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La nube anacrónica
El líder populista actúa con una extraña magnanimidad entre el Dios Padre de los católicos y el Big Brother de Orwell. Conscientemente se posiciona como un regulador de la moralidad y las necesidades del pueblo, pero al mismo tiempo “sabe” lo que el pueblo quiere y no debe tener.
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10 de abril, 2013
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Por: Juan Pablo Espinosa de los Monteros (@JuanPabloEMT)

El populismo siempre me ha provocado una cierta fascinación, es decir, observar en sus diferentes expresiones la manifestación de un hecho, una persona o una idea que enarbola un acto populista me provoca una curiosidad que es hasta cierto punto un poco morbosa (culpo a Marvel y DC Comics).

El populista construye y le da utilidad a su discurso siempre fijado en ciertos dogmas dependiendo de la fragancia ideológica que sea de su preferencia, hay populistas de izquierda como también los hay de derecha. La historia provee.

El líder populista actúa con una extraña magnanimidad entre el Dios Padre de los católicos y el Big Brother de Orwell, conscientemente se posiciona como un regulador de la moralidad y las necesidades del pueblo, pero al mismo tiempo “sabe” lo que el pueblo quiere y no debe tener. Estas limitaciones (o excusas) traducidas a acción política son las que fácilmente pueden convertirse en actos de autoritarismo, un buen ejemplo fue la hegemonía totalitarista del Tercer Reich durante el surgimiento de la Alemania Nazi o el Gulag (campo de concentración) promovido por el Partido Comunista de la Unión Soviética, pero esa es otra historia…

El populista configura su capital político alrededor del mito de su propia persona, lucha o institución. Ése es el producto. Los matices se adecuan al contexto histórico y geopolítico en que se encuentre, es decir, la proporcionalidad de su éxito será complementaria a la coyuntura. Esa es la lógica.

No quiero entrar en la conservadora y aburrida dicotomía del bien y el mal, ni dar posturas irreconciliables, al final del día la política es estratégica y los políticos tienen sus tácticas (populistas o no) para capitalizar sus mensajes, pero si me gustaría profundizar en los subproductos que día a día nos entrega el fenómeno populista sobre todo en México.

El maniqueísmo ideológico es el centro del discurso a favor del pueblo, la salida fácil a un mundo que pide a gritos soluciones complejas. El “public enemy”, el anzuelo para cooptar adeptos y seguidores, en México esa fórmula funciona y los populistas lo saben. El raquítico discurso provoca que la discusión de los asuntos públicos se convierta en circos de retórica y culpabilidad. No hay matices. Desde un debate en la cámara de diputados hasta una simple conversación tuitera, la esencia es la misma. El populista sostiene la verdad inamovible, por lo tanto él y sus seguidores podrán juzgar moral y políticamente a sus detractores, sin la posibilidad de complementar las diferencias para generar relaciones de deliberación aunque sea en la mera opinión.

México es tierra fértil para el populismo y en los últimos años nos han presentado diferentes productos. Desde un galán de telenovela hasta el que ofrece el cambio “verdadero”, ambos son representaciones o envolturas populistas, obvio cada quién con sus particularidades, filias y fobias incluidas.

Pero, ¿por qué tanta obsesión con el discurso populista? La respuesta es simple: por sus formas de reproducción, los nostálgicos de la política binaria (buenos y malos) detienen en los hechos y en el debate las nuevas metodologías de construcción colectiva que son formas de apertura a las personas que no tienen una formación política pero que quieren y pueden participar. Hacen de la política algo exclusivo de los políticos.

La ceguera biológica impide ver, pero la ceguera ideológica impide pensar, Octavio Paz dixit.

 

*Juan Pablo Espinosa de los Monteros es confundador de @morestarch y miembro del @WikiPartidoMX

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