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"Fui abusada sexualmente por un chamán en un retiro de ayahuasca en Perú"

Los poderes psicodélicos de la ayahuasca cada vez atraen a más turistas en Perú. Pero este entorno a veces tiene un lado negativo: el de mujeres que, según contaron, sufrieron abusos por parte de los curanderos.
16 de enero, 2020
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Los poderes psicodélicos de la ayahuasca, una planta medicinal milenaria tradicional de los pueblos amazónicos, cada vez atraen a más turistas. Dicen que aporta iluminación espiritual y que puede ayudar a combatir la adicción, la depresión o el trauma. Pero varias acusaciones sugieren que este entorno tiene un lado oscuro.

Advertencia: este artículo contiene detalles sobre abusos sexuales

Rebekah probó por primera vez la ayahuasca “por puro capricho”, viajando por Perú en 2015.

“Me pareció que sonaba interesante y pensé en probarla”, dice Rebekah, una veinteañera de Nueva Zelanda que pidió a la BBC ocultar su nombre real para este reportaje.

“Encontré un retiro que me pareció que era bueno. Fui allá y fue increíble“.

La ayahuasca puede inducir visiones de cosas como serpientes, palacios y alienígenas, y hacer reaparecer recuerdos olvidados con el paso del tiempo. Como muchos que han probado el brebaje, Rebekah cuenta la experiencia con la mirada distante y los ojos muy abiertos.

“Fue como ser guiada con mucha suavidad y amabilidad a través de experiencias muy terribles de mi pasado“, dice. “Y al volver a casa después de eso, sentí que mis relaciones eran mucho más fuertes. Sentí que era mucho más fácil compartir y recibir amor”.

“Dicen que la ayahuasca es como hacer 20 años de psicoterapia. Y creo totalmente en eso”.

La ayahuasca suele tomarse en ceremonias durante la noche, que son lideradas por un curandero, a veces llamado chamán. Él (o ella) bebe el líquido marrón viscoso, una pócima que resulta de la mezcla de dos plantas amazónicas, y después reparte raciones entre los participantes.

Las tribus de la Amazonía llevan haciéndolo por siglos, pero ahora hay un boom en el llamado “turismo de ayahuasca”, con nuevos retiros cada vez más especializados.

Los turistas a menudo viajan en busca de ayuda para tratar problemas mentales, pues cada vez más estudios científicos sugieren que la ayahuasca podría ser un tratamiento efectivo.

Aproximadamente a la media hora de la ceremonia, la medicina comienza a hacer efecto y el chamán empieza a entonar cánticos sagrados, conocidos como ícaros, que guían a los participantes a través de sus visiones.

Por lo general, los bebedores de ayahuasca sufren una “purga” durante la ceremonia, con vómitos y, a veces, diarrea.

Cuando Rebekah fue a su primer retiro de ayahuasca, era la única mujer soltera y se percató de que el chamán le prestaba especial atención.

Ceremonia de ayahuasca en Tarapoto, Perú

JAIME RAZURI/Getty Images
El chamán es el encargado de repartir el brebaje y dar las directrices para su consumo, como en esta ceremonia en Tarapoto, Perú.

“Me trataba de manera muy diferente, lo cual no encontré sospechoso en ese momento. Pero ahora sí me lo parece”.

Un año más tarde, Rebekah volvió al mimo retiro en Perú. El mismo chamán seguía liderando las ceremonias.

De nuevo, dice ella, la trató de manera distinta al resto. Le hacía muchos halagos y un día empezó a hacerle confidencias.

“Me decía constantemente que él había tenido muchos problemas”, cuenta ella, “y que estaba teniendo problemas con su mujer, que ya no se sentía sexualmente satisfecho y que yo era la única que podía curarle“.

Rebekah tenía entonces 20 años; el curandero, más de 50.

“También me prometió mucho progreso y poder espiritual si teníamos una relación mientras su esposa no estaba”.

Rebekah dice que el chamán abusó sexualmente de ella, obligándola a realizar actos sexuales.

“Es repugnante”, dice ella. “Como él era un chamán, pensé que tenía superioridad moral. Confiaba en él”.

