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Aprender es mi derecho
Por Mexicanos Primero
Mexicanos Primero es una iniciativa ciudadana integrada por activistas con diversas experiencias,... Mexicanos Primero es una iniciativa ciudadana integrada por activistas con diversas experiencias, formaciones e historias, unidxs a favor de una causa: promover y defender el derecho a aprender de todas las niñas, niños y jóvenes en México, así como el de sus maestrxs. Buscamos contribuir a la construcción de una sociedad incluyente y justa en la cual cada persona puede llegar a ser la mejor versión de sí misma, convencidxs de que la vía principal para desarrollar esa sociedad es la educación. Como unidad de investigación aplicada, realizamos estudios y desarrollamos propuestas para fortalecer la política educativa y activar a la sociedad a favor de la educación en México. (Leer más)
Primera infancia: niñ@s que nadie ve ni oye
Los niños y niñas de cero a seis años son invisibles en el sentido de que no son objeto de una verdadera política pública nacional, sino de un conjunto irregular y mal conectado de programas y servicios, que son atendidos con recursos muy insuficientes, en arreglos precarios y empobrecidos. Y el ejemplo más grave de ello es la tragedia de la Guardería ABC.
Por Mexicanos Primero
4 de junio, 2014
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Por: David Calderón

Nuestro más reciente trabajo de investigación aplicada y propuesta es un estudio sobre Desarrollo Infantil Temprano -DIT, por sus siglas- que hemos titulado Los Invisibles, que puede descargarse íntegro y sin costo alguno desde nuestro portal. Hay trabajos muy valiosos que analizan cómo se realizan las diversas intervenciones gubernamentales en este campo, como el trabajo de Bob Myers y coautores de 2013.

Nosotros queremos destacar que niños y niñas de cero a seis años son “invisibles” en el sentido de que no son objeto de una verdadera política pública nacional, sino de un conjunto irregular y mal conectado de programas y servicios, que son atendidos con recursos muy insuficientes, en arreglos precarios y empobrecidos. Sostenemos que, como no son atractivos en términos electorales o productivos, a pesar de ser literalmente la esperanza de nuestro país y la población que por derecho y condición merece la máxima protección, se encuentran fuera de la vista de las instituciones e incluso fuera de los principales diálogos públicos sobre el país y la sociedad que queremos ser.

Para fines de claridad, en Los Invisibles entendemos el desarrollo infantil temprano con la connotación de un proceso continuo de cambio, que despliega el potencial y habilita el pensamiento, la agencia y la voz de las niñas y los niños en relación con el mundo y los demás, desde la concepción hasta justo antes de cumplir los seis años de edad. Tomamos “desarrollo” en su acepción más amplia, que involucra lo físico, la salud, lo cognitivo, lo socioemocional, la habilitación comunitaria y la identificación cultural específica.

Pensamos que hay que superar una visión que podemos designar como “sucesiva” y que en su acartonamiento ha resultado empobrecedora. En dicha visión –y muchos de los servicios en México lo tienen como supuesto inherente pero no reflexionado– lo importante en los primeros tres años de vida es la ingesta y las vacunas; después, entre los tres y los cuatro años, la motricidad, y luego, a marchas forzadas a los cuatro, cinco y antes de los seis años, la “preparación para la escuela”, que en la práctica es cada vez más entendida –mal entendida– como instrucción para seguir instrucciones, con una forzada anticipación a la lectura y a cierto dominio de operaciones matemáticas que resultan mecánicas y sofocantes.

Nosotros, en cambio, sostenemos una visión “simultánea”: desde el inicio se han de remover las barreras, asegurar los nutrientes (alimenticios, afectivos, de encendido de la percepción y el discernimiento) y facilitar la ejercitación y expansión en todas las dimensiones. Los fundamentos de la libertad y la capacidad de cada persona no pueden tratarse tan superficialmente, como bloques inertes que se agregan apilándolos. Todas las dimensiones se necesitan entre sí y se escalan en forma recíproca, de manera que lo sensorial es fundamental para lo afectivo, el reconocimiento para la coordinación muscular, la adquisición del lenguaje para el sentido del tiempo, el equilibrio para la autoeficacia.

