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Apuntes sobre Israel y Palestina
Desde el punto de vista jurídico, se podría decir que Israel tiene una mayor responsabilidad legal en tanto potencia ocupante. Pero es verdad que, en proporciones distintas, ambas partes infringen los instrumentos de derecho internacional sobre protección a civiles, con los resultados criminales que están a la vista de todos.
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12 de agosto, 2014
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Por: Rodrigo Ávila Barreiro (@rodarmex)

Sin pretender ser un ejercicio exhaustivo, los presentes apuntes buscan aportar elementos de análisis para aproximarse a Israel y Palestina en el contexto de hoy.

El abordaje del problema

Quizá lo primero que debe decirse es que este conflicto debe abordarse con humildad. Sin contentarnos con “es un brete milenario imposible de resolver”, pensar que tiene una solución pronta o mecánica del tipo a+b+c= situación justa y duradera podría incluso ser arrogante.

Considérense otros conflictos menos infranqueables, que las partes y la comunidad internacional no han podido resolver, como el caso de Chipre, isla en pleno mediterráneo europeo, donde desde hace 40 años una zona administrada por Naciones Unidas separa a las poblaciones de origen turco y griego, y que a la fecha se mantiene como un país desmembrado. Qué decir de Ucrania en la actualidad.

El contexto espacio-temporal

Lo segundo que hay que notar es que en la relación bilateral Israel es mucho más poderoso que Palestina. Sin embargo, a nivel regional su superioridad es relativa, y la relación débil-fuerte no es tan absoluta. Por ejemplo, si se le compara con sus vecinos Líbano, Siria, Jordan y Egipto, su desventaja territorial y demográfica es evidente. Se trata de dos relaciones y niveles de análisis diferentes que interactúan, y de ese modo proveen la definición contextual a cada momento dado.

En este marco, debe recordarse que Israel ha enfrentado en 3 ocasiones una ofensiva militar coordinada por parte de sus vecinos. En, 1948, 1967 y 1973. En cada una de ellas salió victorioso, pero en las tres su existencia como Estado estuvo en riesgo.

Si el historial de conflicto armado en la región es traído a valor presente, se le deben de sumar las guerras civiles en Siria e Irak, la ascendencia de un Islam que busca establecer un Califato en la zona, y el poderío de Irán. Al no perder vigencia, los riesgos externos apuntalan la doctrina israelí de mantener superioridad militar, incluso a costa de ataques preventivos contra otros países del Medio Oriente.

En esta materia, Israel considera que no tiene margen de error, y una mirada al mapa así lo podría confirmar.

El efecto del tiempo y la comunidad internacional

Con respecto al tiempo, si se dibujase una línea cronológica de 1948 a 2014, se observaría que ha tenido un efecto negativo sobre la realidad en el terreno.

Especialmente para los Palestinos, quienes hace 40 años gozaban de mejores condiciones de las que “gozan” (es un decir) el día de hoy. Israel amplió su control territorial a base de fuerza y con la ausencia del derecho, renunciando hasta cierto punto a disfrutar de la verdadera seguridad, la que proviene de la paz.

El tiempo muestra que, en la sumatoria, cada día ha sido peor que el previo. Que ese “futuro mejor” no ha venido. Que modificar esta pendiente negativa de la historia es la primera parada, y precisaría de una articulación de fuerzas políticas moderadas que en la actualidad no es palpable, pero que la comunidad internacional debería fomentar.

Lo que dice el derecho internacional

Debe subrayarse que en contraparte a sus victorias militares, y de acuerdo a la Carta y el Sistema de Naciones Unidas, Israel viola recurrentemente el derecho internacional.

Con las Convenciones de Ginebra en mano, se puede argumentar que comete crímenes de guerra. Ni qué hablar de las violaciones reiteradas a ese cuerpo más amplio que son los derechos humanos contenidos en la declaración universal de 1948. (Y no, el hecho de que Assad o Hussein hayan masacrado a sus propias poblaciones no justifica ni disminuye la gravedad de los hechos).

Por su lado, la estrategia de resistencia armada de los palestinos, que en la última década ha sido sostenida casi exclusivamente por Hamas, además de no haber sido exitosa, también viola el derecho internacional.

Porque el uso de la violencia ante un ejército de ocupación es legítimo, pero cuando se dirige hacia civiles, pierde ese carácter y se también se vuelve un crimen de guerra.

Como colofón, y desde el punto de vista jurídico, se podría decir que Israel tiene una mayor responsabilidad legal en tanto potencia ocupante. Pero es verdad que, en proporciones distintas, ambas partes infringen los instrumentos de derecho internacional sobre protección a civiles, con los resultados criminales que están a la vista de todos.