Tras sufrir los abusos, Rebekah se fue del retiro y del país: “Compré un billete de avión y me largué de allá”.

Se quedó con un laberinto de emociones dolorosas: “Aversión, repulsión, traicióny también confusión, y la pregunta de por qué un guía espiritual haría tal cosa, por qué se aprovecharía de su poder de aquella forma”.

El presunto abusador de Rebekah sigue siendo el chamán que lidera este retiro, que tiene calificaciones de cinco estrellas en sitios de reseñas en línea.

“Todavía sigue allí”, dice Rebekah, claramente enojada por la situación. Sus manos se agitan temblorosas. “Hay otros centros que sé que siguen operativos. Ha habido muchas mujeres que han sufrido abusos sexuales en esos centros“.

Las experiencias de abuso sexual parecen haberse extendido en este mundo de la ayahuasca. Hemos escuchado numerosas acusaciones contra curanderos y leído muchos testimonios sobre abuso sexual en foros de internet.

Un nombre que se repite constantemente es el de Guillermo Arévalo, un conocido curandero que fue homenajeado por el Congreso de Perú por su trabajo sobre el desarrollo sostenible.

“Vino muchas veces a Canadá”, dice sobre él una mujer de unos 40 años a quien llamaremos Anna.

“Las grandes ceremonias eran muy lucrativas. Se llenaban rápido. La gente pagaba US$230 para venir y sentarse con Guillermo. Era una especie de estatus, un honor, sentarse en una ceremonia con él“.

Ceremonia de ayahuasca en La Calera, Colombia.

EITAN ABRAMOVICH/Getty Images
La ayahuasca o yagé es un brebaje marrón y viscoso. Se consume en otras partes de Latinoamérica, como Brasil, Ecuador, Argentina o Uruguay. Esta imagen fue tomada en La Calera, Colombia.

Anna, quien estuvo por mucho tiempo interesada en la medicina alternativa, esperaba que la ayahuasca pudiera ayudarle a lidiar con su adicción a la heroína.

Al principio, se sintió impresionada por Arévalo.

“Como mucha gente, me quedé asombrada con la presencia de ese hombre y su poder y habilidad para liderar la ceremonia, los cánticos… Es muy profundo”, dice ella. “Es un buen curandero”.

Pero una ceremonia hace siete años hizo que Anna cambiara drásticamente de opinión.

“Estaba completamente a oscuras, la habitación no tenía ventanas y había mucha gente”.

“Yo estaba bajo los efectos de la medicina. Cuando estás bajo esos efectos, percibes muchos sonidos diferentes. La gente llora, verbaliza cosas que no tienen sentido, están purgándose o gimiendo”.

“Incluso si me hubiera sentido capaz de decir algo, nadie habría respondido“.

Ceremonia de ayahuasca

Getty Images
En las ceremonias de ayahuasca a veces se usan velas.

Anna lo estaba pasando mal. Recuerda que se acostó, quejándose y gimiendo. “Guillermo vino y se sentó conmigo, y al principio sentí alivio porque pensé que iba a ayudarme“, dice ella.

“Comenzó a cantarme y puso sus manos sobre mi estómago, sobre mi ropa, lo cual es normal. Y después bajó sus manos por mis piernas. Y entonces vino esa sensación helada. Me tumbé ahí, asustada, y entonces puso sus manos en mi camisa y me palpó los pechos”.

Recuerda que pensó: “¡¿Qué demonios fue eso?!’ Una sensación de incredulidad y confusión”.

Anna necesitó seis años para poder hablar sobre lo sucedido.

Las mujeres estamos condicionadas a aceptar este comportamiento. En mi caso, con mi historial de adicción —y de haber tenido y tolerado relaciones abusivas con hombres— y de abusos sexuales en mi infancia, hay una sensación de familiaridad, de normalidad”.

“Y también esa extraña relación de codependencia: la medicina me estaba ayudando, así que no quería hablar porque temía ser excluida de la comunidad y dejar de recibir la medicina ”.

¿Cuáles son los riesgos y beneficios de la ayahuasca?