Cuestionar el enfoque sucesivo de los servicios es destacar una segunda invisibilidad: no hemos visto con detenimiento las duplicidades, las falencias y los vacíos en los servicios públicos para el desarrollo de la infancia temprana. No se trata de que cada agente de DIT sea neuropediatra y terapista del lenguaje, sino de cuestionar que la atención social a la primera infancia se encuentre en una situación tan burda, deficiente y empobrecida, sin rendición de cuentas ni estrategia de participación como lo está ahora en nuestro país.

Aunque las personas integran, los servicios dividen: por especialidad y tradición, los funcionarios de salud quieren que los niños crezcan; los de educación que se escolaricen; los de desarrollo social que tengan asistencia, que “dejen trabajar” a sus madres, que no cuesten más a la sociedad si se puede prevenir, y los de planeación o economía quieren que se oriente desde el inicio a los niñospara que aporten, incrementando sus oportunidades de acceder al empleo, ahorrar y formar un patrimonio. Los equipos en los diferentes sectores gubernamentales compiten entre sí por recursos, por prestigio, por relevancia, a veces en un peligroso juego de suma cero. Otras dos tensiones notables son la que se refieren a la relación entre los servicios y las familias, por un lado, y por el otro la tensión entre el aumento de la cobertura de los servicios, contrapuesto al alcance de la calidad y relevancia de las prácticas y sus resultados.

Claramente es válido y necesario que la integración colectiva de esfuerzos gubernamentales y ciudadanos se ponga al servicio de cada familia, y que en ellas y para ellas se reconozca el principio de interés superior de la infancia. Vale la pena recordar cómo el principio está plasmado en la Ley Fundamental de nuestro país, en el Artículo 4, párrafos 8 y 9 (CPEUM, 2014):

En todas las decisiones y actuaciones del Estado se velará y cumplirá con el principio del interés superior de la niñez, garantizando de manera plena sus derechos. Los niños y las niñas tienen derecho a la satisfacción de sus necesidades de alimentación, salud, educación y sano esparcimiento para su desarrollo integral. Este principio deberá guiar el diseño, ejecución, seguimiento y evaluación de las políticas públicas dirigidas a la niñez. Los ascendientes, tutores y custodios tienen la obligación de preservar y exigir el cumplimiento de estos derechos y principios.

En el ámbito del Desarrollo de la Infancia Temprana debe ponerse mucha atención a que los deberes del Estado para con los derechos de los niños se relacionen con las posibilidades y decisiones de las familias. Especialmente en contextos marginados y empobrecidos, los padres y las comunidades mismas no podrían ofrecer a veces ni lo mínimo, y menos lo deseable, sin la presencia de las agencias del Estado. Sin embargo, el riesgo asistencialista –con su cadena de reparto de insumos sin construcción de capacidades, la consecuente dependencia y etiquetación cultural de los beneficiarios como destinatarios pasivos e incapaces, el riesgo de corrupción y cooptación en el uso deshonesto de los recursos o en el condicionamiento de los apoyos como trueque para respaldo político, el deterioro y rendimiento decreciente en la sustentabilidad de los servicios– debe tenernos siempre con las alertas prendidas.

El gobierno es pésimo padre y peor madre, y menos aún pueden serlo las empresas o los concesionarios. Los “cuidadores” con tareas más explícitas no pueden sustituir, sino reforzar a los padres y a la familia. Por ello, las prácticas más integrales, sustentables y justas son las que combinan sabiamente las capacidades institucionalizadas con el refuerzo a las prácticas de crianza. Inevitablemente, los servicios a cargo del Estado pueden y deben cuestionar tradiciones y creencias que son potencialmente dañinas, aunque haya un gran apego a usos y costumbres, como –correspondientemente– las familias deben exigir respeto, adecuación y pertinencia a los funcionarios y agentes de atención que les sirven.

