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El fango que queda sobre la democracia
Por Arena Ciudadana
2 de julio, 2012
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Por: Raúl Bravo Aduna* (@rusoaduna)

 

La primera vez que voté estaba por cumplir ocho años. Mamá, papá y yo caminábamos hacia la casilla. Mamá me tomó de la mano y preguntó, con honestidad quizá inocente: “¿Por quién vamos a votar?” Ponderé nuestro voto algunos segundos, sintiendo que caía sobre mí el peso entero del futuro de México. Poco sabía en aquel entonces de candidatos, sistemas, teoría y políticas públicas. Poco sabía sobre el país, y menos todavía sobre política. Mi espectro de conocimiento quedaba enmarcado por algunos poemas del Dr. Seuss y ciertos cuentos de Stevenson. Mi aparato teórico-filosófico comenzaba y terminaba en The Wind in the Willows, de Grahame. Nada más. Y, sin embargo, mi respuesta fue contundente: “por el PAN, ma, vamos a votar por el PAN”. Mi razón, sencilla: sabía, sin saber, que el PRI encarnaba lo que a mis ojos era lo peor de la humanidad: avaricia, intransigencia, corrupción, misoginia; sabía, también sin saber, que su legitimidad había caducado ya. Hasta la fecha me siento orgulloso de ese voto, por más nefasto que pudiera llegar a ser el jefe Diego.

De mamá aprendí también que existía el voto diferenciado y que era sano en una democracia (aunque simulada, como la que teníamos hace apenas 18 años) establecer, o al menos intentarlo, oposiciones, pesos y contrapesos. Cuando mamá entró a votar y yo la esperaba paradito a un lado, me preguntó “¿Qué esperas? ¿Acaso no íbamos a votar?” Corrí a la cabina para acompañarla. Me enseñó las boletas. Preguntó que qué queríamos para nuestro país. Me explicó brevemente lo que buscaba cada partido. Me explicó, también, que tampoco tenía sentido votar por el mismo partido para todos los cargos,  porque entonces quien ganara podría hacer lo que hiciera. Coincidimos en queríamos que se protegiera el medio ambiente y votamos por el Verde para la Cámara Diputados. Coincidimos, también, en que estábamos orgullosos de que en México un partido se atreviera a postular a una mujer como candidata a la presidencia. Nuestro voto para el Senado fue por el PT. Ahora sé con un poco menos de ignorancia lo que significaron aquellos votos, pero, de cualquier modo, siento cierto orgullo por la lógica que rigió nuestra decisión.

De ahí en adelante, mamá siempre ha pedido mi opinión cuando de votar se trata. Antes, porque partía del supuesto que yo también tenía derecho a votar, porque también, aunque pequeño, me incumbía el porvenir del país. Ahora, porque, para ella, francamente nos enfrentamos a un cochinero caótico y desolador cada tres años y parecería que tenemos que ir a votar con una herida verdadera y casi tangible en el corazón.

Así fue cómo, por culpa de mamá, aprendí a apreciar la democracia y a entender lo difícil e importante que era decidir un voto. Así fue como descubrí desde muy pequeño las escoriaciones que podían dejar en uno las decisiones electorales que se pueden llegar a tomar. Se podría considerar que soy dramático, pero así es como lo siento.

En este sentido, me duele, como a muchos, la jornada electoral del domingo pasado. Me duele, sin embargo, por razones distintas a las de la mayoría; es decir, Peña Nieto no es la causa principal de mi incomodidad político-existencial del momento. Me duele ver qué tanto se está dispuesto a dilapidar, de manera casi inmediata, lo que costó décadas, literal, de sangre, dolor, trabajo y lágrimas. De ver cómo en pleno 2012 seguimos sin poder entender que en una democracia no se gana o pierde, sino que se trabaja para defender, prácticamente día a día, los valores y derechos que han sido costosísimos para nuestra sociedad.

Incertidumbre y un tufo de intransigencia por parte de las izquierdas parecen cubrir al proceso electoral que dio como virtual ganador, hasta el momento en que se escriben estas líneas, al candidato del PRI, Enrique Peña Nieto. Se habla de fraude, pero desde la evanescencia de la proclama pseudo-revolucionaria. Se habla, también, de compra y coacción del voto, como si se tratara de una práctica en la que sólo incurrió el tricolor. Se habla de manipulación de los medios, sin reclamar a los medios “de izquierda”, también, su tendencia claramente parcial.

De lo que no se habla, sin embargo, es del respeto a la voluntad del voto hacia quien sea y por las razones que sean. No se habla, tampoco, de cómo izquierdas y derecha en este país deberían aprovechar el capital político que parece ser recuperado en el Congreso, en ambas cámaras, para formar oposiciones efectivas en un sistema de pesos y contrapesos, con miras a establecerse, nuevamente el PAN y el PRD de una buena vez, como opciones viables de gobierno.

Nos falta, quizá, recordar a la triada griega de las Horas, a quienes se les atribuía el orden tanto natural como social del mundo aqueo: Eunomia (representación del buen orden jurídico y legislativo), Eirene (personificación de la paz y la abundancia) y Dice (encarnación de la justicia moral encargada de vigilar el comportamiento humano). Estas tres “diosas” era precisamente de quienes emanaba esa idea tan repetida y masticada por nosotros de la isonomía (igualdad ante la ley), como pilar fundamental de la democracia en Atenas. Valores o nociones que, por desgracia, hasta la fecha no han podido ser consolidados en nuestra aún adjetivable democracia.

El virtual triunfo de Peña no significa que México ha regresado a una simulación de la democracia. No significa, tampoco, que haya habido un fraude (las elecciones fueron realizadas, observadas y contabilizadas por ciudadanos, no por el Estado ni por las televisoras). Peña se convierte, sin embargo, en el primer candidato priista que llega al poder por la vía verdaderamente democrática; por tanto, como ciudadanos tenemos todas las armas posibles para poder tener al Ejecutivo bajo escrutinio casi perenne.

Bajo este escenario, más que dilapidar en críticas a las elecciones, se levantan nuevas preguntas que deberán ser respondidas paulatinamente para ir reconfigurando la democracia en este país. Básicamente, plantear los nuevos horizontes hacia dónde se debe continuar la construcción de este sistema.

En 2006 Roger Bartra advirtió sobre cómo distintas percepciones irracionales de un candidato y sus seguidores—que rayan en el fanatismo—, aunadas a una evidente desmodernización de la izquierda mexicana, habían “volcado un inmenso alud de lodo sobre las elecciones presidenciales más transparentes y auténticas que habido en México.” Es en verdad triste ver que, seis años después, no hemos podido sacudir ese fango que quedó sobre nuestra democracia, que parece quedará enterrada, a menos que recordemos que en ella no se gana o pierde, sino que se trabaja, construye, reconfigura y defiende.

 

*Raúl Bravo Aduna es profesor de lenguas en la Universidad Panamericana y editor de la revista Cuadrivio.

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