Pese a que estudios científicos preliminares sugieren que la ayahuasca podría tener beneficios terapéuticos, contiene DMT, una sustancia ilegal en países como Reino Unido que tiene riesgos potenciales.

Un estudio de 2015 reveló que seis voluntarios con depresión mostraron un descenso en los síntomas tras tomarla. Otro estudio dos años más tarde indicó que podría ser un tratamiento prometedor para trastornos alimenticios. Los psicólogos también especularon que podría ayudar a quienes tienen trastorno de estrés postraumático (TEPT).

La Oficina de Asuntos Exteriores y la Commonwealth advierte que algunas personas han sufrido “graves enfermedades y, en algunos casos, la muerte” tras participar en ceremonias de ayahuasca. Señala que los retiros suelen estar alejados de áreas pobladas, y que algunos tienen instalaciones médicas básicas, pero otros no.

Casi al mismo tiempo, un grupo que se hace llamar Ayahuasca Community Awareness Canada (que podría traducirse como conciencia comunitaria del ayahuasca en Canadá) —y que incluye a algunos experimentados académicos— firmaron una carta sobre el comportamiento de Arévalo que circuló en el entorno de la ayahuasca.

Los autores de la carta dijeron que actuaron por el número de quejas sobre el sanador, citando reportes de comportamiento sexual inapropiado o no consensuado.

Cuando más firmantes pusieron su nombre en la carta en 2015 y se hizo pública, Arévalo dejó de visitar Canadá para liderar ceremonias de ayahuasca.

Al investigarlo vimos que estuvo activo en todo el mundo en los años transcurridos desde entonces y que ahora está basado en un retiro en el centro de Perú. Lo visitamos.

El lugar solía llamarse Anaconda, pero cuando vamos allí recibe a su primer grupo de extranjeros bajo un nuevo nombre, Bena Shinan.

Los participantes deambulan en un comedor detrás de nosotros, cuando le mencionamos a Arévalo, un hombre de 71 años con cabello de plata y dientes de oro, las acusaciones de abuso sexual.

Guillermo Arévalo

Getty Images
Guillermo Arévalo en 2004.

“No acepto las acusaciones porque no son ciertas”, dice con firmeza. “Porque a veces la gente simplemente se imagina esas cosas”.

Él dice que oyó hablar sobre la carta firmada por miembros de la comunidad canadiense de ayahuasca, pero que nunca la leyó.

“No me interesa porque las acusaciones no son ciertas”, dice él. “No me molesta porque no creo que una acusación vaya a matarme”.

Las denuncias contra él, dice, son “las imaginaciones de personas que no están bien”.

“Cuando tocas a alguien que ha sufrido abusos o violaciones, piensan que eres igual. Eso es lo que pasa. Así es como yo lo interpreto”.

Cuando le mostramos la acusación específica que le hace Anna, él responde que no recuerda haber tocado jamás a una paciente durante una ceremonia en Canadá, y dice que ella se lo debe haber imaginado también.

"No acepto las acusaciones porque no son ciertas; a veces la gente simplemente se imagina esas cosas", Source: Guillermo Arévalo, Source description: chamán de ayahuasca , Image: Guillermo Arévalo

“¿Qué más va a hacer él que mentir y negarlo?”, responde Anna. “De lo contrario, tendría que dar un paso hacia adelante y asumir la responsabilidad de la forma en que actuó”.

¿Y qué hay de su afirmación de que ella se imaginó el abuso?

“A mí me suena a gaslighting , la verdad”, dice ella.

Aunque Arévalo niega haber abusado sexualmente de nadie, sí que admite que algunos curanderos que trabajan para él tuvieron sexo con “personas enfermas”.

Él dice que ya no trabaja con esos curanderos, pero que en algunos casos fueron los pacientes quienes iniciaron las relaciones.

“Las mujeres occidentales también vienen en busca de curanderos”, afirma.

Ayahuasca a la venta en el mercado de Belén Market en Iquitos, Perú.

BBC
Ayahuasca a la venta en el mercado de Belén Market en Iquitos, Perú.

