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Cómo sobrevivió una mujer transgénero a las terapias de conversión

Durante años, el sistema de sanidad británico llevó a cabo terapias agresivas con el fin de "curar" a homosexuales y transexuales. Carolyn Mercer, sobreviviente de estos tratamientos, cuenta su historia.
24 de agosto, 2019
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Otoño de 1964. Dos doctores atan a un joven de 17 años a una silla de madera en una habitación oscura, sin ventanas, y le cubren el cuerpo con electrodos.

Le electrocutan durante horas mientras le enseñan fotos de ropa de mujer.

Es parte de una terapia.

En un café en el Soho de Londres, Carolyn Mercer, ahora de 72 años, sonríe al ver las fotografías de ese niño. “Esa persona ha crecido y se ha desarrollado”, dice.

“Pero sigue siendo yo”.

Carolyn – quien prefiere no mencionar su nombre de niño – recuerda la primera vez que se dio cuenta de que era diferente.

Con 3 años, jugando en las calles de Preston, al noroeste de Inglaterra, persuadió a su hermana menor para intercambiar sus ropas.

Carolyn, vistiendo el uniforme de preescolar de su hermana, se situó frente a la tienda de su madre esperando que las personas vieran una niña pequeña ahí parada.

“Jamás se trató de la ropa… era algo dentro de mí”, cuenta.

Era un niño, y yo no quería serlo”.

Carolyn Mercer, a la izquierda, junto a su hermana pequeña en 1950.

Carolyn Mercer
Carolyn Mercer, a la izquierda, junto a su hermana pequeña en 1950.

La ropa de su hermana

Cuando Carolyn nació en 1947, la actitud de la sociedad hacia el colectivo homosexual y transgénero era muy poco tolerante.

Inglaterra y Gales se hallaban lejos de legalizar las relaciones homosexuales o de incluso usar la palabra “transgénero”.

Vestida con la falda de su hermana, Carolyn no tuvo palabras para describir sus sentimientos. Pero sabía que era una niña transexual con disforia de género.

Su sexo asignado al nacer no se correspondía con su identidad de género.

“Me fui a dormir con el deseo de que alguien inventara un trasplante para poner mi cerebro en un cuerpo más apropiado”, recuerda Carolyn.

Durante la infancia, su deseo secreto de vivir como mujer se transformó en un autodesprecio que le consumía.

Fotos de Carolyn como niño

Carolyn Mercer
“Sabía lo que quería ser, y ese pensamiento se consolidó desde los 3 años en adelante”

“Ese desprecio a mí misma se trataba de que yo quería algo muy absurdo”.

Carolyn se sentía “sucia” porque la sociedad veía a las personas transgénero como algo “incorrecto” y “malévolo”. “Si era incorrecto y malévolo, debía ser porque yo era mala y estaba equivocada”, dice que pensó entonces.

Creció en el cuerpo de un fuerte adolescente y se dedicó a ser “un buen tipo”, jugando deportes “masculinos” como rugby o boxeo. Aún así, no podía desplazar el profundo e incómodo sentimiento de pretender ser alguien que no era.

Descargas eléctricas

Carolyn comenzó a sentirse deprimida y suicida. Pensaba que “sería más fácil” para su familia y amigos si muriese antes que contarle a alguien cómo se sentía.

Pero los 17 años, compartió su secreto con un vicario. La llevó a ver a un médico en un hospital psiquiátrico y se organizaron “cinco o seis” sesiones de terapia de aversión en un hospital de Blackburn.

“Pedí eso porque quería curarme”, afirma.

Terapias de descargas eléctricas

Getty Images
Terapias de descargas eléctricas de diversos tipos se han utilizado en medicina desde la década de 1930.

Carolyn estaba atada a una silla de madera en una habitación oscura mientras los doctores le adherían electrodos previamente sumergidos en salmuera. A la vez, le proyectaban imágenes con ropa de mujer en la pared de enfrente.

