)
Infancia acorralada, infancia invisible
14 de 100 guarderías siguen sin cumplir la reglamentación actual donde millones se encuentran “guardados” y el 57% de niños en contextos de alta y muy alta marginación ni siquiera tendrán acceso a un servicio público y la mitad de los niños ya nacen con pobreza alimenticia y de capacidades.
Por Mexicanos Primero
23 de julio, 2014
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Por: Alejandro Ordóñez González (@alex_ordnz)

Cuando fui un bebé, ya en los meses en que uno explora el mundo, mis padres quisieron cuidarme de los peligros que en mi gateo pudiera encontrar. Conocidos y vendedores pediatreros sugirieron un corral plegable de borde suave y paredes encordadas en patrón de rombos continuos. En él quisieron que me sintiera acompañado y colocaron mis juguetes y peluches favoritos. Por supuesto tuve intentos infructuosos de escape, pues las paredes me resultaban demasiado altas. Sin embargo, mis compañeros de celda tenían escapatoria: lanzaba peluche por peluche al exterior de ese corral azul cielo. Ya en el corral vacío, con el resto de internos liberados, el llanto era mi blues. Al escuchar ese triste reclamo, los adultos de mi especie (que pocas veces entienden <entendemos> ese lenguaje infantil), no acudían a mi liberación, al contrario, mi llanto era la alarma delatora que provocaba la captura de cada peluche liberado y aseguraba su reingreso a las 4 paredes acordonadas.

No desistí en el escape, y aún cuando su amor al crío es infinito, un adulto sólo entiende a las quinientas, nunca a la primera. A mi intento “x”, me sacaron de esa celda, pero no para gozar del libre movimiento sino para experimentar una especie de arresto domiciliario. En el mismo sitio del corral (ahora arrumbado), las paredes fueron sustituidas por cojines apilados. Este arreglo de adultos provocó nuevos motines al interior del corral simulado.

Yo entendía (supongo) que su intención no era otra que el cuidarme de lo que había fuera de las barreras, querían protegerme de todo aquello que pudiera lastimarme. Pero tuve que ser insistente y cada vez más claro: mi necesidad de libertad no quedaba satisfecha en ese cerco acojinado. Atentos a mí (siempre), finalmente lo entendieron: en vez de rodearme con cojines, decidieron colocar cojines sobre aquellos sitios que en verdad podrían herirme. “Fair-enough”, acepté ese trato.

Pronto conocí que aún dicha libertad sería efímera. Un día, con gran tristeza, mis papás condujeron hasta un sitio con bardas rojas (también con alambrado en patrón de rombos, por cierto) paredes altas y amarillas. Era una guardería del IMSS, donde habría de quedarme “guardadito” mientras ellos trabajaban. Ésta era, para todos, la menos peor de las opciones.

Nunca pensé que un corral se extrañara al llegar a un sitio donde las paredes no sólo se habían ampliado, sino que al interior rondaran celadoras que hoy, a más de 25 años de haber conocido, aún recuerdo con malestar. Donde antes hubo peluches, hoy había compañeros como yo. De mi edad, algunos más chicos y otros más grandes. En esta ocasión,  no había posibilidad de escape, lo único sencillo era esquivar la supervisión y no entrar al debido salón (sub-celda); pero más pronto que tarde, las celadoras del mandil a cuadros reprimirían todo intento subversivo. El regaño, el castigo y las disimuladas amenazas contenían a todo niño (aunque fuéramos muchos más).

Guardo con claridad escenas completas que se guardan en la mente y en la memoria sensorial, recuerdo el trato tosco y rudo de estas personas, nada grata era la ida en grupo a los baños (como tampoco lo eran los olores ni reacciones de los menos controlados), dolorosa era la hora de comida (aún siento el sabor de la cuchara metálica y su roce brusco en mi campanilla),  y el ruido, el escándalo… de tantos a disgusto. ¿Me quejé? ¡Por supuesto! Mi padres me enseñaron a no esconder nunca mi inconformidad. ¿Se quejaron? Siempre; de todas y de cada una de las celadoras. Pero era tanto el tiempo que me quedaba a solas con ellas, que lo más prudente y seguro para mí, fue que mis padres cuidaran mis heridas y me enseñasen a ser resiliente, a resistir, a reponerme, a cuidarme.  Hoy recuerdo a muchos de mis compañeros… a muy pocos nos enseñarían a resistir.

Todo esto sucedió antes del pre-escolar y sé bien que no es, por mucho, la peor de las experiencias; lo cual me hace pensar en los millones de niños que no tendrán la misma suerte… 14 de 100 guarderías siguen sin cumplir la reglamentación actual donde millones se encuentran “guardados”… el 57% de niños en contextos de alta y muy alta marginación ni siquiera tendrán acceso a un servicio público y la mitad de los niños ya nacen con pobreza alimenticia y de capacidades. El reporte Los Invisibles reúne estas y otras cifras alarmantes y retrata la situación de los niños de 0 a 6 años de edad: “invisibles”.

Tras este breve anecdotario, veo cómo a lo largo de nuestra vida, seguiremos cambiando de barreras, aumentando las paredes, cambiando su color y patrón, pero, en la mayoría de los casos, sólo ampliamos el corral. Y, cuando ya somos adultos replicamos esa fórmula, encerramos la libertad por cuidarnos de sus riesgos sin darnos cuenta que un corral, del color que sea, limita el desenvolvimiento del ser vivo que se coloca en su interior, que las paredes (sean de cuerda, plástico, madera o metal) no ayudan a vigilar mejor al niño, lo invisibilizan, nos evita verlos crecer, moverse, caer, levantarse.

Este relato fue un esfuerzo por ponerme en mis propios zapatos a la edad anterior al pre-escolar, y recordar qué tan preparados estamos para ser padres y atender a un niño que ha nacido, qué bienvenida le damos al mundo, al sistema y qué condiciones le imponemos para, llegado el día, ejercer su ciudadanía. Sirve este recuento para observar las pésimas condiciones que el servicio público ofrece a padres de familia en el supuesto resguardo de sus hijos… por complicidad, por ignorancia, por vista miope y astígmata, por irresponsabilidad con los más vulnerables.

A temprana edad, son muchas las justificaciones para elegir el corral, en su mayoría, válidas, pero ninguna justa para un niño que crece, que por instinto y luego por voluntad se sabe libre. Pero al crecer, nada justifica que mantengamos las mismas ingenuas justificaciones para permanecer encerrados cuando ya somos adultos, no hay razón para reforzar un corral sistémico donde le somos invisibles a las autoridades, donde nos mantienen controlados, donde no se escuche el llanto, donde la libertad sea limitada.

Por ello, es tan crucial abordar el tema de la primera infancia para atender (y saber atender) a un niño de 0 a 6 años porque su libertad para ser puede quedar condicionada para el resto de su vida si se le contiene como una planta que es sembrada en una maceta diminuta; es crucial ser críticos con nuestro sistema socio-político para revisar qué tan libres somos para expresar nuestro descontento sobre la administración pública, qué tanto somos escuchados y qué tanto somos tomado en cuenta, y es crucial que, si nos sabemos fuera del corral, ayudemos a quienes siguen en él, ignorados.

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