La experiencia de Anna con la ayahuasca y el abuso no acaba con Guillermo Arévalo. A pesar de sus experiencias con él, no quiso renunciar a los beneficios que recibió del brebaje, y siguió tomándolo bajo las directrices de otros curanderos.

Ella cuenta que en 2014 fue violadae n ceremonias de ayahuasca en Perú por un chamán que es miembro del círculo familiar de Arévalo.

Dice que, de nuevo, “se congeló” y “dejé que me hiciera lo que quisiera”.

Creo que me violó probablemente unas cuatro o cinco veces, y me di cuenta de que se lo estaba haciendo a otra gente”.

Después, Anna dice que se quedó en shock. No recuerda mucho sobre ese periodo de su vida.

“Comencé a desarrollar síntomas de psicosis y terminé en una recaída, volviéndome adicta al fentalino y con una sobredosis que casi me mata”.

“Creo que me culpé a mí misma durante mucho tiempo: por qué no pude decir que no, por qué no me pude mover, por qué le dejé que me hiciera esas cosas”.

Hemos hablado con otra participante que estuvo en el mismo retiro que Anna y que dice que el chamán fue destituido del centro por las acusaciones de otros pacientes. No lo nombramos porque, a pesar de nuestros esfuerzos, no pudimos comunicarnos con él para darle la oportunidad de responder a las alegaciones.

Emily Sinclair, una estudiante británica de doctorado que investiga la ayahuasca, forma parte de un grupo que trata de concientizar sobre el problema de los abusos sexuales en ese mundo.

Trabaja con Chacruna Institute, una organización que comparte investigaciones sobre plantas medicinales y psicodélicas.

Sinclair escribió una Guía de la Comunidad de Ayahuasca para la Concientización sobre el Abuso Sexual.

Puedes leerlo aquí (en inglés)

Esa guía señala escenarios típicos en los que ocurren los abusos. También anima a la gente a que consuma la ayahuasca con personas de confianza y a que investigue los retiros y compruebe las reseñas en internet antes de visitarlos.

Sinclair ha estado distribuyendo pequeños folletos en cafés, oficinas de turismo y retiros de ayahuasca en Iquitos, Perú, conocido por ser el eje del turismo de ayahuasca.

Emily Sinclair

Emily Sinclair
Emily Sinclair es antropóloga y estudia la globalización de la ayahuasca y sus impactos.

“Gran parte de los abusos ocurren en el contexto de curas individuales, en donde a una mujer se le pide que se quite la ropa innecesariamente”, dice ella. “En este contexto extraño, ella ya no sabe qué es normal y qué no”.

Sinclair dice que no se trata solo de curanderos indígenas que abusan de occidentales. “El abuso ocurre entre distintas culturas y dentro de ellas”, asegura.

“Pero uno de los grandes problemas es que mucha gente que viene aquí romantiza a los chamanes. Los colocamos en un pedestal. Y es muy fácil aprovecharse de esa imagen“.

“También hay presunciones que algunas personas aquí tienen sobre las mujeres occidentales y sobre su cultura”.

Sinclair ve algunas señales de alarma en la experiencia de Rebekah.

“Si él te toca demasiado, te cuenta que a su esposa no le importa que se acueste con otras, te anima a hacer un pacto de silencio, te dice que quiere enseñarte ‘la magia del amor’ y que si ustedes dos tienen sexo aumentará su poder y energía… todas esas son cosas que les cuentan a las mujeres en este contexto”.

Aquellos afectados por abuso sexual tienen dificultades para hablar sobre ello abiertamente.

Además, existe una fuerte sensación dentro del mundo de la ayahuasca de que cualquier tipo de publicidad negativa podría resultar en la intervención del gobierno, lo cual crea una presión adicional para permanecer en silencio.

Pero Rebrekah y Anna están alzando la voz porque esperan evitar que otras mujeres sean abusadas.

“Creo que lo único que podemos hacer es contarlo y hablar sobre ello”, dice Rebekah, “asegurarnos de que la gente sabe lo que está pasando”.

