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Por Oceana México
ATARRAYA publica temas sobre océanos, diversidad marina, protección y restauración de los mare... ATARRAYA publica temas sobre océanos, diversidad marina, protección y restauración de los mares de México, así como temas de la agenda pública del sector pesquero nacional. Twitter: @OceanaMexico (Leer más)
Océano de historias
Los beneficios que en México obtenemos del océano no son sólo relevantes, sino vitales para nuestra propia subsistencia. ¿Por qué entonces le regresamos todo lo peor? ¿Por qué no cuidamos nuestra principal fuente de vida? ¿Por qué lo hemos convertido en el principal basurero?
Por Esteban García-Peña
12 de mayo, 2020
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Mi vida siempre ha estado ligada al océano. Desde niño tuve la fortuna de estar en contacto con el mar y sus recursos. Mis recuerdos más lejanos me remiten necesariamente a momentos en que mis pies son mojados por el agua, el agradable sonido de las olas en la playa, y la textura abrasiva de la arena en mis pies y manos cuando jugaba a enterrar a mamá.

Cómo olvidar las aventuras junto a familia y amigos, como cuando me subí por primera vez a una lancha (probablemente en Acapulco), o el vaivén del oleaje cuando era remolcado por mi papá sobre una “llantita” inflable, o la primera vez que capturé un bagre con línea, plomada, anzuelo y una carnada improvisada, en alguna playa de Sonora.

Sin embargo, aquella inmensidad también me subyugaba y llenaba de dudas. Por ejemplo, alguna vez fui arrastrado peligrosamente por la resaca, lo que me hizo entender el permanente miedo de la abuela Juanita a mojarnos más arriba de los tobillos y recordar a mi abuelo diciendo: “a la mar se le respeta”. O como cuando una “aguamala” se enredó en la pierna de mi hermano Marcelo, causándole un daño severo. Años después, casualmente en la misma playa, una prima fue a dar al hospital, después de haber sido picada por una raya espinosa. Si, al mar se le respeta.

Mi memoria también registró ocasiones donde se remarca la relevancia del océano para la sociedad. Con familia sonorense, fui testigo del desembarco e industrialización de sardina en el puerto de Yavaros; la construcción de las primeras granjas camaronícolas en Huatabampo; la llegada de decenas de pangas en playa La Manga en Guaymas, cargadas de cabrilla, baqueta o “huacho”; el atraque de ferris en Topolobampo, Sinaloa, y la entonces naciente industria turística en San Carlos y Puerto Peñasco.

Pero el recuerdo más profundo que tengo en el océano fue la primera vez que me puse una escafandra autónoma y descendí 30 metros en el Sistema Arrecifal Veracruzano, para toparme frente a frente con ese mundo indómito y lleno de vida. Mundo de mil facetas y contrastes, desde pequeños poliquetos fijados a los arrecifes de coral, hasta grandes cardúmenes de peces. Desde oportunidades para el desarrollo del turismo de aventura, hasta el crucial modo de vida de cientos de miles que dependen del océano para sobrevivir.

Los recuerdos se convierten en parte de nuestra historia y en experiencias que le dan forma a nuestra vida. Aun y cuando al final del día regresábamos a nuestro pequeño departamento en la Ciudad de México, comprendí que dependemos del océano para nuestro bienestar y para nuestra propia supervivencia.

Habrá quienes piensen que el océano es simplemente un lugar de veraneo, de diversión y de locura desenfrenada, aderezado con agua de coco (tal vez con ginebra), un coctel de mariscos, un buen huachinango a la talla o el tradicional pulpo en su tinta. Tal vez algunos recuerden al mar cuando vean un documental en Discovery o NatGeo, o se curen la cruda en la cevichería de la esquina, o de plano quienes piensan que ir a la playa es sinónimo de incomodidad, calor, sudor, arena pegada y piel ardida por el sol.

Sin importar la forma en que cada quien considera al océano, lo cierto es que de él obtenemos todo lo mejor para vivir: la mayoría del oxígeno que respiramos; la lluvia que riega el campo y lleva agua a las ciudades; paisajes de ensueño para el turismo y el esparcimiento; pesca para el desarrollo de las comunidades costeras y alimento de excelente calidad para la sociedad; sin olvidar, claro, que la mayoría del petróleo del mundo se saca del fondo marino y desde luego, el gran potencial de la energía mare-motriz para la producción de electricidad.

México es sin duda, un país con grandes e importantes recursos marinos, y los beneficios que obtenemos del océano no son sólo relevantes, sino vitales para nuestra propia subsistencia. ¿Por qué entonces le regresamos todo lo peor? ¿Por qué no cuidamos nuestra principal fuente de vida? ¿Por qué lo hemos convertido en el principal basurero?

¿Cree usted que exagero? Sólo piense a donde va a parar el drenaje y agua de desecho, tanto de origen urbano, como industrial; los vertimientos desde tierra que incluyen agroquímicos, pesticidas y contaminantes de la agroindustria; los desechos sólidos urbanos de los tiraderos de basura a cielo abierto; los derrames de combustibles o hidrocarburos. ¿O qué? ¿Ya se olvidó de accidentes de buques petroleros, como el Exxon Valdez en Alaska y el Prestige en España? ¿Y que decir de los derrames como el pozo Iztoc o más recientemente el Deep Water Horizon en el Golfo de México?

De suma gravedad es la contaminación plástica que se desecha al mar. ¿Cuánto? A nivel mundial, el equivalente a un camión de basura de plástico cada minuto. Sólo México desecha mas de un millón de toneladas de basura plástica al año, incluyendo 6 mil millones de envases plásticos de agua o refresco.

Y no podemos dejar de lado la pérdida de la abundancia pesquera, debido principalmente a la sobrexplotación y pesca ilegal, que en México alcanza hasta el 50%, así como a la contaminación marina, la destrucción de los hábitat y a una deficiente gestión por parte del gobierno federal. Como resultado, más del 40% de las pesquerías de México se encuentran deterioradas o, de plano, colapsadas.

Finalmente, se trata de historias que parecen no habernos dado algún escarmiento sobre nuestra relación con el océano, pues poco o nada se hace para revertir su deterioro.

Así como las pandemias nos han enseñado que algo estamos haciendo mal como sociedad, y nos obligan a reflexionar sobre los cambios que tenemos que llevar a cabo para sobreponernos a ellas, de la misma manera es urgente replantearnos: ¿qué océano queremos para asegurar nuestra supervivencia?

* Esteban García-Peña Valenzuela (@TheSighthound) es director de campañas en pesquerías de Oceana en México, la organización internacional más influyente centrada en la conservación de los océanos, la protección, restauración de los mares del mundo y en cambios de política pública para aumentar la biodiversidad y la abundancia de la vida marina.

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