A cada cambio de fotografía, un corrientazo a través de los electrodos le propinaba un doloroso shock eléctrico. Carolyn recuerda vívidamente el naciente shock desgarrando con dolor desde su mano hacia arriba mientras su brazo permanecía adherido a la silla.

A pesar de su agonía, los doctores siguieron presionando. Estaban convencidos de que si ella “aprendía” a asociar sus pensamientos con los recuerdos de dolor, dejaría de pensar que era una mujer.

Meses de tratamiento después, Carolyn decidió no recibir más. Para entonces el trauma era tan grande que la experiencia de los temblores y los recuerdos le atormentó por los siguientes 40 años.


¿Qué es una terapia de conversión?

La llamada terapia de conversión o “cura de gays” asegura ayudar al cambio de la sexualidad o identidad de género de una persona. Los métodos incluyen hipnotismo, exorcismo y tratamientos de aversión como choques eléctricos y fármacos para vomitar.

Este tipo de terapias estuvieron disponibles en el sistema nacional de sanidad británico (NHS, por sus siglas en inglés) hasta los años 70. El sistema y el gobierno sostienen que no hay archivos sobre el número de pacientes que fueron tratados o que murieron como consecuencia del tratamiento.

A pesar de que la evidencia científica indica que son dañinas e inefectivas, varias terapias continúan llevándose a cabo alrededor del mundo.

Organizaciones trabajan para poner fin a estos tratamientos, pero las complejas y arraigadas creencias que fomentaron su propagación dificultan su erradicación.


Durante un tiempo, Carolyn pensó que la terapia había funcionado.

Llevó la vida tan “masculinamente” como era posible. A los 19 años tenía esposa e hija, se había convertido en profesora de matemáticas y había sido promovida rápidamente, convirtiéndose pronto en una de las más jóvenes directoras en su provincia.

Pero su disforia no había sido sofocada.

Carolyn Mercer con 19 años

Carolyn Mercer
Carolyn, con 19 años, en su primer día como profesora, dos años después de la terapia.

Su depresión empeoró y le sacudían temblores incontrolables cada vez que pensaba en el tratamiento recibido.

“¿Funcionó la terapia con respecto a mi cuerpo? Sí”, dice Carolyn. “¿Funcionó con respecto a mi mente? Solo para odiarme más”.

Después de años lidiando con la disforia, Carolyn comenzó a tomar hormonas para que se le desarrollaron los senos a comienzos de los 90.

Fue el inicio de un proceso descrito por muchos en la comunidad transgénero como “transición” o, como Carolyn prefiere, “alinear mi expresión de género con mi identidad de género”. Es “un poco pretencioso, pero se ajusta a mi realidad”.

Su familia no apoyó su decisión de forma activa. “Les gustaba la persona que veían, una diferente a la que yo me reflejaba“, reconoce.

Mastectomía doble

En el trabajo, Carolyn se vendaba sus senos en desarrollo para ocultar los efectos de su tratamiento.

Pero, en 1994, un periodista se enteró de que estaba tomando hormonas y la vida personal de Carolyn se reprodujo en los tabloides alegando que era de “interés público” informar del secreto de una maestra de alto perfil.

El episodio hizo que Carolyn se replanteara su consumo de hormonas y, al verano siguiente, le extirparon sus senos en una cirugía normalmente reservada a pacientes con cáncer.

Una vez más, un vacío infranqueable se había alojado entre quién era Carolyn y quién quería ser.

Pero varios años difíciles después, y a pesar del apoyo de amigos, alumnos, familiares y colegas, Carolyn se jubiló para someterse a la operación que soñó durante décadas.

Tenía entonces 55 años.

Carolyn Mercer

Carolyn Mercer
Carolyn, a los 67 años, disfrutó en Estados Unidos de unas vacaciones donde finalmente era quien siempre soñó ser.

Ahora la vida es mucho mejor. Ya no tengo ese secreto oculto todo el tiempo”.