Rebekah dice que tras ser abusada tuvo “mucha tristeza y mucha terapia”.

Le ha costado confiar de nuevo en un curandero, pero ahora está de vuelta en Perú. Volvió a tomar ayahuasca y está trabajando en una tesis para su máster sobre medicina indígena.

“A pesar de todo lo que pasó, obviamente la ayahuasca es genial, por eso sigo volviendo a ella”.


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FOTOS: Cuartoscuro

Migrar a los 71 años: “Si no hubiera escapado de madrugada, la pandilla ya me hubiera asesinado”

Desde un albergue en la frontera sur de México, Walter, un hombre originario de Honduras, cuenta que las extorsiones y amenazas de las pandillas lo hicieron decidirse a dejar su país a pesar de los riesgos y su edad.
FOTOS: Cuartoscuro
11 de octubre, 2022
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Aquella mañana, el hondureño Walter se percató rápidamente de que el muchacho que entró a su negocio no era un joven cualquiera.

“Enciéndelo, te van a llamar”. 

Sobre el mostrador, el adolescente parco en palabras dejó un teléfono sencillo, de color negro, y salió por la puerta caminando con la misma tranquilidad con la que entró al local. 

A los minutos, el celular comenzó a sonar rompiendo el silencio en el que se había quedado congelado Walter.

“¿Aló?”, preguntó, con las pulsaciones a mil y la boca seca.

“Mirá, perro —cuenta el hombre que le respondió otra voz juvenil, agresiva—. Ya sabemos todo de vos y de tu familia. Nos tenés que pagar la mitad de la plata que sacás, ¿okey? O si no, ya sabés lo que te va a pasar”.

Con las piernas aún temblorosas, Walter dejó perplejo el celular sobre la mesa. 

Al otro lado, ya solo se escuchaba un ruido sucio.

El pandillero había cortado la llamada. 

***

La tarde del día siguiente, Walter vio entrar de nuevo al adolescente de rostro aún lampiño con la misma sonrisa arrogante. Venía a cobrar el “impuesto” para la Mara, le anunció con la cotidianidad de quien dice que va a pasar a recoger el pan o las tortillas.

El hombre de 71 años abrió la caja registradora y entregó la mitad de sus ingresos del día. 

No tenía otra salida. 

—En Honduras, da igual que sea la Mara Salvatrucha 13 o el Barrio 18; ellos no respetan nada, las edades tampoco —dice mesándose una barba de chivo plateada que le nace de la barbilla y se extiende por el bigote y las mejillas—. Les da igual que seas un niño, un muchacho o un viejo como yo. Solo te respetan la vida si les das su buena plata. 

Ahora, a unas semanas de distancia, apoyado en la pared de una pequeña clínica al interior de un albergue localizado en algún punto de la frontera sur —del que se pide no revelar su ubicación, así como tampoco la identidad real de los migrantes—, Walter explica que estuvo pagando el “impuesto” durante tres meses. Tiempo en el que, todos los días, trabajó prácticamente para sostener a la Mara que lo amenazaba, igual que muchas otras personas en su colonia que sufrían en silencio la misma suerte.

—El problema empezó cuando el negocio bajó mucho. A diario me fui quedando sin existencias y los ingresos eran cada vez menores. Y, claro, el extorsionador no perdona —dibuja una sonrisa trémula en los labios, al tiempo que se ajusta sobre la nariz unos lentes de aumento que le dan un aire de profesor veterano—. Y si vos no les pagás… pues te dan cuello, como dicen acá los mexicanos. Te dan piso, pues.

A continuación, tras ajustarse sobre la frente una gorra del Real Madrid, equipo de futbol español del que repite cada vez que tiene oportunidad que es “aficionado a morir” desde los tiempos del goleador mexicano Hugo Sánchez, Walter asegura que recuerda con nitidez que tomó la decisión de huir el pasado 30 de agosto, exactamente al 10 para las 3:00 de la madrugada.

A esa hora se despertó. 

—Esa noche yo me fui para la cama sin pensar en venir para acá, ni nada —cuenta alzando ambas manos al aire, como si estuviera contando a su nieto una ocurrencia de lo más divertida. 

