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Por Oceana México
ATARRAYA publica temas sobre océanos, diversidad marina, protección y restauración de los mare... ATARRAYA publica temas sobre océanos, diversidad marina, protección y restauración de los mares de México, así como temas de la agenda pública del sector pesquero nacional. Twitter: @OceanaMexico (Leer más)
Una década del peor derrame de petróleo del siglo
A casi 10 años del desastre del Deepwater Horizon, y en medio de la grave crisis sanitaria mundial que vivimos, es obligado reflexionar sobre la relación que tenemos con el entorno y nuestra dependencia de los recursos que nos provee para sobrevivir.
Por Esteban García-Peña Valenzuela
14 de abril, 2020
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Nadie lo veía venir. Eran las 21 horas con 50 minutos, frente a las costas de Louisiana, en Estados Unidos. Los 126 tripulantes de una plataforma petrolera cumplían con sus actividades y horarios: algunos supervisaban las operaciones; otros desempeñaban sus labores de mantenimiento, otro grupo rondines de vigilancia, mientras algunos cenaban en el comedor y otros estarían por empezar un merecido descanso tras un intenso día de trabajo. “Sin novedad”.

De pronto, una fuerte explosión hizo cimbrar la gigantesca estructura de acero, seguida de otra tan solo unos minutos después. Toda la tripulación se puso alerta y dispuesta en averiguar lo que ocurría, pero ya era demasiado tarde. Una tercera explosión puso en evidencia una fuerte fuga de gas natural que apenas dio tiempo para evacuar. De pronto, fuego por todos lados. Trabajadores, oficiales, mandos y especialistas se hacían al agua de cualquier manera posible, solo volteando esporádicamente para ver el horror.

Aquel 20 de abril de 2010 alrededor de las 21 horas con 55 minutos, la plataforma petrolera Deepwater Horizon, propiedad de la empresa British Petroleum (BP), explotó y dejó escapar miles de litros de petróleo crudo y gas natural por segundo, que se incendiaban o se derramaba a la superficie de las aguas del Golfo de México. Aquella noche quedó marcada como el peor desastre ambiental en un siglo.

Tan solo dos días después de la explosión, el complejo se hundía en la profundidad del Golfo. Aquella plataforma, única en su tipo, presumía contar con la última tecnología, seguridad y desde luego, la mayor profundidad de explotación, hasta entonces inédita. No había en el mundo equipo o empresa que hicieran extracción petrolera a tal profundidad.

La explosión del Deepwater Horizon dejó 11 tripulantes sin vida y muchos otros sufrieron diversos grados de quemaduras. Los daños ambientales por contaminación del agua y aire nunca pudieron calcularse en su totalidad, pero las secuelas aún pueden sentirse, tanto en la costa de los Estados Unidos, como de México. Antes de controlar la derrama (casi 50 días después de la explosión) fueron derramados más de 4.5 millones de barriles de petróleo al océano. Atrás, muy atrás quedaron desastres como el del Exxon Valdez en Alaska, o el Prestige en el Cantábrico.

Sin más remedio, la empresa petrolera BP y sus asociados reconocieron la gran magnitud del desastre y ofrecieron sendas disculpas al mundo por los efectos y consecuencias que esto podría traer. El gobierno de los Estados Unidos invirtió más de mil millones de dólares en estudios científicos que pudieran arrojar información de las consecuencias ambientales y sociales. Diversos sectores económicos de ese país iniciaron acciones legales en contra de BP, obligando a la empresa a indemnizar las afectaciones del derrame.

En cambio, el gobierno mexicano fue omiso. A pesar de las proyecciones de expertos sobre la inminente llegada del derrame a costas mexicanas, la entonces administración federal a cargo de Felipe Calderón desestimó el problema, y solo liberó un par de millones de dólares para realizar expediciones científicas que determinaran el grado del daño. Desde luego, los resultados fueron pobres y las demandas por más recursos para nuevos estudios, simplemente no fueron escuchadas.

En las costas mexicanas del Golfo de México, habitantes, pescadores, visitantes y especialistas detectaban afectaciones en playas, manglares, corales y estuarios. El aroma de petróleo se dejaba sentir en estas zonas y la pesca disminuía a medida que las manchas del hidrocarburo arribaban a la costa. Los efectos, que según el gobierno federal serían marginales, se acrecentaban día con día.

Con la presión de miles de pescadores, quienes demandaban el resarcimiento de los daños por el derrame, al gobierno federal no le quedó de otra que presentar denuncias formales contra BP. Ya en la administración de Enrique Peña Nieto, las denuncias no tuvieron el seguimiento adecuado y se tenía acercamiento con representantes de BP para alcanzar un acuerdo reparatorio suficiente para las partes.

Y al fin, convenientemente, poco antes de la promulgación de la reforma energética en abril de 2014, el gobierno tomaba por buenos USD$25 millones, como indemnización por el derrame y con ello renunciar a sus denuncias y darse por bien servidos.

Peor aún, durante la misma administración federal, BP recibió 5 grandes concesiones para exploración y explotación de hidrocarburos en el Golfo de México, y al menos 1,500 permisos para instalar y operar estaciones de gasolina.

¿Negligencia, corrupción, intereses mezquinos, abuso de poder, abuso de autoridad, omisión, o simplemente errores humanos? Lo cierto es que la mezcla de dos o más de estas condiciones, atrae irremediablemente graves consecuencias cuando se trata de la gestión de recursos naturales. Este es sólo un botón de muestra que deberá obligar a la reflexión de gobierno y sociedad.

El desastre del Deepwater Horizon se suma a una larga lista de desastres ambientales, todos ellos producto de un modelo de desarrollo extractivista, que apuesta más por la máxima rentabilidad y desprecia el balance socio-ambiental para la gestión sustentable de los recursos naturales. Bajo este esquema, los desastres implicarán, finalmente, muy altos costos para los ecosistemas y la sociedad, y mínimas consecuencias para la industria. ¿Es este el modelo que queremos en el futuro?

A casi 10 años del desastre del Deepwater Horizon, y en medio de la grave crisis sanitaria mundial que vivimos, es obligado reflexionar sobre la relación que tenemos con el entorno y nuestra dependencia de los recursos que nos provee para sobrevivir.

Si continuamos con la explotación irracional e ilimitada de los recursos naturales, tanto renovables, como no renovables, no sólo quedaremos expuestos a desastres y enfermedades, sino a la pérdida de ecosistemas, de fuentes de alimentos y de oportunidades para el desarrollo.

Desde Oceana invitamos a reflexionar sobre la importancia de revertir los procesos de deterioro ambiental y optar por modelos de desarrollo, basados en la restauración de los ecosistemas y en el manejo sustentable de los recursos naturales, para asegurar el bienestar de toda la sociedad. La actual administración federal, encabezada por Andrés Manuel López Obrador, tiene de frente esta gran responsabilidad. ¿Estará a la altura? 

* Esteban García-Peña Valenzuela (@TheSighthound) es director de campañas en pesquerías en Oceana México, la organización internacional más influyente centrada en la conservación de los océanos, la protección, restauración de los mares del mundo y en cambios de política pública para aumentar la biodiversidad y la abundancia de la vida marina.

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