Algunos miembros del colectivo transexual afirman que la persona antes de la cirugía ya está muerta. Pero para Carolyn, el niño pequeño vistiendo la ropa de su hermana menor sigue vivo.

“Sigo siendo la misma persona con las mismas experiencias”.

Sin embargo, sigue con dificultades para ser feliz. Siguiendo su terapia de conversión, se acostumbró tanto a enterrar sus más profundos deseos que ahora le cuesta abrirse a la felicidad.

“Cuando me enseñan el menú de un restaurante y preguntan qué prefiero, no sé qué responder”.

“Muchos lo encuentran triste, pero es algo que he asimilado… ya no tengo esa luz o ese tipo de emociones por haberme reprimido durante tanto tiempo”, concluye.


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Cuartoscuro

Amparos para conseguir medicamentos: el salvavidas de pacientes sin recursos para combatir el cáncer

Derechohabientes están recurriendo a la vía del juicio de amparo para que la Seguridad Social les brinde los medicamentos necesarios para sobrevivir a enfermedades como el cáncer o el VIH-Sida.
Cuartoscuro
17 de enero, 2020
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Cuando en marzo de 2015 le diagnosticaron que tenía leucemia, Ricardo Villalobos, de 40 años, se derrumbó.

O para ser más exactos: se volvió a derrumbar.

Esa era ya la tercera vez que le daban la noticia de que su vida corría peligro. La primera fue un par de años antes, cuando le dijeron que tenía cáncer de testículo. Y la segunda, cuando le anunciaron que ese cáncer se había extendido hacia el estómago, donde apareció un tumor del tamaño de una pelota de tenis.

“Después de dos cánceres, cuando me diagnosticaron la leucemia colapsé”, dice Ricardo en entrevista.

Pero Luz, su pareja, le prohibió rendirse. Y juntos iniciaron la lucha, otra vez.

Aunque ahora la batalla era más complicada tras el desgaste psicológico y económico que les dejaron los dos primeros diagnósticos.

Leer más: AMLO promete Insabi para diciembre y basificar a 87 mil trabajadores al final del sexenio

Ricardo es empleado en una empresa y Luz trabaja esporádicamente, según la temporada, ofreciendo perfumes en tiendas departamentales. Es decir, sus salarios son bajos e inciertos y los medicamentos para mantener a raya la leucemia, caros. Muy caros. Además, no tienen seguro del IMSS. Solo les protege el ya extinto Seguro Popular, hoy Insabi, que no la incluía en el catálogo de enfermedades catastróficas para adultos mayores de 18 años.

“En 2015, una simple caja de medicamento para 15 días costaba 17 mil 500 pesos. Luego, bajó a 11 mil 500. Y ahora, está en 4 mil pesos. Pero igualmente es un costo muy elevado porque mi empleo no es fijo y mi esposo, por los estragos de la enfermedad, a veces no puede trabajar”, explica Luz Almansa.

Ricardo no tuvo más remedio que recurrir a la caridad; a las donaciones de fármacos que familiares de pacientes que ya fallecieron le hacían al Hospital de Cancerología donde se atiende, y a la ayuda de fundaciones como la Asociación Mexicana de la Lucha contra el Cáncer.

Solo así, Ricardo encontró salvavidas temporales. Parches que, sin embargo, no eran suficientes, puesto que las donaciones, que suelen ser de fármacos con meses ya caducados -pero aún útiles-, no llegaban a sus manos con regularidad. O, al menos, no con la regularidad que exige la leucemia.

Por eso, en los periodos de hasta un mes en los que no tomaba el medicamento, dándole una tremenda ventaja al avance de la enfermedad, Ricardo admite que buscó el fármaco desesperadamente, con los riesgos que eso implica.

“Hubo una vez que tuvimos que pedir prestado para poder comprar una caja de medicamento”, relata. “Y una persona nos contactó para ofrecernos tres cajas, que tendrían un costo de 12 mil pesos, a la mitad, en 6 mil. De inmediato, le dijimos que sí. Le pagamos, nos mandó las cajas, y cuando nos llegaron nos topamos con que era medicamento inservible. Ya tenía más de un año caducado”.