Pero el insomnio lo desveló y empezó a darle vueltas a la cabeza. Acto seguido, se levantó producto de un impulso. Se vistió. Buscó una vieja “valija” que puso sobre la cama para llenarla con un par de mudas, unas playeras y algo más de ropa. Luego tomó un taxi y, aprovechando el amparo de la noche, se dispuso a huir a escondidas de la Mara, con el consabido riesgo de que lo descubrieran y castigaran por ello, pues en Honduras nadie puede escapar de la colonia sin su permiso. Y mucho menos, sin haber pagado antes por ese derecho

Lee: Pesadilla en el oasis: migrantes esperan refugio en México atrapados entre los cárteles, las pandillas y las autoridades

A la mañana siguiente, a eso del mediodía, otro mensaje de texto entró a su celular. 

“Papi, ahí le dejé el desayuno en el micro”. 

Era su hija, que se llevó el susto de su vida cuando, en la noche, fue a visitar a Walter y no lo encontró en la casa. 

—Yo no le conté a nadie que iba a migrar, ni a mi hija siquiera. Por eso hasta denuncia por desaparición puso —dice ahora rascándose los pelos que le sobresalen de la nuca, como quien ofrece tímidamente disculpas por una travesura grave—. Y como yo era patrocinador de un equipo de futbol femenino y tengo muchos amigos periodistas, pues esa noticia se reprodujo hasta en los Estados Unidos. Allí, muchas de mis jugadoras que emigraron para allá la vieron y dos de ellas me llamaron por teléfono estando yo acá, en el albergue en México. 

Y en ese momento, su hija se llevó el otro gran susto de su vida al enterarse de que su padre, con 71 años, había decidido escapar en silencio de la Mara para tratar de migrar sin documentos por Centroamérica y México. 

Cuando su familia al fin supo de él, Walter ya había vivido un maratón de caminatas, noches a la intemperie, buses de tercera y pagos de extorsiones por goteo que lo fueron desangrando con cada kilómetro tan solo para llegar a la frontera sur, cuando la distancia hasta el Río Bravo en el norte es todavía de más de 2 mil kilómetros. Unos kilómetros, además, que están minados por el crimen organizado, especialmente en estados como Tabasco, Veracruz o Tamaulipas, en la ruta migratoria del golfo, la más corta, y por retenes de migración, soldados y policías de todos los colores: tan solo desde la frontera sur hasta el albergue, este medio contabilizó para esta crónica al menos cuatro de esos retenes, incluyendo uno de la fiscalía estatal que, a pesar de que por ley está impedida para solicitar a ningún ciudadano documentos migratorios, también hace labores de contención.  

—En Guatemala, cada retén, mínimo, son 100 quetzales para la policía (unos 250 pesos mexicanos). Y eso que yo iba legalmente en ese país. Le decía al policía: “Oye, hermano, pero yo pasé legalmente por la garita de Corinto. ¿Por qué me estás pidiendo dinero?” —cuenta Walter, se encoge de hombros y cruza enojado los brazos—. Pero ellos solo me decían: “Mirá, abuelo, acá ese papel no sirve de nada. Tenés que pagar si querés pasar”. 

Walter continúa.

—Yo nunca había emigrado antes. Ahí me di cuenta de que este camino es así y que tenés que venir pagando mochadas a cada rato—. Y pues yo traía mi dinerito acá guardado para este camino —agrega llevándose la mano a la bolsa del pantalón, con la inocencia y la vulnerabilidad del niño que se queja porque le robaron las golosinas—. Pero… así como lo traía, así me lo quitaron entre los policías y los maleantes

***

Walter no aparenta sus más de 70 años. Es de estatura media y complexión robusta. Camina erguido y con paso firme. Viste gorra, una playera roja deportiva, unos pants y unos tenis en buen estado. Viendo a la distancia cómo gesticula con las manos cuando platica con otros migrantes del albergue, parece el director técnico de un equipo de futbol dando instrucciones a su delantero. 