Así, estamos a favor de que se establezca un Pacto, una Alianza con responsabilidades claramente distribuidas entre el Estado y los padres; las visitas frecuentes de promotores a los domicilios; el acceso a información y capacitación en casa; el equilibrio entre flexibilidad laboral para padres y madres, por un lado, y el establecimiento de centros de desarrollo bien equipados y adecuadamente distribuidos en el territorio, por el otro.

Como en todo reto de política pública, la necesidad es apremiante y los recursos, escasos. Millones de páginas se han escrito ya sobre la conveniencia económica de invertir en el DIT: claramente es mejor una aplicación preventiva que una remedial, y la “tasa de retorno” social e individual se ha destacado de mil maneras. Sin embargo, en esa lógica se puede colar la errónea noción de que “atención oportuna” y “atención local” equivalen a “solución barata”. La prevalencia y expansión de los servicios no puede correr al margen de su inversión necesaria e irreductible.

Por ello, debe consternarnos y activarnos cuando se reportan oficialmente tasas enormes de cobertura de la atención, que sabemos en la práctica que son precarias, inadecuadas, sostenidas por el sacrificio de trabajo voluntario o semi-pagado, de personas bien intencionadas pero sin preparación suficiente ni una red de apoyo profesional. No podemos permitir, como hemos dicho con respecto de las escuelas del bloque obligatorio, que haya “servicios pobres para pobres”.

El descuido y la simulación son aquí, si cabe, mucho más críticos que con respecto de la escolaridad obligatoria. La calidad de los servicios orientados a DIT no es un deseable a posteriori, sino auténticamente un imprescindible, pues los servicios inadecuados son un peligro, convirtiéndose en el inverso de los que pretendían ofrecer: prometiendo cuidado, resguardo, se vuelven el escenario de peligros con consecuencias catastróficas. La tragedia de la guardería ABC nos lo recuerda en todo su dramatismo, e incluso la Ley General para los servicios –que derivó del activismo de los padres dolientes– todavía no acaba de plantear la necesidad de la expansión con calidad.

La visibilidad de la primera infancia es crucial para la equidad. Hay una terrible segmentación que se produce ya en los primeros años para el desarrollo cognitivo, dependiendo de la afluencia o pobreza de los padres; la brecha se agrava en el tiempo, antes de la escolaridad formal, y los servicios todavía tienen un efecto tenue o de plano inexistente para revertirlo entre los tres y los cinco años y medio de edad. Sin servicios más robustos, la compensación posterior tiene pocas perspectivas de éxito.

La atención oportuna de barreras para el aprendizaje o la detección y abordaje de condiciones de discapacidad son muy sensibles al tiempo; los mil primeros días deberían ser blanco de atención redoblada, y no de invisibilidad. Aprendimos la lección de la vacunación temprana para parar desde el origen las enfermedades transmisibles, pero no hemos reconocido socialmente que otro tanto ocurre con las enfermedades crónicas, que se podrían detectar y atender con mayor éxito.

Los niños y las niñas de 0 a 6 nos han resultado socialmente invisibles. Aquí la pequeñez es nuestra, no de ellos y ellas; no los vemos porque no se quejan mucho, porque no le suman al poder político y, por ello, pareciera que “no cuentan”. Toda nación necesita plantearse una visión estratégica sobre los primeros años de sus ciudadanos, y toda sociedad está obligada a considerar los derechos humanos inherentes a sus miembros desde el primer día de vida. “Lo bueno de los chiquitos –tal parece decirse– es que necesitan poquito”. No, no necesitan “poquito”; necesitan, y merecen, mucho. Y lo necesitan de todos nosotros: de sus padres, de los agentes de salud y de educación, de todos los ciudadanos.

 

@Mexicanos1o

 

 

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