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La ignominia electoral
Por Arena Ciudadana
20 de abril, 2012
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Por: Juan Pablo Espinosa* (@JuanPabloEMT)

 

La comunicación en una campaña electoral es fundamental, causa y efecto, principio y final, palabras sueltas, imágenes, percepciones construidas y destruidas. México es un caso enigmático si hablamos de la persuasión del voto; el desorden ideológico y programático de los partidos políticos que lo buscan es proporcional al maratón disfuncional al que ellos llaman “campaña”.

La mercadotecnia política es por necesidad una tropicalización al status quo, en otras palabras, hay “niveles”  y mercados que alcanzar, por eso vemos nuestras calles inundadas de ridículas imágenes de el o la candidata abrazando a gente pobre.  Las definiciones ideológicas no sólo son irrelevantes, también son peligrosas por que incitan naturalmente al pensamiento, así que no nos confundamos, la batalla electoral en México no es entre las “izquierdas y derechas”, que para efectos prácticos y proselitistas son términos obsoletos.

El capitalismo tiene efectos colaterales o electorales, el más notable de ellos es la transformación de perfiles políticos en supuestos productos de consumo (excéntricos personajes maquillados con Photoshop).

Me provoca una enorme repulsión ver estos actos de cinismo financiados como siempre con nuestro dinero, “los partidos políticos modernos convierten al poeta en propagandista y así lo degradan” les dijo Octavio Paz; las campañas como hoy se nos presentan son una aberración al arte y un insulto al pensamiento.  Existe una dinámica equivocada, en donde se piensa que una imagen sobrexpuesta que apela a la emoción naturalmente crea un foro y que ese foro que es el pueblo, escucha lo que se dice y admite intelectualmente esa imagen para tomar una decisión pragmática y política. En principio no se apela al conocimiento, se apela (penosamente) a la ignorancia que es el hilo conductor.  La mercadotecnia populista  ha convertido al voto en una nueva epopeya  deportiva/novelera/parrandera del ejercicio de un derecho.

Hemos sido testigos de la prostitución de términos en todos los niveles del lenguaje, desde el “no me rajo” (eufemismo machista y sexista que refiere a la rajada de las mujeres), hasta palabras con más fondo como pudieran ser “cambio” o “transformación” cuya dimensión verdadera es de trascendencia, es decir, la simulación política desgasta y le resta credibilidad al buen uso de las mismas palabras que utilizan, los discursos demagogos tienen también efectos secundarios y por la obsesión de los medios por cubrir con tanto interés la palabrería y estupidez sistemática de la mayoría de los políticos, el foro para el debate y libre pensamiento se desvía a la indignación de unos cuantos blogs abandonados.

Las redes sociales hace menos de un año generaron en mí una gran expectativa para esta elección, estas herramientas ya habían demostrado en 2011 su capacidad para construir comunidades virtuales que trabajaran en torno a temas, empujaran causas y establecieran mecanismos de debate totalmente horizontales. Un modelo simple y práctico que obtuvo resultados concretos en temáticas como #Acta, #ReformaPoliticaYA, #SOPA,  #InternetNecesario, #Leyde5deJunio entre otras.

Mis expectativas se vinieron abajo en el primer minuto de campaña ante el comportamiento de los partidos en estos medios que no entienden o no quieren entender. Hasta hoy lo único que han hecho es replicar sus prácticas simuladoras ahora en una versión 2.0.

Sin duda son muchos y cada equipo tiene sus componentes particulares, lo que me llama la atención no es el desperdicio de sus recursos humanos (y trolles), sino la dinámica insípida y superficial que ha inundado últimamente las redes, especialmente a Twitter.

La dinámica es la siguiente y es mi lectura personal: ante la imposibilidad de los altos jerarcas de los partidos para entender el funcionamiento orgánico e interactivo de una red social, los equipos digitales se han autoencerrado en un laberinto sin salida, el de la sumisión y falta de ideas.

Por esto han recurrido a los mismos vicios corporativistas y clientelares que ejercen en tierra, como el acarreo (en este caso digital) de personas físicas y cuentas falsas que como bien apunta Pepe Merino, juegan el papel de coreógrafos en medio de un hashtag (etiqueta).

Podemos simplificar sus mensajes en lo siguiente:

1) Adular a su candidato.

2) Posicionar dónde está en su gira y decir que ese lugar “está” con su partido (aunque la mayoría de las personas que asisten a un mitin no saben ni prender una computadora)

3) Atacar a sus adversarios con la bandera cínica de un ¡NO a la guerra sucia! Y al mismo tiempo tirar la bolita para después esconder la mano.

Por cierto, lo más sorprendente son los nocivos efectos de estas “estrategias” que sólo provocan que la conversación política del país se convierta en un circo que abarca desde alianzas de facto (vergonzosas) con sus adversarios, hasta guerras de trending topics para acarrear bobamente cualquier superficialidad de coyuntura; tontos útiles al fin y al cabo.

La polarización electoral en Twitter es cada día más penosa, inútil y superflua. El ciudadano común, indeciso, despolitizado, que es el mercado lógico de una campaña en internet, terminará hartándose del corral que han construido  alrededor de los candidatos y terminará votando, si bien nos va, por el menos peor. Probablemente estoy equivocado, el tiempo (o el voto) pondrá a cada quien en su lugar.

Los ciegos dirán: van bien las campañas, van bien los partidos. ¡Qué jodido está México, qué locura y qué decepción!

 

#PreguntaAlAire ¿Cuánto dinero lleva Peña Nieto, López Obrador y Josefina en spots, eventos y espectaculares al día de hoy? La respuesta real, se los aseguro, no la tiene el IFE.

 

* Juan Pablo Espinosa es consultor en temas de Comunicación Política para social media, promotor de la Reforma Política y literato.

 

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