—Yo aún me siento fuerte y con mucha energía —responde con ambos brazos puestos en jarra en la cintura, de la que sobresale una discreta barriga, cuando se le pregunta cómo se le ocurrió migrar a esa edad—. Además, no me quedaba de otra —añade llevándose la mano a la nuca por donde le sobresalen mechones grises de pelo encrespado—. Me tuve que escapar de madrugada, porque si no lo hubiera hecho… la Mara ya me hubiera dado muerte por no pagarles la cuota. No estaría ahora mismo acá platicando con vos. 

En el cuello, Walter luce una llamativa cadena de oro y en la muñeca derecha lleva un reloj que también parece de oro. En un contexto de violencia como en el que se encuentra —con migrantes como Kevin, de 25 años, quien denuncia que en la misma puerta del albergue hay un “halcón” de un cártel de la droga que le exige 3 mil dólares para llevarlo traficado a la fuerza a la frontera norte— tales lucimientos parecerían una temeridad, incluso dentro del refugio. 

Pero Walter, tal vez fruto del desconocimiento —es la primera vez que migra— o de la candidez —admite que no sabe mentir cuando le piden dinero en los retenes—, o quizá por el aplomo que dan los años, asegura no tener miedo al camino. 

Tras atravesar Guatemala como parte del largo trayecto hacia el norte, el hondureño llegó a bordo de “un busito” a la porosa frontera mexicana. Ahí mismo, en un punto sin vigilancia en mitad de la nada, el chofer de la combi le indicó que lo estaría esperando “un muchacho” arriba de una moto. 

Nada más verlo, el joven le pidió 4 mil 200 pesos para llevarlo hasta la puerta del albergue, a unos 50 kilómetros de distancia —por un trayecto de más de 200 kilómetros, un autobús ordinario cobra menos de 200 pesos— . Walter trató de regatear para bajar el costo a 3 mil, pero obtuvo una negativa tajante como respuesta.

—Me dijo que no, porque tenía que pagar a la maña y también al banderante. 

El “banderante” es otro muchacho que va en otra moto vigilando que en el trayecto no se topen con los muchos retenes del Instituto Nacional de Migración, la policía o la Guardia Nacional. 

Finalmente, el muchacho colocó la maleta en la parte delantera de la moto para iniciar la marcha hacia el albergue, hasta que, a los pocos minutos, el “banderante” alertó de la presencia de uniformados. 

“¡Que viene la migra!”, gritó. 

Entonces, la moto se desvió rápidamente y se metió por un camino de terracería para despistarlos. 

Poco después, llegaron al pueblo, a la entrada solitaria donde un taxi estaba con el motor prendido. 

“Órale, bájate, bájate”, lo apuró el joven, para luego tirarle la maleta al suelo de mala forma y exigirle la mitad del pago pendiente. 

“¡Apúrate, abuelo, chingada madre, que va a venir la migra!”. 

Con el temor y los nervios aflojándole las piernas, como cuando aquel día le marcó un marero para exigirle el “impuesto”, Walter no alcanzó a reclamar por qué lo estaba dejando en un punto que no era el albergue. 

A continuación, subió al taxi, cuyo chofer, nada más cerrar las puertas, ya le estaba exigiendo otro pago de 200 pesos por un trayecto de apenas 25.

El hombre le entregó el dinero. De 10 mil lempiras con las que salió de su casa en Honduras, poco más de 8 mil pesos mexicanos, solo le restaban en el bolsillo 100 pesos. Y apenas estaba muy al inicio de la frontera sur.

—Le dije al taxista: “Mirá, hermano, ya el de la moto te dio tu parte. Y la carrera que vas a hacer es ahí no más. ¡Está bien cerca, míralo! —exclama con los ojos bien abiertos atrás de los lentes recordando el momento—. Y pues el señor se apiadó de mí, gracias a Dios —concluye Walter aliviado, con la sonrisa de quien cree que logró un gran deal—. En lugar de 200, solo me cobró 100 pesos y luego me dejó en la puerta del albergue. 

Esa noche, al menos, pudo dormir de nuevo bajo un techo antes de continuar con la odisea de migrar a los 71 años. 

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