La situación era crítica. Pero en noviembre del pasado 2019, una luz se prendió.

Luz, la pareja de Ricardo, recibió una invitación de la Asociación Mexicana de la Lucha contra el Cáncer para que diera su testimonio en un conversatorio. Y en ese evento, le dijeron que había unas personas interesadas en ayudarles interponiendo un amparo ante la justicia federal.

A Luz le parecía que le hablaban en chino. Amparos, demandas, jueces… no sabía que existía esa posibilidad. Pero aceptó la ayuda del abogado José Mario De la Garza, quien puso a un equipo legal a su servicio de manera altruista y completamente gratuita.

El proceso fue rápido. Entregaron la documentación que les solicitaron los abogados, metieron el amparo un viernes y dos días después, el lunes, un juez federal ya estaba ordenando al Instituto Nacional de Cancerología que, de manera inmediata, le brindara los medicamentos y la atención que requiere Ricardo.

“El amparo nos cayó como caído del cielo. Es la única esperanza que tenemos para seguir combatiendo al cáncer con libre acceso a medicamentos”, dice Luz.

“Gracias a ese amparo -resume emocionado Ricardo-, yo he vuelto a nacer”.

Una solución rápida

El abogado José Mario De la Garza explica en entrevista que llegaron al caso de Ricardo y Luz tras una reflexión que hizo con su grupo de trabajo ante el panorama actual en México, donde ciudadanos de varios puntos de la República han protestado en el último año por la falta de medicamentos para combatir enfermedades graves, como el cáncer o el VIH-Sida.

“Fuimos a los hospitales a buscar a personas que estén en esta situación grave, para explicarles que pueden hacer valer sus derechos a través de los juicios de amparo”, narra De la Garza, que asegura que en esas primeras visitas se encontraron con el desconocimiento de la gente, y, sobre todo, con mucha desconfianza. Especialmente, porque es un proceso legal que implica demandar al Estado, y hay pacientes que temen posibles represalias de los hospitales.

Pero, ante la falta de medicina, y movidos por la desesperación, José Mario plantea que los ciudadanos están empezando a optar más por esta vía legal.

Y explica el motivo: “Este juicio de amparo tiene una gran ventaja, como está en peligro la vida de una persona por falta de medicamentos, los jueces, al admitir la demanda, emiten las medidas que se deben tomar de inmediato para que el quejoso no quede en riesgo de morir”.

Es decir, por orden de un juez se obliga a los hospitales, o a los centros de salud donde se esté tratando el paciente, a entregar de inmediato los medicamentos. Y luego, el proceso legal sigue su curso. Pero, por lo pronto, el paciente debe recibir los fármacos.

“Es un amparo que prácticamente lo ganas al presentar la demanda”, subraya De la Garza. “Y como en las resoluciones de amparo las autoridades demandadas pueden ser destituidas, o incluso pueden ser objeto de una responsabilidad de carácter penal, las instancias de salud entregan los medicamentos para no verse involucradas en el no cumplimiento de la orden de un juez”.

Por ahora, además del caso de Ricardo y de Luz, José Mario dice que ya resolvieron otro similar por la misma vía rápida del amparo. Y van por más. La idea es que su despacho, en colaboración con otros abogados que quieran llevar este tipo de casos probono, es decir, de manera gratuita, ayuden a personas enfermas y sin acceso a medicamentos en al menos 10 estados: Oaxaca, Michoacán, Yucatán, Guanajuato, Querétaro, San Luis Potosí, Durango, Nuevo León, y la Ciudad de México.

Y no son los únicos. Los abogados Andrea Rocha y Marco Vargas, por ejemplo, llevan desde el pasado 2019 ofreciendo sus servicios gratuitamente a pacientes de VIH-Sida y a madres de niños con cáncer de Nuevo León, Coahuila, Tamaulipas, y de la Ciudad de México, que no pueden acceder a los medicamentos necesarios.