Por ello deben usarse todos los mecanismos del Sistema Internacional de Derechos Humanos, incluyendo los jurisdiccionales, para desincentivar y castigar a los responsables de ambos lados.

Lo que indica el discurso

Un análisis empírico muestra que los discursos de Hamas y Netanyahu, y en términos generales los discursos hegemónicos al interior de cada uno de estos bandos, difieren en la forma, pero en el fondo coinciden y padecen de lo mismo: ninguno reconoce la legitimidad del otro.

Estos liderazgos intolerantes, que en teoría se tienen alergia mutua, son los mejores aliados entre sí y se necesitan para dar sustento a su plataforma política bélica.

En cuanto a Estados Unidos, actor determinante en esta relación, debe subrayarse el hecho inédito de que el presidente Barack Obama haya expresado públicamente que las fronteras de Israel debían regresar a las de 1967. Sin embargo, esta evolución discursiva sin precedentes se opaca por el continuo flujo de armas a Israel de la industria armamentista, la cual se puede argumentar, alimenta y se beneficia del conflicto.

Para reiterar que el lenguaje importa, se puede diferenciar entre lo que sucede hoy y lo que sucedió en los noventas, cuando los líderes hicieron suyo un mensaje de paz y se avanzó en esa dirección, a diferencia de ahora cuando, en consonancia con el discurso, lo único que avanza es la destrucción.

Es un obviedad, pero hay que repetirlo. Para que haya paz, la mayoría de los palestinos y los israelíes tienen que renunciar a la violencia, y ello comienza desde la palabra y el modo en que se conceptualizan tanto el problema como la solución.

Equivocaciones de Israel

Se puede argumentar que Israel está cometiendo un error histórico y conceptual con profundas implicaciones.

Hace 26 años, lo dijo metafóricamente Yehuda Elkana (Yugoslavia 1934-2012 Israel), sobreviviente de Auschwitz: “de las cenizas de ese campo de concentración nacieron dos naciones”, una minoría que afirmaba “esto no puede volver a suceder nunca más” y una mayoría, catastrófica, que piensa “esto no nos puede volver a suceder a nosotros nunca más” (“The need to forget”, Ha’aretz, 1988).

Lo escribió con claridad el poeta Tomas Calvillo (2014): es preciso que termine esta “cruel ironía de la historia”, en la que “Israel recoge la infernal experiencia de su tragedia para imponérsela a un pueblo cuyas raíces le son comunes y familiares”.

Es un hecho que existe una crisis humanitaria en Gaza. Y la situación en Cisjordania, aunque mejor que en la Franja –no hay disparos de artillería pesada-, cada vez se parece más a la de un geto, donde metódicamente se restringe la propiedad y movilidad territoriales, se limitan las libertades civiles y políticas, y se despoja de recursos a la economía.

No hay tragedia del pasado que justifique esta situación en el presente.

Prospectiva

Lo señaló John Kerry, Secretario de Estado de Obama. De no conseguir la paz, por la dirección en la que se mueven las cosas, Israel corre el riesgo de estar configurando un “apartheid”. (Después expresó que hubiese preferido usar otro término, pero permanece el hecho histórico de que “hasta” un Secretario de Estado de Estados Unidos reconozca el hundimiento en esa dirección).

De mantenerse la violencia en Palestina (esa Nación que por encima de los muros une a los habitantes de Gaza y Cisjordania en torno a una misma aspiración), aumentará la crisis humanitaria en la Franja, con el efecto perverso de fortalecer el discurso y la posición de Hamas, que apuesta y vive de la guerra, y seguramente seguirá por la vía de batirse en una competencia de fuerza contra Israel que nunca podrá ganar, y que si bien en su lógica política es rentable, no abona a la paz.

Por su parte, la Autoridad Palestina en Cisjordania ha dado muestras de estar comprometida con la no violencia, y ha obtenido recompensas como el reconocimiento a su identidad jurídica como Estado ante la ONU, después de casi 70 años, abriéndose nuevas posibilidades pacíficas para crecer por vías legales y políticas, o al menos, para no tambalear.

Pero si bien la Autoridad Palestina sabe que al dar su brazo a torcer y renunciar a la vía armada gana perdiendo, las preguntas son ¿cuánto tienen que esperar las y los jóvenes palestinos para dejar de ser limitados por Israel en sus derechos? Y ¿cuánto tiempo tendremos que esperar para que no haya país en el mundo que no reconozca el legítimo derecho de Israel a existir?

 

 

*Rodrigo Ávila Barreiro estudió Relaciones Internacionales en la UNAM. Tiene una maestría en Estudios de Desarrollo por el Instituto de Estudios Sociales de La Haya y una en Políticas Públicas por la Universidad Centro Europea en Budapest. Es Profesor en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales.

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