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Arrancones en Neutral
Por Arturo Franco
Arturo es un economista, autor y emprendedor mexicano. Es cofundador de Causas.org, vicepresident... Arturo es un economista, autor y emprendedor mexicano. Es cofundador de Causas.org, vicepresidente del consejo directivo de la Harvard Kennedy School, y profesor de cátedra en el Tecnológico de Monterrey. Ha trabajado para el Banco Mundial, el Foro Económico Mundial y el Centro para el Desarrollo Internacional. (Leer más)
Grecia, el referéndum y los platos rotos
Me queda claro que, como dice Ricardo Hausmann, la grave recesión y la crisis que enfrenta Grecia no es necesariamente el producto de las recientes políticas de austeridad. El problema es estructural, de falta de capacidades productivas, de competitividad.
Por Arturo Franco
6 de julio, 2015
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Hay una fila enorme de gente tratando de sacar dinero en todos los cajeros automáticos del aeropuerto—, me advierte mi esposa mientras espero, impacientemente como siempre, a que aparezcan nuestras maletas. Ya afuera de una pequeña aduana, nos encontramos con gritos, caos y confusión.

Caminamos por varios minutos, sin entender nada, hasta que finalmente logro descifrar un pequeño letrero, escrito en un alfabeto que me es curiosamente familiar (lambda, sigma, beta… ¿estoy de regreso en la universidad?) pero me resulta completamente impronunciable. Unos diez minutos después, encuentro el servicio de transporte que habíamos reservado.

En un viejo automóvil, con un incesante hedor a tabaco, finalmente dejamos atrás el tumulto y el barullo, y poco a poco nos adentramos en sinuosas carreteras, que entre montañas secas y árboles de Eucalipto nos presentan postales esporádicas de un precioso mar, con muchos (muchísimos) tonos de azul…

Hola, Grecia—.

Estoy en Creta, escapando unos días de Londres, y visitando la famosa isla del minotauro junto con mi familia. Por mera coincidencia, estamos aquí durante una semana crucial en la historia de este pequeño país mediterráneo. Llegamos justo el día en que el gobierno del primer ministro Tsipras impone controles para evitar una fuga de capital que parece inminente. Llegamos la tarde en que se anuncia un referéndum para decidir (¿de una vez por todas?) si el pueblo Helénico quiere ser un Europeo obediente, o si decide mantener su dignidad, con todos los costos que esto pudiera conllevar.

¿Proceso histórico, o la misma historia?

Durante los siguientes días, circulan un gran número de relatos y lecturas sobre la crisis económica que enfrenta Grecia en mis redes sociales. Con más tiempo de ocio en mis manos que en semanas de trabajo, me dedico a leerlos:

Primero, Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía y profesor de la Universidad de Columbia, dice que Grecia debería votar ‘no’ en el referéndum del domingo. “La reestructuración de la deuda no es el fin del mundo y Argentina es la prueba de ello,” apunta el controversial economista. “Las medidas que está exigiendo Europa ha Grecia son desmedidas y absolutamente indignantes.”

Después leo a John Cassidy en su artículo de The New Yorker, que muestra el lado más cínico de las autoridades Europeas. De acuerdo a información obtenida de manera ilegal por el servicio de inteligencia norteamericano, el gobierno de Alemania, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Central Europeo sabían que las medidas de austeridad no serían, ni cerca, suficientes para reducir la insostenible deuda del pequeño país. También sabían que los efectos que estas medidas tendrían en la economía del país, serían desastrosas.

Finalmente, leo a mi ex-colega Ricardo Hausmann argumentando lo que para muchos todavía no es obvio. Que el problema de Grecia no es de austeridad, sino de un país con pocas opciones para crecer y con pocos avances en su desarrollo industrial y económico. “El problema es que Grecia produce muy poco de lo que el resto del mundo quiere consumir,” apunta Hausmann.

Pasan los días, y mientras más estudio y converso sobre la tragedia local, más creo entender la verdadera causa de esta crisis en Grecia; en lugar de democracia, por muchos años el país ha sido gobernado, más bien, por una cleptocracia.

Así es, del griego clepto que quiere decir robar, la élite griega no fue distinta que las otras élites corruptas que hemos visto últimamente. Me refiero a estas poderosas élites que con nexos financieros en los países más desarrollados —Suiza, Reino Unido, Estados Unidos—, han saqueado a gran parte del mundo subdesarrollado —China, Brasil, Nigeria, México—.

Pero Grecia fue un paso más allá, pues incluso tras convertirse en un país miembro de la Unión Europea, el gobierno siguió gastando lo que no tenía, pidiendo lo que no debía, otorgando(se) privilegios desmedidos que jamás podría pagar en otras condiciones, robando recursos públicos, y mintiendo en sus datos oficiales.

Por eso, Pavlos Eleftheriadis, profesor griego de Oxford, describió así la situación:

“Grecia no ha abordado el problema real, el aumento en la desigualdad y la riqueza excesiva, ya que para las élites del país tienen un interés creado en mantener las cosas como están. Desde principios de los noventas, un puñado de familias ricas –una oligarquía en todo menos en el nombre– ha dominado la política griega.

Estas elites han conservado sus posiciones a través del control de los medios de comunicación, y a través de favoritismo a la antigua, compartiendo el botín del poder con los otros políticos del país.

Los legisladores griegos, a su vez, se han mantenido en el poder premiando a un pequeño número de asociaciones profesionales y sindicatos del sector público, que apoyan el status quo, a pesar de que los prestamistas europeos han puesto a las finanzas del país bajo un microscopio”.