Hasta ayer, que interpusieron el último en la Ciudad de México, llevan 7 casos de amparos colectivos en representación de 60 quejosos.

Mientras que en Querétaro, México Igualitario y el Colectivo de Litigio Estratégico e Investigación en Derechos Humanos AC también presentaron en julio pasado siete amparos para conseguir medicamentos a personas con VIH.

Lee: AMLO quiere que médicos, enfermeras y funcionarios del sector salud trabajen 24 horas para mejorar atención

Lluvia de amparos

Ante la efectividad que han demostrado los amparos en casos como el de Ricardo, el abogado De la Garza responde que recurrir a esta vía legal va a ser algo cada vez más frecuente, más si persisten los problemas de desabasto.

“Ya se está probando que los amparos sirven. Es una medida drástica, pero es la que está funcionando. Y, ante la crisis de salud que tenemos ahora, creo que se va a generalizar más”, hace hincapié.

Pero, claro, no es tan sencillo. Los amparos también plantean numerosos retos.

Por ejemplo, si a partir de ahora la manera de hacer efectivo el derecho a la Salud de los mexicanos es a base de amparos, entonces los ejércitos de abogados no alcanzarían. Y, por otro lado, no todos los abogados querrán hacerlo gratis y de manera altruista. Principalmente, advierte De la Garza, en un sistema donde la abogacía privada está diseñada para cobrar por la gran mayoría de sus servicios, y no para trabajar probono en favor de la comunidad.

Además, el sistema de justicia en el país está saturado. Hacerlo el gestor, o el proveedor, para que se cumpla el derecho a la Salud le supondría una enorme carga extra.

Luis Adrián Quiroz, presidente de la organización civil Derechohabientes Viviendo con VIH/SIDA, prefiere mostrarse cauto y aconseja “no engolosinarse” con los amparos.

Primero, recalca, porque efectivamente no todos los abogados actúan de buena fe. Sin ir más lejos, Luis cuenta que hace un par de semanas, cuando de nuevo surgieron denuncias públicas por falta de antirretrovirales, un abogado lo contactó para “ayudarlo” a tramitar un amparo… a cambio de 20 mil pesos. Y en estos casos, donde la vulnerabilidad del paciente es máxima, no sería extraño que mucha gente acceda a pagar ese dinero, o a pagar chantajes.

“Al final, creo que acabaría siendo un gasto extra para el paciente”, considera el activista, que, además, dice que no hay que quitar el dedo del renglón sobre el tema de fondo, que es la exigencia al Estado para que garantice el derecho a la salud sin necesidad de recurrir a medidas extremas como acudir a la justicia federal.

¿Y el Estado, el gobierno, qué ha dicho? La mañana del pasado 15 de enero, el presidente López Obrador, rodeado de todo su gabinete de Salud, dijo en conferencia de prensa que la transición hacia un sistema sanitario gratuito y universal para todos los mexicanos requiere de tiempo y paciencia.

No obstante, puso de plazo a más tardar el 1 de diciembre de este año para garantizar que el 50% de la población que no tiene acceso a seguridad social contará con los servicios médicos y medicinas gratis, incluidas las de todos los niveles de especialidad.

Incluso, el mandatario prometió que el nuevo sistema de Salud garantizará el abasto de medicamentos, insumos, doctores y enfermeras.

“Pueden decir algunos que no se va a lograr, que es una utopía, pero el sueño se va a convertir en realidad y la utopía es lo que nos hace caminar a los ideales”, subrayó.

Por ahora, para derechohabientes de bajos recursos como Severa Hernández y María Cristina Tinajero, que ayer viajaron desde Monterrey a la Ciudad de México para exigir que el IMSS les entregue los medicamentos para tratar a sus hijos con cáncer, la utopía del presidente aún está lejos de lograrse.

“Necesitamos ayuda -urgió Severa-. Porque cada día que pasa sin que nos den los medicamentos, es un día que el cáncer se come a nuestros hijos”.

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