Cualquier parecido a México…

 

¿Suena familiar este relato? Seguro. La única diferencia entre Grecia y México es que acá finalmente la gente se cansó, y encontró una opción de cambio:

 

—Nuestros oligarcas, los intereses privados, los privilegiados, las elites acaudaladas tanto de Grecia, como de la Unión Europea, tuvieron la oportunidad hace un par de años de ceder un trozo de su riqueza descomunal y su poder político para asegurar la estabilidad y buscar un modelo de crecimiento más incluyente—, lee un documento de campaña del partido Syriza, que el pasado mes de Enero ganó las elecciones en Grecia.

—En su lugar, optaron no sólo por aferrarse a cada fragmento de su riqueza descomunal y de su poder, sino en intentar incrementarlo activamente. Su codicia y arrogancia ahora ha puesto a todo este sistema de extracción de riqueza, en riesgo de colapso. Su dominio político en el poder se ha debilitado, y no hay vuelta atrás—, dice el Manifiesto.

 

Me queda claro que, como dice Hausmann, la grave recesión y la crisis que enfrenta Grecia no es necesariamente el producto de las recientes políticas de austeridad. El problema es estructural, de falta de capacidades productivas, de competitividad.

 

Pero ¿quién tiene la culpa de eso? Me quedan muchas dudas, por ejemplo:

 

—¿Qué hacer cuando el gobierno mismo, el que debía impulsar estas políticas y programas, optó por desviar recursos, por privilegiar a unos cuantos?

 

—¿Qué hacer cuando la corrupción y la impunidad de toda una élite yace en el trasfondo de una crisis económica?

 

—¿Es justo querer distribuir equitativamente los costos del ajuste cuando el gobierno no distribuyó así las ganancias durante la bonanza?

 

—¿No tiene el pueblo Griego el derecho de alzar la voz contra una deuda, contra una crisis, contra una situación causada por su propia élite, irresponsable, criminal e impune?

 

Estas preguntas podrían ser relevantes también en nuestros país, por ejemplo, si se comprobaran las acusaciones que en Estados Unidos han surgido contra el ex gobernador Humberto Moreira por “cientos de millones de dólares” y se ligaran al endeudamiento excesivo del Estado en los últimos años.

 

—¿No podría el pueblo de Coahuila hacer lo mismo que Grecia? ¿No deberíamos despertar, indignarnos y rebelarnos contra nuestros acreedores por una deuda pública que a todas luces fue desviada a manos privadas? 

Los platos rotos…

Al final, como generalmente sucede, el gran perdedor en todo esto es el griego común y corriente; el que ha tenido que sufrir el severo golpe de la austeridad de los últimos años sin ningún beneficio aparente, el que padece la tasa de desempleo más alta de Europa, el que por décadas ha visto a sus (supuestos) servidores públicos hacerse millonarios, y a sus millonarios sacar todos sus Euros del país, el que hoy no sabe que pasará con su pensión, con sus ahorros, con lo poco que les queda después de muchos años de trabajo.

 

Ese es el caso de Angelos, nuestro mesero de anoche en el restaurante Daios Cove. Según me cuenta, sus padres, un antropólogo con doctorado y una especialista en agricultura (que alguna vez tuvo su propio invernadero) tuvieron que emigrar por más de una década para trabajar en Alemania, y construir así un pequeño patrimonio. Hoy, casi veinte años después de haber regresado a su país, están a punto de perderlo todo nuevamente. “Y pensar que los griegos le perdonamos la deuda a Alemania después de la Segunda Guerra”, dice, repitiendo uno de los mensajes que Tsipras utilizó en su campaña por el No.

 

“Más de la mitad de los jóvenes no tienen trabajo”, me cuenta Angelos. “Yo me tardé casi un año en encontrar este trabajo, tuve que regresar a vivir en casa y dejar mis estudios de Leyes”. Después me explica algunos de los problemas que esta política de austeridad ha creado en su entorno familiar. “Mi padre estaba siendo atendido por un problema en el corazón, pero los médicos dicen que no tienen suficientes recursos para seguir su tratamiento”. Y es que, durante este tiempo, el gasto público en atención de la salud pública se ha reducido de 6.8 por ciento del PIB en 2010 a alrededor del 5 por ciento este año. Es la tasa más baja entre los países miembros de la Unión Europea, y la familia de Angelos lo ha sentido en carne propia.

 

Finalmente, en mi último día en la isla de Creta, amanecemos con el sorpresivo voto de #NO al más reciente paquete de austeridad propuesto (o impuesto) al estado Helénico.

Y mientras escribo estas líneas, sentado en la sala de espera en este mismo aeropuerto de Heraklion, me voy con un poco de esperanza, leyendo las palabras del ahora ex ministro de Finanzas, Yanis Varoufakis, al renunciar a su puesto, incluso tras un resultado favorable a su posición sobre el paquete ofrecido, para mejorar las condiciones de negociación de su país:

 

“Nosotros, los de Izquierda, sabemos cómo actuar colectivamente sin ataduras a los privilegios de la función pública. Voy a apoyar plenamente el primer ministro Tsipras, el nuevo ministro de Finanzas, y a nuestro gobierno. Este esfuerzo sobrehumano para honrar a los valientes de Grecia, y el voto de OXI (NO) que enaltece a los demócratas de todo el mundo, apenas comienza”.

 

En Grecia, según me cuentan, existe una tradición de “romper platos” en las bodas. Se cree que el ritual evolucionó de una costumbre antigua, creyendo que esto ahuyentaba a los espíritus malvados.

 

Pero, ¿quién debería pagar esos platos rotos que el mundo quiere cobrar al pueblo griego?

 

@ArturoFranco

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